Prometí que lo subiría en Semana Santa y aquí está, subido el último día a última hora, pero subido xD. Ya último capítulo del fic. Me da mucha pena porque amo a los personajes, pero estoy contenta de acabarlo ya. No podía alargarlo más sin que quedara repetitivo. Muchísimas gracias a todos los que la habéis leído. Espero que la hayáis disfrutado tanto como yo y que os guste el final de la historia.
Hetalia no me pertenece. Es propiedad de Himaruya.
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-¡¿Pero qué estás diciendo?!
-Lo que oyes, no fue culpa mía.
-Claro que lo fue. El idiota de Napoleón se metió donde no debía – Julchen se terminó su cerveza de un tragó y apoyó la jarra en la barra con fuerza – Era un inútil que se lo tenía muy creído.
-Fue a hablar quién más tenía que callar.
-¿Perdona? – la albina se levantó, quedándose cara a cara con el francés – Repite eso si te atreves – Francis se levantó.
-Cuando, y donde quieras - se mantuvieron la mirada unos segundos – Eres una engreída y una egocéntrica – Julchen lanzaba chispas por los ojos.
-Pues tú eres…
-¿Qué soy? – dijo Francis adelantándose a la cara de Julchen, tanto que sus narices casi se rozaban. El rubor comenzó a invadir a la albina.
-Eres…eres… un pervertido es lo que eres – se separó de él de golpe, dándole la espalda.
-Pues ayer cuando me besaste, eso no pareció importarte – Francis maldijo a su ser en cuanto pronunció aquellas palabras. Julchen, sin mirarle, salió corriendo del bar a toda prisa – Espera, lo siento.
Demasiado tarde. La chica ya había salido, dejándose el bolso con todas sus cosas. Sin dudarlo, Francis lo cogió y corrió tras ella. No le costó mucho alcanzarla. Había ido en dirección a su hotel, y aunque había varios jóvenes que paseaban por la ciudad a esas horas, ninguno era tan identificable como ella. Fue a gritar su nombre, pero supo que si lo hacía, Julchen empezaría a correr más deprisa. Aceleró el pasó y la agarró del brazo para detenerla.
-Suéltame idiota, o me pongo a gritar aquí en medio que eres un violador.
-¿Un violador que te devuelve tu bolso? Es muy considerado – Julchen bajó la vista y observó la mano que sostenía su cartera. Se la quitó bruscamente y se dio la vuelta para seguir andando. Francis le soltó el brazo y comenzó a caminar detrás de ella, tan solo unos pasos más rezagado.
-¿Qué demonios estás haciendo?
-Acompañarte al hotel.
-No hace falta, sé cuidarme solita.
-No lo dudo, pero es que he oído que hay violadores por la zona, y no me gustaría que te pasase nada – Julchen soltó un hondo y muy largo suspiro.
-Me sacas de mis casillas, de verdad que lo consigues.
-Tú a mí también. Me descolocas por completo – el tono de voz con que lo dijo alarmó a Julchen. Se esforzó por no girarse, pero lo hizo. Francis la miraba como si hubiera visto la luna por primera vez, y eso la asustó. Nunca nadie la había mirado así. "Es solo un truco" se dijo así misma. Volvió a darle la espalda y siguió andando.
Llegaron al hotel en silencio. Julchen entró sin más y Francis la siguió. Quería asegurarse de que estaba bien, de que no la había hecho daño con el comentario del bar, y además, quería despedirse de ella. Al día siguiente quién sabe si tendrían algún instante para hablar, o ni eso, a lo mejor ni se volvían a ver después de aquella noche. Lo único que quería era poder despedirse de ella a solas, sin que nadie les estorbase, ni les metiera prisa.
Entraron en el ascensor, cada uno a un lado, mirando hacia la pared. La tensión estaba matando a la prusiana, que acabó rompiendo el hielo.
-¿Por qué estás haciendo esto?
-¿Hacer el qué?
-Esto, ¡todo! Estar pendiente de mí, ceder a todo lo que te digo, cuidarme cuando no te lo he pedido, acompañarme hasta mi habitación… ¡¿por qué lo haces?!
-Porque cualquiera lo haría.
