Disclaimer: Prince of Tennis le pertenece a Takeshi Konomi.
Capítulo 10: Buscando nuevos aires
Izumi sentía que muchas cosas habían pasado desde aquella noche.
Al entrar en su casa, intentó parecer lo más normal para no alarmar a su abuela, pero su intuitivo perro notó que algo no andaba bien con ella y comenzó a gemir. Desde muy pequeña sabía que aquel can era inteligente; siempre oliendo el peligro y las situaciones extrañas. Agitaba su cola de un lado para otro, y a pesar de que lo acarició e intentó calmarlo, no hubo caso. Soltó un respiro en señal de resignación, esperando que pronto se tranquilizara. Por otro lado, su abuela –afortunadamente– no notó nada, así que eso hizo que al menos la chica pudiese relajarse un poco.
Considerando el inmenso vacío en su estómago que sentía hace unas horas, era esperable llegar a tragar toda la comida que hubiese en su casa, pero tomando en cuenta los hechos ocurridos anteriormente, eso se alejaba mucho de la realidad. En la cena, apenas pudo probar bocado. Lo intentó, pero una sensación de asco la rodeó, y prefirió guardar lo que quedaba en el refrigerador. Ya mañana engulliría todo aquello que esa noche no podía hacer. En ese momento, lo único que le interesaba era darse una larga, larga ducha.
Hundió su rostro en el agua, y se quedó así varios segundos, pensando en muchas cosas y en nada a la vez, hasta que sus pulmones clamaron por oxígeno. Se sentía totalmente sucia, y esa maldita sensación no quería irse de su cuerpo. Se refregó su cuerpo una y otra vez, intentando deshacerse de él, pero ese efecto no se marchaba. Pasó tanto tiempo en el baño pensando, y el vapor la adormeció, pero pegó un salto y procedió a salir de allí y vestirse.
A pesar de la sensación de relajo que le produjo el baño, le costó dormir aquella noche y muchas noches que le siguieron. Pesadillas en distintos intervalos de tiempo no quisieron abandonar su sueño, haciéndola despertar agitadamente y con la frente sudada. Pero desde ese día, tampoco la abandonó aquel pelinegro. Kaoru no dejó ni un solo día de acompañar a la ojiverde a su casa, lo cual ofuscaba a veces a la chica.
—Kaidoh, no es necesario que…
—Cállate —la interrumpió—. No me interesa si crees que es necesario o no —su respuesta fue dura y su mirada seria.
—Tsk… eres molesto.
—Cállate —le volvió a espetar.
—Y eres exagerado —continuó—. Nunca más me quedaré hasta tan tarde en la escuela, así que no es necesario que…
—No me interesan tus reclamos —volvió a interrumpirla, taladrándola con sus orbes—. Te voy a acompañar hasta tu casa, te guste o no. Todos los días que sean necesarios —finalizó.
Izumi volvió a soltar un pequeño sonido en señal de molestia, al tiempo que Kaoru la ignoraba olímpicamente.
A pesar de que ella dijese que estaba bien, que podía irse sola y que no le pasaría nada, sabía que podía existir una ínfima posibilidad de que las cosas volviesen a repetirse –siempre hay que dejar un margen de error–. Y se juró a sí misma que nunca más dejaría que algo así le pasara, ni a ella ni a sus cercanos. Por eso, muy desde el fondo de su corazón, su indestructible coraza se empezaba lentamente a ablandar, y le agradecía infinitamente al chico lo que había hecho por ella. Dudaba de si otra persona hubiese tenido las mismas intenciones que él.
Esos días, ella intentó mantenerse firme en la escuela y pretender que nada había pasado, aunque era una tarea muy difícil. A veces, Kaoru la miraba en clases y le hacía señas, entonces ella reaccionaba y volvía a poner atención. Pero Izumi no esperó que otra persona ajena a él fuese a notar sus pequeñas distracciones y divagaciones.
