Esta historia es la adaptación de un libro, por lo tanto le pertenece a su autor Robyn Grady.

Nueve

Por muy comercial que se hubiera vuelto la Costa de Oro, Rachel seguía adorando aquella zona. Para muchos, sus playas eran las más blancas y más bonitas de todas. Los restaurantes y la vida nocturna eran de primera categoría, pero cuando Quinn le propuso una escapada de una noche al hotel del casino, al principio se mostró reacia.

Hacía quince minutos, al aterrizar en el aeropuerto, a pesar del entusiasmo todavía tenía sus dudas. Miró de reojo el perfil de Quinn, que estaba sentada a su lado en la limusina, y se le encendieron las mejillas al recordar las maravillosas horas que habían pasado juntas la noche anterior. Aquella mañana, cuando fueron a desayunar, se sintió muy cómoda en su compañía. Quinn le había contado más cosas sobre su infancia y los impactantes secretos de la familia Fabray. Le impresionaba lo que aquella mujer había conseguido tras haber crecido en unas condiciones tan opresivas. También le gustaba que hubiera confiado en ella lo suficiente para darle aquella información. Ella también confiaba más en Quinn ahora. Estaba a gusto con la idea de pasar el fin de semana juntas. Si algún fotógrafo las descubría…

Con las manos entrelazadas sobre el regazo, miró por la ventanilla de la limusina hacia la playa. Tenía que ir paso a paso, aunque secretamente había fantaseado con la idea de acompañar a Quinn a otros viajes: España, Turquía, Montecarlo… No debería dejarse llevar de aquel modo por la imaginación, pero parecían llevarse muy bien a muchos niveles, incluida la cama por supuesto. Cuando estaban juntas no pensaba en sus carencias. Se sentía bella y deseada.

La voz de Quinn atravesó sus pensamientos.

–Creo que el espectáculo de esta noche será fabuloso. ¿Te gusta la música?

–Claro –contestó Rachel.

–¿Y bailar?

–Hace años que no bailo.

–Tendremos que cambiar eso.

No se trataba de que no pudiera bailar. A pesar de la prótesis, estaba segura de que tenía la estabilidad y el equilibrio necesarios. Hacer surf ya era otra cosa. En el mar el equilibrio cambiaba constantemente. Cuando era más joven, saltar sobre las olas le había parecido tan natural y divertido como tomarse un helado, ahora no era capaz ni de siquiera volver a pisar la arena.

La limusina se detuvo frente al casino. La impresionante construcción era visible desde la carretera, y tenía los jardines muy cuidados y repletos de plantas

tropicales. Rachel sentía que había llegado al paraíso.

Un botones uniformado abrió la puerta de la limusina.

Quinn la ayudó a salir y entraron juntas en aquel establecimiento en el que se perdían y se ganaban muchos millones al día. Quinn no se quitó las gafas al entrar en el vestíbulo, aunque seguramente no porque pensara que podría ocultar quién era. No podía entrar en ningún sitio y pasar desapercibida. A juzgar por cómo abrió los ojos, la morena que estaba detrás del mostrador de recepción supo al instante quién era aquella huésped tan atractiva.

Tras registrarse subieron en ascensor mientras miraban hacia los pisos inferiores a través de las ventanas de la amplia cabina. Cuando se abrió la puerta del ático y Quinn la invito a entrar, Rachel suspiró en voz alta, abrumada por la lujosa habitación color carmesí, las cortinas a juego y los sillones de piel. Pero también se sentía extrañamente en casa, o al menos más en casa que en la imponente residencia de Quinn en Rose Bay. Su casa era preciosa, pero demasiado grande y vacía para su gusto. En cambio, esa suite resultaba más acogedora dentro del lujo.

Quinn se colocó detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos.

–¿Te gusta?

–Es preciosa –asintió ella.

–Podría reservarla durante más días.

A Rachel le dio un vuelco al corazón, pero no podía ser.

–Tengo que volver a la consulta el lunes.

Quinn le deslizó las manos por la parte delantera de los pantalones.

–¿Y no puedes postergar las citas?

Rachel no se molestó en responder. Quinn la conocía lo suficiente como para saber que no antepondría sus planes personales a ninguna cita previa.

Quinn se rió entre dientes.

