Disclaimer: Recuerden, la isla de Gilligan no me pertenece, ni tampoco ninguno de sus personajes, son obra y creación de su autor, Sherwood Schwartz.
CAPITULO 11
Aún no podían creer que Gilligan se encontrara vivo, que hubiera logrado escapar, que llegara nadando a la isla, que el capitán lo encontrara en la orilla de playa. Que el profesor le hubiera dado a tiempo los primeros auxilios. Todo parecía un milagro, un hermoso y maravilloso milagro.
Mientras tanto en el campamento, las mujeres junto con el señor Howell se atrincheraban dentro de la cabaña de provisiones. Fue decisión de la señora Howell el utilizar precisamente esa cabaña. Cuando se encontraron ya todos dentro, y cerradas las ventanas y puerta, se agazaparon en un rincón del lugar.
Dios mío, estoy muy asustada.- Mary Ann lo dijo mientras se acomodaba cerca de la señora Howell.
Tranquila querida, el capitán volverá con un plan para mantenernos a salvo.- La señora Howell palmeo un hombro de la joven granjera.
Por cierto Lovey querida, ¿Por qué decidiste que nos ocultáramos en la cabaña de provisiones?- El señor Howell abrazaba su Teddy Bear.
Porque si son caníbales caza cabezas, no les llamara la atención la cabaña donde guardamos las provisiones de alimentos.- La señora Howell hablaba como si fuera la mejor idea de todo el mundo.
¿Qué?- Ginger no entendió del todo la lógica de la millonaria..
Si son caza cabezas, buscaran primero en nuestras cabañas.- La señora Howell explicó con suma naturalidad y calma.
Las dos chicas se miraron con una cara de preocupación y miedo, que no quisieron objetar nada ala pobre y excéntrica señora. El señor Howell solo palmeó condescendientemente a su confundida esposa, y abrazó con más fuerza a su querido teddy bear. Rogando todos en silencio que el profesor y el capitán aparecieran pronto en el campamento.
En la playa, el capitán trató de hacer volver al joven marinero, palmeó unas cuantas veces el rostro del chico, pero éste no reaccionó, Roy tomó el pulso del chico de nuevo y suspiró aliviado. El profesor entonces le ayudó al capitán a retirar las algas y musgo que cubrían el cuerpo mojado de Gilligan.
Jonás Grumby no podía creer que su muchacho estuviera vivo, estuviera de nuevo en sus brazos, inconsciente, pero de nuevo entre ellos en la isla. El capitan, arrodillado, sostenía a Gilligan abrazándolo contra su pecho, su camisa azul marino ya se encontraba mojada pero no le importaba. Con una de sus robustas manos apartó unos cuantos cabellos mojados de la cara del chico.
El profesor también se encontraba conmocionado, era casi increíble lo que estaba pasando, aunque él mismo fue quien dijo que no debían perder las esperanzas, que Gilligan sabia cuidarse solo. Ahora con los ojos brillosos, estaba a punto de llorar, pero ahora lo haría de júbilo, de alegría y de asombro. Ese joven y valiente muchacho había logrado huir de ese nativo salvaje, o al menos eso parecía. Debían esperar a que el muchacho despertara y les contara lo que realmente había ocurrido.
Capitán, debemos llevar a Gilligan al campamento.- El profesor se levanto con urgencia.
Eso mismo iba a decirle profesor. Debemos cambiarle la ropa mojada y atenderle de inmediato.- Asintió el experto capitán de barco.
El capitán acomodó el cuerpo del muchacho, pasando uno de sus brazos por debajo de las rodillas del chico, y en un solo movimiento se levantó sin esfuerzo con Gilligan en sus brazos. De inmediato los dos hombres se encaminaron al campamento. El profesor se apresuró a llegar primero para tener lista la cama, la ropa y las mantas.
En la cabaña de provisiones los minutos pasaban demasiado lento, la incertidumbre y la ansiedad eran enormes. Cualquier ruido proveniente de la isla era suficiente para alarmar a los náufragos enclaustrados en la cabaña.
Deberíamos armar una estrategia por si…- Ginger trató de hablar.
¿Nos da hambre?- El señor Howell completó.
En realidad, iba a decir por si llegan los nativos.- ginger terminó su frase.
Ah, entonces hablas de si les da hambre a ellos.- el señor Howell comentó con nausea y casi al desmayo.
Thurston, cariño, ten calma, recuerda que ante todo eres un Howell.- La señora Howell trato de enderezar a su casi desfallecido marido.
Tenemos palos, pólvora y cerillos.- Mary Ann inspeccionó con la mirada la pequeña cabaña.
Tenemos plátanos, manzanas, piñas, cocos, harina de coco, leche de coco, agua, papayas…- La señora Howell agregó al inventario en la cabaña.
No creo que las frutas nos sirvan de munición señora Howell.- Ginger detuvo el inventario de la mujer mayor.
Ya me dio un poco de hambre.- El señor Howell habló más reexpuesto y con cara de apetito voraz.
Puedo prepararles una ensalada.- Mary Ann se ofreció sonriente.
¡Oh no linda!, recuerda que debes cuidar tu brazo.- La señora Howell la detuvo.
Yo prepararía una ensalada, pero me es imposible.- El señor Howell se disculpó.
¿Por qué no puede Sr. Howell?- Mary Ann preguntó preocupada.
Con estos ingredientes tan comunes, me es imposible trabajar.- La cara del excéntrico millonario se estiró con indignación.
¡Ya basta! ¡Dejen de pensar en comida!- Ginger los reprendió molesta.- El profesor y el capitán están allá afuera con posibles caza cabezas rondando la isla.- Ginger dejó ver su lado irritante de nuevo.
