10 – Abstinencia

-Con que "severa", ¿no? –susurró una voz a mi espalda. Casi me atraganté con la comida.

Ginny se sentó a mi lado, en la larga mesa de Gryffindor. Unos asientos más adelante, Harry alzó la cabeza y saludó:

-Hola, Ginny.

-Hola, Harry –respondió la pelirroja alegremente. Me pregunté, distraída, cuánto más tardarían en liarse esos dos. Luego, se volvió hacia mí-. ¿Y bien?

Noté cómo se me subían los colores. Me hice la tonta.

-No sé de qué me hablas...

-Venga, Mione, quiero detalles de ese banquete navideño. ¿Repetiste?

-En Nochevieja –asentí, incapaz de mirarla a la cara.

Ginny soltó una carcajada que resonó en todo el Gran Comedor.

-¿Qué ocurre? ¿Qué es eso tan gracioso? –preguntó Harry, ignorando de nuevo a varios Gryffindors que le preguntaban sobre su experiencia con la Aparición conjunta. Aquella mañana habíamos firmado para comenzar las prácticas de Aparición y estaban todos muy entusiasmados. Ron se encontraba entre ellos; por una vez no iba acompañado de Lavender.

Al mirar hacia allí vi que, a lo lejos, McLaggen juntaba los labios y me lanzaba un beso. Traté de ignorarlo.

Cogí a Ginny del brazo, rogándole en silencio para que no dijera lo que no debía.

-¡Nada! Es sólo que Hermione ha comido más de la cuenta estas fiestas –se burló, haciendo caso omiso de mis súplicas-. Ha sido una niña mala y ahora está preocupada...

-¿Has puesto unos kilitos de más, no Hermione? –dijo Seamus, que no tenía ni idea de lo que Ginny hablaba realmente. Claro, ¿quién iba a imaginarse que Hermione Granger había estado tirándose a un profesor?

La pelirroja volvió a reír. Harry continuó mirándola con el ceño fruncido; claramente no entendía qué era lo que le hacía tanta gracia. Al final, se dio por vencido y retomó la conversación sobre Aparición.

-¿Te has vuelto loca? –le pregunté, sin soltarle el brazo.

-Habló la voz de la cordura –dijo, escudriñando la mesa de los profesores sin disimulo-. Entiendo que había poco donde elegir en el castillo, pero... ¿No pudiste escoger a alguien menos... siniestro?

-¡Yo no elegí aquello! ¡Y deja de mirarlo! –murmuré, desesperada. Si Snape miraba hacia nosotras en aquel momento, comprendería enseguida que Ginny sabía de lo ocurrido entre nosotros.

Cuando la chica volvió a centrar su atención en la comida, me relajé. Ella y el resto de estudiantes habían vuelto la noche anterior de las vacaciones de Navidad, por eso aún no había tenido la oportunidad de contarle todo lo sucedido.

-¿Qué tal estaban los plátanos? –preguntó, al cabo de un rato.

-¿Los...? –miré sobre la mesa. No había plátanos.

No fue hasta que vi la sonrisa maliciosa de Ginny que no entendí lo que había querido decir.

-¡Ginny!

oOo

Cuando, después de la cena, Harry se marchó a su cita con Dumbledore, Ginny y yo pudimos finalmente hablar, a salvo de oídos curiosos, en la Sala de los Menesteres. En aquella ocasión, procuré mantenerme apartada de bebidas alcohólicas.

-No escatimes en detalles –dijo Ginny, acomodándose en el sofá, con una sonrisa de oreja a oreja.

Le hablé del libro. De lo que provocó, primero en mí, y luego en él. En lo que se desató cuando la bibliotecaria se marchó. Convertir aquello tan íntimo en palabras no fue fácil, más aún cuando, a partir de cierto punto, los recuerdos se tornaron difusos.

Le conté cómo me desnudó arrancándome la ropa. Cómo perdí mi virginidad sobre una de las mesas. Cómo desde entonces soy incapaz de sentarme a estudiar en esas mesas. Le conté cómo se tambalearon las estanterías cuando me empujó salvajemente contra ellas. Cómo lo hicimos, una y otra vez, hasta quedarnos dormidos en el suelo, perdidos entre un mar de ropa y libros.