–Me tomo el silencio como una negativa. Entonces, hasta el domingo por la noche, centrémonos en nosotras – murmuró girándola. Su boca cubrió la de ella, y los efectos de aquel beso recorrieron el cuerpo de Rachel en espiral, dejándola débil

y deseosa al instante.

Había hecho bien al ir con Quinn allí. Todo parecía perfecto.

Quinn apartó lentamente los labios, pero mantuvo la boca cerca.

–¿Segura que quieres ir a ver ese espectáculo? Podríamos quedarnos aquí.

A Rachel se le aceleró el pulso. Resultaba tentador.

–Estoy segura de que no fue fácil conseguir las entradas.

–Tampoco fue fácil conseguirte a ti –le quitó la bolsa de viaje y la dejó sobre el sofá sin apartar los ojos de ella–.Pediré champán y podemos tomarlo en la cama.

En medio de otro apasionado beso, el teléfono de Quinn emitió un sonido y ella murmuró:

–Ignóralo.

–Podría ser importante –susurró Rachel.

–No me importa.

Cuando volvió a sonar, Quinn gruñó y lo agarró. Estaba a punto de apagarlo cuando vio el remitente del mensaje y suspiró.

–Es Quinnton –leyó el mensaje y frunció el ceño–. Quiere saber si asistiré a la boda de Charlie la semana que viene. Ya le había dicho que estaré compitiendo. A Rachel se le encogió el corazón. Se estaba refiriendo a la cuarta ronda de China, que era tan importante para ella. Se acercó a la ventana y miró hacia el mar y las palmeras. No podía seguir evitando el tema.

–Todavía no estamos seguras de eso.

Sintiendo sus ojos clavados en la espalda, Rachel esperó con los nervios de punta. Aunque sabía que Quinn pretendía que le diera el alta de la lesión antes de las seis semanas estipuladas, ella nunca había accedido a nada. Ni tampoco había rechazado su objetivo directamente. Ni había nada imposible ni nada estaba sentenciado.

Durante las semanas anteriores había evitado el tema, pero había llegado la hora de ser clara.

–Tu hombro va muy bien –aseguró girándose–, pero dado que tu médico fue firme respecto al tiempo de recuperación, no puedo tomar ninguna decisión todavía.

Quinn entornó los ojos. Luego alzó la barbilla y se acercó a ella.

–Podrías hacer el informe ya –sugirió apretando las mandíbulas–. Quiero saber el resultado.

–Quiero que sepas que no falsificaré las pruebas.

Quinn la miró fijamente y luego sonrió sin atisbo de humor.

–Por supuesto que no.

–¿Cuándo necesitas hacérselo llegar al médico? –preguntó Rachel.

–Puedo llamarle el lunes para pedirle una prórroga y darle los resultados el miércoles a más tardar. Rachel le mantuvo la mirada y luego la dirigió hacia el

hombro herido. En su opinión todavía no estaba lista, pero si tenían hasta el miércoles, podía intentar terminar la puesta a punto.

Inclinó la cabeza. Tenía que preguntarle algo.

–¿Y si decido que no tienes el hombro preparado para competir?

Quinn se encogió de hombros.

–Entonces iré a la boda de mi hermano en Londres. ¿Has traído tu pasaporte?

La habitación empezó a darle vueltas. ¿Le estaba pidiendo que la acompañara a una boda? Y no a cualquier boda. A un evento de la familia Fabray en el que estarían sus hermanos.

–Preferiría que me acompañaras a China –añadió Quinn acortando la escasa distancia que las separaba–Pero por ahora –la tomó de la mano y la guió hacia el dormitorio–, no esperemos al champán.

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Cenaron en un lujoso restaurante que daba al imponente vestíbulo del casino. La decoración a base de madera y granito era impresionante. Disfrutaron de un plato de salmón con albahaca y pato asado antes de dirigirse al teatro para ver un espectáculo que nada tenían que envidiar en calidad a los de Las Vegas. Después se dirigieron a la zona principal, cerca de la salas de juego.

Quinn la tomó del brazo y sonrió con picardía.

–Creo que deberías llevar este vestido a la terapia el lunes por la mañana, doctora.

Rachel contuvo una carcajada. Se sentía como una princesa con aquel vestido de noche que había comprado para la cena de fisioterapeutas del mes siguiente.

Consistía en un top sin tirantes decorado con cuentas y una falda de seda dorada que caía hasta el suelo.

–No sería muy práctico para el gimnasio –aseguró alzando una ceja.