Ginger linda…- La señora Howell llamó la atención de la pelirroja.
¿Si?- Ginger respondió.
Prefiero pensar en comida si no te importa.- La madura mujer lo dijo con un hilo de voz y casi al punto del desmayo por pensar que los caza cabezas estuvieran al acecho.
De pronto los cuatro náufragos encerrados en la cabaña de provisiones escucharon unos gritos lejanos, unos gritos por un timbre de voz que les resultó muy familiar. Mary Ann de inmediato se puso de pie para abrir una de las ventanas de la cabaña y asomarse para indagar. Ginger se acercó detrás de la joven granjera y ver por encima de su cabeza, pues era obvio que la actriz de cine le ganaba en estatura.
Creo que es la voz del profesor.- Ginger dijo con duda al escuchar de nuevo los gritos provenientes de la jungla.
¡Si, es él!- Mary Ann gritó emocionada al ver la figura del hombre de ciencias acercándose al campamento.
De inmediato todos salieron de la cabaña de provisiones para recibir a Roy Hinkley, pues la incertidumbre de saber qué pasaba en la isla los tenía a todos muy ansiosos. Se quedaron de pie esperando a que el profesor se acercara a ellos y les hablara sobre lo que pudieron averiguar él y el capitán. Cuando de inmediato algo llamó su atención.
El hombre de ciencias venía corriendo, y ahora sus gritos podían ser entendidos por todos los presentes en el campamento. Mary Ann y Ginger se asustaron al ver la carrera y la agitación en el rostro del profesor.
¡Agua y mantas! ¡Preparen una cama!- Gritaba el profesor mientras se acercaba corriendo, abriéndose paso a brincos entre el follaje.
¡Profesor! ¿Qué pasa?- Mary Ann se asustó por la urgencia de las palabras de Roy.
No hay tiempo ahora, el capitán viene justo detrás de mi y…- Simplemente el profesor los pasó de largo y se dirigió a su cabaña sin dejar de hablar, pero sus palabras dejaron de ser comprensibles por la lejanía ya dentro de su cabaña.
¡Qué modales tiene ante una crisis!- La señora Howell desaprobó el comportamiento.
Lo se queridita. Mantengamos nosotros la compostura.- El comprensible, millonario y educado marido le tomo la mano para tranquilizarla.- Recuerda que los Howells debemos ser el ejemplo reacio de la compostura, ni siquiera cuando quebró la bolsa, ningún Howell perdió la compostura y la cordura.- Dicho esto se pudo ver otra figura acercarse desde la jungla hacia el campamento.
Ginger iba a seguir al profesor a su cabaña para tratar de averiguar lo que pasaba, pero una mano se aferró fuertemente a su brazo, un agarre que no intentaba detenerla, una mano que se aferró al brazo de la pelirroja para evitar caer justo ahí en la blanda arena desmayada por la impresión. Ginger volteó entonces hacia la dueña de la mano que le aferraba el brazo como si su vida dependiera de ello.
Era Mary Ann, que al ver acercarse a la segunda figura por el follaje de la jungla, se aferró fuertemente a su compañera de cuarto, con los ojos abiertos como platos, la boca abierta a punto de emitir un grito mudo y una inusitada palidez, Ginger se asustó y volteó la mirada hacia donde su amiga miraba para entender qué fue lo que provocó esa reacción.
Al enfocar la vista hacia donde Mary Ann miraba, abrió sus grandes y gatunos ojos verdes, no pudo parpadear, quiso gritar pero solo pudo abrir la boca sin emitir ningún sonido. Se aferró en respuesta a su pequeña compañera para no caer también sobre la arena. Era imposible, era imposible lo que estaban viendo.
El capitán se abría paso entre la espesura de la jungla, cargando un delgado cuerpo, que ya era por todos bien conocido, el delgado e inconsciente cuerpo de Gilligan, a quien apenas unas horas atrás habían creído muerto. El capitán se abría paso pero tratando de mantener estable al muchacho entre sus brazos, pues las piernas, brazos y cabeza del chico se balanceaban peligrosamente ante el movimiento incesante del correr del robusto hombre.
Los Howell por su parte, después de terminar su discurso sobre mantener la calma, la cordura y la postura firme, no pudieron hacer frente ante lo que sus ojos estaban mirando. La señora Howell en una reacción de asombro, susto y preocupación, ahogo un grito al momento de tapar su boca con sus manos cubiertas por blancos guantes de seda. Dio unos pasos atrás incrédula para toparse con los brazos de su amado esposo que la sostenía con una expresa mueca de espanto.
Al arribar por fin el líder del grupo al claro del campamento, de inmediato se vió bombardeado por gritos, sollozos, preguntas y exclamaciones incomprensibles, pues el alboroto de todas las voces juntas no dejaba entender a nadie. Ademas de que todos a la vez querían acercarse a él y al muchacho que llevaba en brazos.
El profesor de inmediato salió al auxilio del capitán y abriéndose paso entre sus compañeros les pidió que dejaran pasar a Jonás Grumy. Pues lo más urgente en ése momento era atender al chico. Que ayudaran abriendo y tratando de ser comprensibles con la situación. Todos querían hacer preguntas, indagar qué había pasado, saber del chico, pero era demasiadaza conmoción, y demasiada la urgencia por atender al apreciado marinero.
El profesor apenas y reparó en las caras pálidas de las chicas al verlos llegar, corriendo con Gilligan inconciente, como si estuvieran viendo un fantasma. Pues en realidad creyeron que eso era. Apenas el profesor reparó en sus incontenibles preguntas, peticiones y sollozos de preocupación. Solo pudo pedir que abrieran paso mientras corría tras el capitán hacia su cabaña.
