Palabras: 2464
Beta: Yin
Nota: ¡Gracias por los comentarios del cap anterior! Perdón si no llegué a responder todos.
Escuchó un ¡crack!, se despertó y abrió los ojos. Frente a él, una pequeña grieta se empezaba a abrir desde arriba hacia abajo; una luz blanca, tenue y casi espectral, se filtraba por ella. Cuando la abertura se hizo un poco más ancha, vio unos dedos enguantados meterse y tomar los lados para separarlos. Evidentemente no era fácil, puesto que estaban forcejeando para lograrlo. Adrien quiso tomar su bastón, pero no sólo era casi imposible moverse, sino que ahí reparó que ya había perdido la transformación. Empezó a desesperarse: ¿dónde estaba Plagg? Movió los dedos y sintió que su anillo seguía en su mano. Bien. Con suerte, Plagg habría escapado. Le Papillon podría hacerse con su Miraculous; sin embargo, el anillo no era más que una simple joya sin su kwami.
Finalmente la grieta se abrió. Se le cruzó por la cabeza correr para escaparse, pero se golpeó las piernas contra el suelo. El dolor, sumado a la revelación de que sus brazos estaban demasiado débiles como para sostenerlo, lo distrajeron. Tardó unos segundos en darse cuenta de que había estado colgado a más o menos un metro y medio del suelo. Se sentó como pudo y levantó la vista. En vez de encontrarse con su enemigo, tuvo delante de sus ojos a un hombre vestido de verde, al que reconoció como al Maestro Fu transformado. Estaba vestido mayormente de verde oscuro con lo que parecía un traje de ninja, y atado sobre su antebrazo derecho tenía un escudo con forma de caparazón que no podía tener más de cuarenta centímetros de diámetro. A su lado estaba Marinette, pálida como un fantasma, con la vestimenta que había usado durante la cita interrumpida. Se dio cuenta entonces que no había pasado mucho tiempo entre que había sido capturado por Le Papillon y su rescate. El alma le volvió al cuerpo cuando vio que Plagg estaba parado sobre el hombro de Marinette.
—¿Estás bien? ¿Nos reconoces?
—S-sí, Maestro —respondió todavía abrumado.
—¿Puedes pararte?
—Necesito un minuto para recuperarme —Inspeccionó sus alrededores. No había señal de Le Papillon ni de todas las maripositas que había visto—. ¿No han visto a...?
—Me imagino que el poder que usó para encerrarte debe de ser el equivalente a Cataclysm o Lucky Charm —Golpeó el capullo en el que Adrien había sido encerrado con los nudillos—. Su transformación no hubiera durado mucho más, así que me imagino que huyó ya hace rato. No siento su presencia tampoco.
El Maestro estudió a Adrien unos segundos. Asintió.
—No noto nada extraño en ti que precise ser sanado. Recuperen el aliento, niños. Los esperaré afuera.
El anciano ya se estaba yendo antes de que el héroe pudiera responderle. Marinette se arrodilló frente a él, casi tirándose como un peso muerto. Por su mirada, intensa y penetrante, Adrien creyó que le daría un bien merecido puñetazo. Había roto una promesa, después de todo. La promesa que le había hecho a su dama. La vio temblar. Supuso que era producto de la ira.
A pesar de haberse mordido el labio, Marinette no pudo evitar que un sollozo se le escapara. Luego otro acompañado por un par de lágrimas. La heroína se tomó los brazos, abrazándose a sí misma. Progresivamente los sollozos dejaron su pequeñez de lado y se convirtieron en alaridos que llenaron la habitación. Adrien, todavía anonadado, no hizo más que observarla. Su dama, su adoradísima Ladybug había pasado un momento de angustia y terror; todo por su culpa.
Al concienciarse de la situación, la abrazó inseguro de estar haciendo lo correcto. ¿Querría ella que el causante de su dolor fuera la misma persona que la reconfortara? Se dio cuenta de que sí, ya que Marinette le devolvió el gesto. Lo rodeó por la espalda, agarrándolo de la ropa a la altura de sus omóplatos. Marinette escondió la cara entre el cuello y el hombro de Adrien para acallar, sin demasiado éxito, su llanto. Él apoyó la mejilla sobre la cabeza de su dama y cerró los ojos. Le susurró un "lo siento" una y otra vez, hasta que prácticamente se convirtió en un mantra de perdón.
Se quedaron así hasta que los sollozos de Marinette casi desaparecieron por completo. Adrien se paró, le tendió las manos y ella las tomó para ponerse de pie también. Plagg se escondió bajo su camisa. El héroe guió a su compañera, entrelazando los dedos con los de ella, hasta la salida mientras ella se secaba las lágrimas con la muñeca. Marinette y el Maestro habían entrado por la misma ventana que él, sólo que en el proceso habían destrozado los tablones que Adrien había dejado. Hallaron al anciano esperándolos ya con la transformación deshecha. Se unieron a él y empezaron a alejarse del lugar.
Adrien se volteó para ver la casona una última vez. Allí fue cuando la reconoció. Era un recuerdo débil en su mente que poco a poco tomaba forma, y estar parado sobre la acera le dio una perspectiva que no hubiera podido tener desde los tejados. Ya sabía dónde la había visto antes.