-No, cualquiera no. Solo tú – ya era tarde, una pequeña lágrima se asomó por los ojos de Julchen, que aunque se la secó rápidamente, no pasó desapercibida para Francis – Nadie se ha preocupado nunca por mí, nadie ha pensado en cómo me sentía y llegas tú… un simple pervertido al que he conocido hace cuatro o cinco días, y ya haces más que cualquiera. ¿Por qué, eh? ¿Te divierte vacilarme? ¿O simplemente estás jugando a ver si caigo en tus brazos?
-¡Cállate! – la joven enmudeció ante el grito – Yo te puedo decir lo mismo, ¿qué sabes tú de mí? Podrás conocer a Francesca, pero no soy igual que ella. Me estás juzgando por las propias ideas que se han formado en tu cabeza sobre mis acciones, pero la verdad es que son totalmente sinceras – hizo una pausa para calmarse – Ya te lo he dicho, me descolocas por completo.
Enmudecieron durante unos instantes, cada uno volviendo la vista al suelo, avergonzados. Julchen volvió a mirarle para pedirle perdón, pero apenas giró la cara, unos labios se apresaron de su boca, haciendo que se olvidase de todo. Las manos de Francis fueron rápidas, rodeando su cintura y acercando su cuerpo al de él. Julchen no se quedó atrás, buscaba el máximo contacto, por lo que rodeó con una pierna la de Francis, y agarró con fuerza su nuca.
La puerta del ascensor se abrió, obligándoles a separarse, aunque tan solo lo hicieron unos centímetros, quedándose lo suficientemente cerca como para que Julchen le sonriera pícaramente a quemarropa. La albina salió del ascensor, y pavoneándose, llegó hasta su habitación. Sacó la tarjeta y la introdujo en el lector, pero en lugar de entrar, se quedó apoyada de espaldas contra la puerta. Francis la miraba embobado, sin saber qué hacer. Se moría por acercarse, tomarla entre sus brazos, entrar en la habitación y hacerla el amor, pero sabía que eso era un riesgo. Estaban jugando a un juego peligroso. Era un tira y afloja constante. ¿Ella quería que entrase? ¿Qué se marchase? ¿Si se iba se lo tomaría como un insulto? ¿Si se quedaba le daría con la puerta en las narices? En ese momento no tenía muchas opciones, por mucho que su mente le pidiera que razonara, una parte muy fuerte de su cuerpo le exigía que se acercara hasta ella. Y así lo hizo.
Caminó hasta la puerta, viendo cómo Julchen se mordía el labio y levantaba una ceja, desafiándole a besarla de nuevo. Se detuvo y se inclinó para hacer lo que le estaba pidiendo, pero Julchen empujó la puerta con el trasero y entró en la habitación. La cara de asombro de Francis fue mayor en cuanto la albina le agarró del cuello de la camisa y tiró de él hacia dentro, cerrando la puerta después. Como dos adolescentes se dejaron llevar por el deseo del momento. Francis, tumbado encima de Julchen, recorría su cuerpo con hábiles manos, acariciando con delicadeza cada centímetro de su piel. Notaba su tensión, sabía por lo que la chica había pasado, sus desengaños amorosos, y no quería hacerla daño. Eso era lo último que quería. Ella se merecía que la amaran, y ser correspondida, se merecía sentir el placer que se produce cuando dos personas se entregan por completo la una a la otra.
-Francis yo… - el rubio la calló con un suave beso en la frente.
-Je t'aime mon amour.
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Isabel se removió en la cama al notar los primeros rayos de sol que entraban a través de las cortinas. Sin mucho éxito intentó cubrirse de ellos con la almohada, pero acabó desistiendo al escuchar el silbidito de su móvil que le avisaba de que había recibido un mensaje. Estaba claro que no iba a poder dormirse de nuevo. Se incorporó en la cama y extendió el brazo vagamente para coger el teléfono. Comenzó a leer la conversación.
