Hola! Gracias por la paciencia que me han tenido os prometo que actualizaré más seguido, es que tuve ligeros problemas técnicos y pues eso de la navidad y bla bla bla, pues ahí va otro cap!!!! Espero que no se les haya ido la emoción por esta linda parejita

Y por favor manden un reviuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Porrrrrrr faaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaavooooooooooooorrrrrrrrrrr –que no se note la desesperación ¬¬-

Y para los que les gustó quédate a mi lado!!! Pues ya viene el otro cap!!! Después de milenios!!!! Gracias por su paciencia xd

Desperté temprano en la mañana, desayuné, me arreglé y me puse a lavar mi ropa en el lavabo de la cocina. Al terminar busqué un lugar para colgarla, salí al patio y la extendí en una silla.

Me quedé afuera merodeando entre los arboles que lindaban con el claro de la casa, jugueteé con la idea de treparme a alguno, pero las ramas estaban muy altas y nunca lo había intentado antes, así que me resistí. Me senté en el colchón de hojas de los pinos, el aire estaba cargado con el olor a tierra, a vida. Era bonito estar allá, lejos del ruido y el smog de la cuidad; ya ni sabía que día era, o cuanto tiempo había transcurrido desde mi huida; era como si el tiempo transcurriera de una forma diferente en ese alejado rincón del bosque.

Al llegar el medio día, volví a la casa, con el cabello lleno de hojas. Abrí todas las ventanas que no estaban cegadas con madera, aunque quería quitarle la madera a todas, pero a David no le agradaría y además, no quería abrirme las heridas que ya habían sanado.

El viento hacía la labor de llevarse el polvo, ahora la casa no parecía tan abandonada. Subí a la habitación donde tenía mis cosas, abrí la ventana para que el aire entrara. No quise quitar la sábana que cubría las muñecas, puesto que me daban la sensación de ser observada por todos esos ojos de vidrio. Acomodé mi ropa dentro de los cajones de tocador —después de haber sacudido en polvo de éstos—, retiré con delicadeza los pedazos de espejo roto, pero no salí indemne, me hice una cortada en la palma de la mano derecha. Salí corriendo al baño a lavarme la sangre, rasgué un pedazo de tela de una sábana limpia y me lo enrollé alrededor de la mano. Hubiera usado el vendaje que había tenido en el tobillo, pero recordé que lo había botado cuando me dejó de doler.

Esa noche me acosté temprano, tal vez porque estaba cansada o tal vez porque no quería ver a David. Estaba en la cama cuando recordé que tenía que trancar la puerta, pero me dio tanta pereza pararme que no lo hice.

Al día siguiente me impresioné muchísimo, al retirarme la venda de la mano; noté que mi herida estaba cerrada, no había rastros de sangre seca. Tal vez el corte no había sido tan profundo como había pensado.

Había olvidado retirar la ropa que había puesto a secar afuera, por suerte no había llovido, por lo que la encontré seca. La doblé y la acomodé dentro de los cajones.

Pasé todo el día arreglando los muebles de la sala, había una poltrona y un sofá muy cómodo, ambos del mismo color borgoña del sillón. Estaban intactos, al igual que el sillón; las sábanas los habían protegido. También había una butaca para poner los pies.

Al llegar el atardecer, como siempre, llené de velas la sala para espantar la oscuridad. Me desplomé en el sofá, era muy cómodo.

Empecé a sentirme ansiosa, y un tanto nerviosa; sabía que en cualquier momento llegaría él. Me quité el suéter azul, con reticencia, puesto que estaba muy calientita con él puesto; pero quería devolvérselo.

Ya me había habituado a los silenciosos pasos de David. Lo escuché abrir la puerta y entrar. Escuché sus pasos cada vez más cerca.

—Hola Helena—. Saludó con voz hosca.

Levanté la mirada. Él llevaba puesta una chaqueta negra con capota; tenía la capota puesta en la cabeza, y sus ojos estaban escondidos por las sombras. Llevaba las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta.

—Hola— cogí el suéter y se lo di—. Gracias por prestármelo, te lo hubiera devuelto antes, pero ayer me quedé dormida temprano.

Él se negó a recibirlo y dijo:

—Quédatelo, no hay problema.

