Descargo de responsabilidad:

Skip beat! no me pertenece.

Esta historia es una adaptación de la novela de Patricia Kay (DOS CORAZONES ATRAPADOS)

Es un capítulo algo corto, espero que disfruten la lectura.

Capítulo 9

Ren decidió jugarse el todo por el todo. Después de hacer varias búsquedas, llamó e hizo una reserva en Granvia restaurant, situado en una colina con vistas al río Kamo, varios kilómetros al norte de la ciudad. Al parecer, el Granvia era uno de los mejores restaurantes. Además, los viernes y sábados por la noche un grupo tocaba música en directo. Parecía perfecto y romántico, justo como quería. Después de todo, no tenía mucho tiempo para cortejar a Kyoko. Sólo faltaban nueve meses para la fecha límite marcada por Kuu.

Ren fue hasta su casa en Tokio y recogió uno de sus trajes favoritos: unos pantalones grises hechos a medida, una camisa de seda gris oscura y una chaqueta de cachemir negra. Era una ropa cara, pero si ella le comentaba algo al respecto, admitiría tímidamente que de vez en cuando se daba el capricho de comprarse buenas ropas.

En el camino de vuelta a Kyoto, se detuvo en una floristería. La florista, una hermosa mujer de unos cincuenta años y ojos verdes, le preguntó si podía ayudarlo.

—Querría un ramo de flores. Creo que rosas.

—¿Para una mujer?

—Una mujer especial —dijo.

—¿De qué color tiene los ojos?

Ren parpadeó.

—¿los ojos? claros. Bueno, en realidad, ámbar.

—Entonces le sugiero rosas color melocotón.

En cuanto Ren las vio, supo que eran perfectas.

—Que pasen una buena noche —dijo la florista después de que ren hubiera pagado las flores y se estuviera marchando.

—Eso pretendo —le respondió sonriendo.

Dejó su apartamento a las seis y cuarenta y cinco y llegó a la urbanización de

Kyoko diez minutos después. La florista le había convencido para poner las flores en un jarrón.

—Se alegrará de haberlo hecho —le había dicho —. De lo contrario, esa mujer especial tendrá que encontrar un sitio donde ponerlas y puede que no tenga un jarrón tan alto.

Con el jarrón en una mano, Ren llamó a la puerta con la otra. Ella abrió cuando el timbre sonó por segunda vez.

¡Dios bendito! Se quedó impresionado al verla. Llevaba un vestido negro corto sin mangas con cuello alto a juego con unas sandalias de tacón altas. Se había peinado la melena hacia atrás y la llevaba sujeta por una diadema de terciopelo negra. Además, unos pendientes de diamantes destellaban en sus orejas.

Preciosa.

No había otra palabra para definirla. Estaba preciosa.

—¡Guau! —exclamó él.

Ella sonrió.

—Me he arreglado bien, ¿eh?

—Eso es decir poco.

Se apartó para dejarlo entrar.

—Tú también —le dijo —. Una ropa muy bonita.

—Gracias —le entregó las flores —. Espero que te gusten las rosas.

—Me encantan las rosas y éstas son preciosas. Gracias.

Pudo ver que su agrado no fue fingido y eso le hizo sentirse bien. Intentó recordar la última vez que le había comprado flores a una mujer de un modo espontáneo, pero no pudo. De hecho, no podía recordar la última vez que había estado deseando estar con una mujer. La mayor parte de su vida social consistía en asistencias obligatorias a cenas de etiqueta.

Cuando Kyoko se dio la vuelta para dejar el jarrón sobre el pequeño aparador de la entrada, la respiración de Ren se detuvo por un momento. Su vestido terminaba en forma de «V» por la espalda, casi hasta la cintura, y dejaba al descubierto una suave piel de porcelana.

—Necesitarás algo de abrigo —le dijo —. Ya está refrescando.

—Lo sé —agarró un chal negro que tenía sobre una silla, con la tapicería bordada, junto al aparador y se lo echó sobre los hombros. Después, tras levantar el pequeño bolso de seda que se escondía debajo, le dijo con una resplandeciente sonrisa:

—Estoy lista.

Al salir al exterior, Ren pudo oler su perfume, ligero y limpio; la misma fragancia que se había imaginado que llevaría. Cuando llegaron a la camioneta, la ayudó a entrar. Sus piernas lucían fantásticas con esos tacones. Se preguntó si ella se habría dado cuenta de eso.

