Capítulo 9 – La decisión de Akane

Ya es de día, y Akane no ha bajado a desayunar con los demás. "¡Y que me encuentre al imbécil!" En su mente, Ranma ha pasado a ser conocido como el imbécil. Suspira. No puede dejar de pensar en él. Y además, había olvidado… todo. Todo. Había olvidado los días que él había pasado en su casa, cuando eran más pequeños. Las miradas atentas que siempre sentía sobre ella, y las sonrisas brillantes que él prodigaba. Vuelve a suspirar. Si tan sólo… Si tan sólo él no se hubiera presentado así. Si hubiera extendido su mano y se hubiera presentado como un hombre cualquiera, ella podría admitir que lo amaba. Que lo amaba desde que tenía diez años, que sólo lo había amado a él. Pero que, por alguna misteriosa razón, lo había olvidado, lo había eliminado de su mente. Tal vez fue el tiempo de separación, y que aquello había sucedido hacía diez años. Se centra en la pradera verde que puede ver delante de ella. Está en el porche de la casa, un pequeño entarimado adosado a un lado de la casa, al que se puede acceder desde el interior, pero no desde el exterior. Mira el suelo, sobre el que se sabe elevada más de un metro. El porche está protegido por un tejado, que impide que ella se moje con la lluvia que cae justo enfrente suyo. Sólo es una tormenta de verano, pero es una tormenta terrible. Lleva toda la mañana tronando, con el cielo encapotado, y las nubes por fin se han decidido a abandonar su carga. El aire húmedo sopla, moviendo su vestido y su cabello, que hoy ha recogido en una trenza, de la cual escapa la mayor parte del pelo.

Desde la puerta, la observa un joven, quien admira cómo el vestido se ajusta perfectamente a la figura de la chica, permitiendo ver un pequeño trozo de su espalda. La falda cae a plomo hacia el suelo, completamente recta, abrazando sus caderas. El vestido que lleva su amada morena hoy no está tan trabajado como el del día anterior, pues es un simple vestido beige, sin más adornos que algún encaje verdoso, pero que la hace lucir igualmente bella. Extasiado, se sienta a observarla. Ve su pelo, que trata de escapar de la larga trenza que llega hasta su cintura. "Akane, mi amor…" piensa, aún soñando despierto. No pensaba que podría encontrarla ahí, casi bajo el aguacero. Cuando la joven se gira, se da cuenta de que no ha formulado un pensamiento, sino que realmente la ha llamado en voz alta. Puede ver la sorpresa en sus ojos, al oírle llamarla así.

- ¡Ranma!

Él sólo puede permanecer sentado, contemplándola, todos sus detalles. Ni siquiera la humedad de un día lluvioso consigue llegar a ondular el cabello de ella. Tiene ganas de acercarse, acariciar su cara, besar esos labios rosados, sujetarla y abrazarla fuerte, que nunca se vaya de su lado… Poder transmitirle aunque fuera una sola milésima de ese amor que siente por ella… desde hace nueve años… a pesar de que ella lo olvidara.

Akane sigue de pie, enfrentando a su prometido. Nerviosa, agarra y tironea de sus dedos. Se da cuenta de que él puede notarlo, así que pasa a hacerlo tras la espalda. Su respiración comienza a acelerarse, como su corazón, al sentir la mirada de Ranma. La mira como lo hizo una vez de niños, como si ella fuera la única persona en el mundo y mereciera toda la atención que pudiera darle. Ve a Ranma levantarse. Se echa hacia atrás, apoyándose en la barandilla y aferrándose a ella. Su guapo prometido está ya delante de ella, haciendo que se le detenga el corazón. Se lleva una mano al pecho para comprobar que su órgano vital continúa ahí. Siente cómo las manos de Ranma se colocan a ambos lados de su cintura, cómo él se acerca más a ella, hasta dejar un espacio inexistente entre ambos.

- ¿Puedo… besarte? – pregunta él, mirándola con devoción, como si en una noche ella hubiera pasado a ser un exquisito regalo para él.

- ¿Qué…?

-¡¡RAAAAANMAAAAAA!! – un furioso grito femenino los interrumpe. La pareja se gira para descubrir a la emisora: una chica de pelo lila, parada en la puerta y con los brazos en jarras, observándolos con los ojos entrecerrados. – ¡Ranma quedar con Shampoo aquí, y cuando Shampoo venir, ella ver a su Ranma con otra! – dice agitando las manos con furia.

