En mis recuerdos
Capítulo 10
Se despertó respirando agitadamente. Su mano izquierda se fue hacia el costado como acto reflejo. De hecho, le dolía. Ya no sabía si era un dolor real o puramente psicológico. Hacía un par de meses que no soñaba con ese día. Se incorporó en la cama y suspiró pesadamente. Sintió que su media melena rozaba un poco los hombros, produciéndole cosquillas. Había decidido cortársela tras lograr escapar. De hecho, se había dejado el pelo bien corto, igual que cuando era pequeño. Creía en que así había menos posibilidad de que alguien le reconociese. Con el paso de los meses, arreglándoselo cuidadosamente, se lo había dejado crecer. Se rascó la tripa después de bostezar sonoramente. Ese sueño le había dejado un poco afectado. Siempre lo hacía. Recordaba a la perfección lo que seguía al momento en el que el sueño se había cortado esta vez, el momento amargo en el que tuvo que hacer de tripas corazón y dejar a Antonio allí. Se recordaba a sí mismo huyendo por los pasillos, disparando siempre con cuidado de no matar a nadie. Entonces sucedió aquella punzada en su torso y la sangre manó. Aún así, se obligó a seguir corriendo. No supo cómo demonios logró dar con la salida, eso sí, pudo ver a Arthur, en una ventana de los pisos superiores, observándole con pura rabia. Francis sonrió de lado, orgulloso, y le hizo un corte de mangas al inglés antes de huir de ahí definitivamente.
Se dejó caer sobre las sábanas blancas pegando un sonoro suspiro. Su cuerpo estaba libre de cualquier prenda de ropa y convenientemente la sábana le cubría sus partes nobles. No hacía frío en aquella isla tropical, no había necesidad de llevar nada más. Volvió a sentir una punzada, bajó la vista hacia su torso y vio la cicatriz que le había quedado del disparo que encajó en ese entonces.
Tuvo que acudir a un médico ilegal al que había ido en otras ocasiones y esperó escondido en una especie de zulo que había comprado sin decirle nada a nadie. Consiguió llamar y entonces encontró una vía de escape, bien lejos de Francia. Supo que Antonio estaba a salvo ya que salió en el periódico. Lo trataron como una desaparición y en los dos que pudo leer, nada se mencionaba de Arthur. Era lo mejor.
Entonces tomó un avión hacia las islas. Reservó hasta tres vuelos a su nombre, dos asientos en trenes y otros dos con nombres falsos en otras dos compañías. Durante las largas horas que duró el trayecto, Francis no pudo descansar tranquilamente. Cualquier movimiento le hacía pensar que iba a morir. Cuando el hombre de cuatro filas más allá se levantaba y se estiraba, esperaba que en una de esas sacara una pistola y le matase. Casi cualquier persona en ese avión le parecía tener las intenciones. Aterrizaron y nada pasó. Allí se encontró con ella.
La puerta se abrió en ese momento.
- Vamos a ir a la pla- Ay, maldito cerdo, ¿aún sigues desnudo? Te tengo dicho que duermas con ropa.
- Y yo te tengo dicho que no entres sin llamar o más de un día vas a tener que verme desnudo.
- Ya lo sé, ya... No sería la primera vez. ¿Tienes clase de cocina hoy?
- No, el profesor tenía que ir a no sé dónde y anuló la clase.
- Acompáñame a la playa entonces.
La mujer se fue y le dejó solo. Francis gruñó a disgusto. Hacía cosa de dos años que estaba allí, viviendo bajo su techo, no podía negarse. Bueno, entre el chantaje de un inglés psicópata y cejudo y el chantaje de una adorable y hermosa mujer de larga melena negra, prefería esta última opción, por supuesto. Sabía que Sheila se había mudado a Seychelles hacía años. Negocios no del todo legales que le habían proporcionado el dinero suficiente para montar una empresa limpia que le producía grandes beneficios. Le explicó brevemente la situación, le suplicó y ella dijo que podía venir. Cuando la vio, encontró a una mujer exitosa y deslumbrante. Además casada. Un armario de casi dos metros que le había mirado como si le estuviese amenazando de muerte era el afortunado. Se le pasaron las ganas de decirle algún piropo a Sheila.
Le había acabado dando trabajo en la cocina de su casa, así Francis no se arriesgaba a que le vieran demasiado. Solía usar sombreros y gafas de sol contínuamente, para cubrir sus rasgos. Lo bueno de trabajar para Sheila es que le pagaba bien, le permitía relajarse y, además, le pagaba cursillos de formación que le estaban convirtiendo en todo un chef de cocina.
Vivía la buena vida, no podía negarlo. Hacía bastante que no tenía noticias de Lyon. Progresivamente dejó de mirar en internet. Después de ver asesinatos y robos, Francis se quedaba en vilo mientras pensaba en la seguridad de Antonio.
Un año no había debilitado sus sentimientos. El galo empezaba a sentirse paranoico. A veces le parecía escucharle reír pero sólo era alguien con voz similar. También le daba la impresión de verlo entre la gente y en ocasiones deseaba pegarse bien fuerte porque la persona en cuestión no se parecía en nada.
Confiaba en Antonio. Le dio a entender con sus palabras que regresaría a su lado. Aunque, al paso que iba, podía imaginar que el español reharía su vida antes de que volviesen a encontrarse. Quizás ya salía con alguna mujer imponente que le llamaba Antoine y le besaba con deseo.