—Lo siento, no tengo un coche lo suficientemente bonito para la ocasión.

—Me gustan las camionetas —dijo ella con una sonrisa.

—Eh, ¿qué le ha pasado a tu coche? —le preguntó cuando ya estuvo sentado en el asiento del conductor.

—Mi vecino me ha ayudado a arrancarlo esta mañana y lo he llevado para que le cambien la batería.

—Bien.

Se movió sobre el asiento, lo que hizo que la falda se le subiera unos centímetros. Sí, allí estaban otra vez esas impresionantes piernas. De hecho, le estaba resultando difícil mantener los ojos fijos en la carretera.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

Ren sonrió.

—Es una sorpresa —la miró y añadió —: ¿Quieres escuchar música?

—¿Qué me ofreces?

Pensó en los CDs que llevaba.

—Sheryl Crow, Martina McBride, Michelle Branch, Beyoncé, James Taylor, los

Beatles, Coldplay… también llevo algo de música clásica, si lo prefieres.

Ella comenzó a reírse.

—Es la mezcla más rara de música que he oído en la vida.

Ren se rió tímidamente.

—Tengo unos gustos algo eclécticos.

—Ya.

—¿Entonces?

—Martina McBride.

Insertó el CD. La primera canción era My Baby Loves Me, y casi al instante Kyoko ya estaba tamborileando con sus dedos sobre la guantera que separaba los asientos delanteros y tarareando al compás de la música. Cuando la canción terminó y comenzó la siguiente, dijo:

—Vamos a Granvia Kyoto, ¿no?

—Sí.

Ren podía sentir sus ojos sobre él. Se volvió hacia ella y le preguntó:

—¿Qué?

—Estás lleno de sorpresas, ¿verdad? ¿Cómo conoces el Granvia?

—Por Internet. He buscado restaurantes y ése parecía ideal —en ese momento se preguntó si había cometido un error. No podía permitirse hacerla sospechar otra vez ahora que parecía que por fin confiaba en él. Ante todo, necesitaba ponerle un anillo en el dedo —. Quería llevarte a un sitio bonito.

—El Granvia es muy bonito —dijo ella con tono suave—. Hace mucho que no voy. De pronto, Ren se dio cuenta de lo mucho que deseaba complacer a esa mujer… y no dejar de hacerlo. Tal vez el plan de su padre no era nada ortodoxo, pero parecía estar funcionando. Era la primera vez en años, tal vez incluso en toda su vida, que se había sentido así por una mujer. Normalmente, siempre había estado contando los segundos hasta poder huir.

—La entrada está una vez que pasemos esta curva —dijo ella—. Quedará a tu izquierda —sonrió cuando él la miró—. Cuesta verla si nunca has estado aquí.

Si hubiera ido solo, Ren se la habría pasado. Sólo una pequeña señal marcaba el giro y en la oscuridad resultaba casi imposible de ver.

El camino subía por la colina durante unos noventa metros antes de girar a la izquierda y atravesar un pinar. Finalmente llegaron al rústico edificio rodeado de árboles que bordeaba al río Kamu por la derecha. Los árboles estaban adornados con luces diminutas.

Le entregó la camioneta al aparcacoches y, tras agarrar a Kyoko del brazo la condujo dentro del restaurante. Una guapa jefa de comedor con el pelo largo y negro y una sonrisa brillante los recibió. Ren estuvo a punto de decir su nombre verdadero, pero se corrigió a tiempo, y en seguida los llevaron a su mesa junto a la ventana. El río que quedaba al otro lado de la ventana era como una franja negra parcheada con la luz de la luna que brillaba sobre él.

Ren miró a su alrededor. Había estado en muchos otros restaurantes lujosos y el Granvia Kyoto no se podía comparar a los demás en cuanto a su exquisita atmósfera.

Si encima la comida hacía honor a la excelencia que prometía, sería un hombre feliz. Unas treinta mesas formaban un círculo en torno a una pequeña pista de baile. En la esquina había un diminuto escenario con un enorme piano al lado. O el conjunto de música no había empezado aún o se estaba tomando un descanso.

—Los músicos empiezan a tocar a las ocho —dijo Kyoko

Una vela encendida parpadeaba sobre una base de cristal tallado en el centro de la mesa. La cara de Kyoko, iluminada por el brillo de la vela, parecía más joven y dulce que de costumbre. Tal vez era porque estaba más relajada. Lo sonrió.

