Capítulo 10
A lo largo de los últimos meses Lily había llegado a conocer más de los tonos e inflexiones de James que en los seis años que habían pasado viéndose a diario durante el curso escolar. Salieron juntos del pub y se metieron hasta el extremo opuesto del callejón inmediato. En el momento de transplanar, le dio la mano con naturalidad y él la cerró en torno a la suya como si no hiciesen nunca otra cosa al salir juntos a la calle. Aparecieron en la plazoleta oscura y sin decir palabra se dirigieron hasta el portoloin. Lily se había apartado entre tanto, pero en el momento de irse se la volvió a dar y esta vez él la cogió con fuerza.
Al volver a poner los pies en la sala de Howgarts, James dirigió hacia los dos un par de sortilegios destinados a quitarles los olores y los grados de alcohol superfluos; ella, por su parte, se arregló el pelo y tras estudiarle le hechizó de vuelta a su estado habitual de despeine. James parpadeó en agradecimiento. Luego salieron de nuevo al pasillo.
Lily creía que se irían de entrada al pasillo que había indicado JB en su nota y se esperaba a medias a que James le dijese que cogiese el portoloin de vuelta. No hizo ni uno ni otro: se estaba dirigiendo a la sala común de Gryffindor.
Vieron que había un problema mucho antes de llegar frente al retrato de la Dama Gorda. Un pequeño grupo de gente, Gryffindors de todas las edades, estaba congregado delante de él. Algunos estaban sentados en el suelo, otros discutían entre sí en voz baja y por momentos. Estaban tensos y cansados y hasta los más impacientes parecían tener la voz amortiguada. Eran las dos de la noche.
Se les iluminaron las caras al verlos acercarse. Lily era consciente del aspecto que debían tener ella y James a sus ojos. Eran mayores, y transmitían sensación de tranquilidad; avanzaban por el pasillo con las capas ondeando detrás de ellos y probablemente vivían uno de los momentos más cool de su joven existencia.
Se dio cuenta de que Emily Gardner estaba entre ellos cuando intentó identificar a la chica que se había acercado a James a paso rápido desde el momento en que los habían visto. Ella también sonreía de alivio a pesar del ceño fruncido y de su tono de reproche.
- Gracias a Merlin, James, estaba a punto de ir a buscarte.
Lily le echó una ojeada. Todo rastro de inquietud se había borrado de su cara; sus labios no estaban totalmente horizontales, y aunque estaba serio, no parecía irritado.
- ¿Qué pasa aquí, Em?
La Dama Gorda, que por lo visto quería mucho a James, respondió en su lugar.
- ¡En todo el tiempo que llevo aquí, no me había sucedido semejante cosa! Por más que lo intento, no me logro abrir. Es como una sensación en los dedos de los pies. Es de lo más humillante, así que te rogaría, joven James, que pusieses término a esta situación en el más corto plazo.
Luego juntó las cejas y sacó el dedo y refunfuñó:
- ¡Y se puede decir que me lo debes!
James asintió, le dedicó una breve inclinación y le aseguró que en breve se ocuparía de ello, pero Lily vio que estaba pensando en otra cosa. Suspiró y se volvió hacia ella, y ella no pudo evitar sonreírle. De repente todo tenía mucho mejor aspecto.
- Escuchad, vamos a hacerlo así, empezó James con tono autoritario, pero sin alarmas. Lily, ¿te puedes ocupar de esto?
Ella asintió. Había hecho unos cuantos trabajos extraordinarios sobre barreras y blocajes y estaba casi segura de ser la mejor del colegio en esos aspectos. No sabía como él podía saberlo también pero era halagador. Se adelantó hasta el retrato, le pidió a la Dama Gorda que se fuese a tomar el té o lo que fuese que tomase a esas horas de la noche con su amiga Violet y procedió a musitar sortilegios y sacar su elenco de pociones de bolsillo, las nueve, por amor al arte.
En ningún momento perdió de vista a James. Tardó unos treinta segundos en dar la vuelta a la situación y convertir una multitud de pequeños grupos de alumnos aburridos y somnolientos en un conjunto alerta capaz de hacer frente a lo que hiciese falta, dentro de lo razonable:
- Por aquí, los alumnos de cuarto para abajo. Los de quinto para arriba, por aquí. Los de quinto que no tengan confianza en sí mismos y en sus habilidades en un duelo medio serio, que se vuelvan con los demás. Los de cuarto que si las tengan, conmigo.
