La mansión se la familia Berg se encontraba en completo silencio, como siempre. Todas las luces estaban encendidas, los mayordomos y sirvientes cumplían con sus deberes sin descanso y todos, es decir, Edwina, Yui, Dustin y Amanda habían vuelto, sin embargo, ni un ruido podía ser oído en aquella morada. Cada uno de los habitantes de la mansión simplemente se había encerrado en su pieza como de costumbre.
Para Amanda, esto no mejoraba las cosas. Quizás no tenía muchos temas de conversación con sus primos, pero eso no quería decir que no quisiera poder compartir con ellos, después de todo, en África siempre se había rodeado de gente con quien hablar, cantar y jugar. Ahora estaba en una habitación demasiado ordenada para su gusto, sintiéndose más nostálgica que nunca y, además, decidiendo qué atuendo usar para su primera tarde intercambiando información…en la residencia de los Ootori. Mientras buscaba en el armario, se repetía a sí misma una y otra vez que lo que ella quería era causar una buena impresión al padre y líder de la familia y que, por lo tanto, debía usar algo que no sea demasiado simple ni demasiado llamativo. Tenía que parecer casual. Sí, casual, como ese vestido holgado y celeste. Tenía un largo decente, no acentuaba excesivamente su figura y el escote no exhibía más de lo debido. Perfecto. Sólo habían sido tres años de civilización, pero se las había arreglado para aprender lo básico sobre moda. Cuando terminó de ponerse el vestido, escuchó que alguien golpeaba la puerta.
-¡Adelante!.. ¡Ah, Dustin! ¿Cómo estuvo tu día?- preguntó Amanda cuando su primito entraba a su habitación. Dustin no respondió la pregunta, en lugar de ello se acercó en silencio entrecerrando los ojos como si creyera que éstos lo engañaban. Finalmente, cuando estuvo a pasos de Amanda, habló.
-¿Vas a salir?
-Sí. Bueno, es como una… reunión de negocios- respondió Amanda sin estar segura de cómo llamar a sus encuentros con Kyouya.
-Pues no irás con esos zapatos. Quítatelos- ordenó Dustin mientras le acercaba un par de zapatos mucho más altos y de diseño extravagante- Pruébate estos. El vestido es simple, por lo tanto, nada mejor que zapatos llamativos pero elegantes.
-Estaba tratando de evitar esos- respondió la muchacha, sentándose en la orilla de la cama- ni siquiera sé cómo calzarlos en mis pies.
-Yo me encargo. Te verás espléndida- dijo Dustin, inclinado a la altura de los pies de su prima, mientras le ponía los zapatos lentamente- ¿Dónde es la reunión?
-En…la mansión de los Ootori…
-¿En serio? Nosotros también somos sus socios y no sabemos nada de una reunión. ¿Es sólo para ti y tu hermano?
- Más bien…es sólo entre el hijo menor y yo- admitió distraídamente Amanda.
-¿…Tienes una cita con Kyouya Ootori?- preguntó Dustin dejando de acomodarle los zapatos y mirándola a los ojos.
-¡No! ¡Dustin, claro que no! Es una reunión de negocios- respondió Amanda alarmada.
-Entonces deberías taparte un poco- respondió su primo estirando ligeramente el vestido para que le tapase las rodillas- Pensándolo bien, este vestido es demasiado escotado.
-¡Dustin!- exclamó la voz autoritaria de Yui desde la puerta que, al parecer, el joven había olvidado cerrar cuando entró. Dustin se alejó de un salto de su prima, con los ojos abiertos de sorpresa y la cara roja. Yui miró a ambos sospechosamente y luego, con su más agradable sonrisa, continuó mientras entraba- Claro que es una cita, tu prima está en edad de frecuentar muchachos, además Amanda y Kyouya hicieron conexión desde el primer momento en que se vieron.
-¿Qué? Algo te falla, Yui, nos llevamos pésimo- intento explicar Amanda pero fue interrumpida por su prima.
-Este asunto de la moda es algo que se arregla entre mujeres, ¿No crees, Dustin? No te preocupes, yo ayudaré a Amanda, te puedes retirar.
Dustin salió rápidamente de la habitación. Yui cerró la puerta y le dedicó a su prima la mirada de desaprobación más grande.
-¿Lo acabas de echar de mi pieza? ¡Me estaba ayudando!
-¡Va a cumplir 15 años, Amanda! ¿Sabes cómo se revolucionan las hormonas de un niño a esa edad? ¿Y tú simplemente lo dejas entrar mientras te vistes?
-¡Ya estaba vestida!- respondió Amanda sin poder creer la acusación que le estaban haciendo- Yui, somos primos.
- Tú y él saben que es adoptivo- dijo Yui, ahora con un tono de desesperación- Ha estado haciendo lo que se le ocurre para revelarse ante papá y mamá: todo tipo de desastres e insolencias y no quiero que tú seas parte de una de ellas… Por favor.
Amanda no supo qué decir mientras Yui salía de la habitación. Hundió la cara en las manos, intentando calmarse y diciéndose que volvería a África y todo estaría bien. Luego de unos minutos se paró frente al espejo; lágrimas amenazaban con salir de sus ojos y las piernas le tiritaban.
-Soy fuerte, sobreviviente, nada puede conmigo. Estoy en un mundo en el que eres depredador o presa, no puedo mostrar debilidad- repitió una y otra vez a medida que su rostro retomaba la expresión segura y desafiante y su cuerpo se erguía. Se sentía lista para todo, sin embargo, el destino fue amable con ella aquel día y decidió que aún no era tiempo de que conociera a la cabeza de los Ootori.
-¿Cómo que estás sólo?- preguntó Amanda cuando uno de los sirvientes de Kyouya la dirigió hasta la enorme habitación del pelinegro, quien le dio la noticia.