Ugh. Lo enfermaba tremendamente. Sabía que un día, en un ataque de celos y paranoia, agarraría un vuelo hacia Francia y se suicidaría con tal de ver de nuevo a Antonio. Volvería por la puerta grande, sin miedo, le besaría, lo haría suyo y entonces que viniese Arthur y acabase con su miserable vida. No le importaría. Habría visto esos ojos verdes y esos cabellos despeinados de color marrón por última vez y se habría abierto un hueco en sus pensamientos de nuevo.
Se levantó de la cama y se apresuró a elegir unas bermudas. Aún así, estuvo plantado delante del armario blanco de madera y espejos en las puertas durante al menos quince minutos. Se puso una camisa blanca que se abrochó hasta la mitad, cogió las gafas de sol y un sombrerito blanco para cubrirse la cabeza. No quería que le diese una insolación. Echó un último vistazo a la habitación: el lecho de matrimonio con las sábanas revueltas a causa de haber dormido sobre ellas y un par de cojines por el suelo, un silloncito pequeño al lado de la ventana, abierta y cubierta por unas cortinas que ondeaban a causa del aire caliente que entraba del exterior.
No. No se había dejado nada que fuese a necesitar luego. Cuando bajó y se reencontró con Sheila en la puerta, ésta le observó con los ojos entrecerrados.
- Ya no sabía si tardabas porque eres lentísimo o porque habías ignorado mi petición. Eres como una tortuga.
- Me pregunto cuándo lo asumirás y dejarás de repetirlo una y otra vez. No es la primera ocasión que me dicen algo así y, si no he cambiado en una década y algo, no voy a cambiar ahora. Ríndete.
La mujer suspiró pesadamente y empezó a caminar hacia la playa. Era obvio que no podría conseguir nada. Llevaba ese tiempo intentándolo y no lo había logrado. Casi no le había contado cosas sobre Antonio y eso que ella también le conocía. Sabía que era policía y también había visto que Francis le había enviado cartas. No pudo entender nada de lo que le decía, sólo le sonaba a pura incoherencia. Después el rubio le había contado que se trataba de un código para que sólo él pudiera leerlo. La fecha, que no coincidía con la del momento, era en la que habían empezado a salir hacía años y era una prueba de que la carta era suya. Luego, si contaba el número de palabras y cogía el día, mes, y año encontraría un código postal, una palabra que era la calle y las iniciales del país que si las ponía por Internet, todo en conjunto, sin duda le daría la dirección.
Sheila estaba sorprendida con todo aquello, aunque pensó que nunca lograría descifrar algo así si su marido tuviera que enviarle una carta. Recordaba bien el momento en que le había preguntado a Francis si no temía que Antonio nunca comprendiera el mensaje. En el rostro del francés se había dibujado una sonrisa resignada y melancólica.
- ¿Es que piensas tirarte toda la vida esperándole? -preguntó Sheila en aquel entonces.
- Supongo que no podría hacerlo. El tiempo es cruel, no me gusta estar solo, lo he comprobado. Creo que con los años conoceré a alguien y quizás decida que quiero pasar el tiempo con esa persona. Si es una mujer, quizás incluso tener hijos.
- ¿Ves? Tampoco está tan mal. Podrías vivir una vida normal a pesar que Antonio no entienda nunca tu mensaje.
- Nunca dejaré de pensar en él. Nunca dejaré de quererle. Por mucho que yo creyese que durante este tiempo no era así, que le había olvidado, no era verdad. En cuanto le volví a ver de nuevo, un montón de recuerdos volvieron y mis sentimientos también. Es la primera persona de la que me enamoré.
- Es tan romántico que hasta me saldrán caries. Ojalá mi cariñito y yo tuviésemos una historia así. Aunque no puedo quejarme. Le partió la cara a un hombre por protegerme cuando intentaban robarme. Es bastante impactante también. Una buena historia que contar a la hora del té.
- Sin duda. -dijo Francis riendo.
Había pasado más de cinco meses desde que envió esas cartas y no había recibido respuesta alguna desde Francia. No le pasaron desapercibidas las numerosas ocasiones en las que el galo visitaba el buzón, con la esperanza de encontrar una misiva que fuese dirigida a él. Al principio, la falta de resultados le dejaba abatido y el humor de perros le duraba durante días. Después, poco a poco, se acostumbró a no encontrar nada. De vez en cuando lo comprobaba, pero por norma general ya ni se acercaba al buzón.
Pasear por la playa era agradable. Su marido se encontraba fuera y si paseaba sola los tíos acudían como moscas. Era pesado y si iba con Francis se evitaba problemas. En cuanto veían que charlaban, aunque no estuviesen muy juntos y cada uno fuese un poco a su aire, los que le observaban pensaban que eran pareja y les dejaban en paz.
A Francis no le gustaba demasiado aquella estrategia. A ella le iba bien porque tenía pareja, pero él, si observaba a cualquier mujer, éstas le devolvían una mirada de desprecio. Claro, creían que intentaba ligar con ellas cuando su novia, barra, esposa estaba aún delante. No es que buscara nada. Bueno, nada además de sexo. Era un hombre y tenía instintos básicos que cubrir. No podía estar años dependiendo de su mano. Eso sería bastante patético.