Sin decir nada al respecto, los tres caminaron hasta llegar a la avenida más cercana. Adrien tomó su celular para ver la hora. Faltaba poco más de media hora para la medianoche; se imaginó que los padres de Marinette estarían preocupadísimos. Decidió que la acompañaría a casa. Al llegar al destino, el Maestro anunció que volvería caminando a su hogar, por lo que allí se despidió de ellos. Adrien detuvo un taxi, se subieron a éste y él le indicó al conductor hacia dónde debía llevarlos. Le sugirió a Marinette que le escribiera a Tom o a Sabine para avisarles que estaban en camino. Ella asintió y les envió un mensaje. No se dijeron nada por el resto del viaje.
El matrimonio Dupain-Cheng los estaba esperando frente a la entrada. A pesar de que la calle no estaba muy iluminada, los padres de Marinette notaron el rostro hinchado de su hija.
—¿Qué fue lo que pasó? —quiso saber Tom, tan preocupado como Adrien había previsto.
Marinette no supo qué decir.
—Hubo un accidente de tránsito —mintió Adrien de la manera más convincente que pudo—. Un conductor no vio a un peatón y…
—Ay, nena —Sabine se acercó a su hija, la abrazó con fuerza y la besó en las mejillas.
—Gracias por traerla a casa, Adrien —Le regaló una sonrisa paternal al mismo tiempo que acariciaba la coronilla de Marinette.
—N-no, no hay nada que agradecer —Y realmente no lo había.
Tom y Sabine les dieron las buenas noches y dejaron que su hija tuviera un momento a solas con el joven. En cualquier otro momento, el gesto de complicidad hubiera significado el mundo para Adrien, pero después de todo lo que había ocurrido, no estaba seguro de que Marinette quisiera estar a sola con él.
—Lo siento mucho.
—Estuviste bien —dijo ella con una sonrisa amarga en los labios.
—No me refería a la mentira de recién.
Marinette suspiró.
—Por más de que quisiera estrangularte por cometer tal locura, no tengo ni fuerzas ni ganas para ello. Sólo estoy feliz de que estés bien.
—Eres la mejor —declaró él, un tanto aliviado.
—Lo sé —Se le acercó—. Pero todavía me debes una buena, buena explicación. Y contarme qué fue lo que ocurrió. Estoy pensando seriamente en que me la entregues por escrito con un mínimo de quince carillas —Le hundió el dedo índice en el pecho—. No te creas que saldrás tan fácil de ésta, Agreste.
—No esperaría menos de mi dama.
—Avísame cuando llegues a casa, ¿sí?
—Lo haré.
La tomó de las manos y le dio un apretón suave, al mismo tiempo que le besaba la frente y luego los labios. Se quedó ahí parado hasta que ella cruzó el umbral y cerró la puerta.
Adrien no tenía ganas de llamar a su conductor para que lo llevara a casa. Para ser honesto, tampoco quería volver a esa grande y fría mansión que llamaba hogar… Mucho menos si cierta persona llegaba a encontrarse allí. El problema yacía en que también estaba agotado, y quedarse con Marinette no era una opción. Cierto, podría haberse transformado en algún lugar y colado en la habitación de su compañera por la trampilla; pero lo más probable era que ella seguramente querría descansar sin distracciones.
Optó por caminar. El trayecto a casa no era muy largo, y pasear por las calles de París siempre ayudaba a ordenar sus ideas. Ladeó una sonrisa amarga al percatarse que era una noche de verano maravillosa, en la que podría haber tenido una cita de ensueños con su chica. Los recuerdos del enfrentamiento con Le Papillon se arremolinaban en su mente de la misma manera que las miles mariposas blancas lo habían hecho para atraparlo. Sintió un amplio espectro de emociones: desde la más profunda depresión hasta la más hiriente y fogosa rabia, pasando por combatir una necesidad de llorar que lo acosó durante todo el camino.
Suspiró al hallarse frente a las altas y elegantes rejas de la mansión Agreste. En ese momento más que nunca, se sentían más unos barrotes refinados de una celda que otra cosa. Adrien jamás había pensado que necesitaría tomar coraje para entrar en su propio hogar, y le fue menester reunir una cantidad considerable de valor.
Encontrarse con Gabriel Agreste, con su típico porte de rey orgulloso y su mirada juzgadora no hizo sino empeorar las cosas. El hombre se hallaba parado bajo el enorme cuadro que adornaba el hall, en el cual se retrataban a ambos vestidos de negro. Adrien pensó en que el cuadro había estado ahí desde siempre como una premonición, de luto por la relación padre-hijo.
—Es tarde, ¿dónde estabas?
—Hola, padre. Veo que has vuelto de tu viaje.
—En efecto. Responde la pregunta, Adrien. Sabes tan bien como yo que debes estar en casa después de determinada hora. ¿Y por qué no llamaste a tu guardaespaldas para que fuera a recogerte?
