A todos los lectores de Un llanto en los Pasillos:
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Como muchos ya sabréis, este fanfiction lo escribimos entre dos hermanos. Y ninguno es nada sin el otro. El motivo de nuestra repentina ausencia fue un problema de salud muy serio (pero mucho, creedme) por parte de mi hermano mayor (David). Han sido meses largos y difíciles, y hemos tenido que hacer frente a situaciones que nunca creímos posibles. A día de hoy el futuro se presenta optimista, y queríamos celebrarlo con vosotros publicando un nuevo capítulo de Ullp que hemos escrito en compañía de médicos y enfermeras.
Al mismo tiempo, hacemos hincapié en que no planeamos dejar de lado la historia. Eso nunca. Lucharemos contra viento y marea si hace falta, tal como prometimos. Otra cosa es que seguramente sea difícil mantener el ritmo acostumbrado. Seguro que lo comprendéis.
Un fuerte saludo a todos, y en especial a todo el equipo médico, enfermeras, auxiliares y demás gente extraordinaria del complejo médico de Navarra.
¡Sigamos haciendo girar este mundo con fuerza!
Y a reír mucho.
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Atte:
David y Daniel
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Capítulo 7
Antes de que nacieras
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Harry Potter luchaba por mantener el ritmo. Un festival de gotitas de sudor circunvalaban por las arrugas de su frente, pero no podía detenerse. Estaba cerca de lograrlo. Con cada nueva embestida, su cuerpo se tambaleaba de un lado a otro, obligándolo a estirar los gemelos, tensar los glúteos y respirar agitadamente.
―¡Más rápido! ―le gritó Hermione, eufórica.
―¡Ya lo intento! ―respondió él, casi sin aire.
―¡Un poco más rápido!
―¡Creo que voy a llegar!
La actividad física era frenética. Visto de fuera no parecía gran cosa, pero merecía la pena. Podía sentir el rubor acariciando cada poro de su piel.
De improvisto, Ian le dedicó unas palmadas emponzoñadas en ironía. Harry se detuvo en seco y poco faltó para que se le salieran todos los jugos del cuerpo. ¿Le había descubierto? Fue tal el susto que incluso estuvo cerca de precipitarse al suelo. El corazón le latía desbocado y todo su cuerpo palpitaba como el motor de un cortacesped. Sintió los ojos de su suegro clavados en la nuca, juzgando la situación, pero temió girarse y descubrir que lo había pillado en un momento tan bochornoso.
―Sería más impresionante si no llevaras tantas protecciones ―dijo Ian, masticando cada una de las palabras hasta exprimirles todo el ácido.
―No seas tan duro con él, papá ―zanjó Hermione, un tanto seria―. Sus tíos nunca se molestaron en enseñarle. Esta es su primera vez.
―Esto… En realidad he practicado yo solo alguna que otra vez…
―Ya, y aun así hoy no has aguantado más de veinte segundos. Seguro que lo hacías mal ―interrumpió Hermione, convencida de su argumento.
Ian se cruzó de brazos, visiblemente inquieto.
―Bueno, bien, ya veo que le estas enseñando a montar…, ¿pero de verdad tiene que usar mi bicicleta? ¿Y si me la raya?
Harry se desabrochó el casco y puso los pies en el suelo. Estaba pertrechado como para un duro partido de quidditch, con sus espinilleras, rodilleras, coderas, y hasta pechera de capitán del equipo de Gryffindor. Por supuesto, tanto equipo le hacía sudar como una fuente bajo el abrasador sol de Julio. Al otro extremo del jardín, Ian tamborileó en el suelo con el pie. Harry no estaba seguro si era a causa de la luz o qué, pero de pronto su suegro le pareció un hombre enorme, que, con una mezcla de soberbia y paternalismo mal disimulado, se jactaba de la situación.
―Antes te la he pedido prestada y me has dicho que sí ―respondió su hija.
―Claro, pero es que no imaginé que fuera para él.
―¿De verdad? ―Hermione puso los ojos en blanco―. ¿Pensabas que yo iba a ponerme a dar vueltas por el barrio, a unas semanas de salir de cuentas?
Ian se estremeció. A ratos parecía olvidar que estaba cerca de ser abuelo. Pero la realidad siempre terminaba asestándole una bofetada. Ante el caso, su reacción siempre era la misma: primero, dirigía una tierna mirada hacia su hija, con los ojos brillantes y media sonrisa pincelada en su expresión; recorría el perfil de Hermione con la vista, centrándose en su abultada barriga, y de pronto se zambullía en una vívida ensoñación en la cual explicaba a una jovencísima Helara las virtudes del cepillado en círculos. Después, se volvía hacia Harry y su gesto se volvía oscuro.
Como ahora.
Harry se revolvió por dentro. Los ojos de su suegro parecían tener la asombrosa cualidad de penetrar sus defensas y estudiar sus debilidades. Si Voldemort hubiera poseído una décima parte del poder intimidatorio de Ian, no le hubiera resultado tan fácil derrotarlo. A su lado se sentía como un cervatillo siendo acechado por un león; un león con los brazos muy velludos y una butaca de dentista su casa. Las últimas noches, Harry se había despertado sudando, enredado entre las sábanas, preguntándose si la pesadilla que había sufrido (en la que se le caían todos los dientes tras una visita a la clínica de Ian) serían augurios de su futuro inmediato.
―Creo que necesitas una ducha con urgencia, Harry ―interrumpió Hermione desde el otro extremo del jardín, haciendo gala de su extraordinario sentido del olfato.
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Esa misma tarde, Pig, la diminuta lechuza de Ron, volaba a toda prisa para cumplir su misión. Apenas tardó unas horas en recorrer los cerca de dos mil trescientos kilómetros que separan Bucarest de Londres; algo impensable para un ave corriente, pero casi imperdonable al tratarse de una lechuza mensajera.
Nunca había realizado un viaje tan largo. Ni tan peligroso. Para cuando abandonó uno de los millares de pasadizos invisibles que conectan el mundo como una autopista subespacial (y que sólo las lechuzas mágicas conocen), las luces del ocaso ya teñían de carmesí los tejados de la capital inglesa.
Pig hubiera podido sentir la presencia de Harry Potter aun desde el otro extremo del mundo. De Harry, o de cualquier persona a la que estuviera destinada su carta. Pero aquella mañana era el nombre del joven mago el que figuraba en el sobre que le había entregado Ron, escrito con tinta mágica de color esmeralda, y tiraba de ella con un poder que sólo las lechuzas alcanzan a comprender. La distancia no era un obstáculo.
Enfiló hacia casa de los Granger y se adentró por una ventana abierta del ala sur. Emma se dio un susto de muerte y dejó caer su afilado instrumental sobre la lengua de la señora Williams; más que una lechuza, Pig se asemejaba a una pelota de tenis disparada por un cañón. Se estrelló contra varias paredes y rompió un par de recuerdos de boda antes de atravesar el vestíbulo como una flecha y golpear a Harry en la cabeza a tal velocidad que la cicatriz se le cambió de lado.
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¡Harry! Los periódicos de Rumanía llevan toda la semana hablando de un incidente muy 'curioso' en Inglaterra ―decía la nota de Ron―. ¿Cientos de serpientes escapando del zoo de Londres? ¿Cruzando carreteras? ¿Escapando al bosque? ¿Un excursionista atacado por una pitón de siete metros? ¡Vamos, hombre! ¡Esto claramente lleva tu firma! ¿Estás en apuros? ¡Di que sí! ¡Por favor! ¡Sólo necesito una excusa para escaparme de esta pesadilla familiar!
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Harry recordó el incidente en comisaría y se revolvió por dentro. Sólo habían pasado unos pocos días, pero lo sentía como un acontecimiento lejano, casi un sueño, como si pudiera cerrar los ojos y fingir que aquello nunca sucedió. Pero no iba a ser tan fácil. Por lo visto, hasta en Rumanía había sido noticia.
«En ocasiones tengo la sensación de que todo lo que toco, hago o digo se vuelve de interés nacional, incluso mundial ―pensó, apesadumbrado.»
Desde luego, ocultar a Helara cada vez parecía una mejor idea.
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De nueve a once de la noche estaré en un bar muggle (¡no te imaginas cómo está la camarera!) ―proseguía la carta de Ron―. Me han facilitado este número de teléfono. ¡Llama si puedes! Y si no puedes, también. ¡Pero llama! ¡Quiero hablar contigo!
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Harry miró el reloj apresuradamente y no tardó ni un minuto en marcar.
Trece dígitos después, el teléfono dio tono.
Respondió una mujer. Chapurreaba algo de inglés:
―Pues no señor, no servimos ron o whisky por teléfono ―le dijo con marcado acento extranjero.
―Ro-nald Weas-ley ―matizó Harry, enfatizando cada sílaba.
Unos segundos más tarde otra persona cogió el teléfono.
―¡Me hacen el mismo chistecito en todas partes! ―saludó Ron, sin pizca de humor―. ¡Todas! Tiene tanta gracia como Dumbledore bailando con patines.
―Pues yo me tomaría uno ahora.
―Oye, ¿he acertado? Lo de las serpientes…, ¿fue cosa tuya?
―No te lo vas a creer.
―Inténtalo.
Harry pasó los siguientes minutos narrándole con más calma todo lo que le había sucedido, como si las palabras fueran una mochila llena de rocas que estaba deseando quitarse de encima. Le hubiera gustado explicarle la otra parte de la historia, la que involucraba todo lo referente a Helara, al sentimiento de miseria que le provocaba mirar a los ojos a sus suegros, o lo que de verdad significaba para él tener que dormir en el sótano, sintiendo la permanente vigilancia de Ian Granger (constante acechador). Pero cubrió los agujeros en su historia con verdades a medias. ¡Y funcionó! Pensó que, de continuar así, se quedaría sin verdades para ocultar tanta falacia.
Por su parte, Ron saltó de la perplejidad a la sonora carcajada. Celebró la noticia de la libertad Sirius, se compadeció por su mala suerte, y se burló de su amigo hasta quedarse sin palabras. Y luego, al cabo de un rato, también se relajó y confesó con cierto aire apesadumbrado:
―Desearía que estuvieras aquí, Harry. Rumanía no es lo mismo sin ti. Y, bueno, hay chichas guapas, claro que sí; pero vamos, como en todas partes. No se parecen en nada a las de la revista que nos prestó Seamus.
