Aprendiendo a convivir…

Elan se despertó con la desafinada y estridente grabación que había reemplazado al clásico corneta, solo para volver a quedarse dormido cuando al fin dejó de sonar. No tenía demasiado fácil seguir durmiendo, con toda esa gente haciando ruido fuera, y después esas voces y esos golpes en la puerta. Estando medio dormido, tardó un rato en percatarse de que lo llamaban. Se desperezó y fue a abrir, sin estar todavía despierto del todo. Tras la puerta lo esperaba la cara de pocos amigos de la teniente Heidern.

-Oye, Leo... ¿Podrías dejar de aparecer por aquí? – masculló con voz pastosa – Se supone que esto es un pabellón de hombres.

A Leona no le gustó demasiado que la llamasen "Leo", pero fingió no percatarse. No tenía ganas de empezar con la polémica tan temprano.

-Dejaré de aparecer por aquí cuando tú empieces a aparecer en los sitios donde tienes que estar y a las horas a las que tienes que estar.

Elan hizo memoria. ¡Tenía que salir hacia la capital para coger el avión a Ciudad de México! Y ni siquiera tenía hecho el equipaje.

-¡Oops! Bueno... Vete yendo, que yo ya voy ahora.

Leona no movió ni un músculo. Al parecer no se fiaba de él.

-No me pienso cambiar de ropa delante de ti.

Elan se temía que, por fastidiarlo o algo parecido, le fuese a decir que tenía que hacerlo. Creía que Leona se había propuesto hacerle la vida imposible, que no lo soportaba, o algo parecido, pero lo cierto es que ella no lo tenía en tan mal concepto. Pensaba que tenía un gran potencial como soldado, que solamente se veía eclipsado por su rebeldía, y se había propuesto como meta lograr hacer "algo bueno" de él. O al menos pensaba que para eso lo había asignado con ella el Comandante Heidern. Leona se dio la vuelta y comenzó a caminar mientras decía con indiferencia.

-Te espero fuera. No tardes.

Elan se apresuró a guardar todas sus pertenencias, que no eran muchas, en una vieja mochila de campista, dejando algo de ropa para ponerse. Por último, después de pensar qué hacer con ella, guardó la espada junto con las demás cosas. Sobresalía un poco, pero no se llegaba a distinguir si se trataba de un arma o de cualquier otra cosa. No le gustaba la idea de tener que perderla de vista en el avión, pero si la llevaba consigo volvería a tener problemas en la aduana, como la última (y primera) vez que había viajado. Después de haber terminado de hacer el equipaje salió corriendo para encontrarse con su superior. No era que le importase hacerla esperar, no parecía de ese tipo de personas que se impacientan fácilmente.

-Ya estoy aquí – advirtió Elan con cierto tono de fastidio – Espero que desayunemos antes de irnos.

Leona no dijo nada (lo que probablemente quería decir que no desayunarían a causa de la tardanza de Elan) y comenzó a caminar, adelantando a Elan. Entonces él, ahora que ya estaba completamente despierto aunque con sueño, se percató de que esa vez iba vestida de civil. Era extraño, no solo porque siempre la hubiese visto de uniforme, sino más bien que el hecho de vestir ropa de calle acentuaba más su marcado carácter marcial. Su mirada siempre al frente, su paso firme... Todo aquello pasaba inadvertido en una persona uniformada, pero no en una chica que, con su melena azul suelta y vestida con unos intemporales pantalones vaqueros, una cazadora también vaquera remangada y un top color caqui, parecía casi normal. Casi... Porque Elan no la había visto sonreír, ni enfadarse, ni mostrar abiertamente ningún sentimiento ni una sola vez. En los días que habían estado juntos. Al principio la había tomado por una simple cretina arrogante y lameculos de Heidern pero, sosteniéndole la mirada unos instantes, podía atravesar por un momento la capa de hielo azul de sus ojos y ver que ella tampoco lo había tenido demasiado fácil en su vida y, al igual que él lo encerraba todo bajo un manto de rebeldía, ella lo hacía bajo frialdad e indiferencia. No podía evitar sentir cierta empatía por ella, aunque no terminase de caerle bien del todo. Nadie que se pasase la vida dando y cumpliendo órdenes podía caerle bien del todo y además, como ya se ha mencionado, Elan estaba completamente seguro de que aquella mujer no lo soportaba.

