Capítulo 10.
Daisuke esperó hasta que oyó perderse sus pasos en la distancia. Luego salió de la cama, se acercó a la puerta y escuchó. Fue hasta su mesa y encendió la lámpara pequeña que había sobre ella. Cogió su grabadora y la puso en marcha.
—Probando, probando—susurró.—Microcasete número dos—habló. Carraspeó, pensó un momento y comenzó a hablar.
—Hola, tío Itachi, soy yo otra vez. Daisuke. Sólo quiero decirte que papá ha vuelto a casa por fin y ha conocido a Sakura. Todo va bien, aunque las cosas no han salido como yo las había planeado.Pero es que papá no llamó como tenía que haber hecho y Sakura se cayó por el tubo de la cesta de la ropa y vinieron los bomberos y papá estaba raro. Pero después de que yo le contara lo fantástica que es Sakura, se alegró tanto que le dio quinientos dólares por haber cuidado tan bien de nosotros. No sólo eso, sino que Sakura, él, los niños y yo hemos salido juntos esta noche por primera vez. Papá y ella se han sentado juntos y papá cree que es bonita. El único problema es que tiene que marcharse otra vez de viaje, así que ha pensado buscarnos otra niñera.Pero no quiero que te preocupes por eso, porque he pensado en ello y tengo un plan. Lo único que tengo que hacer es asegurarme de que nadie más quiera el empleo y papá le pedirá a Sakura que lo haga ella y así descubrirá que es la mujer perfecta para nosotros. Sencillo, ¿eh? No creo que nada salga mal. Daisuke Uchiha, tu sobrino favorito, se despide por ahora.
Oh, P.D. Te envío nueve dólares con cuarenta centavos para que me compres un anillo grande de diamantes y lo envíes lo antes posible. Gracias.—
Daisuke apagó la grabadora con una mueca de satisfacción. Rebobinó la cinta, la sacó y la metió en un sobre en el que había escrito ya la dirección. Añadió el dinero, chupó el sobre y lo colocó de pie sobre la mesa para asegurarse de que no se olvidaría de echarlo al correo a la mañana siguiente. Luego apagó la luz y se metió en la cama.
Sí. Ya sólo le faltaba resolver el problema de la niñera para poder concentrar toda su atención en la Operación Pelirosa. Se quedó dormido sonriendo.
—Todavía no comprendo por qué tenemos que tener una estúpida niñera—dijo Chanyeol a la mañana siguiente, por centésima vez.
Sus hermanos y él estaban sentados en la sala de estar, amueblada con sofás y sillones blancos, mesas de caoba, macetas de plantas y una alfombra oriental del tamaño de un campo de fútbol.
Estaban ya vestidos y con el rostro y las manos limpias. Sus piernas, demasiado cortas para llegar al suelo, colgaban por el borde del asiento.
—Porque necesitan a alguien que los cuide—Sasuke miró su reloj y frunció el ceño. Eran las diez y media, lo que significaba que la primera candidata se retrasaba ya quince minutos.
El día empezó a torcerse desde el momento en que se despertó. Después de una noche de poco descanso, en la que no dejó de tener sueños eróticos con Sakura, consiguió dormirse profundamente poco antes del amanecer.
Cuando abrió los ojos después de las nueve y bajó corriendo, descubrió a los tres niños en la cocina. Sarada había invitado a desayunar a Katsuyu, pero el animalito se escapó. En la busqueda que siguió, los niños tiraron al suelo una lata de harina, los frascos de especias que ocupaban una estantería pequeña y una jarra de zumo de manzana.
Sasuke se disponía a limpiarlo cuando entró la señora Yamanaka, la sustituía temporal del ama de llaves. Echó un vistazo a aquel lío, dijo que le dolía la cabeza y anunció que se marchaba a casa.
Lo único bueno que había ocurrido fue que la mujer de la agencia se las arregló para conseguir cuatro candidatas para la entrevista. Le aseguró animosa que entre ellas encontraría lo que buscaba, pero Sasuke no se sentía tan optimista.
—¿Por qué no puedes cuidarnos tú?—exigió saber Sanosuke.
—Porque tengo que trabajar—respondió Sasuke.
—¿Y por qué no puede cuidarnos Sakura?—preguntó Diauske.
—Porque ése no es su trabajo—suspiró el azabache.
—Pero a ella le gustamos—se quejó Sarada.
—Estoy seguro de ello—murmuró Sasuke. —Pero olvidas que sólo estará aquí una temporada corta—inquirió.
—Pero nosotros queremos que se quede más—replicó Daisuke, testarudo.
—Y no queremos ninguna niñera estúpida—corroboró Sanosuke.
—Pues es una lástima, porque sí o si van a tener una…—Sasuke se esforzó por reprimir una punzada de remordimientos ante la infelicidad que denotaban las voces de los niños.—Miren, les prometo que encontraremos a la persona adecuada—comentó. Se acercó a la ventana al oír acercarse un coche.
—Allá vamos—dijo, saliendo hacia la puerta principal.—Confíen en mí, todo saldrá bien—sonrió ladino.
—¿Ah, sí?—musitó el hermano mayor. Daisuke intercambió una mirada con sus hermanos.—Eso ya lo veremos. —sonrió ladino.