"19 de julio"
Tía, tía, tía
Necesito verte con urgencia
He hecho algo que
Bueno que necesito contarte
No sé si la he cagado
Necesito salir de aquí cuanto antes
Voy para tu habitación
Espera, necesito vestirme primero
Llego en 5 min"
Salió del whatsapp, bloqueó el teléfono y volvió a dejarlo sobre la mesilla. Se tumbó de nuevo en la cama, acomodándose mimosamente entre los brazos del hombre que descansaba a su lado. ¿Hombre? La morena dio un respingo alarmando al que estaba a su lado.
-Isa, ¿qué te pasa? Aún es temprano.
-¡Gil tienes que salir de aquí ya!
-¿Eh? Quiero dormir un poco más, o si no podemos… - el albino se incorporó y comenzó a besar el cuello de Isabel.
-No, ahora no. ¡Julchen está viniendo para acá!
-¿Qué? – Gilbert salió de la cama de un salto, mostrando por completo su desnudez a la morena – Rápido, pásame mis calzoncillos… ¿dónde están mis pantalones?
Isabel se había levantado, y tras ponerse una camiseta ancha por encima, buscaba la ropa del alemán por el suelo. Los golpes de un puño contra la puerta les dejaron congelados.
-Isa ábrenos, rápido – los dos amantes compartieron una mirada de terror.
-Al armario, al armario.
-No pienso meterme ahí, como si tuviera que esconderme de algo. ¡Eh!
Isabel había conseguido llevarlo hasta el armario a empujones, y ahora se estaba dedicando a recoger su propia ropa desperdigada por el suelo, no sin antes ponerse al menos sus pantalones de pijama.
-¡Isa!
-¡Ya voy! – corrió hacia la puerta a abrir a sus amigas – Os dije que ya iba.
-¿Qué leches estabas haciendo?
-Em, vestirme.
-Pero si vas en pijama.
-No duermo en pijama.
-Ag, los del sur y vuestras costumbres raras – Julchen se dejó caer en la cama mientras las dos latinas se lanzaban una mirada cómplice.
-Y bien, ¿qué es eso tan importante y urgente que nos tenías que contar?
-Veréis es que… ¡Ah! No puedo decíroslo, me muero de la vergüenza – dijo Julchen mientras se tumbaba bocabajo en la cama, hundiendo su cara contra la almohada.
-Venga querida, dínoslo. Ya que me has hecho levantarme de mi plácido sueño, por lo menos que haya sido por una razón de peso – Francesca se sentó a su lado y puso una mano sobre su hombro de forma maternal.
-Vale, os lo diré pero prometedme que no os enfadaréis conmigo – las dos amigas asintieron – Bueno, resulta que esta noche… me… me he acostado con Francis.
Un ruido sonó dentro del armario, el cual pasó desapercibido ya que las dos amigas se encontraban con la boca abierta. Después, Francesca se echó a reír descontroladamente mientras que Isabel se abalanzó a abrazarla y darle la enhorabuena.
-¡Es un tipo genial! Me alegro mucho de que por fin hayas superado lo del idiota de Hungría.
-¿Qué, qué? Esto no tiene nada que ver con él. Ni siquiera he pensado en Daniel un segundo…
-Pues eso es bueno. Significa que ya ha salido de tu vida.
-¿De verdad lo creéis? – las dos asintieron sonrientes – Nunca pensé en eso… la verdad es que me siento más liberada.
-Bueno, y ¿qué tal con Francis? ¿Por fin te ha demostrado lo buenos que somos los franceses en la cama? – la albina empezó a enrojecer.
-Espera espera, ¿has venido corriendo aquí por no estar con él? – Isabel se mostraba perpleja.
-Sí… es que después de todo lo que le he dicho y cómo me he comportado durante las vacaciones… lo de ayer es como… ni de coña podía enfrentarme a él esta mañana. No podía verle ahí, desnudo, en mi cama, abrazándome… ¿he dicho ya "en mi cama"? – la morena se echó a reír mientras que Francesca se levantaba con aires de indignada.
-Esto me parece muy fuerte. Osea que tú eres la que propone el pacto, la tontería esa de "no quiero que os liéis con ninguno de ellos" y llegas y te lo montas con uno – Isabel le lanzó una mirada asesina a la rubia – Y al final nos quedamos Isa y yo para vestir santos, todo por ser buenas amigas y cumplir nuestra promesa hasta el final – Isabel se levantó para enfrentarla, pero Julchen se le adelantó.
