DIEZ
Richard llevaba horas conduciendo por las calles de Manhattan. No era capaz de pensar, no en ese momento. Desde su plaza de parking se había olvidado por completo dejando su rumbo al destino.
Fuera o no su intención estar ahí, Rick acababa de doblar la esquina de la avenida Riverside Dr, entrando por la 155 (oeste). A pocos metros, detuvo el Lancia cerca de una de las entradas al cementerio Trinity.
Ahora ya no había peligro. Se había detenido y todo volvía a aparecer. Rick apoyó ambos brazos al volante abatido por sus sentimientos, por la carga que suponía su cargo, y lo que significaba estar ahí. Las pocas fuerzas que aún existían en él se habían evaporado con su ultimo soplo de aliento.
Cuándo se vio con fuerzas despego la frente del volante mirando a su alrededor. Nada. No había flores. En ese instante se sintió mal por ello. No iba a visitarla sin un ramo en sus manos o una simple flor, pero esta vez su gran necesidad de sentirla más cerca que nunca había hecho que se las olvidara.
Sin dejarse tiempo a pensar, salió del coche. Comprobando que había cogido las llaves del contacto comenzó andar a la vez que apretaba el botón adecuado para que el Lancia respondiera a su cierre.
Todo el mundo parecía feliz, todos seguían celebrando la festividad del 4 de Julio, pero aún y parecer obligatorio, Rick no era capaz de verlo así. Lo intentaba, pero esa nube negra seguía acompañándole no en un día como hoy, sino en el día a día. Ahí una de las razones por las cuales agradecía la poca asistencia de gente en el cementerio.
Su ritmo aminoró deteniéndose delante de ella.
- Hola Cariño... - susurró.
Sus ojos se fueron humedeciendo mientras sonreía al ver, a su izquierda, a la inspectora Blaine y a la derecha a la chica que le robó el corazón, alguien indispensable en su vida.
- No soy capaz de aceptarlo. Es inevitable revivir lo de hace un año... - su voz empezó a quebrarse – He intentando aprender a vivir con esto, pero no puedo. Siento que me he perdido en ese camino que empezamos juntos. Y Alexis... Creo que la he perdido, o la estoy perdiendo... Te echo de menos Kyra. Te hecho mucho de menos...
Rick atrajo sus dedos a los labios dejando ese beso en ambas fotos, acariciando a su vez el rostro de Kyra por encima del cristal.
Sin previo ensayo, se había convertido en un ritual; el saludo, expresarle sus sentimientos, sus miedos, el beso y a continuación ese silencio con la mirada perdida.
- Siento no haberte llevado flores, espero que puedas perdonarme de lo contrario lo entenderé, últimamente...
Detrás de él alguien se aclaró la garganta llamando su atención.
- Disculpe, si me permite...
Rick se levantó, atendiendo a esa voz.
A su lado, un hombre sostenía un ramo con rosas blancas rojas y azules. En silencio, saco una flor de cada color, ofreciéndoselas a Rick. Éste parecía confundido.
- Acéptelas.
- ¡Oh, vaya! No puedo aceptarlo, son suyas.
- Por favor. - insistió amablemente.
- Es muy amable, pero...
El hombre esbozo una suave sonrisa, aceptando su decisión.
- Si me permite... - le pidió a Richard. - Ésta lapida no puede permitirse estar sin flores. Fue una gran inspectora. - dijo, dejándolas entre ambas fotografías.
- ¿Conocía a Kyra?
- Supongo que la mayoría de neoyorquinos le responderían con un sí, si les hiciera la misma pregunta. Yo no puedo ser menos, Capitán.
- Richard - le corrigió.
- La inspectora Blaine nos ayudo con la investigación del asesinato de mi mujer. En ese momento no se consiguió, pero parece que la suerte nos a sonreído y van a juzgar a quien lo hizo.
- ¡Esto es una gran noticia! Me alegro mucho señor...
- Jim, para los amigos – agregó – A lo mejor recuerda el caso de mi mujer. Le dice algo el nombre de Johanna Be...
Una llamada entrante en el teléfono de Richard hizo que las ultimas palabras de Jim fueran en vano.
- Discúlpeme. Aunque no quiera, debo cogerlo. - confesó.
- Por supuesto.
Richard atendió a la llamada recuperando quién había dejado de ser por unas horas.
- Rodgers. - contestó al responder.
A la espera de tener la oportunidad de despedirse del capitán, Jim aprovechó para ir a visitar la tumba de su mujer.
- No me importa como, agente. ¡Hágalo!
Rick terminó esa llamada dando pie a otra.
- Turner, necesito que me eches una mano en el aeropuerto JFKennedy.
- Sabia que me llamarías... - Rick esbozo media sonrisa entornando los ojos - Cinco minutos y estamos ahí. ¡Les pondremos en su sitio, Ricky! - respondió su amigo y compañero de profesión.
- Gracias, bro! Ahora aviso a mis agentes que estáis de camino, yo tardaré unos minutos en llegar.
