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Sólo uno...
Jirones de niebla se levantaban fantasmales desde las aguas que corrían por los canales ‒que como venas‒ se encontraban por todo Tenochtitlán. Se había levantado nada más ver como el sol amagaba por salir. Los rayos luchando por atravesar las enmarañadas ramas de los árboles. Apenas un murmullo se escuchaba, y ese era el de las aguas. Sólo iba ella. Itzmin se había quedado en su habitación, mientras la puerta permaneciera bien cerrada no habría problemas.
Necesitaba este momento para ella sola. Se había percatado de que los españoles no se levantaban para nada temprano, por lo que no había mejor ocasión. No es que no pudiera vivir sin eso, era más bien una costumbre adquirida; desde niña siempre había ido a ese pequeño ojo de agua oculto entre la maleza, se sentía segura. Y sentir seguridad era lo que quería.
El lugar estaba muy, muy lejos de Tenochtitlán; por lo que confiadamente se metió en el agua. Colocó la espesa cascada oscura de tal forma que cubriera su torso y cerró los ojos, sumiéndose en la tranquila soledad.
No muy lejos de ahí, Antonio se había levantado de un muy, muy buen humor y había decidido pasear por la selva un rato. Prefirió no llevar la armadura, era algo pesada e incomoda para una caminata, pero tomó la espada de José, la puso en su vaina y la colgó de su cinturón. Caminaba tranquilamente, hasta que escuchó una especie de chapoteo. De manera inconsciente desenvaino la espada y aligeró el paso lo mejor que pudo, las botas de cuero curtido se lo facilitaban demasiado. El alma se le fue a los pies por lo que vio. Ella no estaba desnuda, le hubiera dado un paro cardíaco al español de haber sido así, no, pero su ropa mojada dejaba traslucir las curvas de su cuerpo, eso fue suficiente para España; y antes de que pudiera atisbar más, ya luchaba por controlar el sangrado -más bien hemorragia- de su nariz. Llevando su cabeza hacia atrás en señal de desesperación, sin querer, golpeó un árbol emitiendo un quejido y causando un estrépito. Quetzalli volvió la vista en su dirección; pero él, previsor, se había tumbado al suelo. Ella, sin pensarlo dos veces, salió del agua. Cuando estuvo lo suficientemente seguro de que la azteca, se había ido se incorporó.
—Oh, Ma-dre-San-ta...—España estaba anonadado— ¡Dios bendito! ¡Esa mujer me va a volver loco!
Se volvió a dejar caer, bajo la protección de un árbol inmenso. Cerrando los ojos, se presentó ante él la visión de Quetzalli en el agua. Su corazón se aceleró, sus mejillas se encendieron y sintió la sangre agolpándose en sus oídos. Permaneció así durante varios minutos hasta que sintió los rayos de sol quemando su rostro. Se levantó, algo aturdido aún, y emprendió la ida hacía Tenochtitlán.
Cuando entró, sus soldados le informaron que Cortés lo había estado buscando toda la mañana y que en este momento lo esperaba en el palacio de Moctezuma. Ahí venía de nuevo esa sensación en la boca del estómago. Una voz en su interior susurraba su nombre una y otra vez... "Quetzalli" Se encaminó hacia el palacio con la esperanza de verla de nuevo. Su deseo se hacía cada vez más y más constante, sólo quería una cosa: a ella.
Tuvo suerte, por unos segundos. Mientras él entraba ella salía en compañía de cinco mujeres, llevaba el cabello recogido, se veía tan diferente a su fiereza habitual, pero la forma en que lo había puesto resaltaba en mayor medida la belleza de su rostro. Pero ella ni siquiera lo miró. De no ser porque José lo acompañaba, se hubiera detenido ahí mismo; pero el muchacho lo obligó a seguir caminando. Cortés parecía muy cómodo con el gobernante azteca.
—¡Ah!, Carriedo—exclamó nada más verlo, pero se volvió rápidamente hacia Moctezuma—. Muchas gracias por sus atenciones, Gran Huey Tlatoani. Espero reconsidere mi oferta.
Malintzin tradujo al caudillo y Moctezuma se limitó a inclinar de manera casi imperceptible la cabeza. Cortés hizo lo mismo, pero era una inclinación rayana en lo siniestro, de carácter ominoso. Se apresuró a salir, llevando casi a rastras a la traductora y a España.
—Malinche, querida, te has desocupado por hoy—dijo a la chica sin siquiera mirarla a los ojos—. No pienso hablar con nadie más por hoy. Estoy harto de todos esos aborígenes.
Ella no dijo palabra, sólo lo miró, hosca, y se alejó.
