Capítulo 9. Entre bares y tabernas

La música sonaba fuerte, dando paso a las decenas de bailarines que ocupaban la improvisada pista. Alrededor de ésta, pequeños grupitos se arremolinaban con un único tema de conversación: la extraña pareja formada por un muchacho con un sombrero de paja y una mujer de pelo azabache que bailaban dando vueltas y más vueltas sin seguir el ritmo de la música. Sin embargo, a pesar del espectáculo bochornoso que estaban dando, la mujer parecía estar extrañamente alegre; a veces, incluso se reía.

Sin embargo, había dos personas que estaban totalmente ajenos a todo aquel barullo; una pareja que se miraban el uno al otro iluminados por algunos farolillos flotantes que daban una luz mortecina. No hablaban, al menos no con palabras. Cada vez más cerca el uno del otro; sus labios separados por un suspiro.

– QUÉ ESCENITA TAAAAAAN ROMÁNTICA – desgraciadamente, otra figura andaba cerca, una persona que se había sentido en la obligación de desligarse de la pareja reína del baile por vergüenza ajena, y que ahora miraba, llorando, la imagen que se presentaba frente a él – ME HABÉIS INSPIRADO TANTO QUE CREO QUE ESCRIBIRÉ UNA CANCIÓN.

Se había roto la magia del momento, la preciosa damisela volvía a ser Nami, el apuesto caballero volvía a ser Zoro. Sin embargo, un último pensamiento pasó por sus mentes antes de volver en sí: "Qué oportuno es Franky". Se apartaron bruscamente, ambos colorados como tomates, pero sin apartar la mirada del otro.

– ¡OH, POR FAVOR, NO PARÉIS POR MÍ!

– N-no sé de qué estás hablando – tartamudeó Nami, aún aturdida.

– Ya... si llego a saber lo que me iba a encontrar, me habría preparado mentalmente para aguantar sin interrumpir hasta el beso.

– ¿Beso? ¿Qué beso? – se alteró Zoro – Yo sólo me estaba disculpando por haberla insultado.

– Pues ya ha debido de ser fuerte lo que le has dicho, porque la insultas constantemente y yo nunca te he escuchado disculparte... menos de forma tan cariñosa.

– Tengo demasiado sueño para aguantar tus estupideces – y tras decir esto último, Zoro se adentró en la fiesta, vio el penoso espectáculo que volvía a dar Luffy bailando (esta vez sólo), y se dirigió a su habitación.

Franky se volvió hacia Nami, que aún seguía mirando hacia donde había desaparecido el peliverde, y empezó a reírse, haciendo que ésta lo mirase a él con el ceño fruncido y los brazos en jarras.

– Y a ti qué te pasa ahora, idiota.

– Pero ¡qué susceptible que estamos! – siguió riendo el cyborg, pero se calló abruptamente al escuchar el crujir de los nudillos de la chica – ¡Eh, tranquila! Sólo era una bro...

Pero el muchacho no pudo terminar la frase, porque Nami lo había noqueado de un capón. La pelirroja se volvió a adentrar en la fiesta dignamente, dejando a su nakama tirado en el suelo por insinuar tonterías que no vienen a cuento, y puede que, en un recóndito y apartado lugar de su mente, también por interrumpir.

· oOo · oOo ·

Sanji estaba pletórico, esa noche había conseguido ligar más que en toda su lista de conquistas – que tampoco era muy larga, pero eso no viene al caso –. Había visto marcharse a todos sus compañeros uno a uno, Franky, junto con su enorme chichón, había sido el último, hacía apenas unos minutos; pero él quería seguir disfrutando de esa magnífica noche, tan sólo empañada por el espectáculo de Luffy bailando solo.

Sin embargo, pronto llegó a la conclusión de que esa noche, muy a su pesar, se había acabado; ya no quedaba nadie, a excepción de algunos empleados de palacio que recogían el hall y que no le hacían ningún caso.

Iba silbando camino a su habitación, satisfecho consigo mismo. Se plantó delante de la puerta del saloncito y entró sin cuidado ninguno, encontrándose a un espadachín desparramado en el sillón, con un codo apoyado en el apoya-brazos y la cabeza apoyada en la mano que le tapaba los ojos.

– ¿Se puede saber cuánto has bebido para que no puedas ni llegar a la habitación?

