CAPÍTULO VIII

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen; son de la autoría de Stephenie Meyer. La historia a Kate Hewitt.


—Creo que encontraremos todo lo que necesitas en la Via Montenapoleone —le dijo Esme a Rose el día siguiente mientras se dirigían en la limusina de Cullen a la zona comercial de Milán—. Las mejores tiendas están allí… incluyendo la boutique Cullen.

Rose asintió con la cabeza, apenas escuchando lo que le estaba diciendo su futura suegra. No podía dejar de pensar en lo que le había dicho Emmett acerca de la ropa del armario.

Que pertenecía a alguna de sus amantes. Una vez que él había salido de la habitación, ella se había dirigido a abrir el armario, donde hubo encontrado toda una selección de ropa, desde pantalones vaqueros hasta elegantes trajes de noche. Se había preguntado por qué había tenido él que haber mencionado a sus amantes, pero en el fondo sabía que había sido porque le había querido recordar una advertencia… que no se enamorara de él.

Se había dicho a sí misma que aquél era un matrimonio de conveniencia. Él quería alguien que le diera un heredero, una mujer complaciente en la cama que no le reclamara amor. Alguien que le hiciera compañía. Una mujer que no le molestara mucho.

Y ella quería poder. Seguridad. Alivio del miedo y de la vergüenza.

Aquélla era la razón por la que ella había accedido a aquel matrimonio.

Finalmente había elegido uno de los vestidos de noche, uno negro de seda y muy revelador, y había bajado a la planta de abajo.

La cena había sido tensa. Esme había tratado de mantener una conversación, y Rose la había ayudado cuanto había podido. Pero Emmett se había mantenido sentado en completo silencio, negándose incluso a mirar a Rose a los ojos.

Después de la cena se había disculpado, y cuando Rose se había despertado por la mañana, él ya se había marchado a trabajar.

Ella se había dicho a sí misma que podía marcharse de aquella casa mientras él estaba en la oficina, podía marcharse y no volver. Pero el problema era que no quería…

—Aquí estamos —dijo Esme al aparcar la limusina frente a unas lujosas boutiques.

Las siguientes horas pasaron como en una nube, una nube repleta de ropa y probadores.

—Sé que Emmett no lo ha mencionado, pero como te vas a casar… ¿podríamos ir a la peluquería? Y también te podías maquillar, ¿te parece? —dijo Esme tres horas después—. Hay un salón de belleza aquí cerca para peinarte.

Rose asintió con la cabeza. No se había cortado el pelo desde hacía seis meses.

Buon —dijo Esme, sonriendo—. Aunque este compromiso ha sido muy apresurado, toda novia quiere estar guapa en su boda, ¿sí? ¿Y tú vestido?

— ¿Mi vestido? —repitió Rose, impresionada por la amabilidad de Esme.

—Tu vestido de novia —explicó la madre de Emmett—. Hay pocas tiendas que puedan arreglar un vestido en tan poco tiempo.

—Va a ser una celebración muy discreta —se apresuró a decir Rose—. Puedo llevar algo muy simple, uno de los vestidos que me has comprado.

—No, eso no puede ser. Necesitas un vestido en condiciones… un vestido de novia —dijo Esme—. Puedes llevar el mío.

— ¿Qué? —Rose estaba realmente impresionada.

—Ya lo sé, es viejo… pero ahora lo llaman vestido de época, ¿no es así? Y te aseguro que es de un estilo clásico que no pasa de moda. Tengo una costurera que te lo puede modificar en horas.

—No puedo… —comenzó a decir Rose.

Pero Esme le dirigió una penetrante mirada… muy parecida a las de su hijo.

— ¿Por qué no? Te vas a casar con mi hijo, ¿no es así? Vas a ser mi nuera. Necesitas un vestido. Pero claro, si no te gusta, no tienes por qué ponértelo. Podemos encontrar otra cosa.

—No es eso —dijo Rose, mirándose las manos—. Es sólo que… —entonces miró a Esme a los ojos— ¿por qué no me odias?

— ¿Pero por qué tendría que odiarte? —dijo Esme, impresionada.

