Ranma ½ no me pertenece.

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Advertencia: Leía el periódico esta mañana, el congreso volvía a discutir un tema más que repetido sobre la voluntariedad u obligatoriedad del sufragio. ¡Alto, alto, que no hablaré de algo tan soporífero como la política! Pero esto me recuerda a cada vez que veo a un montón de «civilizados ciudadanos» salir a las calles a plantear de manera «democrática» su molestia, protestando con rayados de muros, destruyendo semáforos e instalaciones de uso público, saqueando pequeños locales de personas de mucho esfuerzo. Y no me vengan después con eso de que «luchan contra los poderosos de siempre», si luego roban todo lo que hay en el pequeño quiosco del sacrificado don Juanito ¡y además se lo destruyen! ¿Han visto a un anciano llorar de impotencia? ¿Alguno de ustedes? Espero que no... Y de qué manera con «gran dignidad, respeto y valor», se cubren los rostros y gritan como chimpancés que se rascan con una rama de espino el culo con hemorroides, para hacerse escuchar por sobre el ruido que ellos mismos provocan. ¡Ah!, y luego reclaman que los malvados policías de turno los salen a empapar. Pobres, no les vaya a dar gripe por ejercer su «derecho democrático a joder la vida de los demás».

Entonces, he aquí su viejo y para nada tolerante amigo escritor, que no encuentra cosa mejor que echarse a todo el mundo encima, preguntándose con una taza de té en la mano casi fría de tanto pensar en elucubradas elucubraciones sin solución, si alguno de estos muchachos tan sanos de mente habrán, previamente antes de salir a las calles, ejercido su deber cívico de escoger o rechazar a los gobernantes contra los que ellos mismos ahora protestan porque no se les da todo gratuitamente y sin pedir ningún esfuerzo de su parte. ¿Qué piensan ustedes? ¿No es indignante? ¿Alguno de ustedes en privado, en el seno de sus familias o en la mesa junto con los amigos, se han preguntado y puesto en duda la legitimidad de la gente que sale a destruir en aras de una democracia que no ayudaron en nada a defender cuando debían hacerlo, o sea, sufragando como lo hace el resto de las personas que sí poseen conciencia cívica?

¿Es justo escuchar a los que no oyen, dar a los que no entregan, dedicar a los que no recuerdan?

Así también, ¿con qué cara se puede ir a reclamar a un autor de fanfiction continuidad en sus obras, o peor aún, respeto como «lectores», si tales lectores no han tenido ni la más mínima dignidad de escribir un único review?

¿Exigir, reclamar, destruir con tonos imperativos el buen ánimo de un creador dedicado que es más que muchos que dicen ser lo que no son, cobrar una deuda que no existe, darse aires de potestad sobre lo que no les pertenece?

Este autor como muchos otros, mis estimados lectores, se debe primero a sí mismo, a su obra, a sus lectores auténticamente fieles (no los que cansan a sus pobres dedos al dar un simple follower, sino los auténticos, que dejan su corazón y sentimientos en una crítica constructiva para aportar su grano de arena en la obra que de verdad aman) y punto. A nadie más. Así que todos los demás que gocen gratuitamente del trabajo publicado libremente en internet, deberían estar agradecidos a lo menos de poder divertirse sin dar nada a cambio y darse con un adoquín en el pecho (como diría mi abuela). ¿Pero reclamar una tardanza o un contenido que no les gustó sin haber siquiera puesto antes un solo comentario a lo largo de toda una obra? Hay que tener cara... Y creo que mis años escribiendo me hacen digno y merecedor de decir estas palabras con el peso que se deben. Ustedes pueden juzgar, mis queridos lectores, pero tales actitudes no ayudan a construir nada. Como en todas las cosas de la vida, sea en la imperfecta democracia o en un simple fanfic, los que menos merecen son los que más reclaman.

Advertencia: no pidan lo que no merecen.

