s personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee.

Playlist:

1. Drake - Know yourself (Andrew Bazzi Cover)


—Entonces... ¿es niña o niño? —me preguntó Edward.

—¡Son mellizos! —le sonreí, recostándome en el sofá.

—No puedo creerlo —se sentó a mi lado, asombrado.

Lo asustaba la idea de dos hijos para su amigo Jasper, pero estaba feliz, como el resto de la familia, que al enterarse se pusieron el doble de atentos con Alice. Cuidado con lo que comes, cuidado con las escaleras, cuidado con esto, cuidado con aquello...

—Nena, llegó este sobre para ti —me dijo mi novio, dándome un sobre blanco con mi nombre escrito en letra cursiva.

Lo tomé y, al abrirlo, supe que era de John. Ahí estaba mi paga, eran unos mil y pico de dólares. ¿Dos mil tal vez? Sí, dos mil y pico. Estaba asombrada por haber recibido tanto dinero. Me parecía una locura, pero por otro lado no. Sabía que era lo merecido porque yo misma había visto a toda esa gente europea, eran una multitud.

Edward se puso contento por mí, porque sabía que era algo importante y que yo quería tener ahorrado ese dinero por alguna emergencia. Y no solo eso, quería enviarle a mi abuelo Raphael algo, sabía que lo necesitaba y que con su jubilación no podía vivir.

—Todo está bien por aquí, Isabel —oír su voz y tenerlo lejos me ponía triste pero sabía que pronto me visitaría.

—Me alegra saber eso, abuelo. ¿Sabes qué? Ayer mi amiga Alice, la que está embarazada...

—Sí, la recuerdo.

—Tuvo su primera ecografía.

—¿Qué será? —preguntó intrigado y sonreí, bebiendo café.

—Son mellizos, dos varones.

—¡Eso es increíble! —como todos, se sorprendió. Se puso contento porque así era Raphael, se encariñaba rápido con las personas. Eso era justamente lo que le había pasado con los Cullen.

—Sí, estamos ansiosos. No veo la hora de que los tenga para poder consentirlos.

—¿Cuándo vas a darme un biznieto, Isa?

Había una realidad: mi abuelo estaba viejo y no sabía si viviría mucho más. Podía que sí, pero también podría ser que no. Tener un hijo a mi edad no estaba mal, pero la diferencia era que yo no quería tener un hijo. Si venía, no tendría problema porque sabía que Edward también quería... ¿O no?

—No lo sé, abuelo. Pronto te daré una respuesta —reí nerviosa.

Colgué la llamada cuando me dijo que debía hacer compras. Miré a Edward que acababa de llegar del bar y le pregunté acerca de un embarazo.

—Nena, no lo sé...

—Sé que es una pregunta algo repentina, pero, cariño... Es un tema que debemos hablar tarde o temprano.

—Sí, después de que demos el gran paso —dejó sus llaves sobre la mesa y se quitó los zapatos.

—¿Qué gran paso?

—Casarnos —oh, lo había dicho—, pero aún no estoy listo, nena.

Era duro oír eso, pero estaba bien. Yo tampoco estaba lista porque quería seguir viajando y, siendo Edward mi esposo, todo cambiaría. Aunque la idea de ser su esposa me gustase, ninguno de los dos estaba listo.

—Yo tampoco, pero admito que, si me lo pides ahora, seré la mujer más feliz del mundo —lo abracé y sonrió—. Dime, ¿qué tal todo en el bar?

—Cerré el trato con Phil —nos sentamos en el sofá—, él aceptó todos los términos y condiciones.

—Eso es muy bueno, cariño.

—Por lo tanto, en dos días nos iremos con la banda a Chicago.

La banda, de eso se trataba ahora. De mi novio, de su banda, de sus viajes y las fans que lo acosaban. Era un asunto al cual no le prestaba atención, pero me abrumaba a diario el saber que, de a poco, estaba "haciéndose" famoso. Ya casi ni podíamos salir juntos a la calle. Me encabronaba porque sabía que estaríamos lejos no solo por mi culpa, sino por la de Edward también. ¿Y si me engañaba? Era una posibilidad. Confiaba ciegamente en él, pero la duda siempre estaba ahí.

El trato con Phil se basaba en que mi novio le dejaría el bar consignado. Todo lo que recaudase por semana sería dividido para los dos. Edward por poner el lugar "Paradise White" y Phil por atender y mantenerlo viento en popa. Era bueno para ambos. Un ingreso semanal no nos venía nada mal.