Zoro estaba demasiado cansado y confuso como para seguirle el juego a Sanji, desde que volviera de la fiesta había estado recordando punto por punto lo acaecido desde que decidiera seguir a Nami hasta que Franky había hecho su espectacular aparición. Hasta el momento en el que Sanji entrara en estampida, se había reconocido que había sentido la tentación de besarla, además, cabía la posibilidad, una posibilidad ínfima y ridícula, de que en algún momento de la noche y por una extraña sucesión de acontecimientos fuera de toda lógica, se hubiese puesto algo – de hecho muy poco – celoso, y que ese fuese el motivo por el cual – en una especie de estado de trance pasajero – había llegado a tan extraña situación con la pelirroja.

También estaba esa sensación de nudo en el estómago, con manos sudorosas y taquicardia... seguro que le había sentado mal la bebida, esa era la explicación a todo lo ocurrido. Había bebido de más de una bebida alcohólica desconocida, se había mareado y había flipado con Nami.

Tenía lógica.

Se levantó del sillón y se dirigió al cuarto compartido con Sanji.

– Oye, ¿no sabrás tú qué le ha pasado a Franky? – Zoro se paró en el umbral de la puerta, se pasó una mano por los cabellos, deteniéndola en el cuello y la otra se aferró al marco de la puerta, contuvo un suspiro, haciendo que Sanji lo mirara extrañado, finalmente volvió la cabeza con una ceja alzada, interrogante, hacia un rubio que se encogió de hombros – lo he visto irse tambaleando y con un chichón enorme. Una de dos, o está borracho y se ha caído, o Nami se ha cabreado con él.

Zoro se volvió completamente hacia el cocinero frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.

– ¿Me ves cara de importarme en este momento lo que le pase a ese idiota?

Sanji levantó las manos con las palmas hacia delante.

– Tranquiiiiiilo – comentó pasando al lado del chico para entrar en el cuarto – sólo tenía curiosidad.

Cada uno se tiró sobre una cama, sin desvestirse y se quedaron un rato callados.

– Eh, marimo – el aludido emitió un sonido en respuesta – ¿Estás dormido?

Zoro gruñó algo sospechosamente parecido a 'imbécil'.

– ¿Tú qué crees? Tengo a un tío plasta y sin sueño como compañero de habitación.

– Lo que tú digas – comentó como si le hubiera dicho la hora – Ya que sacas el tema de los compañeros de habitación, ¿sabes por qué Nami y Robin tienen habitaciones propias y nosotros no?

– Buena pregunta – contestó el peliverde – ve a la habitación del tal Guedel y pregúntale a él.

– ¡Qué simpático...!

Pero el otro chico no lo escuchó ya, soltó un sonoro ronquido y dejó a su hiperactivo y sonriente compañero hablando solo.

¡Qué gran noche!

· oOo · oOo ·

Al día siguiente, todos se reunieron el el saloncito para desayunar. Se habían levantado tarde, Guedel llevaba horas levantado y había desayunado en sus aposentos para poder atender "asuntos de estado", según les había informado uno de los empleados que llevaban el desayuno.

Comentaban, aprovechando el momento de privacidad, impresiones del día anterior, sobre todo de la noche.

– A nosotros nos contaron una historia muy interesante, ¿verdad espadachin-kun? – comentaba Robin en esos momentos.

– mmmmm bueno... tanto como interesante...

A pesar del comentario desalentador del chico, los demás insistieron en escucharla, así que la arqueóloga contó la historia que Edriel les había relatado.

… 30 minutos más tarde …

– La reacción del tal Rowrar... es muy extraña, ¿quién en su sano juicio renunciaría a ser el rey, con todas las riquezas que eso conlleva? Ni hablar de todos los sirvientes dispuestos a consentir cualquier capricho – reflexionó Nami.

– No todo el mundo es como tú – dijo Zoro muy bajo, para que no lo escuchara, pero desgraciadamente para él, sí que lo escuchó, ganándose un doloroso codazo en las costillas.

Siguieron hablando de cosas sin trascendencia, hasta que alguien se acordó de que habían venido para buscar una respuesta al misterio sobre cómo salir de la isla. Había que ponerse manos a la obra y recabar información.