-Es verdad. Me he comportado como una niña y he sido una egoísta. Lo siento. ¿Me perdonáis?
-Bueeeeeno, te perdonamos, pero solo porque somos las mejores amigas del mundo – otro ruido se escuchó dentro del armario, y esta vez, no pasó desapercibido.
-¿Qué ha sido eso?
-Eh, nada, algo de ropa que se habrá escurrido de la percha – Julchen siguió contemplando el armario mientras que Isabel se acercaba sutilmente a la francesa.
-¿Pero qué haces? ¿Por qué le dices eso a la pobre? Deberíamos decirle la verdad.
-Esto es para que aprenda. Que no se puede prohibir a un ser humano que sienta lo que siente. Además, esto puede ser muy divertido… Aunque creo que ya no va a durar.
La cara de Francesca cambió por completo, sus ojos se abrieron como platos, llamando la atención de Isabel, que se dio la vuelta para ver qué es lo que le había llamado la atención. Julchen había abierto el armario, apareciendo Gilbert medio desnudo.
-Esto tiene una explicación – dijo el hombre.
-Bien, te escucho – Julchen se cruzó de brazos, impacientándose por momentos al no obtener respuesta.
-Pues… eh… ¿Isabel?
-Eh… ¿no es lo que parece? – el ceño de Julchen se fruncía por momentos – No sé qué hay que decir en estos momentos.
-Nada. Simplemente que llegamos a visitarte sin avisar y os hubiéramos pillado en acción – Francesca encontraba la situación realmente divertida.
-Tú mejor cállate, que no eres la más indicada para hablar. Mira que hacerte la inocente después de tirarte a Antonio…
-¡Gilbert!
-No te sulfures Isa, es la verdad. No me arrepiento. Hacer eso es la esencia del ser… huma…
Julchen ignoró a todos y salió de la habitación dando un fuerte portazo.
-Se ha enfadado - sentenció la rubia.
-Obvio que se ha enfadado. Si no la hubieras mentido, esto no habría pasado.
-Será mejor que hable con ella – las dos miraron a Gilbert, que ya se había puesto la camiseta – Quizás a mí me escuche más.
-Si no te importa…
-Claro que no – Gilbert se acercó a besar a Isabel antes de salir, pero se detuvo al ver la cara de perversión de Francesca – Te veo luego.
Cerró la puerta, dejando a las amigas sumidas en el silencio, pensando en cómo salir de esa situación.
-Oye, pues Gilbert la verdad es que está tremendo ¿eh? No sabía que un albino podría parecerme tan sexy – Isabel le puso una mueca de desconcierto – Es la verdad, no es nada malo. Aunque no tiene mucho sentido decirlo ya que tú ya lo has disfrutado bastante… ¡Eh! No me tires cojines y vístete.
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Caminaba hacia su habitación con paso firme, maldiciendo a sus amigas con todas sus fuerzas ¿Cómo podían haberla ocultado todo eso? Habían roto su promesa desde el primer día y encima, lo peor de todo, la habían hecho quedar como una idiota al pedirlas perdón. ¿Perdón? Una disculpa es lo que ella se merecía.
Entró en su cuarto y se desplomó sobre la cama, enfurruñada con el mundo. De pronto notó como unos brazos la rodeaban y unos labios le besaban detrás de la oreja.
-¿Dónde estabas? Te he echado de menos.
Se le había olvidado por completo que Francis seguía allí, se dio la vuelta y le enfrentó, comprobando que seguía totalmente desnudo, a excepción de la sábana, que le tapaba sus partes íntimas.
-Francis, ¿tú sabías lo de Isabel y Gibert?
-Sí, ¿por qué lo dices? – el hombre comenzó a descender con sus besos por el cuello.
-¿Y lo de Francesca y Antonio? – el tono de voz de Julchen se iba endureciendo.
-También – Francis seguía a lo suyo, hasta que la chica le apartó de un empujón.
-¿Y por qué puñetas no me lo dijiste? ¡Dios, he sido la única ignorante aquí! Qué vergüenza, me siento como una idiota…
-Ey no, no pienses eso. Simplemente pensaron que era lo mejor para ti. No querían amargarte las vacaciones. Son unas buenas amigas, ¿sabes?