En la tarde, mi jefe me llamó para invitarme a su fiesta de cumpleaños. Cortaría el pastel y luego se armaría: baile, alcohol y descontrol. Así me lo había dicho él. Me dijo que era obligatorio que llevase a mis amigos, todos ellos. Vaaaya, tenía en mente a cada uno de ellos, solo restaba llamarlos y decirles que habría alcohol a cántaros.

Emmett fue el que dio el "sí" más rápido de todos. Todos vendrían a casa a eso de las nueve de la noche. Rosalie, Jasper y Alice. Ellos dos tardaron más en decirme que sí asistirían. Estaban algo paranoicos con el asunto de los bebés. Los entendía porque yo me portaría igual que ellos. Paul dijo que se daría una vuelta por el lugar con su esposa.

Edward me acompañó a comprar un obsequio para mi jefe. Llevaba su gorro puesto ya que las muchachas le pedían fotos y esas cosas. A mí no me molestaba, pero no me acostumbraba aún.

De entre tantas cosas, elegí una fina camisa a rayas azules. Era muy coqueta y el aroma de la tienda me gustaba. Mi novio también se compró algunas prendas de ropa como pantalones vaqueros y sudaderas. Estaba hablando con una disquera, allí empezarían a grabar y, con tanto éxito, saldría el primer sencillo en un par de meses. Mi querido Edward se estaba convirtiendo en una estrella en potencia.

Me duché junto con mi novio. Después me maquillé un poco y me vestí con la ropa nueva que había comprado en la tarde. Los chicos no tardaron en llegar bien lookeados. Alice se veía hermosa con ese vestido, al igual que Rosalie, con la diferencia que una lucía más atrevida que la otra. A Emmett no le molestaba que su esposa enseñase su cuerpazo, de todas formas, cuando llegaba la hora de dormir, él la tenía entera a su disposición.

Cuando todos estuvimos listos, condujimos hasta la casa de mi jefe. Allí estaba toda la onda. Lleno de mujeres ardientes y amigos de él, suponía yo, con ropa ajustada y esos peinados varoniles...

—¡Feliz cumpleaños! —le tendí el regalo y me sonrió.

—No era necesario —me abrazó—. Muchas gracias.

Se presentó con los demás e intercambiaron un par de palabras hasta que nos invitó a pasar. Todos estaban sonrientes porque mi jefe era muy bueno y los hacía sentir cómodos. Sharon también estaba en el cumpleaños de su tío. Estuvo con nosotros un momento, pero Raquel solo se acercó a saludar y se la llevó con ella. Educada pero no tanto. La imagen más linda fue ver a la pequeña rubiecita abrazada a John en todo momento. Él no disponía de mucho tiempo y, cuando se veían, se aprovechaban al máximo. Después de los festejos navideños, se unieron más.

—¿Cómo estás del estómago? —me preguntó mi jefe, bebiendo vino. Edward estaba a mi lado, los demás habían ido en busca de bocadillos.

—Mucho mejor, de hecho... —me quedé pensando en que el doctor había dicho que me llamaría en la mañana y ya estábamos en la noche. ¿Se habrá olvidado? Pensé— el doctor quedó en llamarme y darme los resultados de los estudios, pero me temo que se olvidó.

—Es cierto —añadió Edward, mirándome.

—Bien, esperemos que no sea nada grave —me palmeó el hombre y sonreí.

—Invité a un amigo, espero que eso no te moleste.

—Isabella, no es problema. Cuantos más seamos, mejor. Nos divertiremos más.

Cuando mi jefe se perdió en la multitud, Edward me preguntó de qué amigo estaba hablando. Le dije que había considerado invitar a Paul con su esposa. Mi novio lo tomó con indiferencia. Cuando supe que estaba fuera, salí a encontrarme con mi mejor amigo.

—¿Cómo has estado? —lo sorprendí por detrás.

—¡Bella! —me abrazó—. Hola, Edward.

—Hola —le sonrió mi novio y apreté su mano, estaba siendo muy falso.

—¿Viniste sólo? —le pregunté.

—No, con Jane. Allí está —miró hacia un coche y ahí bajaba ella.

Un peinado un poco alto y recogido, ese cabello pelirrojo, ese fino vestido color negro a juego con sus zapatos sin una mínima manchita, el collar con perlas que colgaba de su fino cuello, la cartera de mano que llevaba...

—Buenas noches —se paró al lado de Paul y me tendió la mano.