Elan siguió a Leona hasta la plaza de enfrente del edificio principal. El Comandante Heidern esperaba junto a un par de soldados. Leona saludó a su superior, que tras devolverle el saludo le indicó que fuese subiendo al jeep que ya estaba preparado para el viaje hasta la capital. Leona comprobó que su equipaje estaba en la parte de atrás y, después de echarle un último vistazo de comprobación al vehículo, subió en el asiento del copiloto. Mientras, el Comandante hablaba con Elan.

-Entiendo que, como no eres oficialmente un soldado, te parezca que no tienes por qué cumplir las órdenes.

-No es eso, Comandante, yo... – empezó Elan.

-Pero te recuerdo que hicimos un trato: podías quedarte aquí, pero tú a cambio estarías bajo mi mando. Si quieres marcharte, hazlo, pero dudo que tengas algún sitio a donde ir.

Las palabras del comandante fueron duras, pero estaban llenas de razón. Podían no gustarle las órdenes, pero siempre cumplía los tratos y promesas que hacía. Que no fuese una persona sumisa no quería decir que no fuese de palabra… además… el maldito recuerdo de lo sucedido con su clan, le ardía en lo más profundo de su alma, cada vez que recordaba aquella noche en el bosque… así que, sólo dijo:

-Tiene razón – en un tono muy humilde.

-Ahora márchense o no llegarán al aeropuerto a tiempo.

-Sí... Claro.

-Y no se lo pongas muy difícil a Leona. Aunque parezca un poco hosca a simple vista comprobarás que en el fondo no es mala gente.

Probablemente cualquier cosa que pudiese responder Elan sonase falsa o poco apropiada, así que prefirió mantener la boca cerrada, dejar el equipaje detrás y entrar al coche. -
-Vamos – ordenó Leona al conductor, mientras Elan se asomaba a la parte delantera del jeep.

-¿No podría ir yo delante? – preguntó nada más se hubieron puesto en marcha.

CONDUCTOR: Ahora no vamos a parar otra vez para que os cambiéis de sitio – respondió el conductor, sin dar tiempo para responder a Leona, que estaba bostezando de forma sonora.

Aun no llevaban media hora de viaje, cuando la joven militar se había quedado dormida, apoyada en la luna lateral del jeep. No era extraño, pues aunque Elan no lo sabía, ella y el Comandante Heidern habían pasado la noche en vela haciendo los últimos preparativos para la misión. Fueron varias horas de viaje en silencio, que Elan aprovechó para sacar su espada y pulirla, pues el conductor no daba mucha conversación, Leona estaba dormida (y aunque no lo estuviese probablemente sería lo mismo) y la radio del jeep no funcionaba. Tampoco el aire acondicionado, y eso hacía el viaje bastante incómodo con aquel calor, pero eso ya es otra historia. Llegaron a la capital con el tiempo justo para embarcar en el avión, pero tuvieron algún que otro problema en la puerta de embarque. Elan pasó por el detector de metales sin problemas, pero al pasar Leona éste empezó a emitir un sonido estridente.

Guardia 1: Disculpe, señorita – uno de los guardas de seguridad se acercó a Leona, bloqueándole la entrada – ¿Lleva algo de metal?

Leona se quedó mirando al guarda por unos instantes, como si no terminase de entender lo que le decían. Después, con parsimonia, desenfundó un cuchillo de alrededor de palmo y medio de largo.

-Puede ser esto.

Leona le tendió con naturalidad el cuchillo al guarda. A Elan le resultó divertido ver como los dos guardas que estaban allí palidecían, mientras Leona no parecía terminar de entender dónde estaba el problema.

Guardia 1: Señorita... Sabe que no puede viajar con eso¿verdad?

-Claro. Pero verá... – Leona rebuscó en un bolsillo interior de la cazadora, para sacar su identificación militar. Se la mostró.

-Teniente del ejército¿eh? Como si es usted general, aquí las normas son iguales para todos. Nos quedaremos con esto.

Leona le dirigió una mirada asesina a aquel hombre, pero no dijo nada. Al fin y al cabo solo estaba haciendo su trabajo.

-Vuelva a pasar, por favor.