—Izumi-senpai, ¿te encuentras bien? —le preguntó Sakuno, una calurosa tarde en que entrenaban.
La pelinegra se sobresaltó por un momento y la miró.
—Estoy bien, ¿por? —inquirió.
Sakuno se tomó su tiempo para contestar.
—Le estás pegando distinto a la pelota —dijo finalmente—. Simplemente… tu estilo ha estado distinto estos días —terminó.
Izumi abrió los ojos como platos. Esperaba que cualquier otra persona se diese cuenta, menos ella. Ryuzaki siempre había sido una chica despistada; su mente siempre estaba divagando y por ende, siempre era regañada por su capitana. Pero hoy era distinto. No, no solo hoy. Desde hace ya varios días que la chica estaba teniendo una aguda visión de las cosas. Y entonces cayó en la cuenta que la chica estaba madurando. Ya no solo se fijaba en Echizen y en lo que él hacía, sino que observaba también lo que la rodeaba, siendo más meticulosa. Suspiró aliviada. Ryuzaki estaba avanzando, y ella no se quedaría atrás.
—Estoy bien —sonrió—. Estás creciendo, Ryuzaki.
La aludida miró sin entender.
—En circunstancias anteriores, no habrías notado algo poco perceptible como esto. Estás agudizando tu visión, vas bien —la elogió, sonriéndole abiertamente. La castaña simplemente se sonrojó y le dio las gracias.
Y así fue como pasaron varios días, en donde Izumi intentó esconder aquello que la aquejaba, consiguiéndolo a duras penas. Pero muy en el fondo, ella sabía que las cosas no podían seguir así para siempre. Desde aquella noche, las cosas no estaban saliendo particularmente bien; había ocurrido algo así como un cambio no esperado. Bastante inesperado, si se lo preguntaban. Pero tal vez éste era el momento para renovarse totalmente, para encontrar a su verdadero yo interior, que muy probablemente estaría dormido en los lugares más recónditos de su ser. Sí, tenía que hacerlo, tenía que despertarlo. Y para eso tenía que buscar nuevos aires.
Entonces decidió que tenía que salir de la rutina y probar algo nuevo. Algo decisivo.
Y luego de darle vueltas un rato al asunto, encontró un lugar perfecto para poder renovarse. Un lugar en donde podría pensar tranquilamente.
Kaoru estaba preocupado. Básicamente, por el inminente partido que se avecinaba contra el Rikkaidai. Un rival peligroso y muy poderoso, que ya se había consagrado como campeón en dos oportunidades anteriores. Eso era algo a tener en cuenta. Muy en cuenta. Y él, como siempre, daría el todo por el todo en sus partidos, tenaz como siempre, inclusive si tenía que hacer pareja con Momoshiro.
Soltó un gruñido de solo pensar en aquella desagradable situación.
Pero no solo de tenacidad vive el hombre, por lo que decidió hacer un entrenamiento especial ese fin de semana. Uno que no se situaba en la ciudad.
Sábado por la mañana, 9 AM, bolso listo. Y el pelinegro se encontraba dispuesto para partir hacia su destino. "Esfuérzate al máximo en tu entrenamiento, y vuelve antes de las nueve para cenar", le dijo su madre antes de partir. Aquellas palabras de aliento lo animaban a practicar al máximo. Y no solo eso, sino que al lugar al cual se dirigía era bastante motivador.
Un día en la playa no estaba nada de mal.
Y luego resopló al darse cuenta que estaba pensando de la misma forma que hablaba Echizen.
Caminó a paso constante hacia el paradero de buses, y luego de quince minutos, llegó y pudo ver que había solo una persona esperando en él. Pero aquel ser era alguien que por ningún motivo se esperaba ver ahí. Izumi estaba de espaldas a él, escuchando música y sosteniendo un pequeño bolso en su dorso.
—Akiyama.
No hubo respuesta por parte de la chica. Desde esa distancia escuchaba la música proveniente de sus audífonos. Con un ágil movimiento de manos, se los quitó de las orejas y le habló.