Harry recordó las páginas repletas de traviesas mujeres de cabellos de oro en poses provocativas y dedos juguetones, y sintió como las preocupaciones se le escabullían con una sonrisa a la par que el pantalón le quedaba un poco más prieto.
―Sí, había un no sé qué en aquellas fotos que me hacía sospechar que no iban a ir así por la calle ―dijo Harry, divertido.
―Pasarían frío.
―A ti te dio calor.
Rieron.
La otra parte de la historia de Ron incluía exasperantes caminatas familiares de monumento en monumento. Explicó como su padre insistía en fotografiarse en absolutamente todos los símbolos del país. Si alguna vez en la historia algún mago famoso había visto, tocado, u orinado sobre una piedra en algún rincón de Rumanía, allí acudían en tropel.
―…y como también han venido algunos de mis primos, no puedo evitar sentirme parte de alguna clase de orquesta de pelirrojos. ¿Puedes imaginarlo? Dieciséis magos y brujas de cabellos de fuego caminando al unísono, bajo un Sol achicharrante, con las caras impregnadas por una espesa crema protectora que mi madre insiste en restregarnos cada mañana, y los dedos de los pies hinchados y rojos, aprisionados en unas ridículas sandalias. El otro día sorprendí a un muggle fotografiándonos en plena calle. ¡Como si nos hubiéramos escapado de un circo!
»Además, ¿sabes algo? He descubierto que nadie quiere conocer al chico que ayudó a otro chico a vencer al tipo al que todos temían. El otro día reuní valor y me acerqué a un grupo de brujas. Ni te imaginas. Tenían el pelo rubio, las piernas larguísimas, las faldas de su octavo cumpleaños, y más curvas que un pentágono…
―No le digas lo del pentágono a Hermione.
―…pero, cuando les dije quién era, ¿te puedes creer qué me respondieron? «pues chico, pelirrojos en Inglaterra los hay a patadas, ¿cómo sabemos que tú eres el auténtico?». ¡No hay derecho! ¡Sólo quieren ver tu cicatriz!
Harry estalló en una sonora carcajada.
Hermione debió escuchar su voz, porque de pronto apareció por la puerta sosteniendo una dulce mueca. Encontró su novio sentado en el suelo como hubiera hecho una joven adolescente charlando con su primer amor, con el auricular pegado a la oreja, mirada embobada y media sonrisa dibujada en unos labios acostumbrados a la tensión. Ella no dijo nada, pero llevaba meses sin oírle reír de esa manera.
―Por cierto, si Sirius y tú no queréis molestar a los padres de Hermione indefinídamente, podéis quedaros en la Madriguera algunos días ―dijo Ron antes de despedirse―. La condición es que no husmees en los cajones. Y ni se te ocurra bajar al sótano, oigas lo que oiga. No creo que a mis padres les importe teneros allí algunos días, sobre todo si no se enteran. Además, sé el pánico que te dan los dentistas.
«Pues imagínatelo de suegro» ―hubiera deseado responder Harry.
Le dio las gracias y, tras despedirse, colgó el teléfono.
―Qué tiernos. Hacéis una pareja adorable ―se burló Hermione con pillería―. Si fuerais personajes de novela, escribirían ríos de tinta sobre vosotros.
―Preferiría que escribieran sobre nosotros dos.
―¿Una pareja adolescente esperando un bebé? Si, claro, ¡menudo drama! Ya me lo estoy imaginando, todo un llanto en los pasillos.
Harry se incorporó de un brinco y ayudó a Hermione a acomodarse en una de las butacas. Cada día le costaba más. Vio que llevaba encima otra de sus cintas de video de la serie Urgencias.¡Y ya iban más de cien capítulos!
―Oye, ¿Ron sigue de viaje? ―le preguntó ella.
―Sí. Pero el pobre no consigue ligar con nadie. Si pudiera, le regalaba mi cicatriz.
―Vaya, pues sí que te echa de menos. Se tiene que haber gastado una fortuna, porque una llamada internacional como esa, de casi media hora, no debe ser nada barata.
―¿Internacional? ¿Mucho? ¿Fortuna? ―dudó Harry, repentinamente inquieto.
―Pues sí, bastante. Porque… ―y entonces Hermione se detuvo al ver la expresión de su novio―. Espera un momento… Harry, ¿le has llamado tú?
El chico dudó unos instantes, pero luego tragó saliva y asintió tímidamente con la cabeza. Ella bajó la mirada y se cubrió los ojos con los dedos, dejando escapar un prolongado suspiro.
―Si pensabas que tirar a la basura el queso azul de importación de mi padre pensando que estaba podrido había sido mala idea… ¡En fin! Esperemos que cuando tenga a Helara en brazos se olvide de todo como por arte de magia. ¿Verdad que sí, pequeña? ―añadió, al tiempo se acariciaba el vientre con ternura―. Estoy deseosa de que llegues al mundo. ¡Tengo tanto que enseñarte! Vives en un mundo mágico y hermoso, donde sólo la imaginación pone los límites… ¡Y mi espalda te agradecería tanto que fuera pronto!
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No hay nada peor que esperar algo para que se haga de rogar. Y Helara no iba a ser menos. Dos semanas más tarde, Hermione continuaba embarazada. Muy embarazada. Enormemente embarazada. La niña no parecía tener prisa por salir, a pesar de la retaila de patadas que le propinaba desde el interior.
―Sólo son golpecitos de amor. No es que pretenda aniquilarte. Son tiernos golpecitos de amor ―se repetía Hermione a menudo, como un mantra, con los ojos inundados de lágrimas saladas.
Por su parte, Harry poseía una buena dosis de recuerdos para enmarcar. Se había zambullido de lleno en las responsabilidades de la paternidad, experimentando todo aquello que en Hogwarts le había resultado imposible: noches sin dormir acomodando cojines, escapadas al supermercado a comprar helado, o nueces, o semillas de girasol, o cualquier producto que acabaran de anunciar por televisión y sin el cual, repentinamente, Hermione no podía vivir, masajes en los pies…
Y gases.
¿Cómo es que nadie les había hablado de los gases?
Estructurar el que terminaría siendo el cuarto de Helara en sus primeros meses de vida tampoco fue cosa fácil. Si bien Hermione tenía previsto dormir con la niña en su habitación hasta su reingreso en Hogwarts, su madre la convenció de que lo mejor sería tener un espacio dedicado. De ese modo, Ian se vio obligado a renunciar (no sin cierto pesar) al que hasta entonces había sido su estudio. Harry ayudó a trasladar los muebles al ático a golpe de varita. Fuera de ser un héroe y salvar al mundo, no había tenido muchas ocasiones de usar la magia más allá de los muros del castillo. Y por primera vez sitió que las clases del profesor Flitwick servían para algo más que para ponerle nota.
Ian se llevó el susto de su vida al toparse de frente con su escritorio de caoba, que volaba pasillo arriba con más intenciones que atino.
―¡Las paredes! ¡Que me rayas las paredes! ―gritó con preocupación.
Se decantaron por pintar el dormitorio con colores neutros, similares a los de un amanecer. Hermione dedicó algunas tardes muy entretenidas a planificar cada detalle en la decoración, y ni siquiera su enorme barriga la detuvo cuando decidió subirse a un taburete ―en contra de las súplicas de Harry― y pintar lechuzas a modo de cenefa.
―De esto ni una palabra a mis padres ―le hizo prometer a Harry, señalándolo con el dedo, y el chico comprendió a qué se refería Ian.
El resultado de tanto trabajo, por supuesto, fue maravilloso.
―Podrías dedicarte a esto, Harry. Serías un buen contratista ―le piropeó Emma una de las noches, mientras disfrutaban de una cena en familia tras una larga jornada de trabajo. El ambiente apestaba a sudor, pero todos estaban contentos.
―Es una de esas pocas cosas que les debo a mis tíos ―explicó Harry―. Su particular tiranía me hizo aprender muchas tareas domésticas y de bricolaje.
―Tienes manchada la nariz de lila, por cierto ―rió Hermione.
―Tengo hasta el ombligo manchado de lila ―bromeó Harry.
Una mañana, Sirius vio a Hermione bajar a desayunar con una camiseta de nilon con el estampado de una rana. La prenda le apretaba tanto que la rana tenía la cara deformada, como si alguien la hubiera inflado como a un globo. Y no pudo evitarlo, se rió. Cometió la locura de bromear con ternura a costa de Hermione, asegurando que, si esa rana no tenía pronto renacuajos, no habría caballero que pudiera convertirla en princesa. Ian rió como un energúmeno y procedió a escribir la cita en una servilleta de papel, alegando que eso tendría que publicarlo más tarde en internet. Para cuando terminaron las risas, la magia involuntaria de Hermione había actuado por cuenta propia; Sirius se volvió de un color aceituna y se prendieron en llamas el total de los zapatos izquierdos de la casa, así como la servilleta de su padre.
Los vecinos llamaron a los bomberos.
A Sirius no volvieron a verlo en los siguientes tres días.
―No desesperes. Helara está al caer ―le había garantizado su novio, tratando de infundirle ánimos, al tiempo que la rodeaba con sus brazos.
―¿Caer? ¿Que quieres decir con caer?
―Caer, nacer…, ya sabes a que me refiero. Las cosas buenas llevan su tiempo. Cosas buenas como Helara. Sólo tenemos que aguantar un poco más.
―Es fácil decirlo sin un ser vivo pateando tus entrañas. Sospecho que le parece divertido ver cómo se me retuerce la vejiga.
―Sólo un poco más.
―Sí. Un poco más ―repitió Hermione.
Pero, por el momento, lo más cercano que tenían de Helara era la imagen de su ecografía, impresa en un papel. Era una cálida tarde de finales de Julio y acababan de salir de la que esperaban que fuera su última revisión ginecológica.
―¿Estás segura de que es una niña? ―preguntaba Harry, achinando los ojos para distinguir algo en la borrosa imagen―. Porque yo aquí no veo nada.