No le insistí, se notaba a leguas que no estaba de buen humor. Puse el suéter sobre mi regazo.

Me sorprendió darme cuenta de lo mucho que quería ver sus ojos color esmeralda, ver sus gestos. Simplemente pude ver su perfil asomarse por entre la tela negra, puesto que él no estaba vuelto hacia mí.

Miré fijamente su ropa, pensando que podría ver a través de ella y descubrir la hermosa palidez de su piel. Él subió las piernas y las abrazó, aovillándose en el sofá. Noté sus níveas manos asomarse por entre las mangas de su oscura chaqueta.

Aún me dolía saber que él no quería confiar en mí, a pesar de que yo le había hablado abiertamente. Nunca pensé que me doliera más su indiferencia que su acritud.

—No pensé que me agradaría tanto ver la sala sin esas espantosas sábanas blancas—. Comentó rompiendo el breve silencio.

Estaba sorprendida, su voz ya no sonaba molesta, ahora sonaba cortés. No lo miré, simplemente dije:

—Pensé que no te agradaría.

—Jamás había pasado tanto tiempo aquí en la sala, por lo menos no después de…—Guardó silencio por un momento—. Supongo que tienes mucho tiempo libre para desperdiciar, sin tareas, ni escuela—. Agregó con voz afable.

Era evidente que no quería terminar la frase que había dejado inconclusa; pero eso no me importaba, solo quería escuchar su voz.

—Si, la verdad tengo mucho tiempo libre.

— ¿Qué te gusta hacer—rió suavemente—, a parte de re decorar y limpiar mi casa?

Más que nada, deseaba quitarle esa capucha; estiré la mano, para hacerlo, pero me sentí estúpida, la dejé caer y entrelacé las manos.

—Humm, creo que leer, aunque no traje muchos libros conmigo.

Él bajó los pies del sofá y se retiró la capucha.

Sentí un alivio anormal al ver sus ojos amables y no iracundos, su sonrisa franca, su piel pálida que tenía un aspecto terso y lozano, noté un leve rubor en sus mejillas habitualmente níveas. Su cabello castaño despeinado ligeramente. La luz de las velas desprendía un brillo de sus perfectos dientes, haciendo parecer a sus colmillos superiores más largos y afilados que los otros. Pero el efecto duró poco tiempo, al parpadear, vi sus dientes normales; aunque normales para él, porque nunca había visto a ninguna persona con los dientes más perfectos, blancos y brillantes que los suyos.

— ¿Has mirado algunos de los libros de la biblioteca?, ¿hay alguno que sea de tu gusto?

Casi tuve que pellizcarme para salirme de ese trance.

—Esto… no, están en inglés, no los entiendo—. Respondí algo atolondrada.

—Ahh… cierto.

Él arrugó su frente de mármol por un momento y luego sonrió.

—A mi también me gusta leer—comentó sin que le preguntara—. Paso horas y horas leyendo, podríamos decir que eso es lo único que hago. Creo que me gusta estar más con los libros que con las personas.

Era algo que teníamos en común, los libros no te juzgaban y no tenías que fingir con ellos.

— ¿Por qué dices eso?—. Le pregunté sorprendida, eso era normal para alguien tan asocial como yo ¿pero David? No podía imaginar si quiera que existiera que alguien odiara a ese muchacho de belleza que rayaba con lo inverosímil— tú pareces ser de esas personas que siempre está rodeada de gente.

—Humm, no se, no es que me guste, es que tengo que estar solo; a veces me pongo peligroso estando entre humanos —Fruncí el ceño—. Pero no te asustes —prosiguió de inmediato— no soy nada raro, sólo un chiquillo normal.

Parecía más empecinado en convencerse a si mismo que a mí.

—Supongo que es como esas fobias, tú sabes, como temerle a las arañas o los lugares cerrados—. Espeté con candidez, quería infundirle confianza, para que no se cerrara como la noche antepasada.

Él se quedó callado, sumido en sus pensamientos. Me quedé mirándolo intensamente en un árido intento de descifrar su expresión. Lo miré tan fijamente que él apartó bruscamente la mirada y se volvió a colocar la capucha. Me sentí incomoda, tanto, que decidí irme a dormir.

—Hasta mañana—. Me despedí.

