BELLA

-Es imposible que le saque de ahí y él lo sabe.

-Un tío capaz de todo lo que me has contado y que ha salido impune durante tanto tiempo tiene que tener algún contacto en las altas esferas, Edward. Tiene que haber alguien…

-Papá, sabes que no me puedo sacar una ley de la manga y hacer que ese hijo de puta salga de la cárcel de rositas. Y en el caso de que lo consiguiera al estilo Prison Break, apenas tendría tiempo para salir corriendo porque tendría a los federales pegados a mi culo antes de que me diera tiempo a pestañear.

Se habían reunido de nuevo en el comedor. Y esta vez yo iba a estar presente me costase lo que me costase. Así que después de prometer y jurar a Rosalie que me mordería la lengua, me había sentado en un rincón y de momento permanecía callada. Allí se había congregado la cúpula del poder de la mansión Cullen, estaban por supuesto el cardiólogo Carlisle y su mujer, la diseñadora Esme Cullen, el miembro del SWAT Emmett McCarthy y dos chicos de su equipo, el importantísimo arquitecto Jasper Withlock, la exitosa empresaria Rosalie Hale y el brillante abogado de Edward, Eleazar Domingo.

¡Ah! Se me olvidaba el gran, maravilloso, destacado, famoso tesoro del derecho americano. Un hombre que era una promesa en sí misma, un hombre que había probado su valía en numerosas ocasiones y siempre había salido airoso. Un hombre, que junto a su bella e impresionante mujer bañarían las páginas de sucesos de las revistas del corazón de no ser por su proclamada discreción para con su vida personal. Un hombre mentiroso liante y embustero como ninguno: Edward Cullen.

-Lo que me pide es una locura y él lo sabe.- Su discurso mejoraba por momentos. Casi parecía el de un político. Era un "sé que la situación es una puta mierda pero va a seguir siéndolo porque soy un puto inútil inepto que no me atrevo a hacer lo que hay que hacer" A mis oídos, todos sus "lo siento" "es imposible e inviable" eran una mierda.

-¿Mencionó que pasaría si no hacías lo que te pedía?

-Sí, Jasper. Mencionó lo que ocurriría.- Sus ojos se posaron un momento sobre los míos, pero fue tan breve que pensé que me lo había imaginado.-Dijo que habría represalias.

-¿Y qué hay del senador Watling?- Era la primera vez que Eleazar intervenía en la conversación. Edward pareció que iba a decir algo pero cerró la boca. Aquello se ponía interesante, alguien capaz de dejar a Edward sin palabras merecía sin duda mi atención.

-¿Quién es el senador Watling? Es decir, sé quién es, pero que pinta aquí.- Jasper al parecer sentía la misma curiosidad que yo. En ese momento la puerta se abrió y entró una empleada de servicio que sirvió pastas, té y café. Todo muy idílico. No fue hasta que esta se fue, que Edward soltó prenda.

Su mirada se oscureció mientras él relataba cómo había llevado el caso de Felix Newman, así como todo había comenzado, desde el momento en el que ingresó en prisión - amenazándole durante todo ese tiempo-, hasta la seguridad que había impuesto a toda su familia. Tan solo yo me había salido de la ecuación.

Ahí fue cuando supe cómo mi hijo había terminado secuestrado, por una estúpida rencilla entre un camorrista y un abogaducho ansioso de gloria.

Me levanté muy despacio, sin hacer ruido. Todas las miradas estaban posadas en mí, cuando me acerqué a la puerta. Probablemente esperaban que le cruzara la cara. Otra vez. O que me lanzara contra él. Otra vez. O que le dedicara todos esos insultos que ambos sabíamos que se merecía. Eso aún no lo había hecho. Debería intentarlo en un futuro próximo, pero en vez de eso cerré de un portazo y las paredes de pladur parecieron que iban a derrumbarse en un momento dado. Necesitaba salir de allí, perderles de vista, cerrarme al mundo por un momento y respirar.