―De eso se trata, Harry, de que no lo veas ―reía Hermione.
Ambos estaban sentados en la parte de atrás del coche familiar de los Granger, mientras Emma los llevaba de vuelta a casa. Muy juntos, casi pegados el uno al otro, no dejaban de mirar la ecografía. A pesar de su baja definición y de estar en blanco y negro, ya pretendían distinguir cada detalle de su hija.
―Lo que no se puede negar es que ha salido a ti. Es todo cabeza ―rió Harry.
―¿A sí? Pues entonces quizás deberíamos apellidarla Granger ―sugirió Hermione.
―¿Pero qué dices? Ya habíamos acordado que sería Potter.
―Helara Granger Potter. No suena nada mal. ¿A ti qué te parece, mamá?
―Ay, no, a mí no me metáis en ese lío, chicos. Que por cosas más pequeñas se han peleado familias enteras.
―Pues en la mía sólo quedo yo. El apellido Potter moriría conmigo si Helara no lo lleva. Creo que no hay mucho que discutir.
―No seas tan melodramático, Harry. El Potter sólo quedaría relegado a un segundo puesto. Y eso sin olvidar que el mundo está lleno de Potters.
―Puede. Pero no sería mi Potter. Y en tres o cuatro generaciones ya nadie se acordaría de él. Porque a ver, dime, ¿cuál es tu sexto apellido?
―Bagley.
―Harry, has cometido un error táctico muy grande al preguntarle eso a una sabionda como mi hija ―rió Emma.
―Ya. Lo sé. Seis años juntos y todavía no me acostumbro.
―Y podría seguir treinta y nueve generaciones atrás ―garantizó Hermione, con orgullo―. Todavía me acuerdo de cuando tuve que hacer un trabajo sobre mi árbol genealógico para el colegio. El quinto curso fue fabuloso.
―Sí. Y yo me acuerdo de que sólo os pidieron que llegarais hasta vuestros bisabuelos ―intervino Emma―. Pero tú insististe en trepar árbol arriba, hasta llegar a los pasajes bíblicos. Sólo la falta de rigor histórico te obligó a detenerte.
―Ya sabes lo que me molesta dejar los trabajos a medias.
―Sí, cariño. Todos lo sabemos. ¿Verdad que sí, Harry?
―Verdad, verdad ―rió él.
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El coche se detuvo frente a su casa pasadas las tres de la tarde, cuando el Sol estaba en lo más alto y el calor apretaba con fuerza. Con una delicada maniobra, Emma lo enfiló hasta meterlo en el garaje que se abría en la fachada.
Esperaron dentro del vehículo a que el portón de madera de roble volviera a cerrarse, escondidos en la parte de atrás como una pareja de ratones asustados. Pequeños gestos como aquel se habían convertido en rutina. Temían ser reconocidos accidentalmente por algún mago despistado, uno de esos raros especímenes que aún usara las piernas para desplazarse de un lugar a otro en lugar de trasladarse.
―A veces me hacéis sentirme como la guardaespaldas de Whitney Houston ―confesó Emma, que tamborileaba con los dedos sobre el volante a la espera de que el garaje se quedara en penumbras―. Y lo peor de todo es que ni siquiera le puedo contar a mis amigas que mi yerno es un chico famoso. Y rico.
―No tan rico en realidad ―bisbiseó Harry, aunque nadie le hizo caso.
―Más razones para que Helara sea una Granger ―apuntilló Hermione―. Imagina todos los dolores de cabeza que le quitaríamos de encima. Tú te pasaste años quejándote de una fama que no buscabas. ¿Acaso quieres lo mismo para nuestra hija?
La discusión aun perduraba cuando entraron en casa por la puerta de acceso interior. Harry se arrodilló y le quitó las sandalias a Hermione sin dejar de debatir; la chica tenía los tobillos hinchados y los dedos rojos.
De pronto, Hermione se percató de que sucedía algo extraño.
―¿Papá ha salido? ―preguntó, intrigada ante el repentino silencio que parecía extenderse a lo largo de la casa. Incluso las luces permanecían apagadas.
―Si lo ha hecho, a mí no me ha avisado ―respondió su madre, dejando las llaves sobre la encimera de la entrada―. ¡Ian! ¡Hemos vuelto! ―le llamó, acercándose a las escaleras―. ¿Ian? De verdad, cómo se haya vuelto a quedar dormido en la bañera con las velas encendidas me va a oír bien… ¡Ian!
No hubo respuesta.
Ni siquiera Crookshanks se acercó a saludarles, como era costumbre.
Harry se puso en tensión. Un extraño runrún le atenazó la boca del estómago, temiendo que algo malo pudiera estar gestándose entre aquellas cuatro paredes. Era un instinto natural que formaba parte indivisible de él.
De pronto sucedió algo inesperado: la doble puerta que daba acceso a la sala de estar se abrió con un estallido. La penumbra se convirtió en luz, y el ensordecedor ruido de una docena de voces gritando al unísono les perforaron los sentidos.
―¡SORPRESA!
Harry aun veía fuegos fatuos volando ante sus ojos cuando descubrió que sostenía su varita ante un público de lo más peculiar. Al menos una docena de cabezas asomaban desde distintos puntos de la sala de estar. Algunas aparecieron tras el sofá. Otras, desde la cortina. Le sorprendió darse cuenta de que muchos albergaban un increíble parecido con Hermione y sus padres, como si se hubieran sorteado sus facciones en alguna clase de lotería macabra. Uno de los niños de primera fila detonó un cañón de confeti, cuyo contenido cruzó la estancia alegrándola con sus colores vivos. Del susto, a Harry le asomaron algunas burbujas desde la punta de la varita. Nadie se dio ni cuenta. Otro niño se encargó de tirar de una cuerda que sostenía una red de globos, dejando que ascendieran con lentitud hasta el techo. Y Hermione, en pie al lado de Harry, se llevó las manos a la cabeza.
―¡Papá! ―gritó, buscando un culpable.
―¡Ian! ―coreó Emma, con el mismo tono.
―¡Yo no he sido! ―se defendió el hombre, visiblemente asustado.
―¡Pero…! ¡Pero…! ¡Si mi cumpleaños es mañana!―exclamó Harry, repentínamente ilusionado. Aún le temblaban las rodillas mientras masticaba la idea de haber estado cerca de prender en llamas a un montón de desconocidos.
Un repentino silencio se adueñó de los presentes. Todos lo miraban entre sorprendidos y avergonzados, sin saber muy bien qué decir.
―¿Cumpleaños? ¿Qué cumpleaños?
―Esto…, verás, muchacho… Aunque tú eres uno de los responsables directos de la celebración, no la hemos preparado pensando en ti ―se adelantó a explicarle una mujer, esgrimiendo una sonrisa que pretendía ser cordial―. La verdad… Bueno, ni siquiera sabíamos lo de tu cumpleaños. Aunque, en fin… ¡Felicidades!
―¿Por qué no nos lo habías dicho, Ian? ¡Mira que eres lerdo! ―se apresuró a decir otra persona, mientras el resto estallaba en carcajadas.
Harry se guardó la varita en el bolsillo de atrás y miró a la mujer que había hablado en primer lugar. Le calculaba unos cuarenta años, año más año menos. Tenía la nariz de Hermione y la mirada perspicaz de Emma, pero el resto de atributos parecían obra de un cirujano plástico. En su vida había visto dos pechos más tersos y juntos, encorsetados en un vestido de flores que parecía diseñado a medida.
―¡Bueno! ¡Atención, familia! Ya habrá tiempo más tarda para burlarse de Ian, ahora tenemos que prestar atención a este muchacho ―dijo la mujer del escote, poniéndole una mano sobre el hombro para guiarle hasta el centro de la sala―. Como todos ya os habréis imaginado, este es Harry Potter, el futuro padre.
―Sí, sabemos quién es ―interrumpió una chica joven, vestida de negro de los pies a la cabeza―. Su foto apareció hace cosa de un mes en las noticias.
―Ese asunto ya está arreglado, Úrsula ―corrigió Ian.
―¿Pero no se había escapado de la comisaría junto a otro tipo?
―Sí, ya me acuerdo… Uno que parecía un pirata, ¿no?
―¡Un fugitivo en la familia! ¡Cómo mola!
―¿Y no habría que llamar a la policía? No quiero ser cómplice de nada.
El barullo se extendió por la sala. Todos hablaban al mismo tiempo, pero nadie parecía realmente preocupado por lo que decían. Por el contrario, daban la sensación de estar disfrutando con la idea. Harry tragó saliva. Una vez más se había convertido en el centro de atención sin buscarlo. Para su sorpresa, fue Ian el encargado de poner orden:
―¡Ya no le están buscando! ¡Yo mismo me encargué de todo! ―exclamó, alzando su voz sobre las demás―. De verdad. ¡Todo fue una confusión!
―¿Se escapó de la cárcel por una confusión?
―No, se escapó de verdad, pero le apresaron por error.
―¡Pero entonces sí se escapó!
Ian se tiró de los pelos.
―¡Escuchad! ¿No veis que yo me encargué de todo? ―gritó exasperado―. Ya sabemos que el chico no es muy listo y que me ha hecho abuelo antes de la cuenta ―Harry se volvió a morir un poco por dentro―, pero eso no es razón para permitir que mi nieta fuera a visitar a su padre a la cárcel… ¡Hice un milagro burocrático! ¡Hasta salió en las noticias y todo! ¿Es que no lo habéis visto?
―Ian, ya sabes que yo, hasta que no empiezan con los deportes, ni presto atención ―dijo un hombre de abundante barba.
―Yo no tengo ni tiempo para ver la tele. Entre el trabajo y los leones… ―aseguró una mujer con varios niños a su alrededor.
―Pues es verdad ―recalcó Ian―. Está todo arreglado. Insisto, gracias a mí. ¡Me pasé diez días muriéndome de asco en una cola para solucionarlo!
―¡Como buen inglés! ―rieron varios presentes.
―Calma, cuñado. Calma. Si dices que está todo arreglado, y que ahora eres una especie de super-heroe de las colas burocráticas, es que será verdad.