—Es muy agradable.

—Sí —deseó poder hablarle de los lugares en los que había estado, de los lugares a los que le gustaría llevarla…, pero eso sería demasiado peligroso.

Justo entonces apareció su camarero, y los próximos minutos estuvieron dedicados a pedir las bebidas. Cuando el camarero se marchó a la barra, Ren dijo:

—Llevo todo el día esperando que llegara este momento.

Ella tardó en responder y, cuando lo hizo, comenzó con un suspiro:

—No lo sé, Ren. Sigo pensando que es un error.

—¿Un error? —no podía haberla malinterpretado. La noche anterior no se había resistido, se había mostrado tan entregada al beso como él.

—Trabajas para mí, ¿lo recuerdas?

Él le tomó la mano por encima de la mesa. Tenía unos dedos delgados y las uñas sin pintar, pero con una forma bonita.

—Te prometo una cosa, Kyoko si el hecho de que trabaje para ti resulta un problema, me buscaré otro empleo.

Antes de que ella pudiera responder, el camarero llegó con el vino y Ren soltó la mano de Kyoko a regañadientes. No hablaron mientras el camarero les sirvió un plato con una especie de paté y una cesta de pan francés caliente.

Cuando se marchó, ella dijo:

—No podría dejarte hacer eso, Ren. No estaría bien —la preocupación nubló sus ojos color ámbar.

—¿Por qué no dejas que sea yo el que decida si estaría bien o mal? —alzó su copa de vino —. No hablemos más de cosas serias. Vamos a dedicar esta noche, nuestra primera cita oficial, a disfrutar de la compañía del otro y a pasar una velada maravillosa.

Ella dudó, luego levantó su copa de vino y brindó con él. Pero la preocupación no abandonó sus ojos. En el acto, Ren se juró que de esa noche en adelante se aseguraría de que esa preocupación se esfumara…. para siempre.

Había algo en el baile que resultaba sexy y erótico. Si una chica sentía un mínimo de atracción hacia su acompañante, probablemente estaría perdida una vez que él la tomara en sus brazos y la guiara alrededor de la pista. Y si la música era suave y romántica, y el compañero un buen bailarín… bueno, el resultado era de esperar.

De camino a casa, Ren puso un CD y, a medida que la melodiosa voz del cantante llenaba el interior del vehículo, la tensión y la deliciosa espera de lo que estaba por llegar latieron con fuerza, como si tuvieran vida propia. En ese momento, Kyoko supo que Ren sentía exactamente lo mismo que ella.

Cuando llegaron a la urbanización de Kyoko, él aparcó en frente y caminaron juntos hacia la entrada del apartamento. Ren le pidió las llaves y ella se las entregó sin decir una palabra. Estaban tan cerca que ella se preguntó si él podría oír cómo le latía el corazón. Después de abrir la puerta, Kyoko entró sabiendo que Ren la seguiría.

El pequeño farol sobre el aparador de la entrada proporcionaba un delicado brillo que iluminaba las rosas en su jarrón de cristal. Su fragancia llenaba el aire. Kyoko se dio la vuelta y sus ojos se encontraron. Cuando el reloj de pie comenzó a marcar la hora, Ren la atrajo hacia sí, bajó la cabeza y la besó.

Mucho tiempo después, tras hacer el amor y dormir un rato, despertarse y volver a hacer el amor, estaban echados uno al lado del otro en la cama.

—Encajamos muy bien —dijo Ren, acariciándole un pecho y acurrucándose contra su cuello.

—Ummmmh —murmuró ella sin responder nada, a pesar de que había estado pensando lo mismo.

—¿No vas a dejar que el trabajo cambie esto, verdad?

—Depende de cómo marchen las cosas —pero ya sabía que no lo haría. Porque si dejaba que el trabajo importara tanto, tendría que dejar a Ren y eso no quería hacerlo. Por supuesto, si llegaba el caso en el que no pudiera seguir haciendo su trabajo o él el suyo, tendría que replantearse su decisión.

Pero por el momento, al menos tenía la intención de disfrutar estando con Ren… y sin preocuparse por el mañana.

Las siguientes semanas pasaron volando. Kyoko y él pasaron muchos tiempos juntos. La llevó al cine, salieron a cenar, tomaron la costumbre de ir juntos a correr después del trabajo y un sábado por la tarde asistieron a una feria organizada por la iglesia católica local.

