(Continuación directa de la parte anterior).
Disclaimer:
Fanfic de Slayers de Isa-Ameban. Todos los personajes, contexto, mundo, y demás de esta historia son propiedad de y , TokioSoft TV y demás. Eso también incluye los anime-books, los kekos, libros de ilustraciones y demás… Este fin en cambio es mío y sólo por diversión.
*N. de A:
Segunda parte del capítulo-9 que es continuación directa de la primera y con una longitud similar. Este capítulo viene con sorpresa que se puede encontrar en mi cuenta de DevianArt, aquí: / / fav. me /d6wq8vs
(para poder visualizarlo, hay que quitar los espacios en blanco).
Por otra parte, los capítulos 1, 2 y 3 han sido revisados y actualizados, para que así todo lo que pasa tenga relación y no haya lagunas argumentales.
¡Disfrutad!
"Lucha por la vida y la destrucción" (2ª- Parte)
—¡Deteneos! —ordenó Shilfild aminorando la velocidad de su vuelo.
—¿Qué pasa? —exclamó Zelgadiss viéndose arrastrado por la maniobra de Shilfild.
—No podemos continuar. Ahí está la barrera mágica de Acqua, en lo alto de la loma y nos chocaremos contra ella si seguimos así—explicó la sacerdotisa.
—Pero es ahí a donde vamos. ¿Por qué no la ha quitado sabiendo que nosotros veníamos ya? —se quejó Naga.
—Puede que Acqua no la quiera bajar para no exponer esa zona a Xeross. Recordad lo que Xeross nos ha dicho —contestó Zelgadiss. —Posiblemente Acqua también quisiera proteger el cuerpo de Amelia cuando Xeross apareció aquí.
—¿Y cómo hacemos para poder pasar? —preguntó Gaury desde su incómoda postura, colgando de Naga y Zelgadiss pero sin pensar en la altura a la que lo hacía.
—Eso lo arreglo yo —contestó Naga con su habitual auto-suficiencia, lo que no ayudaba a discernir si realmente iba a servir de algo o no.
El grupo acabó por aterrizar de forma azarosa sobre el bancal de arena que se extendía ante la loma y, sin detenerse, comenzó a subirlo a la carrera; tras ellos, las explosiones se oían a cierta distancia pero no la suficiente como para dar alguna sensación de alivio.
Finalmente alcanzaron la loma y el borde de la barrera mágica que la envolvía. Naga no perdió el tiempo con apreciaciones innecesarias y discursos pomposos; de alguna forma, conocía ese tipo de barrera protectora, así que comenzó a trazar gestos con el dedo ante ella, como si dibujara runas que dejaban un trazo de luz azulona en el aire.
—¡Vaya! —exclamó Shilfild. —No sabía que se pudiera abrir así. "Creí que sólo estaría presumiendo, no que fuera en serio".
—Por supuesto que sí se puede —contestó Naga. —Una barrera tan sencilla como esta no detendrá a La Serpiente Blanca —anunció, y poco le faltó para soltar una carcajada.
Zelgadiss no dijo nada, pero tuvo la sensación de que en realidad Acqua había dispuesto la barrera de forma que un sacerdote humano pudiese abrirla para que así no tuviera que depender de ella el que pudieran o no entrar. No obstante, se guardó sus pensamientos para sí mismo; no era momento de tener discusiones dialécticas con un ego como el de Naga.
La barrera se abrió formando una especie de embudo por el que todos entraron a la carrera, pero desafortunadamente se cerró automáticamente detrás de ellos y ningún hechicero del grupo tenía el tiempo necesario para ponerse a averiguar cómo o si debían hacerlo acaso y dejarla abierta para que Lina o su hermana pudieran entrar ahí a guarecerse también, aunque eso supusiese que Xeross también podría hacerlo.
Para su sorpresa, cuando todos ellos hubieron entrado, no sólo se cerró la barrera, sino que la misma se extendía varios centenares de metros a la redonda formando una cúpula sobre ellos en donde vieron cómo algunos de los ataques de Xeross al grupo chocaban para deshacerse en nada. El interior también tenía un ambiente distinto, más templado y agradable, como si estuviera aislado de la violencia exterior; aquellos del grupo que estaban familiarizados con la Magia Blanca sabían que eso es lo que se respira en la presencia de Cephied. Pero era la disposición de las Tablas que se mantenían en pie lo que desconcertó al grupo pues no estaban sólo alineadas, sino que formaban taulas y dólmenes, apiladas unas sobre otras, de forma que distinguir lo que tenían por delante se hacía difícil. El grupo simplemente no sabía hacia dónde dirigirse
Fue entonces cuando una voz les asaltó; una voz que no procedía de ninguna parte pero que reconocieron enseguida como la de Acqua.
—¡Deprisa! —arengó. —Con el combate tan cerca, no podré protegeros mucho más tiempo y debéis cumplir vuestra misión.
Zelgadiss levantó la vista, mirando al cielo como si así estuviera dirigiéndose directamente al espíritu de Raguradya.
—Reina Dragón, ¿a dónde tenemos que ir? Esto no está igual que la última vez —preguntó. Era extraño que Acqua no se lo hubiese dicho ya de algún modo cuando esa misma zona estaba tan cambiada a como la recordaban.
La barrera se vio sacudida por los ataques de Xeross que la alcanzaron justo al otro lado de donde ellos estaban, pero sin sufrir mayores daños.
—Id al centro de la duna que hace pendiente. En lo alto hay un grupo de tablas formando un crómlech. Ahí está vuestra amiga.
—¡Ya habéis oído! ¡Vamos! —arengó Naga, quien súbitamente parecía tener un sentido de la orientación desconocido en ella pues se dirigió hacia donde Acqua le indicó.
El grupo subió la susodicha duna en fila de a uno por la cresta de la misma para hundirse lo menos posible en la arena que se deslizaba alrededor de sus botas atrapando sus pies. El suelo del desierto estaba cubierto mayormente de una arena basta o simplemente de tierra y gravilla, pero después de los combates de los últimos tiempos en ese espacio sobrenatural, parecía haberse convertido en una fina e incómoda arena que dificultaba el paso y se filtraba por todas partes.
Finalmente, todos llegaron a su destino. Tal y como Acqua había dicho, en el centro de la duna se alzaba un crómlech que rodeaba el ataúd de hielo en donde estaba encerrada Amelia. Estaba prácticamente derretido a como cuando lo vieron la primera vez, pero en su interior aún se podía ver el cuerpo aún incorrupto de la primera princesa de Seillon. Todavía estaba allí pero poco faltaba para que se desvaneciera del todo.
Mellina soltó una exclamación ahogada, incapaz de creerse lo que veía, más al reconocer a la joven que había en su interior. Naga pasó por su lado y se detuvo a pocos pasos del mismo.
—Hermana… —exclamó.
Sobrepasando a Naga, Zelgadiss se aproximó nerviosamente al cristal en forma de ataúd en donde se encontraba el cuerpo de Amelia; a su lado, las explosiones y los estallidos producidos por el combate entre Luna Inverse y Xelloss se sucedían a una velocidad asombrosa, imposible de seguir sólo con la vista. Entre su posición y la del combate, Lina y Gaury cubrían la retirada, guardando que Xelloss no pudiera evadir la persecución de Luna. Tras él, Shilfild le alcanzó a la carrera, seguida de cerca por Naga.
El mago espadachín, sin apartar la vista del cuerpo de Amelia pero con la cabeza en algo, gritó al aire.
—¿Y ahora qué, Acqua? —preguntó. —¿Debo empezar con el mantra del hechizo sin más? Firia me ha iniciado en Magia Sagrada para poder hacerlo.
—Sí, pero dándote prisa. La barrera que he alzado puede resistir algo más de tiempo pero no el cuerpo de vuestra amiga.
Naga volvió la vista hacia el lugar por donde habían entrado e imitó a Zelgadiss con otra pregunta.
—¿Pueden oírnos fuera de aquí lo que hablamos? —preguntó.
—Sólo si se lo decís vosotros.
Shilfild pestañeó; nunca había sabido de una barrera que tuviera esas características.
—Lina… —exclamó Gaury mirando el combate que pasaba fuera de la barrer, —ella tiene que saber lo que debe hacer.
Naga chasqueó la lengua y gritó al aire,
—¡Lina! —exclamó la voluptuosa hechicera, —¡No permitas que ese mazoku se acerque más de la cuenta!
—¡Cuenta con ello, Naga! —replicó Lina, en lo que parecía una vuelta a los viejos tiempos, cuando ambas viajaban juntas y podían llevarse bien entre sí. Resultaba sorprendente que la voz de Lina sonara a su alrededor como si ella estuviera allí.
Gaury apretó los dientes, mirando lo que ocurría apenas a medio centenar de metros de donde estaban, lamentando el no poder ayudar a la pelirroja que había jurado proteger.
—…Qué rapidez —exclamó el Elmekiano, asombrado por lo que veía. —Apenas puedo seguirlos.
Lina oyó las palabras de su protector y le vio al otro lado de la barrea; a pesar de la distancia pudo ver por primera vez desde que le conocía cómo Gaury parecía realmente asombrado por la habilidad en esgrima de otra persona, en este caso la propia Luna Invers.
Esperando que la situación estuviera controlada, Naga giró sobre sus talones y centró su atención en Zelgadiss, a cuya vera se había arrodillado Shilfild. Con solo unas zancadas les alcanzó, justo cuando el mago-espadachín le pedía el fragmento de la Piedra de Sarvia a Shilfild. La sacerdotisa del Hulagón rebuscó entre los bolsillos de sus calzas y rápidamente sacó un hatillo del que extrajo su contenido; entonces les mostró en su mano enguantada una pequeña lasca de algo que parecía azabache. A pesar de su aspecto, Zelgadiss sabía muy bien que eso era lo que quedaba de la Piedra de Sarvia; sin embargo Naga la miró perpleja.
—¿Eso es… la Piedra? —preguntó en tono dubitativo; no había visto a los demás usarla durante todo el tiempo que habían viajado a lomos del dragón-golem, ni tampoco la propia Naga la había visto cuando la había usado pues ella se había limitado a poner la mano sin más sobre el hatillo donde Shilfild la había metido, lejos de las miradas indiscretas.
Zelgadiss asintió, y luego miró a ambas.
—Comencemos ya —ordenó. —Si entre los tres conjuramos el Resurrección, conmigo como catalizador principal, y el hechizo es ampliado por la Piedra, lo lograremos. Es así como Firia me dijo que debíamos hacerlo.
Naga levantó la mirada y miró al cristal, la figura de Amelia parecía irse desvaneciendo de su interior, mucho menos nítida que la primera vez que la vieron así, como si su fuerza de existencia se hubiese ido disolviendo poco a poco. Tal y como había pronosticado Acqua, la muerte es el fin de toda forma de existencia no totalmente espiritual, y lo único que ella había podido hacer era preservar su cuerpo y espíritu por un tiempo limitado, pero si querían traerla de vuelta, su poder debía ser multiplicado para que el propio Cephied, bajo la personalidad de Acqua y del resto de los Reyes Dragones, pudieran dar el empuje definitivo para que volviera a la vida.