—Estúpido Moctezuma. Estoy harto. ¡Harto! Sigue renuente a aceptar al Señor, Nuestro Dios, y al Rey Carlos I. ¿Qué le diré a...?
—Basta, Cortés—le dijo cortante el español—. Ambos sabemos que no es eso por lo que estás tan molesto. No has podido sacarle nada del oro.
—Eres listo, Carriedo... No. Nada. El muy estúpido; cree que sólo habló con él porque me agrada. ¡Baladronadas!
—Cortés, guarda la compostura. Te observan...
—Y qué... Lo que más me importa en este momento es qué les diré a nuestros aliados. Buscan el oro tanto como nosotros, bueno de ese Xicoh-no-sé-que tengo mis dudas; pero todos los demás están tan ansiosos... Muchos de ellos odian a Moctezuma y a su gente.
—Cortés—interrumpió Antonio sin rodeos—. Por algo me llamaste, ¿qué es?
—Ah, sí... No me ha pasado desapercibida la nueva de que os gusta la joven esa, ¿eh?
El rojo subió a las mejillas de Antonio y Cortés lanzó una carcajada seca y llena de malicia, muy comunes en él.
—Bien, sabes de quién hablo; entonces, estarás más que complacido con lo que te pediré... Sólo te pido que la enamores.
— ¿Señor?
—Quiero que esté tan enamorada de ti, que no tenga más remedio que el de mostrarnos dónde está el oro... Puede que salgas muy beneficiado de esto.
—No... no puedo señor.
— ¿Qué? —pregunta Cortés desconcertado—. Creí que saltarías de felicidad por tu nueva misión. ¿No te gustaba la chica?
—Claro que sí...—Antonio se sintió apenado de la seguridad de su declaración—. Pero...
—Pero ¿qué?
—Ella me rechazó, capitán —mintió—. Trate de acercarme a ella y... creame que aún me duele la bofetada que me plantó.
Esperaba que Cortés rompiera en carcajadas, pero gran sorpresa que se llevó cuando éste permaneció callado como un tumba, absorto en sus pensamientos.
—Es una lastima—dijo después de un rato de silencio—.Tendremos que hallar otra forma de obtener la información. Hablando de eso...
Se alejó en dirección a una mujer que cruzaba la plaza. A España recordaba haberla visto en el primer día que llegaron a Tenochtitlán, en el palacio de Moctezuma acompañando a Quetzalli, tal vez fuera una de sus cazadoras. No sabía exactamente que planeaba Cortés, pero no parecía nada bueno. Con ese hombre siempre se debía tener cuidado.
...
Debido a lo sucedido el día anterior. Quetzalli tuvo que regresar al Calmécac para evaluar a los aspirantes. Lo cierto era que no necesitaba a sus cazadoras, pero no deseaba que ellas quedaran a merced de los hambrientos españoles. Pero extrañamente, eran ellas quienes no querían alejarse de ellos, Quetzalli se hartaba de escuchar sus suspiros cada vez que un soldado en su armadura pasaba a su lado. La exasperaba.
—Basta—ordenó—. Ya tengo suficiente con Moctezuma, como para que ustedes también comiencen con lo mismo.
—Sí, Protectora—respondieron al unísono.
—Tal vez, quiera que hablemos de un español en especial—sugirió Zeltzin a sus compañeras. Estás no comprendieron la broma, pero Quetzalli sí.
—Zeltzin... he dicho: basta.
Los aspirantes no lo hacían nada mal, pero la azteca aún había quedado resentida por el ataque que realizaron todos juntos contra Antonio.
—Deben mantener su honor—les dijo imperiosa—. En un combate cuerpo a cuerpo, es mejor perder sólo con orgullo a ganar con injusticias. Ya en una batalla es diferente. Lo de ayer, era una batalla de uno contra uno. No siete contra uno. Que no se vuelva a repetir—Al ver las miradas acongojadas de los chicos, replicó—: Ahora, vayan a practicar.
Los muchachos se alejaron en silencio. Quetzalli no dejó que pararan ni una sola vez, si querían detenerse les recordaba lo mismo siempre: un guerrero no descansa. Sólo eso necesitaban para volver a retomar su entrenamiento. Se sentía equilibrada de nuevo, entre el chocar de las armas contra los escudos y los gestos de dolor en los rostros juveniles; le recordaban una buena época. Su vida se la vivía en recordar... Desear y recordar.
Deseaba regresar a esos tiempos en los que para ella no existía la guerra ni el dolor, en los que sólo tenía a su madre como única compañía. Todo comenzó a empeorar cuando comenzaron a llegar sus hermanos; no es que no los quisiera, pero conforme cada uno de ellos nacía, su madre más perdía fuerzas. Hasta que una noche... la perdió. Nada ganaba con recordar... pero tampoco nada perdía, sólo un poco de dolor ganado y perdido nada más.