La joven teniente hizo caso, pero el detector de metales volvió a sonar.

-¿Lleva usted más armas encima?

-Eh... Los pendientes.

-Muy gracioso ... Ahora en serio¿lleva más armas encima?

Leona se encogió de hombros, con resignación.

-Supongo que no.

El guarda, ya perdiendo la paciencia, le pasó el detector de metales manual, para comprobar que, efectivamente, lo que hacía sonar el detector, eran los pendientes. Tras confiscar el cuchillo, dejó embarcar a una un tanto cabreada Leona. Elan, con una sonrisa en la cara, se acercó al guarda y le palmeó la espalda.

-No se preocupe por ella... Siempre es así... – Luego volvió junto a su compañera – Muy bueno... Al pobre tipo casi lo matas del susto. ¿Cómo se te ocurre intentar pasar un cuchillo jamonero de ese tamaño?. ¿Nunca habías viajado en avión o qué?

Leona pensó. Normalmente utilizaba los medios de transporte de los Ikari y, claro, allí no le reclamaban por viajar con armas.

-Pocas veces – respondió.

-Se te nota. – Elan se detuvo mientras miraba a su alrededor – Bueno¿y qué ordena su alteza que hagamos ahora? Todavía tenemos un par de horas hasta que salga el avión.

Leona ignoró el sarcasmo de Elan y respondió con naturalidad:

-No sé tú. Yo voy a comer algo.

- Pues ve… yo daré una vuelta por ahí – dijo Elan. Leona, que tenía hambre y planeaba ir a comer algo, lo siguió sin embargo. No iba a dejarlo rondando solo por el aeropuerto con el historial de impuntualidad que arrastraba. Era capaz de que, por su culpa, terminasen perdiendo el vuelo. Y eso seguro que al Comandante no le gustaría nada.

- No tienes que seguirme si no quieres... – protestó Elan con sarcasmo, viendo que no conseguía librarse de su superior.

-Muy considerado de tu parte, pero prefiero hacerlo.

-¿Eres siempre tan pesada?. ¿Por qué no me dejas en paz?

-No puedo hacerlo...

- ¿Que no?. ¡Prueba a quedarte ahí sentadita mientras yo me voy!. ¡Ya verás que sí puedes!

-¿Crees que me hace mucha gracia tener que estar pendiente de ti todo el rato?

-Pues entonces no lo estés. Tan simple como eso.

-Para ti es muy sencillo. Si haces algo mal soy yo la que me la cargo.

- ¡¿Te parece que intento boicotear esta misión o algo?! Yo también quiero que salga todo bien, pero eso no quiere decir que no pueda hacer las cosas a mi manera.

Leona se quedó callada. En cierto modo entendía la forma de pensar de Elan, pero no podía estar de acuerdo con él. Todavía no tenía la experiencia necesaria como para poder permitirse hacer las cosas a su manera. Por su parte, Elan estaba tan enojado que no quiso volver a abrir la boca hasta que embarcaron en el avión. Se limitó a ignorar en todo lo posible a aquella joven que parecía determinada a ser su sombra. Y es que en realidad tampoco tenía muchas ganas de hablar. Demasiadas cosas le rondaban por la cabeza. No quería seguir peleando de aquella forma con Leona. No daba la impresión de que a ella le importase mucho, pero a él no le agradaba lo más mínimo tener que convivir con una persona con la que siempre estaba discutiendo. Quizás por la forma de pensar tan opuesta que tenían, no era fácil que llegasen a llevarse bien, pero Elan estaba dispuesto a intentarlo, aunque le costase.

-Leona... – le dijo, cuando ya estaban en el avión – Vamos a intentar no terminar matándonos el uno al otro¿sí?

-Veo que por fin entras en razón – respondió Leona con tono indiferente y mirándolo sólo de reojo.

-¿Yo?. ¡Pero si eres tú la que lleva desde el primer día intentando hacerme la vida imposible!. ¡Argh!. ¡Ya estamos discutiendo otra vez!. ¿Cómo lo consigues?

Leona se hizo de nuevo la sorda, fingiendo interés en las nubes blancas que se veían por la ventanilla. Elan puso los ojos en blanco y suspiró. Estaba harto de que Leona tuviese aquella irritante costumbre de "matar" las conversaciones de forma tan tajante.