―Lo que toca ahora es conseguir que Harry se sienta uno más del clan ―dijeron varias voces casi al unísono.
―¡Eso! ¡Eso!
Se escucharon algunos aplausos que se atenuaron enseguida. Harry paseó la vista avergonzada entre los presentes, notando cómo cada cual lo observaba a su manera. Los había que expresaban curiosidad, diversión o incluso repulsión, como era el caso de las dos adolescentes que le juzgaban desde la esquina más alejada. Por suerte, la mayoría le regalaban gestos y ademanes de aceptación.
―Respira Harry. Lo harás bien. Es tu familia política ―le chivó Emma, hablándole muy bajito, como esperando a que reaccionara, y le propinó un pellizco en el brazo.
Harry respondió a la multitud con una expresión que tiraba por tierra su dignidad. Los músculos de su cara estiraban en distintas direcciones, impulsados por un conglomerado de emociones difíciles de catalogar. Unos pretendían expresar rubor, vergüenza o asombro. Otros, sin embargo, trataban esbozar una tímida sonrisa en un imperante esfuerzo por parecer alguien decente.
El resultado era dantesco.
Nunca se había parado a pensar que Hermione pudiese tener tanta familia. Por otro lado, la gente suele tener familia. Y Hermione siempre había sido muy reservada respecto a su vida muggle. Era de esperar que tuviera primos, y tíos y sobrinos, del mismo modo que tenía aficiones, y revistas, y hasta cuentas bancarias fuera de Gringotts… Y antiguos compañeros de colegio, y amigos a los que sólo vería en verano y…, quién sabe…, ¿sería él su primer novio? De pronto comenzó a pesarle el alma.
«Respira Harry ―se recordó a si mismo.»
«Respira.»
¿Dónde se había metido? Miró de nuevo a la familia. Tan alegre. Tan ruidosa. Tan extravagante. ¡Y acababa de convertirse en uno del clan!
¿Exactamente cuándo había pasado eso?
¿Antes, o después de que se rompiese el anticonceptivo?
Contó al menos cinco primos, tres menores de diez años, y dos chicas adolescentes con aspecto sombrío que le dedicaban un gesto duro desde la esquina más distante. Luego sabría que eran Úrsula y Clara Granger, hijas del hermano gemelo de Ían, Dylan Granger. Por otro lado destacaban las tres hermanas de Emma: Lydia, Ellen y Jane Puckle junto a sus respectivos maridos, que saludaban con simpatía.
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Alguien puso música ligera. El ambiente era festivo. Abrieron de par en par las puertas que daban al jardín trasero, donde habían preparado una larga mesa con diversos aperitivos y algunas jarras con bebidas naturales. La gente comenzó a mezclarse bajo la apabullante decoración de globos y cintas de color rosa, y los tres niños pequeños salieron corriendo en busca de Crookshanks, que hasta ese momento descansaba plácidamente en una tumbona del exterior.
―Yo soy Lydia Puckle ―se presentó la mujer del llamativo escote, al tiempo que le obligaba a darle dos besos en sendas mejillas―. Soy la mayor de las tres tías de Hermione por parte de madre, e instigadora de todo este festín. Ya sabes, para celebrar vuestro sorpresivo embarazo. Ha sido todo un reto contactar a la familia tan rápido.
―E… Encantado ―se trabó Harry.
―Hay que ver. No puedo creer lo alto y guapo que eres ―siguió diciendo, examinándole a cuerpo completo sin perder su expresión risueña. Poco le faltó para escudriñarle la dentadura como a un caballo de carreras o tomarle las medidas del pie―. Vaya, vaya, ¿no tendrás por casualidad un hermano mayor?
―Pues…
―¿O un papá? Seguro que aún es joven.
―Soy huérfano.
―Qué desgracia. ¿Y lo tuyo con Hermione…? ¿Cómo vais? Eso del embarazo tiene que haber sido todo un jarro de agua fría…
―¿Qué? ¡No! Yo… Creo que tengo que irme…
―Oye, ya me contarás cómo es posible que una ratita de biblioteca como Hermione haya cazado a un joven tan apuesto como tú.
―Magia ―zanjó él, muerto de miedo, al tiempo que buscaba el auxilio de su novia entre la multitud.
―Yo sé un poco de eso ―garantizó Lydia.
Por su parte, Hermione era el centro de atención de su propio grupo. Formaron un corro a su alrededor y hablaban casi a la vez mientras ella sonreía azorada como respuesta al intenso interrogatorio al que era sometida.
―¿Y cuándo sales de cuentas? ―le preguntó Ellen, la segunda hermana mayor de Emma, haciendo que el resto callara para escuchar la respuesta.
―Mañana.
―Acabamos de regresar de la revisión ―añadió su madre al notar que Hermione no se animaba a dar más detalles―, y según la ecografía, Helara ya está en posición. Así que no debe tardar mucho en nacer.
―¿Ecografía? ¡A ver, a ver!
―Helara, que nombre más bonito. Pues esperamos que no os olvidéis de avisarnos de nuevo cuando el milagro suceda. Porque chica, te vi el verano pasado y yo convencida de que tú eras… ¡Menuda sorpresa! Nada menos que con un hombre.
Las mujeres rieron a coro.
―Tiene que haber sido muy duro eso de quedar embarazada en un internado ―dijo otra de sus tías, Jane Puckle, una mujer con el cabello muy rizado.
―Yo juraría que lo de quedarse embarazada fue justo la parte fácil ―apuntilló con cinismo Úrsula Granger, la mayor de las primas de Hermione.
Nadie le prestó demasiada atención.
―La verdad, Helara no me lo ha puesto tan difícil ―confesó Hermione, y mientras hablaba pudo sentir cómo se le coloraban las mejillas. No había tenido muchas oportunidades de hablar con nadie del tema, a excepción de su diario―. Por lo que he podido saber, he tenido un embarazo muy tranquilo. De alguna forma creo que he sido afortunada. Es como si supiera que estamos juntas en esto y tenía que echarme un cable.
―¿Y ya estás mentalizada? ―preguntó otra de ellas.
―Bueno, he leído bastante del tema…
―¿Bastante? No la he visto hacer otra cosa desde que volvió a casa. Creo que podría asistir el parto ella misma ―rió Emma, orgullosa.
―Sin embargo, por mucho que leas, veas vídeos y esas cosas, nunca estás realmente preparada para lo que pueda suceder ―aseguró otra.
―Bueno Mary, al menos tú no creías que seguías perdiendo líquido amniótico cuando en realidad te estabas meando delante de la comadrona. ¡Qué vergüenza pasé! ¡Y ya me extrañaba a mí que oliera así de mal! Lo peor es lo a gusto que me quedé.
De nuevo estallaron las carcajadas.
―Una pregunta… ―intervino entonces Hermione―. Si por algún motivo no pueden ponerme la epidural, ¿sabríais decirme si de verdad duele tanto?
Hubo un repentino silencio. Algunas le sonrieron de manera un tanto forzada. Otras, con su cara de espanto, le dieron la respuesta que menos quería escuchar. Pero ninguna de ellas abrió la boca. Ni siquiera su madre, que la abrazó con cariño, dejándola más preocupada de lo que ya estaba.
―Harry Potter, ¿eh? Parece un buen chico ―dijo Ellen, que en esos momentos miraba en dirección a Harry con gesto amable.
―Creo que no se lo digo mucho, pero es el mejor ―se sonrojó Hermione, al tiempo que sus primas se intercambiaban un muesca de asco.
―¡Mirad como juega con mis tigretones! Creo que tiene opciones para convertirse en un buen padre ―dijo Jane, madre de las tres fieras.
Harry había logrado deshacerse de Lydia sin necesidad de comprobar sus polvos mágicos, pero fue como pasar de la sartén al fuego. Aún no había terminado de masticar un canapé con demasiada zanahoria cuando tres chicos de ocho, siete y cinco años salieron de debajo de la mesa y se le quedaron mirando. Los tres tenían el cabello negro y liso y los ojos ligeramente rasgados como herencia asiática de su padre.
―Hola ―comenzó Harry, al ver que ninguno se animaba a decir nada.
―Te pareces al primer novio de Úrsula, con las gafas redondas y la cara de enfermo ―dijo el mayor de ellos, casi de carrerilla.
―Vaya. Pues qué coincidencia, ¿no?
―Lo dejó por feo. Ahora ella es un espíritu aberrante.
―¿No será un espíritu errante? ―preguntó Harry, entre divertido y asustado. No estaba acostumbrado a interactuar con niños pequeños, cosa que le ponía nervioso, especialmente cuando se sabía el centro de todas las miradas; un paso en falso, y su reputación quedaría manchada para siempre.
―Yo soy Niko y estos son Moco y Mordisco ―dijo el mayor de ellos, tan veloz que parecía soltar las palabras como una metralleta.
―¿Cómo? ¿Pero qué clase de nombres son Moco y Mordisco?
―Moco y Mordisco ―repitió Niko tan tranquilo, y Harry comprobó que la explicación le llegó de la forma mas gráfica posible.
Por un lado, uno ostentaba una larga y dúctil secreción verdosa asomando con generosidad desde su fosa nasal izquierda. Parecía culebrear sobre sus labios sin llegar a tocarlos. Al contemplar sus enormes ojos rasgados, Harry vislumbró el vacío. Sin duda, la chispa de inteligencia que fulguraba al final de las pupilas de los Granger parecía haberse saltado alguna generación. El hermano menor apenas era más alto que un cono de tráfico, pero había algo en su expresión que lo convertía en el más peligroso de los tres; seguramente estuviera relacionado con su enorme y desbaratada dentadura.
―Yo no me acercaría mucho ―le aconsejó Niko.
―Muerde ―aseguró Moco, mostrando la tirita de su dedo.
―¡Mi prima está muy muy gorda! ―celebró Mordisco, luciendo con orgullo sus cuatro piezas dentales, plagaditas de caries. Le parecía lo más divertido del mundo.
―No está gorda ―le corrigió Moco, hablando con lentitud y vehemencia, con aire casi presidencial―. Es que va a parir. Como la vaca del abuelo.
