Capítulo 10
"Serpientes"
- Draco... Tú y yo, ¿qué somos? – le preguntó en voz baja, sin atreverse a mirarle a la cara.
- ... Eh... - Draco le miró desde el pupitre en el que estaba sentado – ¿A qué te refieres exactamente?
- ¿Qué es lo que hay entre nosotros? – volvió a preguntar Harry, algo más directo.
- Um... - Draco se pasó una mano por el pelo – Pues la verdad, yo creo que entre nosotros hay... "algo especial". Ya sabes… Lo típico. Los dos nos queremos y eso. Así que podría decirse que... ¿somos novios? – respondió dubitativo.
Harry bajó su vista hacia sus manos.
- Si algún día descubrieras algo de mí que no te gustase nada, ¿seguirías siendo mi novio?
- James... ¿A qué vienen estas preguntas? ¿Es que quieres confesarme algo?
Malfoy esperó, pero Harry no dijo nada.
- Oh no... ¿Eres una chica? ¿Es ese tu secreto? – preguntó Draco fingiendo estar espantado. – Lo sabía. Ahora todo tiene sentido. Eres tan menudo y delicado...
- ¿Q-qué? ¡No! – le contestó Harry, sonrojándose.
- Entonces no puede haber nada que no me guste de ti, sea lo que sea. – Draco se cruzó de brazos - ¿Por qué no me lo cuentas? Así podrás quedarte tranquilo.
- ... No puedo hacer eso.
- ¿Por qué?
James se encogió de hombros, mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Malfoy.
- Está bien. No te preocupes, no hace falta que me cuentes tu secreto.
- G-gracias...
- Aun no había terminado. – interrumpió el slytherin, bajándose del pupitre donde estaba sentado – No intentaré descubrirlo... pero a cambio, quiero que me des un beso.
- ¡Qué! – exclamó Harry.
- ¿Qué pasa? Ni que fuera la primera vez.
- Y-ya… pero… es q-que… uh…
Harry bajó su mirada de nuevo a sus manos, jugueteando nerviosamente con los bordes de su jersey. Notaba como su rostro se iba enrojeciendo con rapidez.
- Tú déjame a mí. No hace falta que hagas nada… - el slytherin dio unos pasos lentos hasta colocarse frente al él.
- Draco… - protestó Harry, lanzándole una mirada de advertencia.
- Tranquilo… se que te gustará.
Harry no fue capaz de calmar su respiración cuando vio, aterrado, como Draco se colocaba entre sus piernas y le obsequiaba con una de sus pícaras sonrisas. No pudo evitar mirarle a los ojos, quedándose prendado casi al instante de la expresión de Draco. El slytherin le miraba con adoración, y aquello solo hizo que se sonrojase más todavía.
Malfoy se inclinó hacia adelante hasta que pudo rozar sus labios. Los dejó allí unos segundos, alargando el momento todo lo que podía. Con cuidado de no ser muy brusco, Draco alzó sus manos hasta sostener sus mejillas mientras le besaba. Como los anteriores, aquel beso fue superficial y breve. De vez en cuando Draco pasaba la lengua por sus labios.
Con manos temblorosas e inseguras, Harry se aferró a la túnica del slytherin. Draco le sostuvo el mentón con un poco más de firmeza, mientras que con la otra mano fue bajando lentamente su delgado cuello, pasando por su pecho hasta dejarse caer por su cintura.
En ningún momento separaron sus labios. Harry mantuvo sus ojos cerrados todo el tiempo, ruborizado. El aire cada vez estaba más cargado, y sus respiraciones eran ruidosas en aquella silenciosa aula abandonada. Con el dedo pulgar, Draco forzó un poco su barbilla hacia abajo para que separase ligeramente sus labios. La respiración de Draco se mezclaba con la suya mientras rozaban sus lenguas lentamente. Los pequeños e inconfundibles gemidos que no lograba retener solo animaban más a Draco.
