Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella. Aqui les traigo un nuevo capitulo disfruten.


Capítulo 9

—¡Demonios, demonios, demonios! —mascullaba Isabella mientras salía de la ducha y se secaba frenéticamente. No había sido capaz de acabar con aquello. ¿Cómo iba a poder, si no había habido tiempo para romper amablemente con Edward?

Sólo una persona mezquina hubiera sido capaz de acabar con las ilusiones de Edward sin tiempo para una despedida en condiciones. Ella no había pensado en darle un largo discurso de compasión, pero sí explicarle al menos que no había sido culpa de él.

Tal vez estuviera exagerando con su paranoia por llegar tarde, pero el señor Beckworth había expresado sus reservas por contratar a alguien tan joven, alegando que una mujer de su edad no podría realizar el trabajo con la seriedad requerida. Era un prejuicio absurdo por su parte, pero ella se había propuesto demostrar lo responsable que era. Además, aquella mañana había una reunión de personal, y su retraso no pasaría desapercibido.

Como no podía explicarle todo eso a Edward sin revelarle su edad, le había dejado que pensara que era una fanática de la puntualidad. Realmente le gustaba llegar a tiempo, y en su trabajo se había asegurado de no llegar nunca tarde. El mismo señor Beckworth le había expresado en más de una ocasión su agrado por esa virtud.

Pero lo que más la molestaba en esos momentos era darse cuenta de que había echado a perder su papel de Chica Mala. Todo lo que había pensado hacer con Edward era hacerlo babear un poco y luego dejarlo con las ganas. Pero en vez de eso se había acostado con él, después de convencerse a sí misma de que una aventura sexual le quitaría de la cabeza su idea de contratarla para su proyecto publicitario.

De hecho, ella había estado buscando una excusa, cualquiera, para satisfacer su acuciante deseo. Su razonamiento no había sido válido, porque Edward no podía entender por qué el sexo significaba que no podían trabajar juntos. Y tenía razón... siempre y cuando ella no le dijera a nadie lo que había hecho, algo que de ningún modo iba a hacer. Si sólo se hubiera limitado a flirtear, podría haber hablado del tema con sus compañeras. Pero había traspasado todos los límites. No podía presumir de haber hecho lo inconfesable.

Cuando aparcó junto al edificio de oficinas, le pareció increíble que sólo hubiera pasado un día. La mañana anterior había aparcado su coche en el mismo sitio, y había sido vagamente consciente de la presencia de un hombre en la furgoneta que había tras ella. Un hombre que había hecho sonar accidentalmente el claxon. Un hombre que luego resultó ser Edward Cullen, el amor platónico de su infancia, que estaba podando un árbol frente a las ventanas de la oficina. Y ella había sacado la tira más larga.

Se alegró de que hubiera una reunión, pues así tendría una hora o más para ensayar su historia. Y llegaría a tiempo por los pelos. Edward la había llevado a casa como si fuera un piloto de Fórmula 1.

El árbol que había podado parecía una verdadera obra de arte, con sus ramas inferiores peladas y onduladas hacía una cubierta frondosa. Isabella recordó lo duro que Edward había trabajado el día anterior, para luego pasar una noche físicamente agotadora con ella. Debía de estar en muy buena forma para sus treinta años, porque en ningún momento se había quejado de cansancio.

Ella había tenido un día mucho más tranquilo, y sin embargo había sido la primera en quedarse dormida. La dulce voz de Edward y la música de la cascada la habían transportado al país de los sueños. Qué noche... Y qué desastre había montado.

Subió sola en el ascensor y entró en la sala de conferencias justo cuando Arnold Beckworth abría la sesión. Mientras el jefe hablaba sobre la imperiosa necesidad de nuevos proyectos, las colegas de Isabella la miraban con una sonrisa desdeñosa o con expresión interrogante. Obviamente estaban deseando saber los detalles de su cita con Tarzán de la Sierra.

Qué irónico resultaba que Beckworth estuviera buscando nuevos clientes y ella estuviese intentando deshacerse de uno. Pero tendría que esperar a que Edward la llamara, porque ella no tenía su número de teléfono y en ningún momento de la excitante noche se le había ocurrido pedírselo. No quería llamarlo al trabajo, porque lo más seguro era que estuviese podando árboles y tampoco quería hablar con un contestador. Además, no quería hacerle pensar que estaba ansiosa por contactar con él.

Pero cuando él la llamara, y seguro que lo haría, ella pensaba sugerirle otra cita para esa noche, pero en esa ocasión sería para algo mucho más simple, como tomar un café. Si quedaban a una hora temprana, alrededor de las siete, tendría tiempo para ir después a la fiesta que había en casa de su madre. Le tocaba a ella ser la anfitriona en su reunión periódica para comprar cestas. Isabella había decidido encargar algo para ella. No sería una sorpresa, pero era un regalo que su madre deseaba para su cumpleaños.

