Dulce&Amargo


—Bridgette es una persona normal que brilla como nadie, pero, cuando esa luz se apaga por un mínimo instante, necesita de un poco de ayuda para volver a sonreír.

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El café de Félix siempre era amargo, de un intenso y espeso color negro, y lo suficientemente caliente para que cualquier persona pensara dos veces el beberlo de inmediato. El café de Bridgette solía tener toneladas de azúcar dentro, uno que otro saborizante que alejara la amargura y siempre estaba tibio, ni muy frío, ni muy caliente. Ni una sola vez, dentro de todas en las que habían parado en ese pequeño y apenas vistoso café, había visto a Bridgette cambiar su rutina de un café demasiado dulce, hasta ese día.

Cuando Félix alzó la mirada para verificar, como por décima vez en media hora, si Bridgette había notado o no su presencia en el lugar, encontró más de lo mismo: a la chica mirando por la ventana sin lo que parecía un propósito definido. No esperaba a nadie, no miraba nada en específico, no bebía su café excesivamente endulzado. Sabía, por lo que escuchó de Alya, que Bridgette no estaba teniendo un buen momento, que era uno de esos días en que simplemente todo salía mal, pero, incluso cuando lo intentó más de una vez, Félix no supo que hacer para remediarlo. Aún no sabía muy bien como era eso de confortar a una persona, aun cuando es una querida, que decir, que hacer exactamente, como sentirse al respecto; sí, eso de las relaciones humanas se le daba fatal.

¿Qué ordenarás?— El chico detrás de la caja registradora lo sacó de sus pensamientos. Félix despegó su mirada de la solitaria figura que miraba por la ventana para concentrarse en la compra: su usual café demasiado amargo.

Pero algo lo detuvo, mejor dicho, alguien, así que volvió nuevamente su mirada hacia ella. No sabía animar a las personas, pero, si él estuviera en esa situación, ¿Qué haría Bridgette en su lugar? No podía pensar como ella, era una mente demasiado complicada para él, pero, de todas maneras, una idea nació.

Café negro— mientras el cajero anotaba su orden, Félix se acercó un poco más a él, como para tener un poco de privacidad—. ¿Oye, puedes…hacerme un favor?

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Aquí tienes tu café— le dijo sonriente el chico, tendiéndole el vaso a Bridgette como si no pudiera esperar a que ella lo tuviera en sus manos.

Pero…yo no pedí otro café.

Es un regalo de un chico, tienes mucha suerte— y guiñándole un ojo, este volvió a su trabajo.

Bridgette se alejó un poco de la barra, para dejar espacio a las otras personas esperando sus bebidas, y observó el vaso de café que tenía entre sus manos, uno que ella no había pedido, uno que no esperaba, pero uno que, extrañamente, consiguió reconfortarla solo con su calidez. Bebió sin saber qué era lo que contenía el vaso exactamente o quién lo había dejado allí para ella, aunque tenía un sospechoso en mente, que no sabía ocultarse demasiado bien, pero se detuvo en seco al sentir el amargo sabor bajando por su garganta. ¡Ni una pizca de azúcar, nada que alejara ese horrible sabor amargo de su boca! ¡Nada! Además, estaba caliente, ardiendo, si tenía que ser sincera, y eso no le gustaba para nada. Frunciendo el ceño, Bridgette examinó el vaso, tenía que ser una broma después de todo, hasta que se topó con la nota que debía de explicarlo todo.

—"No todo en la vida es dulce, Bri, a veces, quizás no en todas las ocasiones, necesitas un poco de amargura para recordarte que la vida tiene tanto momentos buenos como malos".

Momentos buenos, momentos malos, café dulce, café amargo, Bridgette y Félix habían encontrado una nueva manera de describir ciertos instantes que para otras personas parecerían sin importancia.