Itachi tuvo que hacer grandes esfuerzos por no mostrar ningún tipo de expresión cuando un dolor casi insoportable lo invadió y sintió el sabor de la sangre en su boca una vez más. Notó que su mente se nublaba. Tenía un mal presentimiento. Más que presentimiento, una certeza. Era como si la última explosión de Deidara hubiera ocurrido en su interior.
Por ello, no habría necesitado que el holograma de Zetsu apareciera para confirmar su muerte. Su malestar aumentó aún más. No comprendía cómo sus piernas aún aguantaban el peso del resto de su cuerpo y no caía en la oscuridad que parecía querer invadirle y asfixiarle.
En lugar de eso, se mantuvo allí, en silencio, sin moverse, sin hacer el más mínimo gesto. Quizá sí que pareció un poco incómodo cuando mencionaron que su hermano también había muerto. Él sabía que no era cierto, sabía que Sasuke había logrado huir. El joven no moriría hasta haberle visto desaparecer; él ya se había asegurado de que ocurriera así. Pero lo cierto era que el alivio porque Sasuke siguiera vivo se mezclaba con la angustia que le causaba que hubiera sido él quien había provocado la muerte de Deidara, formando un remolino que amenazaba con enloquecerle. Las únicas dos personas por las que habría dado todo habían luchado hasta el fin por él, trayendo la inevitable consecuencia fatal: el rubio había acabado sacrificándose.
Después de todo, un sacrificio inútil. No había logrado acabar con su objetivo. Había dado su vida, su libertad. Ya no volvería a ver sus ojos azules, no volvería a oír la voz que le hacía olvidar el resto, ni nunca más volvería a contemplar ese rostro concentrado en su arte. Su aroma, su cabello brillante… todo había desaparecido. Ni siquiera había un cuerpo al que llorar.
Aunque, por supuesto, él no lloraría. No lo había hecho nunca. Ni la primera vez que tuvo que matar en sus misiones ANBU, ni cuando descubrió el horror al que se tenía que enfrentar, ni cuando abandonó a su hermano tras él, dejando como único signo de su existencia los cadáveres de su familia y el odio despertado en él. Un odio que jamás redimiría. Un odio que, aunque Sasuke no fuera consciente de ello, ya había logrado acabar con él.
Itachi no podía llorar. Las lágrimas no eran capaces de expresar lo que había pasado. Además, no tenía derecho a hacerlo: había sido voluntario. Él había elegido su camino, consciente de las consecuencias, sabiendo que era lo correcto.
Deidara. Era él quien había cambiado eso al hacerle sentir algo diferente que se oponía al resto de su ser. Durante todo el tiempo que había estado con él, su sufrimiento se había apaciguado. En vez de ser una simple herramienta, algo carente de existencia que sólo tenía como objetivo asegurar la del resto, Itachi se había podido considerar una persona, alguien con vida propia. Incluso había conocido atisbos de felicidad, un concepto en el que ni siquiera se había parado a pensar antes.
Y, no obstante, le había dejado irse. No había hecho nada por detenerle en aquel encuentro en el bosque, pese a ser consciente de que, casi con total certeza, iba a ser el último. Seguramente, tampoco habría servido de mucho. Deidara no se habría rendido, no habría permitido que Sasuke se acercara a él.
Cuando la reunión se dio por finalizada, la base quedó vacía excepto por Itachi y Kisame. La soledad del Uchiha jamás le había resultado mayor. Había vuelto a arruinar lo poco que había conseguido llenarle. Había arrastrado al rubio con él a su condena.
El Uchiha y su compañero estuvieron esperando a que la lluvia amainara en la entrada a la cueva. Después de unos minutos, al primero se le hizo tan insoportable seguir allí que salió, dejando que ésta le mojara.
Al mismo tiempo que el agua impregnaba su ropa, los recuerdos hacía lo propio con su mente. Cada momento con Deidara parecía lejano, como si aquellos años compartidos con él no fueran más que la memoria de un anciano nostálgico de su pasado. Pero, a su vez, eran tan reales... Itachi casi sintió cómo los dedos del artista acariciaban su cara, cómo sus brazos le rodeaban una vez más.
Pero la sensación en su rosto no eran más que las gotas que caían y los brazos no eran tales, sino sus propias prendas pegándose a su piel, empapadas. La calidez momentánea que le había invadido al pensar en el artista desapareció y sólo quedó el frío.
