Capítulo 10: Prefiero ser tu amigo

Pregúntale a mi corazón cobarde
Por qué prefiere ser tu amigo
Si podría ser dueño de tus besos
Dile que te explique todo eso.

Pregúntale por qué es tan egoísta
Por qué escogió dejarlo todo
Si de plano es un error a simple vista
Yo sé que no tiene sentido lo que digo
Y ni yo mismo entiendo
Quisiera decir que me arrepiento, pero eso no es cierto.

No digas que tendrás paciencia
Siempre admiré tu inocencia
Pero esta vez es necesario que entiendas.

Desde que habían salido del estadio, Candy no dejaba de sonreír, nunca pensó que lograría el tiro desde media cancha. Había anotado alguna vez en su época de estudiante, pero había sido una mezcla de suerte y la adrenalina del juego.

―Karen es muy agradable, ¿verdad? ―la voz de Candy sorprendió a Terry. Parpadeó sin comprender ―. Te vi hablando con ella.

―No sabía a qué se dedicaba, ni esperaba que fuera tan apasionada de los deportes.

Habían coincidido esa noche en el partido. Ella era una de las comentaristas deportivas y en la euforia del juego habían chocado y el incesante parloteo de Karen, captó toda su atención y Terry se despreocupó de todo lo demás. Y casi sin darse cuenta, se vio sumergido en una apasionada discusión con ella sobre cuál de los tres afortunados encestaría.

―En contraparte tuya ―dijo golpeándolo con el dedo en el pecho. Un pecho bastante duro.

Terry le sonrió, apartándole el dedo de su pecho, sin embargo, no la soltó. Candy entrecerró los ojos mientras él entrecruzaba sus brazos para seguir caminando.

Candy le soltó, para meter sus manos en los bolsillos de su abrigo. Terry se detuvo en seco ―una manía molesta que tenía― y Candy tuvo que volver sobre sus pasos mientras lo veía quitarse la bufanda.

―¿Qué haces? Está haciendo mucho frío ―le regaño ella, deteniéndole las manos. Estaban a finales de enero y el frío era aún más horrible que en diciembre. Pero Terry siguió con su tarea y cuando se deshizo de la bufanda, alargó los brazos hacía el cuello de Candy, enrollándola en él.

Candy se quedó un momento paralizada. ¡Le había dado su bufanda! Y no era que Terry no se comportara como un caballero con ella, pero por una extraña razón, Candy sintió aquel pequeño gesto como algo muy íntimo entre los dos.

Bajo la vista, conmovida. La bufanda era suave y estaba calientita. Además, olía a Terry. Levanto la vista y le miró.

Terry.

Es último pensamiento sonó como un eco en su cerebro. ¿Le gustaba porque ya no tenía frío o porque Terry se había preocupado por ella?

―¿Ocurre algo? ―preguntó él, sacándola de sus pensamientos. ―Me estás dirigiendo esa mirada.

―¿Qué mirada? ―preguntó paranoica.

―No sé, una mirada extraña.

―¿Por qué te miraría diferente? ―le respondió con otra pregunta, comenzando a caminar para dejar de verlo.

―Está bien. Oye, Candy, estaba pensando. ¿Te gustaría ir a cenar?

―Solo si yo escojo el lugar ―él la miró con mala cara ―. Todos los lugares que te gustan tienen código de vestimenta y no venimos precisamente en nuestras mejores galas. ―Él suspiró, tenía razón, ella vestía un pantalón de mezclilla entallado con unas deportivas blancas y su playera de los Knicks debajo de su abrigo negro. Y él lucía la parte masculina de la misma vestimenta, salvo por los tenis, los suyos eran color negro.

―De acuerdo ―se rindió Terry con una gran sonrisa. Candy se le quedó mirando, cuando él sonreía sinceramente era verdaderamente atrac… ¡No! No iba a terminar esa palabra. Candy agradeció que Chuck apareciera en ese momento con el auto y desviara su atención de aquellos extraños pensamientos.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Terry dejo caer la cabeza en la almohada, Candy se había ido con él en el proceso de acomodarlo en la cama después de su fiesta de cumpleaños. Pudo sentir todo el calor que irradiaba de su cuerpo, poniéndola nerviosa.

Se fue a la habitación de invitados, pensando que el dinero del premio le había servido para muchas cosas, pero principalmente para organizar la fiesta de Terry.

Recostada en la enorme cama se dijo que además de organizar fiestas, debería empezar a organizar sus pensamientos.

¿Desde cuándo era bochornoso dormir con Terry? En Nochebuena él se había quedado a pasar unas pocas horas de sueño a su lado y al despertar, él le había dado un beso en la frente y ella le había preguntado qué quería para desayunar. Era un diálogo normal. Común entre ambos, ¿entonces por qué aquella vez sonó como las palabras que se dirían un matrimonio en una mañana como esa?

¿Pero desde cuándo tenía esos pensamientos incompletos donde pensaba que Terry era… era atractivo? ¡Y lo era, claro que sí! Pero ella jamás le había dado importancia a ello. Todo parecía ser un horrible juego del destino, que la torturaba una y otra vez.

Y entonces…

Terry había aparecido en la habitación y se había recostado junto a ella. Pasándole el brazo por el abdomen. Pegando su cuerpo completamente al suyo y Candy podía sentir su calor. Haciéndola sentir consciente del cuerpo de Terry, de cada respiración, de cada movimiento. Podía sentir su aroma.

Solo le había pasado eso cuando estuvo con Cyrus o con Ethan. Era como si…

Ni siquiera podía pensarlo. Era un mal pensamiento. Una mala noticia. Es más, era tan mala noticia que no podía salir de sus labios. No podía. Ni siquiera debía pensarla. ¡Eran amigos! Ella no podía echar a perder su amistad pensando que Terry era atractivo y que ―¡Por todos los infiernos! ―se sentía atraída por él.

¡Lo había pensado! ¡Había pensado que se sentía atraída por él!

Candy se congelo. ¡Demonios! Eso era malo. Estaba en shock. Era una noticia demasiado impresionante para formar otro pensamiento. Se quedó en blanco, y la única palabra que se extendió por su cerebro fue: Atracción.

Atracción.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

—No.

—Vamos, Candy.

—NO.

—¿Por qué no? Solo es un juego.

―¿Un juego? ¿Beber por cada touchdown hasta que termine el juego? ¡Y eso si no caemos muertos por las náuseas!

―Es divertido ―respondió Albert. Se habían reunido en el departamento de Terry para ver el Super bowl y, aunque al escritor, no le gustaba la cerveza, Candy había comprobado que en grupo la bebía sin chistar.