La empleada que antes había entrado se me quedó mirando, desde luego la había asustado el golpe que había dado, me disculpé y rápidamente me escabullí a la habitación que me habían preparado. La cama era enorme, las almohadas y cojines mullidos y confortables, las vistas quitaban el aliento, pero aun así todo era en vano. Era como si el mundo se hubiera quedado a oscuras, como si todo el color y la luz hubieran desaparecido. Mi mirada permaneció clavada en la fotografía durante lo que parecieron horas. Quizá lo habían hecho a posta, quizá asignándome aquella habitación con aquellos retratos querían hacerme recordar que les había robado algo. Un Edward de apenas diez años me miraba desde la pared de enfrente: sonreía mientras Carlisle le llevaba a hombros, al fondo se veía un inmenso castillo Disney. Orlando.

Cuando la puerta se abrió no me hizo falta girar la cabeza para saber que se trataba de Edward. Conocía la cadencia de sus pasos. Pasaron unos cuantos minutos antes de que hablase.

-En realidad es París.

Evidentemente se refería a la fotografía. Su mirada se endureció cuando me giré para enfrentarle, pero ya no me quedaban fuerzas. No era capaz de seguir así.

-Venía para ver si necesitabas algo.

-Estoy perfectamente.- Mi voz no indicaba lo contrario, sin embargo estaba segura de que mi aspecto era penoso. El rímel se me había corrido y las ojeras se habían hecho más pronunciadas. Me había llevado un rato levantarme del suelo del estudio después de la conversación que había tenido con el mismo tipo que ahora se presentaba en mi habitación después de una noche sin dormir y llena de lágrimas, no había duda de que mis ojos seguían igual de rojos.

-Pues no lo pareces.

-¿Qué coño quieres Edward?- Me salió del alma. No necesitaba ni su condescendencia ni su compasión, quería estar sola y ahogarme en mi propio dolor sin que nadie lo impidiese. Sin embargo estaba cansada. Nunca en mi vida había estado tan cansada y lo único que deseaba era rendirme. Ni siquiera tenía fuerzas para recriminarle absolutamente nada de lo que había oído en la reunión.

-Ahora no he abierto la boca, no he dicho absolutamente nada.

-¿Por qué me tengo que quedar aquí?- El tono beligerante ya había desaparecido, junto con todas mis ganas de discutir. Era el tercer día que pasaba sin mi hijo. Ya daba igual donde estuviese o a quien hubiera que soportar, solo quería que Aaron apareciera.

Edward cerró la puerta tras de sí, pero no se acercó más a mí. Una tregua silenciosa se instaló en la habitación, como si ninguno de los dos tuviera fuerzas para discutir de nuevo.

-Tienes que quedarte aquí.

-Eso no es ninguna razón, eso es una orden. Dime Edward, ¿qué harías si me levantara ahora mismo y saliese por la puerta?

-Iría detrás de ti y te arrastraría de vuelta.

-Lo suponía.- Esperé antes de hablar de nuevo. De nuevo se me formó un nudo en la garganta y era muy consciente de que si intentaba hablar me echaría a llorar, y no quería que Edward me viera llorar, así que esperé hasta que el nudo se volvió tolerable.

-Quiero hablar con él. Quiero ver a Felix Newman.

-No vas a hablar con él bajo ningún concepto.- Me miró largamente. Todo había cambiado tanto… Abrió la boca para decir algo pero la cerró de repente y apretó la mandíbula como si se estuviera conteniendo.

Le contemplé en silencio. El nudo era insoportable y la presión en el pecho no hacía sino pedirme a gritos que dejara ir las lágrimas. Mirarle era como tener delante a Aaron. Su risa, su voz, su correteo constante, su "lo siento mami" o "porfi porfi porfi"… la foto de Edward con su padre en Disneyland era un recordatorio más de que mi hijo no estaba conmigo y por un momento pensé que no iba a verle crecer, que no iba a volverle a tener entre mis brazos. No quería llorar delante de Edward.

El sollozo me desgarró la garganta, quería parar pero las lágrimas acudían sin descanso ni piedad. La visión de nubló y a través de las lágrimas vi dar a Edward un paso dubitativo hacia mí. Cuando me sostuvo entre sus brazos tuve la misma reacción que en comisaría. Le empujé con toda la fuerza que me quedaba; le crucé la cara, y el latigazo del golpe resonó en mis oídos, pero esta vez no se apartó. Me abrazó aun con más fuerza y mis patadas, arañazos y puñetazos disminuyeron la intensidad mientras que lloraba sin parar, cada vez más fuerte olvidando respirar. Aspiraba violentamente, el sollozo me robaba el oxígeno. Me dejé ir, me dejé llevar tan solo un minuto, durante el cual no tenía que luchar. Algo iba mal. Definitivamente mal. Apenas sentía que eran los brazos de Edward los que me sostenían. Odiaba ser tan débil, quería volver a ponerme la máscara, limpiarme las lágrimas de la cara y levantar la cabeza. Quería odiar a Edward con todas mis ganas, pero ya no me quedaba ninguna.