—Duerme bien, y cierra la puerta con seguro—. Dijo con voz ronca.

No pude verle la expresión, porque tenía la cabeza gacha y tapada por la capota. Me puse de pie, y me fui, llevando conmigo un candelabro y el suéter de David.

Antes de acostarme hice lo que David me pidió, puse la silla del tocador para trancar la puerta.

Miles de interrogantes vinieron a mi mente, y todas giraban alrededor de una sola persona.

***

La siguiente semana fue más normal, David y yo nos quedamos despiertos hasta tarde arreglando la casa. Él se había olvidado por completo de su advertencia de que sólo me podía quedar por una semana, él se había vuelto más amable, aunque seguía enojándose cuando yo le preguntaba sobre sus hábitos y su vida por fuera de la casa.

De alguna manera, desde mi llegada a esta casa, parecía que mi vida giraba alrededor de un muchacho pálido de cabellos castaños.

Ya habían pasado tres horas desde que había caído la noche, yo estaba en la sala mirando el techo con expresión ausente mientras esperaba a David. La noche anterior él me había dicho que hoy íbamos a ir a la cuidad, puesto que teníamos que comprar comida —para mí, por supuesto; él no comía en la casa— y ciertas cosas para limpiar la casa. Estaba un tanto emocionada por volver a la cuidad; ya que, desde mi huida, me había quedado allí en la mansión y a sus alrededores. Aunque, en cierta manera, tenía miedo de salir de allí; tal vez porque de alguna forma la cuidad me recordaba las cosas de las que huí.

Un crujido me alertó que alguien estaba abriendo la puerta, mi corazón empezó a latir con rapidez. De inmediato me puse de pie, sentí que me faltaba el aire, puesto que sentía el corazón en mi garganta.

De repente, todo cesó. Era David, que entraba de la noche a la casa.

— ¡Hey!— Saludó.

Me puse de pie y corrí a recibirlo. Realmente estaba muy ansiosa de que él llegara. Al verlo noté que llevaba un montón de bolsas de papel en los brazos, tenía tantas que su rostro estaba detrás de todas ellas.

—Hola David, ¿a que se debe todo esto?

Él bajó los paquetes y los dejó en el piso. Tenía la acostumbrada sonrisa radiante en su angelical rostro, casi me puse a hiperventilar al verlo, todavía no me había acostumbrado a él.

—No quería que te tocara recorrer el bosque de noche, así que me tomé el atrevimiento de ir solo a la cuidad. Espero que no te moleste.

Me encogí de hombros.

—No hay cuidado. Ven, ayúdame a llevar esto a la cocina.

Levanté un paquete del suelo y me encaminé a la cocina. La cocina estaba impecable, el linóleo brillaba, los mesones de metal resplandecían, todo estaba impecable. Tenía un aspecto de cocina de la década de los 30, aunque allí no había electrodomésticos ni mesa del comedor.

Dejé la bolsa sobre el mesón y fui por las velas que estaban en la sala para iluminar la cocina, puesto que en la casa no funcionaba la electricidad. Cuando volví a la cocina, vi a David encaramado el mesón, tarareando una melodía que no reconocí; había traído todas las bolsas a la cocina.

—Tendremos que hacer algo con la electricidad, detesto ver velas por todos lados.

Me puse a acomodar lo que David había traído.

—No entiendo como habías estado en esta casa sin luz, aún no me cabe en la cabeza—. Comenté mientras miraba una bolsa.

En esa bolsa había cereal de copos de arroz inflado con sabor a chocolate, barras de avena, mantequilla, pan y mermelada. Lo empecé a acomodar en la alacena.

—esto… David, ¿Cuánto te costó todo esto? Debo pagarte.

Escuché sus carcajadas tras de mí.

—No seas tonta Helena, el dinero no es problema.

Me volví hacia él, no me agradaba que dijera eso, me daba pena con él, después de todo lo que había hecho por mí.

—pero seguramente a tus padres no les agrada que gastes dinero en alguien que no conocen.

Ups, comentario equivocado.

A David le desagradaba que mencionara las palabras padres o familia, en especial si me refería a la de él. No sabía cuál era la razón de eso, él nunca hablaba de si mismo, jamás lo hacía. Aún era un misterio para mí la vida de David, su familia, donde vive, porqué no se aparece en la casa de día.

