CAPÍTULO DIEZ:
"El enemigo más temible no es el que se presenta, sino el que se esconde bajo nuestras propias sombras"
Abandonado el firmamento, el astro rey desparecía lentamente llevándose con él los últimos haz de luz. Los brillantes y contrastantes colores del ocaso, cubrían la bóveda celestial desde tenues azules hasta índigos y negros con tintes carmines y rosas.
El silencio dominaba por completo los pasillos de palacio, sus habitantes, temerosos a las penumbras que rodeaban las paredes de mármol, se resguardan en sus habitaciones, así como algunos regresaban a sus hogares siguiendo su instinto de salvaguarda. Ante el avance de las penumbras, impávido en la habitación del trono, se hallaba la silente figura aquel personaje, quien había retornado a las tierras de Lorule bajo la máscara y estandarte de ser el guerrero elegido por las diosas, el protector del reino.
Apreciando como la calma llenaba su cuerpo, el caballero disfrutaba de la soledad del recinto mientras observaba con seriedad aquella ancestral y grande silla que representaba el poder absoluto de la monarquía, permitiendo por un minuto que un brillo de envidia y celos cubrieran su blancas pupilas, al tiempo que posaba una de sus desnudas manos sobre el brazo del trono, sintiendo con su tacto la textura de la madera tratada y cada una de los tallados trabajos con el que había sido construido.
Guiado por su mórbida fascinación, poco a poco el guerrero comenzó a acercarse por completo al sitial hasta posar su cuerpo sobre este, apreciando como su peso se sumía en los rojos colchones y su espalda tocaba las delicadas y suaves telas, dejándole disfrutar de aquella sensación que solo los miembros de la realeza tenían permitido. Consumido por las imágenes de su mente, el paladín podía visualizar perfectamente el mundo que él deseaba construir, la fantasía que lo había guiado hasta aquel lugar, que siempre había deseado, ansiado, y pronto estaría al alcance de sus manos.
- ¡¿Voira, pero qué demonios estás haciendo?! ¡El trono solo puede ser ocupado por miembros de la realeza! – expresó iracundo el antiguo rey y padre de la princesa, mientras entraba a la habitación.
Ante el grito de su apellido, el aludido abrió sus parpados, posando su pupilas sobre el cansado y enfermo cuerpo del anterior regente, quien con dificultosos pasos, apoyado sobre su bastón, caminaba hasta su encuentro, notando como su respiración se dificultaba con cada movimiento, hablando del deteriorado daño en el que se encontraba.
- Esta bien que esté de acuerdo con tu idea de casarte con mi hija, pero por ningún motivo permitiré que abuses de la autoridad que te estoy dando. ¿Qué son esas exclamaciones y quejas que he oído en contra tuya entre los nobles?
- Tranquilo, mi señor, le aseguro que no más que simples rumores de la corte. Lamento si mi actitud lo ha ofendido, pero no pude evitar reprimir el deseo de sentarme sobre la real silla, ante ello me disculpo. – replicó sin miramientos y con obediencia absoluta el caballero, mientras se retiraba lentamente del asiento, al tiempo que se acercaba con pasos seguros al actual soberano, quien con un desafiante movimiento de su mano, rechazó la oferta de ayuda que este le estaba brindando.
- Cuando un hombre te llama ciego lo tomas como un simple insulto, pero al tercero es momento de valorar vuestra vista. He escuchado terribles palabras sobre su actuar en estos días, así como estoy preocupado por mi hija… ¿Dónde está Hilda? -
- Alteza, le aseguro… -
- ¡No me asegures ninguna de tus mentiras! Estaré viejo y enfermo, pero aún sigo estando lucido de mi mente. Sé que he cometido terribles errores en el pasado, por ello no permitiré que el reino sufra nuevamente... por eso te preguntare una vez más, ¿dónde está mi hija?, ¿acaso es cierto que las encerrado en las mazmorras?
Manteniendo su seriedad y prudencia, el paladín se arrodilló frente al monarca mientras bajaba su cabeza y vista, repasando en su mente las palabras que expresaría, valorando sus opciones y las consecuencias de estas.
- Así fue, Alteza, pero ha escapado y huido del palacio.
