BUENO AQUÍ LES DEJO EL SIGUIENTE CAPITULO, OJALÁ Y SEA DE SU AGRADO Y NUEVAMENTE MUCHAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS.

UN DIA DE TORMENTO

Candy estaba parada en la puerta que daba al pasillo exterior de su habitación. El viento movía las cortinas de gasa blanca. Tenía su cabeza recargada en el marco de la puerta con la vista a las copas de los árboles. Unos mechones enroscados salían de entre su peinado y se agitaban con el viento. Miró a la cama y recordó las sensaciones que él la había hecho experimentar cuando recorrió su cuerpo. Había caído rendido, borracho… pero con satisfacción en su cara, después de la batalla del sexo. Una experiencia sumamente sensual…Pero no contaba como reconciliación.

No lo sintió cuando se fue. Ella también había caído rendida después de una tarde de llanto. Solo había dejado impregnada la habitación con su perfume, que ella aspiraba como si fuera esencia vital. Miró al buro y vio la cartera negra que el había dejado, dentro de ella había una gran cantidad de billetes. Sabía que era día de compras, pero jamás imaginó disponer de tanto dinero. Incluso cuando salían juntos cada quien pagaba lo suyo, con la modestia que le daba su raquítico sueldo de enfermera. Hasta eso había cambiado, ni como hija de los Andrew tuvo esos privilegios. Miró otra vez la cartera y mordió su labio inferior. ¿Que demonios se suponía que iba a hacer con tanto dinero?

La puerta sonó…

- Adelante!.- Dijo girándose hacia ella saliendo de su letargo.

- Señora, mi niña Dolores ya llegó.- Le dijo Leonora entrando a su habitación.

- Como? Ya no soy tu niña también?

- Jajajaja…Bueno, bueno también eres mi niña.

- Así esta mejor.- Candy deposito un beso grande en la mejilla de la mujer y la abrazó.- Anda, dile que no me tardo. Enseguidita bajo.

- Claro que si mi niña voy corriendo.- Y Leonora salió con una gran sonrisa.

Ella buscó una bolsa blanca, con bordados de canutillo. Guantes blancos vestían sus manos. Se miró al espejo. Su vestido era tipo chemise, con mangas cortas, de color café y crema, con encajes y bordados. No llegaba hasta abajo, con un ligero vuelo en la falda, como marcaban las nuevas tendencias, dejando al descubierto sus tobillos y sus hermosas zapatillas cruzadas de color ocre y blanco. Le calzaban tan bien, que estaba sorprendida.

Regalo de su esposo…Vestida no de niña…sino de mujer.

Miró al buro con resignación y encogiendo los hombros tomó la billetera y la guardó en su bolso, junto a su pintalabios y su espejo. Salió de la habitación sintiéndose por fin…Una gran señora.

Albert luchaba con fuerza para que sus ojos no se cerraran, observando desde la mesa de reuniones a su socio Frank con los planos de la ampliación de la fábrica. Sentía que la cabeza le iba a estallar. Tenía su boca seca y una sed incontrolable, que el insípido té no quitaba. Se sentía como estúpido adolescente soportando las secuelas de su primera borrachera. Levantaba las cejas y parpadeaba tratando de no perder la concentración.

Y sin embargo…No estaba en esa sala de juntas. Estaba junto a la pecosa. Recordaba sus palabras, el dolor reflejado en sus lágrimas. Su entrega, que hacía que se aclarara la garganta y se revolviera en su silla.

Pero…Tal vez hubiera sido mejor dejarla en paz, pensó. Haberla dejado seguir su camino, lejos de una familia de costumbres rancias y prejuiciosas. Una familia banal carcomida por la arrogancia y la prepotencia, disfrazadas de buen gusto y distinción.

Él también hubiera sido feliz lejos de los Andrew, como caminante por el mundo, sin fortuna…Y tal vez, solo tal vez, la hubiera encontrado un día.

Estaba seguro que si así hubiera sido, la habría amado de la misma forma, sintiendo en su corazón un amor desbordado por ella...

Ya era casi medio día, y habían pasado toda la mañana de tienda en tienda. Y sin embargo ni los zapatos, ni los vestidos, ni la bisutería habían logrado distraerla de sus pesares. Sentía una opresión en el pecho, como una máquina de vapor a punto de estallar. Tenía la respiración agitada, inquieta. No se sentía cómoda entre tanta gente.

- Candy, te gusta este color?...Candy?

- Que? Perdón es que estaba distraída. Que me decías?- Dolores le hablaba con un sobrero en sus manos.

- Te pregunto que si te gusta el color del sombrero!.