―Anda, Candy, mira seguro los broncos de Denver no tardan en anotar ―ella miró la pantalla, los broncos llevaban una pequeña ventaja de 3 puntos contra las panteras. Francamente, todo era tan estúpido. A ella casi ni le gustaba el futbol americano, pero de nuevo, Candy tenía una especie de debilidad ―pequeña, no había que confundirse ― por Terry. Candy no respondió, pero tomó el tarro por el aza y bebió cuando a los 6 minutos y algo, Jackson hizo el primer touchdown[1].

Todos dejaron el tarro sobre la mesa cuando terminaron. Candy miró a Serena y a Karen, levantando una ceja porque ciertamente ellas no habían sido de las últimas en terminarse el contenido de un tirón. ¡Qué extraños eran algunos!

Cuatro enormes tarros de cerveza después y tres horas de partido, a Terry le brillaban los ojos. Karen se había ido alegando un envenenamiento etílico y jurando venganza. Albert y Serena le habían seguido. Neil y Susana, así como Archie y Annie estaban en la cocina picando lo que había quedado del bufete.

―¿No crees que estás bebiendo demasiado? ―preguntó la rubia, cuando lo vio aceptar el whisky que le ofrecía Anthony.

―¿Quién eres? ¿Mi madre?

Candy había comprobado, en esos meses, que Terry podía ponerse un poco pesado cuando bebía. Sabía que, al siguiente día, la llevaría al IHop y le pediría una disculpa por haber sido un idiota ebrio.

Terry tenía razón, ella no era su madre… o su novia.

¡Demonios! Ese había sido otro pensamiento que no debía tener. Ridículos pensamientos, siempre invadiendo su mente en los momentos menos esperados. Esperaban que se confiara y ¡zas! ¡Aparecían!

―No te enojes, Candy. Se te notarán más las pecas ―siguió Terry, sonriéndole ―. De hecho, me gusta que te preocupes por mí.

Candy le sonrió.

―Creo que ya has bebido suficiente, Granchester ―dijo ella, alejándole el vaso que puso en la mesa de centro.

―¡Oye! ―se quejó Terry, quien no parecía borracho, solo un poco achispado ―Aquella vez que tú quisiste beber hasta perder el conocimiento, yo no te lo impedí. Me quede como buen amigo a acompañarte.

―Eso fue diferente.

―Y… ―Terry se acercó a su oído para murmurarle ―: No me aproveche de ti a pesar de que querías que te follara.

―¡Terry! ―gritó con la cara totalmente roja y golpeándolo en el brazo por atrevido.

Y él se rio. Y un tibio líquido calentó a Candy, uno que había aparecido de pronto cuando escuchaba una de sus carcajadas. Quizá era la forma en que echaba la cabeza hacía atrás y soltaba esas hermosas risotadas o la forma en que sus ojos se cerraban y su cara se llenaba de una alegría de la que a ella le gustaba ser testigo.

Sacudió la cabeza y se fue a picar con sus amigos, pensando en el comentario de Terry. Había pasado mucho tiempo desde que ella y él tuvieran sexo. Pero no iba a reflexionar en ello porque no pasaba nada de nada.

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Terry era el amante perfecto. Años de experiencia en el arte del amor le habían educado para saber no solo cómo conquistar a una mujer, sino también en cómo llegar a lo más profundo de su alma para hacerla sentir querida. A los ojos de muchos, no había sido más que un patán. Terry prefería no entrar en discusiones con Anthony que, lo acusaba de jugar con los sentimientos de aquellas mujeres porque, sin importar qué dijera no obtenía ningún resultado.

Terry no era un patán, no jugaba con las emociones de las mujeres. Él realmente se interesaba en las jóvenes con las que tenía algún encuentro casual. Tal vez no las había querido como éstas lo habían querido a él. Sin embargo, cada mujer que había besado y tenido entre sus brazos, ocupó en su momento, un lugar importante en sus pensamientos. No obstante, todas habían sido algo pasajero. Chicas del momento.

Cuando le preguntaban por qué no quería tener una relación de más de una noche, siempre respondía que era un alma libre con demasiado amor para darle al mundo. Durante esos meses el escritor se había encargado de pulir sus argumentos para dejar en claro que, efectivamente, no volvería a ser hombre de una sola mujer. Porque Terry temía sentir nuevamente el dolor que venía junto a la pérdida de la persona que amaba. Y para evitar ese sufrimiento, lo mejor era no involucrarse demasiado. Querer y disfrutar de las mujeres al mismo tiempo que las hacía sentir importantes, sin permitirles llegar a nada más profundo era la filosofía que había adoptado.

Y esos meses había dado resultados efectivos ―Incluso trato de meterle la idea a Candy al sugerir que, si la cita con Rizwan no funcionaba, podía darle la vuelta a la situación―, pero como ocurre con las cosas del corazón, no todo sucede como se planea.

Aparte de sus amigos, Terry no se relacionaba con demasiada gente. En el trabajo se limitaba a relacionarse con las personas estrictamente necesarias para sus quehaceres diarios. No tenía contacto con personal que no tuviera que ver con la serie televisiva. Bastante tenía con lidiar con su equipo y era bueno en su trabajo, no había motivo de queja sobre él. Pero viajar constantemente de Nueva York a Londres le restaba tiempo para tener citas.

Así que Karen se convirtió en una especie de extraña distorsión en su hermética y bien organizada existencia, que a fuerza de lo que mejor se le daba ―Encuentros casuales―, había ido perforando poco a poco la coraza de él. Y por algunos de aquellos pequeños agujeritos que Karen había logrado horadar sin saberlo, se colaba un airecillo cálido e inquieto que empezaba a insuflar ideas descabelladas en el cerebro de Terry. Como compartir con aquella castaña sabionda de deportes una o más citas en esos meses: tal vez había llegado el momento de empezar a preocuparse y visitar al psicólogo de la familia. No siempre uno era capaz de darse cuenta que quizá estuviera sufriendo los primeros síntomas de una enfermedad mental.

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―Y entonces, Candy encestó de media cancha, ¿puedes creerlo, Albert? ―El rubio, miró a su amigo interesado en su conversación. Estaban en las oficinas de la editorial esperando a Serena.

―Archie comentó que estudió en Yale con una beca deportiva, no podría ser de otra manera.

―¡Eh, Granchester! ―susurró Karen, sonando de pronto cerca de su oreja. Terry sintió cómo se le ponía toda la piel de gallina y resistió el impulso de cerrar los ojos mientras maldecía para sus adentros.