Se giró hacia Lily. Automáticamente, su tono cambió a uno más suave, pero no abandonó el imperativo.
- Cuando lo consigas reúnete conmigo en la sala de JB -Entonces señaló a uno del grupo de los de quinto que se había unido a los más mayores- Tú, en cuanto ella lo logre te aseguras de despertar a todos los alumnos de séptimo y de enviarlos al Gran Comedor. Todos los demás, para dentro y a la cama, sin más excepciones que las que yo diga.
En ese momento se fijó en que algunos de los que le miraban parecían cada vez más sorprendidos. La misma Lily se preguntó si no estaría exagerando sólo por dos hecho vagamente inquietantes –ella misma había llegado a estar mucho más preocupada por lo que había resultado ser gamberradas de los Merodeadores. Pero James funcionaba por instinto en esos casos y su instinto estaba en pie de guerra. Les fulminó con la mirada y soltó:
- Si confiáis en mí, haréis lo que yo os diga. Y al que no lo haga, le sacaré puntos y ya está.
Por último, le lanzó a Lily un "hasta luego" que esta vez ella no oyó y se fue hacia el tercer piso, apenas un cuarto de hora después de que JB escribiese en el pergamino el mensaje que le había llegado a James.
Bajaron las escaleras a toda prisa. Aparte de James, iban dos alumnos de séptimo curso, cinco de sexto, tres de quinto y dos de cuarto. Entre ellos, Glynnis y Emily eran las más cercanas al Premio Anual; todos se habían quedado atrapados fuera de la Sala Común tras trasnochar sin permiso en otras partes del castillo. En días normales, habría habido más gente.
Al llegar a la sala dónde James pensaba encontrar a JB vieron con consternación que la puerta estaba sellada por otra barrera no muy diferente de la que habían encontrado en la puerta de su propia casa. Él no pareció sorprenderse mucho, pero si para asustar a los demás no había bastado la propia actitud del Premio Anual, eso bastó para que se convenciesen de que algo excepcional y nada bueno se estaba tramando en el castillo en ese momento.
James, sin embargo, apenas se inmutó. Cuando los demás dejaron de murmurar y se volvieron hacia él, estaba reclinado contra la pared, con la varita fuera y a su vez concentrado en romper el hechizo de la puerta. Al cabo de unos segundos, renunció y volvió a dar órdenes con el mismo tono preciso y controlado que había empleado antes.
- Emily, vete con uno de cuarto a avisar a la Profesora McGonagall. Dile que creo que está relacionado con lo de fuera.
Eso quería decir, para todos, que tenía que ver con la guerra y con los Slytherin. Automáticamente, todos sacaron la varita. El ambiente se prestaba a la histeria, pero la presencia sedante de James y la de la tranquila Emily, en menor medida, mantenía a ralla los nervios.
James se giró hacia el cuarto curso que quedaba antes de que Emily hubiese desaparecido por el pasillo y le dijo:
- Tú y este, señalando a uno de séptimo que se llamaba Rowann y que era lo bastante callado para que James se preguntase qué demonios hacía fuera de la Sala esa noche, os volvéis a la Sala Común. Le decís a Evans que baje inmediatamente aquí aunque no haya acabado con la barrera. Rowann seguirá intentándolo, pero tú acompáñala hasta aquí. ¿He de mencionar que cuidéis de los de ascendencia muggle?
A continuación, tomó a Glynnis aparte y le dio instrucciones para volver a la clase donde habían dejado el portoloin abandonado. Le dijo que lo cogiese y se quedase esperando a que apareciesen Remus, Sirius, Peter, Rudy, Debbie, Ethan y Laura. Cuando estuviesen juntos, tenían que volver lo más rápido posible al colegio.
- ¿Y si no aparecen? Preguntó Glynnis.
- No te preocupes. Lo harán.
