Los días pasaron con rapidez y pronto se convirtieron en semanas que trajeron consigo un montón de cambios a su vida. El primero fue, por supuesto, el acostumbrarse a la constante presencia del Riolu a su lado. Al principio tenía que llevarlo siempre consigo, pero pronto el carácter inquieto y aventurero de los pokémon prevaleció por encima de sus limitaciones. Quería explorar su entorno, conocerlo, y la ausencia de vista no se lo iba a impedir. Una vez empezó a andar con soltura, empezó igualmente a familiarizarse con el Centro y sus habitantes. Al cabo de poco se movía con relativa soltura por el interior. A falta de poder utilizar sus ojos, se orientaba por el oído, el olfato, con cualquier cosa que le permitiera adivinar dónde se encontraba y hacia dónde debía dirigirse.

Aún así las cosas no eran fáciles. Una de las primeras cosas que descubrieron fue que el Riolu tenía miedo de los combates y, sobretodo, a ser metido en un pokéball. Probablemente recordaba haber estado dentro de una y el momento en el que había recibido el ataque del Dragonite. En cuanto las batallas empezaban en el exterior del Centro, buscaba refugio, rápidamente, entre sus brazos y se echaba a temblar. Tampoco se le daba demasiado bien estar con otros pokémon. No les tenía miedo, pero no estaba tranquilo en su presencia, como si se diera cuenta que él era diferente y temiera la reacción que los demás pudieran tener.

El cambio más importante se produjo, sin embargo, en sí mismos y en los demás. La actitud de los otros entrenadores y habituales del Centro, muchos de los cuales eran compañeros suyos en el instituto de la zona, cambió cuando se enteraron de todo lo que había ocurrido. Se interesaban por el Riolu, por su amistad con Roger y, sobretodo, por su enfrentamiento con Buonni. Recordando la conversación que había tenido con el entrenador, decidió que tal vez había llegado el momento de darles una oportunidad, conocerles como personas y, con el tiempo, hacerles ver lo que el veía al contemplar los combates. Le sorprendió descubrir lo cerca que estaban algunos de ellos de pensar como él y lo fácil que le resulto hacerse amigo de ellos y de sus pokémon.

- ¿Vas a ir?- Era Lily la que había hablado, una entrenadora que iba a su clase y con la que ya había hablado antes. Se habían hecho amigos cuando empezaron a hablar sobre el pequeño Riolu y ahora era la entrenadora con la que solía pasar más tiempo. Estaban en la explanada delante del Centro, cobijados del sol de mediodía bajo un viejo y enorme cerezo. El Riolu estaba ajetreado explorando el tronco del árbol, tocándolo con sus pequeñas pezuñas. El Meoth de ella dormía plácidamente sobre su regazo.

Había pasado ya tres semanas desde la partida de Roger y el verano tocaba a su fin. En ese tiempo su padre se había puesto en contacto con varios especialistas en Pokémon de todo el país, tratando de dar con alguien que pudiera ofrecerles alguna esperanza. Al fin había encontrado a una tal doctora Willow, en la lejana ciudad de Rivet, que había accedido a ver al Riolu cuando muchos otros, a pesar de sus palabras de consuelo y buenas intenciones, les habían dicho que se resignaran. Por lo poco que habían podido averiguar de ella, Willow era una doctora excéntrica cuyos métodos no solían ser demasiado ortodoxos. Sin embargo ella afirmaba que tal podría ayudarles.

La pregunta de Lily venía a raíz de que su padre debía asistir a un congreso y alguien tenía que quedarse en el Centro para mantenerlo abierto, de modo que si querían llevar al Riolu a la doctora, tendría que llevarle él sólo. Y lo cierto es que era una perspectiva que le intimidaba un poco. Rivet era enorme y él sólo un muchacho de pueblo que apenas había viajado con sus padres.

- No tengo más remedio, si quiero que le ayuden.- Ella le miró con un gesto de simpatía.