―¿Parir? ¿En el establo? ―gritó sorprendido.
―No. En el hospital.
—Sería genial que lo hiciera en el establo.
―En el establo lo hacen las vírgenes. Como María. Ella no puede.
―¡Sí que puede!
―No se puede.
―Que sí se puede, que se pone un trozo de celo y se vuelve a hacer. Me lo explicó el tío. Y luego me grabó la Sirenita.
A Harry le dio un pequeño infarto antes de comprender que se refería a las cintas VHS. ¿Por qué nadie acudía a rescatarlo?
―Le diré que se haga virgen para ir a parir al establo ―repitió Mordisco, muerto de la emoción y frotándose las manos.
―Oye novio de mi prima ―dijo Niko a viva voz, de modo que todos pudieran oírle. Seguía hablando veloz como un hilo de pólvora―. ¿A ti no te pusieron el vídeo en clase donde enseñan cómo se hacen los bebés?
Harry se sonrojó y miró en todas direcciones, buscando ayuda.
―Cuando él era pequeño no ponían videos ―explicó Moco.
―Pues a mí sí, mira yo te explico: la chica se quita la ropa y tiene como una cosa fea ahí que no es un pito sino como una boca fea que si lo mojas con tu pito le metes un bebé que se duerme en el ombligo durante nueve meses. Pero también dijeron que hay formas de que no pase. ¿Tú sabías que hay formas de que no pase?
―¡NIKO!
La voz de su madre atronó desde la lejanía.
―Te la has cargado ―dijo Moco.
―¡Pero mamá! ¡Es que a él sí le pasó, y yo le quería explicar porque sí que le pasó!¡Lo hizo mal! ¡No usó el pensativo! ―gimoteó Niko, al tiempo que su madre se abalanzaba sobre ellos dispuesta a llevárselo por la oreja.
―¡Nikolas! ¡Silencio! ¡Ya!
―¿Pero y si le da una enfermedad de transmisión? Al coche se le rompió la transmisión y se rompió y lo tiramos y no quiero que a él le pase eso.
―¡Silencio, chitón, ya mismo! —bramó.
―Mi hermano no ha pasado de curso ―explicó Moco.
Jane Puckle se inclinó varias veces ante Harry tratando de disculparse, roja como un tomate, a la par que regañaba a su hijo mayor con el brazo libre. Al fondo, el grupo de familiares reía. Todos, menos Ian Granger.
―Ya lo siento. No se lo tengas en cuenta. Perdonale ―le decía Jane, visiblemente abochornada―. No dice esas cosas con maldad, te lo aseguro. Es sólo que está en esa edad en la que lo quiere saber todo y no sabe callarse con nada…
Harry trató de quitarle hierro al asunto, incapaz de articular más de tres o cuatro palabras seguidas sin sentirse mareado.
―Pero qué te voy a contar a ti… Como vuestra hija se parezca mínimamente a Hermione vais a tener que armaros de paciencia. ¡Ella sí que sabía hacer las preguntas más inoportunas en los momentos más bochornosos! ¿Verdad que sí, Emma? ―le preguntó a su hermana.
―Ni me lo recuerdes ―respondió ella entre risas, y se llevó una mano a la cara fingiendo vergüenza―. Fueron esas experiencias con Hermione las que nos decidieron por dejarla como hija única.
Jane aun no se había terminado de llevar a Niko a un rincón cuando su otro hijo, Moco, miró a Harry y preguntó con su particular parsimonia:
―Oye, ¿os vais a casar?
Harry se atragantó.
¿Casar? ¿Cómo era posible que nunca se hubiera hecho esa pregunta?
¡Todo iba tan rápido! ¡Tanto!
La duda cogió por sorpresa a todos los presentes. Incluso los que conversaban a cierta distancia se volvieron hacia Harry, atentos a su respuesta. La propia Hermione lo miró, igualmente consternada. Harry tragó saliva con dificultad y contempló al niño con simpatía. Se fijó en el largo moco que le colgaba de la nariz.
―Pues… Bueno… Todavía no lo hemos hablado… ―titubeó.
―Pero, no os vais a casar antes de que nazca, ¿no?
―No… No creo que no nos de tiempo, no.
―Entonces, tu hija va a ser una bastarda ―señaló el niño, con la ingenuidad y desvergüenza propia de un muchacho de su edad.
Harry se quedó lívido. De pronto le pitaban los oídos. Mareos. Nauseas. Pensamientos suicidas. Todo a la vez. Al fondo, Hermione dio unas bocanadas de aire, como si de pronto le apretaran los pulmones. Nunca le había prestado atención a las tradiciones, pero había diferencia entre ser laico y dejar que llamen bastardo a tu bebé.
La madre del niño regresó como una flecha mientras Niko reía con ganas.
―¡Pero Robin! ¡Si tú eres el bueno! ¿Cómo le dices eso al pobre chico?
―Es una definición de diccionario. Y me lo ha explicado la profesora.
―Ya sé que es verdad, pero esas cosas se piensan y no se dicen. Ven, vamos con tu hermano. Al menos así os vigilareis entre vosotros.
Harry aún no había terminado de recomponerse cuando notó algo rozándole el trasero. Resultó que el menor de los hermanos había visto su barita, a buen recaudo en el bolsillo trasero del pantalón, y no pudo evitar la tentación de cogerla y salir corriendo como si fuera el mayor de los tesoros.
―¡Ey! ¡Eso es peligroso! ―le gritó, pero no hubo forma de detenerlo.
¿Qué más podía salir mal?
―Menudo regalito que le ha hecho a nuestra prima.
―Al menos se queda para pagar las facturas.
―Sí, pero todavía no estoy segura de si por caballero o por cobarde.
Esa corrosiva conversación la mantenían las dos chicas adolescentes de aspecto oscuro que no dejaban de vigilarle. Aparecieron por su espalda, sigilosas como una pareja de gatas siamesas. La mayor, Úrsula, una universitaria que aspiraba a ser veterinaria, destilaba el cinismo hasta convertirlo en un elixir difícil de digerir. La más joven, Clara, parecía una aspirante a dementor. Nunca había visto cosa igual. El negro más absoluto de su vestimenta y maquillaje contrastaba con su tez de porcelana, que asomaba tímida pero implacable tras una melena lisa como la seda. Era casi como si tratara de imitar el fúnebre estilo personal del profesor Snape, pero con ropa de marca.
―¿Tú crees que durarán mucho? ―preguntó Clara.
―Se supone que van a un colegio de genios o algo así.
―Pues muy espabilado a este chico no se le ve, la verdad.
―Pero Hermione sí lo es. Supongo que alguna cualidad habrá visto en él.
―Bueno, la tía Lydia dice que es rico o algo así.
―¡Vaya! Eso sí que aclara muchas cosas.
—Sí. Como el porqué corrió tanto para atarlo.
―¿Crees que lo hizo a propósito? ¿En serio?
Harry apretó los dientes, pero no desdibujó su sonrisa.
―Estoy encantado de conocer a la familia de mi novia ―dijo, metiéndose en la conversación para intentar acallar esos rumores.
―Creo que Niko llevaba algo de razón ―aseguró entonces Ursula, con cierto desdén―. Es ese colegio vuestro de empollones al que vais, ¿es que todavía no os han explicado cómo se usan los condones? ¿O es que son demasiado complicados como para que dos cerebritos como vosotros los entendáis?
―¡Mientra no le queden grandes…! ―bromeó su hermana.
Las dos chicas compartieron una risa emponzoñada y se alejaron de él.
Harry suspiró. Por un brevísimo instante deseó regresar al número 4 de Privet Drive y esconderse en su alacena, lejos de aquel bullicio.
Buscó a Hermione y descubrió que había tenido una urgencia. Harry oyó algo sobre que se le había salido la leche sola al oír tantas historias de bebés. Un ejercito de familiares esperaban en la puerta del baño a que saliera, desde donde compartían recuerdos de sus respectivos embarazos con sendas copas en la mano. Harry se sintió mareado sólo de ver a tanta gente reunida. Las miradas. Los cuchicheos. Parcialmente desesperado, y temiendo nuevas represalias, se arrastró hasta un lugar apartado, junto a la valla, donde se proyectaba la sombra de la casa unifamiliar de los Granger.
—¡Guau! ¿Y esa cicatriz?
Niko, recién zafado del castigo de su madre, había reaparecido delante de él, esgrimiendo su pícara sonrisa como un florete.
Harry se sobresaltó.
—¿Tú otra vez? ¿Sabe tu madre que estás aquí?
—No. ¿Cómo te hiciste esa cicatriz? ¡Yo quiero una igual!
—Pues mucha suerte.
—¿Eres el Zorro?
—¿Qué? ¡No! Además, es claramente un rayo.
—¡Mola! Dime, ¿cómo te la hiciste? ¿Cómo? ¿Cómo?
—No.
—Entonces te contaré más cosas del vídeo.
—Un mago malvado me la hizo después de asesinar a mis padres. Voldemort. Ahora hablo con serpientes y me arde cada vez que el mundo corre peligro —explicó Harry, esperando asustarlo un poco y perderlo de vista.
—Espera, espera, ¿un mago malvado? —intervino Dylan, hermano gemelo de Ian, metiéndose en la conversación—. ¿No querrás decir Volmentor, el Señor Oscuro de los Necromantes? No sé dónde habré oído yo esa historia…
Harry se quedó lívido. No había caído en cuenta de que podía haber mas gente escuchando. Giró el cuello y se encontró con Dylan. Un lóbrego escalofrío tamborileó por sus vertebras al reconocer el rostro de su suegro.
—Quién te iba a decir a ti que tendrías lectores de carne y hueso, ¿eh, hermanito? —se burló Dyla, dirigiéndose hacia Ian.
—Ya te dije que todas y cada una de las visitas del contador son reales. ¡Yo no contrato a chinos! —se defendió este, claramente ofendido.
Al fondo del jardín, Huy, el marido asiático de Jane, carraspeó la garganta.