Con la piedra en la palma de su mano, Zelgadiss concentró su poder mágico en ella mientras que Shilfild y Naga trazaban rápidamente un Círculo de Resurrección sobre la arena y proyectaban su poder mágico sobre él. Zelgadiss había usado invocaciones previamente, había aprendido los fundamentos de la Magia Blanca de boca de Amelia, y también había presenciado poderosos hechizos de esa rama de la magia por parte de Rezo y Shilfild… pero nunca había hecho algo como la Magia Sagrada. Durante un momento se sorprendió a sí mismo vacilando, incapaz de comenzar el conjuro a pesar de la necesidad que le rodeaba; sabía que si lo hacía bien, funcionaría, pero no cómo.
Entonces captó la mirada suplicante de Shilfild y la severa de Naga, y sabiendo lo que eso significaba, comenzó a recitar invocando el poder de la propia piedra, tal y como le había visto hacer a Lina con sus talismanes. Después de todo, esa piedra era un fragmento separado de ellos.
—""Rey que unes la más profunda oscuridad de las Cuatro Esferas,
soy tu más humilde servidor.
Concédeme una parte de tu inmenso poder."
Aun estando incompleta, la Piedra Reaccionó a su llamada de una forma que antes no habían experimentado, y Zelgadiss notó como, de repente, su poder mágico crecía de nivel más allá del que tuvo durante el tiempo que fue quimera, expandiéndose como si fuera un globo hasta niveles que casi le eran preocupantes. Igualmente, al mismo tiempo, la Piedra emanó una luz blanquecina sin ningún otro matiz, distinta del acostumbrado resplandor rojizo de los talismanes de Lina, lo que mostraba su neutralidad. Ciertamente había una diferencia entre usar la piedra sin más a cuando se hacía primero invocando su poder.
—¡Lo noto! —exclamó Naga, sintiendo crecer su poder al contactar con el de Zelgadiss. —¡Continua!
—¡Es la misma sensación!… ¡Funciona! —añadió Shilfild.
Gaury les observó hacer pero pronto desvió la vista hacia el lugar de la batalla. No había nada que él pudiera hacer para ayudarles con su tarea y su preocupación estaba más dirigida hacia Lina, quien aún estaba fuera de la barrera luchando; por supuesto estaba preocupado por el conjuro de resurrección que Zelgadiss estaba ejecutando, pero su corazón estaba junto al de cierta pelirroja Zefiriana que había jurado proteger hasta el fin del mundo y que ahora estaba luchando apartada de él.
Sin pensárselo otra vez, giró sobre sus talones y descendió la duna por la que acababan de subir, ignorando las llamadas de Mellina que preguntaban qué hacía y a dónde iba. En poco tiempo alcanzó el punto por donde habían entrado, pero no sabía cómo hacer para salir de allí y ayudar a las Invers.
—¡Maldita sea! —exclamó soltando un puñetazo sobre la superficie de luz azulada.
Gaury estaba atrapado en lo que él consideraba el lado equivocado de su deber.
Fuera de la barrera, el efecto de la piedra también se hizo notar. En ese mismo momento, Lina detuvo el conjuro que estaba invocando en ese momento, al ver que sus propios talismanes parpadeaban de forma extraña.
—¿Qué ocurre? ¿Qué les pasa? —exclamó, temiendo que fuera lo mismo que ocurriera cuando se enfrentó a Estrella Oscura
Temiendo lo que pudiera pasar, levantó la vista rápidamente en dirección a donde su hermana aún se batía con Xelloss. Hizo bien porque en ese momento el mazoku repelió un ataque del Caballero de Cephied y se lanzó en picado contra ellos, temiendo lo que pudiera pasar y aún a riesgo de acabar destrozado por chocar contra la barrera.
—¡No, no lo hagáis! —exclamó, y su figura se distorsionó en el aire, como una especie de relámpago negro terminado en forma de cono.
—¡Espera! —gritó Luna yendo tras él.
Xelloss lanzó una descarga de explosiones sobre Lina, consciente que no debía permitir que ella tuviera tiempo de invocar sus conjuros más poderosos; el mazoku había visto luchar a Lina en muchas ocasiones y sabía de lo que era capaz, así que no debía dejarla ni un momento para respirar para que no pudiera seguir haciendo de escudo contra Zelgadiss y las otras dos mujeres. Acto seguido, atacó de nuevo la barrera que les había estado protegiendo y esta… se fragmentó.
Sin legar a caer del todo, una parte había quedado expuesta como una cristalera rota que se abría desde el lugar del impacto abriéndose paso hasta el suelo. Xeross no tardó en ver su oportunidad y Gaury también, quién salió a la carrera yendo al encuentro de las hermanas.
—¡Cuidado! —exclamó el espadachín al ver lo que pasaba, y con unos reflejos increíblemente rápidos, unos que Lina conocía bien, la cogió por la cintura y ambos se apartaron de la trayectoria de la embestida de Xelloss. Los dos cayeron rodando sobre la ardiente arena, pero lejos del peligro.
—¿A dónde vas? — retó Luna. —¿Cuántas veces tengo que decir que a mi hermana solo yo tengo derecho de pegarla?
—¡No puedo permitirlo! —contestó el Sacerdote Bestia mientras se colaba por la grieta en dirección a donde se encontraban los demás.
Las Invers y Gaury apenas tuvieron tiempo de recomponerse y salir corriendo detrás del Mazoku; aunque la barrera había sido dañada, ellas notaron el cambio de ambiente que había en su interior y también la inmensa presión, la presencia que ejercían Acqua y Cephied ahí dentro. Era algo agradable para un humano o para los Ryuzuko en general… pero no para Xeross, quien descendió al suelo, agobiado por el poder celestial que le ahogaba.
Aún así, el mazoku siguió adelante seguido de cerca por sus rivales.
Ignorando lo que ocurría a su alrededor, Zelgadiss siguió con la letanía del, por así llamarlo, "supero conjuro" de Resurrección, asombrado a su vez por la forma exponencial en que había aumentado su poder mágico. Miró de reojo a Naga y Shilfild, quienes asintieron en señal de estar preparadas. Entonces comenzó a recitar.
—"Sagrados manos curativas,
aliento de la madre naturaleza.
Apelo a tu infinita compasión,
para que salves al ser que yace ante mí"
—¡No, espera! —bramó Xelloss a poca distancia de donde se encontraban, esta vez claramente nervioso.
Yendo al encuentro de todos ellos, Xelloss alzó su bastón, invocando su propio poder oscuro que empezó a formar una nube en torno a él y con el que pretendía finalizar aquello de un solo golpe; en ese momento crucial, Luna se interpuso entre el grupo situado en torno al cristal donde yacía Amelia y el Sacerdote Bestia, rechazando su ataque.
Entonces Zelgadiss vio algo parecido a lo que ocurrió en los reinos de Alto y Barítono durante su viaje por el exterior de la Barrera. El poder de Xelloss, el más poderoso de los Sacerdotes de los Señores de los Demonios, concentrado en un único ataque bien podía ser mayor al que aniquiló a la mayor parte de los dragones durante la Guerra Kouma, chocó de frente con el poder del Caballero de Cephied y con el del conjuro de Resurrección que había invocado Zelgadiss y juntado con el de Naga y Shilfild al mismo tiempo. Una columna de luz blanca inundó todo el desierto, engullendo a todos los presentes mientras chisporroteaba con el poder de Xelloss en lo que parecía el choque de dos descargas eléctricas.
Luna sintió una sacudida a través de sí, como si su poder se hubiese visto aumentado pero al mismo tiempo se le estuviese drenando de alguna forma para enfocarse en algún punto bajo ella; era similar a sentirse rodeada de agua pero al mismo tiempo estuviera muy sedienta. Al mismo tiempo, el rostro de Xelloss, ahora más parecido a una mancha de energía negra, se torció en una mueca de terror e impotencia, y casi sin darse cuenta, perdió el control de su cuerpo, siendo engullido y arrastrado por del círculo de luz.
Todos los demás se cubrieron como pudieron y cerraron los ojos para no acabar cegados por semejante resplandor; todos menos Zelgadiss, quien vio como la Piedra que había sostenido entre sus manos se sacudía peligrosamente y sin control, amenazando con hacerse añicos en cualquier momento. Al mismo tiempo Lina vio que a sus talismanes también les ocurría lo mismo e instintivamente intentó sujetárselos con las manos, momento en el que notó que estaba ardiendo, viéndose forzada a soltarlos.
—¡Es una fusión mágica! —exclamó sin dirigirse a nadie en particular. —La Magia Sagrada y Negra de Xelloss están reaccionando conjuntamente… Se anularán.
Y así ocurrió… más o menos.
Lo que siguió a continuación fue un bramido y un resplandor tales que obligaron a todos ellos a taparse los oídos y cerrar los ojos con todas sus fuerzas mientras eran engullidos por una especie de descarga de inmensas proporciones; los hechiceros además, también podían sentir todos los movimientos energéticos de la magia que estaban colisionando en ese momento, y eso embotaba todavía más sus sentidos. Ninguno tuvo especial inclinación a pensar en ello, pero se podría comparar a la entrada de Estrella Oscura en este mundo, o su posterior enfrentamiento con ella.
Pero no con la aparición de LON. Eso ya eran palabras mayores.
Durante unos segundos increíblemente largos eso fue todo lo que ocurrió, no había lugar para nada más que ellos fueran conscientes y tampoco había valor o deseo de querer averiguarlo sin correr el riesgo de ver cómo sus cerebros bullían con tanta información.
Después todo se apagó y sólo hubo la nada. Todo quedó en silencio, salvo por la arena levantada en por el fenómeno, que empezó a caer sobre toda la zona como si fuera una lluvia de cristal.
Cuando abrió los ojos, vio un cegador resplandor en medio de un cielo de atmósfera irreal y de tórrido calor, aunque también percibió las formas vagas del miasma y de la Magia Blanca a su alrededor, como si fuera un residuo de ambas. Poco a poco fue más consciente de lo que le rodeaba y percibió que estaba siendo suavemente abrazada por al menos un par de brazos, aunque la disposición de los mismos sugería que se trataba de dueños diferentes. Igualmente sus ojos alcanzaron a dibujar una figura femenina vestida con una raída falta de volantes que caminaba hacia ella con pasos tambaleantes mientras portaba una especie de vara en la mano.
¿Quién era? ¿Qué estaba pasando allí? La figura femenina no parecía ser una amenaza para ella, pero...
