He aquí el décimo y último capítulo de The Apprentice. Quería colgarlo el día 6 (como regalo de reyes :P), pero sencillamente no puedo con mi alma. He batallado lo inbatallable para terminar el capítulo, he luchado contra las terribles hordas de las rebajas adelantadas y de las compras de reyes en el centro, me he pasado horas delante de un documento de word en blanco...Bueno, más bien de dos, porque llevo dos historias a la vez, aunque se publican en sitios diferentes XDDD.
Y aún con todo esto no termina. Quisiera dar las gracias a GhostSteve y a Agatha Romaniev por su apoyo incondicional con todo y por sus comentarios, aunque no me de tiempo a contestar a todos, os los leo con mucho interés y me los tomo muy enserio. Muchas gracias a los dos ^^
-Mal…Maldita sea…
Estaba plantada ante el espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared de su estrecha habitación. Era uno de los pocos objetos que se le había permitido poseer mientras durase su forzosa estancia en el castillo de Glenhaven que, aunque tosco y sin decorar, confería a la alcoba cierta dignidad que la diferenciaba claramente de la habitación de una criada. Los guardias asignados para vigilarla mataban el tiempo conversándo al otro lado de la puerta, hastiados por una tarea anodina.
Ella se miraba la piel, asqueada. Recordó aquel fatídico día en el que, todavía niña, su tez había cambiado fruto de un experimento fallido. Antaño el tono de su piel había sido, a ojos de su madre, la envidia de toda dama. Era blanca, marmórea, que combinaba a la perfección con su cabello azabache. Ahora, sin embargo…
Recorrió su figura de arriba abajo. El tono verduzco le confería el aspecto de un ser sobrenatural; un duende, tal y como alguien había dicho medio en broma medio enserio muchos años atrás. La herida del pecho estaba prácticamente curada, aunque le dejaría como recordatorio una horrible cicatriz. La quemadura del pecho se había unido a las otras, dándole un aspecto de muñeca rota, destrozada por un dueño cruel.
Nunca le había importado saberse hermosa, o eso había creído. No se había mirado a un espejo en meses, nunca había apreciado su propio reflejo y, sin embargo, ahora, se sentía herida en su lado más femenino. ¡Ella, que hasta entonces había renegado de todas las maneras posibles de la femineidad! Mas no, se dijo, no era vanidad femenina lo que le impulsaba, sino dignidad. Habría sido la bruja más temida y odiada del reino, pero todavía seguía siendo una dama.
Alguien llamó a su puerta cerrada a cal y canto, y ella se cubrió a toda prisa. Indicó a quien fuera que podía entrar mediante un gruñido. Los dos guardias atravesaron el umbral y se quedaron formando entre las jambas, mientras que asomaba la regia figura de una mujer. Éstos miraban firmemente al frente, pero Maleficent leyó en sus ojos la curiosidad cotilla que los invadía a ambos. Fleur también lo intuyó, dado que realizó un mohín y, esbozando una leve sonrisa pícara, les indicó con un gesto que las dejaran a solas. Los guardias se inclinaron ante su reina y desaparecieron de su vista. La mujer cerró la puerta y se cruzó de brazos.
-¿Cómo te encuentras hoy?
Maleficent se limitó a encogerse de hombros. Se quedó mirando el horizonte a través de su ventana. Un pensamiento recorrió su mente a la velocidad del rayo, inesperadamente, lo mismo que en los días anteriores.
Nimue otra vez. Sin que Fleur pudiera verla, cerró los ojos con todas sus fuerzas, deseando que se desvaneciera ese recuerdo que la acosaba en cualquier momento del día. Fleur suspiró y se apoyó contra la pared, mirando el pequeño arcón situado en un rincón.
-¿Has visto los vestidos? Me los trajeron hará un par de días. Siempre he pensado que el carmesí combinaría de perlas con tu color de piel.
Otro gruñido, esta vez acompañado por una mano llevada a las sienes. Fleur lo interpretó como un gesto de fastidio y repudio, pero no se dio por vencida. Sin embargo se sentía algo estúpida. Tras esos largos años de distanciamiento entre ambas mujeres podría redimirse, hablar con su hermana como hacían antes, solucionar sus problemas de forma civilizada. Mas ella sólo le hablaba de vestidos.
-¿Y tu hija? –inquirió Maleficent tras un largo e incómodo silencio.
-Bien –respondió la otra, mirando las baldosas del suelo-. Está en los jardines, por lo menos la dejé ahí.
-Se parece mucho a ti.
-Lo sé, nos lo dicen mucho. Desde que ella era un bebé…-añadió con un suspiro-. Madre no paraba de decirlo. Se llevó un disgusto cuando Aurora se marchó –volvió a comentar tras una pausa.