- Si claro…Es muy bonito.- Dijo la pecosa desviando la mirada casi de inmediato.

- Bueno…Esta visto que esto de las compras ha sido un gran fracaso.- Dijo Dolores con aire de decepción.

- Discúlpame Dolores, lo siento tanto.- Le dijo Candy con semblante apenado.- Es que en estos momentos no me siento bien. Solo quiero irme a casa si no te importa. No soy una buena compañía.

- Pero que te pasa Candy?…Te veo muy triste, angustiada.- Dolores la miraba con semblante preocupado.

- No, yo solo…Dios!.- Candy se frotaba la frente conteniendo el llanto.

- Esta bien, esta bien! Vámonos, pero no a tu casa. Mejor a la mía y ahí me cuentas que te sucede.

- No, no es nada. Mejor me voy a mi casa.

- De ninguna manera! No te puedes ir a la mansión Andrew para encerrarte sola. No, mejor vamos a mi casa. Si no quieres contarme nada, no importa.

- No es falta de confianza, no me malinterpretes, es que…es tan largo de contar.- Dijo Candy frunciendo el seño, moviendo nerviosamente una pierna. Conteniendo el bólido de sentimientos.

- Bueno, entonces vámonos ahora. Encontraras que una de mis cualidades es escuchar. Prometo que seré como una tumba y si te puedo ayudar en algo que mejor.

- Gracias…

Dolores dejó el sobrero en el estante, tomaron las escasas bolsas de compras y se encaminaron fuera del establecimiento, donde Henry las esperaba en el coche. Se fueron rumbo a la mansión de los Douglas.

Llevaba dos horas soportando la voz de ese hombre, asesor de la alcaldía. Era tan chillante y pausada que estuvo a punto de tomar los planos, enrollarlos y usarlos como soga para ahorcar con ellos a ese sujeto.

En cuanto dejó de hablar el hombrecillo, dio gracias al cielo de que terminara el tormento. Una secretaria llego a la reunión con una jarra de agua fresca, con suculentos cubitos de hielo flotando dentro de ella.

Ni si quiera lo pensó, se lanzó a la jarra y se sirvió vaso tras vaso de agua sin importarle que todos lo observaban azorados. Estaba haciendo el papelón de su vida. Se acabó casi media jarra sin dar tiempo a la secretaria de preguntarles a los presentes si querían un vaso también.

Minutos después estaba en el baño, mirándose al espejo sobre el lavabo. Soltó una risa irónica, era todo tan cómico. Abrió la llave y se mojo la cara, pasando sus manos húmedas por su nuca frotándose el cuello. La puerta se abrió y Frank entro al retrete.

- Que hay William, todo bien?

- Si es solo… un fuerte dolor de cabeza…- Albert tomo una toalla de papel y se limpió la cara y las manos.

- Si ya lo creo ese hombre tenía a todos a punto de salir corriendo, además… no estas acostumbrado a tomar en exceso, verdad?- Albert se rio de si mismo con la cara rojo tomate.

- Generalmente soy muy moderado con la bebida.

- Los pesares no se quitan con el alcohol. Solo es una ilusión óptica.

- Cierto… como en el desierto, un oasis imaginario.- Albert miro a Frank y luego esbozo una sonrisa al suelo.

- Vamos, que el alcalde ya esta impaciente.

- Si.- Hizo bola la toalla de papel y la aventó al cesto de basura

Los dos se encaminaron a donde el alcalde y otros funcionarios, además de la prensa los esperaban.

- Señor William, venga tome una copa con nosotros.- Le Dijo el alcalde de Nashville.

- Muchas gracias, pero creo que ya tome bastante liquido por el día de hoy.- Todos soltaron una carcajada.

- Bueno, pero no se negara a acompañarnos a al club. Estoy muy entusiasmado de que conozca a mi sobrina Petunia.- Albert levanto las cejas y quedó sin habla, apenas iba a emitir palabra cuando Frank se adelanto.

- Lo que pasa es que nuestro querido William esta impaciente por volver a casa. Solo hace dos días que se caso y como comprenderán no puede dejar sola a su esposa por tanto tiempo…Gajes de recién casado.- Albert esbozo una sonrisa y se sonrojó levemente. Miró a Frank que tenía una mano en su espalda con semblante triunfal. Todos quedaron asombrados. Los reporteros inmediatamente comenzaron a tomar nota.

- Pero como es posible? Mil felicidades!.- El alcalde dio un abrazo a Albert y los demás lo siguieron. El color cereza de su cara no desapareció mientras lo felicitaban. Los reporteros tomaron unas cuantas instantáneas. – Entonces, debemos conocer a la afortunada.