Hoy también vería a España; por alguna razón esto la hizo sonreír. Zeltzin y las demás se encontraban dentro del frescor existente en el interior del Calmécac, era un día húmedo y muy caluroso. Quetzalli mostraba a un chico el correcto uso del arco cuando Coatzin llegó.
—Protectora —saludó con una inclinación—. Traigo un mensaje del señor Carriedo. Manda decir que la esperará en el puesto de vigilancia a la entrada de la ciudad.
— ¿Esperarme? ¿Para qué? El trato se acabó—sentenció.
La chica la miró con incredulidad, pero Quetzalli hizo un mohín y ella se marchó. Zeltzin se acercó raudamente.
— ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa con Coatzin?
—Me trajo un mensaje de Jispania...
— ¿Ella?—inquirió.
—Sí, ella.
—Y ¿qué le has dicho?
—Que no iré...
— ¿Qué no irás? Pero si ayer me dijiste...
—Sí, lo sé. ¿Por qué me traería Coatzin el mensaje?
Zeltzin por toda respuesta se encogió de hombros.
—Entonces... ¿irás con él?
—Sí. Pero no quería que ella lo supiera...
— ¿Cómo estás tan segura de que Antonio te esperará?—preguntó la muchacha inocentemente.
—Él lo hará.
Apenas Quetzalli le contestó, Coatzin fue en busca de España; cuando transmitió la respuesta de la Protectora, Antonio no respondió, es más, ni siquiera parecía dar señales de vida, quedó paralizado.
— ¿Eso te dijo?—musitó él con la mirada esmeralda vidriosa.
—Sí, señor Carriedo.
—Retirate.
La chica sin pensarlo dos veces se alejó, seguramente en busca de Cortés. En la ausencia de ella, España había oído hablar al dichoso capitán de su nuevo plan para encontrar el oro. Las ambiciones de Cortés no tenían límites.
La tarde había llegado. Como el caudillo había dado la tarde libre a su traductora y a España no le importaba lo que pensara Cortés, decidieron caminar por la ciudad. Antonio volvía la mirada en toda dirección, casi de forma obsesiva, tratando de siquiera encontrarse con el rostro de Quetzalli. Pero nada.
—A Malintzin le parece que el señor Carriedo busca a la protectora de Tenochtitlán, ¿se equivoca?
— ¿Qué?—preguntó con un hilo de voz—. No. ¿Yo?
—Comprende que a señor Carriedo le preocupe revelarlo a Cortés, pero éste no vería la verdad aunque usted y ella...
— ¡Malinche!—la silenció—. Ya entendí tu punto, gracias.
—Cortés no se da cuenta de nada, aunque esté frente a sus narices—espetó ella, visiblemente ofendida—. Moctezuma le ha dicho una y otra vez que se conforme con el oro que le ha dado; pero él quiere más. Ahora trata de conquistar a una de las allegadas de la protectora, ¿qué ganaría con eso? Es una cazadora, no sabe dónde están los tesoros de Tenochtitlán.
—Trato de persuadirme para que enamorara a Quetzalli.
—Se lo dije, no puede estar más ciego—dijo—. No se da cuenta de que ella ya está enamorada de usted...
—Haber, haber. Ancla tu barco... ¿Qué dijiste?
—Ay, no... ¿usted también?—dijo con un resoplido—. ¿Es acaso un defecto de su gente?
—No, Malinche—respondió él con un dejo de enfado—. Pero, ¿qué dijiste?
—No se haga el difícil. Debe de ser un tonto para no darse cuenta -no se ofenda- pero, porqué otra razón ella se detuvo cuando usted le cayó encima.
—Eh... no sé, ¿se sorprendió?
—No, señor Carriedo. O cómo explica que ella se encuentre ahí, justo donde usted le dijo que la esperaría.
Malintzin, consiente del mensaje que España le mandó a Quetzalli con la cazadora, lo llevó a donde el español dijo iba esperar a la azteca. Antonio se volvió tan rápido que si le hubieran dicho que había una montaña de tomates enorme. Había ido, ella había ido. Ni siquiera se despidió de la traductora, simplemente se fue en dirección a Quetzalli. Feliz por la escena, la Malinche prosiguió su camino.
— ¿Por qué siempre te empeñas en confundirme, Quetzalli?—le cuestionó cuando estuvo a su lado.
La chica miró hacía toda dirección y cuando se percató de que nadie veía -incluso esperó a que los centinelas se distrajeran un poco, no fue mucha la espera- dijo en un susurro:
—Ven—Tomó por el brazo a España, éste se puso colorado—, hoy iremos a la selva. No preguntes porqué.