Ajena a esas cuestiones, Luna caminaba pesadamente por la arena cristalizada por la explosión acontecida, arrastrando exhausta los pies por la arena y con un profuso jadeo: finalmente se situó al lado de donde su hermana y el espadachín yacían aún conmocionados por la explosión y semienterrados en la arena. Clavó con firmeza su espada bastarda en la arena y les agarró por los hombros; a pesar de estar realmente cansada, ella seguía teniendo fuerza más que suficiente como para sacarlos de allí.
—... ¿Estáis bien, Lina? —preguntó con voz sofocada.
Lina tosió, intentando despejar su nariz y garganta del polvo que había tragado, y a continuación se pasó su mano enguantada por la cara, en un intento similar de hacer lo mismo con su cara. Gaury la imitó, aunque también sacudió su larga melena rubia en el mismo intento de limpiarse el polvo de encima; su armadura, a pesar de sus intentos de adecentarla, aparecía completamente deslucida.
—Sí, estoy bien...—contestó Lina, y luego miró a su hermana. —Gracias, Luna.
La joven asintió y se volvió hacia el espadachín, para decir.
—Ya veo... Imagino que tú también —. Hizo una pausa, —Gracias por proteger a mi hermana.
Lina no pudo evitar mirar a su hermana con cierto asombro. Una vez más se le hizo evidente que parte de su perpetua actitud severa hacia ella se había suavizado y que igualmente Luna cada vez aceptaba más a Gaury.
Ahora la figura femenina de la falda de volantes se veía rodeada de dos figuras más, una muy alta y masculina, de larga cabellera rubia, y otra pequeña y delgada de cabellera pelirroja, aunque resultaba más visible gracias su capa negra y prominentes espalderas. De alguna forma, se le hicieron familiares, pero no alcanzaba a ubicarlas en un contexto correcto. Haciendo otro esfuerzo, trató de moverse y de incorporarse sobre esa arena ardiente y cristalizada sobe la que yacía, luchando contra la presa de los dos brazos que la sujetaban; al hacerlo, se dio cuenta que uno de ellos era femenino y largo, aunque muy bien proporcionado, y que además estaba enguantado en cuero negro. El otro, por el contrario, era masculino y más corto, y estaba cubierto por una manga larga y unos mitones de color arena claro, casi del mismo tono que la arena de alrededor. Bajó la vista y las figuras se le hicieron notablemente más familiares que las otras.
—He... ¿hermana? —balbuceó.
Naga estaba comiendo arena, literalmente. No era la primera vez que lo hacía; por alguna extraña razón ella tendía a caer siempre con la cabeza por delante, o en todo caso algo le solía caer encima. Por suerte su robusta condición física le prevenía de sufrir mayores daños, y eso incluía todas las tundas que Lina y ella habían intercambiado "cariñosamente" durante mucho tiempo. Sin embargo eso no quitaba que tener la boca y la nariz llena de arena fuese algo que resultara muy soportable. Además, estaba exhausta, como si gran parte de su capacidad mágica hubiese sido drenada de un solo golpe por conjurar un hechizo demasiado complicado y poderoso. Sin embargo, al oír la voz femenina que la llamaba hermana, Naga pronto recuperó los sentidos.
Sacudiendo la cabeza y escupiendo para limpiarse la boca, La Serpiente Blanca levantó la mirada y enfocó la vista como buenamente pudo, aún cegada por el efecto del hechizo de Resurrección amplificado y su choque con la energía de Xelloss. Al poco alcanzó a distinguir la figura de su hermana, quien aún yaciente pero ligeramente incorporada, la observaba perpleja.
— ¿A… Amelia?— balbuceó, —¿Estas… eres… has vuelto?— la voz de Naga, siempre melódica desde que su hermana falleciese unos meses antes, ahora resultaba curiosamente ronca por el cansancio y la emoción.
Amelia asintió suavemente, sin comprender qué quería decirle su hermana exactamente y por qué estaba tan emocionada. Al oír pronunciar su nombre, su memoria, aunque adormilada, fue volviendo a ella, empezando a ser consciente de lo que pasaba.
—S… Sí…— alcanzó a decir, —estoy bien, pero estoy un poco confundida. No sé qué ha pasado. Me siento… rara.
Zelgadiss en cambio, no había podido reaccionar tan rápido. Estaba literalmente desvanecido de agotamiento; sus capacidades mágicas estaban muy mermadas y la triple conjura le había dejado exhausto tanto física como mentalmente. Aunque durante sus años de hechicero había conjurado hechizos realmente potentes que le habían exigido gran parte de su capacidad, nunca lo había hecho durante tanto tiempo y de forma tan potente; que recordara, solo se había sentido así durante la lucha contra Gaarv, cuando fue vapuleado como un simple muñeco. Pero al oír lo que ocurría a su alrededor, luchó por poder moverse y alzarse sobre los brazos, pero estaba demasiado cansado para eso.
Sabía que ahora estaba vivo, que no estaba herido y que solo estaba terriblemente agotado. Por tanto podría moverse… en cuanto recuperara algo de fuerza.
Naga, sin embargo, siendo mucho más poderosa que él, y con un potencial mágico incluso mayor al de Lina, notó que sus fuerzas volvían con más rapidez que al resto, y la visión de su hermana, otra vez viva y mirándola con estupor, hizo que se recuperara aún más rápido.
— ¡Amelia… hermanita!— exclamó al tiempo que se apresuraba a darle un abrazo de oso, del tipo que se estilaba en su familia.
La menor de las princesas de Seillon soltó una exclamación ahogada de asombro al ver la reacción de su hermana.
—¿Gracia? —exclamó. —¿Qué… pasa?
Pero Naga ignoró sus preguntas y siguió abrazándola sin soltarla.
—¡Amelia… has vuelto! ¡Por fin estás aquí otra vez! —musitó y Amelia habría jurado que casi llorando.
—¿Vuelto?
Naga asintió tímidamente, con los ojos llorosos, y dijo.
—Estás… viva.
Amelia abrió los ojos con sorpresa a medida que los retazos de memoria sobre lo ocurrido empezaban a formarse en su mente. Algo debía haber pasado para que ahora su hermana la estuviese abrazando de esa forma.
—¿Viva…? –musitó.
En ese momento Zelgadiss comenzó a reincorporarse pesadamente sobre la arena. Estaba extenuado, pero la urgencia de la situación y la alegría de ver que el "super conjuro" de Resurrección había tenido efecto, hicieron que reuniera las fuerzas suficientes como para reincorporarse. Tenía la vista nublada por el esfuerzo y el resplandor, la boca le sabía a polvo y a arena y solo mantenerse alzado sobre los brazos, hacia que le temblara el pulso. Pero a pesar de todo eso, su boca se entreabrió en una muda exclamación de asombro y sintió sus ojos arder.
Amelia estaba viva, otra vez. Y justo ante él, siendo abrazada rudamente por su hermana mayor. Y su expresión era la de alguien vivo, real y consciente de su existencia, pero que aparecía desorientado por lo que ocurría. No había duda, estaba viva, ante él, otra vez.
Fugazmente su memoria rememoró cuando años atrás, en la ciudad de Atlas, había presenciado a un moribundo hechicero, Hansifold "el Blanco", reunir sus últimas fuerzas en poder abrazar a su amada Dubia para que luego esta le pidiera que le matara. Él, a pesar de no haber experimentado nunca antes así (aunque sí otras experiencias muy dolorosas), sí pudo entender el dolor de la escena que presenció… Y en ese momento, al ver allí viva otra vez a Amelia, estando él tan débil, sintió una punzada de "Deja-vú".
Pero su caso era distinto: él no había usado las fuerzas vitales de otros para resucitar a una sola, no había pactado con un mazoku para perdurar su existencia y no había hipotecado una ciudad entera; Amelia se movía pero por voluntad propia, no era un cadáver animado como el que había logrado Hansifold. En este caso, él, el Ma-Kenshi, había, había conseguido el mismo resultado gracias al beneplácito de Cephied a través de su nuevo vínculo con la Magia Sagrada.
A pesar de sí mismo, Zelgadiss no pudo evitar sentir que sus ojos ardieran por la emoción.
—A… Amelia —balbuceó débilmente.
Y acto seguido se desplomó de bruces sobre la arena, agotado por el esfuerzo.
La menor de las princesas de Seillon dio un respingo cuando vio al hombre de cabellos oscuros y ojos almendrados que la llamaba débilmente con una sonrisa de felicidad similar a la de su hermana. Al principio no reconoció ese rostro, aunque se le antojaba vagamente familiar. Fue al escuchar su voz cuando le reconoció.
—¿Zel- Zelgadiss? —exclamó e hizo amago de soltarse del abrazo de su hermana.
Luna aguardó junto a su hermana y Gaury que se sacudieran la arena de encima y recuperaran suficiente sentido como para poder moverse; ella tampoco estaba en mejores condiciones y se veía obligada a apoyarse en su espada, hincada en el suelo como un estandarte, para poder sujetarse. Estaba agotada, físicamente drenada de energía, y mentalmente exhausta; incluso Lina y Gaury parecían estar mucho mejor. La pelirroja, de hecho, pareció percibir el inusitado estado de agotamiento de su hermana mayor y se volvió hacia ella preocupada.
—Luna… ¿estás bien? —preguntó, su voz también sonaba confusa y cansada.
La mayor de las Invers asintió suavemente su soltar el apoyo que le brindaba su arma.
—…Todo lo bien que puedo estar cuando he abusado tanto de mi poder —respondió. —Tranquila, Lina, tu hermana es un hueso duro de roer.
—Pero…
Entonces la intervención de Gaury atrajo la atención de ambas
—Lina, Luna… mirad —exclamó; su voz también sonaba cansada, pero llena de entusiasmo. —Amelia… se mueve.
Los tres se volvieron hacia el lugar donde se había llevado a cabo el super conjuro de "Resurrección". Allí ya no había cristal ni nada, solo un montón de arena cristalizada por el efecto del hechizo que se había llevado a cabo. En el epicentro del mismo podían ver cómo Amelia era abrazada por Naga, quién parecía sufrir igualmente los efectos del agotamiento ocasionado por el conjuro, e igualmente veían a la figura de Zelgadiss intentando volver a reincorporarse sobre sus brazos mientras se arrastraba penosamente por la arena; tras ellos estaba Mellina y Shilfild, quienes les imitaban, aunque su estado, sobre todo el de Mellina, no era tan penoso y ahora intentaba ayudar a Shilfild a reincorporarse.
—Amelia… estás viva —balbuceó Zelgadiss con una débil sonrisa.
Para entonces Naga se había hecho a la idea de que su hermana estaba realmente preocupada por el débil estado de Zelgadiss y que también quería acercarse a él… o al revés. Así que liberó de su abrazo a su hermana y permitió que ambos pudieran tocarse. Amelia se inclinó hacia Zelgadiss e intentó coger sus manos para ayudarle; estaba sorprendentemente débil y la fuerte complexión de Amelia acrecentaba esa diferencia. Al apoyar sus manos sobre las de él, pese al contacto del tejido de los mitones que llevaba puestos, se sorprendió al sentir el tacto de la carne humana que había bajo ellos.