Edward necesitaba a una mujer más hogareña, que se preocupara por las fiestas, los accesorios de cocina y el jardín. De lo único de lo que se preocupaba ella era del sexo. Eso podría interesarlo por el momento, pero al final demandaría unos intereses más maduros. Después de todo, tenía una casa propia. No podía olvidar ese dato, pues tenía la esperanza de que si pensaba en Edward como en el dueño de una casa, conseguiría dejar de verlo como el amante tan fabuloso que era.

Naturalmente, no sólo era cuestión de sexo. Además, era un hombre encantador; le había llevado una botella de plástico llena de vino y una caja de galletas. Y parecía tan orgulloso de su casa y del jardín, ese oasis de calma... Aunque no había sido una noche de calma precisamente. Más bien al contrario.

—¿Isabella? Isabella, ¿sigues con nosotros?

Sobresaltada, levantó la mirada y se dio cuenta de que Beckworth la estaba mirando. Y ella había estado soñando despierta con Edward. Se aclaró la garganta y esperó que las mejillas no estuvieran tan rojas como las sentía.

—Por supuesto, señor Beckworth. Precisamente estoy devanándome los sesos para intentar expandir el negocio.

—Ésa ha sido mi pregunta, Isabella —la miró por encima de sus gafas, con su calva reluciendo bajo la luz del techo. Su reacción a la calvicie había sido afeitarse el poco pelo que le quedaba—. Todos nosotros tenemos contactos que podrían convertirse en clientes... Feligreses de la iglesia, amigos del club de campo, incluso familiares cercanos. ¿En quién has pensado tú?

Debería haber sabido que su jefe iba a arrinconarla. Beckworth estaba convencido de que los jóvenes no tenían capacidad de atención, y la había pillado con la mirada perdida cuando se suponía que debía estar concentrada en todo lo que allí se decía.

—Estoy hablando con un cliente potencial, y puede que me conduzca a otros objetivos en su campo —respondió.

—Excelente. ¿Quién es?

—No creo que deba desvelar su identidad hasta haber resuelto unos cuantos detalles —no tenía intención de llevar a cabo ese plan, pero al menos le daría algo de tiempo.

Beckworth frunció el ceño.

—Puedes darnos su nombre, Isabella. Todos entendemos que un proyecto puede hacerlo cambiar de opinión.

—Sí, pero me ha pedido que mantenga nuestras negociaciones en privado hasta que se haya decidido. Es una situación muy delicada.

—Muy bien —estaba claro que a Beckworth no le gustaba, y seguramente querría hablar con ella a solas, pero de momento dejó aparcado el tema—. Está todo dicho, entonces. Espero los informes con vuestros progresos a finales de esta semana.

La reunión acabó y, como era de esperar, llamó a Isabella antes de que ella pudiera salir de la sala.

—¿Puedo hablar contigo un momento, Isabella? —se levantó y empezó a meter sus papeles en un maletín de piel.

—Por supuesto —respondió ella. Cuadró los hombros e intentó parecer mayor.

Beckworth esperó hasta que los demás abandonaran la sala.

—En general estoy satisfecho con tu trabajo —le dijo—. Muestras una sorprendente habilidad para ser tan joven.

—Gracias, señor Beckworth —aceptó la actitud paternalista de su jefe porque le debía mucho. Beckworth era conocido en todo Valley, y un buen rendimiento en la empresa era fundamental en su curriculum para buscar un trabajo fuera de Arizona. Sus compañeras le habían suplicado que esperara al menos un par de años para trasladarse, pero ella estaba decidida a irse a una ciudad más importante, como Los Ángeles.

Beckworth carraspeó.

—De hecho, esta mañana es la primera vez que te veo distraída. No sé si me creo del todo tu explicación. ¿Va todo bien?

Oh, Cielos. Ahora sí que estaba siendo paternalista, cosa que ella no merecía. Había estado toda la noche con un hombre, razón por la cual no podía rendir al máximo esa mañana. No quería que su jefe fuera tan amable y atento.

Eligió tomar la salida del cobarde.

—Creo que me he puesto enferma —desde luego que sí, enferma de estupidez terminal.

—Entonces deberías irte a casa y descansar —la miró como si fuera a darle una palmadita en el hombro, pero pareció cambiar de opinión en el último segundo—. Esto no es ninguna galera de esclavos. Y ciertamente tu aspecto no es muy bueno. Tienes las mejillas encendidas.