—Ay, no ¿Otra vez hablando de ese estúpido cuento? —dijo Clara, con cara de aburrimiento—. Pero tío, ¿es que no ves que todas tus ideas son un plagio? Un trío protagonista en un internado victoriano, una conspiración, un profesor que no es lo que parece y termina siendo malvado, enigmas, puzzles… Evidentemente estás reinterpretando la película esa de los ochenta, la del joven Sherlock Holmes.
—¡Mentira! ¡Y en esa película no hay magia!
—A mí me gustó el primero, con todo ese asunto del protagonista que no sabe que es un Druida y lo de la piedra de Toque —comentó Dylan—. Me da igual que te inspiraras en esa película. Tenía un encanto difícil de igualar. Luego lo volviste muy oscuro. ¿Y qué diantres le pasa a Larry? Cada vez se vuelve más insoportable.
—Pues prepárate para los siguientes capítulos —señaló Ian.
—¿Lo vas a sacar del armario de una vez? Porque no creo que tengas a un solo lector que no sepa ya que es claramente gay.
Ian sonrió con malicia.
—He hecho algo mucho mejor —dijo, asegurándose de que Harry pudiera escuchar sus palabras—. Tú, espera a leer mi próximo capítulo y verás. No creo que Larry esté preparado para lo que se le viene encima.
.
.
Harry se sentía en medio de un partido de quidditch, con la diferencia de que él era el único jugador de su equipo y todos sus rivales contaban con una quaffle. No recordaba haber recibido nunca tantos golpes. Como buen buscador, Harry hizo unos requiebros, dejó a Niko en la estacada y tomó distancia, alejándose de la acción directa. Buscaba un lugar tranquilo en el que pasar inadvertido y lo encontró en unas sillas de mimbre que los Granger habían situado junto a unas orquídeas, alejadas de la mesa de los canapés.
En Hogwarts había aprendido muchas cosas, y una de las más importantes era la de no juzgar a nadie por la primera impresión. Pero ellos no se lo estaban poniendo fácil. La familia de Hermione le parecía rara, más de lo que nunca hubiera imaginado. Por suerte, un rápido ejercicio de memoria le hizo darse cuenta de que todas lo eran a su modo.
Se quitó las gafas y se rascó los ojos deseando que la tarde pasara rápidamente.
―Menudo lío, ¿eh? ―dijo alguien a su lado.
Harry se volvió hacia la voz y sólo entonces descubrió que se había sentado junto a una mujer con un sombrero de mimbre que le dedicaba una tierna sonrisa.
―Así que mañana es tu cumpleaños. Pues vaya, no creo que esperaras encontrarte hoy con este drama, ¿me equivoco? Cualquiera se asustaría.
―No estoy asustado ―mintió Harry.
—Claro que no. Es sólo terror escénico. Todos hemos pasado por eso. Soy Mary, por cierto. Soy la mejor amiga de tu suegra. Íbamos juntos al colegio y todas esas cosas. Y otras que no te contaré… Aún ―rió con gracia.
―Encantado.
―Por eso sé reconocer tu cara de espanto ―siguió diciendo Mary, muy simpática―. A cualquiera le asusta esta familia. Pero sólo es al principio. ¿Quieres ver algo gracioso? Fijate en los maridos de las Puckle. Como apenas se conocen entre ellos se dedican a hacer como que ponen en hora el reloj u observan los pájaros, cada uno en una esquina. Eso sí es ser raro, ¿no crees?
Harry no había reparado en aquel grupo de hombres hasta ahora. A su modo parecían tan asustado como él.
―¿Y las primas de Hermione? Unas amargadas. Desde que Dylan se divorció, se le suben a las barbas. Literalmente —rió—. Y en cuanto a Niko, estate tranquilo. He visto a ese chico golpearse la cabeza más veces de las que soy capaz de contar. Su lucidez no es algo que venga de familia.
—Pues es un alivio.
―Se ve que eres un buen chico. Creo que encajarás aquí. Paciencia. Y si no, siempre puedes comprarte un reloj caro —bromeó.
Harry le sonrió, y sólo entonces se percató de que Mary no estaba sola; llevaba una especie de sábana de color esmeralda anudada en torno al cuerpo, a modo de bandolera, y unos diminutos y rechonchos dedos asomaban desde el interior, tratando de alcanzar algún mechón de pelo. Se trataba de un porta-bebés. ¡Qué oportuno!
—¿Y cuántos años cumples? —preguntó Mary.
—Diecisiete. Y sí, ya sé que soy muy joven y todo eso…
—¿Tanto te lo han dicho?
—Ni se lo imagina.
—Se me ocurre algo que podría ayudar a cambiar de idea a quienes piensan esas cosas sobre ti; ¿te gustaría coger a mi hijo en brazos, para irte acostumbrando? Se llama Evan. Acaba de cumplir los siete meses.
Harry no supo ni qué decir.
Estuvo cerca de ponerse a llorar de la emoción cuando sopesó al pequeño. Rondaría los nueve kilos, y no dejaba de agitar los brazos en el aire, fascinado por todo lo que se movía a su alrededor, como los globos de color rosa atados a las esquinas de la mesa, o la pancarta que colgaba a la entrada del jardín, anunciando el inminente nacimiento de Helora Granger (el tema del nombre aún no había quedado muy claro entre todos los familiares). Aunque ya no hubiera tantos problemas como con un recién nacido, Mary le detalló cómo colocar los brazos correctamente para no lastimarle el cuello. Y, para cuando Harry quiso darse cuenta, volvía a ser el centro de atención de la fiesta.
Incluso Hermione, recién cambiada de ropa, lo miraba desde la otra punta del jardín, con los ojos encendidos por la emoción.
.
.
Harry Potter fue asaltado en cuanto puso un pie en la cocina.
No hubo presentaciones. No hubo compasión. Sólo calor.
―¿Pero…? ¿Aquí? ¿Ahora? ―preguntó con cierto temor.
―Calla…
―¡Pero…!
Hermione se había abalanzado sobre él con el sigilo de una nevera cayendo por las escaleras. Aprovechándose del breve instante de soledad, lo agarró por la camisa con ambas manos y tiró de él hacia abajo. Al chico se le torcieron y empañaron las gafas. Hermione acarició los labios de Harry con los suyos; estaban agrietados a causa del calor, pero no le importó lo más mínimo. Besó y mordió, incapaz de contener el volcán de sensaciones que nacían en su pecho y recorrían su cuerpo.
―¡Nos van a pillar! ―alcanzó a decir Harry, mientras trataba de coger aire.
Hermione no se lo iba a poner fácil. Ardía en deseos de fundirse con Harry, pero sus treinta y nueve semanas de embarazo eran un claro obstáculo. Continuó besando y despeinando a su novio hasta que terminaron golpeando la encimera.
―¡Ay! ―se quejó Harry, ante el último bocado.
―Eres un ruidoso ―burló ella, sin separar sus labios.
―Y tú estás loca ―confesó él, a medio desvestir.
―¿Y?
―No…, ninguna queja.
―No sé si son las hormonas o qué, pero… verte ahí, con ese bebé, yo… yo sólo tengo ganas de… ―Hermione lo rodeó con ambos brazos y regresaron a las andadas.
―A veces me das mucho miedo.
Harry notó algo viscoso manchándole los pantalones, y tardó unos segundos en percatarse de que se habían apoyado sobre parte de la tarta helada con forma de moisés que habían preparado para la fiesta del jardín.
―¡Van a pensar que me lo he hecho encima!
―Cualquier otro día, qué buena excusa para quitarte ese pantalón ―rio Hermione, tratando de contener su repentino sofocón.
―Harry, ¿por qué tardas tanto? ¿Has encontrado ya esos vasos? ―preguntó Ellen, tía de Hermione, desde el otro lado de la puerta.
Harry se levantó como un resorte y parte de la tarta helada se resbaló por la pernera de su pantalón, al tiempo que Hermione se giraba sobre sus talones para que no viera lo colorada que se había puesto. Ellen abrió la puerta y se quedó parada bajo el dintel, tratando de aparentar normalidad.
―Bien… ya veo… Bueno… Creo que podremos apañarnos con los vasos que ya tenemos ―masculló al cabo de unos segundos.
La mujer cerró la puerta y la cocina volvió a quedar en penumbras.
Harry y Hermione intercambiaron una fugaz mirada de culpabilidad.
―¿Tú crees que… ha pensado… mal?
―Bueno, creo que alguna pista le hemos dado… ―asintió Hermione, repasando su camisa desabrochada y el espectáculo de sus pantalones.
―Pues…, suerte que no te has agachado para ayudarme a limpiarme.
.
.
―Jamás hubiera imaginado que tendrías una familia tan numerosa. Me hace preguntarme cuántas más cosas me quedan por saber de ti. A veces es como si fueras una chica diferente a la de Hogwarts ―decía Harry en alto mientras se cambiaba de ropa.
Hermione esperaba sentada al comienzo de las escaleras de acceso al sótano, donde residía Harry de manera temporal. El susto en la cocina había sido lo suficientemente directo como para matar cualquier calentón.
―Y eso que mi abuela no ha podido venir. Agatha Granger. Y menos mal. La quiero mucho, pero antes de recibir la carta de Hogwarts estaba convencida de que ella sí que era una autentica bruja. Una de las malas.
—¿Y tus padres no sabían nada de la fiesta de hoy?
—Por lo que he oído, sólo lo sabía mi padre. Se ha enterado este mismo mediodía, cuando se han presentado todos en casa después de que nos fuéramos al hospital. Se ve que ayer noche habló con mi tía por teléfono y se le escapó decirle que estaba embarazada. Y digo escapó porque tú todavía no has vivido unos de los interrogatorios de mi tía Lydia. Podría trabajar para el MI6 —rió.
―Uy, creo que sí lo he vivido. Pero, todo esto podría ser un problema, ¿no crees? Me refiero a que alguno de ellos podría comentar lo nuestro por ahí fuera. Y, nunca se sabe cuando hay un mago o bruja escuchando.
―¿No crees que exageras? Los magos no son precisamente discretos.
―En esta misma fiesta hay por lo menos dos y ninguno tiene ni idea.