- Hey, Francis, Francis. -dijo Sheila excitada. Había venido corriendo hasta él y ahora le agarraba del brazo y le zarandeaba.
- ¿Qué ocurre? Espero que no salgas de nuevo con eso de: "¿No es ese Johnny Depp?" No lo fue ninguna de las treinta veces que lo has dicho.
- ¡No seas imbécil! -espetó ella pellizcándole el brazo con ganas. Entonces señaló hacia- ¿No es ese Antonio?
De repente captó todo su interés, aunque lo perdió igual de rápido. Si bien era igual de alto y tenía el cabello castaño, un montón de cosas más eran diferentes. Francis suspiró resignado e intentó proseguir con el paseo. Sin embargo, Sheila le tomó de nuevo del brazo y le impidió seguir.
- Franciiiis... -dijo arrastrando la última vocal, como si eso fuese a darle fuerzas- Te estoy hablando, no me ignores sin decir nada. Ese se parece a Antonio.
- Escúchame bien, pequeña ignorante.
- Te recuerdo que esta pequeña ignorante es asquerosamente rica.
- Es cierto que Antonio coincide perfectamente con esa altura y que su color de pelo es igual de castaño. Factor número uno: ese tipo tiene el pelo largo. Factor dos: tiene... -bajó el tono de voz- Tiene dos cicatrices en la espalda. -subió de nuevo el tono. Esta vez a uno que parecía mofarse de ella- No es Antonio, tonta~
- ¿Francis?
Abrió los ojos con sorpresa y desvió la mirada hacia la voz. El chico se había girado y pudo reconocer las facciones tan familiares del hispano. Sus ojos verdes le miraban sorprendidos y finalmente esbozó una sonrisa. Es que no podía evitarlo si Francis le miraba con esa expresión de desconcierto, como si hubiese visto un fantasma. Le dejó tiempo. Mejor que lo asimilara. Miró a Sheila.
- No os encontraba. Pensaba que te habías olvidado de mí, Sheila. -dijo Antonio.
- Claro que no. No podría olvidarme de un tipo tan guapetón. -el español rio ante su ocurrencia- Es que Francis no se creía que eras tú.
- Ya veo, ya... Sigue sin reaccionar el muy idiota. Quizás se piensa que soy un espejismo. Menos mal que no le dijiste antes que iba a venir. Capaz era de tildarte de mentirosa.
Francis seguía en su mundo de incomprensión. Antonio. Estaba allí. Tenía el pelo largo. Igualmente estaba tan atractivo con ese bañador rojo y el torso al descubierto... Pero tenía tantas preguntas... No sabía qué decirle primero.
- ¿Qué haces aquí? -esa fue por la que se decidió.
- He venido a convertirme en monje. -dijo muy serio. Francis le observó atónito y eso hizo que Antonio riese- ¡No te lo creas! He venido a buscarte. Te lo prometí, ¿verdad? Me ha costado bastante tiempo pero he logrado meter a Arthur entre rejas.
- No puede ser... -dijo casi sin palabras el galo. El de cabellos castaños volvió a reír.
- Oye, ¿tan poca confianza me tienes? Si quieres saber los detalles, te los puedo contar.
- Tienes el pelo larguísimo... -dijo Francis estirando un brazo y, con cautela, como si temiese que se desvaneciese por culpa de su osadía, acercó su mano hasta que finalmente tomó un mechón de su cabello castaño entre sus dedos. Era real.
- He estado de juicios y trabajo hasta las cejas desde que escapamos. Tenía una promesa que cumplir. No he tenido tiempo ni de cortarme el pelo.
- Pues Francis tiene bastante experiencia en eso, ¿verdad? -dijo Sheila sonriendo con picardía.
El rubio asintió, torpe. Le parecía estar dentro de un sueño y no quería despertarse. Hacía pocas horas había estado viendo a Antonio igual que hacía esos años. De repente estaba delante. Cambiado, pero él al fin y al cabo. De repente vio que volvía a sonreírle. Sintió su corazón latir más acelerado.
- Eso sería genial. Ya pensaba que tendría que ir a gastar el dinero en el peluquero.
- Decidido. Podéis estar en el jardín de casa. Yo voy a visitar a una amiga. -dijo Sheila guiñando un ojo- Adiós, parejita.
- Esta no cambiará nunca... -dijo Francis suspirando pesadamente.
Durante el camino, el francés se sintió cohibido. ¿Cómo podía darle miedo tocarle cuando al mismo tiempo lo que más deseaba era eso mismo? El que hablaba más era Antonio, que señalaba y preguntaba por todo. Cuando una vez rozó un poco su espalda a la vez que le señalaba el camino que debían seguir, volvió a fijarse en las cicatrices de que habían por su piel. Parecían curadas. Preparó la mesa y silla en el jardín que era enorme. Antonio estaba fascinado. Tenía césped y flores a pesar de que el clima era seco y se veía bien cuidado. La silla era de hierro pintado de color mimbre y tenía encima un cojín que hacía que sentarse fuese aún más cómodo. La mesa era de té, no demasiado grande y de madera del mismo color. Aunque no era la mesa ideal para comer, Francis tenía más que suficiente para poner todo lo que necesitaba para cortarle el pelo. Le puso una bata para que el cabello no se le colase por las ropas y se quedase por el cuerpo y le miró de soslayo.