-Ya… - no lo había notado, pero Francis se había puesto encima de ella, dejando que la sábana se escurriera, y se mostrara como Dios le trajo al mundo – Pero… ¿qu-que-qué haces? – el sonrojo de Julchen era preocupante. Intentaba no mirarle, pero era imposible - ¡Ta-tápate!
-Pero si ya me has visto, y además… para lo que vamos a hacer tenemos que estar así… - Francis se inclinó y la besó con pasión, pero fue interrumpido por el ruido de la puerta.
-¡Julchen! ¿Podemos hablar?
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Gilbert iba a aporrear la puerta por quinta vez cuando esta se abrió, dejando paso a un resplandeciente Francis, que sonreía como si le hubiese tocado la lotería. Gil no se lo pensó ni un momento, le metió un puñetazo en la cara. Uno no muy fuerte, pero lo suficiente como para que le doliese durante un rato y le dejase algo de marca.
-Contigo ya hablaré más tarde - tras eso, entró y le dio con la puerta en las narices.
Julchen estaba sentada en la cama, dándole la espalda.
-Hola… de nuevo – no hubo contestación - ¿Sigues enfadada?
-Tú qué crees.
-Que sí – Gilbert se sentó en el otro extremo de la cama, mirando al suelo – Oye, las chicas sienten haberte ocultado todo esto, tan solo querían que no te enfadases con ellas. Su última intención era hacerte daño.
-Muy bien. ¿Algo más?
-Sí - respiró profundamente antes de volver a hablar - ¿Francis? ¿En serio? No me esperaba esto de ti. De él sí, pero de ti… - Julchen se giró ofendida – Que te gustara Toño aún podría haberlo entendido, me hubiera costado, pero lo habría hecho, ¿pero Francis? Eso es caer muy bajo.
-Pero serás… ¿cómo te atreves? Tú te has acostado con Isabel, no eres nadie para hablar.
-¿Estás menospreciando a tu propia amiga? Eso es algo muy feo…
-Eres un imbécil.
Julchen volvió a cruzarse de brazos como una niña pequeña, lo que sacó una sonrisa a Gilbert.
-¿Ahora estás mejor? – la albina sonrió de lado.
-Puede -ambos se echaron a reír, pero fueron interrumpidos por la puerta.
-Julchen ¿estás bi…en?
Los tres se quedaron congelados, sin saber qué decir, qué hacer, con la sangre totalmente helada.
-Mo-Monika, te presento a… Gilbert, eso es, Gilbert, un… amigo mío de…
-¿Prusia? – Monika evitó mirarle fijamente – Ludwig me ha hablado de él.
-¿Ludwig? ¿Quién es?
-Mi hermano – Gilbert se puso en pie, imponiéndose sobre las dos chicas a las que sacaba cierta altura – Kesesese parece que la familia ya nos hemos conocido.
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-Gilbert acaba de mandarme un mensaje. Dice que nos adelantemos, que él va con su hermano – Antonio guardó el móvil y miró a su amigo, que estaba perdido mirando las musarañas - ¿En qué estás pensando? Llevas toda la mañana igual.
-¿Eh? Ah, no es nada, tan solo pienso en el amor, ¿cuánto es capaz de hacer verdad?
-Ya… al menos, ¿me dirás cómo te has hecho ese golpe del labio? Lo tienes un poco hinchado.
-Esto – el francés se acarició al zona dolorida – No es nada, simplemente el precio por hacer mi sueño realidad.
-Venga ya tío, ¿vas a dejar de hacerte el interesante y decirme de una vez qué te ha pasado o vas a seguir así? Porque si sigues prefiero irme a la reunión acompañado de otro – ya habían devuelto el coche alquilado, por lo que tenían que esperar a un taxi.
-De verdad que cuando eres cabezón… rompes toda la magia. Verás, anoche…
-Te acostaste con alguien, eso ya lo sé.
-¿Cómo?
-Siempre tienes la misma cara cuando lo haces. No es nada nuevo. Ahora dime con quién. ¿Le conozco?
-"La" conozco, querrás decir.