—Akiyama.
La chica dio un respingo al tiempo que se daba media vuelta para encarar a aquel desubicado que había hecho eso.
—Uf, eres tú. Menudo susto me has dado, Kaidoh —pronunció aliviada al darse cuenta de quién era, desechando la idea de insultarlo y apagando su reproductor de música.
El aludido la miró con más detenimiento, y reparó en el pequeño y ajustado short que llevaba puesto, haciendo con esto lucir sus esbeltas y largas piernas. Apartó su mirada rápidamente para evitar sonrojarse.
—¿Qué haces aquí?
Izumi arqueó una ceja.
—Voy a la playa.
Ahora era el turno de Kaoru de fruncir el ceño, para luego abrir desmesuradamente los ojos.
—O sea que… —musitó, pero no terminó la frase.
—¿O sea que qué? —preguntó curiosa.
Habían pensado en ir al mismo lugar, aunque ninguno de los dos supiera de las intenciones del otro. Eso ya estaba lejos de ser una coincidencia. ¿Por qué? Fue lo que se preguntó una y otra vez.
—¿Por qué…? —volvió a musitar.
La chica soltó un suspiro.
—¿Quién te entiende hoy, Kaidoh? Estás raro —comentó, cruzándose de brazos.
—No estoy raro… estoy… distinto —intentó puntualizar, aunque no con mucho éxito.
No hubo tiempo para réplicas, pues el autobús estaba llegando a la parada. Ambos buscaron el dinero en sus bolsos y subieron al vehículo, pagando los 300 yenes que costaba el pasaje.
Izumi fue rápidamente a buscar un asiento que diera hacia la ventana, encontrándolo rápidamente y sentándose en él; y cuando lo hizo, vio que Kaoru estaba apoyado en un asiento más adelante, mirando la butaca libre a su lado.
—No te sientas obligado a sentarte aquí —comentó la chica—. No hemos quedado de ir juntos a ese lugar.
Pero el pelinegro ya había tomado la decisión.
—Está bien, pero que sepas que no soy muy comunicativa —finalizó, volviendo a prender su reproductor de música, enfrascándose en aquella exquisita melodía. Sus pies y sus manos estaban en ritmo con aquella polifonía, y de vez en cuando, cerraba los ojos para un mejor disfrute. Kaoru la miró curioso y entonces se decidió a hablar.
—Oye… —y como vio que la chica no respondía, le agitó levemente el hombro.
—¿Qué? —gruñó, mirándolo de no muy buena gana, quitándose sus audífonos.
—Te vas a hacer daño en los oídos si escuchas música tan fuerte.
Izumi esbozó una amplia sonrisa.
—Veo que no lo entiendes —dijo, moviendo su dedo índice de un lado a otro—. No puedes escuchar rock con volumen bajo —y al mencionar esa palabra, sus ojos brillaron.
—¿Rock? —preguntó confundido.
—Sí, rock, ¿qué tiene? —cuestionó, analizando sus castaños ojos—. Ah, ya veo, eres de esas personas que no concibe que una mujer escuche ese tipo de música —y borró la sonrisa que adornaba su rostro.
—No es eso… es solo que… —el chico se veía dubitativo, y eso la ojiverde lo notó.
—Nah… olvídalo —dijo, haciendo un gesto con su mano—. Ahora, si me disculpas… —y volvió a colocarse sus audífonos, concentrándose en la música y en el paisaje frente a sus ojos.
Cuarenta y cinco minutos pasaron, y en ese tiempo ninguno de los dos volvió a hablar. La pelinegra reparó en que ya estaban arribando a la playa, por lo que, por segunda vez en el día, volvió a apagar su mp3, enrollando los audífonos en él. Giró su cabeza hacia Kaoru y apreció que éste se había quedado dormido. Un pensamiento malicioso apareció en su mente, pero lo descartó enseguida y decidió simplemente soplarle la frente, ya que se había sacado su bandana.
