Sinos
- ¿Quién es quién? – preguntó Narcissa tras constatar que en reverso no había nada apuntado, ninguna pista que permitiera dilucidar la identidad de los retratados.
Las dos fotos habían aparecido dentro de un sobre, en el fondo de un cajón, en el aparador de la salita que daba al jardín trasero. Se trataba, sin duda, de Sirius y Regulus. El mismo pelo negro y abundante, las mismas facciones, hasta los mismos gestos mientras agitaban un babero con las manitas gordezuelas...Pero, tratándose de recién nacidos, para Narcissa era imposible distinguirlos. Druella extendió la mano y a continuación las contempló con atención.
- Este es Sirius .- dijo devolviendo la que tenía en la mano derecha a su hija.- Y este es Regulus.- y le tendió la otra fotografía. Narcissa las miró un instante, sin decir nada, y procedió a anotar los nombres por detrás, junto con la indicación "recién nacido" y sus correspondientes fechas.
Sirius fue un bebé grande, de más de cuatro kilos. Además, no ponía bien la cabeza, de manera que la comadrona tuvo que extraerlo tirando con unos fórceps, lo que le dejó un lateral de la cabeza bastante hinchado durante unos días. Claro está que Walburga tampoco colaboró mucho. En realidad, dedicó la mayor parte de sus fuerzas a chillar y a soltar barbaridades. Druella lo recordaba bien. Por alguna tradición ancestral de la familia Black, porque era madre experimentada, o simplemente por fastidiar, Walburga se había empeñado en que estuviera presente en el parto, cosa que Orión, el padre de la criatura, no hizo. Sirius nació con sus ojos grises muy abiertos y las uñas moradas. Ella lo constató a la vez que una de las dos comadronas, una bruja profesional que enseguida se lo llevó a una mesa aparte y procedió a tratarlo, mientras la otra cosía a Walburga, que chillaba como una energúmena y juraba por Merlín que le soltaría un maleficio en cuanto pudiera agarrar su varita. Fue tan laborioso terminar de atender a la madre que el bebé, después de aguardar mucho tiempo despierto mirando a unos y otros aunque no fuera capaz de ver nada, se quedó dormido. Y durmió durante cuatro horas.
Regulus, en cambio, fue un bebé muy pequeñito, apenas dos kilos y medio. Walburga lo trajo al mundo como quién va un momento al baño. De hecho, a punto estuvo de parir en el inodoro. La parte buena para Druella fue que no tuvo tiempo de asistir al evento. En realidad, a las comadronas casi no les dio tiempo tampoco. Regulus tenía los ojos cerrados y los párpados hinchados, y estaba un poco frío, por lo que inmediatamente lo pusieron junto a su madre y la instaron a darle de mamar, algo que Walburga hizo con bastante desgana y mucho trabajo, porque el niño, con los ojos cerradísimos, succionaba su pezón con una avidez tremenda, y aquello dolía.
El momento de sus nacimientos, meditó Druella, de alguna forma había anticipado el sino de cada uno. El de Sirius, acabar sus días como una promesa frustrada, mientras que Regulus, en cambio, fue el ser un fracaso aparente.
Notas
Nunca pongo en mis historias a una bruja dando a luz en San Mungo, porque según el cartelón de la entrada (es decir, tal y como Harry lo lee), no hay maternidad. Tampoco me parece que sea ni una enfermedad ni una herida mágica. Y puesto que una de las habilidades de las mujeres que tradicionalmente fueron tildadas de brujas era hacer de parteras, he considerado que existen comadronas, aunque es posible que ahora sea una especialidad de la medimagia.
Tenía esta viñeta en mente, y por eso la he podido escribir en un ratito en esta semana sanferminera. Entonces ocurrió que Alle-Halle me hizo caer en cuenta que no tengo nada dedicado especialmente a Cissy. En ello estoy, aunque no se cuándo me podré dedicar a ello.
Y bueno, pues que no puedo evitar ponerlo: psssssssss PUM ¡Viva San Fermín!
