La historia original es de Nancy Warren y se llama A media voz, y yo solo la uso para entretenimiento de todas nosotras imaginando a los personajes de Sailor Moon que son propiedad de Naoko Takeuchi en esta historia


Capítulo 9

—¿Es que soy ligera de cascos? —le lloriqueó Serena a Lita, después de un partido de squash que le había dejado el cuerpo dolorido.

Lita soltó una carcajada.

—Cariño, tienes más en común con una monja que con alguien ligero de cascos.

Ella destapó la botella de agua y se bebió la mitad de un trago.

—Estoy tan confundida… Voy a acostarme con Neptuno el viernes, y el sábado voy a salir con Darien. ¿Eso no es ser ligera de cascos?

—Podría serlo, si fueras a acostarte con Darien el sábado, pero por lo agobiada que estás sólo por un beso, no creo que eso vaya a suceder.

A Serena se le cayó el agua por la barbilla cuando se le abrió la boca del asombro.

—Por supuesto que no voy a acostarme con Darien. Sólo quiero decir que… —sus zapatillas de deporte chirriaron cuando se tropezó con el muro de fuera de la pista de squash. En el pasillo olía a goma y a sudor, y desde las pistas se oía el sonido rítmico y aburrido de los golpes de la pelota. —Oh, Lita. No sé lo que estoy haciendo.

Su amiga tenía una pierna doblada y estaba haciendo estiramientos a su lado.

—¿Quieres acostarte con Darien?

—¡No!

—¿Por qué no? Es fantástico en la cama.

A Serena le resbaló más agua por la barbilla.

—¡Por eso! —siseó frenéticamente, meneando la mano entre ella y su amiga—. Esa es la razón. No puedo acostarme con un tipo con el que se ha acostado mi mejor amiga. Uno con el que casi se casa.

—¿Por qué no? A mí no me importa. Y obviamente, a él tampoco —Lita estiró la otra pierna, y después la apoyó en la pared para extenderla aún más—. Yo ya he encontrado a mi compañero perfecto, pero Darien todavía está buscando. Y tú todavía estás buscando. Bueno, tú no estás buscando, pero deberías.

—Pero Darien es mi amigo.

—Andrew es mi amigo. Créeme, el sexo es mucho mejor cuando te cae bien tu pareja.

—¿Te importaría no tocar el tema del sexo?

—Mira, si es eso todo lo que te preocupa…

—No, no es todo lo que me preocupa, pero oh, demonios. Ya me estoy acostando con otro.

—El tipo misterioso del sexo. Muy bien.

—No lo llames así.

—¿Y cómo me sugieres que lo llame? —le preguntó Lita con una dulzura engañosa—. Ni siquiera sabes su maldito nombre.

—Hay algo entre nosotros. No sé cómo explicarlo. Quiero que todo termine, pero no puedo.

—Serena, ¿es que tienes una obsesión del tipo de la de Nueve semanas y media? —Lita había terminado de estirarse y la miraba preocupada—. Eres la única persona del mundo que no puede tener una aventura ligera. Tienes que convertirla en algo totalmente serio.

Serena le dio una patadita al suelo.

—Yo… tengo ciertos sentimientos hacia él.

—¿Por un tipo del que ni siquiera sabes el nombre?

Parecía una locura. Ella lo sabía. Era una locura. Pero Serena nunca había sido de las que rehuían la verdad. Mantuvo la mirada fija en el suelo y murmuró:

—Sí.

—Entonces, si vas a destruir cualquier oportunidad de salir con Darien por ese tipo, mejor averigua quién es. Puede que sientas cosas diferentes cuando lo veas a la luz.

—Tienes razón. Sé que tienes razón. Tengo que averiguar quién es.

Pero no quería. Tenía el presentimiento de que sólo le causaría complicaciones.

XOXOXO

Lita tenía razón, admitió Serena más tarde, mientras se tiraba en la cama. Estaba físicamente agotada por el partido de squash, pero mentalmente demasiado inquieta como para dormir. No podía malograr su relación con Darien porque sintiera algo hacia el extraño.

Simplemente, no era lógico. Y Serena siempre seguía la lógica.