Sintiendo como la sangre se helaba en su interior, apresando por completo su corazón, buscando el soporté de bastón ya que sus piernas habían perdido la capacidad de poder sostener su peso, incrédulo, el monarca cerró sus ojos ante la imagen de su amada hija, la luz de sus ojos, el recuerdo de amada esposa, su gentil y noble Hilda, la que había sufrido tanto por sus estúpidas acciones, quien había aceptado aquella pesada carga sin miramientos ni excusas, a pesar de lo difícil y esclavízate que era, siempre mostrando su mejor sonrisa y sobre todas las cosas su amor por el deteriorado reino que él había construido. Su amada pequeña guardada en las mazmorras, en aquel lúgubre lugar donde encerraban los má viles y bajos seres, donde dejaban atrapados en aquellos encierros a los que no merecían ver la luz de un nuevo día, a perder sus vidas en la oscuridad y la desesperanza en aquellos crueles encierros, para ahora estar vagando sola entre los peligros que habitan fuera de las murallas del palacio, sin ayuda, afligida, sin protección, a la merced de abusadores, estafadores, mercenarios y asesinos que no dudarían en lastimar por obtener una recompensa, por llenar sus bolsillos de oro, o peor aún, herirla físicamente para disfrutar de sus placeres como mujer.
- ¡¿Cómo Pudiste?! Mi hija, mi amado retoño…sola en el reino, sin cuidado y protección.
- Alteza, por favor, déjeme explicarle. Ante su rechazo, yo creí prudente…
- ¿¡Por su rechazo!? Cuando acepté darte su mano, era porque estaba seguro que serías un compañero para ella, no que te comportarías como una bestia… ¿En qué demonios estabas pensando? ¿Acaso a eso le llamas cortejo? ¿El encerrar a la mujer que deseas en un celda contra su voluntad?
Hastiado e iracundo, sin poder seguir escuchando las frases de aquel estúpido, del infeliz que había lastimado a su pequeña, el monarca golpeó con su bastón el suelo, mientras internamente se recriminaba a si mismo por no haber impedido aquel acto; acordándose como su princesa se había acercado a él, suplicante de que no la uniera con ese joven, instándole que no era solo por su bien, sino también el del reino, mas ante la prueba de que aquel guerrero era el héroe elegido y portaba la bendición de la diosas, é había deseado unir ambos para asegurar la prosperidad del reino, pero se había equivocado por completo, y nuevamente su errores lo estaban pagando las personas que más amaba.
- Esto se termina aquí. De ahora en adelante, no te quiero cerca de mi hija, ya hablaremos de tus acciones y el castigo que recibirás por ella… en este momento solo importa la seguridad de la princesa. ¡Retírate de mí vista!
- Me temó que no puedo hacerlo, Alteza…
Ante la fría respuesta de su subidito, el regente, enardecido, se volteó listo a poner en su lugar al paladín, mas sus palabras fueron cortas al sentir que una fuerte punzada lo impactaba. Incrédulo, el gobernarte parpadeó un par de veces mientras sus manos perdían el agarre de su bastón, haciendo que el sostén de madera cayera al suelo. Haciendo que el sonido del impacto resonara en el eco del recinto. Intentado mantener el equilibrio, el rey se sostuvo con sus débiles manos de la figura del guerrero que había por completo cubierto su cuerpo, al tiempo que guturales gorgoteos cubrían su boca, mientras sus pulmones perdían la capacidad de mantener el oxígeno al llenarse lentamente con el líquido vital, creando fuertes palpitaciones de su corazón mientras la incredulidad y la desesperación llenaban en su mente al no entender lo que acaba de suceder.
- La princesa y su reino serán míos, alteza.
Aterrado al escuchar aquellas palabras mientras apreciaba el sabor metálico de la sangre sobre sus pupilas, sin poder seguir manteniéndose de pie, perdiendo su equilibrio al tiempo que su cerebro cesaba sus funciones vitales, luchando hasta sus últimos agónicos momentos, el regente balbuceaba silentes palabras mientras la muerte clamaba su alma, haciendo que la luz de la vida desapareciera por completo de sus pupilas.
Impávido ante su cometido, el caballero dejó caer el inerte cuerpo del monarca sobre el pulido suelo, observando con mórbida fascinación como aquel carmesí líquido se expandía por el mármol, llenado cada célula de su cuerpo y mente con satisfacción.
- Al amo no le gusta lo que has hecho…
Sobresaltado por la repentina voz, el supuesto paladín volteó su cuerpo en un ágil movimiento, apuntando su filosa espada contra la oscura presencia que se había materializado atrás de él. Tras un par de segundos, reconociendo la imagen de la sombra que lo observaba, hastiado ante la llegada de aquel ente, limpió la vaina de su arma con un movimiento de su muñeca.
- Al maestro no le importa lo que yo haga, mientras obtenga lo que él desea.-
El espectral ente guardó silencio al tiempo que continuaba observando la actitud del caballero, para después posar sus pupilas sobre el cuerpo regente.
- Cierto, pero eso no te exonera de las consecuencias de tus actos.
- No quedaba remedio, la princesa es una pieza clave. No podemos correr riesgos.