―Karen… ―contestó, en el mismo tono de voz―. ¿Qué te trae por aquí?

―Me uní a última hora para el almuerzo ―La castaña se giró hacía Albert para preguntarle a dónde irían y Terry lo agradeció. Disgustado con sigo mismo por la reacción de su cuerpo. ¿A que venía ese estúpido deseo por Karen? Por atractiva que fuera había miles de mujeres mucho más hermosas que ella en la ciudad, no era para ponerse así. Con un gruñido ahogado de frustración, Terry tomó el periódico del revistero y lo leyó sin atención, tan poca que ni siquiera notó cuando Karen de nuevo se acercó a él.

―Esta noticia es mía ―señaló con su dedo la joven y Terry dio un respingo. La miró de reojo con expresión curiosa y resignada. Su mejilla estaba tan cerca de la suya que podía sentir su aliento. Karen se alejó pero Terry aún podía sentir cómo le ardía la piel. Tuvo que recurrir a todo su auto control para centrarse y mantener con Albert una breve conversación sobre su viaje a Londres.

―Ahora regreso ―Les dijo la joven a los caballeros.

Karen salió rumbo al sanitario, que estaba al doblar un pasillo. Antes de girar, miró atrás y sus ojos chocaron con los de Terry. Ella tuvo la certeza de que le había seguido con la mirada, y la mirada de ella antes de desaparecer por la puerta fue toda la invitación que él necesitaba.

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Karen había estado recordando su encuentro con el escritor con diferentes estados de ánimo. Había momentos aislados en los que realmente esperaba que Terry la buscara. Otros, en los que las pocas palabras que cruzaron le hacían esbozar una sonrisa secreta, como quien rememora un recuerdo muy bello. Pero la mayor parte del tiempo, su cuerpo deseaba inundarse de Terry.

Serena le había dicho que alejara aquellos pensamientos de Terry porque él seguramente no estaría interesado más que en una noche salvaje, pero le había sido muy difícil mantenerse alejada de él. El hombre le gustaba, ¿qué más daba si sólo la quería para una noche?

¡Dios no era normal desear tanto a alguien!

Ella había ido a almorzar con su prima y con el novio de esta, pero cuando vio que Terry estaba ahí también, su corazón dio un indigno vuelco de quinceañera y se quedó muda unos segundos. Se había acercado prácticamente invadiendo su espacio personal, buscando, sin saberlo, la confirmación a través de ese simple acto. Y esa confirmación llegó, en un pequeño estremecimiento de Terry.

"Está como yo", pensó Karen. Alegrándose al ver que no era la única afectada, que Terry no dominaba por completo la situación, como ella temía.

Karen tenía la impresión de que Albert podía notar las chispas que saltaban entre Terry y ella, el modo cuidadoso en que se miraban o se rozaban. Sentía que si no hacía algo iba a estallar. Y entonces, se disculpó con ambos para refrescarse un poco.

Se marchó y él la siguió después con un gesto tan instintivo como el de un depredador tras su rastro.

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Cuando entró en el baño, se encontró con Karen lavándose las manos frente al espejo. Tenía la cara roja. En cuanto vio que Terry estaba allí, se irguió y se le quedó mirando. No dijo nada, pero sus ojos hablaban por sí mismos y Terry se perdió en esa avellana turbia como un hombre lobo bajo la luna llena. Respirando pesadamente, se dio media vuelta para cerrar la puerta con el seguro.

Fue él quien dio el primer paso hacía Karen y ésta quien alargó la mano para sujetarlo de la corbata, atraerlo hacía ella y abalanzarse vorazmente sobre su boca. Terry se entregó al beso, abriendo la boca, lamiendo su lengua, sus dientes, su paladar. Sin dejar de besarla, Terry la empujó un poco contra el lavabo y metió una pierna entre las suyas, separándoselas y gimió cuando su erección, cada vez más dura fue acariciaba por encima de los pantalones.

―Qué duro estás, Terry. ¿Es por mí?

―Oh, Dios, no hagas eso… sino… me vas a…

Karen le impidió continuar con otro beso posesivo y dominantes. Su mano continuaba sus caricias firmes y Terry, medio atrapado, se dejó llevar por ella. Después, la castaña empezó a desabrocharle los pantalones.

Karen se levantó la falda y se dio la vuelta, apoyando con firmeza las manos en el lavabo, abriendo las piernas todo lo que podía. Terry se apretó contra ella, mordisqueándole la nuca y ella vio a través del espejo su cara de concentración mientras sujetaba firmemente su erección y Karen se mordió los labios para no gemir demasiado fuerte.

―Ojalá tuviéramos más tiempo ―dijo él, cerca de su oreja―. Te haría suplicar.

Pero no disponían de más tiempo. Karen sintió que su interior era invadido por algo duro y caliente.

―Oh, sí, vamos, vamos… ―Le apremió, lanzándole a la puerta una mirada angustiada.

Terry empezó a moverse con embestidas secas y rápidas mientras besaba su nuca y estrujaba sus senos. Karen podía escuchar un ruido gutural y satisfecho.

Sus manos se aferraron al lavabo para no perder el equilibrio por los empujones. Las rodillas empezaron a flaquearle y los gemidos se hicieron más difíciles de contener. Karen se entregó a las oleadas de placer que se extendían por su cuerpo y gritó cuando notó a Terry tensándose y deshaciéndose sobre ella.

Durante unos segundos permanecieron así, Karen inclinada sobre el lavabo y Terry sobre ella, con la frente sudorosa apoyada en su hombro. Pero después la joven se dio media vuelta y lo besó con las pocas fuerzas que le quedaban.

―Quiero quedar contigo en algún sitio ―susurró sin pensarlo demasiado porque no hacía falta pensar nada cuando algo se sabía con tanta certeza.

Terry tenía los ojos cerrados y temblaba un poco.

―Karen… ―Sonaba como si creyera que había alguna estúpida razón para negarse y ella le lamió el lóbulo de la oreja.

―Di cuándo y dónde. Estaré allí.

―Pero…

―Sabes que lo estás deseando ―dijo tentándolo―. Sabes que te mueres por tenerme pidiendo por más.

Él tragó saliva.

―¡Oh, Dios! De acuerdo.

Entonces sonaron unos golpes en la puerta y los dos se apartaron el uno del otro de un salto culpable.

―Karen, ¿estás ahí?

Era Serena. Terry intercambió una mirada de pánico con Karen y cada uno entró a un privado para limpiarse.

Otro insistente toquido, obligó a Karen a responder.

―¡Voy, dame un segundo!