—Conozco a Emmett desde hace poco. No pertenezco a vuestra… clase. Ni siquiera soy italiana. Quizá ya tenías a alguien en mente para que se casara con él…

—No, querida. Lo único que tengo en mente ahora mismo para Emmett es su propia felicidad.

—Aun así… —Rose tragó saliva— hay mucha tensión entre ambos.

—Emmett está muy enfadado conmigo —explicó Esme—. En el pasado no tuve en cuenta su felicidad tanto como debería. Para serte sincera, no le consideré a él. Era más fácil olvidar. Y entonces ocurrió el…

— ¿Olvidarte de tu propio hijo? —no pudo evitar decir Rose.

Pero entonces vio el dolor que reflejó la cara de Esme.

—Emmett no fue un niño fácil… así como tampoco lo es ahora. Ahora me doy cuenta de la culpa que yo tengo en todo eso, que es la razón por la que él está tan enfadado. Si tú le haces feliz… ¿cómo voy yo a quejarme?

—Espero hacerle feliz —susurró Rose.

—Lo harás… —dijo Esme, apartando tanta seriedad—. Con tu nuevo corte de pelo y maquillaje, vestida con mi vestido de novia… Da tutti i san!

— ¿Qué significa eso?

—Por todos los santos. La abuela de Emmett solía decirlo mucho, y él también lo dice… estaban muy unidos.

— ¿Ella ya ha fallecido? —preguntó Rose, intrigada.

—Cuando Emmett tenía nueve años. Ella vivía en Umbría, en la villa. ¿La conoces?

—Sí —contestó Rose, ruborizándose—. Creía que había pertenecido al padre de Emmett.

—Así es, era la casa familiar de la familia de mi marido.

— ¿Y el hermano de Emmett? —presionó Rose, tratando de obtener más información.

—Sí, pertenecía a Edward. Pero ahora es de Emmett, como quizá debería haber sido siempre, pero ya está bien de esta conversación, tenemos que comer. Ir de compras es un trabajo duro. Y esta noche le podrás enseñar a Emmett lo que te has comprado. Espero que le guste.

Aquella misma tarde Rose se miró en el espejo asombrada.

Toda la ropa que había comprado estaba ya colocada en el armario, había dormido un poco y se había despertado fresca, preparada.

Y bella.

Se tocó el pelo, que estaba elegantemente peinado con ondas. El peluquero no le había cambiado el estilo, sino que lo había hecho mejor. Más como ella misma.

El maquillaje enfatizaba sus ojos verdes y hacía que sus labios parecieran carnosos y sensuales. Sonrió, intrigada por su nueva imagen. Se había vestido con uno de los vestidos que habían comprado por la mañana. Era de un color ámbar pálido.

—Va a juego con tus ojos —había dicho Esme—. Es muy bonito.

Rose estaba de acuerdo. El vestido era precioso y le quedaba muy bien; sin ser demasiado revelador era prometedor…

Se apartó del espejo y se dirigió a la planta de abajo de la casa. Al hacerlo, vio que Emmett estaba al pie de las escaleras. Estaba vestido con un traje azul marino.

Rose se detuvo en las escaleras, observándolo en silencio ya que éste le estaba dando la espalda.

Cuando por fin él se dio la vuelta, le brillaron los ojos por un momento al observarla.

Rose sintió cómo le quemaba la piel en cada sitio que él la miraba. Se sintió débil y se tambaleó. Él se percató de ello y no pudo evitar sonreír, agarrándose entonces al pasamano de la escalera. Rose se dio cuenta de que él estaba tan afectado como ella.

—Hola, Emmett —dijo al bajar por fin al vestíbulo.

Él la tomó de la mano, acercándola a él con delicadeza. Sus labios rozaron los de ella.

— ¿Por qué no me odias? —le preguntó, susurrando.

— ¿Por qué iría a odiarte? —dijo ella, tensa.

—No pretendía hacerte daño, gattina.

Rose pensó que sí que lo había hecho, pero sonrió.

—Está bien.