Zelgadiss, animado por el gesto de Amelia, se incorporó cuanto pudo y avanzó hacia ella, hasta que literalmente la envolvió en un rudo abrazo por los hombros y la cintura. Aunque no era la primera vez que abrazaba a Amelia, sí era la primera vez que lo hacía por puro afecto, sin ningún otro motivo similar a "rescate apurado", como tantas veces en el pasado. Sin apenas tiempo para sombrarse de sí mismo. Zelgadiss imitó el gesto de Naga y hundió el rostro, apenas visible bajo su espeso flequillo, en el hombro de ella.
—Estas viva… estás viva otra vez…—musitó.
Naga sintió que ella también tenía derecho a compartir ese momento, y a pesar de que sus sentimientos hacia Zelgadiss siempre habían sido una curiosa mezcla de admiración, asombro y recelo por ese hombre, pero ahora… ¡Por Cephied! Tenía que admitir que si su hermana estaba allí ahora con ellos era gracias a él. El Ma-Kenshi la había traído de vuelta.
Y emocional como se estilaba en su familia, Naga no pudo reprimir el impulso y acabó abrazando a todos por igual.
Amelia, sin embargo, no alcanzaba a comprender todo lo que había pasado; solo sabía que ellos repetían una y otra vez que estaba viva y cuanto se alegraban de volver a verla allí. Pero aún sin saber qué había pasado exactamente, no podía negarles a esas dos personas tal demostración de afecto.
Las Invers y Gaury se acercaron a ellos mientras que Mellina ayudaba a Shilfild a caminar; la sacerdotisa del Hulagón también estaba notoriamente cansada, aunque no llegaba al nivel de agotamiento que Luna o Zelgadiss tenían, si estaba bastante exhausta. Pero aún así, al ver cómo Amelia volvía a estar allí, siendo abrazada y mirándoles a todos sin comprender, no pudo evitar las lágrimas de alegría que salieron de sus ojos. Levantó su mano enguantada de malva e intentó secarse los ojos, momento en que su mirada se cruzó con la de la hechicera pelirroja, quien asintió con una sonrisa y los ojos igualmente brillantes.
Lentamente se fueron apartando de la princesa, siendo el ánimo reinante mucho más alegre y distendido al ver que ella volvía a estar viva. Eso también hacía que el cansancio fuera más llevadero.
Una vez se hubieron separado, miraron a su alrededor y comprobaron que la barrera que se había alzado en torno a esa zona se había derrumbado por completo dejando a la vista el desastre que había causado tantas peleas continuas en el desierto. No era arena, sino diminutos cristales lo que se extendía en medio centenar de metros a la redonda, cuyo brillo al reflejar la luz del falso son, hacía que mirar al horizonte resultara doloroso a los ojos. Luego estaban las tablas, muchas de ellas destrozadas o volcadas de sus lugares originales; otras, en cambio, como si quisieran auto-protegerse, se habían superpuesto entre sí siguiendo esquemas megalíticos con formas de dolmen, taulas, crónlechs y otros, como si el simple alineamiento no bastara para que se conservaran. Ciertamente el lugar había cambiado mucho.
—¡Enhorabuena! —exclamó la voz de Acqua desde ninguna parte. —¡Lo habéis conseguido! Vuestra amiga vuelve a estar en el mundo de los vivos. Un gran trabajo para los humanos.
Las palabras de la Reina Dragón eran de felicitación, pero no por ello el grupo sentía cierta aprensión por todo lo ocurrido. Amelia, en cambio, miraba a su alrededor sin comprender del todo que estaba pasando, pues en su memoria sólo aparecían grandes lagunas que no podía identificar nada de eso le permitía poder juzgar la situación, pero ninguno de ellos parecía estar todavía en condiciones de dar explicaciones, así que decidió esperar.
Xeross se materializó a una distancia prudente del grupo, causando al hacerlo un pequeño remolino de polvo y arena cristalizados. Su figura, aunque conservaba su habitual apariencia humanoide, a la manera de un sacerdote itinerante, resultaba de alguna forma, imperfecta y a veces translúcida. No podía ser de otra forma: el combate contra Luna había sido muy duro, e igualmente había sido alcanzado de lleno por el super-conjuro de "Resurrección", así que su forma Astral se encontraba dañada. Incluso siendo un formidable adversario, el Sacerdote Bestia estaba muy debilitado y le costaba mantener una presencia física. Su semblante, pese a mostrar su habitual mueca risueña, se desvanecía por momentos; y su figura emanaba una luz negra que luchaba por mantener agrupada formando una presencia física.
Xelloss sabía que en su situación actual, no podría combatir abiertamente por mucho tiempo; de hecho no se había vuelto a encontrar tan herido ni siquiera desde que Gaarv le atacara, aunque las heridas que ahora sufrían eran de otro tipo. No obstante, sus finos labios de aspecto humano se curvaron en una mueva sonriente.
Viniendo de alguien como Xeross, semejante sonrisa solo podía despertar inquietud.
A pesar de su debilidad, Luna se adelantó al resto del grupo con su espada bastarda de filo negro en las manos. Tras ella, se situó su hermana Lina, en evidente mejor condición física, y junto a ella, Gaury la imitó. Siguiendo el ejemplo de las Invers, Naga también lo hizo pese a la inquieta mirada de su hermana menor; Amelia no sabía qué estaba pasando realmente, pero no le hacía falta recurrir a sus capacidades sensoriales de sacerdotisa para darse cuenta del peligro que Xeross parecía representar.
Aún así, Amelia rememoró que la última vez vio al Sacerdote Bestia; entonces estuvo situado en el mismo lugar que ahora, y su presencia allí era la de un mero espectador que quería pasar el rato, pero la impresión que tenía ahora era mucho más amenazadora. ¿O tal vez… también estaba siendo un espectador?
Confundida, Amelia se giró hacia Zelgadiss, quién parecía tener mucho que ver con lo que fuera que estaba pasando ahora, pero no pudo averiguar nada más; Zelgadiss estaba demasiado débil todavía como para poder mantenerse en pie por sus propios medios, de hecho estaba apoyado en esa chica, Mellina, la que había conocido en Atlas durante su viaje y que por algún motivo aún más bizarro que todo lo que estaba presenciando, ahora también estaba allí.
—Amelia…— oyó decir entonces a Shilfild, —… Siento decir esto, pero será mejor que te prepares. Esto puede ponerse feo.
—Maldito… Xeross…— farfulló Zelgadiss con voz cansada pero llena de odio.
Viendo la reacción de los demás, Amelia, pese a su confusión, adoptó una posición de defensa.
Lina dio un paso al frente hasta situarse a la altura de su hermana mayor, quien tanteó la espada que sostenía entre sus manos.
—¿Qué quieres, Xeross?— preguntó la pelirroja alzando la voz, —¿Es que no has visto que al final no has podido impedir que usáramos la Piedra de Sarvia?
—Precisamente —respondió Zeross con satisfacción, —Ya he conseguido mi objetivo.
El Sacerdote Bestia rió ante la expresión de asombro y temor general.
—¡Qué simples sois los humanos!— exclamó divertido. —Está claro lo que ha pasado.
Zelgadiss intentó reunir suficientes fuerzas como para encarar a Zeross. Sabía que el mazoku no mentía, pero también sabía que siempre ocultaba la verdad, así que algo podría averiguar. En cualquier caso la sola presencia de Zeross indicaba problemas.
—¡Vamos, contesta! —arengó Lina.
—Lina, Lina, Lina…— canturreó Zeross, —¿Acaso la que los humanos consideran una de las mejores hechiceras existentes no es capaz de darse cuenta?
A su pesar, la hechicera pelirroja tenía que admitir que no entendía a qué se refería el mazoku.
—¡Deja de hacerte el gracioso y dilo de una vez! —gritó Naga de repente con voz furiosa e incapaz de ocultar su desagrado hacia alguien que había considerado siempre como "un sacerdote con cara de bobo".
Xeross, claro está se sentía cada vez más reconfortado por semejantes demostraciones de ira, cuyo miasma le ayudaba a recuperarse de su débil estado. Pero Luna se percató de ello y gritó:
—¡Silencio! —La orden cayó sobre todos. —¡Habla de una vez, Zeross!
El mazoku volvió a sonreír.
—Ya que la honrosa Caballero de Cephied me pide que le dé una explicación acerca de un tema que ni ella conoce, no puedo negarme. Es un honor para mí facilitar ese tiempo de conocimiento básico a alguien como ella— respondió en tono burlesco. —Como ya he dicho, mi misión por fin ha acabado — aclaró despreocupadamente. —La Piedra de Sarvia ha sido destruida y por tanto los humanos ya no podréis acceder a su poder.
Semejante explicación tuvo una respuesta clara; instintivamente Zelgadiss alzó las manos y comprobó que ya no tenía en su poder la Piedra, no había ni rastro de lo que le había permitido llevar a cabo el Super-Conjuro; en su lugar solo había el polvo de la arena del suelo… Al no ser que se les hubiese caído.
Los demás debieron pensar lo mismo porque voltearon las miradas hacia el suelo, haciendo amago de buscar la pequeña lasca de algo parecido al carbón de hulla en medio de la arena cristalizada, pero resultaba difícil poder hallarlo en ese lugar y más después del revuelo de pisadas que habían dado.
—…No está —musitó Shilfild. —No siento rastro de su presencia.
Zelgadiss miró inquisitivamente a la sacerdotisa de morado y su expresión se volvió incrédula.
—¿Cómo puedes saberlo si nunca antes te diste cuenta de su poder?— preguntó.
—No me di cuenta porque no le presté atención; nunca concentré mi poder oráculo sobre ella, así que no podía hacer que reaccionara —explicó Shilfild.
Zelgadiss tuvo que admitir que era cierto; eso explicaba cómo pudo originalmente Rezo localizar y reconocer la Piedra de Sarvia dentro de una estatua de orihalcón, que además anula el poder mágico. Sencillamente Rezo comprobó que estaba allí guardada.
—¿Estás segura de que no está aquí? —insistió Lina.
—No siento… absolutamente nada— corroboró la sacerdotisa de largos cabellos.
Amelia seguía sin saber de qué hablaban realmente, aún no tenía muy claro lo ocurrido, pero por lo que parecía, todos sus amigos, su hermana y esa joven llamada Mellina que ayudaba a Zelgadiss a mantenerse en pie, estaban allí por culpa del a Piedra de Sarvia y Xeross. Las circunstancias y sus capacidades de oráculo la llevaban a pensar que un combate entre sus amigos y Xeross había ocurrido a causa de la piedra, y que de alguna forma había tenido efecto sobre ella. No podía haber otra explicación para que todos, especialmente su hermana y Zelgadiss, la hubiesen abrazado posesivamente.