―¿Por qué cerraste la puerta?

Karen salió y quitó el seguro. Serena la miró con los ojos entrecerrados y la siguió hasta el lavabo donde la castaña se lavó las manos.

―Estoy lista, solo tenemos que esperar a Terry.

―De acuerdo.

Ambas salieron del tocador y después de asegurarse que estaba solo, Terry salió y se miró al espejo para comprobar que sus ropas estaban en su sitio y no había manchas sospechosas por ningún sitio.

Cuando se reunió con sus amigos, Albert le miró y Terry adoptó una expresión neutra. Se disculpó y comprendió que lo mejor que podía hacer era marcharse de allí cuando antes y cortar la tensión del momento.

En el asiento del copiloto, con el chofer de Serena a un lado, Karen solo pudo pensar si Terry se decidiría a quedar o no con ella.

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El Lavo en el Midtown East era famoso por sus cenas Pre-Party en el restaurante italiano de su planta superior. Tras una deliciosa cena, uno podía dirigirse directamente al club equipado con la última tecnología para hacer de la fiesta una experiencia increíble. Con la presencia de DJ de fama mundial, atraía a fans del House y el Electro llegados de todas partes.

Candy abrió los ojos casi de manera cómica y Terry no pudo evitar reírse de ella en su cara.

Candy había tenido una cita con el abogado del hospital que había sido un rotundo fracaso y Terry, cansado del manoseo en los bares gay, decidió llevar a Candy a uno de los mejores bares para ligar.

La cantidad de personas era tal que Candy tenía que oprimirse contra Terry para no extraviarse entre la multitud. Él caminaba lo más deprisa que la gente le permitía en un desesperado afán de alejarse de la doctora, pero esta, parecía habérsele pegado a él como lapa.

Terry llegó a la barra, pidió dos whiskys y se giró para inspeccionar a la muchedumbre. Le dio uno de los vasos a Candy, mirando de soslayo a un sujeto que le había dirigido una mirada libidinosa a su amiga.

―¿Bailas, preciosa? ―Terry miró al tipo que había invitado a Candy a bailar. Ella, nerviosa, le respondió:

―No, gracias ―se negó ―. Estoy con él ―explicó mientras señalaba a Terry.

El hombre le dirigió a Terry una mirada llena de desdén y luego se perdió entre el gentío.

―No seas tonta, pecas. Te agradezco la deferencia, pero te traje para que te diviertas y eso quiere decir que puedes bailar y… ya sabes, con quien tú quieras.

Candy se esforzó por sonreírle y pasar por alto a las cuatro chicas que lo saludaron con semejantes arrimones cuando lo vieron en la barra. Terry saludó con educación, pero sin entusiasmo.

―No pensé que guardaras algún tipo de eh… amistad con las chicas con las que te has acostado ―escuchó a Candy mascullar con voz extrañamente apagada.

―No lo hago. La amistad y el sexo no van en el mismo cocktail.

―¿Soy la excepción a la regla? ―objetó la rubia frunciendo el ceño.

―Antes de acostarnos, no éramos amigos, Candy ―la cortó Terry.

Candy lo miró dolida durante un momento, pero se recompuso e insistió.

―¿Qué te haría cambiar de opinión?

―No creo que cambie nunca de opinión. Pero si lo hiciera, supongo que ella tendría que gustarme. Gustarme de verdad… ―Candy no pudo decir más porque se vio interrumpida por la presentación de DJ entre aplausos y aclamaciones ―Ven, Candy, vamos a bailar ―ella se dejó llevar de la mano de Terry.

Se detuvo en medio de la pista de baile y se colocó frente a frente con Candy. El remix de Groove is in the heart empezó, con la aprobación de los presentes en la pista.

Antes de que Candy supiera qué pasaba, Terry la había tomado de la cintura y jalándola, la acercó más a él. Empezando a marcar el paso.

Era difícil para Candy pensar. Aunque no estaban pegados, era imposible alejarse más de treinta centímetros de él y su presencia irradiaba un fervor que la llamaba, diciéndole: "¡Ven aquí, Candy, quiero calentarte!". Candy era cirujana y estaba segura de que un calor no debía ni podía estar diciendo eso, el calor solo significaba movimiento de átomos y moléculas que no hablaba. Pero ahí estaba la misteriosa voz. Devorando los ojos de Terry, porque, de lo contrario, ¿desde cuándo eran tan brillantes?

Como dos dagas que se perforaban su ser, clavándose en su corazón. ¡Oh, no! Había dicho corazón y dagas en la misma frase. ¡Era un cliché romántico!

Tenía que evadir esa atracción, no quería sentirla. Pero ahí estaba, tensando sus músculos, haciéndose consciente de la presencia del cuerpo de Terry como nunca antes la había sentido. A pesar de la poca distancia, podría sentir su respiración y estaba segura que, casi podía escuchar los latidos de su corazón.

Era difícil negarlo cuando estaba tan cerca, cuando olía tan bien y cuando era tan tibio.

Y Candy tuvo que aceptarlo. Se sentía atraída por Terry. Atraída no solo sexualmente, sino más bien, como los objetos por la gravedad, con todo su ser.

Candy clavó los ojos en la boca de Terry, acercándose cada vez más hacía él. A punto de ceder, al borde de todo. Solo un poco…

Vio la punta de la lengua masculina humedecer su labio inferior y eso provocó que ella se relamiera con regocijo.

Conocía su sabor y deseaba con el alma probarlo de nuevo.

Pero…

La canción terminó y Terry no volvió a pedirle que bailaran. Anthony y Henry llegaron más tarde y Terry desapareció en la pista con alguno de sus ligues de la noche, seguro de que Candy estaría bien cuidada y aconsejada por la pareja.

Y Candy comprendió. Lo quería.

Por más que intentaba no mirar en dirección de Terry, simplemente no podía evitarlo. Y ahí estaba, Terry besando a la pelinegra que parecía estarse derritiendo entre sus brazos.

Candy se estremeció de rabia pura y roja. Un escalofrío se extendió por todo su cuerpo y luego se repitió. Bajó y subió por cada centímetro de su piel, erizando todo su cuero cabelludo y cada maldito vello. Tuvo que apretar ambos puños a sus costados.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Candy entró a su apartamento dándole tal empujón a la puerta, que ésta se estrelló contra la pared y se regresó para darle un golpe a Terry que la venía siguiendo. Al parecer era una puerta inteligente y Candy la aprobó.

―¿Qué demonios te pasa, Candy? ―preguntó Terry y ella aprovechó para fulminarlo con la mirada. Estaba sobándose la nariz con un gesto de dolor.