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Fantasy Fiction Estudios presenta:

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S & S Detectives

Un deseo imposible – parte 2

«Amor, orgullo y miedo»

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El viejo automóvil se salió de la carretera ingresando en la oscuridad del bosque, siguiendo un tortuoso sendero en ascenso. Por encima de los árboles los templos se veían a mayor altura, sombras mudas y atemorizantes coronadas por las primeras estrellas. El sendero acabó accediendo a un camino rural pavimentado, menos utilizado pero que también era parte de las instalaciones del templo. Se detuvo a un costado del camino inclinándose ligeramente por la forma irregular del suelo. El motor paró como si hubiera suspirado exhausto.

La puerta del copiloto se estremeció quedando apenas abierta, al segundo intento finalmente se abrió y Nodoka salió apoyando los pies con nerviosismo en el terreno cubierto de hojas, tan pálida como si su mano en el techo del automóvil fuera lo único que la sostuviera en pie para no desmayarse. Ya no vestía sus acostumbrados kimonos, sino que en su lugar usaba ajustados vaqueros oscuros y zapatillas deportivas que resaltaban la delgadez de sus piernas, abrigada con una cálida, algo pesada y abultada chaqueta de cuero bien abotonada que dejaba asomar el cuello de un suéter tejido algo gastado por el uso. El cabello lo tenía tomado en un moño tras la cabeza, con algunos mechones sueltos que revelaban la prisa y el poco cuidado con que lo hizo.

Observó el paisaje nocturno solo un momento, se inclinó para sacar del interior del vehículo un par de guantes negros de cuero que se ajustó rápidamente y una gorra china verde que al colocársela sobre el moño terminó por ocultar del todo sus encantos femeninos, pareciendo más un muchacho enclenque que una mujer adulta. El conductor también bajó, era el señor Godo, el atento cocinero que ahora hacía de escolta de la señora Saotome. El viejo Godo demostró que no era tan inocente cuando sacó un arma del bolsillo, un viejo revólver de alto calibre, que como un experto abrió y revisó las balas contándolas mentalmente como si se tratara de un conocido ritual, antes de cerrar el arma con un rápido y fuerte chasquido metálico. Ambos se observaron por encima del techo del automóvil. El viejo Godo asintió lentamente, con confianza, intentando quizás calmar los nervios de esa mujer que con tal atuendo se veía todavía más delgada, desamparada y débil. En ese momento Godo imaginó a la señora Saotome como una fina caña de bambú sosteniendo el peso de un templo. ¡Qué terrible! ¡Pobre niña! Sonrió con amabilidad y piedad llenándose de arrugas. Nodoka respondió al gesto con una media sonrisa llena de gratitud. Parecía ser que no era la primera vez que se encontraban juntos en un predicamento, y ambos esperaban que no fuera la última.

Nodoka se movió rápidamente al portamaletas. Lo abrió.

—¡Akane! —chilló asustada la señora Saotome—, ¿qué estás haciendo aquí?

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La señora Jimbo miraba el jardín desde el interior de la sala en la Okina. El té se enfriaba hacía mucho tiempo sobre la pequeña mesa. A su lado la más joven, Hitomi, abrazaba la bandeja junto a sus hermanas mayores, las tías geishas de Ranma. Las tres la miraban atentamente.

—Debimos detener a la señorita Akane —murmuró Hitomi. Al momento la chica se percató que había hablado en voz alta y avergonzada bajó el rostro ante la mirada reprobatoria de las mayores.

La señora Jimbo en lugar de regañarla se sonrió con tristeza.

—Sí, debimos detenerla. Pero el destino de esa niña es demasiado grande para haber quedado en nuestras manos. Ya nada podemos hacer, ella ha escogido su suerte.

Guardó silencio. En su arrugado y cansado rostro se notaron de pronto todos los años de sufrimiento, como si hubieran caído de golpe sobre su corazón. Las chicas también callaron, se sentían inútiles, sin el valor de insistir a la señora Jimbo que hicieran algo más tras la manera en que Akane las burló y se escabulló fuera de la habitación donde debían mantenerla. No tenía que esforzarse para suponer donde esa cría se encontraba ahora.

