Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.
Capítulo 9
Dos semanas después, Alice seguía pensando en la tarde que había pasado con Jasper. Él se había quedado extrañamente callado y poco comunicativo después de que ella le hubiera recordado que tenía que mantenerse al margen. Se limitó a llevarla a su casa, dejarla en la acera y despedirse con un breve beso en la mejilla. Involuntariamente, Alice se llevó la mano a la cara, tocando con la yema de los dedos el punto donde la había besado. Incluso con aquel gesto casto, había conseguido hacer que sus entrañas hirvieran.
Alice no salía de su asombro con el comportamiento de Jasper. Había ganado más peso en los últimos cinco meses que ninguna otra mujer, preñada o no. Se sentía incómoda con su cuerpo y en vez de adquirir aquella especie de resplandor de gestante del que tanto había oído hablar, su piel se había agrietado y sufría erupciones peores que cuando era adolescente.
A su modo de ver, estaba impresentable. Sin embargo, con un simple beso, Jasper había conseguido que se sintiera hermosa, como si esas cosas no le afectaran. Se suponía que los hombres no actuaban así. Se suponía que sólo les emocionaba la apariencia de una mujer, la manera superficial en la que presentaba su físico. No obstante, Jasper había visto más allá de los cambios que hacían a Alice sentirse tan incómoda. Jasper incluso actuaba como si no los hubiera notado. Llamaron a la puerta y ella supo de nuevo que era él. Aquella vez, cuando abrió la puerta, todavía vestía su traje de ejecutivo, pero al igual que en la última ocasión que había ido a verla, llevaba dos grandes bolsas de comida. Además, también sujetaba una bolsa de plástico en una mano y un maletín de forma extraña en la otra.
—He pensado que ya te habrías quedado sin comida —dijo él por todo saludo.
Alice apoyó una mano en el quicio de la puerta para cerrarle el paso.
—¡Cielos! ¿Cómo iba a quedarme sin comida cuando el chico de la tienda me trajo un par de huertos completos la semana pasada diciendo que no tenía ni idea de quién había podido mandarlos? Luego llegó esa cesta de fruta anónima. Eso por no mencionar una repentina suscripción al Club de Amantes del Pescado que yo no recuerdo haber firmado en ningún momento.
—A propósito, ¿te gustó el salmón ahumado? —preguntó él con una sonrisa.
Alice trató de ignorar el modo en que todo su rostro cambiaba con una simple sonrisa. Jasper era más atractivo de lo que ningún hombre tenía derecho a ser.
—Se lo di a mi hermana. Ese libro de nutrición que trajiste dice que debo evitar los ahumados.
Jasper adoptó una expresión seria.
—¿Bromeas? ¿Cómo se me pudo pasar por alto? Bueno, no importa. He traído filetes de emperador para cenar. Nada de ahumados.
Jasper contempló la mano que le cerraba el paso, pero Alice no se movió. A pesar de los donativos alimentarios que le hacían sentirse como un proyecto social de Navidad, Jasper no había hecho el menor esfuerzo por llamarla. Alice se recordó que Jasper había tratado de controlar su vida y si había algo que ella no podía consentir era que un hombre amenazara su libertad. Jasper tenía por costumbre dominar todas las situaciones que se le presentaban y ella no estaba dispuesta someterse a su férula.
—Oye, Jasper. Ya sé lo que tratas de hacer, pero...
—¿Qué es lo que trato de hacer? —la interrumpió él.
Alice parpadeó confusa ante la genuina perplejidad de Jasper.
—Estás tratando de colarte en mi vida. En la mía y en la de mi hijo. Y no te funcionará. Lo hemos discutido un millón de veces, mantente al margen.
—¡Vamos, Alice! Te he hecho la cena, una vez. Te he sacado a pasear, una vez. ¿Cómo puedes acusarme de querer entrometerme en tu vida?
Al oírle hablar Alice pensó que ella misma parecía un poco paranoica. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza la sospecha de que detrás de sus actos se escondía algo más que el simple deseo de prepararle comidas sanas. Además, había cientos de mujeres a las que podría dar la lata. Esa tal María, por ejemplo. Alice frunció el ceño al recordarla. Seguro que ella «adoraba» la coliflor al vapor. Desde luego, más que Alice. Trató nuevamente de disuadirle.
—No me parece una buena idea que tú...
—Por lo menos, permite que pase a dejar esto. Se me están cansando los brazos.
Alice quitó la mano del quicio para pasársela por el pelo y Jasper aprovechó para colarse en su casa. Ella abrió la boca para protestar, pero decidió que era inútil y la cerró con un sonoro chasquido. Para cuando cerró la puerta, él ya estaba en la cocina y la situación no tenía remedio.