Ginny escuchaba en silencio, sólo dejando escapar algún que otro gritito de sorpresa. Cuando acabé, comentó, con expresión pensativa:

-¿Qué habría pasado si, en vez de coger el libro Snape, lo hubiese hecho Madame Pince?

Una imagen realmente desagradable se formó en mi cabeza.

-¡Eww! Gracias Ginny, ya no podré dormir esta noche... ¿Te imaginas que realmente lo hubiese encontrado ella? –aquello me recordó algo-. ¡Con Filch! Siempre he pensado que entre esos dos hay algo...

-¡Oh! –exclamó Ginny-. Entre los que sí parece que hay algo es entre Lupin y Tonks. Mamá le dijo algo a Lupin mientras estuvo en nuestra casa que parecía querer decir eso.

-¿De verdad? –pregunté, sorprendida-. ¿No es un poco mayor para ella?

Ginny alzó una ceja, mirándome.

-Touché... admití-. De todos modos, no es lo mismo. Yo no tengo ninguna relación con Snape, sólo...

-¿Sólo sexo?

Puse los ojos en blanco.

-Por cierto, ¿qué pasa contigo y con Dean? No parecías muy contenta ayer, cuando te fuiste con él.

-Está un poco pesado últimamente –hizo una mueca, disgustada-. Y ahora está celoso, porque cree que tengo algo con Harry. Sólo porque ha pasado las navidades en casa...

Yo sabía que era más que eso, pero lo dejé estar al ver la expresión de la chica.

-Bueno, pero no hablemos de mis desgracias –dijo, con fingida voz trágica-. ¿Cómo fue el segundo asalto? El libro no tuvo nada que ver en esta ocasión, me imagino.

Le conté la horrible sensación que me llevó hasta el despacho de Snape. Que no había nadie, y que lo encontré esperándome, en la Sala Común.

-Discutimos... Bueno, él empezó advirtiéndome, luego discutimos...

Y acabamos haciéndolo, esta vez directamente sobre el suelo.

-Sabes para qué se usan las camas, ¿no? –se rió Ginny.

-Ya te contaré, si alguna vez llegamos a usar alguna...

-¿Habrá próxima vez? –preguntó, sorprendida.

-Era broma, Ginny –me reí-. Aún no sé cómo ocurrió la segunda vez, dudo mucho que haya una tercera... -. ¿Y yo? ¿Quería yo que hubiese una tercera?-. En fin, ¿qué opinas de todo esto?

-Que mientras que no os pillen... que disfrutes de la vida –y me sacó la lengua.

oOo

Al día siguiente, llegó la temida clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Sinceramente, no tenía la más remota idea de cómo iba a soportar una hora entera tan cerca de él, intentando aparentar normalidad.

La noche de Año Nuevo se marchó mientras yo dormía, por lo que ignoraba si estaría enfadado conmigo –o consigo mismo-, por haberse repetido lo de la biblioteca, pues ya no teníamos la excusa de libro.

Mis temores se vieron confirmados cuando, nada más entrar en el aula a media mañana, tuve que acercarme hasta su mesa para dejar el ensayo sobre nigromancia.

Sí, ése ensayo.

Allí estaba él, sentado en su mesa haciendo anotaciones sobre la clase de ese día, tan imponente como siempre. Estaba tan cerca... Quise pasar mis dedos por su cabello. Extendí la mano y deposité el pergamino junto a los demás.

Snape dejó de escribir. Miró mi mano, aún sobre la mesa. Luego, me miró a mí. Sentí como si me teletransportara a unas noches atrás, él y yo solos, mirándonos fijamente.

-Esto, ¿Hermione? –dijo una voz a mi espalda. Harry-. ¿Lo vas a entregar o no?

Me giré. Media clase esperaba en fila para poder entregar sus trabajos. Detrás de Harry, Ron me observaba como si me hubiese salido un tercer ojo.

Solté el pergamino, procurando por todos los medios no mirar a Snape de nuevo, y me apresuré a tomar asiento. Cuanto antes me sentara y me ocultara detrás del libro, menos probabilidades de volver a quedar en evidencia delante de todos.

Neville se sentó a mi lado. Snape comenzó la clase.

Me debatí entre mirarlo a él o al libro. ¿Qué era lo que solía hacer yo en sus clases, cuando todo era normal? Cuando no te lo tirabas a escondidas, dijo una vocecita dentro de mi cabeza.