Sencillamente Amelia era incapaz de entender, o siquiera imaginar, que había estado muerta. Cualquier recuerdo que guardase de tal experiencia había sido borrado al volver a la vida.
—Entonces… ¿La Piedra de Sarvia no existe? —exclamó Naga sin dirigirse a nadie en particular.
—Mi misión ha concluido— añadió Zeross. —Aunque consiguierais vuestro objetivo, yo también conseguí el mío…— A pesar de palabras de satisfacción, Zeross a duras penas conseguía mantener su apariencia humana; por momentos parecía tornarse involuntariamente en un cono de energía negra que se arremolinaba sobre su eje.
—¡Espera un momento, Xeross! —insistió Lina. —¿A qué viene todo esto? ¡Explícate de una vez!
—¡Y nada de responder "eso es un secreto"! —añadió Luna. —Todavía tengo poder para enfrentarme a ti, Sacerdote Bestia.
—¡Cómo sois las Invers! ¡Eso es lo que me gusta de vosotras! —exclamó Zeross en tono jocoso. —… Pero seguís sin poder ver lo que es obvio. ¿Tanto os cuesta entender que sin la Piedra de Sarvia los humanos ya no podéis invocar el poder de Cehpied de esa forma? Gracias a que la teníais, pudisteis conseguir traer de vuelta a Amelia, pero ahora, sin ella, eso ya no podrá volver a pasar.
"Ya veo. Muerto el perro, se acabó la rabia." Pensó Zelgadiss, aún demasiado débil incluso para una pelea verbal, "Zeross no quería que los humanos tuviéramos acceso a la Piedra de Sarvia y por tanto pudiésemos obtener el poder de Cephied. Los mazoku no quieren que la humanidad tenga acceso a los grandes hechizos de la Magia Blanca… o de objetos que ayuden a lograrlo. Pero aunque así sea, yo ahora manejo la Magia Sagrada; eso es algo que Xeross no ha podido evitar y por lo que también quería que yo no cumpliera mi misión, aunque aparente haber vencido." Ese era un razonamiento lógico, pero Zelgadiss tampoco pudo evitar pensar que si había llegado a esa conclusión, era por lo que había aprendido en los últimos años sobre Magia Blanca gracias a Amelia.
—…Pero sin la Piedra —comenzó a decir Shilfild, quien había sentido el poder que ese objeto tenía sobre sus capacidades, —ya no…
Entonces, para sorpresa de todos, intervino Acqua dirigiéndose directamente a Xeross.
—Sacerdote Bestia —comenzó, —una vez te salvé la vida y otra has atacado aquello que protejo. He perdonado tu existencia pero no toleraré que interfieras más en aquello que me atañe. Puede que ahora no pueda manifestarme totalmente de forma física, pero sigo teniendo más poder que tú y la Caballero de Cephied está a mi lado. Por tanto, te pido que te marches de aquí y no vuelvas. Sabes que ahora no puedes negarte ni oponerte a mí.
La forma en que Acqua había hablado era inusitadamente severa, sobre todo si se tiene en cuenta la afabilidad de la ancianita en la que solía manifestarse. Y lo suyo no era una amenaza velada, sino una advertencia seria: Acqua mantenía todo aquel lugar en pie con su voluntad, y a pesar de todos los ataques, aún estaba allí. Eso era algo que el Sacerdote Bestia no podía hacer.
—Por supuesto, Reina Dragón; no tengo nada más que hacer aquí. Mi misión ha sido completada —insistió Xeross dando por zanjado el asunto con una insultante condescendencia. —…Y ahora, si me disculpáis, debo irme —añadió ejecutando una florida reverencia, aunque su cuerpo físico se deformó visiblemente al hacerlo.
—¡De eso nada! —exclamó Luna, —¡No permitiré que te marches así como así!
Y diciendo esto, la hasta hacía un momento debilitada Caballero de Cephied, saltó vigorosamente sobre sus pies embotados, cubriendo toda la distancia que le separaba de Xeross, y se abalanzó sobre la figura de él, espada en ristre, con la intención de asestarle un fatal mandoble gracias al filo de su espada, empapado en su voluntad.
—¡Detente, Luna! —ordenó Acqua. —Déjalo marchar. Yo no lo he atacado; no hagas tú lo contario.
Al oírla, Luna se detuvo en seco y el golpe no alcanzó su objetivo; Xeross apenas podía mantener una forma física coherente y rápidamente se desvaneció en el Plano Astral. En su interrumpido salto, Luna aterrizó donde justo frente a donde había estado situado el Sacerdote Bestia, levantando una buena polvareda en cuanto su espada tocó el suelo. La Caballero de Cephied solo pudo chasquear la lengua, disconforme.
—¡Maldito! —exclamó entre dientes. —¡Nunca debí permitir que entrara en mi casa!
—Se ha ido —anunció Shilfild. —Definitivamente
—Sí, y no volverá —confirmó la voz de Acqua.
—Me alegro… —balbuceó Zelgadiss en voz baja. —Por un momento creí que después de destruir la Piedra, me atacaría a mí también por manejar la Magia Sagrada.
Amelia dio un bote al oír aquello y se giró hacia el mago espadachín con los ojos muy abiertos. "¿Qué ha dicho?"
—Es posible que lo hubiese hecho si no fuera por la intervención de Acqua —sugirió Shilfild antes de que Amelia pudiera preguntar nada. —Si nosotros hemos manejado un conjuro así, los Mazoku nos podrían atacar por algo así.
—O no… Yo también puedo usar dos conjuros que invocan a la Señora de las Pesadillas y aún así me dejan con vida —intervino Lina en tono grave. —Si os han dejado vivos es porque no quieren que muráis… aún.
Un estado de consternación general se extendió por el grupo; pese que al final no habían sufrido ningún daño real, no por ello dejaban de sentirse manipulados. Por mucha ayuda que Xeross les hubiese prestado en el pasado, no dejaba de ser un mazoku.
Zelgadiss suspiró pesadamente y se relajó, siendo consciente de su gran cansancio, aunque ya estaba algo mejor que al principio; sus piernas flojearon un tanto y Mellina le ayudó a sostenerse mientras que Amelia se volvía hacia él con esa misma intención. La forma en que Mellina le prestaba apoyo, resultaba incómodamente familiar.
—¿Estás bien, Zelgadiss? —preguntó la joven de cabello negro haciendo amago de ayudarle también. Él asintió.
—…Solo cansado —contestó. —Mi capacidad mágica… está… muy mermada.
De alguna forma, Amelia supo a qué se refería en ese particular; un flash de recuerdos alumbró su memoria, haciéndole recordar que ella también pasado por eso, hasta el punto de caer….
¿Qué había sucedido realmente tras ese momento? Sus recuerdos eran muy vagos e imprecisos, inquietantemente similares a cuando luchó contra Fibrizo. Eso solo consiguió hacerle sentir aún más nerviosa.
—Pero…—comenzó a decir, —¿Qué ha pasado?
—Pasa que estás de vuelta, Amelia —contestó Lina tras ella y la sacerdotisa se giró hacia su amiga pelirroja. —…Ahora ya estás aquí.
Lina hizo un gesto inusitado en ella, o que al menos solo había visto hacer con ella; la hechicera pelirroja alzó los brazos y rodeó con ellos a Amelia; la respuesta de ella fue un furioso respingo, asombrada. Y por si eso no fuera suficiente, Gaury hizo lo mismo.
—¡Yo también me alegro mucho de volver a verte viva, Amelia! —exclamó el espadachín.
La sacerdotisa, mientras era ahogada entre abrazos, desvió la vista hacia los allí congregados, aún más asombrada.
—¿Viva? —musitó de nuevo.
Y descubrió que Shilfild, aún con los ojos llorosos, asentía.
—Sí, viva otra vez, Amelia… Gracias especialmente a Zelgadiss y tu hermana —explicó.
Lina y Gaury la liberaron de su abrazo, permitiendo que se girara hacia los mencionados; su hermana mayor, aunque obviamente cubierta de arena y polvo del desierto, le sonreía débilmente, mientras que Zelgadiss, aún siendo sostenido por aquella familiar campesina, asentía con una expresión extraña en el rostro.
—¿Viva otra vez…? —exclamó de nuevo, cada vez más consciente de lo que eso significaba. — Entonces lo que ha pasado es que…
—Efectivamente, que has resucitado —finalizó Luna con su habitual pragmatismo. —Pero vuestro amigo mazoku, Xeross, no quería que lo hiciéramos —. La mayor de las Invers sonrió débilmente. —Agradece a tu hermana y Zelgadiss que ahora estés viva.
Amelia apenas se podía creer lo que estaba escuchando, pero reflexionando sobre los hechos y sus propias sensaciones, tenía sentido. Eso explicaba las lagunas de memoria y la sensación de ensoñación, similar a cuando LON se manifestó en el mundo.
—Creo que… te debo algunas explicaciones, Amelia —anunció de repente Zelgadiss.
—Eso lo harás más tarde, Zel —replicó Gaury de repente al tiempo que le sostenía. —Mellina, Amelia, podéis soltarle ya.
Las dos jóvenes asintieron. Zelgadiss estaba muy débil, tanto como para no poder mantenerse por sí mismo en pie durante mucho tiempo. Gaury, merced de su mayor envergadura, podría sostenerle con más facilidad.
—Zelgadiss… será mejor que descanses un poco. Tu magia está tan mermada que puedes quedarte dormido de pie en cualquier momento.
Amelia se había girado hacia Lina, aún asombrada.
—¿Es todo eso cierto? —preguntó.
La pelirroja asintió y Amelia pudo ver que su amiga estaba muy emocionada, lo que corroboraba sus afirmaciones. La inusual expresión de Lina era similar a la que tuvo cuando fue rescatada del Mar del Caos por Gaury varios años atrás. La sacerdotisa era cada vez más consciente de lo que había ocurrido y empezó a dudar sobre hasta qué punto realmente deseaba saber qué había ocurrido.
Entonces Lina se volvió y miró hacia el cielo.
—¡Eh, Reina Dragón… Acqua! —exclamó alzando la voz. —Si todo esto ha terminado ya, ¿podemos irnos? Por lo menos a mí me gustaría comer bien y darme un baño.
Amelia alzó la vista en dirección a Lina; había oído antes la voz de Acqua, pero estaba claro que por la actitud de su vieja amiga, la afable ancianita no estaba de cuerpo presente.
—Sí, todo ha acabado ya. Os felicito, de verdad que os felicito. Y os doy mi bendición.
Y diciendo esto, todos empezaron a sentir cómo recuperaban sus fuerzas envueltos en un halo de luz azulada, cerrando sus heridas y curando sus magulladuras, pero sobre todo haciendo que se sintieran totalmente restablecidos.
—Es… es Magia Sagrada —exclamó Shilfild observando el fenómeno en total perplejidad. —Nunca había sentido algo así hasta hoy.