Un alumno de séptimo curso, cuatro de sexto, tres de quinto
A continuación, estudió lo que le quedaba de efectivos y les separó en dos parejas de un alumno de sexto con uno de quinto, una de uno de séptimo con una de quinto y una de dos de sexto. Les envió a todos con Glynnis con las instrucciones de unirse a los Merodeadores cuando volviesen. Indicó a la buscadora que les asignase un grupo y enviase a Remus de patrulla a las mazmorras, cerca de la Sala Común de Slytherin, a Sirius con Rudy al Comedor, a Debbie a la Sala Común de Ravenclaw para tomar las mismas medidas que había tomado él, y a Ethan, solo, a la Sala Común de Gryffindor para ayudar a Rowann. El último grupo saldría con destino a la Sala Común de Hufflepuff con Peter y Laura. James no contaba con que pudiesen forzar la barrera, si es que la había, pero quería estar conectado con las tres otras casas y saber lo que sucedía en ellas. Sin contar que sólo los Merodeadores y los Premios Anuales sabían dónde estaban las salas comunes que no eran las suyas, y en un caso, eso era redundancia.
En cuanto desaparecieron, James sacó el espejo de un bolsillo de su túnica y chilló con toda su alma:
- ¡Sirius Black!
Tras unos segundos de espera apareció el rostro de su amigo. Le chocó ver que llevaba más de una copa de más- ya había olvidado lo que estaba haciendo hacia media hora.
- ¡Prongs! ¿Dónde demonios andabas?
- Descuécete como puedas y vuelve al colegio, Padfoot. Creo que algún pariente tuyo está también de fiesta esta noche.
Padfoot frunció las cejas y tardó unos segundos en comprender lo que quería decir, pero en cuanto lo hizo pareció singularmente más sobrio.
- Enseguida volvemos. Michelle no me volverá a hablar pero creo que es la menor de mis preocupaciones. Pórtate bien, ¿ok?
James asintió vagamente. Estaba preocupado: Sirius iba a tener que aparecerse cuatro veces con acompañante para llevar a Remus, Ethan, Debbie y Peter de vuelta, aunque dejase a Michelle tirada, y estaría aún medio borracho.
Al cabo de unos segundos se recuperó, guardó el espejo y sacó el Mapa del Merodeador. Se dio cuenta entonces de que debería haber empezado por allí. El mapa era una base sólida y su mejor aliado: toda la casa de Slytherin parecía estar desperdigada por los pasillos.
- ¡Joder! murmuró para sí pero con sentimiento. Era imposible saber si había algún nombre extraño entre el hormigueo de cartelitos. Ni siquiera consiguió localizar al Profesor Dumbledore en su despacho. En su fuero interno, sospechaba que no estaba; creía más probable que estuviese en una de las sesiones largas del Wizengamot. Él hubiese esperado a que Dumbledore estuviese en el Wizengamot para atacar Hogwarts.
Comprobó, sin embargo, que había gente detrás de la puerta delante de la que estaba y localizó el nombre de JB. Los cartelitos parecían singularmente estáticos y se estremeció por primera vez en la noche de inquietud.
Afortunadamente, Lily llegó en ese momento, tan guapa en plena noche y en medio de un asedio como le había parecido en el concierto de un muggle muerto, tanto como por la mañana en la clase cuando le había asegurado que no había hecho nada por él, sino para que pudiese hacer exactamente lo que estaba haciendo. Y afrontaba a parte del alumnado y lo hacía bien, y era feliz haciéndolo porque le excitaba el riesgo y sentir que lo correcto estaba sólo de su lado.
- No he acabado con la de arriba, exclamó ella, interrumpiendo la corriente de su pensamiento. Venía sin resuello, con la varita fuera, flanqueada por el chico que había mandado a buscarla y que ya se le había olvidado. Pero Lily era hija de muggles. Haría todo lo demás de la manera más eficiente, pero Lily tenía que estar a su lado aunque se helasen todos los demás alumnos de la casa delante del retrato vacío y sellado de la Dama Gorda.
- Da igual. Todo va bien en la Torre, y James estaba bastante seguro de que era cierto. Había visto multitud de cartelitos agitarse en el mapa en el punto de la puerta también desde el interior. Frank Jefferson debía llevar media hora aporreándola; su novia se había quedado fuera pero debían haber intentado entrar con un intervalo muy pequeño. Cuando habían querido reunirse de nuevo, el cuadro estaba cerrado y por una vez no era cuestión de contraseña.
Lily pasó la mirada y calló sobre la membrana fina y reluciente que materializaba la barrera que también cubría esa puerta. Entreabrió la boca en un suspiro sobresaltado, y James vio algo que podría ser miedo en el fondo de sus ojos. Ella no había tenido hasta entonces la confirmación de que realmente estaba pasando algo. Se rehízo rápidamente y le impresionó más que nada que hubiese hecho hasta entonces.