—Me encantan las norias —dijo Kyoko mientras esperaban su turno para subir.

Ren la sonrió. Parecía una niña con sus vaqueros, sus chanclas y el pelo recogido en un par de pequeñas coletas.

—Estuve a punto de venir a esta feria el año pasado —continuó.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Kyoko se encogió de hombros y la sonrisa comenzó a desvanecerse.

—No tenía a nadie con quien venir.

El modo en que lo dijo le hizo a Ren sentir una inmensa ternura. Ella se mostraba muy fuerte la mayoría de las veces, pero Ren sospechaba que eso era sólo una fachada para enmascarar sus sentimientos más profundos.

«A lo mejor ella también se siente sola».

Había descubierto que la mayoría de la gente le mostraba una cara al mundo que no solía ser su cara real. Él lo hacía. Nadie que lo conociera en el ámbito social o en el mundo de la filantropía podría imaginar lo que escondía en su interior. Incluso su mejor amigo probablemente no tenía la más mínima idea de cómo era en realidad, del mismo modo que él no tenía ni idea de cómo era él.

—Bueno, pues ya me tienes a mí —le dijo rodeándola con los brazos.

Se miraron a los ojos y Ren estuvo seguro de que ella quería decir algo, de que estaba a punto de decir algo, pero justo entonces la fila comenzó a avanzar y ese momento se perdió.

Esa noche, Ren se despertó con el sonido de la lluvia. Kyoko seguía profundamente dormida. Sonrió al mirarla. Estaba encantadora. No había otra palabra para describirla. Su pelo alborotado sobre la almohada, su camisón, que se había puesto después de hacer el amor, se había alzado dejando al descubierto su magnífico trasero. Deseaba acariciarlo, pero sabía que si lo hacía, la despertaría. De modo que resistió la tentación. Al día siguiente podrían disfrutar el uno del otro.

Estaba volviendo a quedarse dormido cuando sonó su móvil. Con un gruñido, lo levantó de la mesilla de noche y miró la pantalla.

Era Julie.

El reloj digital que estaba junto a Kyoko marcaba las 4:43 de la madrugada.

—Maldita sea —dijo al levantarse de la cama—. Será mejor que sea importante

—susurró mientras se dirigía a la entrada.

—Kuon —dijo Julie llorando—. ¡Tu padre se ha puesto mal!

—¿Qué? ¿Por qué?

—¿eh? ¿Por qué? ¡ No lo sé!_ respondía Julie

—Cálmate.

—uhmm…Han venido accionistas de la empresa a la casa a exigir explicaciones por ciertos rumores del futuro de Hizuri company

—¡Por Dios, mamá! —se apartó el pelo de la frente en un gesto de frustración.

—¿Puedes venir?

Él suspiró.

—Sí, iré.

Y después de responderle, él le dijo:

—Tardaré una hora o tal vez hora y media.

—Vale —dijo con una voz débil—. Gracias, Kuon.

Cuando Ren ya estaba vestido y recogiendo sus cosas, Kyoko se despertó.

—¿Ya te marchas? —le preguntó adormilada y sentada en la cama.

—Tengo que irme —fue al lado de su cama, se agachó y le dio un beso —. Puede que no vuelva hasta antes del mediodía.

—¿Ocurre algo?

—Me acaba de llamar mi madre. Tengo que ir a Tokio a ver a mi padre, parece que se encuentra enfermo.

Los ojos de Kyoko se abrieron de par en par.

—¿Qué ha pasado?

—No me lo explico con claridad. Mira, tengo que irme. Te llamo luego, ¿vale?

Ella asintió.

—Conduce con cuidado.

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Continuará

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Muchas gracias por leer. Dejen sus comentarios por favor. (‿◠)✌

N.A. En este capítulo he modificado mucho de la novela para que tenga sentido a forma de ser que he agregado a los personajes para que no disten mucho de los caracteres de Skip beat! y quizás siga haciéndolo, así que cada capítulo va a ir cambiando en comparación a la novela. Espero que les agrade lo que publique.

Y respecto al tiempo de publicar cada capítulo, no aseguro nada solamente que si voy a terminar las historias que tengo en fanfiction, así que les pido paciencia por favor.

Hasta la próxima.?¬ノᄃ◉ᴥ◉≦

Después de mucho mucho tiempo vuelvo a publicar. Disculpen por la tardanza.