Kaidoh abrió los ojos sorpresivamente, y se encontró a escasos centímetros de la chica, con su nariz casi rozando la de ella.
—¿Qué…?
—Llegamos.
El muchacho arqueó una ceja.
—No tendrías que haber hecho eso —reprochó.
—No tendrías que haberte quedado dormido —sentenció, mirándolo divertido por la situación.
"Tal vez sí ha sido un poco malicioso", pensó entretenida. Kaoru suspiró derrotado.
Bajaron del bus, y en un abrir y cerrar de ojos se encontraron caminando en la arena.
—Kaidoh… ¿Qué has venido a hacer aquí? —la muchacha no necesitaba respuesta a su pregunta, pues ya había notado el bolso de tenis del chico, pero simplemente consultó para iniciar una conversación.
—A entrenar —dijo sin más.
—Oh, qué bueno —hizo una pausa antes de continuar—. Tenemos propósitos distintos: tú has venido a practicar y a hacerte más fuerte de cara a la final del Torneo Regional, y yo…
No continuó. En vez de eso, Izumi miró al suelo, con un sentimiento que se podía describir entre tristeza y arrepentimiento. Y para acentuar esto aún más, se mordió levemente el labio inferior.
—Bueno, yo me voy —dijo por fin—. No voy a interrumpir tu entrenamiento.
Kaoru la miró, y sintió un leve cosquilleo en las manos. Luego un cosquilleo en su estómago. Interpretó aquello como incomodidad. Incomodidad por verla así, en ese estado, cuando hace solo unos minutos atrás, era pura sonrisa. Ella se giró, dispuesta para irse, pero él no pudo reprimir el deseo de pedirle que se quedara. Su cuerpo actuó por sí solo, tomándola de la muñeca.
—Quédate.
Izumi se volteó bruscamente, sorprendida por sus palabras y por el contacto. Lo miró fijamente y vio en sus ojos seguridad. Entonces asintió levemente como respuesta.
Ella se sentó en la arena, sacándose las zapatillas y quedando descalza, enfrascándose nuevamente en su música, mientras él entrenaba arduamente. Cada uno en su mundo. Estuvieron así por unas largas dos horas.
Cuando Kaoru finalizó, se acercó hacia ella y notó que estaba recostada en la arena, con su cabello desordenado sobre ésta y los ojos cerrados, y con sus mejillas ligeramente teñidas de color carmesí.
Sus pómulos no tardaron mucho en adaptar ese color al verla en ese… estado.
Se sentó junto a ella y esperó a que se desperezara. Poco a poco fue incorporándose, hasta acomodarse, estirando las piernas.
—¿Qué hora es? —preguntó, todavía media adormecida.
—Son más de las doce —contestó él.
Izumi se refregó sus ojos, pero se vio interrumpida al escuchar su estómago rugir.
—Tengo hambre —dijo un poco avergonzada—. Comamos.
Kaoru hizo el amago de levantarse para ir a comprar algo de comer, pero ella lo detuvo.
—Traje onigiri —dijo bostezando—. Hay suficiente para los dos.
Él simplemente asintió.
Comieron en silencio, acompañados por el sonido de las olas al chocar contra el suelo y el tierno viento que les acariciaba el rostro. Al terminar, el chico de ojos cafés decidió iniciar una conversación.
—Y entonces… ¿Qué has venido a hacer acá? —preguntó, escrutando su mirada.
Izumi se tomó su tiempo para contestar. Giró su cabeza y se perdió por unos instantes en el vasto horizonte frente a ella.
—Vine a pensar. A replantearme las cosas —respondió por fin—. ¿Sabes? Yo… nunca pensé que me podría ocurrir lo que pasó el otro día —el chico se sobresaltó levemente al escucharla decir eso—. Eso es el típico cliché que ves en las series o películas americanas… donde la chica está en apuros y llega su salvador —ironizó—. Siempre me sentí ajena a eso, siempre pensé poder manejarlo si es que me ocurriese… pero… en este tiempo me he dado cuenta que nadie está ajeno a los accidentes. Mejor dicho… lo recordé. Yo… tuve la culpa.