Y lo que más la preocupaba, era saber que por un momento tuvo en sus manos el futuro de todo Japón… y lo dejó escapar. Pero desde el principio era una guerra que se encontraba más allá de sus recursos. ¿Qué esperaba Nodoka que ella hiciera? Quizás aquella era la única solución, pensó al recordar como ella descubrió a Akane intentando colarse dentro del pequeño automóvil de Godo, y que guardó silencio pensando, como ahora, que esa sería quizás la única manera de poder salvar a Nodoka y al terco del niño Ranma.

Sí, el destino de Japón estuvo en sus manos, y ella tuvo miedo de mantenerlo. Era una carga demasiado grande para una vieja que solo vivía de los recuerdos.

—Nodoka, perdóname…

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Nodoka no se veía feliz. Ofuscada, confundida o preocupada, lo que fuera que ella sintiera en ese momento, guardaba un tortuoso silencio y no le había vuelto a dirigir la palabra a Akane desde que la hizo salir del maletero. Jaló de una pesada maleta, a pesar que Akane hizo un gesto para ayudarla, la detuvo con una severa mirada que la hizo encogerse en un rincón. La tía Nodoka no estaba solo molesta, sino muy molesta, ¡furiosa!... y asustada. Ella estaba muy preocupada por su hijo, y ahora Akane también estaba allí arriesgando su vida, dividiendo su ya frágil corazón en dos.

Depositó la maleta metálica en el suelo, casi la dejó caer por su peso. Nodoka se arrodilló ante la maleta y al abrirla reveló un interior acolchado con largas piezas metálicas pintadas de un color oscuro y opaco. Akane se mantenía en silencio, el movimiento constante y disciplinado de su tía la hacía parecer una persona distinta, a la que temía dirigirle la palabra. Solo cuando aquello comenzó a tomar forma en manos de la señora Saotome es que la chica exclamó asustada.

—¿Un arma?

Nodoka ensambló las últimas piezas del cañón de un rifle de francotirador modelo militar, acomodando la larga mira telescópica en la parte superior.

—Sí, querida —respondió con calma, como si estuviera enseñándole a preparar una simple sopa miso—, es un arma.

—¿Un Remington M40? —preguntó en un tono paternal el viejo Godo, con ávidos ojos puestos en el rifle.

Nodoka se sonrió ante el comentario del anciano. Deslizó la mira telescópica hasta que escuchó un fuerte «clic», encajándola al igual que las otras piezas. Suavemente acarició el arma, no con respeto, pero sí temor apenas contenido por la manera suave con que temblaban sus dedos.

—Es una versión modificada de esa arma, señor Godo. Para ser más exactos es una M24 SWS.

—¿Cómo dijo, señora Saotome?... ¡Una M24! —los ojos del viejo Godo pasaron de la admiración de un coleccionista a la preocupación, al observar detenidamente el cuerpo pequeño y casi sin peso de Nodoka—. La M24 posee un cerrojo modificado para usar munición más potente que la de una M40, es un modelo militar de alta exigencia, ¡usted no puede usar eso, podría destrozarle el hombro!

—Ya lo he usado en el pasado, señor Godo, aunque agradezco su interés por mi bienestar —inclinó ligeramente la cabeza con cortesía, dejando sin respuestas al preocupado viejo.

—¿De verdad puede usar eso? —Akane palideció, no podía imaginar a su tía como a una persona peligrosa, más atemorizada por la reacción del anciano, a pesar de haberla visto antes disparar un arma en su defensa. ¡Pero esa arma no era lo mismo que una pistola!... O eso parecía a lo menos.

—Akane… —por un momento se mostró dubitativa, incluso asustada, más se repuso intentando sonreírle a la chica como acostumbraba a hacerlo inspirando calma—, una madre hace lo imposible por proteger a su hijo, incluso si eso sea visto como un crimen.

La muchacha se encogió compungida.

—Tía, yo… todo esto es por mi…

—Te quedarás aquí y no harás ningún ruido, Akane. El señor Godo cuidará de ti, suceda lo que suceda lo obedecerás.