—Soy Isabella —la cogí—. Él es mi novio Edward.

—Es un placer —le sonrió ella, dándole la mano. Sonreía como si se le fuese cada diente en ella.

Cuando entramos, todo el salón se quedó mirándola como si fuese una joya. Paul y ella se veían bien tomados de la mano, pero no tan bien como mi novio y yo.

—¿Quién es ella? —Rosalie se acercó a mi lado, mientras que Ed conversaba con su hermano.

—Es novia de mi mejor amigo Paul. Se llama Jane —le respondí, sin dejar de mirar a la alta pelirroja.

—Es muy hermosa.

—No te creas —miré a mi cuñada—. Su piel es tan blanquecina que asusta. Es chueca para caminar, tiene los dientes astillados y...

—Bella —Ros tomó mi mano—, si no te conociese, diría que estás celosa.

¿Había yo escuchado bien?

—¿Celosa yo? —alcé mis cejas—. ¡Pf! Imposible.

—Bella, estás criticándola —rió y volví a mirar a Jane—. Eres hermosa, no tienes nada que envidiarle.

—No la envidio, es muy bonita.

—Algo me dice que... ese tal Paul te gusta.

—Rosalie, ¿qué estás diciendo? —la miré estupefacta.

—Solo bromeo, vamos con los muchachos.

Menuda manera de bromear. No me parecía gracioso porque yo bien sabía que no me gustaba Paul. Él era solo mi mejor amigo en la adolescencia y ahora que lo tenía en mi vida nuevamente... Algo me decía que no debía perderlo. Valía la pena.

—Te ves muy bien, Bella —mi cuñado me abrazó.

—Gracias. Este atuendo me lo compré hoy —presumí.

—¿Aquél quién es? —me señaló a Paul.

—Un viejo amigo.

—¿Por qué no lo invitas? —me preguntó Jasper y le hice una seña con mi mano para que se acercase.

Todos miraban a su esposa, ella sacaba trasero y busto como un pato. ¿Se creía una reina o algo así? En Boston las cosas no eran de ese modo, nadie era más que nadie. Quizás la fama se le había subido a la cabeza...

—¿Bebiendo? —nos preguntó mi mejor amigo, divertido, sin soltar la mano de Jane.

—Solo nos divertimos —sonrió mi novio, tendiéndole vino espumante.

Ella se presentó con los demás muy sonriente, tendiendo su mano como una princesa que no puede sacarse un moco. Con Alice nos mirábamos, entendiendo cada gesto a la perfección.

—¿Tú eres Isabella? —me preguntó Jane, estaba a mi lado.

—Sí.

—Paul me ha hablado mucho de ti.

—Espero que sean cosas buenas.

—Oh, sí. Él te aprecia mucho.

—¿Sí? Y yo a él —estaba ignorándola.

—¿Te ocurre algo? —me preguntó y la miré—, estás mirándome mal hace ya rato.

—No, lo siento. No fue mi intención mirarte mal —toqué su mano.

La hora del pastel había llegado. Las treinta y dos velas para John y nuestros aplausos para acompañar el tradicional cantito. Las amigas de mi jefe se acercaban a saludarlo, entre ellas, yo.

—Espero que se cumplan todos tus deseos —planté un beso en su mejilla.

—Yo también espero —me abrazó.

(1) Las luces blancas se apagaron y las de colores se encendieron, dándole así comienzo a la diversión. Mujeres con poca ropa se acercaban a darnos chupitos. Shots de vodka, cerveza, tequila, aguardiente. Mi jefe ya no vestía ese traje aburrido, ahora tenía puesto un pantalón vaquero, sudadera y zapatillas. El look que más me gustaba en él. También los varones socializaron un buen rato. Después de mucho tiempo, John se había encontrado con Emmett, su cuñado. Ellos tenían una espléndida relación y, por alguna extraña razón, Edward estaba contento de que el hermano de Raquel fuese mi jefe.

—Tu jefe se gastó un dineral en este cumpleaños —me dijo mi novio al oído.

—Sí, le gusta todo a lo grande.

—Nena, te amo —me tomó por la cintura.

—Y yo a ti, cariño.

Nos besamos, mientras la música sonaba y las temperas de colores caían del techo. Era un desastre, uno lindo, porque estaba con Edward. Esos labios, esos brazos fuertes con los cuales me rodeaba...