—Tú lo has dicho: fue un accidente —apoyó el pelinegro—, no fue tu culpa. Esos…—apretó sus puños fuertemente al recordar a esos tres asquerosos— esos tipejos la tuvieron, no tú.
—Aún así fui descuidada —suspiró—. Kaidoh… —levantó lentamente su mirada hacia él— gracias, de verdad muchas gracias por lo del otro día.
—No tienes que… —pero fue interrumpido por ella.
—Sí, tengo que hacerlo, tengo que darte las gracias —continuó—. No me importa si crees que no es necesario, yo tengo que hacerlo.
Kaoru curvó casi imperceptiblemente sus labios en una sonrisa.
—Está bien, las acepto.
Rió. Izumi apoyó ambas manos en la arena, y dejó que el viento le desordenara el cabello, mientras que observaba el infinito océano que se localizaba frente a sus ojos. Era una perfecta vista para aclarar sus pensamientos. Kaoru la miró por un momento, y luego simplemente dijo que volvería a entrenar.
Otra hora había pasado, y ahora la pelinegra se encontraba en la orilla del mar, mojándose los pies. El agua fría hacía pensar mejor, se dijo para sí misma. Luego divisó un gran roquerío y planeó en ir a subirse, pero lo desestimó por creerlo una actividad peligrosa. Entonces volvió a recostarse en la arena, dándole vueltas al tema que la había llevado a ese lugar. Ya después de un rato, cayó en cuenta de que ella siempre había sido fría con aquellos que la rodeaban por el simple hecho de que no tenían confianza. De ese rango, podía sacar a dos personas —excluyendo a su abuela, por supuesto—: a Tezuka, y recientemente, a Kaidoh —aunque por algún motivo, sentía que alguien más faltaba en esa lista—. Con ellos, ella se sentía en confianza y no tenía necesidad de mostrar su fría coraza. Entonces comprendió sencillamente que la confianza era la base de todo.
Izumi sonrió ampliamente.
—La he encontrado… —suspiró feliz.
—¿Qué tanto estás parloteando? —le gritó el pelinegro.
—Nada, nada —dijo, haciendo un gesto con su mano derecha—. Hey, ese entrenamiento se ve duro, deja que te ayude —y se levantó, acercándose a él.
—Estoy cansado —musitó.
—Yo… tengo sueño —murmuró—. Creo que es hora de irnos…
—Sí, vamos.
Y fue así como emprendieron el viaje de retorno hacia sus respectivas casas. Cada uno conformes con lo realizado en el día, puesto que Izumi por fin pudo encontrar las respuestas que buscaba —ser ella misma y confiar en sus capacidades—, consiguiendo con esto hacer un cambio en su actitud; mientras que Kaoru entrenó arduamente como preparación de cara a la final del Torneo Regional de Kantou. Todo había salido a pedir de boca.
Ambos estaban cansados, por lo que, al subirse al autobús, se durmieron inmediatamente. Cuando la chica volvió a abrir los ojos somnolientamente, se dio cuenta que su cabeza estaba apoyada en el hombro de Kaoru. Se sonrojó levemente ante tal inesperada hecho, pero la quitó lentamente y miró al chico, quien para su alivio, estaba dormido aún y no notó nada.
Suspiró.
Después de tremendo día, lo único que quería era darse una ducha y dormir hasta cansarse. Pero al despedirse, el pelinegro le dijo algo que la animó más de lo que ya estaba.
—Yo... —hizo una pausa, pensando en escoger adecuadamente cada palabra—. Es genial que escuches rock —le dijo, curvando la comisura de sus labios.
Izumi esbozó una gran sonrisa.