—Seré bueno contigo esta noche —dijo lanzando una patata al aire y recogiéndola al vuelo—. Nada de verduras frescas.
Alice trató sin éxito de reprimir la sonrisa que le curvaba los labios. Jasper tenía un aspecto maravilloso de pie en su cocina y no pudo negar la oleada de placer que la embargaba al verle.
—Gracias. Eres muy amable.
Jasper le devolvió la sonrisa pensando que cada vez que la veía estaba más espléndida. Se había recogido el pelo en una coleta corta de la que se habían escapado algunas hebras. Llevaba una cosa que parecía haber sido un saco alguna vez, pero que ahora se ataba a la altura de los hombros y dejaba los brazos al descubierto. Y se fijó que seguía llevando los calcetines blancos a la altura del tobillo que a él le resultaban tan increíblemente eróticos.
—¿Con qué piensas torturarme esta vez? ¿Colinabos? ¿Chirivías? ¿Calabaza?
—Algo mucho mejor que todo eso junto.
—¡Ay, Señor! No logro imaginarme algo tan asqueroso —dijo ella temblando.
—Una simple palabra lo dice todo. ¡Berenjenas!
Alice arrugó la nariz y rezongó algo sobre un mal karma. Debía haber sido un asesino en masa o un político en alguna otra vida anterior para merecer los cuidados de Jasper en ésta.
Después de cenar y de que su conversación se viera salpicada de silencios incómodos, volvió a preguntarse por qué Jasper había invadido su casa. Estaba sentado en su sofá, muy interesado en la contemplación de una copa de vino. Ella estaba en el otro extremo, sujetando con tanta fuerza un vaso de soda que creyó que iba a romperlo. El silencio era ensordecedor.
Inquieta, dejó que su mirada vagara por el salón hasta que cayó sobre la bolsa de plástico y el extraño maletín que había llevado Jasper. Los había olvidado y ahora sentía curiosidad.
—Dime, ¿qué más has traído para hacerme la vida imposible esta noche?
—¿Qué? —dijo él sobresaltado.
—Eso de ahí —dijo ella señalando—. Teniendo en cuenta las verduras que me haces tragar y la marcha atlética que me forzaste a sufrir hace dos semanas, lo que hayas traído debe acabar de volverme majareta. De otro modo no lo hubieras traído, ¿a que sí?
—Casi lo olvidaba —dijo él con una sonrisa. Jasper llevó la bolsa y el maletín al sofá—. En realidad, son para el niño.
Alice arqueó ambas cejas sorprendida.
—Te recuerdo que es niña y que todavía no ha nacido.
—Esto es algo que «él» podrá utilizar antes de venir al mundo. De hecho, contribuirá a su formación mientras está en tu vientre.
—Creí que las verduras ya eran para eso.
—Eso ayuda a su desarrollo físico, esto es para la formación espiritual y artística.
Alice le lanzó una mirada de sospecha. Le miró mientras desplegaba los compactos sobre la mesa.
—Jazz —dijo él—. Quiero que me prometas que escucharas un álbum cada día, por lo menos. Y asegúrate de subir el volumen para que él pueda oírlo. Sólo tienes que sentarte cerca de los altavoces para que pueda captar los matices. Lo mejor sería que tomaras los auriculares y te los pusieras sobre el vientre para que...
—Jazz —rezongó ella interrumpiendo sus maravillosos planes.
—Claro. ¿Qué si no? No quiero abrumarle con algo demasiado denso todavía. Dejaremos a Miles Davis y a Thelonious Monk para más tarde. Podemos empezar con Sidney Bechet y King Oliver. Y Satchmo, claro. Y luego seguiremos con Trane y Bird, Paul Desmond, Dizzy Gillespie...
—Jazz —repitió Alice en el mismo tono.
—Jazz, por supuesto. ¿No querías que el niño tuviera aptitudes para la música?
—Bueno, sí. Quería que mi hija tuviera talento musical, pero yo pensaba en algo más...
—¿Más qué?
—No sé —dijo ella incómoda—. Me parece que la veo más como pianista.
—Estupendo. La próxima vez que venga traeré algo de Dave Brubeck y Earl Hines.
Alice arrugó la nariz, aunque sólo un poco.
—Yo pensaba más en Schumann o Debussy. El jazz es que...
—¿Qué es?
—Es… es demasiado popular.
Jasper frunció el ceño.
—Quieres decir vulgar, ¿no? Bueno, el jazz es mucho mejor que esa basura alternativa que tú escuchas.
—Alternativa, nada de basura.