Inclinó su cabeza para poder llegar cada vez a más profundidad, liderando el movimiento de las dos lenguas. Harry movía la suya con inseguridad, no sabiendo exactamente qué hacer. Trataba de no perder el ritmo de Draco, y dejó que sus manos también se movieran por el cuerpo del slytherin. Empezó a pasar sus palmas por aquella gruesa túnica negra. Una de sus manos se fue tras la espalda de Malfoy, mientras que la otra viajó hasta su cuello.
Con timidez, pasó sus dedos por la garganta del slytherin, la cual vibró con un grave gemido. El sonido también llegó hasta los labios de Harry, haciéndole sentir un escalofrío por toda su columna. Su mano descendió un poco más hasta la clavícula de Malfoy, maravillándose por aquella piel tan caliente hasta que sus dedos notaron algo metálico y más cálido si era posible. Lo palpó con curiosidad durante unos segundos con la yema de sus dedos, hasta que tuvo que abrir sus ojos para verlo por sí mismo.
Draco se separó de él entonces, interrumpiendo el beso y haciendo que ambos respirasen entrecortadamente. Harry pudo observar que lo que tenía entre sus dedos era una fina cadena dorada, cálida y brillante.
Malfoy también fue consciente de lo que estaba mirando, así que, con la mano con la que antes sostenía su rostro, sacó del todo la cadena que se escondía bajo su ropa. Enganchada a ésta había una especie de medallón ovalado sin ningún tipo de inscripción, pero que parecía poder abrirse por la mitad.
- No me lo he quitado... desde ese día. - confesó el slytherin, algo acalorado por aquel fogoso beso que habían compartido – Como me dijiste en aquella nota. Nadie antes me había regalado por navidad un objeto tan curioso.
Harry colocó una de sus manos alrededor de aquel medallón, dejando escapar un pequeño suspiro.
- Este regalo, no solo te lo di por Navidad... también lo hice para pedirte perdón. - susurró.
- ¿Perdón por qué?
- Por salir corriendo cuando me diste aquel primer beso. – dijo en voz baja, acariciando la superficie redondeada del colgante con sus dedos. - Está hechizado.
Draco le miró con curiosidad.
- ¿Qué tipo de hechizo tiene?
- Es… una especie de amuleto. – contestó – Es para protegerte por si alguna vez te ocurre algo y no tienes nadie quien te ayude.
- ¿En serio?
Harry asintió, abriendo con cuidado el colgante. Dentro de aquel medallón ovalado había una pequeña cámara de cristal sellada, y en el interior de ésta se deslizaba una fina arena de color verdoso.
- Si… - Harry dejó que Draco sostuviera el colgante entre sus manos – Si en algún momento te ves en peligro, lo único que tienes que hacer es sostener el colgante.
- ¿Así de simple?
El joven de cabello negro asintió una vez más, sintiéndose rejalado por primera vez en mucho tiempo.
Cerró silenciosamente las cortinas que rodeaban su cama, tratando de no despertar a nadie. Cuando llegó a la habitación, ésta estaba a oscuras y se podían oír varios ronquidos de sus compañeros de curso. Harry dejó escapar un suspiro. Desde que se reanudaron las clases en Hogwarts, entre los trabajos y sus encuentros con Draco y Neville, apenas encontraba tiempo para pensar en un asunto pendiente...
Blaise Zabini.
El slytherin aún no se había reunido en ningún momento con él, a pesar de que los días seguían pasando. Blaise pareció desesperado cuando le pidió aquellas "clases particulares" de defensa, pero no le había vuelto a dirigir la palabra desde aquel día. Lo único que le dijo después del encuentro en los baños públicos, era que ya le avisaría del día y del lugar donde se encontrarían para empezar con aquellas clases.
Quizás el slytherin se había arrepentido, lo cual no le extrañaba para nada a Harry.
Un movimiento de las cortinas le advirtió de la presencia de otra persona en su pequeño espacio personal. Era Neville, quien volvía a colocar las cortinas en su sitio y realizaba un simple hechizo con su varita para silenciar, evitando así que algún compañero cotilla les espiase.
- ¿Dónde has estado?