Robin se fue a la biblioteca a buscar algún libro de historia que pudiera ayudarlos, aunque dudaba seriamente que encontrara algo de utilidad; los demás fueron al pueblo divididos en tres grupos después de 15 minutos de peleas y quejas sobre la conformación de los mismos. Se reunirían de nuevo a la hora de comer.

· oOo · oOo ·

Franky había estado ya en tres bares, pero a pesar de sus preguntas, nadie le sabía responder algo en concreto. Era la frustración personificada... ¡nadie sabía lo que era la cola! Su gran tupé azul estaba totalmente flácido. También estaba ese asunto de salir de la isla que nadie sabía contestar a ciencia cierta.

Iba por la calle cuando vio un gran tumulto de gente, todos se acercaban a ver el espectáculo que se desarrollaba en mitad de la calle. Dos personas encapuchadas iban escoltando a un hombre joven que vestía una túnica blanca, tenía la cabeza gacha e iba arrastrando los pies.

– ¿Qué diablos está pasando aquí? – se preguntó, sorprendido, en voz alta.

– Llevas poco tiempo aquí, ¿verdad?Ha sido elegido por el gran dios Sherpa para ser uno de sus sacerdotes – le respondió una muchacha que había a su lado – ¡tiene tanta suerte! Hace muchísimo tiempo que Sherpa no pide sacerdotes, pero hace cuestión de 14 días, ha empezado a llamar a algunos a su templo. Mi hermana también ha sido elegida sacerdotisa, ¡ojalá también me elija a mí! – añadió.

– Pues él no parece muy ilusionado.

– Eso es porque cuando son elegidos, entran en trance y no son conscientes de nada de lo que los rodea hasta que llegan a su destino, más allá de los jardines sagrados. Los guardianes tienen que llevarlos hasta las puertas de estos.

– ¿Los jardines sagrados? – preguntó el cyborg.

– ¿No has visto los jardines vallados que hay a ambos lados del palacio? – el chico asintió con la cabeza – La cancela sólo se abre para dejar entrar a los nuevos sacerdotes y sólo el rey y el primer ministro pasean por allí de vez en cuando.

– ¿Y exactamente qué es lo que va a hacer allí?

– Pues... – dudó un momento antes de responder – preparar las ofrendas, rezar por la properidad del reino y sus habitantes, transcribir las nuevas leyes... las obligaciones de un sacerdote son muy diversas. – dijo con una sonrisa – Lo malo es que ya no puedes volver con tu familia y amigos – añadió, la sonrisa flaqueando, sin embargo volvió a animarse – pero es un precio pequeño a pagar, comparado con estar junto a Sherpa.

Se llevaron al chico y, poco a poco, la gente se fue disipando. Franky se quedó mirando hacia donde había visto al chico por última vez, la muchacha diría lo que quisiera, pero le había dado muy mala espina la escena, ese chico no parecía estar en trance, sino drogado.

De todas formas, la hora del almuerzo se acercaba y él no podía, ni quería de momento, meterse en marrones que no entendía, así que decidió volver al castillo, esperando que sus compañeros hubiesen tenido más suerte que él.

· oOo · oOo ·

Luffy y Sanji buscaban por el mercado, pero no estaban investigando sobre cómo salir de la dichosa isla, más bien se estaban informando sobre la gastronomía y las mujeres... cada uno en su estilo.

Estaban parados frente a un puesto de comida y una muchacha los atendía lo mejor que podía – hazaña difícil de lograr –.

– ¿Y ESTO SE PUEDE COMER SIN COCINAR? TIENE TAN BUENA PINTA... – dijo Luffy babeando ante lo que parecía un chuletón de un animal enorme.

– No señor, hay que cocinarla porque se muy dura.

– Señorita, permítame decirle que es usted preciosa, ¿por qué no cierra un rato y se viene a tomar algo conmigo? – dijo Sanji con los ojos convertidos en corazones.

– G-g-gracias, pero no puedo – la pobre muchacha no sabía qué hacer con la pareja que tenía delante.

Luffy se quedó mirando un momento la carne y sin previo aviso, y ante la mirada de reproche de Sanji por comportarse así delante de una dama, alargó el brazo y cogió uno de los trozos para metérselo en la boca.

– SANJI, COMPDA EFTA CADNE YA – exigió ententando masticar el amasijo que se le había formado en la boca.