—Lo que sea. He estado escuchándola últimamente por la radio y no me merece mucho respeto.
Alice no podía creer lo que estaba oyendo. Jasper Whitlock, el señor Adicto al Trabajo, el señor Conservador, escuchaba música de bandas que condenaban su estilo de vida.
—¿Has estado escuchando una emisora alternativa?
Jasper asintió rígidamente, una sola vez.
—¿Por qué?
—Quería ver a qué clase de música estabas exponiendo a... —Jasper estuvo a punto de decir «a mi hijo», pero se detuvo a tiempo—... al bebé. No creo que sea bueno que un niño escuche la clase de mensajes que proclaman esos grupos.
—A pesar de que los mismos cimientos de mis convicciones provengan de esos mensajes. Además, la niña sólo oirá algunos y no hasta que no sea adolescente. De todas maneras, te he dicho muchas veces que no es asunto tuyo.
Jasper estaba a punto de empezar a hablar con una frase insultante del tipo «Ningún hijo mío...», cuando se contuvo por segunda vez. Alice consideraba que el hijo que llevaba en sus entrañas le pertenecía exclusivamente a ella. Y quizá tenía razón. Pero él también se consideraba responsable del segundo corazón que latía en su interior por mucho que el primero no se sintiera atraído por su manera de pensar. Jasper maldijo en silencio. Tenía que procurar que el hijo de Alice, que también era el suyo, tuviera una entrada en el mundo como Dios manda.
—De acuerdo —cedió él al final—. No es asunto mío. Pero significaría mucho para mí si consideraras darle una educación musical amplia. No pido mucho. Quizá tú también aprendas un par de cosas con esta música.
Alice sabía que no podía discutir y se mostró de acuerdo.
—¿Qué hay en el maletín?
—Espero que no te importe, pero quería compartir un poco de mi propio estilo con el pequeño —dijo adaptándose a los repentinos cambios de humor de Alice.
Abrió la maleta. Dentro, sobre un fondo de terciopelo rojo, había un saxofón resplandeciente.
—Hasta el otro día, hacía años que no lo tocaba —dijo él—. No sé por qué, me puse a buscarlo hace dos semanas. Tardé dos días en encontrarlo. Se ha oxidado un poco, pero no suena tan mal. Parece que algo como la música nunca se olvida del todo. Se queda grabada dentro de ti, en algún sitio. Supongo que sólo necesita una buena razón para sacarla fuera.
Jasper acarició el instrumento con devoción y Alice se acordó de la tarde lluviosa que habían compartida en el hotel. A ella la había acariciado de la misma manera y cuando le vio chupar la lengüeta, volvió sentir aquellos labios sobre su piel.
—¿Te importa? —dijo en voz baja.
Por un momento, Alice pensó que le estaba pidiendo permiso para hacerle el amor. Entonces se dio cuenta de que sólo quería tocar una canción y no pudo hacer otra cosa que asentir con un movimiento de cabeza.
Pero en vez de llevarse el instrumento a los labios, Jasper la miró a los ojos. Se quedaron mirando durante un rato, hasta que él dejó el saxo en su regazo y levantó la mano para acariciarle la boca. Alice sintió que sus párpados se cerraban en respuesta, pero el resto de su cuerpo quedó exánime, incapaz de moverse.
—¿Sabes? Por el modo en que me estabas mirando, casi habría jurado que querías que yo...
Jasper se calló y retiró la mano. Alice abrió los ojos y vio que estaba sentado más cerca de ella.
—¿Que yo quería qué?
Jasper sacudió la cabeza lentamente, como si tuviera miedo de revelar sus pensamientos.
—Me mirabas como si quisieras que yo... te hiciera el amor otra vez —dijo al fin.
Pero en vez de reírse a carcajadas y decirle que eso era ridículo, Alice se encontró ruborizándose.
—¿Por qué ibas a querer hacerme el amor? Soy un verdadero desastre.
La expresión de Jasper pasó de inquisitiva a incrédula.
—¿Cómo puedes decir eso? Nunca he visto una mujer más bonita que tú.
Alice dejó escapar una risilla carente por completo de humor.
—Sí, claro. Mi cuerpo tiene forma de ballena enana, tengo los tobillos hinchados y la cara cubierta de granos. Mis ojeras tienen el tamaño de un neumático porque duermo muy mal. Me han salido varices para señalizar la carretera de Pittsburgh a Newark y...
—Y estás más preciosa que nunca —dijo él con una sonrisa.