–¿Y eso qué importa? –bromeó Quinn mordisqueándole la oreja–. ¿Qué te parece si echamos unas monedas en las máquinas? –preguntó cambiando de tema–. ¿O prefieres el blackjack?

–Ya sé que estamos en un casino, pero yo no juego. Aunque me gusta el ambiente.

Quinn observó a un repartidor de casino inclinándose sobre una torre de fichas y admitió:

–Tampoco es mi vicio –le brillaron los ojos–. Sé lo que prometí que haríamos. Bailar.

Rachel se quedó paralizada. No se sentía cómoda con la idea, pero tampoco quería parecer una cobarde. Miró a su alrededor y vio a la gente disfrutando del sonido y las luces de las máquinas.

–No creo que tengan pista de baile.

–Claro que la tienen –Quinn chasqueó los dedos–. Se me ha ocurrido una idea.

Antes de que ella pudiera objetar, se dirigieron hacia el mostrador de recepción. Tras dejarla al lado de una fuente ornamental, Quinn habló con el encargado, un hombre de mediana edad que asintió con entusiasmo y le tendió algo.

Quinn volvió a su lado y le dio un beso en la mejilla.

–Todo arreglado –no le explicó nada más, solo la llevo al patio, donde esperaba un coche deportivo negro.

Cuando un portero uniformado abrió la puerta del copiloto, Rachel dudó un instante antes de entregarse a la aventura y sentarse en el lujoso asiento de cuero. Tras ponerse el cinturón, Quinn encendió el motor y el coche salió disparado.

Con el estómago encogido por la emoción, Rachel observó de perfil a Quinn.

–¿Por qué me sacas de aquí ahora?

–Me temo que eso es secreto –respondió ella sonriendo.

Se fueron alejando hasta que llegó un momento en el que prácticamente ya no se veían luces. Unos minutos más tarde, Quinn entró en un aparcamiento oscuro y vacío situado al lado de unas tranquilas dunas.

Mientras Rachel se quemaba los sesos tratando de adivinar qué iba a pasar, su puerta se abrió y Quinn le ofreció la mano.

Una brisa fresca le alborotó el pelo mientras observaba la pacífica escena. El murmullo del tráfico y de las luces parecía muy lejos y nunca había visto las estrellas brillar con tanta fuerza. Detrás de las dunas, el rítmico batir de las olas parecía llamarla. Quinn le tomó la mano.

–Demos un paseo.

–¿Por la playa? –a Rachel se le subió el corazón a la garganta.

–Claro –ella le apretó la mano–. Quítate los zapatos.

–Quinn, ya sabes que yo no…

Ella le tomó la cara entre las manos y le sonrió.–No has estado en la playa desde el accidente, pero creo que eso debería cambiar esta noche.

Cuando Quinn se quitó los zapatos, Rachel contuvo el aliento.

Se dirigió descalza hacia las dunas.

–¿Vienes? –le preguntó dándose la vuelta–. La arena está suave y fresca.

Rachel noto la brisa en la cara de Quinn, cerró los ojos y la sintió también. Cuando volvió a abrirlos, le latía el pulso por la emoción. Antes de que le diera por cambiar de opinión, se quitó los zapatos y corrió a encontrarse con ella. Sí, la arena estaba fresca y suave. La sensación era tan agradable que tuvo que reprimir el impulso de caer de rodillas y agarrarla a puñados como hacía de niña. No podía decir que no sintiera un poco de ansiedad, pero con Quinn caminando a su lado, de la mano, podía controlar la inquietud.

–¿Cómo te sientes? –preguntó Quinn mirándola

–Rara – admitió Rachel con una enorme sonrisa –Pero me gusta. Me gusta mucho.

El brillo de sus ojos indicaba que estaba contenta. Quinn redujo el paso y señaló con un gesto hacia delante.

–Parece que nos están esperando.

A Rachel se le cayó el alma a los pies. Había creído que estarían solas, ellas dos, las estrellas y el mar. Pero sí, un poco más allá había una pequeña mesa en la playa, tenuemente iluminada. Entonces empezaron a sonar los suaves acordes de una melodía. Violines, saxofones…, estaba tocando una orquesta invisible.

Cuando se acercaron un poco más quedó claro que el lugar estaba vacío. Rachel miró a su alrededor y aguzó el oído para ver si tenían compañía, pero Quinn no parecía sorprendida.