El cocinero, horrorizado por el espectáculo que estaba montando Luffy delante de la dependienta, le dio una patada para que se estuviera quieto, provocando que el moreno escupiera el contenido de su boca.

– LUFFY, DEJA YA DE DAR EL ESPECTÁCULO – gritó, para justo después dirigirse a la muchacha en un tono muchísimo más amable y empalagoso – Señorita, disculpe a este energúmeno.

– N-no pasa nada – sonrió forzadamente, recordándose que eran clientes y a los clientes se les sonreía – Pero tengo que sacarles de su error, eso no es carne.

– ¿No es carne? – repitió Luffy desilusionado – Pero si se parece a la carne.

– Es una raíz de un arbusto autóctono, pero cocinado tiene un sabor parecido a la carne – informó la dependienta – Entonces... ¿se lo llevan?

– Claro que sí – gritó el moreno – vamos Sanji, date prisa y cómprala. Vamos, vamos, vamooooooooooooooos.

Al cabo de un rato, se retiraban del puesto con las bolsas de comida y dejando a una sorprendida dependienta.

– Gracias por su compra – se despidió.

– Gracias a ti por atendernos, princesa – le respondió Sanji dándose la vuelta para ir con ella de nuevo.

– Sanji, tenemos cosas que hacer, no nos podemos entretener con tonterías – lo regañó Luffy.

– Claro, como tú ya has conseguido lo que querías – le reprochó el rubio, mientras su capitán sonreía con la bolsa de carne en la mano.

En esa misma calle había un bar, y como habían perdido la mayoría del tiempo en las tiendas, decidieron que entrarían ahí para aliviar sus conciencias y de paso, encontrar a alguien que supiera decirles algo. Pero al entrar, tiraron a una chica que salía llorando del mismo.

– Discúlpenos señorita, mi nombre es Sanji y si no le importa, me gustaría invitarla a algo como muestra de mi arrepentimiento por dejar caer a una preciosidad como tú.

– Sanji, no la has dejado caer, la has tirad... – una patada del cocinero lo calló al instante.

– Eh... esto... gracias, pero es que tengo que volver a casa – respondió la chica.

Al final lograron convencer a la deprimida chica para que se quedara con ellos, ya que Sanji se puso tan pesado diciendo que si se marchaba moriría del arrepentimiento (a pesar que ella había insistido en que no era un buen momento), que no tuvo más remedio que quedarse.

El inicio de la conversación fue difícil ya que la chica no paraba de llorar y Sanji intentaba consolarla mientras Luffy estaba callado mirándolos. Finalmente, el rubio consiguió sonsacarle lo que la tenía en ese estado.

– Me acabo de enterar de que mi prometido, con el que iba a casarme en un mes, acaba de internarse en los jardines sagrados para dedicar el resto de su vida al servicio de nuestro gran dios Sherpa – les informó irónicamente entre hipidos.

– ¿Te ha abandonado así por las buenas? ¿Sin decirte nada antes? – se interesó Luffy.

– No es tan simple – comentó ella – mi prometido formaba parte de un grupo político ilegal que se oponía al régimen totalitario de Guedel, ya estaban cansados que una persona rigiera Erewhon por el simple mérito de ser hijo de... él era una persona muy comprometida, se reunían para hablar sobre los problemas que tenían los trabajadores para vivir y cómo intentar solucionarlos. Estaban intentando convencer a la gente para dar un golpe de estado y reinstaurar un gobierno, esta vez, justo. La persona que me ha contado lo que ha pasado con Elphrem, mi prometido, estaba con él en dicho grupo, y sospechan que no ha sido exactamente como han dado a entender los guardianes. Parece que alguien del gobierno se enteró de estas reuniones clandestinas y han empezado a llevarse gente como sacerdotes al templo.

– Kantra... – el rubio le cogió la mano y la apretó suavemente.

– Además, yo sé historias sobre Sherpa que no tienen nada que ver con lo que nos cuentan aquí – los chicos la miraron interrogantes, así que ella empezó a relatar la historia que tantas veces le habían contado de niña.

Mi abuelo fue durante muchos años el encargado de la biblioteca de palacio, tenía mucho tiempo libre, así que lo aprovechaba leyendo los libros que allí había. Un día, curioseando por unos estantes encontró un libro que le llamó la atención, fue así como se enteró de cosas terribles, que nunca se atrevió a contar a nadie, salvo a mí y a mi hermano.