- ¿Quieres que te lo corte como siempre? -inquirió.
- Sí, por favor. Es bastante pesado tenerlo tan largo. Ya me molesta.
En el silencio, el ruido de la tijera cortando cabello era lo que se escuchaba. Antonio encontraba agradable aquella mano acariciando su pelo y cabeza a medida que lo iba cortando.
- Tienes la melena más corta, me trae recuerdos. -dijo Antonio mirando hacia el jardín con una sonrisa melancólica. Francis también sonrió.
- Lo he llevado más corto aún, pero ya me he cansado. Creo que encuentro divertido tener que cuidarlo para que esté perfecto.
- Suena como si necesitaras tener que cuidar algo y, a falta de una persona, decidiste dejar que fuese tu pelo.
- Puede ser. -dijo el galo sonriendo con cierta tristeza. Le parecía bastante curioso que con extrema facilidad Antonio pudiera leer lo que había en lo más profundo de su alma. No conocía a nadie que lo pudiera hacer mejor que él.
Se hizo un silencio largo. Francis deseaba preguntarle acerca de sus heridas y acerca de cómo había logrado detener y juzgar por fin a Arthur pero, por otra parte, no sabía si era el momento adecuado. Además, estaban en una situación bastante agradable: Antonio, con sólo un bañador dejando que acariciara su cabello (vale, para cortárselo, pero podía acariciárselo igualmente). Antonio por su parte esperaba que el galo le preguntara algo. ¿Es que no le producía un mínimo de curiosidad? Aquella había sido su gran lucha y había salido victorioso de ella. Estaba muy orgulloso de sí mismo pero también deseaba la admiración de Francis. El empujón que había necesitado para pelear como si le fuese la vida en ello se lo había dado él. Se había esforzado tanto para que no tuviera que preocuparse; al menos durante una temporada.
- Vale, ya no puedo resistir la intriga. Cuéntame todo lo que ha ocurrido. No entiendo nada. -dijo de repente Francis. El hispano rió entre dientes. Eso ya estaba mejor. Aunque el francés se enfurruñó ligeramente- ¿Qué es eso tan gracioso?
- Por un momento pensé que no ibas a preguntarme nada. La verdad es que estaba un poco decepcionado porque esperaba que lo hicieras
- Estaba esperando al momento idóneo. Hay cosas que se deben decir en un instante preciso.
- ¿Es ahora el momento preciso? -dijo Antonio sonriendo con picardía- Siempre puedo esperar a contarte la historia más tarde.
- Anda~ No seas así. Ya te he dicho que quiero escucharlo. Ya termino de cortarte el cabello. -dijo mientras le acababa de quitar los pequeños pelos que se le habían quedado por el cuello. Una vez hubo acabado, Francis le quitó lo que impedía que le cayera por el cuerpo y se sentó a su lado, en otra silla- Ya está. Ya puedes contar.
- Después de huir de allí, estuvimos investigando todos los cabos sueltos. En ese momento yo sabía dónde llevaba a cabo su actividad y establecimos una vigilancia intensa. Lo teníamos casi todo para detenerle pero nos faltaban pruebas. Y, de repente, recibimos ayuda de quien menos esperábamos. El loco ese, Gilbert, nos dio un extenso dosier con pruebas acerca de negocios ilegales. Y, con eso, pudimos meterles entre rejas. Aceleramos el papeleo y logramos, en pocos meses, celebrar el juicio. Tuvimos que convertir el caso en algo así como asunto de interés para el estado entero ya que ponía en peligro la seguridad de la gente.
- Wow... No puedo creer que Gilbert te ayudara sin pedirte nada a cambio.
- No sólo me ayudó en eso, también se las arregló para exculparte. Dijo que tú trabajabas para él, de cocinero, desde hace mucho tiempo, y sacó un contrato de la nada, firmado por ti. De repente habías estado incluso cotizando. No sé ni cuando firmaste eso...
- No recuerdo haber firmado... Oh, espera. Me hizo firmar un papel pero dijo que era porque quería tener un recuerdo de un amigo y, aunque me parecía raro, pensé que no había nada malo en ello.
- ¿Eres idiota? ¿Qué amigo pide firmas a sus amigos? No sé para qué la quería originalmente, aunque quizás fuera para lo que luego me dijo.
- ¿Qué fue lo que te dijo?
- Que si querías de verdad trabajar para él, que te daría un puesto. Si hubiera sido una persona normal, podría haberle detenido, pero como tiene ese estúpido certificado médico, no hay quien lo meta en la cárcel. Aunque ahora le debo una ya que te ayudó. Te hubieras visto salpicado y hubiesen emitido una orden de búsqueda y captura contra ti.
- No entiendo cómo Alfred pudo perder un juicio así. ¿Tan decisivas eran las pruebas? Me cuesta imaginar que no se lo tomara como un reto personal.
Su confusión fue patente cuando de repente Antonio empezó a reír. Vale, ¿eso qué tenía de gracioso? Lo pensó durante un rato y no podía encontrar una respuesta lógica. El hispano, viendo que Francis no comprendía y que empezaba a parecer frustrado, decidió contarle y no tenerle durante más rato en vilo.
