Disclaimer: Los personajes perteneces a Stephenie Meyer, la historia es de –Steph-Midnight-.


Nota: Sabemos que prácticamente no hay diálogo, y también que es bien jodido el leer todo eso. Pero por favor háganlo, si no, el resto de la historia les parece ridícula o sin sentido.


Circuito
Tenia que recuperarla

Y así como así, Emmett tenía la tarde libre, algo bastante difícil cuando eres guardaespaldas de una estrella. Todavía no entendía qué demonios había puesto a Bella así, pero él no era chica para entender ni para consolar. De todos modos, estaba seguro de que no había dicho nada que pudiera herirla; tal vez era cierta aquella excusa de que se sentía mal, aunque antes de ese momento en particular, la castaña había tenido una salud de hierro. Comía sus frutas y vegetales todos los días, él se encargaba de que fuera así aunque ella arrugara la nariz ante la coliflor y los fríjoles blancos (1). Era su hermanita menor, después de todo; tenía que cuidar de ella, tan despistada y torpe.

Emmett sacudió la cabeza. No, no era una enfermedad. Tenía que ser otra cosa, reflexionó mientras entraba en el centro comercial más cercano, esperando gastar esas inesperadas horas ociosas entre el bullicio de la gente. Había algo en el caminar de la gente que calmaba su usualmente atormentada cabeza, sólo que hoy no eran los recuerdos los que le impedían pensar con claridad. Hoy, tal vez afortunadamente, no era él mismo el centro de sus lamentos y desgracias.

Justo cuando dejaba atrás la fuente en medio del centro comercial, intentando concentrarse en las desgracias ajenas y no las propias, vio entre la gente unos cabellos rubios ondeando libres bajo cierta pañoleta de puntos negros sobre fondo blanco; una pañoleta y unos cabellos rubios que él conocía demasiado bien. Era su disfraz preferido, con gafas de sol enormes y una gabardina pesada que no dejaba ver bien el hermoso contorno de su cuerpo, acostumbrado a pasearse en pasarelas con mucho menos que eso.

Era ella. No podría ser otra más que ella. ¿Quién más tendría ese caminar, altivo y elegante, delicado sin ser arrogante? ¿Quién más brillaría con luz propia, aún si intentaba ocultarse? Él la conocía demasiado bien. Conocía la sensación de sus suaves cabellos entre los dedos, lo brillante de sus ojos azules, lo hipnotizante de su sonrisa. Para ella tal vez fuera fácil ocultarse del resto de la gente, pero era imposible que se ocultara de él.

La reconocería en cualquier parte, bajo cualquier nombre y cualquier ropa, porque ella había marcado su vida, y ahora él estaba condenado a seguirla y buscarla desde lejos, a pensar en ella todos los días de su vida, a venerarla desde la distancia.

Todo había comenzado como un juego. Una mirada coqueta, una sonrisa ladina, las mismas que usaba con la mayoría de los hombres sin darle importancia, conquistando sin un propósito real a su recién adquirido guardaespaldas. La diferencia había sido su respuesta. Él la retaba a seguir, le sonreía con sorna y se mofaba de que jamás caería en sus redes, porque él también había sido un conquistador y sabía cómo se movía la seductiva tarántula en su telaraña.

La provocaba, alzando pesas sin camisa mientras ella le daba pedal a la bendita bicicleta que jamás se movería —y aún hoy en día, no le veía la gracia— en el gimnasio. Se metía en la piscina que tenía a su disposición cuando ella estaba cerca. Le sonreía inocentemente, sus hoyuelos haciendo efecto en ella, hablando de cosas normales como el clima mientras hacía flexiones de pecho en el suelo. Jugaba con ella, y por supuesto, ella jugaba con él. Le pedía su opinión sobre diminutos vestidos de baño cuando estaba en el probador, lo invitaba a acercarse cada vez más fingiendo que no le escuchaba, se inclinaba justo cuando él estaba mirando.

Jugaban el uno con el otro.

No debieron haber jugado.

Eventualmente, cayeron en sus propias redes. Ya no era sólo una mirada, era un roce; ya no era una indirecta, era una directa; ya no eran sonrisas, eran besos furtivos. Había empezado como una simple atracción, luego un juego, y de pronto, se encontraba pensando en ella todo el día. Contaba los minutos para verla, buscaba su olor entre las almohadas. Y a ella le pasaba lo mismo, lo sabía. Estaba en el tono de su voz cuando le llamaba, pidiéndole que se encontraran en lugares atestados de gente para no ser reconocidos; estaba en sus ojos cuando brillaban al verle, en sus labios ansiosos cuando le besaba. Empezaron siendo guardaespaldas y protegida, pero terminaron siendo algo más que amantes; enamorados. Hubiese sido normal. Podrían haber sido felices. Podrían haberlo sido…

…si ella no hubiese estado comprometida desde el principio.