Era un libro que había sobrevivido durante siglos, anterior a que nuestro pueblo llevara a la isla. En él se relataba la historia de Sherpa, el dios que gobernaba un archipiélago del que Erewhon formaba parte. Sus primitivos adoraban a Sherpa, pero no al Sherpa que nosotros "conocemos", sino a uno mucho más tétrico. El dios estaba representado por una figura monstruosa, con grandes colmillos y garras afiladas, era un dios sanguinario que necesitaba de sacrificios humanos para traer la fertilidad a la tierra y a las mujeres y con ello, prosperidad al pueblo.

Una vez al año, en el solsticio de invierto, en la noche más larga del año, se elegía a una pareja de enamorados y los sacerdotes los traían a esta isla, que era donde se ubicaba el templo de Sherpa. Por lo que recogía el libro, en el templo había una estatua de éste, que esa noche cobraba vida para saciar su sed de sangre.

Cuando nuestros antepasados conquistaron el archipiélago, obligaron a los nativos a adquirir sus costumbres, destruyeron el templo y habitaron la isla.

Tiempo después, sufrimos la gran guerra, y cuando todo parecía perdido, llegó el general Rowrar con una estatua de un dios antigua, lo habían encontrado tras uno de los ataques enemigos. A partir de ese momento, todo empezó a mejorar, hasta que llegó la gran noticia de la victoria. Casi todos relacionaron la buena nueva con la llegada de la estatua y empezaron a venerarlo como su dios.

Sherpa, el mismo dios que rescataron del olvido Rowrar y Rokza en su ascenso al poder tras su victoriosa llegada.

– Me temo que a Elphrem no le espere nada bueno cuando llegue a su destino – sollozó Kantra.

Luffy y Sanji la consolaron como pudieron... sin saber que toda la conversación había sido escuchada por una mujer que estaba sentada en la mesa de al lado.

La casa de la chica quedaba de camino al palacio, y Sanji insistió tanto en acompañarla, que al final Kantra no tuvo más remedio que acceder. Luffy fue delante todo el camino, caminando contento con la bolsa de comida en la mano, mientras Sanji le iba contando algunas de las aventuras que había tenido desde que se unió a la tripulación de Luffy para entretenerla aunque sea el rato hasta llegar a la casa.

– ¿Puedo hacerte una pregunta? – preguntó la chica.

– Dispara.

– Bueno, es simple curiosidad, no quiero ofender... – dudó – pero, ¿cómo es que Luffy ha llegado a ser vuestro capitán? No tiene nada que ver con los terroríficos capitanes piratas de los que habla la gente.

– Luffy puede parecer infantil, pero sabe pelear por lo que considera que es justo, tiene fe absoluta en su tripulación... en cierta forma, ha conseguido que más que nakamas, seamos una familia.

– Tiene que ser un gran capitán si un miembro de su tripulación habla así de él.

· oOo · oOo ·

Nami y Zoro habían tenido algo más de suerte, habían conseguido algo de información, aunque no estaban seguros de se les serviría de mucho. Por lo visto, los extranjeros que habían visitado la ciudad, habían conseguido salir después de la salida del sol tras una noche sin luna. Los hechos coincidían a cómo habián entrado ellos, tras amanecer, el cielo y el mar se cubrían de un manto negro como el ébano y tras desaparecer, no había rastro del barco o sus tripulantes. Pero este fenómeno no ocurría cada 28 días como debería esperarse en el ciclo lunar, pues había muchas veces que tras la luna nueva no ocurría nada.

Iban por la calle y Nami vio un gran tumulto a lo lejos, en una de las calles paralelas, tocó levemente el brazo de su compañero para llamar su atención, casi no habían hablado durante toda esa mañana.

Zoro notó como la mano pequeña de Nami se posaba en su brazo y sintió un escalogrío – y esta vez no había bebido nada –.

– Mira – le dijo ella señalando hacia el gentío – ¿qué habrá pasado para que se reúna tanta gente?

– Ni lo sé, ni me importa – le contestó secamente – queremos salir de esta maldita isla, no cotillear.

– Zoro... – lo miró impotente, ¿no se daba cuenta que a más gente más probabilidad de éxito? Él la miraba interrogante – …déjalo, sigamos buscando información en otro sitio.