- Vale, murmuró, y se centró frente a la barrera. Al cabo de unos segundos de su expresión James dedujo que era mucho más fácil de lo que había esperado. Lily tardó menos de un minuto en anularla, y aunque su cara se cubrió por una fina película de sudor, sonrió de alegría al conseguirlo. Un simple Alohomora abrió la puerta.
Lily chilló y se tambaleó violentamente al atravesar el paño y James tuvo que sujetarla por los hombros. A su alrededor yacían seis cuerpos de alumnos de cursos inferiores de Gryffindor. Se acercaron rápidamente y les transportaron con sortilegios al medio de la sala.
James, de un vistazo, comprendió que dos de ellos estaban sometidos a simples hechizos de atadura y los deshizo de un gesto de varita y una palabra rápida. Antes de entrar se había asegurado de que la puerta no se cerraría detrás de ellos y había sido uno de los movimientos más inteligentes de la noche, ya que era exactamente lo que estaba previsto que hiciese.
Los dos alumnos liberados estallaron en sollozos histéricos antes incluso de tratar de levantarse. Se frotaban las muñecas desesperadamente y chillaban los nombres de sus compañeros entre gritos entrecortados. Lily cogió a uno de ellos en brazos y le impidió ver el estado en el que estaban. James no fue tan previsor con el segundo. En un momento de calma entre muecas de llanto desesperadas, reconoció a JB.
No tenían tiempo que perder, y aunque confiaba en que los demás Merodeadores y la profesora McGonagall tendrían la situación en el resto del castillo en mano, no quería correr el riesgo de entretenerse. Se cargó a JB a hombros. El pequeño trataba de calmarse y de contarle lo que había pasado, pero lo poco que resultaba comprensible no era coherente. Sacó también por los hombros al otro chico y los encomendó al quinto curso al que había ordenado que se quedase fuera, con la orden de que los llevase de vuelta a la Sala Común.
Inmediatamente después volvió a entrar y encontró a Lily vendando heridas con trozos de ropa en los cuatro alumnos que quedaban en el suelo. Calculó rápidamente cuanto tiempo debían llevar así y concluyó rápidamente que menos de veinte minutos. Luego procedió a ayudarla.
Presentaban restos de hechizos, pero buena parte de las contusiones parecía el simple fruto de una paliza. Eran tres chicos y una chica de menos de catorce años. Esforzándose en encontrar el punto común entre ellos, James recordó que todos eran de descendencia o tenían parientes muggles. Sintió como subía la ira.
Lily lloraba suavemente arrodillada mientras descubría un chichón sanguinolento en la cabeza el cuerpo inconsciente de la chica, y que aún así parecía menos tocada que los demás. Lo cubrió con un trozo de su propia blusa arrancada con los dientes y murmuró un par de hechizos de cauterización y desinfección que había aprendido en sexto en un cursillo obligatorio de primeros auxilios.
James era más eficaz; el Quidditch y los deportes violentos que practicaba las noches de luna llena le habían formado para hacer frente a problemas de esa índole. Después del choque inicial, observó que ninguno de los niños estaba en peligro real y atendió a sus heridas más urgentes asegurándose al mismo tiempo de que permaneciesen inconscientes.
- Tendrías que irte, dijo Lily de repente, con la voz sorprendentemente clara. Probablemente te necesiten abajo.
La ignoró, pero se dio la vuelta, suspendió en el aire el cuerpo de los cuatro chicos y les hizo atravesar en fila india la puerta de la sala. Al salir a su vez, se encontraron frente a frente. James tendió los brazos y ella se acurrucó contra su pecho. Tenía la cara manchada de regueros de lágrimas, pero parecía tranquila y fuerte. Él pasó los brazos por su cintura y le besó la frente.
- No. En ningún caso te voy a dejar sola. Irán a por ti, Lily. Es algo seguro
Ella permaneció inerte contra él pero sabía que tenía razón. Era Premio Anual y muggle y cualquier Slytherin sangre limpia víctima del ambiente de violencia y psicosis disfrutaría torturándola. Con los brazos de James en torno a ella no consiguió preocuparse de ello tanto como creyó que lo haría.