—Es muy agradable —confirmó Gaury con una sonrisa.
Lina estuvo de acuerdo, aunque los recuerdos que ella tenía de ese tipo de Magia en sus propias carnes no eran siempre agradables. Por otro lado, Zelgadiss sintió que por fin no le fallaban las piernas y que básicamente volvía a sentirse de una pieza; el hecho de estar ahora vinculado a la Magia Sagrada hacía que su percepción de ese hechizo en particular fuera un tanto distinta al resto, pero no quería discutir ahora los detalles.
Cuando todos se hubieron restablecido, simplemente se sacudieron las ropas tratando de adecentarse un poco mirándose entre sí.
—¡Buf, eso sí que ha estado bien! —exclamó Lina, —¡Muchas gracias, Acqua!
Se oyó una suave risita; ya fuera sólo en espíritu o como ancianita, Raguradya era siempre igual.
—…Reina Dragón… —comenzó a decir Shilfild de forma titubeante. —Sé que todos hemos cumplido con nuestra misión y que hemos hecho algo que creíamos que era imposible… Pero yo… yo tenía la esperanza de poder usar la Piedra de Sarvia de algún modo, y sin embargo ha resultado destruida. Eso no me parece justo.
Lina y Naga dieron un respingo y miraron a Shilfild; no esperaban que la sacerdotisa del Hulagón dijera algo así, ni siquiera que tuviera sus propios planes.
—¿Qué te proponías hacer con la piedra? —inquirió Naga sin ocultar su desconfianza.
Shilfild bajó la vista y contestó,
—Quería usarla para poder reconstruir mi hogar.
Al oírla, varios de los presentes, aquellos que estuvieron allí durante las destrucciones consecutivas de Sairag, suspiraron pesadamente. Comprendían muy bien a qué se refería Shilfild.
—Mi querida niña… —comenzó a decir la voz de Acqua. —Eso es algo que no podemos realizar y que tampoco habrías podido hacer de haber persistido la piedra. No tal y como están las cosas ahora.
Shilfild dio un respingo y su ceño se frunció en un inusitado gesto de incredulidad.
—¿Por qué? —exclamó. —Con la piedra y la Magia Sagrada podría traer de vuelta a todos los míos. —La urgencia en la voz de Shilfild era más que obvia.
—No, eso no se podría haber hecho —contestó Acqua con dulzura. —Los habitantes de Sairag llevan mucho tiempo muertos y sus cuerpos destruidos. Además, el Amo del Infierno ya forzó sus almas a volver a este mundo contra su voluntad… No puedes traer a nadie de vuelta contra su voluntad sin ser un demonio y esas almas están ya muy cansadas como para querer volver. Aunque hubieses reconstruido la ciudad como tú dices, no sería más que una ciudad vacía. ¿De verdad quieres algo así?
Shilfild vaciló. Se estaba empezando a sentir incluso más débil que hacía un rato por tales noticias; era algo difícil de asimilar, pero tras unos largos instantes, acabó por comprender y aceptar lo que Raguradya le quería hacer entender. Amelia había podido volver porque había tenido un plazo de tiempo para que su cuerpo fuera incorrupto, y también porque su alma había querido permanecer viva… Pero Eruk, su padre, había vuelto contra su voluntad por culpa de Fibrizo, manipulándole y obligándole a cumplir sus órdenes, y además, su cuerpo destruido, sin nada en qué reencarnarse. Así no se puede traer a nadie de vuelta.
—…Entiendo —dijo por fin. —Pero… me resulta difícil de aceptar.
En ese momento, sintió como la mano callosa de Gaury se apoyaba sobre su hombro. El elmekiano seguía teniendo un especial aprecio por ella.
—Hay algo que sí puedes hacer, aunque Sairag y el Hulagón ya no existan —sugirió Acqua. —Ya va siendo hora que los humanos de esta parte del mundo lo conozcan, y tú eres especialmente indicada para ello.
—¡Cht! —Naga chasqueó la lengua por lo bajo y Lina le sacudió un codazo.
—¿El qué? —preguntó ella alzando la mirada, confundida por lo que la Reina Dragón le estaba diciendo.
—Magia Sagrada —contestó Acqua. —Zelgadiss y tú seréis los primeros cuando estéis listos para ello.
Al oír algo como eso otra vez, Amelia miró a Zelgadiss casi ojo plática; de verdad Zel, que siempre había sido un tanto torpe con la Magia Blanca, ¿ahora era candidato a usar la Magia Sagrada? El mago-espadachín no contestó, sino que asintió con la cabeza levemente.
—Entiendo, Reina Dragón. Así lo haremos los dos si Shilfild está de acuerdo.
Shilfild se había girado también hacia Zelgadiss y le miró largamente; ella sabía muy bien que el nieto de Rezo era una persona con una gran auto-disciplina, y si afirmaba algo así, es porque planeaba estar listo para ello. Eso le dio el coraje necesario.
—De acuerdo, Acqua… Así lo haré —contestó con una sonrisa.
Hubo un año benevolente como contestación a todos.
—Si es así… podéis marchar todos en paz. Id con mi bendición.
Todos murmuraron agradecimientos en voz baja, y a continuación se hizo el silencio durante unos minutos.
—Bueno, sería mejor que nos fuéramos de aquí —anunció Luna al cabo de unos minutos. —Estamos todos muy cansados y Firia debe estar en Rikkido, esperándonos impaciente… Ya te lo explicaremos todo luego —concluyó dirigiéndose a Amelia, quien asintió tímidamente.
A pesar de todo, los demás tuvieron que admitir que Luna y su costumbre de dar órdenes y disponer asuntos, aún más exagerada que en Lina, tenía razón.
Sin nada que les retuviera más tiempo, el grupo comenzó su camino de vuelta a la entrada. Aún tenía un largo camino de vuelta y posiblemente llegarían, como pronto, de madrugada, pues incluso dentro de aquel extraño mundo ya estaba empezando a anochecer.
Zelgadiss se había quedado mirando a oscuras el techo del que había hecho su cuarto en la casa de Firia en Rikkido. Las paredes y ese mismo techo lucían de color azulón gracias a la luz que se filtraba de la calle desde la ventana abierta de la habitación. Los contornos de los muebles, la cama, la mesilla y el marco de la ventana lucían de un negro profundo, de forma que toda la habitación se veía en dos colores, negro y azul, que invitaban a la reflexión.
Eso era precisamente lo que Zelgadiss se encontraba haciendo en ese momento.
Los acontecimientos habían dado el giro que él había deseado durante los últimos meses y tal vez de la mejor forma posible. Ahora mismo, él era el primer humano en siglos que conocía la Magia Sagrada y gracias a eso Amelia había resucitado después de una encarnizada batalla contra Xeross. Tales noticias habían asombrado a Firia a partes iguales y ahora, después de tantas vicisitudes, tenía que descansar en condiciones.
Pero era algo que le estaba resultando difícil de conseguir pese al agotamiento de su cuerpo y su mente…
La jornada había sido muy larga. Cierto que la magia de Acqua les había recompuesto, pero tener que volver monte abajo caminando a deshoras porque sin la piedra de Sarvia no podían convocar el golem de piedra con la misma eficacia que hasta ahora, no había sido ningún paseo. El golem-dragón había quedado como custodio de la entrada del templo de ahora en adelante; Naga cambió el hechizo con el que lo mantenía animado por otro más sencillo para que pasase a convertirse en un guardián de aquel lugar, aunque tal vez esa no fuera la mejor de las ideas ni Acqua le había indicado que lo hiciera; pero nadie tuvo ganas de discutir con ella sobre ese asunto. Era por ello que volver a Rikkido y a casa de Firia les había llevado muchas horas, y hasta bien entrada la madrugada, no habían llegado a la pequeña villa serrana.
Firia les había recibido con una mezcla de entusiasmo, preocupación y sorpresa, todo a la vez, y les había abrazado uno a uno, proclamando lo inquieta que había estado por todos ellos durante todo el tiempo transcurrido; era natural que fuera así porque, si bien Firia todavía no estaba al tanto de lo que había ocurrido entre Acqua y Xelloss, sí sabía que algo había ido mal y que ese algo les había atacado durante su misión. Cuando la dragona hubo sabido con detalle lo que había hecho el Sacerdote Bestia y la batalla que había tenido lugar, casi había sufrido un ataque de histeria acompañado de un mazo en ristre, hasta que Luna se las apañó para tranquilizarla, remarcando la "paliza" que le había dado a Xeross. No era para tanto, pero sin duda lo que Firia quería oír.
Luego, Shilfild y el propio Zelgadiss le habían comentado a Firia las intenciones que tenía Acqua para con ellos y la Magia Sagrada, y Firia se había mostrado más que colaboradora con ese tema. La propia Amelia, que aún pretendía asimilar todo lo ocurrido como buenamente podía, había comprendió por fin por qué había sido así y de dónde había sacado Zelgadiss esa habilidad.
—Eso es algo que me tenéis que enseñar a hacer —había anunciado con vehemencia.
Zelgadiss comprendía la impetuosidad de Amelia, pues ella misma le había explicado tiempo atrás lo importante que era eso para un sacerdote.
Amelia supo también quién era en realidad esa joven que había conocido en Atlas y les acompañó todo el tiempo, especialmente cerca de Zelgadiss y Shilfild. Durante todo ese mismo tiempo, eso le había inquietado, sintiendo la punzada de los celos, al igual que le había pasado en el reino de Femenil tiempo atrás; pero esta vez había sido más sensata y juzgó que era mejor saber qué pasaba con esa joven para que se hubiese acoplado al grupo de tal manera. Su sorpresa fue mayúscula cuando lo supo y no tuvo queja de ello sino que incluso felicitó a la joven vasalla de Rezo por el valor que había tenido en emprender una empresa como esa.
De alguna forma eso había ayudado a Zelgadiss a darse cuenta de lo importante que era su presencia para Mellina.
Más tarde, Firia se acabó retirando para atender a sus quehaceres diarios, empezando por el pequeño Var, que por supuesto, fue recibido con gran entusiasmo por Amelia. El una vez terrible dragón ancestral, ahora parecía tener la capacidad de enternecer a todo el mundo y, como parecía empezar a ser costumbre, ahora todos disfrutaban haciéndole cucamonas al dragoncito.
Poco después, el resto del grupo decidió que era oportuno irse a descansar, por lo menos hasta que llegara la hora de volver a llenar el estómago. Pero Amelia todavía tenía mucho que hacer.