Y tanto que sí. ¿Cómo no iba a tenerlas si se enfrentaba a un desastre que empeoraba por minutos? No podía irse a casa porque entonces no podría responder a la llamada de Edward. O, peor aún, la recepcionista podría decirle que se había ido enferma a casa, y entonces él no tardaría en aparecer.

Para hablar con él necesitaba que estuviesen en terreno neutral, en algún sitio donde él no pudiera usar sus artimañas contra ella. Nunca le había encontrado sentido a esa expresión, pero ahora sí. Edward estaba lleno de artimañas, a las que ella era demasiado sensible.

—Me lo tomaré con calma hoy —le prometió a Beckworth—. Gracias por su preocupación.

—Pues claro que estoy preocupado. Admito que te contraté en contra de mi buen juicio, pero has demostrado lo que vales en el tiempo que llevas aquí. Por eso me ha desconcertado tu comportamiento en la reunión. No parecías ser tú misma.

—No volverá a ocurrir —se dio cuenta de que su jefe se había dirigido a ella durante la reunión porque estaba preocupado—. Y gracias por guardar el secreto de mi edad. Creo que eso ayuda mucho en la dinámica de la oficina.

—Completamente de acuerdo —le dedicó una sonrisa, algo poco habitual en él—. Tienes un gran potencial en este campo. Sigue así.

—Gracias —Beckworth nunca la había alabado de esa manera. Qué irónico que hubiera elegido el momento en que ella se sentía como una completa inútil—. Y hablando de trabajo, será mejor que me ponga manos a la obra —esbozó una sonrisa tan radiante como le fue posible y se apresuró a salir de la sala de juntas.

De vuelta en la oficina, ignoró las miradas de Gretchen y Amy mientras se dirigía hacia su mesa y encendía el ordenador.

A los dos minutos se acercó Gretchen con una carpeta en la mano, una pobre excusa para disimular su impaciencia.

Se inclinó sobre ella y le habló en voz baja. Sin duda temía que Beckworth pudiera pasarse por allí.

—Por favor, no me digas que te has pasado toda la cita con ese tipo tan macizo vendiéndole la idea de una campaña publicitaria.

Isabella se mordió el interior del labio para no reírse.

—Eh... no.

—Oh, Cielos. Eso significa que lo pasaste realmente bien y que estabas pensando en eso cuando Beckworth te hizo bajar de las nubes.

—Más o menos —era inútil intentar engañar a Gretchen.

—Dios mío... Escucha, Myra dice que Beckworth va a marcharse pronto a una partida de golf. Así que podrás darnos todos los detalles en cuanto se vaya, ¿de acuerdo?

Isabella tosió ligeramente.

—Bueno, no hay mucho que contar —casi todo lo ocurrido se lo llevaría a la tumba.

—Y un cuerno. Nunca te había visto con una expresión tan soñadora durante una reunión. Supongo que... —de repente desvió la mirada hacia el otro lado de la sala—. Vaya, vaya. Si no me equivoco. Tarzán de la Sierra acaba de entrar en la oficina. Y viene hacia aquí.

Con el corazón desbocado, Isabella se giró en su silla y se encontró con los ojos de Edward.

Se acercaba a ella, fresco como una rosa, vestido con unos pantalones beiges y un polo blanco con el logotipo de Cullen Landscaping bordado en el bolsillo. Nadie podría creerse que se había pasado despierto casi toda la noche. Una vez más, sintió cómo las mejillas le ardían al recordar las actividades que habían llevado a cabo en el jardín trasero de su casa.

—Hola —dijo él con una cálida sonrisa—. He pensado en pasarme por aquí para que podamos hablar de la campaña publicitaria. La recepcionista me ha dicho que podía venir a hablar contigo, pero, si estás muy ocupada, podemos hacerlo en otro momento.

—Hola, Edward —respondió ella. Sin duda Myra había estado encantada de enviarlo directamente a ella sin avisarla primero. A la recepcionista le encantaban las sorpresas.

—Edward, soy Gretchen Davies —extendió la mano—. A todas nos ha encantado tu trabajo.

—Gracias —dijo él estrechándole la mano—. Supongo que tuvisteis una buena vista ayer.

—En efecto. Muy inspiradora.

Isabella vio cómo Gretchen batía las pestañas y entonces tuvo una inspiración.

—Sobre ese proyecto, Edward, creo que Gretchen es la persona indicada para llevarlo a cabo. Tiene mucha más experiencia que yo, y estoy segura de que se le ocurrirán grandes ideas para la nueva dirección que quieres darle a tu empresa.

—Pero tú ya has comprendido mi concepto —dijo Edward—. Estoy seguro de que la señorita Davies es una gran profesional, pero quiero que te encargues tú.