- Alfred abandonó a Arthur. -la cara de asombro de Francis era casi aún más divertida que la de confusión- Yo hablé con él el día que detuvieron al otro. Le expliqué que no quería todo aquello de lo que me había culpado cuando me pegó con aquel bate de béisbol.
- ¡Lo sabía! ¡Estúpido abogado! ¡Sabía que te había golpeado! Está loco.
- El caso es que le pregunté si aquello le merecía la pena y no me contestó nada. De repente, dos días antes del juicio, Jones fue y le dijo que no iba a seguir siendo su abogado más. Según me dijeron, tuvieron una fuerte disputa y lo que sí llegó a mis oídos fue Arthur maldiciéndome. Creo que le mencionó mi nombre. El otro se quedó bastante afectado.
Se hizo otro silencio. No se esperaba eso de Alfred, aunque podía imaginar con claridad que se cansaría de tanto aceptar ese falso amor que Arthur le profesaba. ¿Para qué defender a un hombre que se divertía jugando con él y lo que sentía? Con ese carácter tan fuerte que tenía, no comprendía cómo había podido aguantar tanto tiempo.
- ¿Cómo te hiciste eso de la espalda? Me dijiste que tu padre no te lo había hecho, no me mentías, ¿verdad?
- No te mentía. -desvió la mirada, sonriendo un poco tenso- Lo siento, estas marcas son por culpa de Arthur. Fue un error por mi parte. El último día de juicio, ya después de que el juez le hubiera condenado, se escapó de los policías e intentó venirse a por mí. Antes de que se acercara demasiado, le golpeé y entonces empezó a tambalearse. Tenía una expresión extraña y afectada en la cara así que pensé que quizás no había controlado mi fuerza y le había golpeado excesivamente fuerte. Parecía que se iba a caer así que me acerqué y lo aguanté, sujetándole por la cintura, como en un abrazo. Llevaba una navaja guardada en algún sitio. Lo siguiente que sé es que me dolía un montón la espalda. Sé que había gritos y que otros policías abatieron a Arthur. Poco después me desplomé y perdí el conocimiento. Por suerte no tocó ningún órgano importante.
Francis estiró sus brazos, apoyó una de las manos en la nuca del español y empujó su cabeza hasta apoyarla sobre su propio hombro. El otro brazo le envolvió en un abrazo. Antonio había abierto los ojos, sorprendido y luego simplemente se quedó allí, quieto, percibiendo con fuerza ese perfume dulce que siempre solía llevar. No hacía falta que le abrazara de esa manera, la herida ya casi no dolía y no es que se sintiera tan terrible por tener que llevar esa marca en su espalda casi seguramente de por vida. Pero no podía rechazar al francés cuando le tenía entre sus brazos de esa manera.
- No hace falta que te preocupes. Ya no duele, estoy bien. Te lo digo en serio. -dijo el hispano.
- Me da la sensación de que no he podido protegerte como debería. Creo que no soy más que una carga para ti. Dijiste que ibas a salvarme y mira la herida que tienes.
- No seas idiota. -dijo empujándole con las manos para apartarle y poder mirarle a los ojos- Mi mayor motivación eras tú, pero también quería librar a la gente de esa escoria. No me importa tener esta cicatriz y tampoco debería importarte a ti. Así que no asumas que eres una carga o que sólo me traes desgracia. Pensaba que eras tú el que iba diciendo por ahí que me querías. ¿O ya se te ha pasado en un año?
- ¡Claro que no se me ha pasado! -dijo el francés enfurruñado- Sigo queriéndote. Te he echado mucho de menos. Deseaba verte. Incluso me moría de celos pensando que quizás habrías rehecho tu vida.
- También quería hablarte de esto, Francis. Ha pasado mucho tiempo desde que fuimos oficialmente algo, tú y yo. Sé que te dije que sentía algo por ti... -se fijó en la expresión que había adoptado el galo, como si le hubiera dicho que se muriese o algo igual de impactante- No me mires así. No quiero decir que ya no sienta nada tras este año. No te formes tus propias ideas, estúpido gabacho. -suspiró pesadamente- Lo que quería decir es que te quiero, pero no es igual que antes. No es de la misma manera intensa. Por lo tanto, no puedo decirte que estamos en el punto en el que lo dejamos. No podemos seguir desde ahí.
- ¡Pero yo quiero estar contigo! -se quejó el francés.
- Deja de comportarte como un idiota sordo. No estoy diciendo que no quiera estar contigo. Lo que estoy diciendo es que no puede ser como antes tan pronto, de sopetón. -dijo Antonio levantándose de la silla y caminando un par de pasos. Francis no tardó en levantarse. No iba a dejar que se escapara, si eso era lo que tenía en mente. Ya le dejó escapar suficiente tiempo.
- Entonces, ¿qué quieres decir?
- Qué debemos empezar desde el principio. No voy a dejar que intentes acostarte conmigo ya el primer día.
- ¿¡Por qué no!? Desde que nos volvimos a ver que llevo deseándolo y ahora me dices que no. Y que tampoco podemos seguir donde lo dejamos. ¿Entonces qué? ¿Debo hacer como si no te conociese o qué?
- ¡Pero si ni siquiera me has pedido que...! -espetó indignado- Bah. Anda y que te den.