—No —dijo él, besándola de nuevo en la boca—. No, no está bien. Pero lo estará.

Entonces se echó para atrás, observándola de una manera posesiva.

—Estás deslumbrante —halagó, entrelazando sus dedos con los de ella y guiándola al comedor.

—Así que… —comenzó a decir Esme una vez estuvieron sentados a la mesa— ¿os casáis la semana que viene? ¿Habéis preparado algo? ¿Habéis contratado una iglesia?

Rose miró a Emmett con tanta curiosidad como su futura suegra.

—Nos casaremos el viernes, en la iglesia de San Pietro —informó Emmett—. Después se celebrará un banquete en el Príncipe di Savoia —entonces miró a Rose—. Te hubiera dejado los preparativos a ti, pero tú no conoces esta ciudad. Pensé que sería más fácil arreglarlo todo yo mismo. Espero que te parezca bien.

—Desde luego —murmuró Rose.

—El Príncipe di Savoia es el hotel más lujoso de Milán —le informó Esme—. El servicio es excelente —entonces se dirigió a Emmett—. ¿A cuántas personas has invitado?

—Será una celebración muy sencilla, como queremos Rose y yo. Sólo la familia y unos pocos amigos. Pero tú debes invitar a la gente que quieras, mamma. Supongo que tendrás muchos amigos que estarán deseando presenciar el espectáculo… tu hijo pródigo casándose.

—Gracias —dijo Esme, decidiendo ignorar la burla—. ¿Va a venir Alice?

—Hablé con ella por teléfono —confirmó Emmett—. Sólo puede quedarse un día. Ya sabes lo ocupada que está.

—Está tan ocupada porque ella quiere —concedió Esme—. ¿Y tu familia, Rose?

—No va a venir nadie —contestó, levantando la barbilla—. Llevo viajando durante un tiempo y he… perdido contacto con la gente.

Esme mantuvo silencio, pero Rose sabía lo extraño que sonaba aquello…

Después de cenar, Esme se disculpó, marchándose del comedor y dejando a Rose a solas con su hijo.

Se sintieron tensos, y ella se dio cuenta de que no tenían mucha experiencia en estar solos. Se levantó y miró los elegantes cuadros que colgaban de las paredes mientras Emmett servía unas bebidas para ambos.

— ¿Están estos cuadros pintados por la misma persona que los que hay en la villa? —preguntó—. No sé mucho sobre arte, pero parecen similares.

—Así es —concedió Emmett, bebiéndose la mitad de su negroni antes de darle a ella el suyo. Estaba tenso.

— ¿Quién es el artista? —preguntó ella.

—Mi hermano. Puedes ver que a mis padres les gustaba mucho su trabajo. Tienen sus cuadros colgados en casi cada habitación de esta casa —contestó él de mal humor.

— ¿Tienes celos de él?

— ¿Celos? Está muerto. ¿De qué voy a tener celos?

—Quiero decir antes de que muriera —dijo Rose con cuidado.

— ¿Que si tenía celos de mi hermano? —Reflexionó en alto Emmett—. Quizá sí, un poco. Me has ofrecido una terapia muy divertida —dijo sarcásticamente—. Nunca antes me lo hubiera planteado.

—Pareces un niño pequeño… enfadado con su madre y celoso de su hermano —dijo ella, dejando sobre la mesa su vaso de negroni. No lo había probado.

Los ojos de Emmett se oscurecieron tanto que Rose no fue capaz de ver sus pupilas…

—No sabes de lo que estás hablando.

—No, no lo sé. Así que… ¿por qué no me lo cuentas?

—Ya te he contado todo lo que debes saber.

—Quiero saber más —persistió ella con la voz levemente entrecortada—. Quiero comprenderte.

—Créeme, Rose —dijo él, dejando a su vez su vaso con fuerza sobre la mesa—. No quieres comprenderme.

— ¿Por qué no? —insistió ella, temblando interiormente.

Emmett la miró de una manera amenazadora ella dio un paso atrás.