-Respira.

-No voy a volver a tenerle entre mis brazos, no voy a llevarle a la cama y darle un beso de buenas noches. Aaron no va a volver a poner el salón patas arriba jugando a ser el capitán Jack Sparrow, no le volveré oír discutir con Angela cuando vuelva de trabajar para que se coma las verduras. Aaron no me volverá a mirar ni a sonreír con esa sonrisa torcida suya mientras tiene la cara entera manchada de helado de vainilla. No se volverá a subir a la estantería de mi cuarto para alcanzar el álbum de fotos de la familia, no volverá a mirar un cuadro de Miró y decir que es feo.

-Bella, mírame.- Edward me sujetó por los hombros y hacia atrás, pero yo no veía que sus ojos se habían abierto de golpe, que me miraba preocupado y me sacudía por los hombros. Yo solo veía el verde de sus ojos, giré la cabeza de nuevo a la fotografía de Disneyland, y el sollozo volvió con fuerzas renovadas mientras que inconscientemente jadeaba con violencia para seguir respirando y la visión se nublaba poco a poco. Pequeños puntos negros empezaron a aparecer lentamente.

-No se va a volverse a colgar de mi cuello y quedarse dormido entre mis brazos, ni a despertarme casi de madrugada porque quiere que le haga el desayuno. Nada de eso va a ocurrir porque Aaron ya no está.

En algún punto de aquella locura, mi mente desconectó.

-Bella, Bella… MÍRAME, RESPIRA JODER.- Yo ya no era consciente de lo que había a mi alrededor, mucho menos de que Edward estaba totalmente acojonado.- ¡Papá! ¡PAPÁ!

EDWARD

La saqué de la habitación prácticamente en volandas. Me llevó apenas diez segundos cargarla, sacarla al pasillo y bajar las escaleras antes de aporrear con fuerza la puerta del comedor, donde los demás seguían aún reunidos. Grité a pleno pulmón el nombre de mi padre. Bella, estaba perdiendo de un momento a otro el color de la cara, pero lo peor eran los jadeos sin control que sacudían su cuerpo en busca de aire y que estaba totalmente en tensión, muy rígida. Antes había visto ataques de pánico y ansiedad, pero nunca de esta manera. Nunca había visto a Bella desmoronarse de aquella manera. Murmuraba el nombre de Aaron una y otra vez con la mirada perdida. La puse sobre un sillón y tomé su rostro entre mis manos, obligándola a que me mirara.

-Bella mírame. Aaron va a volver, te juro por Dios que te le traeré y ¿sabes por qué lo sé? Lo sé porque no le conozco, aún no, y tú nos tienes que presentar, ¿a que sí?- Cada vez estaba más pálida, y yo cada vez más acojonado.

Varias puertas parecieron abrirse al mismo tiempo, pero no aparté la mirada de su rostro. Mis dedos fueron hasta su muñeca que colgaba inerte. El latido era errático, parecía que estaba a punto de sufrir un ataque al corazón.

-Bella, puedes hacer esto. Venga, respira conmigo. Poco a poco. Mírame, por Dios Bella mírame y dime que me estás escuchando.

-¿Qué pasa Edward? Joder…

Apenas registré la voz de mi padre, el cardiólogo, el famoso doctor Cullen. No, que va, yo no podía apartar la mirada. Sentía que se me escapaba entre los dedos. Oí un grito ahogado a mi espalda. Probablemente fuera Rose. Bella no se me podía ir, no ahora que acababa de recuperarla.

-¿Qué ha pasado?

-Venga, Bella. Tú puedes hacerlo. Estás bien, todo está bien. Respira conmigo, así, eso es todo lo que tienes que hacer. Solo respira.- Al final siguió mis instrucciones, poco a poco el oxígeno volvía a entrar a sus pulmones y la sensación de ahogo iba desapareciendo de su cara. Por primera vez la cabezota e irrazonable Bella Swan hacía lo que yo le decía.