- Fui a dar un pequeño paseo. –contestó el pelinegro con voz calmada.
- ¿Pequeño? – Longbottom le miró incrédulo – Has estado perdido por lo menos cinco horas, James.
- Lo siento… - dijo Harry sentándose en la cama, sintiéndose culpable - Pero necesitaba pensar, y me entretuve demasiado. – murmuró.
- Últimamente solo pareces estar haciendo eso. Pensar… - Neville se sentó a su lado - ¿Es por lo que ocurrió aquel día en Hogsmeade?
- ... En parte. – admitió Harry, al cabo de un rato. –… ¿Y tú?
- A veces. – reconoció Neville, entrelazando los dedos de sus manos - Pero no tienes por qué preocuparte, Jimmy, aquí estás a salvo. Hogwarts es un lugar muy seguro.
Harry no le contestó. Se quitó la túnica negra y su bufanda.
- Aunque yo tampoco soy capaz de evitar preocuparme, ¿sabes? – le dijo Neville mirando hacia otro lado – En algún momento acabaremos este tercer año, y tendremos que volver a casa… ¿Y si entonces los mortífagos decidieran hacer otro ataque y nos pillase a alguno de los dos? – la voz de Neville se hacía cada vez más débil conforme hablaba.
- Tranquilo, Nev. No nos pasará nada.
- ¿Cómo estas tan seguro? Ya has oído lo que dicen los profesores y el director Dumbledore. No estamos a salvo fuera de Hogwarts.
"Ningún lugar es seguro", pensó Harry.
Neville le distrajo durante un rato aquella noche. Como apenas habían tenido tiempo para hablar, Longbottom aprovechó ese momento para contarle lo que había estado haciendo desde su ausencia. Hablaron durante largos minutos, hasta que Neville dio un bostezo y se despidió, retirándose a su propia cama. Harry nunca supo cuando se durmió, lo único que recordaba era que antes de tumbarse en la cama se había quitado sus gafas y las había dejado en la mesilla de noche.
Su cuerpo se deslizaba por el suelo, recorriendo grácilmente y sin demora un empedrado camino que conducía hasta una gran mansión. Podía ver un jardín muy mal cuidado, lleno de arbustos secos, estatuas rotas y árboles muertos. La luna iluminaba las siluetas de aquel lugar, proyectando sombras tétricas y lóbregas.
Aun así, siguió su camino serpenteante por aquellos grisáceos adoquines hasta llegar a la gran puerta de madera y hierro. Como estaba entreabierta, la cruzó sin ningún miramiento. Lo primero que pudo ver fue un suelo de mármol cubierto por polvo y hojas, la entrada estaba desierta, y el único objeto llamativo era la gran escalera que conducía al piso de arriba. No había ningún mueble, y la lámpara de araña que en su día estuvo colgada del techo, ahora yacía rota en una de las esquinas de la sala.
Su largo cuerpo siguió arrastrándose por el hall, subiendo por las escaleras y evitando algunos escombros que iban apareciendo por su camino. Entró por una de las tantas puertas que allí había, como si supiese hacia dónde tenía que ir. La habitación estaba casi totalmente destruida, no tenía muebles, y una de las paredes había desaparecido. Era como una gran ventana al mundo exterior, por la cual podía verse parte del bosque que rodeaba la mansión.
Una sombría figura vestida de negro permanecía inmóvil en el centro de la habitación, mirado por el hueco de la pared y sin percatarse de la llegada de aquel visitante.
- Fue… aquí… - se escuchó la voz de un hombre, arrastrando las palabras con odio.
A la mañana siguiente Harry fue el último en despertarse. Sentía como si su cabeza estuviese clavada en la almohada. Apenas podía moverse, su frente le ardía, y su cuerpo protestaba como si no hubiese descansado en toda la noche.
Haciendo un gran esfuerzo, se incorporó en la cama y se llevó una mano a la cicatriz. Nunca podría llegar a acostumbrarse a aquellos extraños sueños. Sintió como si realmente estuviese estado allí, en aquella casa… Extrañamente, la mansión se le hacía familiar, pero no supo por qué.