El héroe se pasó la mano por el rostro de abajo hacia arriba y luego por su cabello, exhausto. No podía creer que estaba teniendo esta conversación con total normalidad. Decidió reciclar la mentira que había creado antes.
—Estaba fuera paseando con mis amigos, hasta que fuimos testigos de un accidente de tránsito. No fue nada agradable. Una de mis amigas la pasó muy mal, así que la acompañé a casa. Recién vuelvo de allí.
La mirada dura e inquisidora del Agreste mayor fue reemplazada por una de genuina preocupación paternal. Adrien quiso odiarla, realmente quiso despreciarla, pero le resultó imposible. Su padre bajó las escaleras y se le acercó hasta apoyar una mano sobre el hombro de su hijo. Le dio un apretón cariñoso.
No me toques.
—¿Estás bien?
No gracias a ti, no.
—Sí, sólo necesito descansar.
—Entiendo —Asintió—. Entonces, qué descanses, Adrien.
—Igualmente, padre.
Su habitación se sintió, de alguna forma, como una especie de refugio. Seguía compartiendo ese enorme techo con su mayor enemigo y único familiar, mas su dormitorio era su espacio, su territorio. Cerró la puerta, se apoyó contra la madera y se dejó deslizar hasta quedarse sentado sobre el piso. Allí, poco a poco, todos esos sentimientos acumulados y encontrados con los que había peleado en el camino a casa volvieron para acosarlo. La rabia hizo que Adrien temblara, la tristeza que el estómago le diera un vuelco. Un par de lágrimas se le escaparon e hizo su mayor esfuerzo para llorar, inútilmente, en silencio. Se pasó las manos por la cara y se frotó los ojos. Sintió cómo Plagg salía de su escondite de entre su ropa.
Cuando Adrien levantó la vista, se encontró con la triste mirada de su kwami, éste flotando a unos centímetros de su cuerpo. Era cierto, se había olvidado que Plagg sabía tanto como él acerca de lo ocurrido. Observó cómo el minúsculo ser mágico lo estudiaba, pensando en alguna forma de animarlo, a pesar de que aquello no fuera su fuerte. La intención fue más que suficiente para Adrien. Elevó una mano y la acercó a Plagg, quien tomó su pulgar y se frotó contra éste como todo un minino.
—Lo siento tanto, muchacho.
—En este momento, eres la última persona, bueno, kwami, que le debe una disculpa a alguien —Movió el pulgar con suavidad para acariciarle la mejilla—. Para tal caso, fui yo quien rompió promesas, arruinó planes y te puso en peligro. Te pido perdón, Plagg.
—Tú nunca eres así de temerario. ¿Qué fue lo que pasó?
—¿Me creerías si te dijera que me sentí atraído a ese lugar?
—Cuando vives más de un par de milenios como yo, empiezas a creerte casi cualquier cosa. ¿Alguna idea del por qué?
Adrien asintió.
—Porque conocía esa casa. Había estado allí antes. No la reconocí del todo hasta que estuve dentro, pero… poco a poco los recuerdos volvieron. Y lo siguen haciendo —dio un suspiro largo que liberó por los labios—. ¿Qué fue lo que pasó desde él que nos encerró hasta que el Maestro Fu y Marinette me liberaron?
—Para empezar, perdiste la conciencia no bien estuvimos dentro de ese capullo. Tu transformación se deshizo unos minutos después, así que salí con cuidado. Le Papillon ya no estaba ahí. Para serte honesto, estuve varios minutos volando en círculos y a punto de perder la cabeza hasta que recordé que habíamos dejado a Wayzz afuera. Fui a buscarlo, pero ya no estaba. Supuse que había sentido las auras o lo que sea que hace Wayzz y había ido a buscar al Maestro. Así que volví contigo. Ellos llegaron al poco rato. Como Marinette ya había usado su Lucky Charm y Tikki estaba agotada, el Maestro no tuvo más opción que transformarse y liberarte. El resto ya lo sabes.
—Tú… también lo viste, ¿no? No fue una ilusión, ¿verdad?
—Hasta donde yo sé, las ilusiones no forman parte de las habilidades de Nooroo.
Adrien se rascó la cabeza. Después de haber estado en contacto con su padre, le costaba creer que éste realmente hubiera resultado su enemigo. Tenía que buscar evidencia… Afortunadamente, ya sabía por dónde empezar. Volvió a suspirar.
—Lamento haberte hecho pasar tan mal rato, Plagg.
—No importa —Negó el kwami—. Pero… ¿Y ahora qué harás?
—Primero, escribirle a Marinette para hacerle saber que estoy en casa; lo último que necesita hoy es seguir preocupándose —Sacó su celular de uno de sus bolsillos—. Y, en segundo lugar, ponerme en contacto con Nathalie mañana a primera hora. Tengo una idea.
—¿Qué estás planeando ahora, muchacho?
—Plagg, ¿me acompañarías en una última locura? —Ladeó una sonrisa.
—¿Habrá camembert como recompensa? —Le sonrió también, pícaro y mostrando sus colmillos.
Adrien rió con suavidad, adoraba la manera en la que tenía su kwami para decir que sí.
—Puedes apostarlo.
Nota: ¡Gracias por leer!