- Eso si llegas... ¿En el Trinity, otra vez? No llegas.
- ¿Oye desde cuando me controlas? - pregunto dando una vuelta sobre si mismo intentando averiguar dónde estaban las cámaras.
- Nunca subestimes a un ex detective. - cuándo iba a colgar, éste añadió. - Ah! Y se lo prometí a Kyra.
- Lo sé.
- Tengo curiosidad de ver como te las apañas para llegar antes de que los forenses se lleven el cuerpo.
- Preocupate de que cuando llegué los tengas a todos controlados, no quiero fallos. - y colgó.
Richard se frotó la frente antes de realizar su próxima llamada, volviendo a coger aire.
- Imagino que hoy será imposible, pero si lo desea... - Jim se acercó para despedirse. - Este es mi numero por si alguna vez necesita hablar. En otra ocasión le daría una tarjeta, pero no pensé que...
- No importa, esto es suficiente – dijo cogiendo el trozo de hoja doblado por la mitad.
- A sido un placer conocerle, Richard. - aseguró, tendiéndole la mano
- El placer a sido mio. Y, gracias de nuevo por las flores. - respondió Rick, encajando su mano con firmeza y agradecimiento por todo lo que había hecho ese hombre sin apenas conocerle.
- Buena suerte, Capitán.
Richard asintió.
Espero hasta dejar de verle. Entonces volvió la vista a la lapida. Miró su teléfono y se despidió de Kyra con un ultimo pensamiento antes de volver a ser el Capitán Rodgers; "Siempre serás mi vida, te amo". Besó su rostro a través de sus dedos, cogiendo fuerzas para enfrentarse a todo lo que sabía que le esperaba.
. . .
Katherine entró por el portal de su edificio. Subió las escaleras tarareando una canción francesa que no entendía, pero la volvía loca. A la puerta, puso la llave a la cerradura y una vez dentro, tiro sus cosas al sofá empezando a bailar al son de esa canción que le daba tan buenas vibraciones.
Aún con la chaqueta puesta, el reproductor mp3 en una mano y chasqueando los dedos con la otra, se fue moviendo de un lado a otro del salón. Al estribillo se deleitaba a ella misma en voz alta ya que era lo único que había conseguido pronunciar con claridad, el resto..., lo intentaba con poco resultado, pero estaba segura que si seguía escuchándola una y otra vez llegaría a recitarla sin dificultad.
Con los minutos aquella euforia inexplicable aminoró. Ver el gran desastre y el desorden en el que estaba su apartamento la hizo replantearse empezar a ordenarlo, antes necesitaba un buen baño.
El tono de la llamada de su teléfono quedó escondido tras el sonido del agua de la ducha. El sonido cesó al mismo instante que Kate cerró el grifo. Por un momento le pareció a ver escuchado algo, pero lo ignoró. Hizo caso omiso de las apariencias y volvió abrir el agua para terminar de enjuagarse.
Ésta vez lo oyó. Maldijo por encima de todo quién pudiera estar llamándola a esas horas de la noche. Se abrochó el albornoz sujetándose la toalla, mientras se secaba el pelo camino de su teléfono.
- Perfecto, y encima no está en mi lista de contactos... - murmuró en voz alta.
A diferencia de su ex compañero de piso el cual nunca cogía ese tipo de llamadas, ella era curiosa por saber quien era el desconocido/a que había logrado su número.
- No se quién eres porque no apareces en mi lista de contactos, pero más le vale tener una razón de peso para llamar a estas horas.
- Esperaba otro tipo de saludo, pero me olvidaba que la llamaba a usted...
- ¿Cómo a conseguido mi número?
- Y usted olvida con quien está hablando, pero no la llamo por cortesía sino por trabajo.
- No necesito su hospitalidad. Además, ya tengo trabajo, soy periodista, ¿recuerda?
- Si le sirve seguir creyéndose esta mentira perfecto. Apunte, no se lo volveré a repetir: 30 oeste de la calle Midtown, en la autoridad Portuaria. La quiero allí en menos de 15min. - antes de colgar añadió – Su taxi llegará en tres minutos. No le haga esperar, no pienso pagar más de lo que dura el viaje. - y colgó.
Katherine seguía a la escucha un minuto después de haber dejado de oír la voz de Rodgers. Separó el teléfono de la oreja mirando la pantalla desconcertada.
- En mi vida...
El timbre de su apartamento la sobresalto.
- No puede ser... - insinuó en voz alta.
- ¿Sí? - contestó.
- ¿La señorita Beckett? Me han dicho que tengo que llevarla...
- ¡Si! - contesto sin pensar - tres minutos y bajo, no se mueva. - añadió no muy convencida.
Kate colgó el telefonillo y salió corriendo hasta su cuarto murmurando palabras ininteligibles, soltando algún que otro grito de desesperación cada vez que recordaba las palabras del "estúpido y maldito cabrón de Rodgers".