-Oh no, dime que no has hecho lo que creo que has hecho – Francis asintió por lo que Antonio se llevó las manos a la cabeza.
-Lo siento tío, pero Julchen es…
-Gilbert te va a matar… ¿te ha matado ya, no? – dijo señalando la herida del labio – O por lo menos ha dado el primer paso para hacerlo – el taxi por fin llegó – Anda vamos o llegaremos tarde.
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-Bienvenidos a todos. Siento haber tenido que convocar esta reunión con tanta presteza, pero el asunto es de urgencia – Alemania estaba de pie al frente de la enorme mesa de reuniones. Múltiples murmullos de queja comenzaron a recorrer la sala – Por favor, los comentarios de desacuerdo decirlos después de escuchar la noticia – las voces cesaron – Como todos os habréis podido dar cuenta, la mayoría aquí somos hombres, a excepción de unas pocas mujeres – desvió la vista hacia la húngara y la belga, sentadas a la izquierda de la sala – Obviamente, esto es un tanto extraño y al parecer tiene una explicación – soltó un pequeño suspiro, nervioso por lo que iba a decir a continuación. Sabía que causaría un gran revuelo – En realidad, cada país tiene un representante masculino, y uno femenino.
Las exclamaciones "qué" y "cómo" se alzaron por la sala. Un descontrol invadió el lugar, uno el cual ni Ludwig era capaz de frenar. Gilbert, sentado a la derecha de su hermano, sufría al ver cómo le ignoraban. Quiso ayudarle, sabía que debía levantarse, dar un golpe en la mesa y decirles a todos lo que sus amigos y él habían vivido esos últimos días. Que las chicas eran tan normales como ellos, y que no tenían nada de malo. Se saltaría los detalles no aptos para menores, pero les haría entrar en razón.
-¡Callaros de una vez! – Monika había irrumpido en la sala, seguida por Julchen y por una chica más bajita, castaña, y con una coleta. Muy guapa – Dejad de hablar y escuchadme - Todos los miembros de la sala enmudecieron al verlas – Hemos venido para solventar este problema de una vez por todas. En nuestra opinión, creemos que es mejor que las cosas sigan…
-¡Wow! ¿Tú eres yo verdad? – la castaña se había acercado hasta Italia y le tendía una mano – Soy Felicia Vargas, pero todos me llaman Feli. Es un placer – efectivamente era Italia del norte. Ambos poseían lo que Gilbert denominaba la "sonrisa del idiota".
-Felicia, ven aquí – la alemana la apartó de los brazos de Veneciano – Lo que queríamos decir es que pensamos que si las cosas estaban así, es por algún motivo, por lo que creemos que es mejor hacer como que nada de esto ha pasado. Cada uno volveremos a nuestras vidas y…
-No – todos miraron a Julchen, y Gilbert temió lo peor.
-¿Qué has dicho?
-Que no. Eso es lo que tú quieres – la prusiana se adelantó unos pasos – Hermana, hay algo que no te he contado – Oh oh…a Gil le comenzó a recorrer el cuerpo un sudor frío, no por lo que contara Julchen, sino por el cómo reaccionaría su hermano – Verás, al terminar la reunión pasada hace unos días, Isabel, Francesca y yo nos encontramos con…
-Con nosotros – Antonio y Francis se levantaron, haciendo presencia desde el fondo de la sala. Ambos miraron acusatoriamente a Gilbert, que se vio obligado a levantarse.
-Y conmigo.
-¿Qué? ¿Por qué no me lo dijiste? – Ludwig se giró hacia su hermano – Esto es una falta grave.
-No es su culpa – Isabel entró en la sala, seguida por la francesa – Es culpa de los seis.
-Sí, la historia no acaba ahí – Julchen prosiguió – Tras conocernos y sufrir los lógicos malentendidos, decidimos irnos los seis juntos de vacaciones para conocernos mejor.
-Ya me imagino cómo se habrán conocido…
-Cejotas, cállate – Francis le masacró con la mirada – Prosigue querida.