Francis se había quedado desconcertado. Esa frase inacabada le había dejado de repente confundido. Entonces pensó en todo lo que le había dicho y su mente por fin hizo clic. Aunque no fuera a ser como la primera vez, sí podían empezar desde el principio. Y recordaba bien cómo habían iniciado aquella aventura que no había terminado bien. Se fue tras él, corriendo, y aquello hizo que Antonio también acelerara el paso. Ambos parecían idiotas mientras corrían en círculos por el jardín. Francis le gritaba que parase y el español le maldecía y le decía que le dejase en paz. De repente el rubio se arriesgó, se tiró hacia él y lo placó contra el césped. Se apartó un poco para subir y quedar más cerca de su rostro.
- P-perdón. No me has dejado otra opción. Además, sigo siendo penoso a la hora de correr. -dijo el galo respirando agitadamente mientras trataba de recuperar el aliento- ¿Quieres salir conmigo?
Antonio le miró sin expresión alguna en el rostro y finalmente sonrió de manera cálida y cariñosa. Francis notó su corazón latir un poco más rápido durante unos segundos. Iba a decir algo cuando de repente el hispano tiró de él y lo tumbó contra el césped, quedando de este modo encima del francés. Tenía algunos trocitos de hierba por el pelo y otros pegados a la piel y aún de ese modo Francis lo encontraba atractivo. Trató de levantar los brazos pero las manos de Antonio, sobre ellos, le impidieron dicho movimiento. Cuando se dio cuenta de que el rubio ya no intentaba levantar los brazos, los soltó y apoyó los antebrazos a cada lado de su rostro. Se inclinó más y cuando sus labios casi rozaban, habló en un susurro.
- Sí. Sí que quiero salir contigo.
Francis intentó acortar distancias pero de repente la mano de Antonio le empujó contra el pasto de nuevo. Bufó frustrado ante aquello. Sin embargo, pronto tuvo lo que quería. Pronto sus labios rozaron los suyos y pudo recordar por fin lo tibios que eran. El segundo beso fue más intenso, sus bocas se encontraron más y pudieron sentir su aliento. Aunque no iban más rápido, se tomaban el tiempo que creían conveniente para saborear aquel contacto que llevaban esperando más de un año.
Francis rodeó con sus manos la cintura del español y le hizo rodar hacia un lado, para volver a estar ahora él encima. Perdió el control, besó a Antonio con deseo y, con el permiso del susodicho, que había entreabierto los labios, introdujo su lengua en su boca, buscando la del hispano. Después de este tiempo, volvieron a reencontrarse y saludarse. Cuando se separó para tomar aire, Antonio se apresuró a pararle. Lo de empezar desde el principio iba en serio. Como no le detuviese, era capaz de meterle mano ahí mismo. Y lo que no era mano también.
- Poco a poco. ¿Vale? Cuando te lo he dicho no era coña.
- ¿Ahora te has convertido en una mujer? Porque esa frase suena a una que podría bien decir. Como si fueses ahora una virgen que nunca ha probado los placeres de la carne.
- ¿Me ves cuerpo de mujer? -dijo Antonio arqueando una ceja.
A veces Francis decía unas cosas muy raras. Además ponía unos ejemplos extrañísimos y estrambóticos que podían dejar desorientado a cualquiera. Después de esa frase, el rubio paseó sus ojos azules por el cuerpo bien formado del español. Primero de arriba abajo y luego viceversa. Al ver el tiempo que se tomaba en esa pantomima, Antonio sonrió resignadamente. Si es que no tenía remedio...
- No, no tienes cuerpo de mujer. Aunque tienes un cuerpazo que está para mojar pan. ¿Sigues en tus trece con eso de ir poco a poco?
- Sí. Pero no desesperes, quizás el día menos pensado te necesito desesperadamente y me lanzo sobre ti. -la cara de Francis era de sorpresa y delirio mental. A saber qué guarradas se estaba imaginando. Bueno, mejor no preguntar. El ignorante era feliz.
- Juro que voy a volver a lograr que estés de nuevo perdidamente enamorado de mí. Ya verás.
Antonio le miró con sorpresa y entonces estalló en una sonora carcajada. Era un exagerado. Todo lo llevaba a los extremos. O blanco o negro. Nada de colores intermedios. Pero eso no era nada nuevo, no señor. Lo había olvidado pero en realidad siempre se había comportado así. En aquel entonces, al español le había parecido una manera de ser igualmente divertida. Aprovechando la distracción, Francis besó el cuello del hispano, el cual aún se encontraba bajo su cuerpo.
- ¿Te marcharás pronto a Lyon? No quiero que te vayas, por muchas vidas que puedas salvar allí. Quiero que te quedes conmigo. Con tu presencia me ayudas de una manera que no puedes ni imaginar. Sé que no soy racional pero no te vayas pronto. Te necesito a mi lado.
- Pues... De hecho, no me voy a ir pronto. Cogeré un o dos años sabáticos.
La cara de Francis fue de total incomprensión. Le gustaba la idea de estar cerca de Antonio durante uno o dos años pero no le encontraba la lógica. Le podía mucho verle de ese modo. Le empujó ligeramente y se hizo hacia el lado contrario mientras iba riendo.
- Deja que te explique a ver si se te pasa esa cara de: No entiendo nada. Primero tenía unas largas vacaciones pendientes que ya debería haberme tomado y que si no las aprovecho me las quitarán. Después, por mi labor y dedicación con el caso de Arthur, también me han dado días libres. Para terminar debo percibir también la baja por las heridas. Tengo bastante tiempo si me lo propongo. Tenía ganas de visitar una isla tropical así que supongo que estaré ese tiempo por aquí.