De inmediato, el joven moreno suelta a Akane, que suspira frustrada, pues ella esperaba el beso de él, aunque lo negara exteriormente. Ranma se pone frente a Shampoo, y la coge de los hombros, para tranquilizarla.

- Shampoo, tú sabes que no eres mi esposa, y que no puedes darme órdenes – le dice. – Así que por favor no montes el número y vete de aquí.

- ¿Irse? ¿Shampoo deber irse? – le grita.- ¡Ranma no saber de qué hablar! – le espeta clavándole un dedo en el pecho. - ¡¡Ella ser quien tener que irse!! – dice señalando con ese mismo dedo a Akane, que aún está apoyada en la barandilla. Ante esto, la chica, enfadada, se pone recta para contestar, pero alguien es más rápido que ella.

- ¡No le hables así! – grita Ranma. - ¡Shampoo, acepta que ella es mi prometida y que está por delante de ti!

- ¿Así que por ella anoche tú no venir a ver Shampoo? – pregunta ésta con voz llorosa. - ¡¡Yo no dejar esto así!! – le grita a Akane, para irse corriendo después. La morena aún no puede articular palabra, ante la amenaza de la extraña mujer.

- ¡Shampoo! – llama Ranma, saliendo detrás de ella.

Akane suspira. "Nunca es algo normal" piensa.

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Chiyo corre por el pasillo, escapando de Ukyo. No piensa permitir que le quite a su gatito.

- ¡Chiyo! ¡Cuidad…!

¡POM! Chiyo choca contra algo blando, saliendo despedida hacia atrás. Cuando levanta la vista, ve delante de ella a una chica morena, que parece tener los mismos años que U-san.

- ¿Estás bien, pequeña? – le dice la chica mientras se agacha extendiendo su mano.

- ¡Sí! – le espeta. - ¡Ahora déjame pasar!

Pero al tratar de apartar a la chica con un brazo, el bulto que esconde bajo la blusa de su vestido salta hacia fuera, y aterriza sobre la falda de la sorprendida chica, desgarrándola por completo. Por fin Ukyo las alcanza, y se agacha para recuperar el aliento.

- Chi…yo… - dice entre jadeos – sabes… que no puedes… tener… un gato…

- ¿Por qué no? – pregunta la niña, haciendo pucheros y cruzando los brazos.

Mientras, el susodicho gato se encuentra aún prendido en la falda de Akane. Ésta, viendo que nadie lo va a coger, lo agarra y lo acerca a su pecho, acunándolo. El pequeño gatito la mira con las pupilas dilatadas de puro miedo. Este gatito le recuerda a uno que ella tuvo. Era igual: blanco, con una mancha en la cabeza de color casi rosado y con los ojos castaños y muy grandes, además de poseer un pelaje extraordinariamente suave.

- ¿Sabes qué? – musita sólo para él. – Me recuerdas a un gato que tuve cuando era pequeña… Shampoo…

De repente, recuerda por qué se le hacía tan conocido el nombre de la gallina de pelo azul. Y empieza a reírse. Las otras dos, todavía peleando, la miran con desconcierto.

- ¿De qué te ríes? – reclama la niña.

- ¡Oh! De una cosa que sucedió antes…

- ¡Chiyo! – dice la otra, que parece mayor. - ¡No le hables así! ¿Que no ves que ella es la prometida del señor Ranma? ¡Y mira cómo le ha dejado el vestido tu querido gato!

- ¡No! ¡Caty es bueno! ¡La culpa es de ella por chocarse conmigo!

- No pasa nada… Este vestido ya es viejo y no suelo usarlo, así que no es nada malo que se haya estropeado un poco– las tranquiliza Akane.

- Menos mal, señora, me habría sentido muy mal en cualquier otro caso.

La futura señora de la casa sonríe con amabilidad. La doncella que tiene delante es muy linda, con el cabello castaño largo y unos cálidos ojos azul oscuro.

- ¿Cómo te llamas?

- Huh, yo soy Ukyo, señora – contesta la joven en posición de firme. - Soy cocinera aquí. Y ésta es mi hermanita Chiyo, quien me ayuda en la cocina – agrega.