Probé a mirarlo. Puse cara de concentración, aunque no logré entender ni una palabra e lo que decía. Solo oía su voz profunda, como un suave ronroneo. Me centré en su rostro. Aquellos ojos oscuros como pozos sin fondo, esas cejas espesas que con tanta frecuencia se unían en el centro cuando veía algo que lo disgustaba, aquella cicatriz que tenía en la nariz, sus labios, esos labios...

No, Hermione, será mejor que dejes de mirarlo como si fuese algo comestible.

Probé con otra estrategia. Bajé la mirada hacia el libro de texto. Me percaté de que no tenía ni idea de en qué página se suponía que estábamos. De reojo, miré el viejo libro de Neville. Páginas 169-170.

Sesenta y nueve... Aquello no me ayudó a concentrarme.

Céntrate, Hermione.

Abrí el libro por la página correcta. Intenté leer lo que ponía, de verdad que sí, pero ante mis ojos se había formado una imagen difícil de disipar. Pestañeé con fuerza, pero no, ahí seguíamos, Snape y yo formando ese número...

Sentí un escalofrío al imaginarlo, su lengua jugando con mi clítoris. Como un acto reflejo, los músculos que rodeaban mi vagina se contrajeron.

-Oh –dejé escapar. Por suerte, Neville, bendito Neville, justo estornudó en aquel momento, por lo que mi descuido pasó desapercibido.

Traté de relajar los músculos. Luego, volví a contraerlos, explorando la sensación.

Interesante.

A aquellas alturas, había descartado toda posibilidad de seguir las explicaciones de Snape, así que me pasé el resto de la hora recreándome en su figura, pensando en las otras noches, mientras contraía y relajaba mis recién descubiertos músculos.

Durante los últimos quince minutos de clase, Snape mandó hacer un resumen de lo que habíamos visto. Logré enterarme de esto último gracias a que Neville me dio un codazo cuando vio que todos habían empezado a escribir y yo aún seguía con la mirada perdida.

Aún un poco aturdida por mi embelesamiento, me puse a ello, no sin antes lanzar una rápida mirada a Snape, que precisamente me estaba observando con el ceño fruncido.

Al ver que le devolvía la mirada, Snape se giró bruscamente y comenzó a caminar por el aula, llevándose un par de mochilas por delante, a lo que varios alumnos se rieron por lo bajo.

Sintiéndome algo menos avergonzada y peligrosamente satisfecha al ver que no era la única de los dos que se ponía nerviosa en presencia del otro, bajé la vista hacia el libro y me puse a leer.

Snape pasó a mi lado unos minutos después. Apenas unos centímetros de aire nos separaban. Si alargaba el brazo hacia el borde de la mesa, quizá podría rozar su pierna. Sentir sus músculos tensarse bajo la capa con cada paso que daba.

Me aferré con fuerza al libro, consciente de que la tentación de tocarlo era demasiado grande como para controlarla.

Hacia el final de la clase, estaba tan excitada que tenía que hacer un gran esfuerzo por mantenerme recta sobre la silla y no empezar a arquear la espalda.

Por fin, la clase finalizó sin mayores incidentes. Empecé a recoger mis cosas, feliz de haber salido indemne de aquella hora. Estaba absurdamente orgullosa de mí misma, pensando que había podido disimular medianamente bien lo ocurrido entre Snape y yo.

Ilusa de mí.

-Está rara, ¿verdad? –oí que le preguntaba Harry a Ron, unas filas atrás. Mi felicidad se fue por el desagüe al intuir que hablaban de mí.

-Ya te digo –contestó Ron-, tiene que pasarle algo para que no haya levantado la mano en toda la clase...

Quise darme de cabezazos contra la mesa. Disimular no se me daba demasiado bien, al parecer.

oOo

-Ésa es mi opinión, Harry, si no te gusta no es mi culpa –le dije, perdiendo la paciencia. Estábamos discutiendo lo ocurrido en la última clase de Pociones. Se negaba a reconocer que usar un bezoar en lugar de elaborar el antídoto correcto era hacer trampas-. Vuelves con Ro-Ro y se lo cuentas. Seguro que él sí que estará de acuerdo contigo. Solo tienes que decirle lo que pienso yo y se pondrá automáticamente de tu parte.