– Por ejemplo, en esa taberna de ahí.

Nami la miró evaluativamente, era un poco cutre, desde fuera sólo se veían unos pocos borrachos en una barra muy, muy sucia. Rectificando, era muy cutre.

– Dudo que ninguno de los que hay ahí sepa cómo llegar a su casa, mucho menos van a saber cómo salir de la isla – comentó.

– Pero yo tengo sed – dijo el espadachín, entrando en la taberna.

– BEBE CUANDO VOLVAMOS, ESPADACHÍN BORRACHO – pero Zoro ya había entrado dejándola a ella en la calle.

Lo siguió, al entrar, los hombres que había en la barra se giraron a verla y se sintió incómoda, buscó al peliverde con la vista, y se dirigió donde él estaba sentado bebiéndose una jarra de alguna bebida, no conseguía distinguir de qué, mientras los demás la seguían con una mirada lujuriosa, no todos los días entraba una mujer a la taberna, y mucho menos tan guapa.

– ¿Se puede saber a qué estás jugando? – le espetó al llegar junto a él.

– ¿Estás ciega...? – le respondió en un tono burlón – no estoy jugando, estoy bebiendo.

– ¡Sabes perfectamente a lo que me refiero, cuando volvamos podrás beber todo lo que te dé la gana! – intentaba gritarle, pero a la vez que nadie más los oyera.

Zoro la miraba divertido, nunca la había escuchado regañarle en ese tono, por lo general, solía ser mucho más escandalosa.

– Siéntate, déjame beberme esto tranquilo, y a lo mejor cuando termine hago lo que me pides.

A Nami le latía una vena en la frente y había apretado los puños, pero se sentía demasiado incómoda con todos esos hombres pendientes de ella como para protestar, así que se sentó de mala gana.

– ¿Está ya contento el señorito, nos podemos ir ya? – dijo la pelirroja con retintín, cuando vio a Zoro dar el último trago, tras terminarse la segunda botella, con cara de 'ya "hablaremos" tú y yo'.

– Sí, voy a pagar esto a la barra...

– ¿Qué ocurre Zoro?

– ¿Sirve nuestro dinero aquí...? – preguntó preocupado, haciendo que Nami sonriera siniestra.

– Eso lo tendrás que averiguar tú mismo – respondió mientras salía del bar.

– Bruja – Zoro se acercó a la barra a pagar.

Nami esperaba en la calle a Zoro, estaba cabreada por haber tenido que esperar al espadachín, mientras éste saciaba su "sed". Mientras esperaba, uno de los borrachos salió del bar, tal era la cogorza que llevaba encima, que apenas se mantenía en pie, cayendo finalmente, y tirando a Nami al suelo en el proceso, quedando sobre ella.

– Al final he tenido que... – Zoro calló al ver la escena, un hombre estaba tirado en el suelo encima de Nami, con la cabeza hundida en su cuello, mientras esta lo miraba con cara de susto.

Una oleada de rabia lo azotó, cogió al hombre del cuello levantándolo, y lo volvió a tirar al suelo, agarró una de sus katanas con intención de desenvainarla, pero Nami lo detuvo.

– No es lo que parece, sólo se ha caído – le dijo para que se calmara, pero no parecía surtir efecto – recuerda que si te ven utilizarlas te meterán en la cárcel – añadió la chica, mientras cogía la mano del peliverde.

– No hay nadie.

– Zoro... prometimos no armar jaleo – dijo suplicante – y él sólo se ha caído, ¿no ves que no puede ni levantarse de la borrachera que lleva?

Zoro la miró y volvió a mirar al hombre tirado en el suelo.

– Está bien – cedió.

El hombre se levantó como pudo y se fue corriendo como alma que lleva el diablo, antes de que ese ser violento e inconstante volviera a cambiar de opinión.

Zoro se acercó a Nami y la abrazó en un impulso, se había asustado tanto cuando vio a ese hombre sobre ella al salir del bar.

– ¿Estás bien? – susurró en su oído.

– Perfectamente – le dijo mientras lo apartaba de un empujón y se iba.

– ¿Se puede saber qué te he hecho ahora, mujer? – le espetó cuando consiguió alcanzarla.