–Esto lo has organizado tú, ¿verdad? –preguntó poniéndose en jarras.

–Soy culpable –reconoció Quinn riéndose y acercándose a ver la etiqueta de la botella de champán que estaba puesta en hielo–Un año excepcional, pero la abriremos más tarde –volvió a su lado, le tomó la mano y le dio un beso en los nudillos–. Ahora vamos a bailar.

–¿Aquí?

–Sí, Rachel, aquí. Ahora –le examinó el rostro –Vas a bailar conmigo.

El pánico se apoderó de ella.

–Pero la arena es muy inestable.

–Yo te sostengo –le sujetó la espalda con la otra mano.

Rachel estaba dispuesta a protestar. No tenía ganas de bailar, ¿acaso no era suficiente por una noche que hubiera caminado por la playa después de tanto tiempo? Pero Quinn siguió mirándola fijamente irradiando confianza, así que apretó los labios, aspiró con fuerza el aire y dejó que la música la atravesara.

Cuando el estribillo de una conocida balada empezó a sonar un poco más fuerte, Quinn dio un paso, luego otro, y poco a poco algo poderoso e instintivo se apoderó de ella y empezó a moverse también, al principio rígida, pero Quinn se movió a su ritmo y luego un poco más deprisa.

–¿Qué me dices? –le preguntó Quinn apoyando la frente contra la suya_ ¿Preparada?

Antes de que pudiera decir que por supuesto que no, Quinn hizo un movimiento ágil y le pasó la mano por debajo del brazo antes de dejarla caer al estilo Valentino. Empezó a dar pasos de tango, y ella pensó que iba a caerse de bruces en cualquier momento, pero le siguió el paso y se dejó llevar por la sensación de libertad y por la confianza. Levantó la cara hacia la luna y se rió en voz alta.

¡Estaba bailando!

Bailaron hasta que el aire de la noche se hizo demasiado fresco. Quinn se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros. Cuando volvió a ponerse delante de ella, Rachel la miró a los ojos y de pronto fue consciente de lo que ocurría entre ellas, de lo que habían compartido en solo un día. Pensaba que en su momento había amado a Finn, pero los sentimientos que tenía por su ex le resultaban

infantiles al lado de las sensaciones que Quinn despertaba en ella. Lo que sentía estaba más allá de cualquier cosa que ella pensaba que pudiera existir entre dos personas. Era emocionante. Maravilloso. Y un poco aterrador.

Estaba sintiendo demasiadas cosas demasiado pronto. Dejó escapar un suspiro y dio un paso atrás. Necesitaba algo de espacio para aclarar sus pensamientos, así que se dirigió hacia el agua y observó el oscilante y oscuro mar.

Se llenó los pulmones de aire fresco.

–¿Todavía tienes frío? –preguntó la seductora voz de Quinn a su espalda.

–No, estoy bien –Rachel se acurrucó contra ella.

–¿Segura? La brisa está un poco fresca. He encendido el calentador.

Rachel se giró un poco. En una esquina del lugar había un calentador de exteriores. En el interior, suavemente iluminado, había un diván de aspecto cómodo cubierto de esponjosos cojines. A los pies, una manta blanca doblada.

Rachel arqueó una ceja.

–Lo tienes todo pensado.

–Así es –contestó Quinn sin molestarse en disimular una sonrisa.

Rachel se acomodó en la pila de cojines que había en una esquina y rechazó el champán que Quinn le ofreció. Solo quería acurrucarse debajo de la manta y beber de la encantadora vista con Quinn sosteniéndola.

Quinn se metió bajo la manta a su lado. Rachel apoyó la mejilla contra su pecho y Quinn le acarició el hombro.

–El reflejo de la luna sobre el mar parece una red cubierta de perlas.

Rachel la miró con curiosidad.

–Mi abuela decía que las perlas significan lágrimas.

–En algunas religiones representan la felicidad.

Rachel se rió. – ¿Hay algo en lo que no seas experta?

–Tengo pensado hacerme experta en ti –se inclinó y deslizó los labios por los suyos. Cuando subió la temperatura bajo la manta, Rachel tembló con la presión de la mano de Quinn sobre su corpiño, luego la deslizó por debajo y acarició el tirante pezón. La invisible cremallera que tenía a un lado del vestido bajó y sus senos y cualquier inhibición que le quedara fueron liberados. Cuando las manos de Quinn se deslizaron por su piel desnuda, las sensaciones de la noche anterior y de aquella tarde se transformaron en un deseo físico que la dejó sin aliento.