- Créame, el afortunado soy yo.- Dijo Albert esbozando una gran sonrisa.

Un reportero llamo la atención de Robert.

- Disculpe no tiene una fotografía de la esposa?.- Robert le habló al oído a Thomas y este se dirigió a Albert

- William, tienes una foto de Candy?.- Le preguntó

- Si…- Dijo Albert sacando su reloj de bolsillo. Mostrándole el retrato de la pecosa.

- A ver…- Dijo El alcalde junto a otro funcionario.- Ahora entiendo por que se siente afortunado, su esposa es muy bella.

Todos los presentes se pasaron el reloj de Albert para admirar a la "Señora Andrew". Todos comentaban la dulzura de su mirada, y su gran belleza. Por último lo tomo Robert y se lo mostró a la gente de la prensa. Sin autorización la sacaron del portarretrato. Albert se dio cuenta y llamo la atención de los reporteros.

- No la maltrate por favor!.- Dijo Albert con semblante serio y suplicante.

Uno de los fotógrafos ilumino la fotografía con la luz ámbar de una lámpara manual. Y otro sujeto tomó varias fotos utilizando diferentes lentes. Serviría por lo menos para realizar un grabado que un experto retocaría y lo pudieran publicar en la gaceta del día siguiente, antes del tiraje Dominical. El periódico era el "New York Times"…

- Ten William. En esta foto Candy se ve muy bonita.- Le dijo Robert entregándole su reloj ya con la fotografía dentro.

- Si, se la tomaron el año pasado en su cumpleaños, cuando cumplió diez y nueve.

- Es muy joven y hermosa.- Dijo Frank.- Bueno, por que no nos vamos encaminando al club?

- Lo siento, pero quede de llevar a Candy al zoológico.- Dijo Albert disculpándose.

- Por dios William, como se ve que no conoces a Dolores. A esta hora han de estar todavía comprando todo lo que encuentren en las tiendas. Que te parece si nos vamos al club y mandamos por ellas. En cuanto lleguen les avisaran que se reúnan con nosotros. Voy a hablar a la casa para que les avisen.- Frank se dirigió a la oficina del alcalde.

Al rubio no le entusiasmaba la idea de ver a Candy entre tanta gente, pero no podía ser descortés. Deseaba estar con ella a solas, hablarle de sus sentimientos, pedir perdón nuevamente por su comportamiento de la noche anterior. Hacer un último intento…O perderla para siempre si ella decidía irse.

No la dejaría desamparada. Gozaría siempre de su protección y su apellido.

POV CANDY.

Como contar en unas horas toda una vida. Como hacer para no omitir los detalles importantes, las risas, las perdidas…Los sucesos que marcaron para siempre cada palmo de mi existencia. Como poder omitir la dulzura de una mirada, la aventura de un viaje en auto o la sedosidad de una cabellera castaña. De los tres mosqueteros, del primer amor…De la tristeza, del repudio, de la mentira y de lo que desesperadamente quise alcanzar…Merecer a la familia Andrew.

De la ilusión, de la soberbia, del azul de una mirada de fuego que te derrite con solo posar los ojos en los tuyos. Del primer beso, de la intriga, del desprecio, del odio que carcome el alma y destruye los sentidos.

Del despertar a la vida como mujer, valiente, decidida, capaz de salir adelante. Con la entereza que tienen los que se labran el destino a sí mismos. De los que carecen de medios pero que tienen la fuerza para luchar, subsistir y aferrarse a cada momento feliz para forjarse un futuro... pero que engloba un todo…Un común denominador…Albert…

Le conté a Dolores con lujo de detalle casi veinte años de una vida colorida. Puedo decir que fue más fácil de lo que creí, me inspiraba mucha confianza. No presumía cuando decía que era muy buena escuchando. Solo me interrumpía para hacer una pregunta en el momento preciso. Era magnifica llevando una conversación…Bueno más bien me dejo hablar todo el tiempo.

Le conté, como si fuera una vieja amiga, los desprecios por los que había pasado siendo parte de la familia Andrew. Esa parte fue difícil, ya que incluso ante mis amigos, trataba de minimizar los sentimientos de tristeza y humillación que la Tía Abuela y los Legan despertaban en mi. Le hable de mis madres y de la falsa identidad Albert…Hasta llegar a lo que me tenía así…

- Candy…Que cosas me haz contado!…Son dignas de una novela de Charlotte Brontë.

- No creo que sea para tanto.

- De verdad, haz vivido muchas cosas para ser tan joven. Digo….Es que…- Comenzaba a balbucear.- Querida dame un momento…- Y tomó un gran sorbo de su té.- Fuiste novia de Terrence Grandchester?.- Me dijo con una expresión de asombro casi cómica.