-También fue una sorpresa para mí- respondió Kyouya. No mentía; realmente quería que su padre viera que estaba cumpliendo con la observación y protección del caso de Amanda- Mi padre saldrá tarde de una reunión y mis hermanos están trabajando.
-Sé que tienes una hermana también.
-Vive con su esposo, naturalmente. Toma asiento, comenzaremos a trabajar. Ya nos traerán algo de comer.
-No creo que seas tan descarado como para haber planeado estar a solas conmigo, ¿o sí? ¿Piensas volver a tus antiguas costumbres?- preguntó burlescamente Amanda.
-Claramente, eres la última a quien recurriría.
Ambos se dedicaron su más cínica sonrisa y comenzaron a trabajar. Kyouya comprobó sorprendido que si seguían a ese ritmo, pronto su base de datos ocuparía el doble de la capacidad que esperaba. Todo resultaba aún mejor que en sus planes: podía cumplir con lo que le pidió su padre, recaudar datos escandalosos y tremendamente útiles y, aunque jamás lo aceptaría, pasar un buen rato. Habían completado alrededor de veinte perfiles nuevos cuando Kyouya decidió que era hora de un descanso.
-Una botella de vino blanco estará bien- le respondió el joven a uno de sus sirvientes, quien había golpeado tímidamente la puerta para ofrecerles algo de tomar.
-¿Vas a desperdiciar una botella de vino en mí?- preguntó pícaramente Amanda mientras estiraba las piernas luego de estar horas en la misma posición.
-Se me antoja un poco de vino y sería de pésima educación no ofrecerte un poco. Además, trabajaste eficientemente, no veo por qué no.
Amanda sonrió y se volvió a tumbar en el sofá.
-Gracias- dijo simplemente mirándolo con ojos cansados.
-No sé qué es lo que agradeces. Puedes agradecerle a Joseph, él es quien está sirviendo las copas- dijo Kyouya señalando al sirviente frente a ellos.
-Muchas gracias, Joseph- respondió Amanda para sorpresa de Kyouya y del mismo Joseph, quien murmuró algo parecido a "Un placer" y se retiró aturdido.
El menor de los Ootori no podía creer lo distinta que se veía Amanda en esos momentos; era como otra persona. El cansancio le había hecho bajar la guardia completamente y, tras un par de copas, había dejado todo tipo de sarcasmo a un lado, haciendo preguntas que parecían derivar de auténtica curiosidad. Al parecer no tenía la misma resistencia que él para el alcohol.
-¿Qué quieres hacer cuando salgas del instituto, Ootori?- preguntó la castaña mirándolo fijamente.
-Mi padre es quien decidirá qué función darme dependiendo del potencial que el vea en mí, aunque el tercer hijo tiene bajas probabilidades de heredar algo- respondió casi sin pensar. ¿Acaso el alcohol se le había subido a la cabeza a él también?
-Eso es una estupidez. Eres jodidamente inteligente y talentoso. Podrías recoger un pedazo de basura y venderlo en ocho millones de dólares. No necesitas esperar a que te den una limosna y conformarte con ella si tú puedes tomarlo todo cuando quieras- le dijo Amanda bebiendo un trago de vino y apoyando su cabeza en el respaldo del sofá.
-¿Qué puedes saber tú de eso? No tienes interés ni necesidad de hacerte cargo de ningún negocio- comenzó a decir Kyouya cuando Amanda le arrojó el contenido de su copa en la cara.
-Era un maldito cumplido- dijo la salvaje mientras Kyouya se quitaba lentamente las gafas y las dejaba a un lado-. Deberías simplemente escuchar cuando recibes uno.
Esta vez fue la cara de Amanda la que quedó empapada de vino blanco.
-Este vino es carísimo- dijo Kyouya-. Debiste pensarlo bien antes de desperdiciarlo así.
-¿Acaso acabas de arrojarme vino en la cara?- preguntó Amanda casi sin poder creerlo.
-Creo recordar que tú comenzaste- se defendió el pelinegro.
Amanda lo miró incrédula. Lo siguiente que supo es que lo estaba besando. Quizás el alcohol había sido demasiado, pensó separándose rápidamente de los labios de Kyouya, procesando lo que acababa de hacer.
-Lo siento. Por un momento me pareció que tu actitud me estaba desafiando a hacerlo- se disculpó Amanda, sin entender bien lo que acababa de decir-. Mierda, lo siento- repitió, y pensaba seguir disculpándose cuando sintió los labios del chico sobre los suyos nuevamente. Kyouya la estaba besando de una forma demandante, sin darle un respiro y ella, por alguna razón, correspondía con la misma intensidad. Su cerebro le ordenó que se detuviera y en lugar de eso, ella mordió el labio inferior de Kyouya, quien soltó suspiro casi imperceptible y con un solo movimiento la sentó sobre sus piernas, sosteniéndola de firmemente de la cintura.
-¿Qué estamos haciendo?- preguntó Amanda cuando se separaron unos centímetros para recuperar la respiración, acariciando su pecho.
Kyoya volvió a besarla apasionadamente. La verdad es que no tenía una respuesta para eso y tampoco le importaba en esos momentos.
-¿Crees que es prudente hacer esto?- fue la siguiente pregunta de Amanda, mientras sus piernas rodeaban Kyouya, acortando la distancia entre ambos.
-No- respondió simplemente, ubicando sus manos bajo el vestido azul de la muchacha.
-Detengámonos, Kyouya- susurró Amanda clavando sus uñas en la espalda de Kyouya, quien no paraba de besar su cuello- Por favor- rogó.
-Mas vale que me des una buena razón- advirtió Kyouya deslizando el cierre que encontró en la espalda del vestido.
-Alguien llegó.