―Obviamente nada ―dijo con una mueca de molestia ―Vete.

―¿Qué no te pasa nada? ¿Por qué te fuiste así del bar?

―Estoy cansada ―gruño ella, entrando al baño para cambiarse ―Quiero descansar. Regresa al bar que seguro esa chica te estará esperando.

―¿Qué te pasa? ―volvió a preguntar recargándose en la puerta del baño ―¿Qué pasó que te tiene tan molesta?

―No me pasa nada. Solo vete.

―Me iré cuando me digas qué ocurrió.

―Déjame en paz ―dijo saliendo del baño y mirándolo amenazante.

―Por supuesto ―respondió, sarcásticamente.

―Terry, vete. No quiero dormir contigo esta noche. Por favor. Solo… vete.

La miró de nuevo y ella tuvo que desviar la mirada ante la intensidad. Aún estaba molesto, pero comprendió que, de seguir así, ambos dirían cosas que no sentían.

―Háblame cuando estés calmada.

Acto seguido, atravesó el departamento en grandes zancadas y desapareció por el pasillo.

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Después de tantos meses Karen y Terry habían coincidido en varias ocasiones, terminando en el apartamento de ella. Los detalles de lo que habían hecho estaban de más, y aunque lo que sucedía entre ellos permanecía fresco en su mente, eso no significaba que le gustara pensar en ello. Ni hablar de comentarlo con alguien, ni siquiera con Candy. En realidad, él y Karen habían llegado a un acuerdo implícito de no mencionar lo sucedido esos idílicos meses.

No obstante, para desgracia de Terry, desde entonces no dejaba de pensar en Karen, a pesar de haber salido con otras. Tal vez había sido la forma en cómo la castaña se sujetaba a él mientras la penetraba, los gemidos que resonaban en sus oídos, o tal vez la voz de Karen susurrando su nombre una y otra vez.

Terry no quería aceptarlo y por eso se iba en cuanto terminaban. Convenciéndose a sí mismo que no era nada serio. Pero habían bastado unas cuantas semanas de constantes sueños en los que aparecía la joven, para notar una cosa: aparentemente sentía algo por Karen.

Darse cuenta no había sido sencillo, aceptarlo lo había sido menos. Después de todo lo ocurrido con Josephine, Terry descubrió que la razón por la que miraba a Karen más de lo que debía considerarse apropiado o que cuando había alguna reunión y ella no llegaba a tiempo; siempre volteaba a la puerta esperando que, al abrirse, fuera la castaña de ojos avellana quien entrara. Era porque había un sentimiento que poco tenía que ver con la simple atracción. Aceptarlo y vivir con ese sentimiento era muy difícil. Y lo que era peor, algo le decía que estaba por dejarse vencer ante sus emociones.

Y entonces, Josephine había aparecido en su puerta diciendo cosas sin sentido y preguntándole si estaba dispuesto a repetir la historia, enamorándose de una mujer que seguía amando a Ethan. Terry, que no la había dejado pasar, le cerró la puerta en la cara sin entender de qué le hablaba.

Luego, Candy reveló que estaba enamorada de él. Lo que lo tomó por sorpresa, no supo cómo reaccionar. Por un lado, creyó que aquella confesión aclaraba muchas cosas, como su actitud para con él o los celos ―Sí, ahora sabía que era por celos aquella ocasión en que discutieron al salir del Lavo―. Pero también se sintió confundido. No era la primera vez que alguien le hacía una declaración así, pero sí la primera en la que la persona en cuestión era su mejor amiga.

Y mientras se marchaba de su apartamento, algo hizo clic en su cerebro: Terry sabía que sería difícil seguir siendo los amigos que eran antes.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

¿Era estúpido? Posiblemente. ¿Se sentía mal por lo sucedido con Candy? Era un hecho. ¿Creía que las cosas volverían a la normalidad? Eso esperaba. ¿Cómo se sentía? Confundido. Terry no había dejado de pensar en lo sucedido y aunque no había hablado con Candy desde ese día, sabía que ella tampoco dejaba de darle vueltas al asunto.

Quizá ambos estaban haciendo una tormenta en un vaso de agua, pero no podían evitarlo. Eran humanos después de todo.

Suspiró. Estirándose en la cama con esa desfachatez post follada. No quería sentirse culpable ―Porque eso es lo que sentía― por prácticamente, haber rechazado a Candy y decirle a Anthony que no la amaba, aunque esa no fuera más que la verdad. Y es que ella no sabía que la había rechazado como tal, simplemente creyó que él no sabía cómo responderle ni cómo corresponder lo que ella sentía por él.

Claro que le gustaba estar con ella, se divertían, hablaban de muchas cosas, siempre tenían muchos temas de conversación. Candy era divertida y no se aburría estando juntos. Pero no creía que todo eso, por mucho que fuera genial, significaba que le gustara. Sí, la rubia era atractiva, no iba a negarlo, pero…

Y sintió un peso oprimirle el pecho. Candy, ¿cuánto tiempo llevaba guardando el secreto? ¿Cuántas veces él había hecho comentarios que seguramente la habían herido? ¿Qué había pasado si lo hubiera callado por más tiempo? ¿En qué momento terminaría por estallar? Si antes solo pensaba que ser un estúpido no era más que una posibilidad, ahora lo confirmaba: Lo era.

―¿Quieres pedirme que me vaya y no sabes cómo hacerlo? ―preguntó Karen, sacándolo de sus pensamientos.

Él negó rotundamente con la cabeza.

―Prometí que podrías quedarte ―dijo―, y yo no puedo irme.

―Es lo que toda mujer quiere escuchar ―Ironizó con desencanto―. Consigo que te quedes en la cama solo porque es tu casa y no puedes irte.

Terry quiso decirle que bien podría irse a la habitación de invitados, pero prefirió el silencio y que ella lo tomara como quisiera.

―¿Qué sientes por mí, Terry?

Él miró al techo.

―Me gustas mucho ―respondió después de unos segundos.

―¿Nada más? ―Insistió.

Se volvió un poco más hacia ella y Karen aprovechó para montarse en él, inmovilizándolo.

―Seguro Serena ya te dijo que no salgo con la misma mujer más que un par de noches. Así que, de verdad, de verdad, me gustas.

A Karen esa respuesta no la satisfizo.

―Mira, Granchester, sé que me dijiste que a ti te bastaba con esto que tenemos y quizá está de más hablar de ello, pero te lo contaré de todas formas. A mí me gusta salir con tipos guapos y follármelos. Soy una mujer libre e independiente. Pero siempre he sido consciente de que quiero compartir mi vida con alguien. He creído encontrar a ese alguien en dos ocasiones. Pero en ninguna salió bien.