Juntos avanzaron todo lo rápido que les permitía los cuerpos flotantes hasta la enfermería. Una vez allí, Lily empujó la puerta y los tumbó en las camas mientras James se precipitaba hasta el fondo y trataba de despertar a la señora Pomfrey. Suspiró de alivio cuando la vio aparecer en el marco de la puerta, con el pelo lleno de rulos y una bata de terciopelo.
- ¡Merlin! ¿Qué ha pasado? Exclamó horrorizada en cuanto posó la mirada en lo niños inertes.
James alzó los brazos. No tenían tiempo de explicar. En cuanto la vio, cogió a Lily por el brazo y la condujo hacia fuera. Por el rabillo del ojo vio como la enfermera ya corría de un lado al otro entre frascos y tiras de algodón.
Bajaron hacia el Gran Comedor. James, una vez más, calculaba el tiempo mentalmente. No podían haber pasado más de diez minutos desde que Lily se había reunido con él en el tercer piso; es decir, había transcurrido un cuarto de hora desde que había hablado con Sirius. Ya tenían que estar de vuelta y en los puestos que les había asignado. Más allá, tenía que confiar en su juicio y no había ningún juicio en el mundo en el que confiaba tanto como en el de Remus, y, con excepciones, el de Sirius.
Al descender los últimos tramos de escaleras se encontraron con un grupo nutrido de alumnos de séptimo curso de Gryffindor y Ravenclaw. Se habían unido en la bajada; junto a ellos estaban Ethan y Rowenn. Ambos tenían la cara grave y competente de aquellos que han cumplido con acierto la misión que se les ha encomendado, y Lily dedicó mentalmente a James el tributo que se merecía.
Una vez más hablaba, una vez más organizaba. Se enteró de que Rowann había conseguido reventar la barrera poco después de la llegada de Ethan y que Debbie había hecho lo propio con la ayuda de compañeros desde dentro. James dedujo de ello que la de la casa azul había sido de menor calibre que la suya, que había resistido a los esfuerzos de Lily. Le dijeron que tanto Emily como Lewayway -la prefecta de Ravenclaw de séptimo curso- habían asumido el mando en sus respectivas casas y se encargarían de que nadie saliese de ellas. Con contadas excepciones, los demás séptimo curso de ambas casas estaban junto a él. Desde lejos Debbie les saludó con la mano.
Todos estaban alerta y con la varita en alto. Muchos de ellos habían estado atrapados en sus Salas Comunes y habían tenido tiempo de imaginarse los peores escenarios para el resto de la escuela. Otros, que habían estado en la cama, se habían dejado contagiar por la atmósfera que les rodeaba. Pero lo que realmente les había influenciado había sido encontrar petrificados un par de alumnos de Hufflepuff en una esquina de la escalera. Habían sido incapaces de reanimarles y no habían tardado en deducir que se habían usado artes oscuras para fijarlos.
Tres de ellos les habían conducido a la enfermería. James deseó que tuviesen la presencia de espíritu de quedarse para que la señora Pomfrey no se viese desbordada con seis pacientes repentinos –y subiendo. Luego recordó el gesto que la enfermera había hecho para retenerlos, ellos que eran Premios Anuales, y se dijo que se podía contar con ella para que así lo hiciesen.
Aún antes de entrar en el Gran Comedor, James constituyó siete patrullas de cuatro alumnos de casas diferentes cada una y envío una a cada piso del colegio. Sabía por el Mapa del Merodeador que todos ellos estaban infestados de alumnos de Slytherin de todas las edades, de mayor o menor proporción y actividad. Les dio instrucciones para que les condujesen de vuelta a su Sala Común, a ser posible por las buenas. Prohibió la utilización de sortilegios que no fuesen de desarmamiento, inmovilización o desestabilización y ordenó que cualquier alumno en mal estado que encontrasen fuese trasladado inmediatamente a la enfermería. Confió en que Remus se las estuviese arreglando bien allá abajo y recordó decir a la patrulla correspondiente que al encontrar a Peter colaborase para liberar la entrada de la Sala Común de Hufflepuff.
Cuando se dispersaron bajó junto con Lily y tres otros, amigos de Gryffindor, al Gran Comedor.
Era un caos de banderas verdes y de colores negros. Una calavera brillante tronaba en el centro. James la reconoció, pero para los demás fue la primera vez que vieron la marca de las Tinieblas.