El susodicho se llamaba Royce, famoso por sus películas épicas, y eran novios públicamente reconocidos desde hacía años. Le encantaba lucirla en la alfombra roja, tomándola de la cintura con un deje posesivo, luciéndola como un trofeo. Era fascinante para ese tipo saberse envidiado por muchos, teniendo a la mujer más hermosa jamás vista como suya y de nadie más… aunque en eso último se equivocaba.

Emmett rabiaba cada vez que veía a Royce cerca, quería patearlo hasta no poder más. Quería gritarle todo lo que tenía guardado para decirle. Quería bañarse en su sangre mientras cantaba feliz navidad (2). Pero sabía que un escándalo de esa magnitud sería perjudicial para la carrera de Rosalie. Después de todo, la infidelidad no era precisamente bien vista en la farándula, cosa que aprendieron rápidamente cuando cierto paparazzi inescrupuloso mandó fotos indiscretas de ellos dos, amenazando con publicarlas si no recibía una suma de dinero ridículamente alta.

Fue el final. La crisis. Pelearon más de lo que habían peleado nunca, discutiendo el tema una y otra vez. Ella quería que siguieran, a la luz pública; él quería que ella siguiera su vida tal como la llevaba antes de él, que olvidaran todo y no siguieran viéndose. Ella lo odiaba por eso. Y lo odió más que nunca cuando él pago de sus propios ahorros la alta suma que el maldito paparazzi exigía y presentó su carta de renuncia, todo en un mismo día. La miró con la resolución y el dolor pintados en el rostro, hablándole en términos meramente legales mientras sus ojos decían más de lo que jamás saldría de su boca. Había sentido sus ojos azules, duros como zafiros, fijos en su nuca al salir de la habitación, y de su vida, por siempre. Aún podía sentirlos, esa mirada llena de dolor y rabia, de angustia, desespero y rencor. De amor frustrado.

No había podido seguir después de eso. Se tiró a morir por semanas en su cama, añorando su aroma entre las sábanas. No comía, no bebía, y el único signo de vida que mostraba de vez en cuando era el de pegarle a la pared con furia, haciendo temblar las ventanas. Eventualmente sus amigos vinieron a verle, preocupados, y se encontraron con una triste imitación del Emmett que habían conocido hasta ahora. Lo habían sacado a rastras de la cama, obligado a hacer ejercicio —cuando él prácticamente vivía en el gimnasio—, y hasta le habían conseguido trabajo como guardaespaldas de una chiquilla famosa y atolondrada de ojos café que le había alegrado la vida con sus torpezas y sonrojos, pero sobre todo, con su sonrisa. Le hacía desear tenerla de hermanita menor oficialmente.

Veía como su razón de existir se alejaba, y aunque realmente no estaba huyendo, a él le parecía que así era. No podía dejarla ir. No otra vez. Necesitaba de ella como necesitaba el oxígeno; necesitaba verla, oírla, tocarla… besarla, sobretodo besarla.

Caminó hacia ella decididamente, acelerando el paso a medida que su corazón batallaba en el pecho. Tenía que hablarle. No sabía muy bien qué era lo que le iba a decir en realidad, aunque temas no le faltaban: porqué había terminado con Royce si él se había apartado del camino, era una de esas preguntas que lo mantenían despierto toda la noche. Otra, reciente pero pesada y dolorosa, era la inquietante cuestión de si Edward era realmente tan importante para ella. Si lo seguía amando tanto como él a ella, aunque sonara cursi. Si alguna vez le podría perdonar.

La gente finalmente empezaba a apartarse conforme se acercaba a ella. La veía tan cerca, y sin embargo, la sabía tan lejos. (3) Finalmente estuvo a su alcance, y no perdió la oportunidad. Tomó su brazo con tanta delicadeza como podía con el mar de emociones que llevaba dentro haciéndole perder el control de sí mismo.

—Rosalie… —murmuró.


(1) Sacado de Amanecer; a Bella de verdad no le gustan la coliflor ni los fríjoles blancos (lo que sea que eso sea).

(2) "Basado" en hechos reales. La historia va así: hay cierta chica en el colegio de Midnight que es algo más que irritante (z*rra, para ser más exactos). A la susodicha, cierto día, le quitaron el examen porque estaba haciendo copia —algo que hace en todos los exámenes; es que, tras de zorra, bruta. Cierta amiga de Midnight estaba tan feliz que empezó a cantar navidad, feliz navidad mientras terminaba el examen.

(3) Cliché, ya lo sabemos. Igual, encajaba :P


¡Hola! ¿Capítulo largo, eh? Sentimos que sea de este modo, pero tienen que saber de la historia de Emmett y Rose.

Gracias por sus comentarios, alertos y favoritos.

Cuídense mucho.

Las queremos, Steph.