Nami suspiró cansada, se dio la vuelta quedando frente al peliverde y acercándose a él, lo cogió del brazo y se lo apretó un poco.

– Nada, sólo quiero llegar a palacio y descansar un rato.

Dicho esto se separó suavemente de Zoro y empezó a caminar. El camino de vuelta fue silencioso, pero esta vez, el silencio era cómodo. Y como quien no quiere la cosa, lentamente, la mano de Nami se fue resbalando hacia abajo por el brazo de Zoro, provocándole un escalofrío y un nuevo nudo en el estómago; y cuando estaba a punto de perderse el contacto, los dedos del chico se enredaron con los de ella.

Llegaron remoloneando a la plaza que precedía al palacio, intentando alargar ese extraño y placentero momento un poco más, porque sabían que cuando entraran por las grandes puertas se soltarían de las manos.

– Zoro-san – se escuchó una voz a su espalda.

El aludido se dio la vuelta y vio a la muchacha que había conocido la noche anterior en la fiesta. Nami lo soltó y se separó sutilmente de él.

– Edriel – la saludó seco, enfadado sin razón aparente, pero es que le habían estropeado el momento mágico, por segunda vez.

– ¿Dónde está Robin-chan? – la chica, a modo de saludo le dio un par de besos en las mejillas, mientras lo abrazaba.

– E-en... el... palacio – contestó completamente sonrojado.

Edriel reparó en la mujer que iba con Zoro por primera vez.

– Hola, yo soy Edriel, tú debes ser una de las compañeras de Zoro-san.

– Sí... soy Nami – dijo esta mirándola suspicaz.

– Encantada – sonrió.

Nami miró primero a Edriel y después a Zoro, que parecían haber retomado una conversación anterior, algo sobre la isla le pareció entender. Se sentía algo excluida, y le había fastidiado una barbaridad el tener que soltar la mano del peliverde. Estaba cansada – Zoro podría dar cuenta de cuántas veces lo dijo en esa taberna de mala muerte – y quería irse a su habitación y encerrarse.

– Esto... yo voy a ir entrando, los tacones me están matando – anunció señalándose los pies – A sido un placer... ¿Edriel?

No esperó la respuesta, sólo se dio la vuelta y se dirigió al palacio. Zoro se quedó mirando como se alejaba, atravesando el portón de hierro, cojeando del pie herido. Tal vez debió tomársela más en serio y hacerle caso cuando le dijo que o volvían a palacio o le cortaba el pie.

De la nada aparecieron Sanji y Luffy, que se acercaron a ella desde la puerta y la saludaban. Sanji le dijo algo a Luffy y éste salió corriendo disparado entrando en el palacio, dejando al cocinero con la chica a solas. El peliverde apretó los puños, ahí estaba otra vez, Sanji-soy-un-caballero haciéndoselas de héroe y cogiéndola a cuestas.

Y con rabia, descubrió que él quería hacer eso, él debería estar haciendo eso, no ese pervertido. Además, ese rubio estúpido siempre lo hacía quedar mal a él.

Sintió otra oleada de rabia hacia la chica que tenía a su lado y que lo miraba atentamente que los había interrumpido cuando Nami y él estaban tan a gusto.

– No te cae muy bien ese rubio, ¿me equivoco?

Zoro volvió a mirarla, obligándose a apartar la vista de la pelirroja, y le dijo de no muy buenas formas que él no tenía tacones pero que estaba cansado, despidiéndose de ella.


Bien, abro la veda de matar a Franky, ¿quién se apunta? Mira que arruinar el momento... pero bueno, a pesar de todo parece que estos dos van haciendo progresos. Sé que este capítulo es más lento y que no pasa la gran cosa, pero es necesario para meternos en el punto álgido de la historia, que se va acercando.

Siempre termino agradeciendo por leer, pero esta vez también quería agradecer a todos los que han añadido este fic a sus favoritos y/o a alertas, también a todos los que gastan un poco más de tiempo y me dejan un review, muchísimas gracias, me animan mucho a seguir escribiendo, aunque no se refleje en la rapidez de actualización (no sé en qué se me va el tiempo, pero pasa de una forma increíblemente rápida).

Una mención especial, que debería haber hecho en el capítulo anterior pero que por prisas no hice, a Rain y PincessRuby, que me dejaron un comentario pero que como no están registradas no pude contestar.

Un beso a todos