- Bueno…Si, solo por unos cuantos meses y por correspondencia. Cuando nos volvimos a ver fue para terminar.

- Candy, con razón tienes el marido que tienes. Es una historia fantástica.

- A mi no me lo parece.- Le digo con semblante de hastío.

- Claro, discúlpame, se que haz pasado por mucho sufrimiento, pero después de todo…Te quedaste con el premio mayor!.

- Si, un premio mayor que no merezco.- Le dije levantándome del sofá para caminar a la ventana de aquella amplia sala.

- Pero que cosas estas diciendo? Candy él te ama, conquistaste el corazón del que creo que era uno de los solteros mas cotizados de Estados Unidos. Ahora eres nada menos que su esposa.

- Una esposa que no es digna de él. Una y mil veces me han dicho que soy una desgracia para la familia.

- Y tu terminaste por creerlo.- Dijo ella cruzando los brazos.

- Albert me dijo lo mismo.- Le dije viéndola con el seño fruncido y me senté otra vez en el sofá.

- Candy, hay algo que no entiendo. Por que dudas si lo amas o no?

- Pues…por que desde siempre lo he querido como un amigo, nunca lo he visto como otra cosa.

- De verdad nunca?.- Veo su expresión de curiosidad y lo repienso.

- Bueno, admito que me gustaba.- Levanta una ceja esbozando una sonrisa sarcástica.- Esta bien…Me encanta, es guapísimo!.- Digo con entusiasmo y las dos reímos. Cuando acabamos yo emito un gran suspiro.- Desde que lo encontré en Londres cuando fui a estudiar allá me pareció que era el hombre muy guapo. Y cuando lo volví a ver en Chicago y vivimos juntos por lo de su amnesia, me gusto mucho más. Al romper con Terry la convivencia se volvió mas estrecha. Pasábamos muchos momentos juntos. Nos reíamos, me cuidaba. Sentí un vacío muy grande cuando se fue del departamento. Lo busque por varios días sin encontrarlo, hasta que me entere que era el tío William.

- Pero seguías viéndolo como un buen amigo.

- Al principio todo era como antes, pero sin darme cuenta algo cambio. Me fui a vivir a Chicago nuevamente para estar cerca de él. Me emocionaba mucho cuando llegaba a visitarme. Siempre que no estaba de viaje cenábamos juntos en mi departamento. Nos sentábamos en la sala y conversábamos por mucho rato. Me regalo varios libros que leíamos por turnos en voz alta. Es curioso que mencionaras a Charlotte Brontë por que me regalo un libro de ella. Jane Eyre, fue el que más me gusto. Una joven institutriz enamorada de un gran señor. Fue de a poco que creció algo en mi, era raro. Su forma de mirarme, de tomar mi mano. Me encantaba aspirar su perfume. En más de una ocasión me quede dormida en sus brazos después de un agotador día de trabajo.

- Sigo sin entenderte Candy…- Y me mira como escudriñando en mi interior.

- Lo se…- Y me mira fijamente, yo desvío la mirada nerviosa y continuo hablando.- Después de la fatídica tarde en la mansión Andrew, no lo volví a ver. Se que ese día fue a buscarme a mi apartamento, pero yo me fui al hospital y le dije a la jefa de enfermeras que si iban a buscarme dijera que no estaba ahí. Ese mimo día acepte irme una temporada a Boston, al Hospital General de Massachusetts y hacer una especialización en cirugía y uso de anestesia. Cuando volví, él se había ido. Estaba viajando para expandir el imperio Andrew. En ocasiones nos escribimos. Me contaba sobre sus viajes y yo le contaba lo que hacia. Me convencí a mi misma que todo había sido un error. Que había confundido mis sentimientos y me quede mas tranquila. Luego de un año de estar de viaje nos vimos de nuevo y sentí que ya no era como antes. Ya no me ponía nerviosa al verlo, solo me daba mucho gusto estar con él. Salíamos de vez en cuando. Solo eso. No había nada más. Después de un mes de estar en Chicago, volvió a partir.

- Entiendo.- Dijo Dolores con semblante pensativo.

- Luego mi amiga Annie me dijo que pronto se haría público el compromiso de Albert con la mujer que vino de Inglaterra, después de que él llegara de Brasil. Entendí de inmediato cual era mi lugar, él pronto se casaría y yo…estaría fuera de su vida. Sentí alegría por él y fue después que conocí a Richard. Nos hicimos amigos y poco a poco me fue conquistando. Empecé a ilusionarme, a pensar en una vida feliz al lado de un hombre que me quería. Por fin podría tener una familia, una de verdad.

