Las celdas del castillo se encontraban separadas en lo posible de la zona residencial, en un subterráneo nauseabundo y maloliente. Se trataba quizás de la parte más antigua del complejo, una reminiscencia de la época romana. Allí los corredores eran laberínticos y sin apenas luz para desconcertar a los presos. Las celdas eran pequeñas, algunas con ventanucos que dejaban entrar la luz del patio. Nunca solía estar demasiado llena, porque la ciudad ya tenía su propia cárcel, pero tampoco estaba vacía. La celda de Fyren estaba algo separada de las demás, junto al despacho del alcaide. Pronto descubrió que su nueva alcoba era la joya de la corona del complejo, un tugurio que había acogido a varios delincuentes famosos de Castle Hill. Su celda era algo más grande que las demás, aunque igual de asquerosa. Tenía un catre y una ventana enrejada, un cubo para desechos y un buen número de pintadas y grabados en la piedra de los muros.
La guardia real le llevó dando un rodeo para evitar a la multitud. No fueron demasiado rudos, al menos con él, que se dejó llevar. El resto de criados y aprendices llegaron chillando poco después, apelotonados en una carreta con barrotes y entre los berridos de la multitud. Fyren entonces ya estaba encerrado, pero aun así podía escuchar las pullas furiosas al otro lado del patio.
"Las noticias vuelan".
Luego los condujeron a todos abajo y pasaron muy cerca de la celda de Fyren, que gracias a una pequeña portilla pudo ver como se los llevaban abajo, a los peores cuchitriles de todos. Los oyó defenderse a voz en grito incluso después de perderlos de vista; después se impuso el silencio.
Tanto los guardias como el alcaide eran tipos rudos, pero silenciosos y aburridos. Solo hablaban sentados a la mesa que había enfrente de su celda, y ni siquiera alzaban mucho la voz. El alcaide por su parte prefería atrincherarse en su pequeño cuartel general. Sin embargo, durante las primeras horas, no cesaron de llegar noticias sobre lo sucedido. Se pegó a la puerta, tratando de escuchar. Cuando uno de los guardias la sopló al compañero que el rey había destrozado el despacho del médico de la corte en un arranque de ira tragó saliva mientras se llevaba una temblorosa mano al pescuezo.
Pasaron cuatro días de ominoso silencio. Los guardias le pasaban dos veces al día la misma bazofia que al resto de los presos, pero pasado el minuto que tardaban en traerle y llevarse la comida lo dejaban completamente a solas. Lo trataban bien debido a su posición dentro de la corte, pero tampoco ocultaban su hondo desprecio. Así que se dedicó a deambular de un extremo a otro de su celda, una y otra vez, así cada día hasta que llegó Leeds. Apareció de buena mañana, con la cara contraída en un profundo disgusto.
-¿Qué demonios has hecho, Webb?
-Nicholas…-empezó, aunque luego tuvo que tragar saliva- ¡Yo no hice absolutamente nada! ¡Alguien puso el aceite en la botella; si lo hubiera bebido yo ahora estaría muerto!
-Pero no lo hiciste.
Con lo inquieto que era Leeds, le sorprendió verle tan tranquilo. No soltó ni una palabra más alta que otra, e incluso se contenía en los gestos. Cuando el modisto se lanzó a sus brazos para declarar su inocencia lo apartó en silencio.
-Sabes que puede morir, ¿verdad? ¿Y sabes que si ella muere a su marido le importará muy poco lo inocente que puedas ser?
-¡Tienes que creerme, Nick, yo no hice nada! ¡Yo no quería hacerle daño a esa muchacha!
El herborista soltó un suspiro de decepción y se mesó los cuatro pelos que le quedaban en la cabeza.
-Imagino que tus criados tendrían acceso al tanaceto.
-Claro que sí. Les indiqué bien las dosis que me dijiste; confiaba en ellos.
-¿Y crees que alguno de ellos tendría motivos para matarte?
El modisto frunció el ceño para darle a entender que meditaba. Pasado un buen rato, exclamó:
-¡Talon! Hace un año dejó que me robaran varios rollos de tela y a día de hoy sigue pagándomelos. Es un miserable gañán que se ocupa de limpiarme la tienda.
Su compañero esbozó un atisbo de sonrisa. Al otro lado de la puerta, el alcaide aporreó la madera para obligarle a salir.