Me dejaba sin aire, me miraba y como tonta me perdía en él, en su rostro y, al tocarme con sus finos dedos, me estremecía. Lo amaba con mi vida entera, los demás sobraban a nuestro alrededor. Con tan solo pensar en todas las cosas que juntos habíamos pasado... se me llenaban los ojos de lágrimas y se me mezclaba tristeza con felicidad.

Alice se estaba mareando con las luces y el calor, así que la tomé del brazo y salimos al patio trasero. Muchos invitados estaban relajados en la piscina, a pesar del frío. Locos. Jasper salió preocupado, pero Al le dijo que estaba todo en orden.

—Sentía una patadita —rió, acomodando su cabello.

—Tienes cuatro piecitos ahí —nos sentamos en unos sillones de mimbre.

—No veo la hora de que nazcan mis pequeñitos —se tocó la barriga y reí.

—¿Por qué hablamos todo con diminutivos?

—No lo sé, Bells —me miró—. La mujer de tu amigo Paul no habla mucho, ¿verdad?

—No, me preguntó por qué la miraba mal. O sea, ¿qué? Idiota, no la miré mal...

—Amiga, te observé casi toda la noche y no le quitabas la vista de su cuerpo. Y chusmear con Rosalie sobre ella estuvo mal. Se dio cuenta, Bella.

—¿En serio? ¿Por qué lo dices? —la miré.

—Le dijo algo a su esposo en el oído y él te miró con mala cara —quizás por eso mi mejor amigo me ignoraba. Oh...

—Iré a hablar con él —me puse de pie—, ¿entramos?

—Me quedaré aquí un rato más, enseguida entro.

Lo vi besándola y dudé en acercarme. Vacilé como una adolescente al ver en ellos el amor. Y acerca del amor...

Lo extraño del amor es que puede hacer que tu corazón se ponga a latir muy a prisa y, de pronto, parezca detenerse. Lo extraño del amor es que puede hacerte reír y luego llorar. Lo extraño del amor es que no es justo: puedes ser amada por alguien a quien no amas y puedes amar a alguien que no corresponda a tu amor. Lo extraño del amor es que siempre vale la pena, y lo extraño del amor es que siempre está ahí, en alguna parte, en tu vida. Lo extraño del amor es que tienes que creer en él para que sea cierto y lo extraño del amor es que, aunque sea una historia diferente a la que esperabas, de alguna manera, finalmente se resuelve. El amor es extraño.

—¿Cómo la están pasando? —les pregunté, con una sonrisa.

—Bien —se limitó a responder Paul.

—Hace un poco de calor —reí nerviosa.

—Iré a buscar un trago —dijo Jane, alejándose.

No había nada que hacer ahí con Paul. No me dirigía la palabra y la timidez estaba comiéndome, ¿qué me sucedía?

A paso rápido subí las escaleras, sin saber a dónde iría. Edward estaba con los muchachos, divirtiéndose, sin preguntarse dónde estaba yo. Por lo tanto, subir y relajarme un rato no sería molestia. La casa era de mi jefe y sabía que no tendría problema alguno.

Entré en una habitación y ahí supe que era la recámara de John. En la pared colgaban cuadros hermosos, retratos de él con Sharon, con su hermana. Y... ¿qué era esa puerta? Había una puerta de cristal, pero no me permitía ver la otra habitación. Había fotos, eso estaba claro, eran de una mujer, pero no podía deducir más que eso. Solo supe que ese cuarto estaba lleno de fotos de una misma persona, la pregunta ahora era ¿quién sería?

—Me tomé el atrevimiento de seguirte —Paul me sorprendió en mi espalda y di un respingo.

—Creí que estabas enojado conmigo —le respondí.

—Jane es mi esposa y la miraste mal desde que llegó. Obviamente voy a molestarme.

—Sí, es cierto —aparté la mirada—. No sé por qué lo hice.

—¿No es ella lo que querías para mí?

—¿A qué te refieres? —fruncí el ceño.

—Como mejor amiga, esperas siempre que la otra persona sea feliz con alguien bueno...

—No la conozco mucho, pero hacen linda pareja. Por algo te casaste con ella.

—Porque no estabas tú —oh, se acercó y me tomó por la cintura.

¿Qué le pasaban a mis manos, a mi cuerpo? No podía moverme, estaba estática. Quería alejarlo y no podía hacerlo.

—Paul...

—Las cosas se dieron de una manera extraña —me apegó a él y quise abofetearlo, pero no pude—. No estabas tú en el altar, como habíamos planeado. Jane me enamoró y fue con ella con quien planeé una vida.