- Se lo dije a mis padres, pero se negaron en redondo a permitir que fuera contigo.- Ella se había ofrecido a acompañarle unos días antes, seguramente mucho más seducida que él por la supuesta aventura.

- Los siento.- Ella se encogió de hombros.

- No pasa nada. Aunque ahora sospechan que estamos liados.- Rió suavemente durante un segundo, antes de devolver su atención al pokémon en su regazo. Aprovechó ese momento para mirarla de soslayo. Lo cierto era que había albergado esperanzas de que le acompañara y que, durante el viaje, llegaran a intimar. Aunque en ocasiones era un poco chicazo, Lily era guapa y no podía negar que se había empezado a sentir atraído por ella desde que habían empezado a hablar. De todos modos que ella no le acompañara no significaba que hubiera perdido su oportunidad. Al volver de Rivet tendría una aventura que contar y que, tal vez, la impresionaría.

Esa misma noche estuvo planeando con su madre el viaje, dónde se alojaría y, sobretodo, como llegaría hasta Rivet. Aprovechando la ocasión le había comprado una pokégear y juntos habían estado averiguando cómo funcionando y cómo introducirlo los datos de navegación que necesitaría. Sospechaba que se trataba de una especie de compensación por lo ocurrido con Buonni, pero no tuvo el valor de decirles que, realmente, no había ninguna necesidad de que le compensaran nada. Además llevaba queriendo una pokégear desde hacía bastante tiempo.

- Lo hemos estado hablando y tu padre y yo queremos que te lleves a Ralts cuando vayas a Rivet.- Le dijo su madre cuando ya estaban recogiendo las cosas para acostarse.- Es un buen pokémon, te conoce desde que eras pequeño y te quiere mucho. Se encargará de que estés a salvo.

- Que le guste esconderme las cosas no significa que me quiera.- Replicó sintiéndose molesto.- Además, ya tengo un pokémon.

- Nathan, el pequeño Riolu está todavía demasiado débil para protegerte.- Su madre nunca mencionaba el hecho de la ceguera del pokémon o de que tuviera miedo a las batallas si estaba delante. Creía que recordárselo constantemente no haría más que empeorar las cosas.

- Mama…- Suspiró finalmente.- Sabes que ningún pokémon me hace casi si les doy una orden.- Su madre sonrió con amabilidad.

- Por eso hemos elegido a Ralts, ella te cuidará y, aunque no te haga mucho caso, vigilará para que no te pase nada.- Le dio un beso en la frente, aunque le había dicho un millón de veces que ya era demasiado mayor para esas cosas, y salió de la habitación.- Descansa, mañana tenemos que preparar tu maleta y poner al día todas las cosas del Centro antes de que tú y tu padre os marchéis.- Se despidió desde la puerta.

Apagó el ordenador y se tiró sobre la cama, frustrado. Una cosa era cuidar de un pokémon y otra muy diferente llevarle consigo. Los pokémon sólo obedecían a las personas a las que respetaban y ese respeto era algo que todavía no había aprendido a ganarse. Al sentir que algo no iba bien, el Riolu salió de su escondite debajo de la cama y se subió a ella de un salto para reposar su pequeño rostro en su mejilla.

- Tú eres el único que me hace caso, ¿verdad?- No le contestó, aún no era lo bastante mayor para haber empezado a imitar el lenguaje de los humanos.

Todo daba vueltas siempre sobre lo mismo; él no quería hacer luchar a los pokémon, no quería darles ningún uso, sólo quería ser su amigo. Sin embargo sin luchar, sin ganar medallas, sin demostrar que él era fuerte, ellos no confiarían en él y, por lo tanto, no le harían caso. El Ralts de su madre sólo le daría problemas. Habría sido mucho mejor poder ir el Riolu y él solos.

- Tu y yo solos, eso habría estado bien.- Susurró y se emocionó al sentir que el pequeño pokemon movia la cabeza afirmativamente.