—Vale, sí, es un riesgo —razonó Hermione—. Pero no podemos hacer nada por evitarlo. No se me ocurre forma de convencerles de guardar silencio sobre lo nuestro. Y, con mi tía Lydia de por medio, insinuar que no debe contárselo a nadie sólo aceleraría el proceso. Además, piensa que corremos más riesgo cuando vamos al hospital. Allí siempre podemos encontrarnos con algún mago o bruja que esté visitando a un familiar muggle.
—Oye, ¿puedo preguntarte una cosa? ―dijo Harry, cambiando de tema.
―Siempre.
El chico dudó antes de volver a hablar. Temía la respuesta.
―¿Se lo han tomado bien? Lo nuestro, quiero decir.
Hermione esbozó una sonrisa desde lo alto de la escalera. Hacía tiempo que esperaba una pregunta similar por parte de Harry. A fin de cuentas, era una preocupación normal y sana. Usó el dedo para dibujar un pequeño rayo en el polvo que se acumulaba en la orilla de los escalones y midió muy bien sus palabras:
―Si te soy sincera, en muchos aspectos ha sido complicado. Lo de hoy es el final de la tormenta. Al parecer hemos causado bastante revuelo, pero acordaron no meternos presión de cara a que todo salga bien. Así que supongo que la respuesta es, si, para el tamaño que tiene todo este asunto, se lo han tomado bien.
Harry se sintió un poco más liviano.
—¿Y crees que yo les caigo bien?
—Bueno, que no salieras corriendo cuando te enteraste de que íbamos a ser padres te ha hecho ganar bastantes puntos con mis tías. Y lo que mi madre les ha estado contando sobre ti también les ha gustado mucho. Así que por su parte creo que sí. Mis tíos asentirán a todo lo que digan mis tías, de modo que con ellos también estás bien. Mis primos son muy pequeños como para comprender lo que sucede. Y en cuanto a mis primas… Tú, piensa que son de Slytherin y así las entenderás mejor.
—Por cierto, por lo que ellas me han dicho antes, ¿es que se supone que vamos a una escuela de superdotados o algo así?
Hermione soltó una risotada. Harry, ya cambiado de ropa, subió a su encuentro y se sentó a su lado, en las escaleras, sobre el rayo.
―Espero que no se haya roto la tapadera al conocerte a ti ―se burló Hermione.
―Ja, ja. Muy graciosa. ¿Y si mejor les presentamos a Ron?
―No te pongas así. Fue cosa de mis padres, no mía. No se les ocurrió nada mejor para explicar mi ausencia durante mi primer año. La verdad, yo ya ni me acordaba de eso. Tú sígueles la corriente y ya está. Sólo espero que no te pongan en un compromiso con alguna pregunta extraña. Pueden llegar a ser muy raros.
―De momento tus primos han sido los únicos que han conseguido sacarme los colores. Los pequeños y las no tan pequeñas.
―Sí. Ya. Lo he oído ―le dijo ella, claramente alicaída―. Bastarda.
Harry guardó silencio un instante, masticando en su cabeza el mismo adjetivo que tanto incomodaba a su novia.
―Hermione, tú y yo, nunca hemos hablado de eso.
―Lo sé. Pero no creo que sea el momento, Harry.
―Claro. Lo entiendo.
―Aunque, no estoy muy segura sobre si de verdad tendríamos que hacerlo.
―¿Es que no quieres que vivamos juntos? ―se preocupó Harry.
―Eso sí ―le aclaró ella, con total convicción―. Es lo de celebrar una boda lo que no me termina de, bueno, apetecer. Es tan tradicional…
―Podemos tener a mucha gente disgustada si no la hacemos.
―Sí. Eso también lo imagino.
―Por cierto, esto de ahora, no habrá sido una propuesta de matrimonio, ¿verdad?
Hermione se sonrojó.
―Espero que no ―respondió al final, muerta de vergüenza. De pronto se le habían roto todos los esquemas―. Aún es muy pronto. ¡No quieras correr tanto, Harry! Primero hay que aclarar muchas cosas. Quiero decir, yo sé que te quiero, pero, bueno, también necesito saber que te quiero por algo más que esto que nos toca pasar… ¡No vayas a entenderme mal! Yo sé que podría salir bien, pero… Yo…
Harry puso fin al tartamudeo de Hermione con un tierno beso. Y de pronto todos los miedos y dudas parecieron disiparse. Entrelazaron sus dedos y permanecieron un instante en silencio, con sus frentes apoyadas una contra la otra.
―Buscaremos un sitio donde estar los tres ―sentenció Harry.
―Cuatro; Crookshanks se viene con nosotros ―sonrió Hermione.
En ese preciso instante se abrió la puerta que había a sus espaldas, rompiendo el encanto. Robin apareció con su flamante moco y los miró con atención antes de volverse sobre si mismo para gritar a pleno pulmón:
―¡Están aquí, escondidos en el sótano!
.
.
Harry y Hermione descubrieron a toda la familia reunida en la sala de estar, aguardando su llegada. Había una montaña de regalos apilada en una de las mesas, entre los que destacaba una representación de la torre de Londres realizada con pañales plegados. También estaba allí la tarta helada con forma de moisés, sólo que ahora destacaba más por el grabado de la nalga izquierda de Harry.
―Ese trozo para él ―dijo Niko con repelús, al tiempo que lo tocaba con el dedo.
Jane hizo un aspaviento con los brazos y mandó a paseo a su marido, dejando libre el sofá principal. Luego ahuecó los cojines y les dio unas palmaditas indicándoles que se sentaran frente a todos los asistentes.
―Te he reservado el mejor sitio, con varios cojines a la espalda. Incluso puedes poner los pies en alto si quieres ―dijo, y le guiñó un ojo a Hermione.
―Pero… ¿Y todo esto? ―preguntó la chica, emocionada.
―¡Sorpresa otra vez! ―exclamaron los presentes―. ¡Feliz maternidad, chicos!
―Y paternidad ―farfullaron al unísono varios hombres.
Emma dio un paso al frente y miró a Harry con sus grandes ojos negros. Había algo en su expresión que le removió las emociones. ¿Que pretendía?
―Antes de comenzar, quería decir una cosa ―dijo Emma, paseando la mirada entre los asistentes, pero deteniéndose siempre en Harry―. Y esa cosa que quiero decir es: no tengáis miedo. Ninguno de los dos. Tal vez lo que pasó tenía que pasar, o hubiera terminado pasando tiempo después, no lo sé. Pero pasó. Estáis aquí. Y todos nosotros haremos lo que sea por ayudaros y hacéroslo todo más fácil.
―Eres un buen tipo, Harry ―corearon varias voces.
―Sí, creo que tienen algo de razón ―asintió Ian, casi a regañadientes.
―Aunque te seguiremos tomando el pelo ―añadió Dylan.
Harry trató de decir algo, pero en cuanto abrió la boca descubrió que se había emocionado y que le goteaban lagrimones desde la barbilla.
―Y tú que soñabas con ganar un hijo, resulta que es una nena ―volvió a reír Dylan, dándole unos codazos a su hermano gemelo.
El hijo menor de Jane (Mordisco) salió de entre el público y, para sorpresa de todos, obsequió a Harry con un tierno abrazo, del modo que suelen hacer los niños cuando ven que otro lo está pasando mal.
―A mí también me caes bien, primo ―dijo con vivacidad.
―Gracias. Gracias a todos ―asintió Harry, emocionado.
―¡Y el palito de tus pantalones es una pasada! ―agregó.
Harry se quedó perplejo.
―Ten. Te lo devuelvo. Pero no estés triste, ¿vale?
El niño se sacó la varita de Harry del bolsillo de atrás y se la dejó sobre las rodillas. Estaba recubierta por una densa secreción ―tal vez babas, tal vez otra cosa; mejor no investigar demasiado― y tenía marcas en la punta y en el mango, como de haber sido mordisqueada con insistencia.
―¡Ha sido increíble! ―continuó diciendo el pequeño. Tenía tanta emoción contenida que parecía que le fuera a rebosar por las orejas―. He apuntado a una de las plantas del jardín y ¡Zum!, se ha levantado de la tierra, me ha mirado con miedo, y se ha largado corriendo, calle abajo. ¡Qué risa!
―Mi niño tiene mucha imaginación ―explicó Jane a su hermana.
―Disfruta de tu carta de Hogwarts ―masculló Harry muy bajito, sin despegar ambas filas de dientes, de tal forma que sólo Hermione pudiera oírle.
―A su mamá le dará un síncope cuando cumpla los once ―respondió ella del mismo modo, sin que su primo llegara a enterarse de nada.
La lluvia de regalos fue igual de emocionante. Además de los pañales, los jóvenes e inminentes padres encontraron una gran variedad de artículos dedicados a los próximos cuidados de Helara. Harry nunca se había detenido a pensar que una criatura tan pequeña pudiera necesitar tantos cachivaches.
―¿Qué es esto? ―preguntó, sosteniendo una extraña bocina con gatillo.
―¡Guau! ¡Una pistola láser! ―se apresuró a gritar Niko, muy emocionado.
―Es un sacaleches, para que Hermione rellene biberones ―le explicó Emma.
―¿Es una pistola para la teta? ―dudó Niko.
―Hacéis que me sienta como una vaca ―dijo Hermione, muerta de vergüenza.
―Los primeros meses vas a ser una maquina expendedora que habla y camina, cariño. Las vacas al menos tienen algo de tiempo para tomar el aire y pastar ―rió su madre, mientras sus hermanas asentían en silencio.
―«Cómo ser padres y no darse a la bebida» ―leyó Hermione, ojeando la portada de uno de los tres libros que sujetaba en la mano―. «Los primeros años: del parto al ¡ya estoy harto!» y: «Ahora sois tres, ¡asumidlo!». Vaya. Que… curiososos. Gracias, supongo. Estos no los había leído.
―¡Lo sabía! ―estalló de júbilo Lydia―. Ellen, me debéis quince libras.
Hermione las miró intrigada.
―Ya sabes cómo es; hicimos una apuesta ―explicó Ellen.
―Ella estaba convencida de que ya los habrías leído. Y, teniendo en cuenta que tú lees hasta la letra pequeña de las instrucciones de uso de los medicamentos, creo que he ganado el premio gordo ―dijo Lydia con orgullo.