Maleficent apoyó una mano en el alféizar de la ventana, todavía pensando en Nimue. Sentía una continua opresión en el pecho que apenas la dejaba respirar. ¿Se habría sentido así Fleur cada vez que pensaba en Aurora?
-¿Ha llegado ya tu nueva doncella?
-¿Colette Darnay? –inquirió Fleur, extrañada-. Llegó un día después que tú para acto seguido marcharse. Su propia hija trató de asesinarla. Una historia bastante triste, la verdad.
-¿Y la chica? –continuó Maleficent con un suspiro.
-Murió. Creo que la enterraron allí mismo, en mitad de un bosque, porque su propia familia no la quería. No se dicen cosas muy agradables acerca de ella.
Maleficent frunció el ceño mientras oteaba el paisaje nevado. Pronto comenzaría la primavera, y con ella el deshielo. Imaginó que los enterradores habrían maldecido a los cielos por haber tenido que excavar la helada y dura tierra para enterrar a una expósita. Nimue no se merecía un entierro así.
-¿Por qué no me hablas? –exclamó de pronto Fleur, apretando los puños. Maleficent giró levemente la cabeza, lo suficiente para mirarla sin que denotara un mínimo interés. Fleur suspiró. Lo estaría pasando mal, pensó la mujer. Ella y su marido no habían estado tan distantes el uno del otro en veintiséis años de matrimonio, y todo por su causa. Sin embargo, todo ese malestar era culpa de Fleur, no suya. Su marido no habría dejado de hablarle si ella no la hubiese defendido desde el principio y acogido en su hogar. Además, Maleficent no llegaba a comprender aquella muestra de lo que ella tildó de caridad. Estaba en territorio enemigo prácticamente de invitada y nadie, salvo ella, parecía darse cuenta de lo absurdo de la situación.
Fleur, por su parte, sentía que iba a explotar de un momento a otro. Stefan, con su maldito enfurruñamiento infantil, la había dejado a cargo de todo; la había abandonado a su suerte, se podría decir. Ella sola tenía que llevar a cabo sus tareas, las de su marido y las conjuntas de ambos mientras Stefan rezongaba como un crío y se recostaba en la comodidad del castillo de Lisieux, rodeado de buen ambiente navideño, de personas que le comprendían y apoyaban su postura y, lo más preocupante para ella, de hermosas doncellas, a cada cual más casquivana que la anterior. Aurora trataba de ayudar a su madre en lo que podía, pero su inexperiencia la hacía ser más un estorbo que una ayuda. Fleur estaba agotada por el trabajo, con una hija de cuya compañía casi no podía disfrutar después de dieciséis años de agonía continua, subida a un barco llamado matrimonio que se hundía cada vez más y, para colmo, la prevista reconciliación entre hermanas parecía no llegar nunca.
Y, por todo ello, se sentía culpable.
-¿Por qué tendría que hacerlo? –respondió Maleficent, mirando a los ojos a aquella mujer a la que un día llamara "hermana".
Fleur soltó y volvió a apretar los puños. Temblaba a pesar de sus intentos de mantener una pose digna. Al menos, pensó tratando de buscarle algo positivo a la situación, ya no se dirigía a ella como una extraña.
-Porque…-empezó. Acto seguido se aclaró la garganta e hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para sacar fuerzas de flaqueza-. Porque estás en mi casa. Porque, aún con todo, sigo siendo tu reina y…porque…porque eres mi hermana.
Maleficent lanzó una risotada que sólo le provocaron más temblores a la mujer. Fleur se mordió el labio inferior hasta notar cómo la sangre le llegaba a la punta de la lengua, y entonces paró. Trató de respirar hondo en vano. Se miró el puño.
-¿Qué harías si yo te diera un puñetazo? –dijo con un tono sorprendentemente tranquilo que desconcertó a Maleficent. Ésta abrió la boca, pero no dijo nada. Como contrapartida, Fleur se le acercó a la velocidad del rayo y le asestó un puñetazo en la cara. La mujer se sostuvo en pie a pesar del impacto. Se llevó una mano a la mejilla, que empezaba a hincharse. Durante una fracción de segundo, ambas mujeres se sostuvieron la mirada; Maleficent, con la sorpresa escrita en el dolorido rostro; Fleur, con la mirada encendida. Volvió a golpearla sin que Maleficent hiciera el más mínimo gesto por defenderse.
-¡¿Qué estás haciendo? –Gritó Fleur al tiempo que volvía a alzar el puño- ¡Pégame! ¡Vamos, pégame!
Maleficent dejó que la otra la golpeara, aturdida por la reacción. Mas, al quinto golpe, se revolvió. Sin decir nada, esquivó el puñetazo de Fleur y aprovechó para darle un fuerte golpe en el estómago. Fleur cayó al suelo, jadeando y sin aliento. Mientras trataba de ponerse de nuevo en pie, Maleficent le arreó una patada con todas sus fuerzas en un costado, lo que la hizo volver al suelo. Imaginó que con aquella pequeña tunda se daría por satisfecha.