-Esme, ve por mi maletín, está en mi despacho. Rose, trae agua fría y un paño, una toalla, lo que sea… Edward necesito espacio para examinarla. Necesito que te alejes un poco, suéltala, por favor.

Hice lo que me pedía con reticencia, no sin antes limpiar las lágrimas que aún tenía debajo de los ojos y que le cubrían las mejillas; parecía que se me iba a escurrir entre los dedos si la soltaba. Las manos de mi padre recorrían rápidamente todos los puntos cruciales, buscando sus signos vitales. En menos de treinta segundos la habitación se había llenado de gente. Mi madre y mi cuñada desaparecieron en silencio.

-Cielo, ven conmigo.

-Ahora no Kate. Por favor.- Yo no sabía cuándo había entrado mi mujer, tampoco estaba seguro de que hubiera pasado la noche en casa de mis padres como todos los demás porque no la había visto durante la cena ni el desayuno. Claro que Bella tampoco se había presentado.

-¿Qué quieres decir con "ahora no"?- Yo ya sabía qué tono empleaba mi esposa cuando quería discutir. Y yo siempre picaba, siempre menos entonces. Me importaba una mierda la rabieta que pudiera coger, ya le había dejado muy claro que quería el divorcio -a ser posible uno pacífico y corto- y que el único motivo de que aún compartiéramos el mismo techo era por pura cortesía de mi persona hacia su seguridad.

-Eso exactamente. Ni quiero ni puedo hablar contigo ahora mismo, así que hazme un favor, haznos un favor y vete de aquí.

-No me pienso ir de aquí, tengo el mismo, incluso más derechos que ella, -apuntó con un dedo acusatorio la figura de Bella que aún respiraba con dificultad,- a permanecer en esta casa.

Mi padre trabajó de una manera rápida, precisa y clara. En cuanto tuvo su maletín, le administró un tranquilizante, pero antes de que lo hiciera su respiración ya se había normalizado. El nudo que me oprimía las vías respiratorias se aflojó un poco, pero no del todo. Se volvió hacia mi mujer.

-Katherine, haz el favor de salir de aquí. No te lo voy a pedir otra vez. El hecho de que estés en la misma habitación entorpece mi trabajo, así que si nos disculpas…

Kate salió del salón echando humo por las orejas. Llevó un rato más, pero al final cuando mi padre la dio una bolsa para que respirara dentro, su respiración volvió lentamente a su ritmo normal, y el latido de su corazón disminuyó. La ayudó a subir a la habitación, y cuando la dejó dentro, nos hizo salir de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Jasper, Rose y mi madre se habían quedado.

-Esto es un ataque de ansiedad en toda regla. Se pondrá bien, solo necesita tranquilizarse,- aseguró mi padre.- Le he dado un Orfidal así que dormirá durante unas cuantas horas.

-¿Estás seguro?- Me sorprendió oír mi propia voz. Sonaba fuera de mí, ronca, con una urgencia muy poco común en mí.

-Totalmente. En cuanto se calme se pondrá bien, sin embargo me preocupa que ya haya ocurrido más veces, que sea un episodio más de un cuadro de ansiedad. Tendré que revisar su historial. Mientras tanto, necesita paz a su alrededor, así como comer con regularidad y dormir.

-Sí, claro.

-Lo que me recuerda que no puedes hablarla como lo hiciste anoche en el despacho, no podéis tiraros los trastos a la cabeza a la mínima oportunidad. Eso solo empeorará una situación que ya es de por si lo suficientemente estresante.

-Espera…- dijo Rosalie,- ¿qué ha ocurrido ahora, cuando ha salido dando un portazo?

-Bella y yo hemos aclarado ciertas cuestiones.

-Joder, Edward, no puedes ir a por ella de esa manera, no puedes buscarla constantemente, sabes cómo es ella, y precisamente no se caracteriza por no tener carácter. Dala un respiro por Dios.

-¿De qué manera? Rosalie, Bella me culpa de absolutamente todos los males presentes sobre la faz de la tierra. De todos y cada uno de ellos. Si la preguntas, ella te dirá que fui yo quien planeó el asesinato de Kennedy, que yo destruí las torres gemelas o fui quien hizo desaparecer a Elvis. Yo no soy Satanás, y ella no es ninguna santa.