Kisame dijo algo acerca de que parecía que estaba llorando, lo cual identificó con la muerte de su hermano. Itachi le miró. Kisame no podía sospechar apenas nada de lo que estaba ocurriendo, ni de lo que iba a ocurrir.
-Él no está muerto-le aclaró finalmente, refiriéndose a Sasuke-. Y, además…
"Yo no lloro por él."
La lluvia cesó de repente. La tormenta se había disipado. Itachi observó el cielo, sabiendo que aquello era señal de que algo grande estaba a punto de ocurrir.
El moreno comenzó a caminar y su compañero le siguió en silencio. Fuera cual fuera el motivo, el Uchiha no estaba de buen humor y Kisame no estaba dispuesto a arriesgar su vida empeorándolo.
Sin embargo, Kisame pronto adivinó su destino, sin necesidad de que el otro tuviera que pronunciar palabra alguna, y no tardaron demasiado en llegar hasta él. Frente a ellos, se abría un gran cráter de kilómetros de diámetro. Era el lugar donde Deidara había llevado a cabo su última explosión.
-No entiendo cómo puedes afirmar que tu hermano sigue vivo tras ver esto-comentó el hombre-. Como siempre, tenías razón, Itachi-san. Deidara era un tipo fuerte. Agradezco no haber estado aquí. Incluso siento lástima por Tobi.
-Él tampoco está muerto.-aseguró Itachi gélidamente.
Por supuesto que ese cabrón aún seguía vivo. Había vivido demasiados años como para permitir que algo así fuera a acabar con él. Él, simplemente, se habría ido de allí, dejando a Deidara atrás. El moreno frunció un poco el ceño, al darse cuenta de que sentía que él había hecho lo mismo.
Kisame observó a su compañero. Definitivamente, estaba tenso. Sabía que necesitaba reflexionar. Nunca había logrado entender a Itachi del todo: su implacable frialdad le convertía en todo un misterio incluso para alguien como él. De cualquier modo, conocía los momentos en los que se esperaban determinadas acciones por su parte, ya que Itachi pocas veces haría una petición en alto. Y ése era uno de ellos.
El hombre dio media vuelta y comenzó a alejarse del moreno. Debía dejarle solo. Los genios necesitaban soledad para poner las ideas en orden, después de todo. Aunque Itachi no le hubiera contado nada, él también sabía que acontecimientos importantes sucederían. Y mejor sería que, al menos, uno de los dos estuviera preparado para ello.
-Avísame cuando quieras.-dijo, echando la vista atrás durante un instante para ver cómo el Uchiha asentía en un gesto casi imperceptible.
Itachi siguió el camino de su compañero de reojo, sin prestarle demasiada atención. Su mente estaba centrada en las tres personas que habían sido testigos de la batalla que había finalizado con aquella brutal explosión.
Apretó los puños sin ser consciente de ello. Tobi no había movido un dedo por Deidara. Una prueba más en el entrenamiento de Itachi. Una nueva demostración de lo dura que era la vida de un shinobi. Ya le había advertido más de una vez de que, cuando se buscaba poder, las relaciones de ese tipo no estaban permitidas y de que había que saber renunciar a ellas cuando fuera necesario; aún más siendo un Uchiha, alguien que iniciaba esa búsqueda asesinando a su mejor amigo.
Pero no podía culpar a aquella persona por eso, ya que, en realidad, era él el culpable: Itachi Uchiha, el criminal de rango S, asesino de toda su familia, parte del libro Bingo. Ése era él, el camino que había decidido seguir. Pero, sin poderse conformar tampoco con ello, había querido tener compañía. Su mayor error. Como un tremendo fallo de estrategia en una guerra, aquello había traído la muerte y la destrucción.
El moreno se agachó lentamente y se arrodilló en el suelo con suavidad, como se solía hacer frente a la lápida de un ser querido. Se preguntó cuántas veces habría hecho ese mismo gesto Sasuke ante la tumba de sus padres. Hasta entonces, había pensado que era una señal de respeto. Pero en ese momento entendió que la causa era el temblor que invadía a la persona cuando la sensación de pérdida aumentaba y parecía concentrarse un millar de veces más en cada uno de los puntos del cuerpo.
Itachi también temblaba. Veía sus brazos vibrar incontroladamente, mientras sus manos se asían con fuerza al borde de aquel inmenso hueco. El vacío que Deidara había dejado allí era la imagen exacta del efecto que había tenido en su interior. El Uchiha cerró los ojos, tomando aire e intentando calmarse. Nunca se le había hecho difícil ocultar sus sentimientos, ya que era más simple permanecer inexpresivo que poner en alto todo lo que escondía. Pero ahora éstos le desbordaban y mantenerlos a raya le estaba suponiendo un verdadero esfuerzo.