Ahora, tras las largas y detalladas explicaciones, ella ya estaba enterada de lo que había ocurrido; todo eso fue una sorpresa para la segunda princesa de Seillon, que apenas pudo responder de forma coherente sobre las inevitables preguntas acerca de la muerte, por lo que Firia acabó intercediendo a su favor para que no la agobiaran más con ese tema y también descansara. Tras tantas sorpresas, ahora dormía merecidamente en el mismo cuarto que su hermana y ella compartían y que estaba situado un par de puertas más allá, en la habitación de invitados de la casa de Firia, la más grande y por tanto destinada a la mayor parte del grupo, las mujeres. Zelgadiss no estaba enterado de todos los detalles, pero por lo que había podido ver, Amelia y su hermana Gracia habían estado hablando seriamente durante buena parte de la tarde sobre sus asuntos familiares y de la corona. Él no creía tener derecho a inmiscuirse en lo que estaría pasando entre ellas, pero sí tenía el convencimiento de que tras esas conversaciones, el destino de Seillon estaría sellado de alguna forma. Zelgadiss tenía madera de líder, lo había sido durante varios años y nada menos que de Trolls y Bersherkes, pero tener que gobernar un país con tanto poder como Seillon, era algo que en ese momento que a él le venía grande, tanto que sintió como suyo el peso de la responsabilidad que había ahora mismo sobre los hombros de Amelia, como si el de ser el primer humano en manejar Magia Sagrada no le intimidara ya un tanto.
Por un momento se sorprendió a sí mismo por estar pensando en ese tema en concreto. ¿Por qué se preocupaba por el futuro del gobierno de Seillon si él no tenía nada que ver directamente con ese tema? Eso era responsabilidad de Amelia (y posiblemente ahora también de Naga) y no de él… O tal vez sí. Amelia siempre le había preguntado si él querría volver a Seillon con ella. ¿Acaso era eso? ¿Se estaba planteando esa posibilidad? ¿O debía plantearse estudiar Magia Sagrada junto con Shilfild como Acqua había sugerido? Era posible que sí, fuera casi una certeza que Amelia aún pensara en ello.
La propia Amelia, además, estaba muy agradecida con él por haber conseguido resucitarla después de todo lo que había ocurrido, pero por eso mismo se encontraba ante la incertidumbre de saber qué pasaría ahora entre ellos. Zelgadiss había madurado emocionalmente lo suficiente como para ser franco consigo mismo, pero aún existía el hecho de que Amelia había tenido que sufrir mucho por su culpa, y por mucho que Amelia le pidiera ir con ella, él no tenía derecho a aceptar.
El mago espadachín suspiró pesadamente al pensar que una vez que se hubiese dicho todo lo que había que hablar, él debería retirarse discretamente para que ella continuara con su vida de princesa y gobernante sin problemas adicionales...
En lo personal, no era una posición alentadora.
En ese momento, llamaron a la puerta suavemente con varios golpes de nudillos. Zelgadiss giró la cabeza en dirección a la entrada del cuarto, algo sorprendido por oír llamar a la puerta cuando le constaba que Firia sólo se levantaba a media noche para atender a Var. En el pasado, sus agudos sentidos de quimera, le habrían advertido de que allí había alguien ya estaba allí, pero ahora no lo había sabido hasta que no oyó llamar y eso casi le había cogido por sorpresa.
Volvieron a llamar, esta vez de forma algo más insistente y audible; ya era imposible seguir ignorándolo, así que se incorporó pesadamente de su lecho y se dirigió hacia la entrada con una extraña sensación de familiaridad ante una situación que ya había vivido antes de una u otra forma.
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
—Zel, soy yo, Amelia —contestó una voz apagada al otro lado de la entrada de madera. —Déjame pasar, por favor.
Zelgadiss pestañeó sorprendido por lo que acababa de oír, pero rápidamente se recompuso y abrió la puerta con un giro de cerrojo que intentó ser silencioso sin tener éxito. El mago espadachín chasqueó la lengua cuando, después de todo ese ruido en mitad de la noche, las bisagras de la puerta chirriaron sonoramente al abrirla, sumándose al indiscreto escándalo nocturno; pero el disgusto desapareció con rapidez cuando encontró a Amelia esperándole al otro lado, cubierta con una bata de espesa felpa bajo la que se adivinaba el camisón de dormir. No era la primera vez que la veía de esa forma, pero no se encontraba emocionalmente preparado para esa situación.
—Amelia...—exclamó. —¿Qué...?
—¿Puedo entrar? —preguntó ella mirándole a los ojos. —Me gustaría hablar contigo.
—Sí, claro —. Y se apartó para dejarla paso.
Amelia entró en silencio en la anodina habitación donde Zelgadiss se había alojado por disposición de Firia, teniendo cuidado de no tropezar con nada porque el cuarto seguía a oscuras; fue entonces cuando el mago espadachín reparó en que no había más iluminación que la que entraba por la ventana.
—Espera. Iluminaré la habitación —.Y diciendo esto, puso la palma de la mano hacia arriba mientras murmuraba el conjuro de "Luz". Entonces se formó la habitual bola de luz blanca propia de ese hechizo que el mago espadachín colocó suavemente sobre el candelero de una lámpara de aceite; la luz no era tan potente como podría, sino más suave y dorada, dándole una cálida tonalidad a toda la habitación, algo que parecía haber hecho de forma intencionada.
—Gracias... ¿Me puedo sentar? —preguntó señalando la silla de enea que había en el cuarto.
—Sí, claro —contestó Zelgadiss escuetamente.
Amelia arrastró suavemente la silla para hacer sitio y se sentó sobre ella mientras Zelgadiss hacía lo propio sobre la cama donde hasta hacía un momento había estado tumbado.
—...Espero no haberte despertado —musitó Amelia cuando le vio tomar sitio.
—No estaba dormido —contestó él. —Mi cama ni siquiera está deshecha.
El mago espadachín reparó que Amelia dirigía una suave mirada de asentimiento al darse cuenta que así era; sin embargo, su atención pronto se volvió hacia el tema central.
—¿Y bien?, ¿de qué querías hablar? —preguntó sin rodeos pese a su nerviosismo.
Amelia cruzó las manos sobre su regazo y jugueteó nerviosa con los dedos mientras evaluaba qué decir; había reunido el suficiente coraje como para ir a hablar con Zelgadiss después de haberlo hecho con su hermana, era algo que tenía que hacer porque si todos ellos no se separaban mañana, lo harían en dos días más, y a partir de entonces, sus caminos volverían a seguir rutas diferentes... sin que tal vez volvieran a encontrarse más (aunque sobre ese punto tenía sus dudas acerca de Lina, ya que la hechicera pelirroja tenía el peligroso don de la ubicuidad inoportuna) , así que debía aclarar ese asunto con Zelgadiss cuanto antes.
—Es sobre lo que ha pasado —contestó ella con voz suave, haciendo valor. —Siempre te estaré agradecida por haberme resucitado. Creo que es la proeza más grande que nadie puede hacer... y nunca pensé que alguien pudiese hacer algo tan increíble como eso por mí... A excepción de mi padre, supongo. —La voz de Amelia estaba llena de emoción, aunque no tanto por el hecho de la resurrección en sí como porque alguien lo hubiese hecho por ella. El súbito recuerdo de Hansiford "el Blanco", intentando resucitar a Dubia, asaltó su mente, al igual que cuando había visto ocurrir con Lina cuando la poseyó LON, o con Var cuando volvió a su antiguo ser. Todas esas ocasiones habían sido a cada cual más increíble, pero ahora ella había sido la partícipe directa de una de ellas.
—Ya sé lo que quieres decir, Amelia —contestó Zelgadiss con su acostumbrado tono tajante, aunque los que le conocían habrían captado el tono tembloroso de su habla. —Es lo mínimo que podía hacer... No podía dejarte muerta después de lo que pasó.
—¿De lo que hice por ti? —inquirió la sacerdotisa levantando la vista hacia él.
—No... De lo que perdiste por mi culpa —contestó él con voz ronca ante la expectativa de lo que iba a decir. —Yo deseaba recuperar mi humanidad más que cualquier otra cosa, y puse mi interés sobre tu vida... Luego me di cuenta de mi error y debía repararlo de cualquier modo. Creo que he aprendido la lección de sobra.
La princesa-sacerdotisa le miró largamente; sus ojos azules contrastaban con la luz dorada del cuarto y con sus cabellos negros, pero a Zelgadiss le seguían pareciendo tan hermosos como inquietantes, sobre todo en ese momento. El mago espadachín sabía tan bien como Amelia que debían aclarar ese asunto entre los dos cuanto antes, aunque se quedaran en pie hasta altas horas de la madrugada; Zelgadiss había llegado a aprender que ya no podía negarse a sí mismo.
Pero Amelia le miraba con una expresión cercana a la tristeza.
—¿Me resucitaste... porque querías pagarme lo que hice por ti?—preguntó.
Zelgadiss suspiró pesadamente y se removió sobre el borde de la cama donde estaba sentado; al hacerlo, su espeso flequillo casi le tapó los ojos.
—Amelia... Yo siempre te estaré agradecido por lo que hiciste por mí... Pero no merecías pagar el precio que diste. —Inspiró profundamente. —Tú no tenías que morir por mi humanidad.
—Fue mi elección, Zel — contestó ella. —Es algo que quiero que comprendas. — Los ojos de ella se volvieron brillantes, —Por favor, no te tortures más por tu error.
—No deseo hacerlo… créeme que no —replicó el mago. — Pero es una de las cosas que más me he arrepentido en la vida —. Zelgadiss suspiró pesadamente. — Todas las demás cosas que he hice tras convertirme en quimera y durante el tiempo que serví a Rezo, podrían tener alguna clase de excusa porque las hice siguiendo los designios de Ojo de Rubí, aunque yo no lo supiera. Incluso creo que… ahora ya puedo perdonar definitivamente a Rezo por lo que pasó. Pero hacer que perdieras la vida fue totalmente mi culpa y no de ningún mazoku que me manipulara.
Amelia le escuchó atentamente, comprendiendo la magnitud de lo que quería decir. Zelgadiss era pasional a pesar de su capa de frialdad, así que el mensaje de sus palabras estaba cargado de significado; ella podía sentir el dolor de su error. Pero era propio de la princesa de Seillon ver siempre las cosas de forma positiva y nunca dejarse derrotar por el dolor y la desesperación; ella, mejor que el propio Zelgadiss, podía comprender que existía otra óptica.
—Zel… Ser parte de ese pequeño grupo de personas que ha podido derrotar a Ojo de Rubí, la Super Bestia Zanafer, Fibrizo, Estrella Oscura y otros muchos, y ser el primer humano en siglos que usa la Magia Sagrada… Fue elección tuya y no de nadie más. Y eso para muchos es ser un "héroe"—señaló la princesa sacerdotisa. — Por ello y por lo que hiciste para traerme de vuelta, yo no puedo guardarte ningún rencor.
Los ojos de Zelgadiss se volvieron sombríos a la vez que esperanzados, una conflictiva mezcla de emociones. Podía entender que Amelia le perdonase por considerarle una especie de héroe de leyenda después de todo lo ocurrido en los últimos cuatro años… pero para Zelgadiss seguía resultando muy doloroso que precisamente ella perdiera por culpa de su egoísmo.