- Y aceptaste casarte con él?.

- Si. Fue en Diciembre, en casa de los Andrew. Albert había vuelto por lo que la Señora Elroy hizo una pequeña recepción de año nuevo y fui invitada. Le pedí a Richard que me acompañara, él ya sabía cuál era mi relación con los Andrew. Esa noche volví a ver a Albert después de la cena de Acción de Gracias. Nuestra amistad se había enfriado mucho. Así que la pase junto a Richard toda la noche. La gente murmuraba que ese día se harían públicas sus relaciones con Elizabeth. Un poco mas tarde la Señora Elroy llamó la atención de los presentes, yo sentí mucha angustia, una desesperación que hacía que no pudiera respirar… le dije a Richard que saliéramos a tomar un poco de aire…Al estar en el jardín el tomo mi mano y puso en ella una cajita forrada de terciopelo, era un anillo. Me pidió que me casara con él. Ni si quiera lo pensé, de inmediato dije que si.

- Y se anunció el compromiso de William?

- No, la Señora Elroy solo dio unas palabras de felicitación por el año nuevo.

- Pero tú ya habías aceptado a Richard.- Y es ahí que vuelvo a llorar, dándome cuenta nuevamente de mi error.

- Si…Tenía tanto miedo de estar sola, quería desesperadamente sentir que alguien me quería. Mis amigos ya no eran los mismos, tenía mucho problemas con mis compañeras en el hospital, empecé a volverme amargada, malhumorada. Solo quería ser feliz.

- Candy, yo ya tengo todo muy claro, pero necesitas comprenderlo tu. Dudas de tu amor por él por que no te sientes digna de su cariño, porque esas arpías te han convencido de eso!… Pero…Dime, cuál fue el momento que no tuviste dudas de que estabas enamorada de él?.- Y la imagen vuelve a mi mente. Un vestido blanco hecho cenizas, una chimenea, el salón en penumbras y su mirada en mis labios…con un olor a sándalo irresistible.

- Cuando me beso…por primera vez.- Y sollozo con fuerza. Ella me abraza poniendo mi cabeza en su hombro.- Como hago ahora Dolores? El nunca va a creer que de verdad lo amo.

- Tranquila cariño!.- Y me frota el brazo como si fuera alguien muy querido para ella.- Tranquila!

- Me dijo que podía irme si quería, que no iba a detenerme…

- Pero no lo dijo por que quería que lo hicieras, entiéndelo Candy…Esta desesperado…

- Lo amo Dolores…No quiero perderlo…a Él no…Pero la familia se va a disgustar mucho cuando sepa que me he casado con él…Tengo tanto miedo!

- Lo se Candy, lo se…Ya, ya cariño, que me vas a hacer llorar a mi también.- Me abrazo con fuerza a ella, deshecha en llanto…Deseando que fuera mi madre la que me consolara…

Albert estaba junto a sus socios, en el lobby del club. Los hombres amenizaban sus charlas con habanos y bebidas. Ya estaba impaciente. Toda la mañana y parte de la tarde había soportado su ausencia. Apretaba su reloj en el bolsillo como si fuera la lámpara mágica que cumpliera su deseo y la materializara. Deseaba tanto verla. No comprendía el por que de la tardanza…Y si se hubiera ido…Y si al llegar a la casa no estuviera su ropa, sus cosas…Solo el rastro de su perfume, los vestigios de un sueño…Se arrepentía de haber dejado en esa cartera tanto dinero. Tendría lo suficiente para comprar un boleto de tren…Se atormentaba constantemente. Estaba seguro de que si pasaba un minuto más saldría corriendo a buscarla.

- Dios! Por que no llega? Por favor…que no se haya ido…- Se decía a sí mismo. No prestaba atención a nada, la duda en su mente lo carcomía.

- Dolores, ya están listas? Ya hace una hora que nos esperan.- Louisa y Minerva llegaba para que juntas se fueran a reunir con sus esposos.

- SSShhh, baja la voz! Candy se quedo dormida.- Dijo Dolores a Louisa indicándole con la mirada a Candy que descansaba en el sofá, recargada en un almohadón de la sala.

- Pero por que? Se sintió mal?.- Preguntó Minerva con tono de alarma.

- Estuvo llorando toda la tarde. Pobrecita, casi me hace llorar a mí también.

- No me digas que tuvo un disgusto con William! Tan pronto?

- Louisa, baja la voz que te va a escuchar!.

- Entonces no vamos a ir al club?.- Le Dijo Minerva con decepción.

- Si vamos a ir. Solo denle unos minutos. Louisa, todavía esta en la ciudad la esposa del director de la revista Vanity.