-Hermione, ¿no puedes dejar de llamarlo así?

-¿Cómo? ¿Ro-Ro? ¡Pero si le encanta ese apodo! –exclamé, usando a propósito el tono más irritante que pude. Harry frunció el ceño.

-¿Por qué no intentas reconciliarte con él? Hablar con él, al menos –suplicó, aparentemente dando por zanjado el tema de su peligrosa dependencia al Príncipe Mestizo y a su libro de Pociones.

-Volveré a dirigirle la palabra cuando deje de comportarse como un idiota incapaz de decidir por sí mismo.

O cuando Snape se tiñera el pelo de rosa, que para el caso, venía a ser igual de improbable.

-Podrías al menos intentar-

-¡También él podría intentarlo, Harry! ¡Y no te veo suplicándole! –espeté.

-Pero si no...

-¡No tengo tiempo de tratar con críos inmaduros, Harry! –exclamé, furiosa, y salí corriendo por el pasillo, camino de la Sala Común.

Iba tan enfadada que no sabía por dónde iba. Al doblar una esquina, me choqué de frente con McLaggen, con tanta fuerza que caímos los dos al suelo.

-¡Mira por dónde vas! –me gritó, frotándose la cabeza-. ¡Granger...!

Su expresión cambió de inmediato al reconocerme. Hablando de inmaduros...

Traté de incorporarme, pero McLaggen me sujetó, obligándome a permanecer agachada junto a él.

-Siento lo del golpe –me disculpé, tratando de ser amable y quitármelo de encima cuanto antes. No había olvidado lo ocurrido en la fiesta de Slughorn, cuando se tomó demasiadas confianzas conmigo; pero yo también tuve mi parte de culpa al no dejarle claro que no quería que siguiera.

McLaggen me sonreía con cara de bobo. Tal vez el golpe había sido más fuerte de lo que pensaba.

-¿Qué tal las vacaciones? –me preguntó, como si nada.

-Bien –respondí, logrando zafarme de aquellas manazas y poniéndome en pie. Di un par de pasos atrás, al ser consciente de que McLaggen podía ver bajo mi falda desde donde seguía tirado-. Yo fui de viaje con mi familia a Alemania, mis abuelos paternos son de allí –dijo, sin que nadie le hubiera preguntado. Se puso en pie-. Me he estado acordando de ti durante las Navidades –añadió, poniéndome ojitos-. ¿Tú has pensado en mí?

Dios, sólo le faltaba batir las pestañas seductoramente.

-Yo, eh... –tragué saliva. A decir verdad, no había pensado en él ni una sola vez-. Oye, McLaggen, ¿cumpliste ya el castigo de Snape? –cambié de tema.

-Justo ahora iba a su despacho. Tengo que ir durante todo el mes –dijo. Era obvio que no le hacía ni pizca de gracia. Sonreí, pensando que a Snape le debía de apetecer aún menos que a él.

Paré de sonreír cuando él me devolvió la sonrisa. Se me quedó mirando un rato, sin dejar de sonreír.

Aquello no me gustó nada.

-¿Qué? –pregunté, sin poder evitarlo. Sentí escalofríos.

-Nada, pensaba que estaría bien continuar donde lo dejamos... Ya sabes, antes de la interrupción en la fiesta.

Alcé las cejas, incrédula. Después de lo que le dijo Snape, creía que no volvería a insistir. Pensé en la manera más educada de decirle que no quería seguir con aquello.

-Creo que sería mejor dejar las cosas como están –dije, finalmente. Mejor ser sinceros.

-¿Por qué? Si lo estábamos pasando muy bien... –insistió, sin dejar de sonreír.

-No, Cormac, lo estabas pasando bien. Yo solo quería...

-¿Qué querías? –preguntó, acercándose a mí.

Lo pensé seriamente. En la distancia, me di cuenta de que no había sabido lo que quería. Pedí salir a McLaggen para dar celos a Ron, pero no me había planteado la posibilidad de tener nada con él. En la fiesta, una parte de mí quería algo, pero no sabía qué ni de quién lo quería.

Lo sabía ahora.

-No quiero nada contigo –comprendí.

Por alguna razón que se me escapaba, McLaggen no se sintió ofendido. Más aún, continuó acercándose, mirándome con un brillo de lujuria en los ojos.