-Veré qué puedo hacer. Al menos tienes a la madre de la chica y al capitán de la guardia real a tu favor, y eso es mucho. Si ese confiesa saldrás de aquí pronto, amigo.
Antes de que se fuera, Fyren le preguntó quién era el encargado de investigar el caso y, para su agrado, Leeds le respondió que el rey había designado al segundo caballero de la guardia real, el primer subordinado del capitán. Ser Richard, un hombre con el que Fyren solía tratar al ser su mujer una de las mayores coquetas de la corte. Sonrió para sus adentros. Si jugaba bien estaría de nuevo ejerciendo en pocos días.
La joven bruja era invisible para los habitantes del castillo. Llevaba días pendiente de su particular espejo, y estaba harta de contemplar las idas y venidas desde la distancia. Envió a Diablo al castillo y poco después se apareció allí, en una habitación abandonada. Acto seguido ejecutó sobre sí misma un hechizo que le permitiría deambular a sus anchas por la fortaleza sin que ningún patán se atreviera a molestarla. Diablo la seguía en la distancia, pero nunca muy lejos.
Cuando la joven se plantó en la alcoba real el cuervo se posó en el alfeizar de la única ventana que permanecía abierta, batió las alas y aguardó. Maleficent también lo hizo, porque no estaba sola. Sentada en un sillón la reina Maël contemplaba el paisaje a través del acristalado. Sentado al borde del lecho, el rey Stefan le lloriqueaba a su mujer. La joven no se sorprendió al verle tan hecho papilla. Ya llevaba tiempo así, desde el mismo instante en que destrozó la estancia del médico de la corte. Después de que le comunicaran la pérdida del crío, el rey no supo cómo reaccionar. Se quedó anonadado, observando al médico y al herborista en ominoso silencio. El maese Todd, quizá por solidaridad, le preguntó si quería verlo y, ante el gesto de asentimiento de su señor, acercó un cuenco de madera donde flotaba algo entre la sangre fresca y lo puso delante de sus narices. Stefan se quedó bastante rato escrutando aquella cosa que el médico le aseguraba se trataba de su hijo y la joven se acercó más para ver mejor a su sobrino. Era un ser blanco y deforme de ojos como platos y columna muy marcada, con las manos y pies planos y una pequeñísima protuberancia bajo el cordón umbilical que demostraba que era un chico. Así se lo dijo Todd al rey, que empezaba a respirar muy rápidamente. Ninguno de los presentes esperaba lo que hizo poco después, lanzarse a destrozar el mobiliario de la habitación entre berridos desesperados. Fue necesaria la intervención de la mitad de la guardia real para que dejara de aporrear los muebles con las manos ensangrentadas por las astillas y los cristales. Mucho después, más calmado, les había hecho jurar a los dos hombres que no revelarían la amarga profecía en torno a su joven esposa. La gente podría saber que había perdido un hijo, pero no había razón para atormentarla más dejando caer la pesada verdad sobre su ya atormentada persona.
Desde entonces él había permanecido atrincherado junto a su mujer, sin dormir y casi sin comer. La alimentaba él mismo, la lavaba y le peinaba el pelo para que cayera alrededor de su cabeza como una cascada de oro.
-Mi amor, por favor, despierta –le susurraba una y otra vez, aferrando su mano entre las suyas-. Despierta…
Pero ella no respondía jamás.
Poco después de que la joven irrumpiera, aprovechando la entrada de los criados que traían la cena a su rey, la vieja reina Maël se retiró a sus habitaciones. La mujer se cruzó con la bruja durante un segundo, y ella pudo observar lo mucho que había cambiado su madre en una semana. Tenía los ojos hundidos, el cabello con muchas más canas de las habituales y unas arrugas que la joven jamás había visto. En cuanto al rey, al poco de quedarse solo, volvió a hablarle a su esposa. No recibió respuesta, y el silencio lo hacía enervarse cada vez más. Al fin se irguió, con la cara contrahecha de furia, se acercó a la ventana y se puso a vociferar a los cuatro vientos:
-¿Has sido tú? ¿Tú le has hecho esto, bruja? ¿Por qué a ella, por qué?
"¿Acaso quiere despertar a todo el reino?"
En un alarde de indulgencia, decidió intervenir.
-No hace falta que chilles como un cerdo.
Se hizo visible detrás de él. Stefan, al principio, se dedicó a buscar como un poseso el origen de la voz, pero cuando la tuvo delante apretó los dientes. La señaló.