Darien. ¿Cuándo habían cambiado sus sentimientos hacia él? ¿Cuándo habría empezado él a sentir algo por ella? Dio una vuelta por la cama. ¿Y por qué tenía que ocurrir todo aquello, precisamente, en aquel momento?

Fuera lo que fuera lo que le había dicho Lita, ella tenía su propio código de conducta. No le parecía bien acostarse con un hombre el viernes y salir con otro el sábado. No iría al hotel el día siguiente. Telefonearía y dejaría un mensaje cancelando la cita. Así no tendría aquellos remordimientos por salir con Darien el sábado.

Después de tomar aquella determinación, se sintió mucho más virtuosa y se quedó dormida.

A la mañana siguiente, llevó a cabo su ritual de prepararse para el trabajo en un tiempo récord. Miró al teléfono cuando se estaba marchando, pero pensó que podría llamar al hotel desde la oficina.

Cuando se sentó detrás de su escritorio, le resultó imposible descolgar el teléfono. Cada vez que iba a cancelar la cita, recordaba sus brazos fuertes alrededor de su cuerpo. Oía su voz susurrándole sugerencias eróticas al oído, y sentía sus labios en la piel. La necesidad de estar con él de nuevo era irresistible.

Se dijo a sí misma que sería un detalle de cortesía básica despedirse de aquel hombre en persona. Aquello era lo que iba a hacer. Iría al hotel y le explicaría por qué no podía verlo de nuevo.

XOXOXO

Darien echó la maquinilla de afeitar y una botella de aceite perfumado en la bolsa de viaje. Le dolía el cuerpo al imaginarse extendiendo aquel aceite sobre ella, dejando que sus manos se deslizaran por sus curvas.

¿Aparecería aquella noche?

No estaba seguro. Él le había lanzado un desafío al pedirle salir. Pero por mucho que adorase aquellas noches de los viernes, no creía que pudiera mantener durante más tiempo la situación. ¿Cuántas veces, en la oficina, había tenido que contenerse para no darle un beso, o hacerle una caricia, o mirarla como lo hacían los amantes?

Cerró la cremallera de la bolsa.

Algún día iba a meter la pata.

Y entonces, ella lo odiaría.

Mientras bajaba al garaje, iba pensando que la mayoría de los hombres matarían por lo que él tenía. Una mujer bella y deseable que iba a él sólo en busca de sexo. Sin complicaciones, sin ataduras.

Y, malvadamente, era él el que quería aquellas ataduras. Demonios, no ataduras, sino cabos irrompibles que la unieran a él.

Quería tomarla a la luz. Mirar dentro de sus ojos azules mientras embistiera con fuerza dentro de su cuerpo. Quería ver cómo su piel se sonrojaba y oír cómo sus labios pronunciaban su nombre en el éxtasis.

Puso la bolsa en la parte de atrás del coche y se sentó tras el volante, sintiendo que le dolía el cuerpo de excitación.

El sexo con Serena era algo que nunca había experimentado antes. Pero quería mucho más. Quería presumir de ella en público, que la gente supiera que era suya. No sólo una noche a la semana, sino todas las noches.

Mientras conducía a través del tráfico de la noche del viernes, reflexionó sobre el aprieto en el que él mismo se había colocado. Se estaba preparando para acostarse con la mujer aquella noche, y al día siguiente saldría con ella. Dejó escapar una risa de impotencia, de disgusto. Quizá debiera llamar al hotel y dejarle una mensaje para cancelar la cita. Acabar con todo aquello antes de que ella lo averiguara. Entonces podría conquistarla tal y como debería haberlo hecho desde el principio.

Tomó el teléfono móvil, pero volvió a dejarlo en el asiento. Si Neptuno cancelaba la cita, entonces el viejo Darien quedaría como consuelo. Oh, no.

Serena tenía que elegir a Darien por encima de Neptuno.

Su amante nocturno y misterioso había ayudado a Serena a que su sexualidad dormida se despertara. Y había llegado la hora de que hiciera un movimiento hacia un hombre de carne y hueso, uno que le pidiera su tiempo y su atención. Que le pidiera cosas que ella quisiera dar, porque le importara.

¿Haría ella la elección correcta? La luz del semáforo al que acababa de llegar se puso roja. Frenó y tomó el móvil para llamar al hotel.