La absoluta certidumbre con que lo dijo hizo que Alice sintiera que era sincero. Y que Jasper pudiera pensar así, después de todo lo que ella había dicho y hecho, le rompió el corazón. De repente, todas las cosas de las que había estado siempre tan segura carecían de importancia. De repente, se preguntaba si hacía bien al mantener a Jasper fuera de su vida. De repente, nada tenía sentido y sólo quería estar con él.
Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y se maldijo por no poder controlar sus emociones. Jasper le secó las lágrimas con la yema del pulgar.
—Alice, ¿por qué lloras?
—No lo sé, ¡maldita sea! Las embarazadas somos muy emotivas. Es una cuestión de hormonas.
Jasper guardó el saxo y la abrazó. No dijo nada, se limitó a mecerla entre sus brazos mientras ella se recobraba.
—No sé lo que me pasa —dijo ella entre sollozos—. Nada funciona como debería.
—¿Y cómo se supone que debería funcionar?
—Se supone que todo debía ser como antes de que me quedara embarazada. Pero no.
Jasper le dio un pañuelo para que se secara el llanto.
—Gracias. ¿Ves? Eso es otra cosa que también ha cambiado.
—¿Qué cosa? —preguntó él mientras Alice se sonaba.
—Tú. Tú has cambiado.
Alice sintió que él estrechaba su abrazo, pero no estaba segura de si aquel gesto era el resultado de la ansiedad o del cariño.
—¿En qué sentido? —preguntó él.
—Después de que nosotros... Bueno, ya sabes, se suponía que tú tendrías que volver a ser el señor Whitlock, el cliente que cruzaba la calle para cenar, el tipo con el que me gustaba hablar siempre. Se suponía que no iba a cambiar nada.
—Pero las cosas han cambiado —dijo él tras dudar un instante.
—Ha cambiado todo —replicó ella—. Todo es diferente. Desde que estoy embarazada ni siquiera pienso como antes. Oigo otro tipo de música, leo otra clase de libros, veo otras películas, interpreto las conversaciones de otra manera. Nada significa lo mismo que significaba antes. Todo lo que hago o digo tiene ahora otro significado a causa del bebé. No es lo que yo esperaba.
Alice volvió a sollozar mientras el llanto arreciaba. Jasper la acunó suavemente en silencio. De modo que ella siguió hablando.
—Y hay algo más. Antes nada me asustaba y ahora tengo miedo de todo. Me asusta que la niña no sea sana, tengo miedo de no poder superar el parto, tengo miedo de que algo salga mal, de no ser una buena madre, de estar sola... Y lo detesto, Jasper. No soporto estar asustada y preocupada todo el día, pero no puedo evitarlo. Y además...
Alice se calló al darse cuenta lo mucho que estaba revelando de sí misma, cuando se dio cuenta de que había estado a punto de descubrirle que lo que sentía por él era tan confuso y caótico como el resto de su vida. Quería mirarle, pero le aterrorizaba que él pudiera ver en sus ojos las turbulentas emociones que batallaban en su interior. Quería saber lo que él sentía por ella, pero tenía miedo de la respuesta.
Porque a una parte de Alice, una parte muy importante de sí misma, le preocupaba que la razón por la que Jasper seguía yendo a cuidarla no tuviera nada que ver con ella, sino con el bebé. El hijo de Jasper.
El bebé era de los dos, se dijo ella mentalmente. No había manera de que pudiera seguir negando la realidad. Lloró a raudales al darse cuenta y se apretó los ojos con las palmas de las manos en un intento desesperado de detener las lágrimas. Al final, se apartó de él sabiendo que debía poner distancia entre ellos dos. Pero al instante se sintió desamparada al no tenerle cerca.
Jasper se adaptó de inmediato a su retirada y recogió las manos en el regazo.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó con voz tranquila.
Alice lo pensó mucho antes de responder. Se secó los ojos y se sonó la nariz sin preocuparse por su aspecto. Estaba claro que a Jasper no le molestaba, ¿por qué iba a preocuparse? Le miró desde un mar de emociones confusas y se dio cuenta de que tenía que ser sincera con él.
—No —dijo en voz baja—. No quiero que te vayas. No me dejes sola, Jasper. Esta noche, no.
Alice levantó la mano para acariciarle tímidamente la mejilla y añadió tan bajo que él casi no pudo oírlo:
—No me dejes nunca más.
Gracias por aclararme las dudas de los problemas en Fan Fiction a todos los que respondieron. Estoy haciendo el blog, eso no significa que deje de subir por acá. El blog es solo un respaldo. Si llega a volver a pasar lo que sucedió estas semanas, la idea es subir las los capitulos ahi. Igualmente todas las historias estarían completas en ambas webs (FanFiction y Blogspot)
Espero sus reviews ;)