-¡Tú! –Gritó- ¡No la dejes morir!
"Así que cree que puedo hacer algo por ella. No le daré esa satisfacción".
Sonrió de oreja a oreja.
-¿Es una amenaza, sire?
Pero no le dio tiempo a acabar la frase, ya que Stefan se lanzó contra ella y la agarró como un desesperado por los pliegues del vestido.
-¡No te atrevas a dejarla morir!
La joven bruja alzó el bastón, que empezó a brillar con tal fuerza que el rey tuvo que soltarla para taparse los ojos. Cuando lo tuvo a una distancia razonable la apagó, pero se cuidó bien de poner la vara siempre delante de las narices del rey.
-¡Me da igual lo que le pase! –Siseó- Pero tampoco voy a dejar que me cargues con la culpa.
Stefan se frotaba los ojos, encorvado. También respondió con un siseo.
-El veneno es arma de mujer…
-Y la estupidez de varón, por lo que veo –se burló ella con una risotada- ¿Me crees tan imbécil? ¿Crees que buscaría venganza en un frasco de cristal cuando puedo estampar a tu querida mujercita contra un muro de espinas? No, sire, ese no es mi estilo.
El rey, ahora que había volcado su ira, se apoyaba contra una ventana completamente exhausto. Parecía confuso.
-No podrá tener más hijos…-balbuceó, a lo que Maleficent respondió con otra carcajada llena de sarcasmo.
-Si hubiera querido que se quedase estéril le habría arrancado yo misma las entrañas.
-¿A qué has venido entonces? –le espetó él- ¿A mofarte? ¿A regodearte? ¿O simplemente te pica la curiosidad de ver como sufre?
La joven se encogió de hombros.
-Un poco de todo. Ahora si me disculpas, tengo asuntos más importantes que atender.
Le dio la espalda para invocar el hechizo. Sabía que el rey estaba demasiado desolado para intentar nada. Se sabía completamente segura. Aun así le sorprendió escuchar la voz cansada, pero firme y decidida, del monarca.
-Te mataré, ¿me oyes? Espera en tu maldito castillo, que pronto vendré y acabaré contigo ¡Clavaré tu cabeza en una estaca y se la daré de comer a ese pajarraco tuyo! ¡Luego ataré tu cuerpo a mi caballo y cabalgaré a la ciudad!
"Qué poético".
-Que te vaya bien, Stefan. No te dediques nunca a componer versos.
Y, sin decir más, desapareció.
-Explicadme qué ocurrió.
El caballero permanecía sentado en un taburete que un guardia había traído expresamente para él, mientras que Fyren hacía lo propio en el camastro. El modisto se aclaró la garganta.
-Por supuesto, ser Richard: llevaba varios días mal del estómago, así que fui a ver a Leeds, el herborista, a su tienda. Me examinó y me dio tanaceto, tanto el polvo como el aceite, y me puso en tratamiento. Confiaba en mis criados, así que les expliqué exactamente lo que me había dicho Leeds. La dosis la preparaban ellos y la dejaban en mi copa.
El caballero asintió. Se trataba de un hombre de mediana edad, alto, de cabello entrecano y con fama de sensato. Permaneció unos segundos en silencio después de que el modisto callara para asimilar lo escuchado; luego le indicó con un gesto que continuara mientras decía:
-El maese Leeds ha corroborado esa versión.
-Me alegro mucho. Bien, como decía, el tanaceto siempre debía permanecer en mi copa de vino, y allí estaba cuando llegaron la reina y su madre. Yo estaba trabajando y les ofrecí un trago de la jarra que ya había dispuesto, y le dije expresamente a la reina Maël que la copa que estaba llena tenía mi medicina.
-Eso mismo ha dicho ella.
-Jamás pensé que alguien hubiera podido introducir el aceite esencial en la botella, ¡lo juro!
Ser Richard volvió a asentir mientras se ponía en pie. El propio rey le había encomendado castigar al culpable del intento de asesinato, y se tomaba su tarea muy enserio. Fyren sabía de su fama de servidor leal a la corona, y también de su honestidad.
-Vuestro amigo el herborista mencionó a un hombre, un tal Talon.
-Sí, ser. En mi tienda es una especie de chico de los recados. Se encarga de todo un poco, pero nunca de cara al público. Le doy comida y alojamiento; no le pago porque hace años me robó unas telas muy valiosas y se le condenó a indemnizarme con su trabajo.