- ¿Conmigo? -dijo con una expresión de creciente ilusión el francés. Ahora ya encontraba sentido a todo aquello y le parecía estupendo. ¡Más que eso! ¡Maravilloso!
- Si quieres que pase el rato contigo... Pues no te diré que no. Después de todo, he venido aquí porque había leído tus cartas y sabía que te encontraría.
- Cuando se te acaben las vacaciones puedo volver a Lyon contigo. No quiero separarme de ti.
- Es cierto que podrías volver pero primero tendrías al pesado de Gilbert tratando de reclutarte y si Arthur consiguiera permiso para salir, entonces es posible que quisiera ir a por ti. He estado pensando en la posibilidad de no volver a Lyon.
- ¿En serio? Pero Lyon es donde crecimos...
- De momento, aunque te esté diciendo que quiero ir poco a poco, tengo clara una cosa: Tengo ganas de estar contigo. Si volvemos a Lyon, siempre voy a estar pendiente de si Arthur sale o no e intenta hacer algo contra ti.
Francis se dio cuenta de algo: él tampoco podría estar tranquilo. Y no era ya en el sentido de que su vida estaría en peligro y que Gilbert seguiría insistiendo seguramente hasta el punto en el que le chantajearía. No. Eso era hasta soportable. Lo que ya no era algo que estuviese dispuesto a aguantar era saber que no era el único que estaba en peligro. Arthur sentía tremendo rencor hacia Antonio. La prueba no era sólo todo el tiempo que le había tenido encerrado y durante el cual lo había torturado, además estaba el ataque directo a pesar de saber que el intento de asesinato sólo le haría pasar más tiempo entre rejas. La idea de que el inglés pudiese salir libre e ir a por Antonio para terminar de una vez por todas con su vida era terrorífica. Siempre temería que eso ocurriese, de camino al trabajo o durante éste, o cuando bajase a por el pan o a tirar la basura. En cada instante que el hispano estuviera lejos de él, sufriría por si algo le ocurría.
- Es cierto que vivimos allí gran parte de nuestras vidas, pero también creo que no va a hacerme mal cambiar de lugar. No olvidaré muchas cosas de las que me pasaron allí, el lugar de nuestra primera cita, el parque al que mis padres solían llevarme de pequeño, cuando iba a pasear en bicicleta por el centro... Pero también me trae recuerdos muy dolorosos: como cuando me dejaste, o cuando mi padre me pegaba. De eso último recuerdo muchas veces cosas. Siempre me hace sentirme algo triste. Así que creo que no sería una mala idea cambiar de aires. No puedo decir que nunca vaya a volver a Lyon. Seguro que algún día sentiré melancolía y querré ir, pero no sé cuándo será.
- ¿A dónde irás? -preguntó Francis. Estaba acongojado después de escuchar sus palabras. Como temía, el tema de los maltratos no se le olvidaría con facilidad, por muchos años que pasaran. Intentaba imaginar cómo se habría sentido caminando por calles que le hacían recordar lo sucedido- Podría hablar con Sheila. Ella tiene muchas influencias y quizás podrías trabajar de policía aquí. Yo ahora vivo con ella pero podríamos alquilar un piso juntos. He fastidiado muchas cosas a lo largo de mi vida y sé que no puedo arreglarlas. El pasado en el pasado. Pero ahora no quiero volver a joderlo todo. Quiero hacer esto bien.
Antonio le había mirado sorprendido durante un segundo antes de sonreír cálidamente. Bueno, parecía que este tiempo había hecho que el francés madurara. No tenía miedo a comprometerse y, ante todo, no parecía dispuesto a dejarle ir bajo ningún concepto. Era cierto lo que le dijo antes, no sentía lo mismo que hacía años, pero también se daba cuenta que con cada frase nueva que decía el galo, Antonio recordaba algo que en ese entonces le había cautivado. Las palabras nuevas, muchas de las cuales había deseado escuchar antaño, le hacían enamorarse de nuevo. Francis había dicho que iba a lograr que se enamorara de él y cayera rendido a sus pies. Quizás lo lograría; por mucho que le hubiese gustado negarlo. Tenía la impresión de que volvería a amarle con la misma fuerza que antes, incluso con más intensidad.
- Ya veremos. Tienes el tiempo de las vacaciones para encandilarme. Si lo logras, me pensaré seriamente eso de vivir juntos y trabajar aquí. Ahora creo que me iré al hotel a comer...
- ¡Espera! -dijo Francis interrumpiendo la puesta en marcha del español. Le cogió las manos y le miró con decisión- ¡Comer!
- ¿Eh? ¿Comer? Sí, eso he dicho que quiero hacer. ¿Por qué de repente haces frases tan cortas?
- No seas de tu pueblo. Te invito a comer. Quiero que vayamos a pasear por la playa y luego te invitaré a comer en algún sitio bueno. Conozco unos cuantos a los que podemos ir.
- Huh~... ¿Me estás pidiendo una cita?
- Absolutamente sí. -dijo Francis sonriendo con picardía.
- Está bien. -replicó el español riendo ante aquel gesto del que había sido su mejor amigo y también su amante- Te concedo esta cita.