Sin embargo, ya quedaba poco para que todo acabara. Sólo debía aguantar un poco más, como había hecho antes. Aunque el sufrimiento fuera mayor esta vez, cargaría con él durante menos tiempo.
El temblor cesó. Había llegado la hora de enfrentarse a su hermano por fin. Y ahora tenía un motivo real por el que hacerlo. Al fin y al cabo, había sido Sasuke a quien Deidara había querido matar en su explosión. El rubio había muerto en una batalla contra él. Ese hecho retumbaba en su mente, golpeando sin piedad y hacía que su sangre hirviera.
Fue la mezcla de cariño y rencor que procesaba hacia el más joven de los Uchiha la encargada de darle el último impulso. Itachi se puso en pie.
Pensó en qué debía hacer a continuación. Tenía que localizar a Sasuke y encargarse de que la lucha entre ellos sucediera en un lugar privado y apartado. Uno de los escondites de los que su clan había dispuesto le pareció una buena opción. Tendría que conducir al joven hasta allí y asegurarse de que lo hiciera solo. De eso último podría ocuparse Kisame.
Y había otra cosa que quería hacer: hablar con Naruto Uzumaki. Era la persona que más cerca había logrado estar de Sasuke y le causaba cierta curiosidad. Quizá sólo quería asegurarse de que para su hermano aún quedaba la esperanza que a él le había sido prohibida.
Por un momento, logró olvidarse del dolor que azotaba su cuerpo, de las naúseas y el mareo. En su mente sólo se mantuvo la imagen de Deidara, los recuerdos de lo que él había significado y de lo que había logrado cambiar dentro de él. Eso y sus objetivos.
Algo tambaleante al principio y más seguro a medida que avanzaba, Itachi comenzó a caminar. Sólo se había encontrado en un estado semejante tras el asesinato de toda su familia, tras haber abandonado a Sasuke.
Finalmente, recobró la compostura por completo, como había hecho siempre antes. Después de tantos años, era hora de poner fin a aquello.
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Encontrar al contenedor del Kyuubi no fue demasiado difícil, pero sí intentar mantener una charla calmada con él. Aunque Itachi sabía que era lógico. No había ninguna razón por la que Naruto tuviera que fiarse de su palabra y sí muchas por las que no hacerlo. Aunque, de cualquier modo, ese chico no era definible por lo que la lógica dictaba.
Su energía a la hora de hacerle frente, pese a no tener ninguna posibilidad, y sus brillantes ojos azules le recordaron muchísimo a los de Deidara, de la misma manera que sus palabras y su seguridad en sí mismo. Y aquel empeño por querer llevar a Sasuke de vuelta a la villa… Cuando le preguntó sobre ello, la respuesta del joven fue rotunda:
-Porque Sasuke es como un hermano para mí. Y yo soy mucho mejor hermano de lo que tú nunca fuiste.
Pese a su tristeza, el moreno no pudo evitar dibujar una pequeña sonrisa. Así que como un hermano. Definitivamente, su carácter impulsivo era semejante al de Deidara, completamente opuesto a la frialdad típica de los Uchiha.
Una parte de Itachi se relajó de pronto, como si, por fin, pudiese descansar tranquila. Naruto acompañaría a Sasuke y le haría cambiar, del mismo modo que el artista había logrado hacer con él, con la diferencia de que ellos no eran unos asesinos, no había nada que les pesara tanto, por lo que no resultaría tan complicado. Incluso Sasuke podría recuperarse… Su alma aún no estaba perdida. Podrían perdonarle por lo hecho.
Pero aquella pequeña conversación no pudo llegar a desarrollarse mucho más. De pronto, supo, por una réplica, que el propio Sasuke estaba en una cueva cercana. Usó un genjutsu para confundir a Naruto y alejarse de él. Sus asuntos pendientes le reclamaban.
Ni siquiera quiso ir por sí mismo a la cueva, sino que prefirió guiar a Sasuke hasta el lugar que él quería mediante una técnica. Él se adelantó, con la intención de dar con Kisame e ir hasta allí junto a él.
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-Asegúrate de que él llegue solo aquí.-le indicó a su compañero.
El refugio secreto de los Uchiha estaba frente a ellos, en una colina, rodeado por el frondoso bosque. Aunque fueran prácticamente unas ruinas, era imponente, como todo lo que había pertenecido a su clan algún día.