— ¿Por qué crees que te elegí a ti? —preguntó él—. ¿Y no a una chica italiana como dijiste tú? ¿A alguien de mi propia clase y cultura? Porque, enfréntalo, Rose… tú no lo eres.

—Ya lo sé —susurró ella, profundamente herida. Se preguntó por qué estaba él haciendo aquello.

—Te elegí a ti porque no conoces a mi familia, no me conoces a mí… y puede seguir así. No quiero que me conozcas. No quiero que me comprendas. Yo no te amo, y tú no me amas, ¿recuerdas? Así que disfrutemos de la compañía del otro y de nuestros cuerpos… sin complicaciones innecesarias. ¿Comprendes? —dijo, esbozando una burlona sonrisa.

— ¿Y qué pasa con las promesas que me hiciste, Emmett? ¿Qué pasa con el hombre que querías ser? ¿A esto te referías? Porque si es así, no quiero tener nada que ver contigo.

Él dejó de sonreír y se quedó mirándola. Ella abrió la boca para negar lo que había dicho, para disculparse. Lo quería a él. Quería tener todo que ver con él. Quería comprender, explicarse…

Quería ayudarle.

—Es demasiado tarde para arrepentimientos —dijo Emmett—. Para ambos. Te casarás conmigo, Rose. No tienes otra elección. Ni yo tampoco.

—Ambos tenemos opciones —protestó ella—. Puede que esto haya sido un acuerdo, Emmett, pero podemos romperlo —dijo, sin querer realmente hacerlo.

— ¡No podemos!

—Yo sí que puedo.

—No lo romperás, Rose —espetó él, acercándose a ella y agarrándola por los hombros—. ¡Júramelo!

—No hagas esto —susurró ella, llorando.

Emmett la soltó y se puso de rodillas, apoyando su cabeza en el cuerpo de ella.

—Lo siento —susurró a su vez, abrazándole la cintura—. No quise… ¿qué clase de hombre soy?

Rose tembló, emocionada. Todavía estaba llorando y hundió los dedos en el pelo de él, que levantó la cabeza para mirarla.

—El hombre que quieres ser —dijo ella en voz baja, besándolo con una inmensa ternura.

Entonces él la hizo arrodillarse junto a él, convirtiendo el beso en algo apasionado, en algo que dolía como una herida.

Rose le devolvió la misma pasión, invadida por el deseo. Echó la cabeza para atrás para que él tuviera acceso a su garganta. Entonces Emmett le bajó el vestido y hundió la cabeza entre los pechos de ella, tocándola, lamiéndola, provocando que ardiera de pasión…

Entonces ella le abrió la camisa bruscamente, rompiéndole los botones, que cayeron por el suelo. Le acarició el pecho antes de echarse en el suelo y abrazarse a él, acercándolo a ella.

No sabía qué estaba pasando, sólo sabía que quería satisfacerle, que era suya.

Todo su cuerpo necesitaba ser saciado por él. Tenía el vestido a la altura de la cintura y se abrió de piernas. Emmett se puso sobre ella, abriéndose con una mano la bragueta… pero se detuvo. Ella lo miró y vio una gran angustia reflejada en su cara.

—Emmett…

— ¡Que Dios me ayude! —exclamó él—. Míranos. Mírame a mí —dijo, indignado.

—Lo siento… —comenzó a decir ella.

— ¿Que tú lo sientes? Gattina, no. No —dijo, sentándose en el suelo—. Vete, Rose. Déjame. Ahora mismo no soy bueno para ti.

Rose se sentó en el suelo a su vez, subiéndose el vestido con temblorosas manos.

—Sí que lo eres —dijo, deseando tocarlo, abrazarlo.

—Por favor. Por favor, déjame. Por el bien de ambos —dijo él casi rugiendo—. ¡Vete!

Conteniendo el sufrimiento y la confusión que sentía, Rose se marchó.


Personalmente, este capítulo me hizo un nudo la garganta.

PIES PARA QUE LOS QUIERO, SI TENGO ALAS DE IMAGINACIÓN Y PUEDO VOLAR

Dejen su review

Hasta el próximo.

Besos a todos

Serena Princesita Hale