—Pero… no… ¡no puedo quedarme sin hacer nada! Ranma está en peligro, si usted va, tía, también lo estará. ¿Y yo debo quedarme segura cuando todo esto ha sido mi culpa? Iré, no importa lo que usted me diga…

—¡Akane, es suficiente! —era la primera vez que Nodoka se dirigía a ella con tal dureza, había recordado su enojo—. Me desobedeciste al venir a escondidas a este peligroso lugar, ¿y ahora insistes en complicar más las cosas?... Lo lamento, sé cómo te sientes, pero... Akane, mi niña, comprende que somos profesionales, sabremos hacernos cargo de la situación, y si tú estás allí no podré preocuparme de cuidarlos a ambos. ¿Lo comprendes, no es verdad, Akane querida?

—Pero… sé luchar, fui entrenada desde pequeña, no soy una inútil.

La angustiada señora Saotome se frotó la frente.

—Akane, parte de la madurez es comprender cuando debes actuar y cuando no. Ahora te necesito aquí y segura. Además, mi hijo Ranma estará bien, es más fuerte de lo que aparenta. Recuerda que esos hombres quieren tu vida y no dudarán en quitártela apenas te vean, eso es lo que más me preocupa en este momento.

—Estoy preparada, no tengo miedo. Es a mí a quién quieren, ¿no es así? Si me entrego, quizás... quizás ustedes podrían…

—¡Jamás vuelvas a repetir eso! —la cogió por los hombros con fuerza, remeciéndola. El rostro repentinamente pálido, duro y enfurecido de Nodoka la asustó—. ¿Sabes lo que me estás pidiendo? Ellos te quieren muerta, entiéndelo de una vez, niña terca, ¡y no dejaré que te lastimen! Lo juré ante la tumba de Kimiko y no permitiré que nada malo le suceda a su familia.

Akane dudó, pero en su terquedad no estaba del todo convencida.

—Si me da un arma podré ayudarla, estoy protegida, siempre lo he estado a pesar del peligro. Usted misma, tía Nodoka, se aseguró de eso —se llevó una mano al pecho en un gesto de valor. Ahora ella usaba la pesada chaqueta de cuero de Nodoka porque así se lo había ordenado, pues vestía apenas una delgada blusa y falda—. Sabré cuidar de mí, lo prometo, no seré un estorbo. ¡Sé que puedo disparar una también! Pero ya no quiero ver que más personas se arriesgan por mí…

—¡No lo haré, Akane, es mi última decisión y espero me obedezcas! Tu madre no me lo perdonaría si llegase a ponerte en peligro. Señor Godo, le confío a ella como si fuera mi propia hija. Y si fuera necesario le suplico que se la lleve a la fuerza, no importando lo que ella diga.

El viejo hizo una rápida reverencia con la cabeza. Akane se sintió enfadada y también asustada por la seriedad de su tía, que le revelaba lo mal que estaba la situación.

—Puede contar conmigo, señora Saotome.

—En veinte minutos si no regresamos… deben irse.

—Así lo haré.

— ¿Cómo que veinte minutos?... ¿Tía, qué sucederá si…?

—Ya lo debes comprender, querida, así que te pido no me hagas preguntas tan difíciles. Esta situación no es un juego.

—Cuídese mucho, señora Saotome —dijo el anciano Godo—, rogaré por su bienestar.

—Muchas gracias —Nodoka, colgándose el fusil a su espalda, hizo una cómica reverencia como si hubiera olvidado que ya no vestía un kimono.

Terminó por ajustarse un chaleco de correas de cuero alrededor de los hombros y casi por encima de la cintura, apretando el largo suéter tejido como si fuera un corto vestido, del que colgaban bolsillos con munición específicamente para el fúsil. En realidad aparentaba ser un delgado chico de la edad de Akane, pero al correr y alejarse de ese lugar trepando por la lodosa colina, evidenciaba sus gestos femeninos, torpes y exageradamente recatados.

—Señorita Tendo, le ruego que espere sentada dentro del vehículo —ordenó Godo disimulando sus propios nervios.

Akane lo escuchó pero fingió ignorarlo. Miraba hacia la colina deseando adentrarse también en la sombra de los árboles. Era valiente, su deseo de ayudar honesto, mas comenzaba a sentir el peso de lo que estaba viviendo. Sus piernas temblaron sin poder evitarlo, cruzó los brazos intentando cobijarse con la enorme chaqueta y se apoyó en la puerta del automóvil,

Pensó en Ranma y tuvo una amarga sensación en el estómago. Deseó con todo su corazón volverlo a ver.