Sabía lo que era porque tenía la misma expresión que Snape unas noches atrás, en la biblioteca, justo antes de que me arrancara la ropa y me montara sobre aquella mesa.

Sacudí la cabeza, intentando alejar aquellas imágenes de mi mente. ¿Era cosa mía o la temperatura había aumentado varios grados de repente?

-Me buscaste, Granger, y no te apartaste en la fiesta –dijo, haciendo oídos sordos-. No hace falta que finjas conmigo, sé que lo quieres tanto como yo.

-Te equivocas, lo único que quiero es que olvides el asunto –le pedí, intentando retroceder. Me sujetó por el brazo.

-Vamos, lo estás deseando –insistió. Se estaba pasando, pero no parecía darse cuenta. Miré a mi alrededor, pero no había nadie en el pasillo. Debían de estar todos en el Gran Comedor, cenando.

-McLaggen, si no me sueltas ahora mismo-

-¿Qué? ¿Me vas a castigar...? –su sonrisa se hizo aún más amplia-. Podemos ir a algún lugar apartado para que me des unos azotes. O podría dártelos yo a ti...

Aquello ya era demasiado.

Invoqué una bandada de canarios en silencio, mientras él hablaba.

-Oppugno –murmuré, y todos se lanzaron al unísono sobre McLaggen, que empezó a gritar cuando los pájaros comenzaron a picotearle la cabeza.

Sintiéndome poderosa, disfruté durante unos segundos observando cómo corría de un lado a otro, haciendo aspavientos con los brazos y profiriendo todo tipo de insultos. Luego, proseguí serena mi camino hacia la torre de Gryffindor, pensando en McLaggen, Snape, y en lo diferente que veía las cosas en comparación con un mes atrás.

¿Qué había cambiado?

Vale, sabía de algo que había cambiado en mí. Pero era mucho más que una cuestión física. No era solo el hecho de haber dejado de ser virgen lo que hacía que viera ciertas cosas desde otra perspectiva.

No estaba interesada en McLaggen, en ningún nivel. Había tenido que experimentar el deseo más profundo con Snape para comprenderlo.

Pero, ¿y Ron? ¿Qué era entonces lo que sentía por él?

Traté, no sin dificultad, de conectar con la parte de mí que se había hecho pedazos cuando lo vio con Lavender.

No, no era deseo físico. Había crecido con él, por Merlín. Era un poco como mi hermano, en ese sentido. Pero entonces, ¿por qué dolió tanto?

Me reí con tristeza al imaginar qué pensaría él si me viese con Snape.

¿Y qué era lo que sentía por Snape?

Solo de pensar en él sentía un hormigueo en el vientre. No era que hubiese tenido mi despertar sexual aquella noche en la biblioteca. Ya me había sentido atraída por alguien antes. Pero aquello no era como con Viktor.

Por Snape, mi cuerpo sentía algo nuevo. Algo más grande y más abrupto y más tormentoso de lo que había podido atisbar hasta entonces. Todo mi ser lo deseaba de una forma dolorosa, decidida e implacable.

Sabía que estaba jugando con fuego. Me arriesgaba a acabar quemándome.

-Abstinencia –le dije al retrato de la Señora Gorda, distraída.

-No nos queda otra... –murmuró el retrato, haciéndose a un lado.

Yo no estaba tan segura.


(Una chica de cabello negro se esconde tras un cuaderno, temerosa)

¡Siento el retraso! Mil millones de disculpas no son suficientes para la larga espera, lo sé. Soy la primera que ha sufrido el parón. En mi defensa, tengo que decir que mi vida se puso patas arriba de repente, y aún no he logrado hacerme a las nuevas rutinas por completo.

Así, en plan resumidito, diré que terminé la universidad y apenas dos semanas después había empezado a trabajar y me había ido a vivir fuera de casa! Con las ganas que tenía yo de descansar durante el verano y pasármelo escribiendo sin parar... Eso sucede por hacer planes. Os lo digo, no hagáis planes, no vale para nada. :P

Como habréis visto, ha sido un capítulo de transición. La pobre Hermione tenía que poner al día a Ginny y aclarar un poco sus ideas, antes de pasar a la acción.

Porque... habrá acción, ya os digo yo que la habrá.

¡Gracias por leer!