—No te juzgo, está... bien.

Cerró sus ojos y puso su frente pegada a la mía. Lo miré y me miró fijamente.

—No hay nada que podamos hacer ahora —murmuró—, ya es tarde.

—No quiero cambiar nada, Paul.

—Fumemos un porro —se alejó y me sonrió perverso.

—Eres un tonto —me senté en la cama y se sentó a mi lado.

—Estoy bromeando. Subí para que nos deleitemos un rato —sacó de su bolsillo un cigarro—. Desde la secundaria que no fumamos juntos. Apuesto a que todavía recuerdas la tarde que mi madre nos pescó.

—Sí, casi nos mata —reí.

—Olvida lo que dije recién, era un chiste. Y si Jane te cae mal, está bien.

—No me cae mal. Quizás me comporté como una tonta y lo siento.

—Ya está, fumemos.

Hacía tiempo que no fumaba algo tan fuerte. El aroma a la hierba se sentía en la habitación de mi jefe, menuda rebeldía. Los ojos de Paul se tintaban colorados y mis mejillas comenzaban a arder. A la décima pitada, mi celular recibió un mensaje de texto.

Edward — 2.38

Nena, Emmett se emborrachó y tuve que llevarlo a su casa junto con Rosalie. Estoy en nuestro nido de amor. Te espero aquí.

Bella — 2.40

Bien, cariño. Iré en un rato.

La noche siguió de maravilla. Me había fumado varios cigarros con Paul, pero supe que era hora de irme cuando a lo lejos vi el sol. Le pedí que me llevase hasta mi casa, allí estaría Edward, que en la tarde partiría a Chicago junto con su banda.

Jane, su esposa, también se había retirado antes porque estaba cansada. No me despedí de John porque, a decir verdad, no lo había encontrado. Antes de salir, abrí una de las ventanas para ventilar la habitación y dejar que saliese ese olor a hierba tan fuerte.

—Me lo he pasado muy bien —me sonrió Paul, cuando estuve a punto de bajar frente a mi nueva casa.

—Yo también —reí, algo volada por el cigarro.

—Espero que pronto volvamos a reunirnos.

—Si quieres puedes venir a cenar con... Jane.

—Lo tendré en cuenta, Bella —tomó mi mano—. No olvides que este será nuestro pequeño secreto.

—¿Lo del porro? Claro que sí, ni una palabra a nadie.

—Adiós —me abrazó y me quedé un instante en su hombro.

Olía como en la preparatoria con ese perfume tan masculino, no podía dejar de olfatearlo. Me dormiría en sus brazos si me quedaba un segundo más allí.

—Bien, espero verte pronto —lo besé en la mejilla y bajé.

No había nadie en la sala, Edward estaba en la cama. Nuestra cama, desparramado, en calzoncillos. Me desvestí, me di una dicha caliente para relajar mi cuerpo y me rendí en el colchón. Sentí que se me iba la vida en ese sueño profundo que mantuve hasta el mediodía.

El dilema fue al despertar, que vi a mi novio preparando su maleta para instalarse una semana en Chicago. Semana en la cual yo no viajaría y estaría en casa, sola, completamente... sola.

—No quiero que te vayas... —murmuré, abrazándolo.

—Serán solo unos días —acarició mi cabello y enredé mis piernas con las suyas.

—Lo sé, pero no quiero tenerte lejos.

—Solo tocaremos en algunos bares locales y en un festival a beneficio —besó mi frente—. Será televisado, espero que me veas.

—Y yo estaré aquí en casa, quizás invite a Alice para que se quede conmigo.

—Hablé con John, él me dijo que te visitaría.

—¿Hablaste con mi jefe?

—Sí, Bella. Puede ser extraño, pero confío en que te quiere como amiga y ahora estamos hablando más seguido.

—¿Ah, sí? —le sonreí—. ¿De qué hablan más seguido?

—Él me aconseja sobre qué aviones tomar y eso. Todo mediante mensajes de texto y llamadas.

Me alegraba saber que mi novio se había quitado esas raras ideas de su cabeza, al igual que yo, sabía que John era mi jefe y buen amigo. Nada más que eso.

—Se irá en la tarde, Al —dije con tristeza, tomando café mientras Edward se duchaba.

—No estés triste, iré en la noche a dormir contigo —me dijo y sonreí.

—Te lo agradecería mucho, amiga.

—¿Tiene todo listo? ¿Lo acompañarás al aeropuerto?