Terry la miraba a los ojos, escuchándola con atención.

―Devar era de origen jamaiquino ―Siguió ella―, y creía que no había podido tener mayor suerte por el hecho de que tuviéramos tantas cosas en común, dejando de lado la brecha cultural, hasta que no fue así. Estuvimos juntos dos años, tiempo en que me maté trabajando, pensando que él no ganaba lo suficiente para mantener mi estilo de vida y luego, un día, descubrí que enviaba el 90 por cierto de su salario a sus hermanas ―Perfectamente capaces de trabajar―, y que, aunque nos casáramos y yo fuera su familia, él seguiría procurándolas. Así que decidimos separarnos[2].

Karen se recostó a su lado, Terry se giró para seguir mirándola, con una expresión seria.

―La experiencia me dejó algo así como recelosa, que durante bastante tiempo me dedique al ligue ocasional, sin buscar nada más. Hasta que conocí a Marshall.

―Marshall ―repitió Terry, colocando un mechón rebelde detrás de la oreja femenina.

―Sí, Marshall. A veces me preguntó cómo pudimos soportarnos tanto tiempo.

―¿Cuánto?

―Casi tres años ―respondió―. Y parece todavía el doble cuando andas discutiendo todo el día con tu pareja. Haciendo las paces, volviendo a discutir, hasta que llega un momento en que ya no sabes por qué sigues con esa persona; ni por qué te enamoraste de ella en principio, ni cómo diablos estás en esa situación.

―Vaya… ―musitó Terry.

―Sin embargo, y a pesar de esos fracasos, he mantenido una actitud positiva y no me he cerrado a una nueva posibilidad de estar con alguien. Como contigo, por ejemplo. Estoy segura de que, si olvidas tus propios fracasos y le das una oportunidad a esto, podría resultar.

Karen sabía que Terry había sufrido una decepción amorosa, pero Serena y Albert se quedaban callados cuando notaban que ella los escuchaba. Ella esperaba que en ese momento él le confesara sobre esa desafortunada relación, que le había llevado a adoptar esa actitud tan cerrada, pero no lo hizo.

―¿Y si no sale bien? ―preguntó―. ¿Si al final te das cuenta de que yo tampoco soy lo que quieres?

Karen le miró pensando, ¿acaso Terry no había sido lo que alguien deseaba cuando él sí deseaba serlo para ese alguien?

―Puede ser que quien no resulte ser lo que tú quieres sea yo ―respondió Karen―. Aunque, aquí entre nos, ¿dónde vas a encontrar a una mujer más genial que yo?

―Loca.

Pero pronunció ese loca suave, que sujetaba una sonrisa que pugnaba por salir y a la que Terry parecía no querer rendirse todavía. Se recostó boca abajo y miró al techo. Era extraño, mientras que con Candy había sido muy fácil decir no, con Karen el deseo de decir sí era cada vez mayor. Y entonces, la castaña lo besó con todo lo que tenía, labios, lengua y dientes, impulsando su cuerpo sobre el suyo como si fuera a devorarlo.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Karen abrió los ojos. Detrás de la enorme cama había una ventana, la cortina estaba entre abierta y el sol se colaba por ahí. Su rostro estaba casi frente a la mesa de noche sobre la cual había un reloj digital. Al moverse la sábana que la cubría se deslizó un poco, dejando su pecho desnudo. No hacía frío, pero el cambio de temperatura hizo que su piel se erizara de inmediato. No había volteado aún, pero podía sentir el calor proveniente de un cuerpo junto al suyo. Se apoyó en el brazo derecho para levantase y, al girar, vio a Terry. Estaba despierto, aunque su mirada estaba fija en algún lugar del techo. Quizá Terry tuviera un fetiche o algo así, fue un pensamiento pasajero de Karen.

―Hola ―murmuró la castaña, acercándose al rostro de Terry e inclinándose un poco más para besarlo.

―Esto es una locura ―Terry suspiró. Miró fijamente a Karen, sin saber qué decir o cómo actuar, no cuando ella lo miraba de esa forma tan extraña, llena de una calidez inusual y al mismo tiempo con ansiedad mal disimulada. Se acomodó en la cama, carraspeó un poco, nervioso y volvió a suspirar.

―No te quiero pegada a mí todo el tiempo ―dijo él―, me molesta la gente empalagosa.

―Haré que te guste.

―No, no lo harás ―advirtió.

―De acuerdo.

―Karen, solo quiero que sepas una cosa, mantén los pies en la tierra. Nada es eterno, las cosas cambian, nosotros cambiamos. Lo que hoy nos hace felices mañana puede destrozarnos.

―Soy muy consciente de ello.

Karen se acomodó sobre él una vez más, acunando su rostro entre sus manos y le besó tiernamente. Terry acaba de decirle que no le gustaban esas cosas cursis, pero ya le había advertido ella, haría que le gustaran. O cuando menos, que las tolerara.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Terry buscaba a Candy en el juego de asesinos, la había perseguido por buenos quince minutos sin alcanzarla, esquivando rivales para continuar en el juego y decirle lo que tenía que decirle.

Ella estaba escondida acechando a Annie.

―Candy ―La llamó, pero ella fue más rápida y le quitó su foto, estaba a punto de echar a correr, cuando él la detuvo del brazo―. Por favor, necesito hablar contigo.

Ella notó la seriedad con que él la miraba.

―¿Pasa algo, Terry?

Él tomó su tiempo, cosa que Annie aprovechó para despojarla de su foto y las de sus víctimas, desapareciendo por la esquina.

Terry suspiró y la guio a un lugar más privado. Ella notó la expresión de duda en su rostro, pensando que todo el tiempo durante la fiesta permaneció con su rostro impasible; restándole importancia a algo que, en realidad, le importaba mucho y le molestaba aún más. Ella se acercó y se puso a su lado, recargando su cabeza en el hombro.

Pasó casi un minuto, Terry tocó la mejilla de la rubia y ella levantó el rostro y él se encontró con los ojos verdes de Candy y su miraba preocupada. Aún no sabía qué decir y estaba consciente que debía decir algo, lo que fuera, pues parecía que de no hacerlo, Candy explotaría por la expectación.