Cuando Quinn dejó de besarla y la apartó suavemente, ella no quería que lo hiciera. Solo quería sentirla desnuda, pero cuando Quinn le levantó la barbilla, abrió los ojos y se dio cuenta sobresaltada de dónde estaban. Lejos de las miradas curiosas, pero en un sitio público.

Y a Rachel no podía importarle menos.

–Te vas a arrugar el vestido –le susurró Quinn al oído.

– ¿Crees que me importa?

Quinn sonrió y Rachel se apoyó contra ella hasta que la tumbó sobre los cojines. Luego le soltó el botón del pantalón y el pecho de Quinn se expandió con un gigantesco suspiro. Se quitó los pantalones al mismo tiempo que Rachel se inclinaba y la besaba unos milímetros por encima del ombligo.

Le trazó con la lengua un sendero hacia los muslos y enseguida su boca conectó con la parte más íntima de la anatomía de Quinn. Agarrando la parte superior con la mano, deslizó los dedos y luego pasó dos veces la lengua por la punta. Quinn alzó las caderas y apretó una almohada que tenía cerca de la cabeza. Rachel hizo resbalar los labios por la punta de su erección.

–Rachel… –la escuchó tragar saliva–. Esto podría ser peligroso.

Rachel murmuró algo que daba a entender su aprobación y volvió a inclinarse sobre ella…

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Tras dejar la habitación del hotel, Quinn y ella pasaron el resto del día haciendo turismo. A media mañana disfrutaron de un helado en la famosa avenida Cavill,

donde había grandes restaurantes, sombrillas de playa y mini biquinis. Entraron también en el Museo de Cera, el más grande del hemisferio sur, y se maravillaron con la réplicas exactas de tantos cantantes, miembros de las familias reales y famosos villanos. Rachel aseguró con total sinceridad que no pasaría mucho tiempo antes de que encargaran una figura de Quinn para la colección. Comieron en un sitio con música en vivo, y a media tarde la limusina las recogió.

Por mucho que se lo suplicó, Quinn no quiso decirle a dónde iban. Treinta minutos más tarde llegaron a una maravillosa casa de campo de estilo ranchero. Al salir de la limusina, Rachel miró a su alrededor, maravillada por los espectaculares jardines.

– ¿Este sitio es tuyo?

–De mi amigo Blaine, un viejo compañero de profesión. Cuando se retiró echaba tanto de menos la emoción de las carreras que se construyó su propio circuito.

Rachel sonrió.

–Vas a subirte a un coche y dar una vuelta…

Lo cierto era que estaba deseando ver a Quinn en acción, siempre y cuando no forzara el hombro.

–Sí, voy a dar una vuelta –la tomó de la mano–. Y tú vas a venir conmigo.

A Rachel le dio un vuelco el corazón. En su propio coche no pasaba de los cien kilómetros por hora. El surf tenía sus peligros, sin duda, pero la cabeza le daba vueltas al pensar en las velocidades que alcanzaba Quinn en la pista.

Protestó, se negó y dijo que era imposible, como de costumbre, pero Quinn no aceptaba un "no" por respuesta y cuando Rachel recordó la noche anterior, el paseo por la playa y el baile bajo las estrellas, se dio cuenta para su asombro de que también podría encontrar el valor para aquello.

Diez minutos más tarde tenían los cascos puestos y los cinturones abrochados. El circuito que tenían delante se parecía mucho a los circuitos profesionales que Rachel había visto por televisión. Cuando Quinn arrancó el motor, se dijo que debía relajarse y disfrutar de la experiencia. No ayudaba el hecho de que tuviera los nudillos blancos por agarrarse a los muslos.

–Este coche es muy rápido.

Y descapotable –añadió Rachel sintiéndose más vulnerable– ¿Qué velocidad vamos a alcanzar?

–Mejor que no lo sepas –aseguró Quinn dándole un apretón en la rodilla.

Pisó a fondo el acelerador y el coche salió disparado. Rachel soltó una carcajada nerviosa. Pasaron de la nada a los trescientos kilómetros por hora en menos de cuatro segundos. O eso fue lo que le pareció a ella. Con el viento alborotándole el pelo y asustadísima, Rachel se sujetó y se dijo que no solo estaba en manos de una profesional, sino que estaba a cargo de la mejor.