El rostro del caballero era insondable.
-Decís que ese Talon no es más que un recadero, un simple. De querer envenenaros, ¿cómo iba a saber que vuestro remedio podía convertirse en veneno?
El modisto se encogió de hombros.
-Conozco a Leeds desde hace mucho y sé que el tanaceto es la hierba abortiva por excelencia. Casi todas las mujeres la utilizan al menos una vez en su vida, es un remedio popular. Todo el mundo sabe qué pasa cuando se excede la dosis, incluso un simple como Talon. No se me ocurre otra explicación.
-¿Y vos por supuesto no tenéis motivos para envenenar a una muchacha?
Fyren tragó saliva. Había cierto tono sarcástico en la voz del caballero, un detalle sumamente inquietante.
-¿Por qué iba a hacerlo? Os seré sincero, ser: me gano el pan haciendo vestidos para las señoras. Soy bueno, pero mejor es la fama que me ido labrando con años de trabajo. Y mi reputación, ser, tanto si resulto inocente o culpable, ya está por los suelos ¿Creéis que montaría un espectáculo así porque sí, y en mi propia tienda?
El caballero no contestó. Se puso en pie, dispuesto a marcharse, y fue entonces cuando abrió la boca.
-El tal Talon se ha pasado estos últimos días por la cámara de tortura. Se resistió, pero ha terminado por confesar haberos robado tela durante los últimos años. Asimismo confesó que manipuló la dosis de medicina y adulteró el vino. Se le ajusticiará mañana, si es que el rey Stefan no acaba con él antes. Sois libre, Webb, al igual que el personal de vuestra casa.
Se marchó, pero dejó la puerta abierta. Fyren salió a paso vacilante, sin creerse demasiado sus palabras, pero los guardias se limitaron a devolverle sus enseres y a señalarle la puerta. Salió del castillo por la misma puerta principal sin que nadie se fijara en él, porque todo el mundo estaba pendiente de los heraldos que anunciaban la ejecución a pleno pulmón. Fue directo a su tienda, y poco después llegó el resto de la servidumbre, todos pálidos y demacrados después de pasar por la sala de torturas. Nadie quería hablar de Talon ni del vino, así que se limitaron a limpiar la tienda y adecentarla, aunque nadie estaba dispuesto a trabajar al día siguiente, ni Fyren dio instrucciones al respecto.
A la mañana siguiente, puntual como el que más, Fyren se dirigió a la plaza para ver morir a su antiguo empleado. Se la encontró a rebosar, y ni abriéndose paso a empujones consiguió llegar más allá de la tercera fila. La multitud rebosaba odio, y cuando apareció la guardia real con el reo cargado de cadenas a punto estuvo de lincharle. Lo subieron al cadalso, pero antes de colgarlo llegó un heraldo a la carrera que se subió a la plataforma y anunció para júbilo de todos que la muchacha había abierto los ojos por fin. Hubo entonces una larga pausa en la que la multitud chilló de alegría para luego pedir con renovado ánimo la muerte del casi asesino, y esta vez el verdugo fue rápido. Lo colgó a pesar de los dos intentos del reo por echar a correr y, cuando llevaba cinco minutos en la soga, lo descolgó para atarlo a la temible rueda. Fyren soportó verle triturar las piernas del hombre, pero solo eso. Volvió a la tienda y se encerró en su despacho, y entonces sintió la llamada de la bruja tirando de él.
El viaje fue rápido, pero estaba demasiado aturdido para sentirse mareado. Aterrizó de rodillas sobre el helado suelo de la Montaña, en la pequeña alcoba de la bruja. Su cuervo tenía el feo pico clavado en él, pero ella se encontraba observando a través de una cortina de humo, sin reparar en él. Fyren estiró el cuello y reconoció la escena que mostraba. En la alcoba real, la joven reina yacía recostada entre almohadones con su marido junto a ella. Él le acariciaba el cabello en gesto protector. Empezó a cantar, con voz suave como lo habría hecho con un niño:
"¿Cómo manejar a una mujer?"
"Hay un modo, dijo el sabio anciano,
Por cada mujer conocido
Desde que el galimatías comenzara".
"¿He de adularla? Le rogué que respondiera.
¿Amenazar, engatusar o declarar?
¿Doblar la rodilla y como romántico actuar?"