Pero Fleur volvió a por más. Se puso en pie tan rápido como pudo, cogió carrerilla, y avanzó hacia ella con el brazo derecho, el que no había sufrido la patada, dispuesta para asestarle otro golpe. Maleficent decidió acabar con el asunto de una vez. Evitó fácilmente el ataque, inmovilizó a Fleur, la tiró al suelo y empezó a golpearla con toda la fuerza de que disponía. Paradójicamente, cuando ella golpeaba, Fleur no se defendía.
-¿Qué crees que estás haciendo? ¡Imbécil! –chilló Maleficent, sin acertar a comprender.
Paró un momento para recuperar el resuello. Fleur, tendida boca arriba con los brazos extendidos, parecía un cristo en la cruz. La mujer la miró a los ojos; estaba llorando.
Entonces comprendió. Ella esperaba los golpes. Así expiaría su falta, recibía su merecido castigo por aquella tontería ocurrida tantos años atrás. Maleficent estaba desconcertada. ¿Qué había sido lo de Aurora para ella, entonces? ¿Acaso no había tenido suficiente?
-Fleur…-susurró. La mujer giró la cabeza y escupió saliva mezclada con sangre.
Entretanto, los dos guardias se habían alertado por el ruido de la pelea y los gritos. Como Fleur había atrancado la puerta, ambos hombres tuvieron que abrirse paso a patadas y empujones para derribar el recio portón. Uno de ellos se apresuró a apartar de la bruja de un empellón mientras el otro daba la voz de alarma y se precipitaba hacia la yaciente reina. Mientras su compañero enarbolaba la lanza para mantener a la mujer a distancia, examinó cuidadosamente a la soberana. Le habían dado una buena paliza, pero afortunadamente para ella (y para sus pellejos), el daño no era nada que no se curara con reposo y cataplasmas. Mientras afuera se empezaba a formar un corro en torno a la puerta y la voz de la joven heredera al trono se hacía oír por encima de las demás voces, pidiendo paso, el guardia cogió a la mujer en brazos con sumo cuidado y salió del cuarto. La reina hundió la cara contra la túnica de cuero plisado del guardia y éste hizo ademán de sonreír comprensivamente, pues intuía que lo que deseaba la mujer era que no la viesen llorar en público. Aurora salió de entre la multitud y agarró la mano de su madre mientras ordenaba a voz en grito que la llevaran a su habitación y que alguien llamase al médico.
El corro de gente acompañó a los tres, como una extraña comitiva, hasta las puertas de las estancias reales, donde la princesa les cerró la puerta en las narices. El guardia dejó a la mujer sobre su cama y, tras dar una azorada explicación de lo sucedido a la joven, desapareció. Llegó el médico y se dispuso a curar las contusiones y heridas. Mientras tanto, Aurora se sentó de cualquier forma en el sillón de su padre, esperando.
Imaginaba, en cierto modo, qué habría ocurrido dentro de la habitación. Ni siquiera se molestó en reprender a los guardias, puesto que consideraba que no tenían por qué pagar por lo sucedido. Sin embargo, lo que realmente la preocupaba era cómo reaccionaría su padre cuando volviera a casa (si es que realmente volvía, o eso se le había escapado a su madre una vez que creyó que nadie escucharía) y se encontrase a su esposa con la cara llena de moratones. Sus peores sospechas se confirmaron cuando, una vez hubo terminado su labor, el doctor le comentó que había oído anunciar, mientras acudía de camino a la alcoba real, que el rey volvería en breve. Luego añadió, con una sonrisa benévola, que haría todo cuanto estuviese en sus manos para curar a Su Majestad antes de la llegada de su esposo. Aurora soltó un bufido.
No salió de la habitación en toda la tarde ni en la noche. Estaban las dos solas, pero sin hablarse, como si cada una ignorase la presencia de la otra. Aurora se fue serenando conforme pasaban las horas. Decidió esperar y discutir más adelante con su madre acerca de la excusa que le darían a su padre. En cuanto a Maleficent, ya hablaría con ella. Lo importante ahora era que el susto que se había llevado al ver a su madre en los brazos de ese guardia se había quedado en eso, en un susto, y que afortunadamente no habría que lamentar más daño.
Con un bostezo, se apoyó en uno de los brazos del sillón, y los cinco minutos se quedó dormida.
The end
¡Hala, otra historia terminada! Ni qué decir tiene que os pido que me hagáis lo mismo que os pido al final de todas mis historias, bal bla blá...En fin que todo ese rollo. Me despido hasta mi próxima parida y, en cuanto a esta historia, sólo me queda decir:
Eso es to...Eso es tod...¡Eso es todo amigos!