Comprendiendo perfectamente el significado de las palabras y la justificación de las acciones del caballero, penumbroso ser acercó al inerte cuerpo, posando una de sus etéreas manos sobre su rostro mientras comenzaba a pronunciar antiguos e indescifrables vocablos. Creando una extraña niebla con sus poderes, la cual ingresó al cadáver del monarca, provocando que instantáneamente se incorpore de manera súbita.
- Otra sombra, ¿cuantas más de esas tendrás que crear? Odio estar rodeado por esos espectros.-
- Irónicas palabras para un ente como tu…Haré las que sean necesarias mientras esperamos la llegado del amo, además la presencia del rey será vital para obtener a la princesa.
Molesto pero consiente de las palabras de aquella penumbrosa criatura, el caballero dejó salir un largo suspiro al tiempo que observaba con detenimiento su mano, trazando con sus pupilas la sagrada marca de las diosas que estaba en su dorso, haciendo llenar su alma de aprensión y furia, despertando dentro de él aquel deseo reprimido que lo comandaba, por el cual había jurado lealtad aquel demonio.
*** En el refugio ***
El silencio gobernaba en la gruta, pero a pesar de la protección que el lugar proporcionaba para los habitantes de ella, el joven mercante no podía conciliar el sueño, ya que terribles imágenes seguían invadiendo sus sueños. No deseando despertar a su amada princesa, le mercante había abandonado la seguridad del lecho donde ella descansaba, el cual habían compartido cuando la doncella le suplicóque se quedara a su lado hasta que las arenas de la soñolencia se apoderan por completo de su ser.
Sin saber qué hacer realmente, Ravio solo observaba su reflejo en el manantial, apreciando como la luz y las sombras de las antorchas jugaban con la imagen de su rostro, creando en su mente distintas imágenes de la percepción que el tenia de sí mismo. Sabía que aún quedaban conversaciones pendientes con su amada, pero todo aquello había sido olvidado al estar juntos nuevamente, y más después de haber compartido aquel beso, aquella caricia tan íntima que lo había estremecido hasta el fondo de su corazón, llenándolo de esperanza y fortaleza al saber que la doncella compartía los mismos sentimientos que él tenía por ella, pero a pesar de aquella felicidad que inundaba su ser, un terrible pensamiento seguía presente en su mente, las vividas imágenes de los recurrentes sueño que continuaban plagándolo, siendo este uno de los más terribles que había sufrido.
Lavando su rostro con las frías aguas, intentando calmar la ansiedad que lo había gobernado, el joven mercader buscaba nuevamente consuelo en la soledad de aquel lugar, pero cada vez que cerraba sus parpados se veía atormentado con aquella terrible escena, donde su amada era sometida con brutalidad contra los deseos de aquel extraño hombre que se hacía llamar el héroe legendario, no solo lastimándola física y emocionalmente, mientras gritaba desesperadas suplicas, llamándolo una y otra vez, mientras aquel hombre abusaba sexualmente de ella, bajo la oscura presencia de una terrible sombra, la cual no paraba de producir una macabra risa.
- ¿Nuevas pesadillas?
Sobresaltado ante la voz de su maestra, sorprendido, Ravio alzó sus brillantes pupilas esmeraldas contra la imagen de la guerrera Sheikah, quien se había acercado hasta su lado. El tiempo que había habitado y convivido con ella, había creado una fuerte confianza y afinidad, haciéndole confesar sus pensamientos y el secreto de sus sueños, teniendo por primera vez el valor de expresar aquellos temores que lo inundaban.
- La peor hasta ahora. ¿Por qué me asedian estas imágenes? – cuestionó con resignación y desosiego, buscando el confort que solo la guardiana le proporcionaba.
Topaz solo observaba con detenimiento el actuar del su protegido, apreciando las oscuras marcas debajo de los ojos este, así como la palidez de su piel. En noches anteriores, cuando las palabras no eran suficientes para calamar el alma del joven, había recurrido a su conocimiento de brebajes y hiervas para ayudarlo a conciliar el sueño, algo que parecía que necesitaría en ese momento.
- Tu padre sufría de sueños proféticos, él siempre decía que eran advertencias de las diosas para sus más cercanos elegidos… Ayudarlos a prepararse contra las adversidades que se avecinaban.
Ante las palabras de su maestra, el joven no pudo evitar fruncir su seño mientras contemplaba el significado de ellas; advertencias sobre el futuro. ¿Acaso estaba destinado ver sufrir a su amada? Ya bastante le había costado y dolido la forma en la que había sido herida y manipulada por Yuga, para ahora ser asediada por aquella oscuridad o sombra, y ese hombre.
- Pero no quiero que sufra más, bastantes calumnias y problemas ha sufrido Hilda, como tener que pasar por esto.