El sentido común le decía que si se estrellaban, morirían. Y cuando pensó que no podía tener el pulso más acelerado, vio la amplia curva que tenían delante.

Horrorizada, observó el concentrado perfil de Quinn.

Tenía los ojos entornados, las manos firmes en el vibrante volante y una sonrisa de satisfacción en los labios. Cambió de marcha, ella contuvo el aliento y tomaron la curva a toda velocidad. Las cuatro ruedas derraparon, como si resbalaran sobre hielo negro. Rachel dejó escapar un grito.

Por encima del ruido del motor y del silbido del viento, Quinn escuchó el grito de horrorizada emoción de Rachel y, enderezando el coche, se rió a carcajadas.

No se había dado cuenta hasta aquel momento, pero nunca había estado en una situación así con anterioridad, pilotando por un circuito con una mujer. Hasta aquel día no había considerado la posibilidad de hacerlo y mientras se lanzaba por la recta con aquel motor de seiscientos cincuenta caballos, se dio cuenta de que esa era su "primera vez" en más de un sentido.

A las ocho estaban de regreso en el aeropuerto de Sidney, donde las esperaba una limusina para llevarlas de regreso a casa. Quinn esperó a que estuvieran en la puerta del edificio de apartamentos para tomarle la mano y decirle:

–Ven a Rose Bay conmigo.

Rachel deseaba con toda sus fuerzas hacerlo, pero cerró los ojos y sacudió la cabeza.

–No es una buena idea.

–Yo creo que es una idea estupenda –se inclinó hacia delante.

Pero Rachel le puso las manos en los hombros para apartarla y se explicó.

–Tengo que levantarme temprano, y si voy contigo a tu casa, no voy a dormir nada.

Quinn pareció pensar en su excusa y luego accedió a regañadientes.

–En ese caso… –sacó una bolsita de plástico rosa de la puerta lateral de la limusina–. Te he comprado un regalo.

– ¿Qué es esto? –preguntó Rachel parpadeando.

–Ábrelo y verás.

Ella deslizó el contenido de la bolsita en la palma de la mano. Suspiró al ver de qué se trataba. Dentro de una ostra dorada del tamaño de una cucharita de café había una cama de brillantes piedras azules. Entre ella había tres perlas del tamaño de unas gotas de rocío.

–La compré en una de esas tiendas para turistas –se explicó Quinn inclinándose sobre ella–. Las piedras azules simbolizan el mar. Las perlas representan el pasado, el presente y el futuro. Pensé que te gustaría.

A Rachel se le subió el corazón a la garganta. Era una baratija, un detalle en el que había puesto el corazón, y le encantaba.

–Es perfecta –murmuró sintiendo un nudo en la garganta.

Quinn le apartó un mechón de cabello de la sonrojada mejilla.

–Te acompañaré.

Habían sido dos días increíbles, pero no quería pensar en darle las buenas noches a Quinn en la entrada del edificio o en la puerta de su apartamento. Ella podría sugerirle que quería entrar, y tal y como se sentía, no sería capaz de rechazarla. Y aquella noche necesitaba hacerlo.

–Si me acompañas a la puerta, me besarás –dijo–, y antes de que me dé cuenta te estaré arrastrando dentro. Las dos necesitamos descansar.

Quinn frunció el ceño y apretó las mandíbulas, pero finalmente asintió y le hizo una señal al chofer para que sacara su equipaje y le abriera la puerta.

–Gracias por este maravilloso fin de semana –dijo Rachel con el corazón a punto de estallar por la emoción.

–Lo repetiremos pronto.

Pero no mencionó cuándo, no mencionó la boda. Y tras un brevísimo beso de buenas noches, el conductor abrió la puerta y llevó su equipaje a la entrada del edificio. Rachel entró, escuchó el sonido del motor de la limusina al marcharse y luego volvió a mirar el regalito que tenía en la mano. Si no fuera por aquello, pensaría que todo había sido un sueño.

Sintiendo cómo se quemaba por dentro, se puso una mano sobre el estómago. Antes de ese fin de semana, sabía que Quinn era muy atractiva. Ahora encontraba su compañía irresistible por más razones que su aspecto y su encanto. Todo lo que había descubierto sobre ella la convertía en el sueño de cualquier mujer. Rachel no podía seguir negándolo. Se estaba enamorando.