—Deberías hacerlo tú, Isabella —intervino Gretchen, la muy víbora, con un guiño—. No quiero arrebatarte lo que con tanto esfuerzo has conseguido. No cuando el señor Beckworth nos ha pedido esta mañana que consigamos nuevos clientes. Es obvio que en la reunión te referías a Edward. Es todo tuyo.

—¿Me has mencionado en la reunión? —preguntó Edward, claramente complacido.

—No he mencionado tu nombre —dijo Isabella, esperando que todo fuera una pesadilla y que pronto se despertara.

—Podrías haberlo hecho —replicó él—. Hablaba en serio cuando dije que quería contratarte. Quiero llevar a cabo ese proyecto, y si tu jefe te ha pedido que consigas nuevos clientes, mejor que mejor. Aquí tienes a uno.

—Os dejaré solos para que lo discutáis —dijo Gretchen—. Ha sido un placer, Edward.

—Lo mismo digo, Gretchen —respondió él, y se volvió hacia Isabella—. Puedo volver más tarde si éste no es un buen momento. Pareces un poco agobiada.

¿Un poco agobiada? Era como si la hubieran metido en una licuadora.

—Eh, no... Está bien. Siéntate.

—De acuerdo —se acomodó en el sillón tapizado junto a la mesa de Isabella—. Tengo verdadera intención de contratarte —dijo en voz baja—, pero sobre todo quería volver a verte. El trabajo que teníamos previsto para esta mañana se ha cancelado, así que me he encontrado con un tiempo libre inesperado. Quería pedirte disculpas por las prisas de esta mañana. No tuvimos ocasión de hablar.

—No fue culpa tuya —dijo ella. No quería hablar del tema en esos momentos.

—Sí fue culpa mía. Yo era el anfitrión, lo que significa que tendría que haberme asegurado de que nos levantáramos con tiempo suficiente.

A pesar de que hablaba en voz baja, Isabella temió que pudieran oírlos. Si alguna de sus compañeras oía «asegurado de que nos levantáramos», no necesitaría escuchar el resto de la frase para sacar conclusiones.

—Entiendo que quieras levantar tu empresa —dijo en voz alta y clara—. ¿Qué presupuesto tienes pensado para la campaña?

Él le dedicó una lenta sonrisa.

—Lo que haga falta.

A Isabella se le aceleró aún más el pulso. Tenía que afrontar el hecho de que la estaba cortejando. Y tenía que ponerle fin, desde luego, aunque no fuera fácil. De hecho, la firme determinación en los ojos de Edward le decía que iba a ser condenadamente difícil.

Y para rematarlo todo, en ese momento se acercó el señor Beckworth.

—Isabella, siento interrumpir. ¿Puedo hablar contigo un minuto?

—Por supuesto, señor Beckworth —sabía lo que su jefe pretendía. Quería que le presentara al hombre que estaba en su mesa porque había supuesto que era el misterioso cliente del que había hablado en la reunión.

Beckworth confirmó su sospecha al detenerse y observar a Edward.

A Isabella no le quedaba más remedio que hacer las presentaciones.

—Eh... Edward Cullen, me gustaría presentarte a Arnold Beckworth, presidente de la empresa.

Edward se levantó y le estrechó la mano.

—Encantado de conocerlo.

Beckworth miró el logotipo bordado en el polo de Edward.

—Lo mismo digo... Cullen Landscaping, ¿eh? ¿Por casualidad le interesa una campaña publicitaria?

—La verdad es que sí. La señorita Swan y yo estábamos discutiendo algunos detalles. Es una mujer extremadamente creativa, aunque seguro que usted ya lo sabe.

Beckworth sonrió, obviamente complacido de haber satisfecho su curiosidad y de tener a un nuevo cliente a la vista.

—Lo es, sin ninguna duda —dijo—. No podría estar en manos más expertas.

—Opino lo mismo.

Isabella quería arrastrarse debajo de su mesa. Si Edward no había estado pensando en sexo antes, ahora lo estaría haciendo, después del comentario de Beckworth.

—Aprecio la confianza que tienen puesta en mí —dijo. Entonces recordó que Beckworth aún no había explicado el motivo por el que había ido a verla—. ¿Qué era de lo que quería hablar conmigo?

—Puede esperar. Siento haberte interrumpido. Tengo una partida de golf a las diez y media. Hablaremos mañana —le tendió la mano a Edward—. Estoy encantado de que haya elegido Beckworth para su proyecto, y le aseguró que quedará muy satisfecho con nuestros servicios.

—Gracias —dijo él—. La verdad es que ya estoy muy satisfecho.

Isabella tragó saliva. Eso era lo que había conseguido por pensar que podía jugar con las personas adultas.