10. ¿Rodriguez Ortiz?
Aquella mañana brillante y soleada de Domingo, el matrimonio Rodriguez-Ortiz se hallaba remoloneando en la cama como en tantas otras ocasiones en que no tenían que madrugar y podían dedicar parte de su tiempo a no hacer nada. Pero en esta ocasión, parecía que algún pensamiento perturbaba la calma de la peluquera, y mientras Santi se disponía a hacer el gesto de levantarse para ir a preparar el desayuno, su mujer rompió de repente el silencio…
- Santiago… te tengo que decir una cosa
- ¿Santiago? Uy uy uy el nombre completo… que susto me está entrando. A ver cucu suéltalo, que no me gusta nada ese tono tuyo ¿Qué has hecho esta vez?
- Es que… ¿te acuerdas de lo que hicimos anoche? ¿Y de ayer? ¿Del otro día y del otro día? Pues es que llevo una semana sin tomar la pildorita...
- ¿Qué? Pero… ¿por qué? ¡Bárbara! Y me lo dices así tan tranquila… ¿Pero no te das cuenta de que puede que te hayas quedado embarazada?
- Bueno, sí. Me doy perfecta cuenta de ello… yo…-contestó con la carita de pony pucheritos pillado en falta.- Sé que debería habértelo dicho antes, pero es que llevo meses pensando en lo bonito que sería que tuviésemos un niño con tus ojos y tu sonrisa y esos brazos tan fornidos…
- Espera, ¿lo has hecho a propósito? ¿Quieres que tengamos un bebé?- acertó a preguntar entre sorprendido e ilusionado.
- Ella afirmó con la cabeza y sonrió complacida al contemplar lo emocionado que estaba…
- Veo que no te desagrada la idea...
- No, claro que no. Por supuesto que me hace ilusión. Pero es que me dejas totalmente sorprendido. Sabes que siempre he deseado que llegara este momento y que siempre he deseado que tú fueras la madre de mis hijos pero… no pensé que entrara en tus planes el querer ser madre, o al menos no todavía. Yo respetaba tu decisión.
La chica suspiró profundamente y de un solo gesto de la mano, se apartó un mechón de su rubia melena de la frente.
- En el pasado dije muchas tonterías, Santi. Como que no me quedaría embarazada para no echar a perder mi cuerpo de escándalo, o que no sabría qué hacer con un bebé… Te confesaré que estoy muerta de miedo, sólo de pensar que una personita dependerá de mí para sobrevivir… Pero te tengo a mi lado. Y contigo me siento segura, sé que estarás ahí para ayudarme. Y eso hace que me sienta capaz de todo. Tenemos una bonita casa, un buen trabajo, es el mejor momento. Y sobre todo, tengo una ilusión tremenda de que tengamos en nuestros brazos una personita, parte de los dos, de ambos. Quiero que hagamos realidad este sueño.
- Él se la quedó mirando atónito, asimilando cada una de sus palabras. Era maravillosa y había madurado tanto... Le acarició el brazo y depositó un suave beso en su mejilla.
- Bárbara, eres fantástica, no sabes cuánto te quiero. ¿Sabes que me gustaría?
- ¿Qué?
- Que tuviésemos una niña tan guapa y tierna como tú… con este pelo largo y rubio…
Ay, sí… que bonita sería. Para hacerle coletitas, yo la peinaría y le pondría vestiditos rosas… ¡Santi!
- ¿Qué?
- ¿Tú crees que tus soldaditos habrán dado ya en la diana?
- Jajajaaja Ay cucu como eres… ¡tan impaciente como siempre! Todo es posible, puede que sí.- le acarició la barriguita con suavidad.- o puede que tengamos que seguir intentándolo durante algún tiempo. Aunque creo que eso no va a ser un problema ¿no?-le sonrió con picardía.-Ahora que ha quedado claro que queremos ser padres tendremos que emplearnos a fondo…
- No pudo seguir hablando, porque ella ya se había abalanzado sobre él y le besaba apasionadamente.