-No puedes negar que tienes parte de culpa.

-Oh, no. ¿También me vas a echar la culpa de que Aaron esté secuestrado? Tú has visto este sitio Rose. Es inexpugnable. Sí hubiera sabido que tenía un hijo te puedo asegurar que no hubiera desaparecido así como así. No me voy a tragar esta mierda yo solo, ella tiene exactamente la misma parte de culpa. Estamos empatados y con la misma mierda al cuello.

-No Edward, no te equivoques. Hay una diferencia entre lo que tú y ella sintáis respecto al secuestro, porque tú no conoces a Aaron. Tú, que ahora te haces llamar padre, no tienes ni idea de cómo es tener en los brazos a tu propio hijo.

Fue como si me hubiera pegado un puñetazo en el estómago. Iba a abrir la boca para intentar responder con una réplica mordaz al golpe bajo de mi cuñada, pero Jasper nos paró a los dos.

-Creo que ya está bien de broncas por hoy. No hacemos nada si estamos constantemente unos contra otros. Todos necesitamos calmarnos. Aaron necesita que nos calmemos.

Era lo mismo que había dicho mi padre. Reculé y tomé aire. No ganaba nada discutiendo también con Rose. Bastante tenía con Bella.

-Charlie llega en una hora al aeropuerto.- Rosalie parecía también haber hecho caso a la recomendación; ahora sus palabras no destilaban veneno.

-¿Quién es Charlie?- Pregunté.

-Es el padre de Bella. Vive en Portland. Tengo que salir ya, si quiero estar a tiempo.

-Yo iré a por él. Yo le recogeré.

Todos se volvieron hacia mí sorprendidos, como si me hubiera salido un tercer ojo en mitad de la frente, pero Rosalie me dio los detalles de su vuelo, me dijo que era moreno ligeramente canoso y con un tatuaje de la marina en el brazo derecho y no opuso más resistencia, mi padre se sorprendió en silencio y Jasper se ahorró sus comentarios. Puede que me dirigiera a la boca del lobo si accedía a recoger a Charlie Swan, pero ya iba siendo hora de coger la situación por los cuernos.

A la salida, me interceptó Eleazar con una sobre grande en las manos.

-Acaba de llegar, son los resultados de la prueba de paternidad, aunque viendo la foto del chiquillo es puro trámite.- Tomé el sobre y le miré a los ojos. Necesitaba pedirle un favor.

-Gracias, Eleazar. Necesito que me consigas el número del senador o cualquier cosa… necesito verle. Si alguien es capaz de sacar a Newman de la cárcel es él, pero no se lo digas a nadie. Lo que estoy a punto de hacer es ilegal en casi todos los estados, y no quiero ver a nadie de los míos entre rejas.

-Como quieras. Sabes que cuentas conmigo en esta, ¿no?

-Sí, claro, y aún no he tenido tiempo de darte las gracias como debe ser.

-No me las des todavía, dámelas cuando tengas a tu hijo de vuelta.

El trayecto hasta el Sea-Tac no fue lo suficientemente larga como para aclarar mi mente, aun así conseguí llegar pronto. Aparqué el coche en el parking y me senté a esperar frente a las salidas del aeropuerto a que el abuelo de mi hijo apareciera. Mi hijo. Aaron Cullen. Todavía sonaba raro. Saqué el informe del laboratorio y el 99,99% de coincidencia genética hizo que el nombre sonara aún mejor, y que una agradable calidez se extendiera por mi pecho. Pensé en Bella, teníamos que dejar de discutir, el ataque de ansiedad casi me había matado del susto.

La gente empezó a aparecer, y cuando me planté delante de Charlie Swan, tragué saliva repetidamente, intentándome convencer de que aquel hombre que había servido en el ejército no me arrancaría los huevos tan pronto como le dijera mi nombre. Le eché huevos al asunto di un paso al frente y le extendí una mano que el estrechó con fuerza. Me presenté y le puse al día, mientras daba gracias al estado de Washington porque no se permitieran armas a los pasajeros en los aeropuertos. Por la mirada que me echó tenía pinta de echar de menos l suya.

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Gracias por vuestra paciente espera, y por todos vuestros geniales mensajes en los reviews ;)