- Si, me dijo que se irían el sábado.

- Bien, hace unos minutos llegaron las fotos de la boda. Vengan…- Y se encaminaron a otra salita.

- Ah! Que guapos se ven!.- Dijo la rubia Louisa al ver una fotografía de estudio de Albert y Candy después de la ceremonia civil.

- Se ven tan enamorados! Que lastima que se hayan peleado.- Minerva los observaba con semblante triste.

- No te preocupes, yo se que eso se va a solucionar. Lo importante es darles una lección a tres arpías que han hecho mucho daño a Candy.

- Pero por que dices eso? Anda no seas mala platícanos…- Le dijo Louisa con tono suplicante.

- Todo a su tiempo…Bueno vamos a despertarla y no pongan cara de curiosas. Después les cuento, entendido?

- Si, esta bien, pero ya vamos a darnos prisa por que nuestros maridos van a estar muy impacientes…- Les Dijo Minerva con apuro.

Salieron de la casa de Dolores y estaban llegando al club de Nashville.

Era una propiedad de varias hectáreas que conformaba el centro social más grande del estado. Contaba con campo de golf, restauran para 300 personas, así como un salón de eventos sociales, amplios jardines y gran cantidad de fuentes. Áreas recreativas como canchas de tenis, alberca y demás. Toda la alta sociedad de la ciudad se reunía para departir en franca convivencia.

Las jóvenes esposas se bajaron del coche y se adentraron a un edificio de dos plantas con hermosos acabados arquitectónicos. La estancia principal era enorme, con varios sillones forrados de terciopelo, de finos labrados imperiales, así como mesitas de centro acomodado todo en salitas de estar. En el centro una gran escalera con acabados de madera que dirigía al restauran, por detrás de ella se encontraba la entrada al salón principal.

Candy y las chicas subieron las escaleras. Ella empezó a ponerse nerviosa. No sabía como sería su encuentro. Dolores noto el semblante de Candy. La tomo de la mano y la apartó un poco de Louisa y Minerva.

- Querida, recuerda que debes estar tranquila. Todo tiene solución, solo hay que hablar con la verdad.

- Y si no me cree?.- Le dijo Candy con angustia.

- Si él es como me lo describiste, no tengas duda. Solo ábrele tu corazón como cuando eran buenos amigos.- Apretó sus labios, asintió y entraron por la puerta del restaurant.

Era un salón enorme que tenia cuatro columnas redondas distribuidas en el centro, a gran distancia una de otra. Figuras de mármol adornaban la entrada enmarcadas con herrería y enredaderas. Los ventanales eran angostos, de arco, acomodados en triadas, sin cortinas y dejando a la vista magníficos vitrales. El techo era muy alto con seis enormes candiles de fino cristal cortado esparcidos de dos en dos a lo largo del salón, que refractaban la luz en los colores del arcoíris. Infinidad de lámparas pegadas a la pared. El piso era de mármol pero adornado con finas alfombras lisas. Del lado derecho una gran barra con sillas altas, que era atendida por tres cantineros muy bien vestidos.

Una gran cantidad de gente ocupaba las mesas, algunas hasta para diez comensales. Estaban vestidas con manteles largos de color blanco, con bordados. En el centro un arreglo de mesa que contenía un candelabro rodeado de flores frescas. Vajilla de porcelana, copas de cristal y cubiertos plateados muy finos.

Ella admiraba todo, sin tomar en cuenta a la gente. Observando el techo alto y los vitrales. Estaba fascinada con lo lujoso del lugar. Miró hacia todos lados y no lo encontró. Pensó con tristeza que tal vez ya se había marchado. Agachó su cabeza y suspirando con decepción. Dolores llamó su atención presentándola como la señora Andrew…

- LA SEÑORA ANDREW?.- Pensó la pecosa.

Sintió que la sangre se iba de sus venas. Se puso pálida al saludar a las damas que la miraban con asombro al mencionar quien era. Conforme iban avanzando Dolores, Minerva y Louisa la presentaban a sus amistades lo que provocaba que la empezaran a seguir con la vista. Quería salir corriendo por donde entro.

De pronto lo vio a lo lejos. Con semblante serio. No cabía duda seguía disgustado. Empezó a sentir nuevamente tristeza y desvió la mirada. Dolores volvió a presentarla a otras personas que saludo con poco entusiasmo. Giro la vista de nuevo y lo vio avanzando hacia ella con cierto apuro. Tomó aire para saludarlo, quería disculparse por la tardanza, decirle en ese instante que lo amaba aunque hubiera tanta gente…Pero no pudo…solo alcanzo a cerrar sus ojos. En ese beso estaban las ansias contenidas de Albert. Duró un suspiro, pero a ellos les pareció una eternidad. Él sostenía su cara con sus manos y ella puso las suyas en su pecho. Al separarse se miraron sin importarles que la gente murmurara sin dejar de observarlos.