Cerró sus ojos, tratando de bloquear las punzadas de dolor provenientes de su cicatriz, cuando entonces escuchó un ruido fuerte tras sus cortinas. Era un sonido de algo rompiéndose en mil pedazos.
Se incorporó rápidamente y salió de la cama olvidándose de su malestar. Aun llevaba puesta la ropa del día anterior, así que lo único que hizo fue ponerse sus gafas y liarse la bufanda.
Se asomó con cuidado tras una de aquellas rojas y aterciopeladas cortinas, buscando el origen del ruido. No había nadie más allí aparte de él. Observando mejor la habitación pudo ver que entre su cama y la de Neville, donde había un pequeño mueble en frente de la ventana, ya no estaba la maceta llena de tierra con la semilla que le regalaron en navidades.
Casi se había olvidado de ella, ya que nunca brotó nada de ésta, ni tan si quiera una raíz. La regaban diariamente y comprobaban que no le faltase abono, pero nunca nació nada de allí. Ahora la maceta no estaba en el mueble. Se encontraba rota en el suelo, y la tierra se había esparcido por el suelo dejándolo todo perdido.
Algo confundido, Harry se acercó y se arrodilló para recoger aquel estropicio.
Empezó a recolectar los pedazos de cerámica rota, y vio que entre los montículos de tierra también había pedazos de corteza hueca. Harry tragó saliva. Aquello eran los restos de lo que antes era la semilla ovalada. Pero no parecían contener nada. Escuchó un ligero ruido bajo el mueble donde había estado la semilla. Quizás fuera un trozo de la maceta que, con el golpe, había llegado a parar allí debajo.
Sin pensárselo mucho, y concentrándose todavía en ignorar el dolor de su frente, se apoyó del todo en el suelo y metió la mano en aquel estrecho hueco para ver si alcanzaba lo que quizás fuera un pedazo de cerámica más.
- ¡Ahh! – gritó de pronto, retirando la mano.
Se la llevó contra su pecho al notar un pinchazo en el dorso de ésta. Se la miró con cuidado, y vio dos pequeños puntos enrojecidos que empezaban a escocerle. Era un dolor parecido a la picadura de una abeja.
Miró de nuevo al mueble y sacó su varita.
- Wingardium Leviosa – susurró.
La coqueta empezó a levitar lentamente hacia arriba, dejando a la vista lo que había allí abajo. Harry contuvo el aliento al descubrir que, lo que le había mordido, era una serpiente.
El reptil se veía asustado, enroscado sobre sí mismo. Era muy pequeña, de un color marrón verdoso y con unos ojos verdes y brillantes. Las escamas que la recubrían parecían trocitos de corteza, y si estuviese estirada totalmente seguramente tendría el aspecto de una rama. Alrededor de ella había más pedazos de corteza. Tenían la misma apariencia que los que se encontraban con los restos de la maceta rota.
Harry podía escuchar un leve murmullo. Eran unas especies de lamentos seseantes y que provenían de aquel animal.
- Tranquila pequeña… no te voy a hacer daño.
La serpiente dejó de hacer aquel sonido al instante, y le miró con sus pequeños ojos verdes.
- No sé cómo has llegado aquí, pero será mejor que te lleve fuera antes de que te encuentren.
Harry colocó el mueble en otro lugar apartado para poder usar su varita con la serpiente y moverla con cuidado y sin lastimarla.
- Sss… - la serpiente siseó con fuerza en su dirección, y el pelinegro la miró con curiosidad.
- ¿Um?
- … Ss… Umss – le imitó la serpiente.
Harry la miró con cierta sorpresa. Aquel reptil había imitado el mismo sonido que él había hecho. O quizás se lo había imaginado.
- Hola… - le dijo a la serpiente con voz clara.
Al principio no pasó nada, el animal le seguía mirando desde el suelo, enroscada sobre sí misma. Pero entonces ocurrió algo sorprendente. La serpiente se irguió lentamente, y sin dejar de mirarle, siseó.