Sintió su rostro arder y lo primero que atinó a hacer fue a desviar la mirada. Era como si seguir viendo a los ojos de su amiga, solo lo pusiera más nervioso. Balbuceó algo, pero ninguna palabra coherente salió de su boca. Se detuvo y suspiró pesadamente y entonces, más calmado miró de nuevo a Candy y le dijo:

―Estoy saliendo con alguien ―Candy, le sonrió, él notó que su sonrisa era diferente a la de otras ocasiones. Es una sonrisa más bien forzada, casi triste. No le agradó ver aquella expresión en el rostro pecoso―. Lo siento.

Candy puso una mano en el hombro de Terry.

―Ya lo suponía. Tu reacción hace unos días me lo dijo ―respondió ella.

―Lo siento.

―No lo hagas, me haces sentir peor ―Terry, no supo interpretar ese comentario, pero no se atrevió a pedir una respuesta más clara―. Seguiremos siendo amigos, ¿verdad?

―¡Por supuesto que sí! ―exclamó él―. Eso no tienes por qué preguntarlo.

Candy volvió a sonreír de la misma manera como lo hiciera antes y ahora fue él quien debió forzar una sonrisa.

―¿Vas a presentármela? ―Él asintió en silencio, volviendo a sentirse incómodo.

―Ella vendrá a la fiesta…

―¿Es alguien conocida? ―Pero Terry, no pudo responder porque en ese momento un grupo vitoreando a Albert los interrumpió.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

―Lo siento, Karen él es Henry Bianchi, es la pareja de Anthony ―El joven le sonrió y le tendió la mano―. Henry, ella es Karen Klaiss, prima de Serena y… mi novia.

―¡Feliz cumpleaños, Candy! ―exclamó Karen, abrazando a la rubia. Candy respondió el gesto mecánicamente.

―Gracias, Karen. ―La castaña se giró a Henry.

―¿Henry? ―preguntó, sonriendo.

―Una broma cruel del destino, o de mi madre. Ella es inglesa y cuando nací aún no tenían un nombre, mi padre quería ponerme Lorenzo, pero ella le gritó que no había pasado 13 horas de parto para que él hiciera su voluntad ―Henry, sonrió divertido y Karen le secundó.

―Debió ser difícil.

―No realmente, cuando tenía un año, nos mudamos a Francia y a los 21 me mudé a San Francisco, apenas hace dos años vine a Nueva York.

―¿San Francisco? ―preguntó interesada, la castaña―. Yo soy de ahí… ―Henry y Karen se sumergieron en una entretenida plática sobre aquella ciudad. Karen tomó la mano de Terry en un momento que no pasó desapercibido por Candy. Anthony que veía toda la escena un poco incómodo, le pidió a la rubia que si lo podía acompañar a darle un pequeño regalo a Stear y Patty por su futuro bebé. La rubia le agradeció en silencio el gesto.

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Ver en pareja a dos de sus amigos y, especialmente, al hombre del que estaba enamorada no fue tan raro como ella pensó. Fue peor, muchísimo peor.

Las primeras semanas fueron bastante incomodas. Sobre todo, cuando se reunían todos para alguna celebración. Tenía que ser cuidadosa con sus gestos o con lo que decía. Ellos por su parte, no escondían lo enamorados que estaban.

Hubo un momento en que Candy pasó quince horas en quirófano y después de una breve siesta en las habitaciones de descanso, desvió el auto para ir a casa de Terry y dormir un poco. Grave error. Cuando abrió la puerta se los encontró magreándose en el sillón. La rubia se quedó helada, sin saber qué hacer. Durante unas milésimas de segundo, consideró la idea de dar media vuelta y golpearse la cabeza contra la pared con la esperanza de sufrir amnesia. En cambio, Terry carraspeó con fuerza y la cara totalmente roja, tratando de salir del embarazoso momento.

Candy sonrió y se despidió de la pareja, agradeciendo que ninguno intentara hacer contacto visual. Ella no tenía claro quién se habría sentido más incómodo, si ella o ellos.

Hacia finales del mes de junio, Karen y Terry eran inseparables en las reuniones. Siempre estaban agarrados de la mano y se hacían carantoñas en público. Candy se esforzaba al máximo por llevarlo bien, pero sentía una punzaba de celos cuando los veía, una que no podía evitar.

Y sabía que ella no tenía derecho de estar molesta con Terry, él no había hecho nada malo. Y, aun así, se sentía irritada cada vez que lo veía. Después de un tiempo, como pasara en su momento con Archie, Terry le llamaba para cancelar los planes que ya habían concretado con anterioridad. Y ella sabía que lo hacía para salir con Karen.

―¿Quién diría que volveríamos a ver a Terry así? ―Candy le escuchó decir a Susana, estaban celebrando el cumpleaños de Albert.

―Ese estúpido… ―contestó Neil ―Dijo que no volvería a tener novia, ¿pero era necesario que fuera del círculo? Si terminan esto se pondrá muy incómodo.

―¡Eso no pasara! Solo hay que verlos.

Candy hizo muecas y regresó su atención a Archie, pero de reojo seguía los movimientos de la pareja de castaños. Irreflexivamente, la pecosa deseó que algún travieso activara la alarma de incendios y, de esa manera, todos salieran corriendo. Miró a todos lados buscando la alarma bastante decidida a ser ella la traviesa que apretara el botón.

No encontró nada parecido y volvió sus ojos a la escena que se le antojaba la peor de su vida. Porque lo más terrible de aquello era la manera en que Terry ―odiolosacuchonesenpúblico ―parecía disfrutar todo lo que Karen le hacía.

¿Por qué estaba tan celosa? Simple… porque lo quería. Para ella.

Candy se estremeció. Eso era demasiado, no era posible que ella se estuviera diciendo eso. La impresión de su descubrimiento la paralizó, sintiendo el peso del mundo caer sobre ella.

Primero había sido atracción. Luego se supo enamorada de él. Pero ahora, comprendía que ella de verdad, lo amaba. Quería negarse tal cosa a sí misma porque aquello que, debía ser bonito de descubrir para ella no lo era, más bien pensaba en otro tipo de adjetivos, tales como los que se usan para describir terribles desastres.

Porque así era como se sentía, tremendamente derrotada por la fuerza de la naturaleza, del destino, del karma y todas esas frases que existían para momentos como ese.

¿Qué podía hacer al respecto? Candy sucumbió ante el pánico causado por esa pregunta.

Concentró su total atención en Terry, frunciendo el ceño y liberando una guerra interna.

Si iba tras Terry, si se interponía en su relación… ¿significaba que le haría a Karen lo mismo que Ethan y Josephine les habían hecho a ellos?

O pero aún, ¿Terry la rechazaría y perdería a su amigo para siempre?

Ese pensamiento la asusto, provocando que tomará una decisión.