—No iba a hacerlo. Está bien por mí.
Cruzaron un puente y se adentraron en la selva. Sólo cuando estuvieron lo suficientemente lejos, él se atrevió a hablar.
— Y todo este sigilo ¿a qué se debe? Me habías dicho que no vendrías.
—Fue por la mujer que enviaste. Es de poca confianza, dará el mensaje a cualquiera que se le cruce en la calle. Y no queremos que se divulgue esto ¿cierto?
— ¿No queremos?
—No, no queremos, España.
—Pero, ¿qué es esto?—cuestionó a la chica— Ah, el trato.
—-Sí. No pensarás que hago esto porque quiero...—soltó secamente— ¿o sí?
—Claro que no—susurró desesperanzado, pero luego de la forma más indiferente que pudo repuso—: Entonces, ¿qué vamos a hacer aquí? La selva siempre es la misma, si has visto una las has visto todas. Y he visto muchas. No sé que puede tener de interesante, lo diferente, no se encuentra en un lugar lleno de plantas y cosas así—dijo señalando una enorme araña en un árbol—. Aunque esa cosa es... peculiar. Donde se encuentran cosas verdaderamente fascinantes es entre la gente, en el bullicio, en dónde no sabes que dices debido al rumor elevado de las personas ~Fusofusofuso. Donde no te das cuenta de que te robaron hasta que, rayos, ya los ladrones están tan lejos que ni los ves. Eso me recuerda a una vez en la que...
La calidez de sus labios no era nada como se la había imaginado. Las esperanzas volvieron con ese beso. Ese único beso. Sólo uno le bastó a España para ir y volver del cielo. No era un beso tímido, estaba impregnado de deseo, de secretos. Como si hubiera esperado tanto tiempo para salir, tanto para ser demostrado. Quetzalli revolvía el cabello de Antonio con ansiedad, como si no quisiera separarse de él nunca. Lo quería para ella, sólo para ella. Se separaron, con los corazones acelerados. Ella lo miró por un momento, luego volvió la vista al frente y siguió caminando.
"¿Qué has hecho, Quetzalli? ¿Qué pasaría si no te correspondiera? ¿Qué harías?"
—En mi defensa...—declaró— estabas hablando demasiado.
Pero Antonio, seguía atrapado en ese beso, tan irreal y tan verdadero al mismo tiempo. La azteca ya llevaba un buen tramo caminado cuando reaccionó, se acercó a ella lo más rápido que pudo, la tomó por la cintura y le plantó otro beso, ardoroso, necesitado, correspondido. Sus labios parecían hechos para embonar el uno en el otro. Nadie fue testigo. Nadie era necesario. Sólo la selva, siempre la misma, tan igual que si has visto una las has visto todas... Pero no era así, ahora ésta era diferente. Al menos para Antonio sí.
—Te necesito, Quetzalli—murmuró, cuando se separaron. Delicadamente, quitó el cabello del rostro de ella—. Te necesito...
—Siempre te necesité... —respondió ella.
Ella lo besó de nuevo. Su aroma, sus labios, su rostro, todo en él ahora le parecía la más deliciosa adicción.
Gracias por leer. No olviden comentar.
Wiii, comentarios :3
LadyLoba: La verdad sí, debe de ser medio tenebroso :S Pero quien entiende a Antonio así le gusta, pa' que se hace... Sí, los niños son su perdición, ¿pulque? jajaja creo sí...Jaja, ni te imaginas que significa Coatzin (cofserpientecof) PD. No fue intencional, el nombre me había gustado primero 8-) Nah... sí fue intencional juju.
redcoverpaint: Oh, no te preocupes, está bien. Gracias, es lo que me gusta jeje que si me equivoco digan :D Hmm... consideré a Malintzin azteca porque según algunas biografías suyas que hojee sus padres sí lo eran, lo que (creo) la hace azteca :3 Jajaja, Francis es una muy mala influencia para Antonio, tan lindo Toñito *3* Jeje, no, no tuvo una visión (hubiera estado bien, ahora que lo pienso ¬¬),pero sólo fue una divagación de la mente enamorada de España jaja...
OkamiYuki98: Jajaja, creo que me imagino que clase de cosas... pero no. Quiero revindicar a Toño, siempre termina violando a Imperio Azteca :c, creo firmemente en que Antonio se debe de quedar como lo conocemos, el "adorable" Toñito Tomatito. Jaja si Quetzalli ni se quería declarar... pero ya no aguanto la presión... de Antonio digo yo jeje
...
Oh, adorada tensión... Nos leemos pronto :D Ciao!