Tuvo una punzada de desilusión. No había mensajes para el señor Neptuno de la habitación 1604.

Ella iba a ir a su cita. Buenas noticias para Neptuno. Malas noticias para Darien.

Llegó pronto y caminó por el vestíbulo hacia el ascensor, excitado e impaciente por las horas que tenía por delante. Le llamó la atención el escaparate de una de las tiendas de regalos del hotel, y se paró a observarlo. Había paraguas y pañuelos de seda, estampados con pinturas del Chicago Institute of Art, y aquello le dio una idea. Se fijó en un pañuelo en particular, de colores azules y granates, que a Serena le quedaría muy bien.

Quería verla mientras hacían el amor. Quizá hubiera encontrado la forma.

Entró en la tienda y compró el pañuelo. Era suave y frío, un poco parecido a la mujer al que iba destinado.

—Ah, le gusta Renoir —le dijo el dependiente mientras envolvía el paquete y lo metía en una bolsa.

—Sí —respondió él. En realidad, ni se había dado cuenta de qué pintura era, sólo había estado atento a los colores y a cómo quedarían con la piel clara de Serena cuando le tapara los ojos con el pañuelo.

Una vez que estuvo en la habitación, tomó su ducha habitual y se puso el albornoz sobre el cuerpo desnudo. Desempaquetó el frasco de aceite y puso unos cuantos preservativos en la mesilla de noche. Después sacó una magnolia del papel donde la había envuelto y la puso en un vaso de agua.

El olor de la flor le dio ideas, y miró el paquete del pañuelo, preguntándose si tendría oportunidad de usarlo. Rompió el papel y se lo metió en el bolsillo del albornoz.

Después, se tumbó en la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza, a esperar. Ya estaba excitado. Se estaba convirtiendo en alguien tan predecible como el perro de Paulov. Todo lo que tenía que hacer era pensar en los viernes por la noche, u oler una magnolia, para excitarse.

Eran casi las once. Mientras se sentía cada vez más excitado, deseaba que ella no llegara. Quería que dejara plantado a Neptuno. Por Darien.

Casi se desilusionó al oír un suave golpe en la puerta.

—Justo a su hora —murmuró para sí mismo, mientras se levantaba y apagaba las luces para dejar la habitación totalmente a oscuras.

Al abrir la puerta, ella estaba allí, y la desilusión desapareció.

Se besaron ávidamente, ansiosos por sentir las caricias del otro. Al acariciarle las mejillas con las palmas de las manos, él notó que ella estaba fría, y después caliente, cuando le sacó la camisa de los vaqueros y le tocó la espalda. Ella se estremeció, y él sintió sus músculos bajo su delicada piel. Era tan esbelta que Darien notó cada una de sus vértebras mientras sus manos ascendían por la espalda.

Percibió la esencia de su excitación bajo el perfume ligero que ella llevaba siempre. Y también percibía una esencia de magnolia. La combinación lo volvió loco de lujuria. Por suerte, ella llevaba algo como una falda vaquera con velcro, porque no estaba de humor para botones. Necesitaba poner las manos en su carne.

Ella suspiró un suave «sí» cuando él le quitó la camisa.

—Estaba pensando en cancelar la cita de hoy —le dijo.

La esperanza le saltó en el pecho. ¿Se despediría de él? ¿Se decidiría por Darien?

—¿Y por qué ibas a cancelarla? —susurró él mientras le frotaba las palmas de las manos contra los pechos, sintiendo cómo se le endurecían los pezones.

Ella no respondió de inmediato. ¿Le contaría lo de su cita con Darien? Él esperaba que sí con todo su corazón.

Finalmente, Serena respondió, tan suavemente como antes, pero con un tono de duda extraño en ella.

—¿Tú piensas en mí durante la semana?

Demonios, quería que lo dejara. Pero no podía mentirle para hacérselo más fácil.

—Sí —susurró él, acercándola a su cuerpo y enterrando la cara en su pelo, tal y como deseaba hacerlo durante toda la semana en la oficina—. Sí pienso en ti.

La respiración de Serena era temblorosa cuando lo besó, con los labios suaves y llenos de pasión.

—Yo también pienso en ti.