- Oh, muy bien, encantada de conoceros a ambas – dice con una amplia sonrisa. – Pero por favor, llamadme Akane – se acerca a Chiyo para devolver el pequeño gato a sus brazos. – Toma, pequeña.

Chiyo es una niña bajita, con los ojos muy grandes de un tono dorado, con el pelo largo de color rojizo- Le acaricia la cabeza, cosa que hace que la niña sonría. Akane no puede evitar abrazarla.

- ¡Ooooh! ¡Qué liiinda! – exclama, lo que provoca la risa de Ukyo.

- Bueno, y ahora tienes que irte antes de que alguien te vea con el gato – le indica Ukyo a su hermanita. – Ya sabes que no están permitidos.

Mientras Chiyo se aleja feliz con su gato, Akane se interesa por saber la razón de esa prohibición.

- Muy sencillo señ… Akane. Porque el señor Ranma es alérgico, y no podemos permitirnos que enferme.

- Claro, claro – asiente la joven señora. Durante unos segundos ambas jóvenes se quedan calladas, con sendas sonrisas en sus rostros, sin saber qué decir. Entonces aparece Ranma, por el mismo pasillo que venía Akane, corriendo y llamándola.

- ¡Akane! – exclama contento cuando la ve, parada delante de Ukyo. - ¡Ukyo! – exclama cuando la ve a ella. Durante un instante, ambas mujeres lo miran. Esto le produce un escalofrío. Ellas son las dos personas que más quiere, aparte de su familia.

- Ranma – dice Akane, con voz tranquila y calmada.

- Señor – la secunda Ukyo, al tiempo que agacha la cabeza, en señal de respeto.

- Ukyo – dice Ranma dirigiéndose hacia ella. – No hace falta que me llames así, lo sabes.

- Pero… - empieza ella, levantando la vista y mirando a Akane.

- Oh, sí – dice el señor de la casa, comprendiendo. – Akane, ésta es Ukyo, supongo que se acaba de presentar como cocinera, pero además es mi amiga desde que éramos pequeños.

- Oh – boquea la morena. – Entonces, ¡hola, Ukyo! – dice, mostrándole una amplísima sonrisa. – Espero que también puedas ser mi amiga – termina, para darle la mano.

La castaña, por su parte, sonríe más relajada, y le estrecha la mano enérgicamente, asintiendo.

- Bueno, ahora tengo que volver a la cocina, ya que la comida no se hará sola, ¿saben? – dice, medio en broma, medio en serio. – Y ya sabe, Akane, cuando quiera puede venir a verme – agrega mirándola, antes de darse la vuelta y volver a la cocina.

La joven morena se queda mirando su espalda hasta que desaparece. La chica lleva un vestido oscuro, largo sólo hasta los tobillos, con el correspondiente delantal grisáceo. Pero aún así sigue siendo una mujer bella, Akane se da cuenta. Le sorprende que no haya intentado nunca atrapar a Ranma, y por eso sabe que puede confiar en ella.

- Y ahora, mi diosa, ¿dónde lo dejamos? – pregunta un sensual moreno, cogiéndola de nuevo por la cintura.

"¿Desde cuándo soy una diosa?" se pregunta ella. Pero, sin embargo, coloca las manos en los brazos de él, notando los duros y bien definidos músculos a través de la tela de la camisa. Con una intensísima mirada, él va acercando su boca a la de ella. La joven, deseando ser besada, cierra los ojos, esperando el contacto. Por fin, sus labios se tocan, se rozan. El hombre aumenta la presión sobre la joven morena que tiene aprisionada, cosa a la que ella responde acercándose más aún. El beso pareciera que es eterno. Akane no quiere que acabe nunca, para no tener que afrontar la realidad de su acción. Le echa los brazos al cuello, tratando de retenerlo más tiempo así, pero al final ambos se separan buscando aire. Ranma quiere continuar su beso, pero ella lo aparta de sí. Las manos que hace un momento sujetaban sus brazos, ahora se apoyan en su pecho, empujándolo.

Akane esconde la cara bajándola, ocultándola entre sus brazos, extendidos para apartar a ese hombre, antes de que pueda volver a alcanzarla. Jadeando le dice:

- No… No, por favor… Como tú bien dices… Tendrás que conquistarme…

Después de esto, da la vuelta y se va, dejando atrás a un perplejo Ranma.