—La maleta ya está en la entrada y no, no quiere que vaya porque dice que será triste. Al igual que cuando yo me voy...

—Entonces esta noche será solo de nosotras y, bueno... mis dos bebés —me la imaginé tocándose la barriga.

—Sí, hay mucho para hablar —reí.

—Jasper tiene una cena de negocios, podrá quedarse solo hoy.

—¿En serio? ¿La empresa progresa?

—No te das una idea de qué tan bien va todo. Y, por otro lado, tengo un caso entre manos. Un hombre golpeó a su mujer y le quiso quitar sus hijos, tremendo lío.

—Qué feo eso. Edward ya terminó, te espero.

—Iré más tarde, Bella.

Vestía unas bermudas, una sudadera de The Who, zapatillas rotosas y, aun así, parecía un príncipe salido de un cuento. Era perfecto para mí, para nadie más, solo para mí. Me tenía y yo lo tenía. Nos amábamos, nos entendíamos y, por sobre todas las cosas, nos valorábamos.

—Voy a extrañarte mucho —sollocé en su hombro.

—Nena, serán siete días.

—Pero no quiero que te vayas —lo miré—, por favor, quédate conmigo.

Me abrazó fuerte, haciéndome perder cada miedo que me atormentaba. Besó mi frente y supe que él era mi mundo, él era todo lo que estaba bien en mi patética vida llena de mierda. Edward estaba en mi lío, en mi desorden cotidiano y no le importaba. A mí tampoco, me gustaba que fuese parte de ese lío... Tan perfecto.

—No puedo, cariño, tengo que ir —me tomó de la cintura—. A mí sí me duele dejarte.

—¿Crees que a mí no? ¿Estás diciendo que cuando me voy el único que sufre eres tú?

—No dije eso.

—Lo pensaste y lo insinuaste —me alejé—, pero está bien. Si quieres pensar eso, haya tú —lo miré con mala cara y retrocedí unos pasos.

—Bella, no quiero irme peleado contigo. Quiero que estemos bien.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y dudé medio minuto acerca de lo que estaba por decir.

—¿No te das cuenta? —fruncí el ceño, llena de ira—. Peleamos a diario por cualquier estupidez. ¿Qué clase de novios pelean así? Digo algo y ahí estás tú cuestionándome.

—Isabella, tú haces lo mismo y no me quejo.

—Estoy cansada, yo sí me quejo.

—¿A qué te refieres con que estás cansada? —ahora él se alejaba.

—Será mejor que te vayas, ahora —miré hacia el suelo.

—¿No quieres que estemos juntos? —se acercó y se puso frente a mí—. ¿Así es como quieres terminar conmigo?

—Edward, tienes que irte —me enjugué las lágrimas y lo aparté.

Se dirigió a la puerta y me lanzó una mirada triste. ¿Qué había hecho? No, no, no.

—Edward —lo tomé del brazo.

—Está todo más que claro —se soltó de mi agarre y, al hacer un paso más, volteó.

Caminé hacia él y lo abracé fuerte.

—No quiero que te vayas —sollocé en su hombro.

—Nena, no vuelvas a decir algo así.

—Lo siento. Es solo que te necesito aquí conmigo...

—Así, es como me siento yo cada vez que te vas —me besó en los labios.

—La distancia nos está afectando... Para mal —le sonreí tristemente.

—Cuando regrese, entonces, buscaremos una solución para esta relación que según tú, no está funcionando —me miró y se alejó—. Adiós.

Mi móvil sonó cuando entré. En un mar de lágrimas, contesté.

—¿Hola?

—Buenas tardes, ¿señorita Swan? —era una voz conocida, pero fui incapaz de reconocerla.

—Soy yo, ¿quién habla?

—Soy el doctor Colleman.

—¡Oh! ¿Cómo ha estado? Estuve esperando su llamado...

—Sí, bueno, los resultados se atrasaron un poco.

—¿Salió algo mal?

Se quedó callado unos segundos y suspiró.

—Isabella, todos sus síntomas nos indican una sola cosa.

—¿Qué es? —le pregunté.

Madre santa. Me comía las uñas, los nervios y la intriga me consumían. El doctor no hablaba, se había quedado callado y no me respondía. ¿Tendría algo que ver con mi pérdida de la memoria? ¿Sería otra cosa...?

O, peor aún, yo sabía de qué se trataba y no quería asimilar la idea.


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias por leer. No olviden dejar su review.