—…Es posible que la historia nos acabe viendo como héroes de leyenda, como Lei Magnus o a Dills Luon Gairia, el "Héroe Caído", y otros tantos así… ¡Incluso Martina y su marido podrían ser considerados héroes!... Pero yo no creo merecerlo.
Amelia parpadeó, en parte sorprendida por los ejemplos que había puesto Zelgadiss, en parte por el absolutismo de sus palabras. Todos ellos eran ejemplos históricos y ahora, ella misma, junto a Lina y Gaury, formaban parte de un pequeño grupo de personajes que podrían ser recordados por la historia del Interior de la Barrera. El problema es que uno de ellos se negaba a ser partícipe de ella. Sin pensarlo apenas, Amelia empezó a reír divertida por la fijación de ideas que Zelgadiss defendía.
— ¡Qué cabezón eres, Zel! —exclamó. —¡Para el propio Cephied, para nuestro dios y señor, tú ya eres un héroe! ¡Si no, yo no estaría aquí! —explicó. —Y yo estoy dispuesta a perdonarte todos tus errores… No hacerlo así sería injusto.
Los ojos grises de Zelgadiss se abrieron con asombro; la bondad de Amelia y su siempre latente optimismo resultaban tan sorprendentes como contagiosos. Ella era capaz de hacerle ver las cosas de una forma que él por sí solo no creía posible.
Sin darse cuenta apenas, el mago espadachín cerró los ojos y esbozó una suave sonrisa.
—Supongo que… yo no estoy en posición de juzgar las decisiones y el juicio de Cephied — exclamó con suavidad. —Hechizado o no… solo soy un humano.
— ¿Ves? —exclamó Amelia en tono alegre. —Me alegro que te des cuenta. Eres un humano que ha encontrado su redención después de una larga búsqueda. Y eso es también ser un "héroe".
Los labios del mago se curvaron en una sonrisa franca y Amelia se alegró de verle sonreír de esa forma.
—Después de mi larga búsqueda, conseguí el perdón —musitó. —Tal vez tengas razón —. Levantó la vista y sonrió con franqueza, una sonrisa de felicidad prácticamente inusitada en el habitual rostro sombrío y serio de Zelgadiss. —Gracias por ayudar a darme cuenta, Amelia.
La princesa cerró los ojos y sonrió con dulzura de esa forma tan suya.
Sin embargo, ella también estaba allí por algo más; algo que tenía que volver a preguntar por enésima vez. Aunque más aliviado en su estado de ánimo, Zelgadiss captó la mirada seria de la princesa; el cambio de humor que había sufrido era obvio en el rostro de la joven.
—¿Qué más te ocurre, Amelia? —preguntó de nuevo sin rodeos, como solía hacer.
—Zelgadiss… Yo quería decirte otra cosa más —reveló en un tono titubeante. —Ya te lo he preguntado más veces pero… ahora sí quería saber tu respuesta.
El mago frunció el ceño al imaginarse que podía ser. Era lógico que ella estuviera nerviosa, esta podía ser la última vez que ella formulara esa pregunta desde que se conocieran hacía casi cuatro años en la desaparecida ciudad de Sairag, pero aún sabiendo de qué se trataba, prefirió darle esa respuesta claramente.
—Zelgadiss… Yo quería saber si… ¿Vendrías a Seillon conmigo esta vez? —preguntó por fin.
Conteniendo la respiración, Amelia esperó la respuesta de él. Todas las veces anteriores habían sido un "no", aunque entre la primera vez que lo hizo, con su padre al lado y en medio de las ruinas de Sairag, la contestación de Zelgadiss estuvo acompañada de un claro estupor por su proposición y sin embargo, la última vez fue un "me lo pensaré", que cuando por fin tuvieron la oportunidad, él le explicó cuáles eran sus expectativas pero que sí esperaba hacerlo en algún momento. A cambio, Amelia le dio su amuleto chalza… Amuleto del que él no se había desprendido pese a todo lo que había ocurrido desde aquel día.
—La última vez me dijiste que…— comenzó a decir movida por el impulso de la esperanza.
—Sí, te dije que lo haría en cuanto encontrase mi cura —asintió Zelgadiss, demostrando que lo recordaba perfectamente. —Eso fue lo que te prometí.
—¿Entonces…?
—Sí, Amelia, si ahora me lo pides a pesar de todo… esta vez… sí volveré contigo —Zelgadiss estaba sorprendido de sus propias palabras y de lo poco que tuvo que reflexionar para decidirse. —Y si lo hago es porque tú me has dado esa posibilidad. El tema de la Magia Sagrada no resulta acuciante para mí, así que no me obliga a nada.
Pese a la luz amarillenta que inundaba la habitación, los ojos de azules de Amelia chispearon de alegría mientras una sonrisa inundaba su rostro; Zelgadiss se sorprendió un poco por ver semejante reacción de felicidad que él había provocado en ella, no era la clase de sentimiento que estuviese acostumbrado a ver a su alrededor. Pero era Amelia después de todo, la personificación de las ganas de vivir.
—¡Cuánto me alegro de oírte decir eso, Zel! —exclamó levantándose de la silla de un salto, —¡Cuanto me alegro de que vengas conmigo!
Y sin contenerse, se precipitó sobre él, abrazándose y riendo de alegría; Zelgadiss dio un pequeño respingo aún sorprendido por su reacción y también por el contacto físico, aún más claro ahora que ya tenía su cuerpo de humano. Pese a los meses que había transcurrido desde su transformación, seguían encontrando extraña esa sensación; eso, junto a la suma de todas las emociones del momento, le paralizaron y no supo qué hacer.
Amelia siguió riendo de alegría hasta que percibió el estado de confusión en que él estaba sumido y levantó la vista instintivamente para mirar a sus ojos; lo que vio era casi hasta gracioso. Zelgadiss la miraba confundido, y casi diría que ruborizado, aunque la tenue luz del cuarto poco permitía apreciarlo; igualmente, sus manos parecían ser incapaces de moverse y cambiar de posición. Literalmente, el un vez mago-quimera se había quedado de piedra… En el sentido metafórico, claro.
Zelgadiss estaba evidentemente confundido por todo; demasiadas emociones a la vez como para ser capaz de procesarlas, y sobre todo cuando no estaba realmente acostumbrado a ellas y muchas eran nuevas. ¿Cuándo fue la última vez que sintió un abrazo como aquel? ¿Cuándo Miwan se arrojó a sus brazos buscando protección? ¿O todas las veces que esa princesa le había demostrado su afecto? No había mucho en donde elegir y solo las veces que Amelia lo había hecho tenían verdadero valor para él.
—Cuánto me alegro, Zel…—exclamó ella con voz suave, —cuánto me alegro de verte así.
Y diciendo esto, ella deslizó su mano izquierda tras su nuca, enredando los dedos en sus alborotados cabellos oscuros; mientras, su otra mano, acabó apoyada en su pecho. Zelgadiss percibió el gesto, pero tenía la piel de gallina y ambas sensaciones se entremezclaron; aunque fue la atenta mirada de ella lo que más le desconcertó. Conocía esa mirada de decisión y sabía que cuando Amelia la adoptaba es que tenía una idea clara en mente.
El problema fue cuando descubrió cuál era…
Sin previo aviso, o mejor dicho, sabiendo qué iba a pasar pero sin estar seguro de qué, Amelia inclinó la cara hacia él y le besó suavemente sobre sus labios ahora de carne. Los ojos de Zelgadiss se abrieron por la sorpresa y notó claramente como el suave tacto de los labios de ella hacía que sus mejillas ardieran; tampoco podía apartar claramente la cara de ella. Pero pese a que le había parecido mucho tiempo, acabó por rendirse a esa sensación y lo mucho que había deseado sentirla sin atreverse a admitirlo nunca. Por ello acabó por cerrar los ojos, abrazar a Amelia por los hombros y la cintura y dejarse llevar.
De esa forma, Zelgadiss recibió su primer beso de amor después de tantos años siendo una quimera; de una forma hasta ahora imposible de pensar en ella.
Tras unos instantes, ambos rompieron el beso y recuperaron el aliento.
—Creo que eso lo contesta todo —sonrió Zelgadiss, empleando su inusual tono burlón y visiblemente más animado. Amelia sabía que Zelgadiss tenía un chispeante y a veces incómodo sentido del humor que además Lina encontraba particularmente irritante, y que ella, salvo ocasiones, sabía que era síntoma de que estaba animado.
—Me alegra saber lo que sientes —respondió ella.
—¿Sabes?... Creo que yo también.
Y olvidando todas las dudas que había tenido, Zelgadiss dio rienda suelta a todos sus anhelos, reprimidos incluso desde antes de que se colara en su cuarto aquella noche meses atrás, manifestados en forma de sueños y de pesadillas; de repente todas las veces que había deseado poder abrazarla y tomarla con los labios… y está vez sabiendo seguro que ya no le atenazaba ninguna pesadilla.
Ahora ya no había nada que temer y simplemente él la volvió a abrazar y besar, esta vez con más seguridad que antes y llevando la iniciativa. Se inclinó hacia ella y la sostuvo al tiempo que la besaba una vez más.
N. de A.: en este capítulo he pretendido narrar una de las cosas que siempre he tenido ganas de ver en el canon, y es una lucha entre Xelloss y Luna Inverse. La hermana mayor de Lina siempre nos la han presentado como alguien muy poderoso, tanto o incluso algo más que el propio Xelloss, que es superior a los Sacerdotes Mazoku habituales… así que era algo que quería desarrollar. Por otra parte, Xelloss lo he puesto como el antagonista (no villano, aunque lo sea) de esta historia porque no hay que olvidar que es un mazoku a las órdenes de los Lores superiores de los mazoku, y que sus intenciones nunca son del todo limpias; en las novelas es un personaje simpático pero decididamente más oscuro que en la serie… Y no hay que olvidar que Xelloss no se limita a ser sólo un cabroncente simpático, sino un tipo realmente peligroso. En esta historia, él tiene un rol cercano a su naturaleza, con una misión que cumplir, y Luna estaba allí para evitarlo.
En cuanto a la escena final entre Zelgadiss y Amelia, he querido huir del estereotipo habitual de "soy un monstruo/eso no es verdad, yo te quiero" y demás tan habitual en esta pareja en el que también caí un tanto en la primera parte. La conversación entre los dos se mueve en términos más maduros, en parte también por las circunstancias por las que han pasado, tanto en el propio fic como en el canon. Y además, los dos saben ya qué es lo que hay, así que no hay sorpresas en ese sentido. Amelia es además quien lleva la delantera porque, dado el carácter de ella, siempre me ha parecido que la princesa de Seillon siempre sería la primera en hacer el primer movimiento entre ellos… por eso, ese dulce beso que se dan lo comienza ella.
Aún quedan cosas que contar. Eso será en el siguiente capítulo pues esto continúa y finaliza en el capítulo-10, "Fin de Búsqueda"
