Imagen: Reflejo en charco
Personajes: Yamato y Sora. Sorato infeliz. Propuesta de jacque-kari.
Summary: La cara B del quinto drabble.
Advertencia1: Me repito mucho con los dramas y los bares deprimentes, lo sé. Y con Yamato lo pago especialmente, también lo sé.
Advertencia2: Saberlo no sirve de nada.
Los ojos de las muñecas rusas
10. Y no dijo nada.
Costaba encontrar las llaves en los bolsillos. Metió una mano en el izquierdo, luego en el derecho, lo repitió. Se agarró la cabeza. No podía ser. Miró al suelo rascándose la nuca. El brillo metálico de las llaves lo llamó desde el charco que pisaba. Y se agachó a cogerlas, como cogiendo un tesoro. Las toqueteó hasta encontrar la que encajaba con la cerradura y giró la llave, despacio, no funcionaba de otro modo.
Cerró la puerta a sus espaldas con el mismo ritmo. Respiró y se tragó el aliento. Las paredes de su casa y los objetos que había en ellas cogieron color. Poco a poco, de las paredes al suelo, y del suelo a una mesa, de la mesa a los labios pálidos de la mujer que fumaba sobre ella y al cenicero que manchaba un folio blanco, y del folio a un par de maletas grises que rozaban sus rodillas.
«Ahora sí» dijo ella sin mover los labios. «Ahora, es ahora. Ya no puedes hacer nada para evitarlo». Y no lo hizo, porque se lo acababa de decir. No podía hacer nada.
Se miraron a los ojos. La habitación desaparecía, las paredes se volvieron del mismo color que las maletas, y que el suelo, las llaves colgaban de su dedo índice y se balanceaban ligeramente y tampoco notó cuando cayeron sobre sus pies. Solo se miraron a los ojos mientras todo desaparecía.
Yamato podría haber oído sus tacones anchos mojándose en el charco, y las ruedas de las maletas, o el motor del coche que la recogió, pero solo era capaz de oír lo que le había dicho sin decir nada. «Se acabó». Se repetía como eco invertido.
Sora no se fue. Sora siguió ahí, ahí seguían las colillas sobre la mesa y ahí siguieron hasta que el viento las cambió de lugar. No se fueron las tazas que escogió ni el tapizado del sofá, ni se fue el roto del espejo del que su excusa no había podido convencerla. Pero, sobre todo, no se fue su olor. Su olor estaba en cada bocanada de aire que aspiraba. Ya podía hindundarse la boca en whisky, pasarse horas bajo la lluvia y resfriarse o vomitar en la pared… que ahí seguía. Sora olía a hogar. Un olor poco agradable para una casa que ya no lo era.
Por las mañanas los rayos de sol vencían a las cortinas, atravesándolas a cuchilladas. Y estaba bien. Era capaz de permanecer clavado a los rayos sin quejarse. Solo cuando el estómago incordiaba decidía levantarse, nunca antes. Sin necesidad, lo mejor que podía hacer era permanecer ahí, seco.
Lo que no soportaba era encender la televisión. Sin embargo, la encendía; la pantalla apagada le reflejaba como el charco.
Podía pasar media hora viendo comerciales de cocina sin acordarse de que ya no cocinaba. A veces coincidía con las noticias. Los asesinatos. Las mafias. Los ajustes de cuentas. Las modas. Los viajes. La vuelta al cole. El tiempo; despejado. En la televisión el cielo estaba despejado, pero el charco de su puerta y sus calcetines mojados le decían que la televisión no era real. Todos estaban equivocados.
Las noches eran más fáciles. Las noches iban más allá. Todo estaba oscuro, no había reflejos. Sin reflejos, nada juzgaba. Alguna gente extraña se paraba a escuchar, no es que lo necesitase, pero lo hacían. Y les contaba la historia que tantas versiones como días tenía.
«Y se fue… no dijo nada»
Procuraba volver antes del amanecer. Los amaneceres rompían la perfección. Volvía la puerta, con la puerta el charco y con el charco su reflejo y su reflejo tenía consciencia, una vida propia. La imagen le decía lo que su oído nunca quería escuchar: que no dijo nada, porque ya todo estaba dicho.