Los alumnos más mayores de Slytherin se agitaban en el centro chillando sloganes pro-Voldemort entre pancartas panegíricas. Por todas partes surgían haces de luz y de chispas, pero era imposible saber si realmente se estaba combatiendo o formaba parte de la puesta en escena propagandística. Una mirada le bastó a Lily para saber lo que pasaría al día siguiente: los alumnos de Slytherin se cubrirían bajo la cobertura de una manifestación puramente política, y si alguien les acusaba de algo clamarían el atentado a la libertad de expresión. Los alumnos de origen muggle, atacados por amor al arte, lo habían sido antes de empezar el revuelo; no era probable que fuese posible identificar a los culpables entre la masa de manifestantes. Ni siquiera era posible descubrir si había alguien extranjero al colegio implicado.
James no dudó en cuanto a si alguien estaba combatiendo por allá abajo. Le bastó a él también una ojeada para ver a Sirius liado a puñetazo limpio con un encapuchado que resultó ser Avery. Junto a él, Rudy se revolvía como un diablo y usaba la varita tanto para hechizar como para meterla donde le era buenamente posible, pero que resultase dolorosa.
Los dos sextos cursos que les había enviado anteriormente estaban en una esquina junto a ellos, con aspecto atontado. Por todas partes salían sortilegios, pero tanto Sirius como Rudy utilizaban el cuerpo de sus adversarios para cubrirse con talento envidiable.
Por el otro lado de la aglomeración, la profesora McGonagall acometía en toda su solitaria grandeza. El intento de disolver la congregación meramente por su autoridad había fracasado y ahora había emprendido la tarea de pegarle fuego – todo muy controlado- a cada estandarte verde y plateado, y sobre todo, cada capucha que apareciese en su campo visual. Los alumnos que perdían los emblemas parecían lo bastante desconcertados como para apartarse a un rincón y obedecer a la profesora. El problema era que el incendio se reanimaba por un lado mientras apagaba el otro.
James dedujo de la ausencia de Emily que la profesora la había enviado a avisar a los demás profesores y se preparó a verles aparecer en la sala vestidos con sus atuendos de dormir. Con la excepción de Slughorn, por supuesto, que no contaba con ver.
Pero antes iba a descargar toda la furia que había acumulado y, ¿por qué no? El disgusto y la repulsión que ahora le inspiraban la mezcla de fanatismo, inocencia y violencia asocial de sus compañeros. Se acercó a Lily, que contemplaba también con fascinación la escena, y le enseñó el aire con la mano.
Ella lo entendió y en un segundo se concentró en borrar la marca de las Tinieblas de donde presidía el Comedor. Al cabo de unos minutos, por mucho que se esforzaba la horrible calavera seguía en su sitio. Recorrió de nuevo la sala con la mirada. Se entretuvo sobre la figura de James, que parecía casi alegre mientras repartía sortilegios y hablaba en tono cortante. Lily se sintió mejor casi inmediatamente después de verlo y deseó que todo hubiese pasado para poder comentarlo con él, y quizá sentarse en un sofá y beber algo con cafeína.
Entonces se dio cuenta de que una de las figuras encapuchadas estaba fija y miraba en su dirección con la varita extendida hacia arriba. Había descubierto al que mantenía la marca. Asió con más fuerza su varita para despojarle de la máscara, cuando de repente al levantarla se dio cuenta de que ya sabía quién se ocultaba detrás.
Snape, su primer amigo en Hogwarts, que durante tanto tiempo había representado lo que era ser mago. Le había querido y cuidado cuando eran pequeños; aún entonces, había preservado su recuerdo intacto en su mente a pesar de lo que había sucedido entre ellos. Según él todo había sido culpa de James y ella estaba dispuesta a admitir la posibilidad.
Pero ahora se estaba enfrentando con ella abiertamente y con la varita fuera. Recordó que James lo había visto cerca de la Sala Común justo antes de que se fuesen y se dijo que no había otro alumno capaz de crear una barrera de las características de la que había cubierto la Sala Común de Gryffindor. Era indiscutiblemente el producto de una poción; y ella, ellos eran los únicos que siquiera sabían como se hacía.