- Ss… hola.
- ¿…Puedes hablar?
- Hablarsss…
- … ¿Entiendes mi idioma?
- Idioomassss..
- Oh… ¿solo puedes repetir lo que digo?
- Sss… hola.
"Interesante", pensó Harry, observando a la serpiente con interés.
Dejó de mirarla por unos segundos para echar un vistazo a su mano. Le seguía doliendo mucho, y la zona se le estaba enrojeciendo. Quizás debería investigar sobre aquella especie de serpiente para saber si eran muy venenosas.
Escuchó un leve susurro cerca de él y para su sorpresa, la serpiente había reptado hasta estar a su lado.
No parecía tener intenciones de atacarle, y cuando bajó con cuidado su otra mano no herida hasta ella, la serpiente se enroscó sobre ésta.
- ¿Por casualidad eres muy venenosa? – le preguntó Harry, sin la esperanza de tener una buena respuesta del reptil.
- Sss…eresss muy.
- ...Eso pensaba yo.
Harry se incorporó lentamente. Aquello era genial, además del dolor de cabeza y de cicatriz, ahora le dolía la mano.
Y lo peor era que si no se daba prisa, llegaría tarde a su primera clase.
Pociones.
Con mucho cuidado de no molestar a la pequeña serpiente, la metió en su mochila con el resto de su material escolar. No tenía tiempo para dejarla en el bosque, debía prepararse para ir a clases. Hizo una visita rápida al baño, se lavó los dientes, intentó disimular su despeinada cabellera y se colocó la túnica. Todo en tiempo record.
Cogió la mochila con delicadeza, comprobando que la serpiente seguía allí, bastante calmada. ¿A quién podría preguntarle para que le dijera que tipo de serpiente era?
- Ah… Hagrid. – dijo para sí mismo.
El dolor de la picadura de su mano no era lo único que le impedía concentrarse en la poción que estaba realizando.
Había llegado por los pelos a Pociones, y se tuvo que conformar con el único sitio libre que quedaba en la clase; enfrente de un grupo se slytherins. Neville le lanzaba una mirada simpatizante desde el otro lado de la sala, sabiendo lo que eso significaba.
Harry tuvo que aguantar todo el tiempo las risitas de los slytherins que se aprovechaban de que él estuviera solo, además de varios golpes en su silla e ingredientes lanzados en su dirección. Contuvo las ganas de soltar un suspiro, no queriendo dejarles ver lo irritado que estaba.
El timbre que indicaba el final de la clase sonó más tarde de lo que hubiese deseado.
- Embotellar vuestras pociones y dejarlas sobre mi mesa. – ordenó el profesor Snape, quien permanecía de pie en una de las esquinas de la clase.
Harry se retrasó más de la cuenta para entregar su trabajo, pues su mano en la que tenía la mordedura estaba prácticamente paralizada. Debía buscar ayuda pronto, porque dudaba que pudiera ir al resto de clases sin antes curarse la mano. Con mucho esfuerzo embotelló su poción, y fue el último en colocarla cobre la mesa del profesor Snape.
Vació el resto de su caldero y guardó los materiales que le habían sobrado en uno de los estantes de aquella clase. Para cuando volvió a su pupitre a coger sus pertenencias, casi todos los alumnos se habían marchado ya. Los únicos que quedaban eran los slytherins que se habían estado metiendo con él.
Pudo ver como el profesor recogía todas las botellas de cristal y se marchaba por una puerta hacia su despacho, dejándole solo y sin percatarse de las malas intenciones de aquellos slytherins.
Se colocó con cuidado la mochila al hombro, y decidió llevar sus libros en brazos para no hacer daño a la pequeña serpiente que todavía se encontraba en su bolsa. Una punzada en su mano le hizo reconsiderar aquello, pero decidió soportar como fuera el dolor.
Con un breve suspiro, se encaminó hacia la salida. Pero no pudo dar más de dos pasos ya que, como sospechaba, la pandilla de slytherin se paró de golpe enfrente suyo para cortarle el paso.