—¿Y en qué piensas?

—En cómo estamos juntos. Ni siquiera sé quién eres, pero me siento como si te conociera. Hay una conexión entre nosotros, y eso me asusta.

Él sintió que temblaba mientras suspiraba aquellas palabras contra sus labios, y no pudo evitar calmarla.

—No te preocupes.

—Pienso en esto —dijo ella, apartando el albornoz y frotando sus pechos desnudos, seductoramente, contra el torso de él, y sintiendo cómo se excitaba más y más—. Pero también pienso en quién eres tú, y desearía poder llamarte a veces. Me pregunto si te acuerdas de mí.

Allí estaba la apertura que él necesitaba.

—Quizá debieras encontrar a un hombre de verdad —susurró.

—Quizá ya lo tenga.

¿Qué demonios significaba aquello? ¿Se refería a Neptuno o a Darien? Todo aquello se le estaba escapando de las manos.

—Y quizá ya sea hora de que averigües quién soy. Adelante, enciende la luz —dijo Darien.

¿Cómo reaccionaría ella cuando descubriera que ya se había acostado con su buen amigo Darien, por el que se había puesto tan nerviosa ante el hecho de besarlo? Contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta y tragó saliva. Sintió que se movía. ¿Iba hacia el interruptor de la luz? Pasó un minuto. Dos. Estaba tan oscuro como antes. Tan oscuro como el más profundo de los secretos.

Cuando ella habló, su voz le llegó desde la cama.

—No quiero saberlo. No quiero que esto cambie. Al menos, no todavía.

¿Es que no se daba cuenta de que ya había cambiado?

—De acuerdo —dijo él, por fin, dejando el dilema a un lado al sentir que sus necesidades físicas se hacían cada vez más intensas—. Necesito verte —dijo, y fue hacia la cama tanteando la pared, vacilando en la oscuridad hasta que la tocó.

—¿Qué vas a… —ella se quedó sin respiración cuando él le pasó, jugueteando, el pañuelo de seda por los pechos. Se aseguró de que sintiera la suave tela en los pezones. Se los había besado y lamido muchas veces. ¿Serían de color melocotón? ¿Rojos? Necesitaba saberlo.

—¿Sabes lo que es eso?

—Parece ropa interior —respondió Serena.

—Es un pañuelo de seda. Lo vi y pensé en ti.

—Yo no suelo llevar pañuelos —respondió ella, con algo de aprensión en la voz. ¿Es que estaría pensando que él quería atarla? No era una mala idea, pero no era lo que tenía en mente aquella noche. Sin embargo, ella no tenía por qué saberlo todavía.

—No es un accesorio de moda —le dijo. Dejó el pañuelo durante un momento y le quitó la falda y las medias, y después continuó acariciándola con la prenda de seda.

—¿Qué vas a hacer con él? —en su voz latía una excitación inconfundible, y algo de nervios.

—Voy a taparte los ojos.

Él sonrió al oír su suave sonido de asombro.

—No vas a obligarme a comer mermelada de cerezas, ¿verdad?

Él se rió.

—No. Voy a encender la luz para verte. Toda entera.

Ella gruñó y se movió bajo él. ¿Se habría excitado o no le había gustado la idea? Era difícil de saber.

—¿Y qué pasa si no quiero?

—Voy a encender la luz de todos modos, tengas los ojos tapados o no.

—Podría irme ahora mismo —dijo ella.

—Es otra posibilidad.

Él casi podía oír las ruedas del mecanismo de su cerebro chirriando mientras procesaba la nueva idea. ¿Se prestaría al juego y se haría mucho más vulnerable ante él, o se iría?

El hombre maduro que había en él sabía que lo mejor que podría hacer ella sería marcharse y empezar desde cero, al día siguiente, como Darien.

Pero el hombre maduro no estaba en la cama con ella en aquel momento, atormentado por la necesidad de ver desnuda a la mujer a la que le iba a hacer el amor, a excepción de un pañuelo de seda tapándole los ojos.

Mientras ella evaluaba las ventajas y los inconvenientes de aquello con su cabeza analítica, él le cubrió la garganta de besos, pasándole el pañuelo por el cuerpo.

—No sé —dijo ella, con voz de estar muy excitada.