Ofuscada por la rabia que se veía en sus ojos, agarró las llaves del piso, el teléfono y la chaqueta del sofá dónde lo había dejado al entrar y cerró de un portazo.
Entro en el taxi, y antes de que le pudiera dar la dirección al taxista, éste salió de su estacionamiento.
- ¿Perdone, pero como sabe a dónde debo ir?
- El señor me dio las indicaciones.
- Oh, genial... - bisbiseó acomodándose en el asiento trasero.
- ¿Decía algo?
- No... - disimuló apretando sus puños con rabia.
A la altura del cruce entre la 30th oeste y la 10th Avenida hizo detener el taxi.
- Pare aquí. Iré andando – agregando en voz más baja- Necesito que me toque al aire.
- Pero me han pagado para llevarla hasta...
- Lo sé. Quédese con el cambio.
Kate saltó del taxi y hecho a correr por la 30th oeste, todo recto, hasta el último paso de peatones que debía cruza para encontrase con la resolución de aquel misterio que la tenia mosqueada.
Al mismo instante que Katherine llegaba a la zona portuaria, dónde distinguió el Lacia de los pocos que permanecían aparcados en ese pequeño aparcamiento improvisado, Richard salía de la zona restringida.
- No pensé que llegaría tan pronto.
- No soy de las que cuando dicen corren, se quedan quietas.
El capitán esbozó una sonrisa que escondió dando una vuelta sobre si mismo fingiendo buscar algo.
- ¡Capitán! Todo listo – anunció uno de los guardias.
Richard comenzó andar pasando por el lado de Kate y agarrándola por el brazo.
- EH! Se andar, sabe? No necesito que lleven... - se quejó deshaciéndose de su mano.
- Le agradecería que dejara de quejarse. ¡Suba! - le ordenó cerca del helicóptero.
- ¿Qué? No. - Gritó, debido al ruido de las hélices.
- Beckett no me haga perder la poca paciencia que me queda con usted.. ¡Suba!
- ¿Y si le digo que tengo miedo a las alturas?
Richard se acercó a ella y con la ayuda del mecánico la subieron al helicóptero, atándola al asiento.
- Sigue tú. - le dijo al chico – y asegurate de dejarla bien atada Mike, no tengo ganas de salir corriendo tras ella.
Kate clavo la mirada en el chico.
- Lo siento. Yo solo cumplo ordenes.
- No es por eso... - aclaró con dulzura.
Mike se la quedó mirando preocupado. Su expresión había cambiado por completo en cuestión de segundos.
- Es por tú nombre, conocía a alguien que se llamaba así... nada mas.
El chico asintió con media sonrisa, ofreciéndole los cascos.
- Póntelos. Es por el ruido.
- Si... Gracias. - le agradeció, poniéndoselos.
- ¿Lista? - oyó justo a su lado.
- ¿Y usted? - le respondió girándose de nuevo, manteniendo la vista a su izquierda.
- ¡Cuándo quiera! - anunció Richard al piloto.
Al tiempo que esa gran maza de hierro empezaba a elevarse, Richard mandaba un mensaje de texto a Esposito, informándole de su breve llegada.
- Espero que no haya comido nada recientemente. Las primeras impresiones suelen ser impactantes.
- A menos que me lleve a un campo de concentración, sobreviviré.
- Le gustan las emociones fuertes. Vamos directos a una...
- No espere que se lo agradezca.
- No lo esperaba.
- ¡Bien! - exclamo, levantando el pulgar.
- ¿Tiene que tener siempre la ultima palabra?
- Sí.
- Vaya...
Katherine respiró e inspiro, intentando mantener el control.
- Una vez allí, no toque nada, no hable ni haga preguntas a menos que a quién se lo pregunte no este recogiendo pruebas, haciendo fotografías, interrogando a los testigos... Resumiendo; trabajando. También le prohíbo que meta las narices dónde no le llaman y conteste o suelte comentarios del tipo...
- ¿Éste helicóptero lleva paracaídas? - pregunto a cabina, incorporándose hacia delante.
- Por supuesto, es obligatorio – informó el copiloto.
- ¡Gracias! - le cortó - ¿Sabes Nadar?
- No estamos sobrevolando el Atlántico. - le informó.
- Qué pena...
Katherine volvió la cabeza hacía la ventanilla de su izquierda, perdiéndose en sus pensamientos.
- No olvide ponerse la identificación, a menos que no me pierda de vista podré decir...
- ¿No hay ninguna forma para dejar de escucharle? - volvió a preguntar a los pilotos.
- Por el control de volumen, en el auricular derecho.
- ¡Gracias! - le agradeció, levantando el pulgar en señal de aprobación, a lo que el copiloto respondió del mismo modo.
A la tercera va la vencida. Se había terminado oír su voz, sus ordenes, indicaciones... Quería tranquilidad. Desconocía dónde iban, pero sabía en lo que seguramente iba a encontrarse y necesitaba tiempo para asimilarlo.