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Evitó con destreza los golpes rectos, dio un paso al costado esquivando un rodillazo y desvió con el brazo doblado un gancho directo a la cabeza. Retrocedió sin tener tiempo para un segundo aire cuando una patada circular le rozó la nariz. Su primer oponente se movía con rapidez, encogía el cuerpo ocultando el rostro detrás de los puños, y con una pierna doblada en alto cambiaba constantemente el pie en el que se apoyaba tras cada ataque, bloqueando todas las posibles entradas.

Ranma reconoció al instante los movimientos de muay thai, un estilo de artes marciales de Tailandia, o conocido también como boxeo tailandés. Se componía de rápidas combinaciones de golpes con las piernas, rodillas y puños. Pero debía tener cuidado, porque más peligroso que los poderosos y rápidos golpes, capaces de partir sus huesos, eran los agarres. El muay thai se basaba en el ataque cercano y constante, sin tregua, sin respiro, siempre avanzando y presionando al oponente. Y si llegaba a ser atrapado en un abrazo mortal, sería fulminado por una lluvia de rodillazos capaces de hacerlo orinar sangre de por vida. Dio otro rápido paso atrás, también debía cuidarse de los codazos como el que le acababa de rozar la oreja, tan rápidos y maliciosos que secundaban cada golpe o giro, esperando pillarlo desprevenido, y uno bastaría para noqueado al instante. Y ese sujeto era tan rápido que de no estar atento podría haber recibido ya dos en la cabeza recién comenzado el encuentro.

Aquel sujeto era bueno, el elegante traje rasgaba el aire con la velocidad de sus propios movimientos. Al retroceder Ranma topó con una de las gruesas columnas. Lanzo una maldición que ahogó al esquivar rápidamente un puñetazo frontal que se hundió en la madera, dibujando una fisura desde la base hasta el techo.

Deslizándose hacia la espalda de ese hombre, Ranma quiso atacarlo con una patada. Pero aquel sujeto lo sorprendió, arrancando el puño de la columna con trozos de madera, rápidamente bloqueándolo con el brazo, dio un giro completo y lanzó un segundo golpe que, en su desesperación por evitarlo, el joven Saotome se arrojó de espaldas al piso. Entonces Ranma rodó rápidamente evitando los pisotones con que el hombre lo seguía. Ante la desesperación consiguió levantarse con una acrobática voltereta en la que lanzó a la vez una patada que detuvo a su rival. No logró darle, pero sí que lo obligó a detenerse ganando el espacio suficiente y tiempo para respirar.

Ambos se observaron a la distancia. Aquel hombre adoptó una postura confiada con un puño al frente y uno de los pies en punta, parecía siquiera haberse arrugado el elegante traje, listo para comenzar otra vez con una jactanciosa sonrisa de superioridad. Ranma se pasó la mano bajo el mentón secándose el sudor. El joven Saotome estaba harto de estar huyendo, si deseaba sobrevivir tendría que ser más rápido y arrollador que ese sujeto. Levantó los brazos de manera similar a aquel hombre cubriéndose con las manos empuñadas parte del rostro y comenzó a mover las piernas dando ligeros brincos, realizando un rápido trabajo de pies.

El hombre observó al muchacho con curiosidad levantando las cejas. Y se sintió humillado. ¿Ese mocoso se estaba burlando de él? Mientras que él en su juventud había sido un gran campeón en su propio estilo de muay thai, aquel niño intentaba desafiarlo con los movimientos de boxeo de un principiante. Se prometió que ahora lo aplastaría y arrojaría su cabeza al vacío. Y se abalanzó más veloz y furioso que antes.