—Por si esto te ayuda a decidirte, es un pañuelo de muy buen gusto. Está estampado con un cuadro de Renoir.

—Me encanta el impresionismo —dijo ella con un rastro de risa en la voz.

—Cierra los ojos.

—Prométeme que no…

—Nada de cerezas. No las soporto. Confía en mí.

—Sí —dijo ella, y aunque estaban en la oscuridad más completa, él supo que había cerrado los ojos.

Dobló el pañuelo y se lo ató alrededor de la cabeza, palpándola cuidadosamente para asegurarse de que no veía nada.

—No está fuerte. Puedes quitártelo cuando quieras.

—Gracias.

—¿Estás preparada?

Ella le agarró el brazo y él sintió su mano cálida contra la piel.

—Espero que no te desilusione.

Le besó los labios.

—Ya sé que eres preciosa. He sentido, besado y adorado cada centímetro de tu piel. Ahora necesito verte.

Ella debió de percibir la sinceridad en su susurro, porque le soltó el brazo. Él, entonces, alcanzó lentamente el interruptor de la luz y la encendió.

Bajo la claridad repentina, guiñó los ojos, y durante un momento estuvo cegado por la visión de su piel pálida bañada en luz. Guiñó los ojos de nuevo y entonces se le acostumbraron a la luz.

—Di algo —le pidió ella, y él notó el nerviosismo en aquellas palabras. ¿Qué podía decir?

Se imaginaba que era maravillosa bajo la ropa, pero no se había acercado.

—Eres mucho más bonita de lo que pensaba —le susurró.

Había visto su cara muchas veces y en estados de ánimo muy diferentes, pero nunca de aquella forma, con el pelo revuelto, las mejillas delicadamente sonrosadas por la excitación sexual y los labios húmedos e hinchados. Tenía el cuello largo y los brazos ligeramente musculosos.

Sus pechos eran pequeños, pero redondos y firmes, y tenía los pezones oscuros, como los pétalos de las rosas a finales de verano. Oh, Dios, ya estaba pensando estupideces otra vez.

—¿Qué es lo que ves?

Ella debía de estar sintiendo la adoración de su mirada y disfrutando de la sensación.

—Veo tu piel, de color alabastro —le recorrió el cuello con el dedo, mientras veía, con una sonrisa, cómo se le ponía la piel de gallina—. No, no de alabastro —se corrigió—. Como una magnolia.

Ella se rió suavemente, y sus mejillas se tiñeron un poco más de rojo.

—Piel blanca manchada de rosa. Y justo en el centro del capullo, el rosa se vuelve tan oscuro que es casi morado —y le tocó los pezones—. Aquí, eres de ese color.

Entonces le tomó uno con la boca, y después el otro. Ella gimió suavemente.

Levantó la cabeza para ver su reacción y poder describírsela.

—Y al lamértelos, se han oscurecido aún más y brillan. Como… como… —¿como qué? ¿Como rubíes? Demonios, ojalá hubiera elegido como asignatura optativa Poesía en vez de Ciencia Política.

Mientras la miraba, le vino de nuevo la imagen perfecta a la mente.

—Como las magnolias después de la lluvia. Las gotas de agua se meten dentro del capullo y hacen que sea más oscuro.

—Oh —dijo ella mientras se le aceleraba la respiración.

Los pezones húmedos subían y bajaban al ritmo de sus exhalaciones, y él tuvo ganas de besárselos de nuevo.

Y lo hizo. Con todo el tiempo del mundo, mordisqueándoselos y atrapándolos con los labios. Oyó sus suaves suspiros de placer, y lo que era mejor, pudo levantar la cabeza y verla mordiéndose el labio inferior.

Su mirada viajó por todo su cuerpo.

—Me encanta tu estómago.

Ella se rió, suavemente, sin aliento.

—¿De verdad?

—Es como el de una bailarina.

—Cuando era niña hacía danza irlandesa —dijo ella.

Él casi respondió «lo sé», pero se contuvo a tiempo.

—Tienes el ombligo más profundo de lo que pensaba. Ahí cabría una cucharada entera de mermelada de cerezas.

Ella volvió a reírse.

Entonces él bajó la mirada.