- Ya verás. Esta vez no podremos ir a patinar, porque mantener el hielo a esta temperatura sería muy caro, pero con un poco de suerte quizás nos llueva como la primera vez y todo. Y ya sabes cómo terminó esa.
- ¡Eres horrible! -exclamó Antonio riendo- ¡Debería dejar que fueras tú solo a esa cita! Por pasarte de listo conmigo.
- Vamos, si voy solo no es una cita. Es un paseo. Y tampoco me gusta pasear solo cuando sé que hay alguien como tú que podría acompañarme. Ay, Antonio~ No te portes mal con este pobre francés~ Si no vienes conmigo, lloraré.
- Ah, no. Eso sí que no...
- Y te seguiré por toda la playa gritando que tú eres el que hace llorar a una belleza como yo.
- Oh, no, no, no... Menuda vergüenza... -dijo el hispano con cara de ligero disgusto al imaginar la escena que le había descrito. No podría ya quedarse allí a vivir, todo el mundo le señalaría con el dedo al pasar. Horrible. Suspiró- Si no me queda más remedio, aceptaré esa cita contigo.
- Ya verás, no te arrepentirás. -le respondió el galo guiñándole el ojo, alegre por haber logrado su objetivo- Esta va a ser la mejor cita que has tenido en mucho tiempo y no la vas a poder olvidar. Por la noche dirás: ah~ ¿por qué le dije a Francis que no quería dormir con él? Esta cama está tan vacía y yo me siento tan solo~ Quizás debería tocarme pensando en él~
- ¡No seas idiota! -exclamó al tiempo que estallaba en una carcajada.
Le pegó un golpe en el hombro que desmontó un poco a Francis. Es que el dichoso español era fuerte. De repente Antonio le puso la mano a la altura del pecho, extendida. Francis le observó curioso. ¿Qué quería? ¿Es que le estaba pidiendo dinero? Eso era bastante maleducado. Le dijo que iba a invitarle a comer pero no iba a darle ahora la parte que le correspondía. Era capaz de huir.
- ¿Qué quieres? -preguntó Francis finalmente viendo que Antonio no decía nada.
- ¿Es que no piensas cogerme la mano? -dijo el español con expresión curiosa.
Francis acabó por sonreír. Le había dado tantísima ternura... Sólo él era capaz de pedir cosas así con tal naturalidad. Otra persona seguramente se hubiera sonrojado y tartamudeado. Quizás Antonio, con unos cuantos años menos, lo hubiera hecho. Ahora era todo diferente, tenía razón. Pero tampoco estaba tan mal. El hispano había cambiado pero él también lo había hecho y quizás ahora su relación iría mejor. Tomó la mano entre la suya y resistió las ganas de abrazarle. Ya lo haría luego, cuando pasearan por la playa. O más tarde, cuando después de comer fueran a bañarse al mar. O después, cuando volvieran a caminar sobre la arena con un romántico atardecer de fondo. Algo estaba claro: Francis iba a enamorar perdidamente a Antonio y no le pensaba dejar escapar.
No esta vez.
¡He vueltooooo! ;A; Ya he regresado de tierras niponas después de arrasar con las tiendas de doujinshi y llevarme casi todo el Frain... xDDDDDD Sobre otros temas... Pueees el fic ya se terminó. Ya sólo falta por publicar el epílogo. No sufráis porque vendré con más fics ·w· tengo un "arsenal" de fics Frain por publicar XDDDDD hohoho ouo
Candy Darla, Alfred da penilla porque está siendo utilizado aunque es un poco psicópata xDDDD Me alegra que te guste cada vez más ouo Y que el final te parezca bien ouo
Misao Kurosaki, jojojo soy lovely a veces, lo sé XDDD He venido cansada pero tengo historias para rato ouo No os preocupéis òuób Ay xD Alfred no es retrasadooo... está enamorado y hace tonteríaas XD Pero ya has visto que no es tan toonto 3 ouo Es que le tengo cierto cariñito XDDD No puedo hacer que no tengan final feliz. Me mata ;W; De momento sólo he hecho Frains felices owo "felices" XDDDD
Ana-chiaaan, Claro que se resuelve pronto XD Es que no puedo darles finales muy horribles ;W; mi corazóncito no me lo permite. Les quiero demasiado *drama XD * Después de que se lleven mal, cuando se llevan bien es como asdkfjñsdkfa cositaasss ;v; xDDD ouo Espero que te guste ouo
justberith, uoh, hola ouo/... Oh dios XD 9 Capítulos de golpe XD Te admiro XDDD No puedo dejarles totalmente fuera de personaje, tienen que tener historias y en el fondo ser ellos owo. O eso es lo que siempre intento al menos o.o Seeeh, Alfred con lado osculo rulea xDDD Me alegra mucho que te encante el fic ;v; Es bonito saberlo. Gracias a ti por leer y dejar review, eres amor ;v;
Yuyies, a veces Antonio es un poco inconsciente xDDDD A veces un beso dice más que muchísimas cosas ouo Alfred no dice nada porque está enamorado de él. Pero bueno, no es tan tonto o3o Bueno, me había quedado a un capi del final xD no porque quisiera, si no porque me he ido xD
Espero que la espera os haya merecido la pena ;v;
Nos leemos el viernes que viene~
Miruru.