- Hola.- Le dijo Albert con una sonrisa tenue y con la respiración levemente agitada.

- Hola.

- Te tardaste mucho.- Dijo el rubio sin borrar la sonrisa.

- Lo siento.- Dijo Candy bajando sus ojos al pecho.

- No importa, ya estas aquí. Ven, vamos a la mesa.- Le dijo Albert tomando su mano y poniéndola en el brazo para conducirla al lugar donde estaban los demás. Cortésmente saludo a las tres esposas de sus socios, que estaban con una sonrisa de oreja a oreja. Avanzaron entre las mesas hasta llegar a la suya. La gente no dejaba de prestar atención a la pareja.

- Buenas tardes!.- Dijo Candy llegando con los socios de Albert que se pararon de su asiento para saludarla. Sus esposas se reunieron con ellos saludándolos también.

- Chicas, nos tenían impacientes. Se tardaron mucho.- Dijo Frank en tono de exasperación.

- Ay por favor Frank! Solo a ustedes se les puede ocurrir que nos demos prisa en un día de compras.- Dijo Dolores dándole un fugaz beso en la boca.

- William estaba a punto de salir corriendo a buscar a Candy.- Dijo Thomas en tono de burla, Albert solo se sonrió de forma nerviosa. Al rubio se le había quitado instantáneamente el mal humor.

- Bueno lo importante es que ya están aquí, ahora hay que ordenar por que tengo un hambre atroz.- Dijo Richard.

Mientras las parejas debatían que platillos ordenar, Candy permanecía callada y sin tomar la carta. Albert tenía la suya abierta pero sin leer nada realmente. Miraba de reojo a la pecosa que tenía semblante pensativo. No sabía como abordarla, lo que le parecía absurdo. Por fin, y después de dos días de tormento, su serenidad volvió. Se giró a mirarla y rompió el hielo.

- Que quieres ordenar?

- No se…- Dijo Candy sin mirarlo, paseando de manera nervioso sus ojos por el plato vacío.

- Quieres que ordene por ti?.- La miró agachando un poco la cabeza buscando sus ojos. Ella sonrió.

- La última vez que lo hiciste quisiste pasarte de listo…- Le dijo con una sonrisa torcida y levantando una ceja

- Que! Solo quería que probaras los escargot. Además los sirvieron en un plato muy bonito.

- Si y aparte de que no me gustaron, termine lanzándolos a otra mesa. Además a ti tampoco te gustaban.

- Quería que conocieras a los caracoles de las gaitas. Era una broma.

- Que te costo un dineral.- Y los dos se rieron.

- Solo quise darle un escarmiento a ese tipo. Desde que entramos a ese restaurant nos hizo mala cara.

- Es que no íbamos vestidos elegantes.- Y se quedó pensativa bajando la mirada. Sus ojos esmeralda se posaron de nuevo en él con timidez.-Ordena por mi, eres el único que conoce mis gustos.

- Es que son iguales a los míos.- Se miraron pintando en su cara una sonrisa. El se acerco un poco a ella mostrándole la carta y juntos la escudriñaban decidiendo que comerían.

Del otro lado de la mesa Frank y Dolores los observaban. Se miraron mutuamente y se sonrieron con complicidad.

Caminaba por el hospital Santa Juana con semblante de triunfo, su futuro suegro no había tenido más remedio que bajar la cabeza y pedirle que se casara con ella. Sus cálculos incluían un departamento en la zona exclusiva de la cuidad, aunque con menos efectivo del que hubiera deseado. No planeo nada solo se le presentó la oportunidad y la había aprovechado. La chica lo visitaba a escondidas de Candy y lo provocaba con sus insinuaciones. Su ambición aumento al conocer el poder de la familia Andrew. Desde chico deseo ser rico y lo sería sin pensar en el costo. No importaba que sacrificara sus sentimientos, estaba seguro que la conseguiría de todas formas. La deseaba más que a nada, más aún por que no le permitió avanzar más allá de unos cuantos besos y dados de manera sosa y casta, eso había provocado en él interés de poseerla. Él sabía que lo amaba y terminaría siendo suya.

- Richard…Pero que haces aquí? Creí que después de lo que paso no volverías.- Rayan Martín avanzó hacia él cuando lo vio caminar por el pasillo de traumatología.

- No seas idiota Rayan aquí trabajo. Además a ti que te importa.