"Dijo él con una sonrisa: No, de hecho.
¿Cómo manejar a una mujer?
Escuchad bien, pues diré, señor:
Para manejar a una mujer
Hay que amarla…Simplemente amarla….
Sencillamente amarla…amarla…amarla…".
-Amarla…-masculló la bruja en voz baja-. Qué suerte tiene, la muy guarra.
El cuervo graznó para anunciar su presencia y la muchacha se apresuró a deshacer la escena. Le escrutó con sus ojos de hielo, y Fyren se apresuró a inclinarse como gesto de devoción.
-He oído que has tenido problemas, ratoncito. Se te ha acusado de algo muy, pero que muy grave.
-Han ejecutado al culpable no hará ni una hora, mi señora –se excusó él. Ella soltó una de sus carcajadas.
-¿O sea que el ratón sigue siendo ratón? Y yo que pensaba que te habías puesto manos a la obra de una vez…
El modisto alzó la cabeza para mirarla a los ojos por primera vez desde que se conocieran. Ella vio que se sentía herido en su orgullo, y eso la hizo esbozar otra sonrisa. Así sería más fácil que confesara.
-Fui yo quien puso el tanaceto en la botella.
La joven apoyó la cabeza en la mano, recostada como estaba en su silla. Cualquier pensamiento quedaba oculto, al igual que los sentimientos y emociones. Aun con todo, Fyren se confió.
-Me pedisteis que saldara mi deuda con un asesinato. Alguien cerca de la familia real ¿Qué mejor forma de saldar mi deuda dejando a vuestros enemigos sin descendencia?
-Astuto, ratoncito. Usaste una hierba conocida por todo el mundo y te inventaste una dolencia para poder hacer que pareciera un accidente ¡Incluso tenías un asesino preparado!
El modisto sonrió.
-¿Lo he hecho bien, señora?
Maleficent se puso en pie y se le acercó a paso lento. El cuervo empezó a revolotear y se posó en el hombro de su ama.
-Eres maquiavélico, ratoncito mío, y me has hecho un gran servicio ahorrándome una venganza. Ven conmigo, te has ganado una recompensa digna de ti.
Dicho esto abrió la puerta y empezó a bajar los escalones de la torre. Fyren la siguió sin vacilar. La había servido bien, ¿por qué dudar? Sentía renacer su espíritu mercantil. Podría volver a ganarse a la joven reina, podría recuperar la reputación y, por encima de todo, contaba con la protección de la bruja más temida del reino. Estaba muy contento consigo mismo. Había logrado el negocio más redondo de su vida.
La joven lo condujo abajo. Pasaron por innumerables corredores y salas, atravesaron el salón del trono y salieron al oscuro patio interior. Lo atravesaron de punta a punta, hasta llegar a una porterna puesta de cualquier manera sobre un agujero en el muro. La bruja echó a un lado con un gesto de mano y le invitó a asomarse dentro.
No creyó lo que vio. Centenares de ojos observándole en la oscuridad, puntos negros sobre círculos amarillos. Fyren se echó atrás con un grito de terror, pero la joven lo agarró firmemente y evitó que echara a correr.
-¡Mi señora! –gimió aterrorizado.
Ella ensanchó su venenosa sonrisa.
-Pero ratoncito mío, si solo quiero presentarte a mis niños. Les encantan los ratones.
-¡NO, NO! ¿Por…Por qué?
Él se debatía todo lo que podía, pero ella era más fuerte. Agachó la cabeza para ponerse a su altura y lo miró con aquellos ojos veteados de amarillo, los ojos de un demonio.
-Nadie toca a mi presa antes que yo, ratón. Absolutamente nadie. Disfruta de mis niños.
Sin decir una sola palabra más tiró de él y lo arrojó por el agujero. El hombre soltó un chillido inhumano, y ya no pudo parar.
¿Alguien pidió espía muerto? Me dijeron que lo echara a los tiburones, pero no, pobres bichos, me gustan demasiado para echarles esa bazofia para cenar xD
En fin, hasta aquí otro capítulo de esta historia que está resultando ser de lo más oscuro que he escrito hasta ahora. Es la primera M que publico, de hecho. Aunque no pierdo mi seña de poner guiños históricos y demás chorradas (la canción, una de mis favoritas, procedente de cierto musical de Broadway xD). Como ya sabeis, todos los comentarios, observaciones y/o sugerencias son bien recibidos :)