- El futuro no está escrito, estoy segura que las diosas tampoco lo desean. Es por ello que envían esta advertencia, para poder evitarlo, para que puedas salvaguardarla.
- Tengo miedo a fallarle. Antes pude salvarla gracias a Link con su valentía y fuerza… Pero ahora solo estoy yo. – replicó con inseguridad y derrota el mercante, volviendo a posar su vista sobre su reflejo en las tranquilas aguas.
- Y eso es más que suficiente.-
Ante la simple, pero segura respuesta de su maestra, el joven no pudo evitar buscar aquellas ambarinas pupilas, apreciando como la determinación, la confianza y la seguridad brillaban en ellas, algo que él tanto deseaba poseer, ya que siempre dudaba de sí mismo y de sus habilidades. Estaba tan acostumbrado a ser nadie, a representar nada, que temía realmente que aquellos sueños se volvieran realidad.
- Sé que tienes miedo, que dudas de ti mismo, y eso es normal, todos siempre somos presa de la duda, pero lo importante es no dejarnos rendir ante ella, sino el hacer acopio de nuestras propias fuerzas y enfrentar nuestros temores… Esa es la naturaleza del valor… ¿O es que acaso que estás tan intimidado por aquellas pesadillas, que no harás nada por detenerlas y dejaras que se realicen? ¿Qué es peor, luchar aunque la derrota y la muerte sean tu recompensa, o vivir siempre con la culpa por tu cobardía?
- Topaz… -
- No me respondas ahora, solo piénsalo…
Sabiendo que su conversación había llegado a su final al notar la silente sombra que los esperaba, la experimentada guerrera se puso de pie, abandonando a su pupilo en la profundidad de sus pensamientos, conociendo perfectamente la gran capacidad intelectual de este, la cual se convertía en un arma de dos filos, como lo ayudaba a mejorar y así como lo atrapaba y detenía.
Sintiendo la mirada de aquella firme mujer sobre su persona, aun un poco intimidada por su presencia, la aristócrata solo guardó silencio, deseando por un instante entablar una conversación con ella, pues deseaba conocer más sobre la tribu ancestral que había cuidado a la familia real, así como la tutora de su amado, quien había cambiado tanto en tan poco tiempo y estaba segura que esa transformación se debía al tiempo que había pasado el mercante bajo su tutela; en especial en aquel momento que deseaba ir al lado de su mejor de infancia, al notar su afligida figura, llenado su corazón de fuertes sentimientos, pues ella misma se había despertado bajo el yugo de la ansiedad al estar sola en aquel desconocido cuarto, haciéndola cuestionarse si realmente estaba a salvo, y no en aquellas lúgubres mazmorras.
- Ravio lo necesita, alteza, tanto como usted a él.
Azorada ante aquellas palabras, pero reconfortada por ellas, sin dudarlo más, la princesa abandonó la seguridad de su refugio para acercarse lentamente hasta donde yacía sentado el mercader, el cual al escuchar aquellos pasos, alzó sus vista, haciendo que rubí y esmeralda se encontraran, transmitiendo por medio de ellos todas las palabras y emociones que no sabían cómo expresar. No deseando permanecer un momento aparte entre ellos, la monarca caminó hasta quedar frente al mercante y con seguros movimientos tomo su rostro en su manos.
Bajo el suave tacto de los dígitos de su adorada, sin poder evitar disfrutar de aquellas caricias, aun manteniendo su vista contra los rojizos iris de la mujer que significaba la vida misma para él, dejando que su instinto lo guiase, y controlado por aquel indescriptible, pero fuerte sentimiento que lo dominaba, se levantó lentamente, mientras se acercaba hasta eliminar la distancia que lo separaba. Unidos por el fuerte latido de sus corazón atrapados en aquel hechizo que ellos mismos habían creado, sin poder resistir la tentación y la necesidad que crecía en su interior, sin poder evitar responder ante el impulso, en un delicado y suave movimiento, Ravio capturó los labios de la soberna en los suyos, uniéndose aún más a ella de aquella forma tan íntima y especial como siembre había deseado, robando con su gesto los pensamientos de la doncella en su mente, la cual solo podía disfrutar aquel maravilloso sentir que despertaba dentro de ella, para después lenta y tortuosamente separase de ella y murmurar las ansiadas y deseadas palabras que ambos necesitaban escuchar, la cuales sellarían para siempre su destino
- Te amo…
Notas de autor: Un poco tarde de lo normal, pero no quiere decir por ningun motivo que no dejaría de escribir o actualizar. Gracias a todos los que han apoyado esta maravillosa nobela por dejame sus comentarios, de verdad se los agradesco.
Sin mas que decir y solo espero que sigan leyendo y comentando esta maravillosa historia, los dejos por ahora y espero actualizar pronto, gracias.