- Mira, no tengo ni idea de que paso, pero estoy seguro que para Candy fue mejor que se suspendiera la boda.- Le dijo el joven médico cerciorándose de que el pasillo estuviera desierto.

- La boda no se ha suspendido mariposita, solo fue cambio de novia. Además Candy esta enamorada de mi y va a aceptar seguir conmigo aunque me case con otra.

- Eres un imbécil, que clase de chica crees que es? Jamás aceptará una relación de ese tipo.

- No le queda de otra, que más tiene? Ya no es rica. Soy su única opción. Tu sabes lo que se dice de ella en el hospital, que vivió con un hombre que se hacia pasar como enfermo. Su reputación esta por los suelos y fui el único que le propuso matrimonio.

- No se como pudo aceptarte. Debí hablar con ella desde hace mucho.

- Ni se te ocurra Rayan, a menos que quieras que le diga tu secretito al Doctor Lenard, sabes lo moralista que es. Inmediatamente te dará de baja y tu prominente carrera se irá al caño.- Le dijo Richard golpeándolo en el hombro con el suyo, lo que le provocó dolor ya que era más corpulento. Lo tenía en sus manos y lo sabía, las personas como él siempre serían rechazadas.

POV ALBERT.

Después de la comida le propuse a Candy que me acompañara a caminar por los amplios jardines del club. Paseábamos por los pasillos de una hermosa plazoleta que tiene una zona central con bancas de herrería blanca y una fuente en el centro. Me desquicia sobre manera verla tan callada. Al principio creí que era por todo lo que había pasado, pero sospecho que es algo más. Es como si su alegría se hubiera ido. Ya no sonríe como antes, ni hace bromas cuando platica y en ocasiones he notado un aire de amargura cuando participa en la charla. No se que le pasa, es como si hubiera envejecido 100 años…

- Que tal estuvo tu día? Te divertiste con las compras?.- La miro buscando su cara y observo su hermosa diadema adornada con pequeñas plumas.

- Si…- Levanto la vista hacia el frente, no puedo abordarla de inmediato con mis disculpas. Meto mis manos en los bolsillos y sigo avanzando en silencio.- Siento haber llegado tan tarde.- Dice con semblante serio.

- No te preocupes, era día de chicas. Espero que te haya alcanzado el dinero.- Le respondo de manera condescendiente.

- Casi no compre nada. De todas maneras muchas gracias.- Me dice sin quitar la vista del frente. La incertidumbre vuelve a mi mente.

- Por que no? Para eso te lo dejé…- Me mira con sus esmeraldas y suspira levantando la vista al cielo.

Caminamos callados hasta la fuente de la plazoleta. Candy se sienta en ella y juega con el agua metiendo su mano sin mirarme. El viento provoca una delicada briza que nos rocía levemente la cara. Ella levanta la vista y me encuentro con sus ojos. Ahora puedo verlos bien, bajo su tenue maquillaje esta la sombra de lo que en realidad debió ser su tarde, en el blanco de sus ojos se nota que ha llorado.

No quiero ser el causante de su llanto. Quisiera sentir certidumbre de esto que nos une, pero desde que llegamos lo único que he sentido es inseguridad. Todo esto ha sacado lo peor de mí.

- Candy, quiero que me disculpes…No sabes lo apenado que estoy por lo de anoche, se que no tengo perdón.

- Nunca habías tomado así…- Me dice agachando la mirada y yo miro hacia arriba sintiendo vergüenza.

- Si lo se, ni en mis años de vagabundo había hecho una cosa así.

- No tienes por que disculparte. Si grite no era por miedo…Te confiaría mi vida siempre, eres la única persona con la que me siento segura. Solo quería que…me escucharas. Me sentía sumamente triste por lo que te dije... Albert, necesito hablarte, pero es muy difícil para mí, hace dos años que no habíamos tenido ni si quiera la oportunidad de hablar a solas y han pasado muchas cosas que quisiera explicarte.

- Nunca habíamos tenido problemas para comunicarnos. Créeme que me da tristeza ver como han cambiado las cosas entre nosotros. Y creo que todo esto no esta ayudando.- Me mira y cierra sus ojos y una lágrima corre por su mejilla. No se si lo que he dicho la ha ofendido.

- Bert, quiero irme a casa si no te importa.- Dice limpiando su mejilla y desvía sus ojos.

- Está bien.- Nos levantamos y caminamos de nuevo al edificio para despedirnos.

Desde ayer cada minuto fue un tormento, las peores facetas de mi han salido. Al menos tengo la certeza que a partir de ahora, para bien o para mal, si ella decide marcharse, el recuerdo de haberla tenido entre mis brazos me dará valor para continuar con mi vida…