―Todos deberían leer las instrucciones de los medicamentos, tía. Siempre.
Su hermana Ellen parecía reacia a pagar las quince libras.
―¿Y esto? ¿Una cita en el centro de belleza Adonis? ―preguntó Harry, sosteniendo un vale para un tratamiento completo.
―Sí, pero eso es sólo para Hermione… ―corrió a explicarle Lydia, quitándoselo de las manos para dárselo a su sobrina―. Es mi regalo. Me imaginé lo mucho que te debe estar costando llegar a algunas zonas en tu actual estado. Ya me entiendes. Además, también incluye un masaje linfático para esa hinchazón de las piernas. Y pide que te atienda Fernando. Y que vas de mi parte. Luego ya me darás las gracias.
Hermione recibió el regalo con cierto bochorno.
El siguiente regalo que desenvolvió Harry era especial; estaba a nombre de su suegro. Rompió el papel con mucho cuidado y se sorprendió al descubrir que era un diminuto pijama rojo esmeralda; el color de Gryffindor. Pero, lo más llamativo de todo, eran las letras doradas que tenía bordadas en el pecho.
―¿«Hija de bruja»? ―leyó Harry en voz alta.
―«Hija de bruja» ―confirmó Hermione, atónita.
―¡Qué acertado! ―celebró Harry, que acababa de comprender la gracia.
―Me alegra que os guste… ¡Si vierais la cara que me pusieron en la tienda cuando les dije lo que tenían que bordar!
―¿Y te extraña? ―preguntó una de sus cuñadas.
―¡Parece una palabrota! ―exclamó Niko, muerto de risa.
―Es una broma entre nosotros. No tenéis por qué entenderlo ―se defendió Ian, notando las miradas de estupefacción de todos los demás.
―Eso de tus historias de fantasía se te está subiendo a la cabeza ―dijo Lydia.
―Pero Ian, ¿por qué no «Hija de Druida»? ―preguntó Dylan, desconcertado.
―Desde luego, los hombres sois un desastre a la hora de elegir regalos ―le reprochó Ellen, acercándose a leer mejor el bordado.
Reservaron el mejor regalo para el final; a una orden de sus padres, Niko y sus dos hermanos pequeños retiraron una sábana de color salmón dejando al descubierto una flamante cuna de madera de roble lacada. Harry se levantó de un brinco para verla más de cerca, y Hermione pidió ayuda para hacer lo mismo. No habían escatimado en gastos. El nivel de detalle de la cuna era tan alto que se emocionaron al comprobar que los vertices tenían atalayas talladas, imitando los almenares de un castillo.
Al asomarse, Hermione encontró a Crookshanks hecho un ovillo, junto a la diminuta almohada que sería de Helara. Pero había algo más.
―Esto es… ―dudó.
―¿Lo recuerdas? ―preguntó su madre, igualmente emocionada.
―¡Pues claro que lo recuerdo! ¡Vangogh! ―exclamó su hija, muerta de la emoción, al tiempo que cogía entre sus brazos un viejo muñeco de trapo―. ¿Pero, cómo…?
―Lo encontré en el ático, junto a todas tus cosas de niña. Se me ocurrió que a Helara también podría gustarle, de modo que lo limpié, le metí algo de relleno y remendé sus cosidos. Así también podrá cuidar de ella, como cuidó de ti.
―Muchas gracias, mamá. Es muy especial para mí.
Harry lo miró con curiosidad. De niño, él jamás tuvo un muñeco que considerara especial, dado que todos se los acababa rompiendo su primo. Lo más parecido había sido la araña que tejía telas en el techo de su alacena, a la que llamó Charlie, pero acabó muriendo bajo el zapato de tía Petunia. Hemione era la única persona que conocía aquella historia, y le pareció tan lastimera que le recomendó no contársela a nadie más.
―Me acuerdo que de pequeña estaba enamoradísima de mi Vangogh ―continuó diciendo Hermione, evocando retazos de su infancia―. Le leía cuentos, y soñaba con que algún día se transformaría en un chico de verdad y me llevaría a recorrer el mundo y vivir aventuras asombrosas.
Harry no podía apartar la vista del muñeco, de unos veinte centímetros. Estaba hecho de trapo, con dos botones por ojos, cuerpo larguiducho, diminutas orejas, y un llamativo cabello de gruesos hilos del color de las mandarinas.
―¡Es Ron! ―exclamó consternado.
Hermione dio un pequeño brinco.
―¡Es Ron! ―inistió Harry, atónito.
―¿Pero qué dices? Él… Él… ¡Es cierto! ¡Mi Vangogh! ¡Es clavadito a Ron! ―rió Hermione, dándose cuenta del parecido.
―¡Tú querías casarte con Ron!
La risa se contagió entre todos sus familiares. Harry se descubrió a si mismo señalándolo con el dedo, incapaz de reaccionar.
―No nos irás a decir que estás celoso de un muñeco de trapo ―comentaron.
Harry guardó el dedo acusador y se mordió los labios.
―A partir de ahora será Vangogh Weasley ―dijo Hermione, divertida.
―Chicas, ¿cuánto os apostáis a que Helara intenta cortarle media oreja, como quiso hacer Hermione? ―retó Ellen a sus hermanas.
―Sí, hablando eso ―intervino Emma―, chicos, de verdad, mucho cuidado con las tijeras. Lo de Hermione fue una obsesión, y no quisiera que se repitiera la historia. Nos las robabas a escondidas para desorejar a tu Vangogh. ¡Y sólo tenías tres años!
―No lo entiendo. ¿Qué tiene que ver eso de las tijeras con Vangogh? ―quiso saber Harry, desconcertado.
―Bravo por el colegio de superdotados… ―murmuró Úrsula al oírlo.
―¿Será que su súperpoder es otro? ―se burló Clara.
―Ya ves. Padres asesinados, niño rico… Como ahora diga que tiene una mansión y mayordomo, al final resultará que es Bruce Wayne.
Y ambas hermanas rieron al margen de todos.
.
.
Las manecillas del reloj apuntaban a las ocho y media cuando comenzaron a despedirse. Harry sintió que se le descolocaban algunas vértebras cuando los tres primos de Hermione se le abalanzaron al mismo tiempo desde el respaldo del sofá para darle un fuerte abrazo, con mordisco incluido. Para soltarse, Harry tuvo que prometerles que algún día pasaría a visitarlos a su casa y les enseñaría a decir palabrotas en el idioma de las serpientes. Les pareció el mejor plan del mundo.
―Sobre todo muchas que comiencen por «P» ―rogó Niko.
―Llámame si alguna vez necesitas algo, Harry. Menos una canguro, que ya tengo demasiada ración de eso. ¡Y bienvenido a la familia! ―insistió la madre de los tres tigres, mientras salía por la puerta propinándoles un empujoncito.
Tras la fiesta, los regalos, y todo lo demás, Harry se sentía exhausto. Sus emociones jugaban un importante papel en el cansancio que recorría sus huesos. Había sido liberador y emotivo recibir tantas palabras de ánimo por parte de los familiares de Hermione. Ya era, oficialmente, uno más del clan. Incluso Ian parecía haberse ablandado un poco.
Cuando se despidió de Dylan, el último de los invitados en abandonar la fiesta, todo se quedó en calma. Harry soltó todo el aire que había estado conteniendo a lo largo de la tarde y se elevó un poco. «Uno más del clan ―se repitió con orgullo.»
De no haber tenido que ponerse a limpiar el desastre que habían organizado, hubiera sido un final perfecto para un día casi perfecto.
.
.
Esa misma noche, Harry descubrió que no podía conciliar el sueño.
Dio varias vueltas en el catre de lona, ocasionando que los muelles gruñeran y protestaran. Le dolían los músculos, y podía sentir una bola trepando por sus vertebras y aferrarse a sus hombros como las garras de una rapaz. Las ideas se agolpaban detrás de sus ojos, donde surgen las ideas y los miedos. Asemejaban diminutas películas muy vívidas que lo trasportaban de un escenario a otro, propinándole pellizcos cada vez que parecía cerca de perder el conocimiento.
―¿Estás ahí? ¿Sirius? ―susurró.
Como no veía nada sin sus gafas, arrojó una zapatilla en dirección al catre de su padrino. Esperó a escuchar el quejido, pero nunca llegó. Una vez más, Sirius había decidido pasar la noche fuera de casa. ¡Ese sí que estaba recuperando el tiempo perdido!
Miró su reloj. Acababan de dar las doce.
Tenía, oficialmente, diecisiete años.
A las doce y un minuto, Harry, deambulaba descalzo por la casa. El suelo estaba frío y se sentía agradable. Descubrió que sus pies lo guiaban de forma inconsciente hasta el cuarto de Helara, en el segundo piso, junto a la habitación de Hermione. La luz ambarina de los faroles de la calle bañaban el contorno de los muebles. Peluches y cuadernos infantiles vigilaban desde los estantes, aguardando su momento. Incluso a oscuras, la habitación conservaba un halo de magia difícil de explicar.
Harry se quedó mirando la cuna, en silencio.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los llantos de un bebé recorrieran la casa? ¿Era consciente de hasta qué punto iba a cambiar su vida, o sus prioridades?
―Sólo queda esperar ―musitó para sus adentros.
―Sólo esperar ―repitió una voz en la oscuridad.
Fué entonces cuando se percató de que Ian también estaba en el cuarto, envuelto en penumbras. Observaba la cuna con una expresión de pánico que Harry reconoció como suya. Al parecer no era el único que se sentía aterrorizado.
―Lo haremos bien, ¿verdad Harry? ―dijo Ian, casi en trance.
―Sí. Lo haremos bien ―asintió Harry, convencido.
―Lo haréis muy bien los dos, y muy, muy, pero que muy pronto ―interrumpió Hermione, apareciendo a sus espaldas, con el cabello alborotado y sujetándose el vientre con ambas manos―, porque, o bien he tenido un desliz del que no volveremos a hablar nunca, o acabo de romper aguas en la cama.
―¿Helara está en camino? ―exclamó Harry, aterrorizado.
―Helara está en camino ―confirmó Hermione, rechinando los dientes.
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