-Bien, el caso es que descubrimos que no hay nada de malo, es más, es genial. Tener a alguien que ha vivido lo mismo que tú y que te comprende es un gran apoyo, además que creo que es bueno tener dos opiniones sobre los asuntos de estado – se dirigió hacia su hermana – Por eso estoy en desacuerdo contigo Monika. Lo siento pero no aceptaré tu decisión.
-Ni nosotras – la apoyaron sus amigas.
-Dios… sois un dolor de cabeza tras otro… - Monika miró a todos los presentes, que estaban estupefactos, después a Felicia, que seguía tan feliz hablando con el italiano, y por último a Ludwig - ¿Tú qué opinas?
-Bueno, quizás no estaría mal probar…
-¡Gracias West! – Gilbert se abalanzó sobre su hermano, pasando un brazo por sus hombros y acariciándole el pelo como a un niño. La decisión estaba tomada.
-Bueno, pues, lo mejor será llamar a las demás y ya todos juntos hablar de las diferentes situaciones.
Monika salió de la habitación junto a Felicia mientras que Julchen, Isabel, Antonio, Francis, Gilbert y Francesca se reunían bajo la atenta mirada de los presentes.
-Todo ha salido bien, gracias a Dios – Isabel se lanzó a abrazar a todos – Me hubiera muerto si nos llegan a obligar a separarnos.
-No mientas ma petite nos hubiéramos seguido viendo a escondidas.
-Eh, chicos, la gente nos mira – Julchen se posicionó delante de todos – Hola, ya sé que estáis alucinando con mi asombrosa persona así que creo que por lo menos os merecéis conocer mi nombre. Soy Julchen Beilschmidt, representante de Prusia y… - el murmullo volvió a la sala - ¡EH! No me ignoréis.
-Déjalos, no saben admirarte – Francis se acercó hasta su oreja – Nadie salvo yo.
-Que corra el aire.
-Oh vamos Gilbert, déjanos. Me estoy portando bien. Estoy siendo un niño bueno.
Mientras esos tres discutían, un joven con el pelo castaño rojizo y un rulo que sobresalía por el lado derecho de su cabeza se acercó hasta los españoles.
-¡Hombre Lovi!
-Que no me llames así bastardo.
-Mira, quería presentarte a Isabel, ella es la nación de España también – Romano la miró embobado unos segundos, pero después le agarró la mano y se la besó con delicadeza.
-Encantado preciosa.
-¿Tú eres Italia del Sur? Eres todo un galán – la morena le sonrió con dulzura mientras la vocecita maliciosa de Francesca resonaba en su oído.
-Uy Isa, es una verdadera monada, muy guapo sí señor. Y…ya sabes que los italianos con las españolas…
Antonio siguió hablando con ellos mientras que el otro trío había acabado de discutir y observaba la escena.
-Te lo dije mon amie. El italiano será un digno rival.
-Cállate.
-Oye, ¿quién es esa que nos mira tanto? – Julchen movió la cabeza en dirección a las sillas de la izquierda.
-Ella es Hungría, se llama Elizabeta Héderváry.
-Gil y ella tuvieron un pequeño romance…
-No digas gilipolleces Francis – el albino le propinó un buen codazo en las costillas, provocando la risa de Julchen.
-Y… ¿el estirado que está sentado a su lado?
-Ah, el señorito Austria, conocido como Roderich Edelstein. Será mejor que lo ignores si no quieres acabar estresada. Es como hablar con una vieja estirada.
-Me están mirando demasiado, será mejor que me acerque a hacerles una visita – les guiñó el ojo juguetona - Ya que me van a admirar, por lo menos que lo hagan de cerca.
Francis y Gilbert se echaron a reír observando cómo Julchen se acercaba hasta la pareja y comenzaba a hablarles a todo volumen. Poco a poco, la sala se fue llenando de mujeres y los seis amigos se desperdigaron por el lugar.
No sería nada fácil volver a reunirse los seis de nuevo para unas vacaciones.
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Y hasta aquí esta historia. De nuevo, mil gracias a todos por leer y por el apoyo. Espero que os haya gustado tanto como a mí (adoro al BTT demasiado) y que si queréis más historias cotilleéis el resto de historias que tengo.
Muchas gracias y hasta pronto.
PD: siento las posibles faltas de ortografía.
PD2: los reviews y los favs me gustan mucho.