Kisame sonrió.
-Espero que sepas lo que estás haciendo, Itachi-san.-dijo antes de irse de allí, saltando de rama en rama.
Itachi caminó despacio por aquellos restos. Ya había estado allí anteriormente. El majestuoso sillón de piedra seguía en el mismo sitio que él recordaba. Se sentó en él y cerró los ojos. ¿Qué pasaría cuando Sasuke llegara?
Imágenes de su juventud aparecieron en su cabeza. Entre ellas, destacaba la de su hermano menor, el pequeño que continuamente le pedía que fuera a entrenar con él, siempre eclipsado por la sombra de su genialidad.
A Itachi nunca le había gustado que le alabaran, y había odiado la presión de ser él el destinado a convertirse en el nuevo líder de los Uchiha. Aunque siempre había hecho las cosas de forma correcta, cumpliendo con todo lo que se esperaba de él, en el fondo, nunca lo había apreciado demasiado. Había tenido que meterse en aquel mundo demasiado rápido, se había visto obligado a actuar como un adulto cuando aún era un niño. Después de todo, como se habían encargado de recordarle en innumerables ocasiones, él era un Uchiha, y el hijo primogénito del jefe. Era él el siguiente que iba a tener que hacerse cargo de los intereses del clan.
No obstante, todas aquellas veces en las que se había sentido frustrado o cansado, allí había estado Sasuke, con su inocente sonrisa y un brillo de completa admiración en sus ojos, pidiéndole que le hiciera un poco de caso. El mayor siempre disfrutaba pasando el tiempo con él, ya que era el único en toda su familia que no ocultaba nada, que no le juzgaba a cada momento, que no le hablaba de sus responsabilidades.
Por eso, Itachi se enfadaba mucho con el padre de ambos cada vez que éste parecía olvidarse de Sasuke para centrarse en las misiones del clan, las reuniones del clan y los asuntos del clan. Se sentía totalmente aprisionado por cuatro paredes invisibles, que parecieron oprimirle con una fuerza infinitamente mayor cuando la villa le encomendó que hiciera de espía entre su familia.
Pero, incluso en esos momentos, su hermano pequeño y su graciosa carita le podían hacer evadirse de todo aquello.
Siempre había pensado que, de poder elegir a un solo miembro de su familia para que viviera, habría elegido a Sasuke sin planteárselo dos veces. Lo que no sabía es que aquel simple pensamiento iba a convertirse, posteriormente, en una horrible realidad.
Desde entonces, había cargado con el odio de su hermano, la certeza de que sería él quien acabaría con su vida, como debía ser. Aunque sabía que, para llevar a cabo sus planes, tenía que enfrentarse a él, a Itachi le había costado imaginarse ese momento.
Ahora, la muerte de Deidara había modificado las cosas. Volvió a notar cómo el resentimiento que le había ayudado a ir hasta allí volvía a encenderse dentro de él, y lo alimentó con recreaciones imaginarias de lo que la batalla entre ellos podía haber sido, pensando en cómo habrían resultado los últimos momentos del rubio y los impasibles ojos de Sasuke mirándolo, antes de ingeniárselas para huir. Por un momento, olvidó todos sus planes e intenciones, queriendo saber qué decisión tomaría de no existir éstos.
No podía negar que una parte de él, un instinto que había nacido la primera vez que había portado la máscara de ANBU y que se había desarrollado durante sus años como miembro de Akatsuki, deseaba terminar lo que Deidara había empezado. Las palabras del artista reprochándole todo lo que él había dado por el mundo sin recibir más que desprecio a cambio resonaban en su mente. Pero, era oculto en los silencios apenas perceptibles que se encargaban de unir la última letra de una con la primera de la siguiente donde residía el verdadero mensaje. Deidara había querido saber por qué no había dado por él lo mismo que por todo el resto. Era una pregunta a la que no había podido contestar por el simple hecho de que no sabía la respuesta. Había amado al rubio y, ese hecho había cambiado algunos aspectos de él.
Pero el resultado final no había variado.
Itachi oyó unos pasos acercarse, la intensidad de un chakra semejante al suyo propio avanzar hacia el lugar donde él se encontraba.
La hora de hacer frente a todo había llegado. Ya no había marcha atrás.
Su hermano hizo aparición y se puso frente a él. Sasuke Uchiha. Incluso sin poder apreciar su rostro con claridad, el mayor fue capaz de sentir su odio. Sus ojos lo miraban con arrogancia.
Ambos sabían que ese encuentro era el que decidiría todo.