—Y esto —tomó su vello púbico entre los dedos y le dio un suave tirón, que hizo que Serena emitiera un gemido tembloroso—. No puedo ni siquiera describir lo magnífica que eres en esta parte.

—Inténtalo.

Y, sabiendo lo mucho que estaba excitando aquello a Serena, lo intentó de veras.

—Tienes el vello más oscuro que el de la cabeza, y más rizado, y me excita mucho. Es como cuando una mujer lleva un camisón muy transparente, que te deja ver algo, pero no todo. Cuando estás así tumbada, con las piernas casi cerradas, atisbo algo. Es del mismo color que tus pezones. Del mismo color oscuro que el interior de una magnolia cuando llueve —y nunca podría mirar un magnolio de nuevo sin tener una erección—. Pero si abres las piernas un poco… —le tomó los muslos y los separó. Ella no se resistió ni ayudó, simplemente, se quedó quieta y dejó que él la abriera—. Te veo entera. Tienes la piel más rosa en los lados, y muy roja por dentro.

Se arrodilló entre sus piernas y se inclinó. La abrió suavemente con los pulgares y ella elevó las caderas, arqueándose. Él tragó saliva antes de poder continuar, cuando vio su belleza más profunda revelándose ante sus ojos.

—Y por dentro, dentro de tu cuerpo, el color es incluso más intenso. Brilla.

Ella gimió.

—Es como un rubí. Rojo y reluciente —y muy, muy bello.

Él trazó el borde de su apertura con la lengua, y ella se arqueó aún más.

—Y cuando te toco con la lengua, todo se hincha y se vuelve más oscuro —de nuevo, él recorrió el borde de su entrada con la lengua, y sintió que ella temblaba.

—Oh, por favor —le rogó Serena.

Su grito de ansia le llegó a lo más profundo, y puso los labios alrededor del centro de su feminidad para succionarlo. Después dejó de hacerlo y lo lamió, acariciándoselo con la lengua. Viajó por todo el área, probándola, mordisqueándola, manteniendo los ojos bien abiertos para saborear la vista de lo que se extendía delante de él.

Deslizó un dedo dentro de ella, y después otro, mientras la acariciaba por fuera con la lengua.

Serena subió las caderas y empujó hacia Darien en la cama, mientras él miraba hacia arriba para ver su cabeza moviéndose en la almohada y sus pechos arqueándose. Estaba cada vez más húmeda y cálida, y apretaba más y más sus dedos. En pocos instantes, dejó escapar un grito cuando su cuerpo empezó a vibrar con espasmos bajo su lengua.

La propia necesidad que él sentía era tan abrumadora que tomó un preservativo y se lo puso con las manos temblorosas. Entró en ella con sus últimos temblores.

Entonces, la llevó alto de nuevo, sosteniéndole las mejillas mientras la amaba. No podía verle los ojos, así que se concentró en su boca, hinchada, sexy y húmeda de sus besos. Se apoyó sobre los codos y le miró el pecho. Estaba enrojecido. Él nunca podría haber visto lo que le hacía un orgasmo si su amor hubiera continuado en la oscuridad.

Observó cómo movía la cabeza por la almohada y el pañuelo se convertía en una mancha verde y azul mientras ella perdía el control de nuevo. Él quería que aquello durase para siempre, pero a pesar de que se hubiera hecho pasar por el dios Neptuno, él no era más que un mortal. Añadirle la vista a los otros sentidos había sido demasiado.

Empujando cada vez más fuerte, la llevó hasta el punto en que empezó a emitir los grititos desesperados que a él le encantaba oír. Se moría por besarla, pero se contuvo por el exquisito placer de verla llegar al orgasmo.

Pero en el momento crucial, ella atrajo su cabeza y apretó su boca contra los labios. Fue la gota que colmó el vaso. La besó con ansia, y juntos llegaron a lo más alto.


Esta historia está muy hot, y me encanta, jaja, pobre Darien, se siente inseguro frente a Neptuno, jaja, esperemos que Sere no lo eche a perder no? Creo que esta enamorada de los dos, aunque no lo sabe aun, jaja

Espero que les haya gustado este capítulo, las quiero, gracias por seguir la historia, besitos

Ángel Negro