Mas el joven Ranma lo sorprendió encogiendo el cuerpo y deslizándose a gran velocidad por su lado evitando el primer golpe. El hombre sintió un puñetazo bajo el brazo. Giró lanzando una patada pero Ranma ya se había escabullido hacia el otro lado. El hombre consiguió verlo y lanzó un golpe recto que revotó en la férrea defensa que el muchacho tenía con los brazos en alto, y aprovechando el instante de desequilibrio del enorme hombre, lanzó tres rápidos puñetazos que dieron en el costado de aquel sujeto, y uno más rápido en el rostro, que se adelantó al contraataque del hombre, haciéndole retroceder la cabeza con la violenta velocidad de un pistón.

El hombre de traje apenas dio un paso atrás, los golpes del chico si bien rápidos eran débiles, apenas los resintió. Lanzando un grito de batalla volvió a acometer. Pero Ranma ya se le había adelantado otra vez, dando un paso al frente y con osada precisión lo evitó girando a su derredor. El combate se tornó en una escalofriante danza con la muerte a muy corta distancia. Cuerpos casi pegados intercambiando golpes rápidos y poderosos. Cada patada o codazo que el furioso hombre lanzaba, Ranma como un boxeador lo evadía y le daba dos o tres rápidos golpes en apariencia sin mucha fuerza que daban en el fornido cuerpo.

El hombre se impacientó de no poder alcanzar al escurridizo muchacho y gritó furioso.

—¡Pegas como una niña…!

Ranma lo silenció con un recto puñetazo en el rostro, rápido y violento como un disparo. El sonido fue como un trueno, hizo eco en el templo. La cabeza del hombre se echó hacia atrás escupiendo un abanico de saliva y sangre.

El elegante zapato negro se deslizó por el piso consiguiendo detener el impulso. Apenas mantuvo el equilibrio. Ese puñetazo sí que lo sintió, aunque él no lo había notado confiado en la debilidad del joven, la fuerza que sintió fue completamente distinta y su determinación tambaleó. Entonces comprendió su terrible error. Todos los golpes que había recibido, aparentemente insignificantes, habían conseguido mermar sus fuerzas. Las piernas le temblaban y las manos le pesaban como bloques de concreto.

— ¿Cómo…? —jadeó incrédulo—. ¿Cómo demonios…?

—No eres tan bueno, ¿en verdad eres uno de los mejores? —dijo Ranma manteniendo el ritmo con los pies—. Pareces un principiante, ni siquiera sabes cómo recibir un golpe. Tengo un amigo que tiene la resistencia de un maldito tanque, comparado a él eres tan duro como una esponja —lanzó una de sus arrogantes sonrisas.

El hombre enfureció. ¿Él, campeón invicto de muay thai en su nación durante años, un novato?

Takamori Saigo, que observaba el encuentro en silencio, para sorpresa de sus hombres sonrió complacido.

Entonces el airado campeón de muay thai se arrojó otra vez con ímpetu asesino. Dio un grito lanzando un golpe con toda su fuerza y velocidad. Y Ranma lo detuvo con facilidad.

Con un simple golpe de su mano Ranma desvió el puñetazo de ese hombre, se agachó rápidamente pasando la cabeza por debajo de una patada que le arrojó a continuación, y detuvo un traicionero ataque con el codo usando su brazo. Ambos se detuvieron tras el choque, brazo contra brazo, sus miradas se encontraron. El hombre abrió más los ojos, aterrado, expuesto, indefenso y sintió miedo ante el muchacho… y su malévola sonrisa.

«¡Mi turno!», pensó Ranma con vengativa satisfacción. Empujó al hombre con una fuerza que hasta ese momento no había revelado. Y le propinó una serie de golpes que no le dieron descanso, en una técnica que aprendió de su vieja maestra Cologne con castañas al fuego. Los puñetazos de Ranma eran brutales y tan rápidos que se hundieron en el traje y deformaron el rostro del hombre hasta que únicamente se vio una borrosa mancha roja y blanca. Con el último puñetazo lo levantó por el abdomen a pesar de la diferencia de tamaño, enviándolo por el aire a la misma columna que antes había dañado, la que cedió doblándose y partiéndose en dos, con el cuerpo del hombre enterrado horizontalmente en el centro. Se desprendió y cayó inerte al piso.