Él torció el gesto, y luego se rió de manera macabra —algo que no era inusual en él—. Cuando él se reía de esa manera se me hacía un nudo en el estomago.

—No seas tonta—Sonrió de una manera torcida—, has de cuenta que no existen.

Lo miré ceñuda.

—Por cierto—prosiguió con tono más serio— estuve en la cuidad y vi esto—sacó un papel del bolsillo de su pantalón y me lo dio.

Cogí el papel doblado y lo abrí.

Vi una foto mía y una nota que pedía información sobre el posible paradero de la desaparecida, ofrecían una recompensa.

Era increíble que mis padres se hubieran tomado tanta molestia, me sentí confundida, ¿me estaban buscando?

—Creo que vi también tu foto en los cartones de leche—Agregó.

Me sentí mareada, dejé lo que estaba haciendo y me fui a sentarme en el sofá.

David me siguió, se sentó a mi lado.

— ¿Te sientes bien?, ¿hay algo que pueda hacer por ti?

Me quedé mirando el techo abovedado de la sala.

—Soy tu amigo Helena, puedes confiar en mí.

—Estoy confundida, la ultima vez que los escuché hablar se estaban peleando por las cosas que querían al divorciarse, pero ninguno mencionó si quiera que iban a hacer conmigo. Era como si no existiera, y ahora me pregunto si ellos de verdad me extrañan o sólo me buscan porque está sola la casa.

Era increíblemente reconfortante tener a alguien con quién compartir las preocupaciones, me gustaba hablar con David en vez de guardarme mis pensamientos.

Él se quedó callado un rato, tal vez reflexionando, después de un rato dijo:

—Helena, ¿extrañas a tu familia?

Ni lo pensé, simplemente negué con la cabeza.

— ¿Por qué?—. Preguntó con parsimonia.

Suspiré.

—Porque para ellos no existo, nunca hablan conmigo, ni siquiera fingen prestarme atención.

—Pero, son tus padres, te quieren, se preocupan por ti.

Fruncí el ceño.

—te preocupas más por mis padres que por los tuyos.

Él cerró los ojos y se recostó contra el espaldar del sofá. Estuvo unos minutos callado, parecía tallado en piedra.

—Para mí ya es muy tarde—. Musitó en voz baja, parecía que estaba perdido en alguna época pasada de su vida— ya no puedo hacer nada, pero tú todavía estás a tiempo.

Abrió los ojos y me observó fijamente, con expresión insondable.

—Deberías darle una oportunidad a tus padres, tal vez debiste hablar con ellos antes de haber huido—. Su voz apenas era un susurro—. ¿Y si pasa algo malo?, ¿y si desaparecen? Será muy tarde, cargaras con ese dolor toda tu vida— ahora hablaba tan bajo que parecía que estuviera hablando para sí mismo—. Y jamás podrás disculparte, ni siquiera despedirte…

Me crucé de brazos, ¡que visión tan pesimista!

—Hay pocas posibilidades de que eso pase, además yo no voy a volver, a mi no me interesa lo que ellos piensen o digan.

—Las posibilidades siempre se apañan en nuestra contra—. Me objetó.

— ¿Es que tu quieres que me vaya? ¿Por eso es que me dices eso?

Sus ojos se pusieron duros, fríos; torció el gesto e hizo una mueca de enojo.

—Helena, no seas ridícula—gruñó—, si por mí fuera jamás te dejaría ir.

Estaba muy enojada, ¿Qué derecho tenía él de decirme lo que debo o no debo hacer? ¡Es mi vida!

Salí echando chispas de la sala.

— ¡Helena!, ¡espera! No seas así, ¡razona por favor!

No me detuve, seguí hacía las escaleras.

—Tengo razón, ¡eres una chiquilla!

Apreté fuertemente los puños, tanto que sentía que mis uñas se me iban a clavar en la palma de la mano. Pisoteé fuertemente en la escalera, subí dando saltos, cerré de un portazo la puerta de mi habitación; iba a trancarla pero me pareció absurdo hacerlo. Estaba tan ofuscada que ni me puse la ropa de dormir, me quité a la fuerza los zapatos y me metí en la cama.

Cuando la ira se deshizo, me dormí.