Había dejado de hablarle prácticamente desde hacía año y medio. Simplemente ya no era lo mismo desde que la había insultado abiertamente y había renegado de ella y de su amistad. Ella se lo había achacado a la pubertad, a la influencia de amigos particularmente indeseables, pero en el fondo de su alma le había decepcionado y eso era la única cosa realmente incurable.
Desde lejos, Snape vio como la cara de Lily se deformaba en una mueca rabiosa y dolorida, y la vio también levantar la varita y enfocarla hacia él. Creyó oírla gritar por encima del fragor de la sala un hechizo de inmovilización, pero cayó de rodillas en el suelo mucho antes de que realmente le afectase.
…
Tras dejar fuera de combate a Snape, Lily le volvió resueltamente la espalda y al fin consiguió borrar la marca que decoraba el techo del Gran Comedor. Al fin llegaban los profesores y los Slytherin se estaban replegando sobre las mazmorras. Aún así, Lily se preguntó qué habría sucedido si ellos no hubiesen estado fuera de la Sala Común en el momento en el que habían encerrados a los de dentro, o si JB no hubiese tenido aquél pergamino y la idea de usarlo.
Sospechaba que el plan de los Sytherin había sido alterado extraordinariamente por su interferencia. No sabía exactamente donde encajaba cada pieza, pero el producto había sido lo bastante incoherente para ser el fruto de una improvisación. Lo único que podía hacer era agradecerle a la casualidad y a la rapidez de su reacción.
Bajó lentamente los últimos escalones hasta dónde James y Sirius se congratulaban mutuamente. Por lo visto habían sido ambos de gran ayuda para el otro durante el ratito en el que habían tratado juntos de reducirlos. El Premio Anual había guardado la compostura mucho más que sus amigos; pero para sí no podía negar que había estado cerca de la más absoluta exaltación. Lo único que le había impedido confesarse francamente que se había divertido era la consciencia de que las relaciones entre las dos casas nunca volverían a ser las mismas. Era el final de la rivalidad atávica y el principio de la enemistad.
A su lado Sirius se había peleado con rabia y mala idea y una inteligencia viciosa que había hecho un cerco en torno a ellos. No había usado sortilegios peligrosos, o al menos no de manera notable, pero más de uno de los Slytherin contra los que se había peleado se habían caído casualmente sobre un canto de una silla y había un sorprendente número de calambres a su alrededor. Desde cierto punto de vista, era realmente admirable.
Rudy por su parte volvía con la mano placada sobre el ojo y cara de poco amigos. Vomitó un torrente de obscenidades durante cinco minutos y luego concluyó que el ojo morado le sentaba mal con la corbata.
- Mira que bien, observó James. Al fin va a parecer que hace algo en el campo.
Rudy le respondió gentilmente. James enrojeció.
De repente sintió a Lily a su lado:
- ¿Estás bien? Preguntó ansiosamente.
Ella se encogió de hombros. Se sentía traicionada y herida, pero le sonrío y le dio un puñetazo juguetón en el brazo. Él se echó a reír, le paró la mano y se relajó visiblemente. Entonces una oleada de cansancio les recorrió y ambos recordaron como habían empezado la noche y donde la estaban acabando. Lily se olvidó de Snape.
Se derrengaron todos los unos encima de los otros. Rudy suspiró:
- Es la primera vez que una noche de juerga me deja tan jodido.
Sirius suspiró algo vagamente interrogativo.
- Sí, probablemente, respondió James.
Lily, que apoyaba la cabeza en su pecho y se sentía magníficamente, le preguntó por lo bajo que había dicho.
- Ni idea. Que el alcohol sería de los chinos.
Bufaron burlonamente.
Rudy miró al techo del Comedor. Como siempre, representaba una bóveda estrellada. Esta vez le pareció extraño.
- Bueno, todo esto es bello y bueno pero me voy a la cama.
Sirius se encogió de hombros.
- Vamos. A vosotros dos, dijo señalando a los dos Premios Anuales, mañana se os va a liar.
Ellos asintieron. Los dos sabían que tenía razón. Lily se incorporó y estiró los brazos hacia el falso cielo.
- Anda, vámonos.
…
En realidad esperaron un cuarto de hora en el Hall a que Remus subiera desde las mazmorras. Parecía agotado y no tenía ganas de hablar. Tanto James como Sirius le dieron un par de palmaditas viriles en la espalda y los tres hundieron la nariz en un pergamino durante un rato antes de determinar que era hora de volver.
