Capítulo 10: Sorpresas
Había sido un día agitador, nunca pensé estar tanto tiempo en ese castillo, pero intenté no pensar en ello, ya había pasado. Por desgracia esa noche no conseguimos techo ya que no había ninguna aldea cerca de allí. Sin embargo la noche era muy bella, hacía calor y había demasiada humedad, lo suficiente como para soportarla. Pero lo más hermoso de la noche era Inuyasha, se encontraba sentado junto al rojizo fuego con la mirada clavada en la luna ovalada. Su platinado despeinado cabello tomaba la forma que el viento le daba sin resistirse y sus afables ojos brillaban con intensidad. Estaba inmóvil, pensando muchísimas cosas a la vez, aunque su rostro no parecía alterado en lo más mínimo, al contrario, demostraba paz. Sango, Miroku, Shippo y Kirara estaban dormidos profundamente, se suponía que yo también debía estarlo. Algo me lo imposibilitaba, mis ojos no podían dejar de observar aquel perfecto híbrido. Me tomé la molestia de pensar en lo que sería de mí si pasaba el resto de mis días con Inuyasha, imaginé mi vida con él y esbocé una gran sonrisa. Algo interrumpió mis delirios y fantasías, había detectado que Inuyasha se movía lentamente. Rápidamente me cubrí con la bolsa de dormir hasta la nariz y me hice la dormida. Pensaba que iba a ver a Kikyo otra vez, así que yo no podía intervenir "Será mejor dormir, no quiero verlos nuevamente, además no tengo nada que hacer allí espiándolos, tampoco puedo reprocharles nada. No puedo impedir que sean felices" me dije. Pero apenas terminé de decirme aquellas palabras aprecié como alguien besó mi rosada mejilla. Sentí el calor de su cuerpo a mi lado y su brazo rodeándome la cintura pronunciando unas palabras:
-Perdón Kagome, nunca te perderé de nuevo.- luego se quedó adormecido a mi lado, abrazándome.
Mi último y consolador pensamiento antes de quedarme dormida fue que aunque Inuyasha quería a Kikyo, no podía negar que también sentía una atracción hacia mí, y eso me llenó de esperanzas y deseos para el futuro.
Cuando desperté gracias al sonido del viento rozando los frondosos árboles pude notar que Sango y Miroku estaban hablando muy bajo detrás de unos arbustos, para que nadie los escuche. Me acerqué para poder oír su charla, por las dudas de si se estaban peleando. Pero era todo lo contrario, el monje Miroku estaba hablándole dulcemente y observaba como Sango se ruborizaba cada vez que el monje le hacía un cumplido.
- Sango, tu sabes mejor que nadie que yo… bueno, yo… quiero tener un hijo con alguna bella mujer. Y creo que ya sabes el propósito de esto y…
- Si, ya se. Usted no es más que un mujeriego y un vanidoso monje, me largo. Pensé que me trajo aquí para decirme algo importante, no cosas que escucho todos los días.
Se levantó para irse, pero antes de que pudiera Miroku cogió su mano y la obligó a sentarse. Inuyasha también se había acercado para espiarlos, creo que no tenía otra cosa mejor que hacer. Era eso o escuchar los reproches de Shippo que lo molestaban. No le dije nada y volví a concentrarme en su charla.
- Quiero que sepas que no es fácil para mí decirlo, auque me escuches pronunciarlo a cada muchacha que veo. Pero, ellas, en verdad, no son… no son tan especiales como tu mi querida Sango. Tienes algo que las demás no. Creo que simpatía, bondad o, amor. Así que, hazme el honor de… concebir, llevar en tu dulce vientre a un hijo mío.-los ojos de Miroku brillaban con intensidad, sus palabras eran ciertas.
- Claro, ¿para que luego vallas y me dejes con la primera que se te cruza? Te conozco Miroku, no eres capaz de serle fiel a una mujer.- Nuevamente amago a levantarse, pero el monje la volvió a coger del brazo.
- No Sango, me conoces mal. Se que todo este tiempo he demostrado lo contrario, y también se que es difícil confiar en mí después de todo, de a todas las que les prometí un descendiente, pero… ya no se que más decir.- se lanzó sobre Sango y le dio un cálido beso en sus finos labios. Ella se dejó, yo sabía que lo amaba y que esa era la razón por la que se comportaba como una niña celosa y caprichosa cuando él actuaba de esa forma con las jóvenes de las aldeas. Una lágrima se desprendió de su ojo, recorriendo toda su mejilla hasta caer en la rodilla, estaba tan feliz. Inuyasha y yo nos miramos por unos segundos, como si decidiéramos algo, noté que pausadamente se iba acercando a mí. Entendí sus intenciones e hice lo mismo que él. Mi corazón latía con fuerza, parecía una manada de caballos galopando sin cesar. Pero cuando nuestros labios se estaban por encontrar, salieron Sango y Miroku interrumpiéndonos. Estábamos tan cerca, peor no los culpo, si tenía que suceder ya tendríamos otra oportunidad.