- ¿Vas a algún lado, espantapájaros? – le dijo uno de ellos, sonriendo con malicia. Harry no pudo reunir el valor suficiente para mirarle a los ojos.
- Por favor, dejadme pasar… t-tengo clases. – susurró con un hilo de voz.
- ¿Y si no queremos movernos de aquí? – le amenazó otro chico, alto y de gran constitución.
Harry tragó saliva inconscientemente, apretando los libros contra su pecho. Notaba su corazón latiéndole dolorosamente en el dorso de su mano.
- P-por favor… - volvió a intentar, tratando de encontrar un hueco por el que pasar y salir de allí. Los slytherin le cortaron el paso rápidamente, y uno de ellos le dio un empujón para apartarle.
- No nos toques, estúpido infeliz. – le gruñó el slytherin, dejando de reírse y mirándole con odio.
- Para poder irte deberás arrastrarte. – se burló una chica slytherin, dándole un manotazo a sus libros y tirándolos al suelo.
El gryffindor tuvo que hacer todo lo posible para no gritar de dolor. La mano le iba a matar.
- ¿Es que no lo has oído? ¡Arrástrate!
El slytherin más grande le agarró por el cuello con gran rapidez, y antes de que pudiera decir nada, le arrojó de un tirón contra el suelo. Cayó de rodillas con fuerza, y tuvo que apoyarse con las manos si no quería caer de boca también.
Fue entonces cuando dejó escapar un gemido de dolor. Su visión se hizo borrosa, no solo porque había perdido en el forcejeo sus gafas nuevas, sino también por las lágrimas que se le empezaron a acumular a toda prisa en sus ojos. El dolor se había extendido de su mano hasta su codo.
- ¿Qué te pasa? ¿Vas a salir corriendo a llorarle a tus amigos? Ah… si solo tienes uno… uno igual de perdedor que tú. – se burlo la chica del grupo.
- Creo que te has pasado, Pansy. Mírale, está llorando como un bebe.
- ¿Sabéis? Me gustaría quitarle la bufanda para verle llorar mejor…
Intentando reunir las fuerzas de donde pudo, Harry buscó sus gafas por el suelo. Debía coger sus cosas y salir cuanto antes de allí. Su mano buena rozó algo alargado y fino. Sus gafas. Pero antes de que pudiera cogerlas, vio como uno de los slytherins pisó de improvisto con fuerza sobre ellas, y escuchó el sonido característico del cristal romperse.
- Uy… ¿Eran esas tus gafas? – escuchó decir a uno. Los demás se rieron a coro.
- Vamos, quítale esa sucia bufanda…
- Si venga, quítasela.
Harry, reuniendo las fuerzas de donde pudo, se levantó de golpe del suelo e intentó pasar a través de los slytherins a toda prisa.
- ¡No tan de prisa!
Alguien le agarró del brazo con fuerza, y le dio un tirón tan brusco que juraría que le había sacado el hombro. Lo arrojaron con rudeza contra uno de los pupitres, golpeándose la espalda en el proceso.
Volvió a gemir de dolor. Las piernas le fallaron y cayó al suelo.
- Golpéale más fuerte, para que aprenda su sitio. – escuchó la voz maliciosa de la chica.
Casi al instante, uno de ellos le propinó una fuerte patada en uno de los costados. Se cubrió el rostro y la cabeza con los brazos, mientras que subía las piernas contra su pecho para evitar que le diesen más patadas en zonas más vulnerables.
Una segunda patada conectó contra su espinilla, y emitió otro pequeño sonido de dolor.
La siguiente patada tuvo mejor puntería. Se coló por sus delgados brazos e impactó en su sien, aturdiéndole y haciéndole perder la visión momentáneamente. Tenía que gritar, debía pedir ayudar o aquellos alumnos se cebarían con él.
- ¿Qué demonios está ocurriendo aquí? – se escuchó una voz fría y penetrante, desde el otro lado de la sala, congelando a todos los slytherins al instante.
Continuará...