―Me han ofrecido un estudio clínico ―contó Candy.

―¿En serio? ¡Felicidades! ―Se entusiasmó Stear. Patty se había quedado en casa después de una guardia de 20 horas en el hospital. Sus otros amigos también la felicitaron.

―Es en Alemania, me iría por seis meses.

―No puedes hablar en serio ―intervino Terry por primera vez.

―¿Por qué no? Es mi carrera, el estudio es sobre perfeccionar mi método. No es como si aquí tuviera algo que me retuviera ―respondió y sin esperar respuesta, se levantó para ir al sanitario. Sintió una mirada fija en ella, más no volteó. Lo mejor, decidió, era fingir que no sucedía nada. Y eso se repitió todo el tiempo que le tomó volver a la mesa.

Para ese momento, Terry, Karen, Albert, Serena y Stear ya se habían ido. Quizás fue grosero que se fueran sin despedirse, pero para Candy aquello fue lo mejor.

Y se odio por pensar así.

Archie y Annie se fueron minutos después. Henry se ofreció a pagar la cuenta y fue a la caja.

―Te lo contó, ¿verdad?

Anthony desvió la mirada de su novio. Candy le observó atentamente, intentando leer su expresión, pero solo encontró tranquilidad, quizá demasiada.

―Sí ―Le respondió. Intentó sonreír, sin embargo, se sentía un poco avergonzada de hablar sobre eso con él. Aunque no podía evitarlo, necesitaba hablarlo con alguien y Anthony parecía la mejor opción.

―Me rechazo…

―Yo no diría…

―No corresponde mis sentimientos, eso es rechazarme…. Además esta con ella. Con Karen.

Permanecieron callados. Él esbozó una sonrisa amable y tomó la mano de la rubia entrelazándola con la suya.

―¿Es difícil para ti? ―preguntó de pronto el rubio.

―Bastante.

―Deberías ir a Alemania ―Siguió él―. Un tiempo a solas podría servirte para pensar bien en todo esto.

―¿De verdad lo crees?

―Estoy seguro de que tomar distancia será lo mejor para ti. Bueno o malo, es lo que debes hacer. En este momento estás demasiado dolida y confundida. Necesitas alejarte de Terry.

―Hablas como si no quisieras que siguiéramos siendo amigos.

―Para nada, solo soy demasiado observador y me gusta inferir más de lo que te imaginas.

Candy sonrió de una manera que ni ella sabía cómo interpretar.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Terry llevó a Candy al aeropuerto, la noche anterior todos sus amigos y su mamá la despidieron con una cena en el restaurante de Anthony.

―Seguiremos en contacto por whatsapp. Hablaremos cada noche.

―Quizás ―respondió ella y esa respuesta lo tomó por sorpresa.

―¿Quizás?

―Terry, deja de fingir, sé que las cosas no serán como antes, no tienes por qué esforzarte en simular que sí ―Él no encontró forma de responder a ese argumento.

―¿Estás enojada?

―No ―La sonrisa de ella fue sincera y lo tranquilizó―. Pero sé que esto es incómodo, para ti y para mí. Estar lejos estos meses nos hará bien, para pensar. Quizá te escriba o llame, pero no prometo hacerlo. Esto también es difícil para mí, solo intento sobrellevarlo con madurez, lo que sea que ello signifique.

―Entiendo ―Él puso una mano en el hombro de ella.

―Gracias.

Sonrió y cuando Terry le dio un abrazo, no tardó en responderlo. Tal vez de forma inconsciente, respiro profundo y vagamente le llegó una agradable fragancia, una loción. Sonrió un poco y Terry la soltó.

―No vemos, Terry.

―Espero que quede claro que sigues siendo mi mejor amiga.

Candy lo miró pensando que, quizá ese era precisamente el problema.

Continuará…

Espacio para charlar

¡Hola, chicas hermosas!

¿Cómo están? Uff, este capítulo lo terminé desde el 14, pero en las revisiones salieron detalles y apenas ayer tuve oportunidad de revisarlo y agregar cosas que creo eran necesarias para explicar mejor.

Como se habrán dado cuenta el capítulo anterior estuvo lleno de momentos y este capítulo tiene algunos trasfondos que el anterior no tuvo para explicar mejor las cosas.

Sé que muchas querías que Candy se alejara de Terry, pero eran muy drásticas, espero que en este capítulo hayan comprendido mejor el sentir de ambos. Sé que es difícil leer esto, pero todo va siendo necesario para lo que se viene en los siguientes dos o tres capítulos.

No voy a apresurar la trama, pero tampoco la alargaré innecesariamente.

Sé que hay mucho por responder, pero si lo hago hoy seguro publico el capítulo hasta mañana y no quiero hacerlas esperar más.

Espero darme el tiempo de responder lo antes posible entre los reviews.

Antes de irme tengo algunas novedades…

Primero ¡Gracias por todos los reviews del capítulo anterior! La verdad creo que nunca había recibido tantos y me siento super feliz por ello.

Segundo, Unbreak my heart está nominado en los premios Terryfic en las categorías Mejor fic en proceso, Mejor fic en proceso romántico, Mejor fic en proceso erótico y Mejor fic en proceso universo alterno. Así como su servidora en Mejor Autora, este concurso lo organizamos con algunas autoras como lo son Jari Grand, CandyPecosa y Doralix y también es por ello que he demorado en escribir, pues estoy viendo lo del concurso. Si alguna me nomino, se lo agradezco de corazón por pensar en esta sencilla historia. Y si no saben dónde se lleva el concurso pueden darse una vuelta por el grupo de Facebook Autoras Candy & Terry. Las votaciones se cierra mañana, 20 de febrero, y se anunciaran a los ganadores el 22.

Tercero, con algunas cositas que pasaron las últimas semanas, muchas autoras han decidido irse de esta plataforma y me han estado preguntando si soy una de ellas. La verdad, es que sí, pero aún no tengo una fecha para ello, así que de momento seguiré aquí hasta que todo esté listo para la mudanza.

Lamento si esto las disgusta o creen que esto es una grosería, de verdad, me disculpo por ello, pero esta es mi decisión y espero que puedan respetarla.

DreamKt y Danielle Agreste, ustedes seguirán recibiendo los archivos como hasta ahora para sus adaptaciones, no se preocupen.

Bien, chicas, me despido por el momento y les agradezco que sigan leyendo.

19 – feb – 2019

Ceshire…


[1] Super bowl L Denver vs Carolina.

[2] La historia y el nombre, los tome de una de las temporadas de "Todo en 90 días"