La chica rubia atravesó el local de su peluquería hasta entrar en la trastienda. Mientras se ponía el uniforme de trabajo y se colocaba el cinturón con el material alrededor de las caderas, volvió a pensar en aquello que la atormentaba. Llevaban seis meses intentándolo y todavía no lograba quedarse embarazada. *A ver si el Gremlin y yo no somos compatibles para reproducirnos* meditó con pesar. En los días anteriores, Santi había conseguido dejarla algo más tranquila al comentarle que esas cosas llevaban su tiempo, y más después de haber dejado un tratamiento anticonceptivo hormonal. Siempre tan pitagorín este Gremlin suyo. Pero si él lo decía seguro que sería verdad. La cuestión era que entre esa preocupación y tanto trabajo en la peluquería, empezaba a sentirse un poco estresada. Recogió cuanto necesitaba y se dirigió a abrir el negocio, colocando el cartelito de "ABIERTO". En la puerta estaba ya doña Prudencia, que no faltaba los miércoles a peinarse. Bárbara no entendía que una mujer tan mayor se levantara tan temprano. Wada y Anabel todavía no habían llegado. Así que como ya era habitual cada semana, la saludó y la acompañó a sentarse. Empezó a trabajar con su pelo y una vez hubo terminado, abrió el espray de la laca para fijar el peinado. Entonces notó aquella sensación de mareo, dejó caer el envase al suelo, que resonó con estrépito, volvió sobre sus pasos y se sentó un poco en la primera silla que encontró en el camino al mostrador. Volvía a sentirse mareada por tercera mañana consecutiva y podía notar otra vez esa sensación nauseosa. Por Dios, el baño. Otra mañana que se iba a quedar con el estómago más limpio que una patena. Esa misma tarde le pediría a su madre que la acompañara al médico, no quería preocupar a Santi. Pero algo le tenían que dar para ese malestar. Así no podía trabajar. Recogió el bote de laca y lo dejó sobre la mesa, saliendo disparada hacia el servicio, desde donde oyó la voz preocupada de doña Pruden.
- Bonita, ¿estás bien?
- Tras unos minutos volvió a la sala.
- Ay Bárbara, guapa que carita tienes. Estás blanca como la cera. ¿Te encuentras mal? ¿Qué te pasa?
- Ay doña Pruden es que no sé qué me pasa. Me encuentro fatal del estómago. Con su permiso, voy a volverme a sentar porque me da vueltas todo.
- La anciana mujer la miró pensativamente. Y con la sabiduría que da la experiencia de casi toda una vida le preguntó:
- ¿Tienes náuseas y mareos? ¿Y te pasa siempre por la mañana?
- En cuanto abro el espray de la laca. No sé qué químicos del demonio le deben poner a esta laca "Flash" de las narices… ¿Cómo lo sabe?-preguntó la chica con asombro.
- Tú estás casada ¿verdad?
- Sí, desde hace un año. ¿Por qué?
- Porque yo creo que lo que te pasa es que estás embarazada.- declaró la mujer con total naturalidad.
- ¿Qué? ¿Qué lo que me pasa es eso? Ay ¿de verdad? ¿Seguro? ¡Que alegría! Deme un beso doña Pruden. Ay Ay que ilusión… Pues tengo que ir a la farmacia cuanto antes y y…
En esas estaban cuando Wada atravesó la puerta de la peluquería. Jorge acababa de traerla en coche.
- ¡Hola Jefa! ¡Hola Doña Pruden! ¿Qué os traéis aquí entre manos, tanto parlotear?
- Wada ven aquí que no te lo vas a creer. Necesito que me hagas el favor de quedarte al mando y que Anabel y tú os quedéis a cargo todo el día… Sí no me mires así, os pagaré las horas extras… Ay no sabes lo contenta que estoy.
- No sé qué te pasa Bárbara, pero por muy contenta que estés, te veo pálida. Tienes mala carita. Ni pienses que te voy a dejar salir de aquí así. Ahora mismo llamo a tu marido y…
- ¡Noooooo! A mi marido nooooooo… llama a mi madre porfa… ¿si? Venga, que no lo quiero preocupar…
- Está bien.- A Wada le divertía sobremanera la peculiar forma de ser de su jefa, a la que había acabado tomando un gran cariño. Era buena, ocurrente y divertida, además de una gran peluquera. Estaba aprendiendo mucho de ella. Y le pagaba un sueldo que no estaba mal.- Pero no sales de aquí hasta que vea aparecer a Chali por esa puerta.
Y la chica hizo el gesto de negar con la cabeza, mientras pasaba a la trastienda y se cambiaba de ropa, poniéndose el uniforme de trabajo, la camiseta negra con las chillonas letras fucsia del emblema de "Glamour". Llenó un vaso de agua y se lo llevó a la rubia, que seguía sentada junto a la anciana clienta. Después volvió sobre sus pasos, descolgó el teléfono inalámbrico y marcó el número del "San Pan".