—Así que golpeo como una niña, ¿eh? —agitado por el ejercicio, Ranma se dirigió al líder del Ishin Shishi apuntándolo groseramente—. ¿Suficiente?

Takamori Saigo chasqueó la lengua, pensativo. Levantó los bordes de la elegante chaqueta metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. El insulto del joven no pasó desapercibido a los airados hombres de Saigo, pero no se movieron atemorizados por la aparente calma e indiferencia de su líder. Y más se sintieron sorprendidos por la extraña sonrisa que rara vez mostraba, como si realmente estuviera disfrutando del momento.

—Brillante —murmuró finalmente inclinando la cabeza y meciéndola muy lentamente—, tan brillante y con solo dieciocho años —alzó el rostro y en su mirada solo había desdén—; qué desperdicio de talento.

—¿Qué…? —Ranma sintió el golpe en su orgullo por las severas palabras de Saigo. En un tono que no parecían burla o ansias por provocarlo, sino de una verdad absoluta.

—Ustedes dos —ordenó antes que el muchacho pudiera reclamar—, no se atrevan a avergonzar el nombre de los Ishin Shishi como aquel inútil.

Los dos hombres que siguieron tronaron los nudillos. Se acercaron y se separaron lentamente rodeando al muchacho con pasos lentos y marciales. Ranma aparentaba tranquilidad aunque le costaba respirar, con el corazón todavía palpitante por el anterior encuentro. Se preparó para recibirlos moviendo sus ojos de uno al otro.

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Nodoka descansó la espalda en una roca, de las muchas que había en la saliente de un cerro del otro lado del acantilado adyacente al templo. Se encontraba a mayor altura y tenía una buena visión de la parte superior y los tejados de Kiyomizu Dera. Respiró hondamente con una mano en su pecho. Cerró los ojos intentando calmarse. Giró y acomodó las patas del soporte metálico del rifle sobre la roca más baja a su lado. Se arrodilló tomando el arma con delicada maestría, acomodó la culata en el lugar correcto de su hombro y su delgado dedo se deslizó dentro del anillo que protegía el gatillo, todo como si repasara mentalmente una lista de compras. Se echó la gorra china un poco hacia atrás y acercó el ojo a la mira telescópica.

A través de la cruz negra de la mira podía ver el templo y su balcón, pero el techo le tapaba a medias a los que allí se encontraban. Suspiró decepcionada. No había encontrado otra ubicación mejor dado el terreno difícil y la abundancia de los árboles, o por el peligro de acercarse demasiado y quedar expuesta. Ahogó un suspiro cuando descubrió a su hijo luchando con valor en contra de dos oponentes.

Retrocedió sentándose sobre los tobillos, apoyó la culata entre las piernas. Sacó un cargador de uno de los bolsillos del chaleco de cintas de cuero, revisó las balas con una rápida mirada y lo ensambló en la parte inferior del rifle. Quitó el seguro con un lento y solemne movimiento. Se quedó quieta como si estuviera rogándole a Kami-sama, mas tenía la mente en blanco. Las manos le sudaban. ¿Qué podía hacer ella en una situación así? De existir una solución mágica que consiguiera salvar a su hijo daría lo que fuera por saberla.

Volvió a recostarse sobre el arma con el ojo en la mira. Suspiró angustiada. Ranma todavía estaba rodeado por cuatro hombres, combatía con dos a la vez y los otros dos esperaban más atrás donde solo podía ver sus piernas. Ella podría dispararle a uno, quizás dos con suerte si no se movían tras el primer tiro. ¿Y si los otros estaban armados? De seguro matarían a su hijo antes de darle una oportunidad para reaccionar si se vieran amenazados. No se trataban de ladrones comunes, sino de terroristas entrenados. Tendría que confiar en su hijo, que siempre fiel a la caótica suerte que parecía acompañarlo, podría sorprenderla. Incluso ahora se sorprendía que de alguna manera había convertido aquello en un espectáculo de artes marciales. Se armó de paciencia a pesar que el miedo la instaba a lo contrario.

No obstante, otro motivo la aterraba todavía más. No importando la confianza que antes quiso infundirle a Akane, la realidad era otra. ¿Podría ella dispararle a otro ser humano? Los dedos le temblaban alrededor del gatillo y dos veces tuvo que retirar la mano por miedo a cometer una torpeza. La primera vez se sacó los guantes al no sentir los dedos, en la segunda se secó el sudor sobre el suéter. Se sentía desnuda sin la chaqueta pero más confiada al saber que Akane estaba segura. A pesar de ello nada conseguía calmar el intenso temblor de sus manos.

—Ranma, hijo mío, dirígete hacia el balcón —rogó. Todavía no podía verlos a todos con claridad y los malos presentimientos no la abandonaban. Debía estar segura.

¿Segura…?

Se mordió el pulgar. ¡Había sido tan descuidada!

Alzó el fusil poniéndose de pie, utilizando la mira telescópica para investigar los alrededores como si fueran binoculares.

Exhaló una exclamación de angustia.

Entre los árboles, al amparo de la oscuridad, había a lo menos una veintena de hombres armados protegiendo el perímetro del templo. Una línea de luces, como un dragón de plata, revelaba una caravana de vehículos que comenzaban a entrar desde las afueras del bosque. Inquieta movió la mira…

—No… ¡No, Akane!

Descubrió que también comenzaban a ocupar la entrada del sendero por donde se habían llegado, cerca de donde estaban el señor Godo y Akane. Si en ese momento ellos pensaran en escapar se encontrarían con una barrera de hombres armados y muy peligrosos, a bordo de un pequeño automóvil económico que no era a prueba de balas, ni que contaba con la velocidad para librarse de esos rápidos todoterreno. ¡Estaban atrapados!

Pensó y pensó otra vez sin esperanzas, no tenía ninguna posibilidad de ponerlos en aviso a menos que ella regresara… ¿y abandonar a su propio hijo? Y aunque pudiera hacerlo, tampoco tenían ninguna posibilidad el viejo Godo y Akane de escapar con vida, no sin ayuda.

Nodoka bajó el rifle y se llevó una mano a los labios. El dolor que sentía en su corazón la estaba matando. ¿En qué momento permitió que Akane se quedara? ¿Por qué se dejó cegar ante la desesperación sin pensar en la situación más seriamente? Debió haberla mandado de vuelta junto al señor Godo, antes de haber caído en pánico por el destino de Ranma.

Ahora debía elegir entre volver y proteger a Akane o quedarse y ayudar a su propio hijo, sabiendo que ninguna de las dos posibilidades aseguraba el éxito pudiendo perderlo todo en el intento.

Era su hijo o la hija de su amada Kimiko. Y ella no era más que una pobre mujer intentando luchar contra el peso de la historia.

—Kimiko… —la voz de Nodoka se quebró en sus temblorosos labios—, ¿qué debo hacer?

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Continuará

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Notas del autor: Ya no tuvimos que esperar casi un año, ¿verdad?... Bien, fue un chiste cruel, lo lamentaría si tuviera conciencia, pero con lo que sucederá en la parte tres y final de esta mini saga seguramente ya no tendré excusas para ocultar mi auténtica personalidad malvada.

Fufufufufu…

Gracias a todos los que se han unido a las divertidas veladas en la página oficial de Facebook de Fantasy Fiction Estudios. Justo hoy publicamos un nuevo capítulo de «En la cama con Randuril y Noham», el mini podcast donde hablamos de todo y hoy especialmente dedicado a la nueva serie de Dragon Ball. Nuevos fanarts, anuncios, adelantos de nuestros fics y también de nuestras novelas y cuentos originales.

Y por si tanta publicidad mal disfrazada de notas de autor no bastara, les anuncio también que pronto publicaré el tercer capítulo de mi nueva novela original «Hechizo de música» en Wattpad. También se dará ese anuncio en nuestra página de Facebook.

Dedico un muy especial saludo a mi esposa Randuril por haber vuelto al fandom de Ranma ½ con una entretenida nueva historia «Madame Love». Si alguno todavía no la ha leído, se las recomiendo, será como conocer el tras bambalinas de la vida de un escritor de fanfictions.

Sin más, se despide vuestro experto en mercadotecnia,

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Noham Theonaus.-

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