Comentario adicional: este anexo está íntimamente ligado al Episodio 7, recomiendo leerlo antes de leer este Anexo, pero tampoco es mandatorio. Espero les guste.
Anexo II
POV: Camus
En algún momento tenía que darse la oportunidad. No estabas seguro si lo más correcto para describir lo que estaba a punto de pasar era 'una oportunidad'. Digamos que estaba a punto de darse la ocasión, nada más, no oportunidad.
La ocasión en que conocerías a Laureta.
Y no que no la conocieras, claro que la conocías. La conocías demasiado bien. No había día en que Milo no hablara de ella, incluso algunas veces era frustrante su continua mención.
Así que la odiabas. La odiabas con respeto. Mientras ibas manejando en el coche camino a buscarla, llegaste a la conclusión que tu odio hacia ella era sano, cortés, respetuoso, aunque no por eso dejaba de ser real. Alguien que pudiera ser tan amiga de Milo te causaba cierto conflicto interno, te hacía corto circuito cerebral.
La semana pasada acababas de cumplir un año con Milo (no que estuvieras contando, por cierto). Tu mirada se dirigió hacia el anillo en tu mano izquierda, mano que tomaba el volante con firmeza. Habían ido al cine el miércoles pasado y Milo te había entregado un anillo de compromiso antes de que comenzara la película. No lo esperabas, fue un momento totalmente sorpresivo y claro que sería un momento que jamás olvidarías. Habías aceptado ponerte el anillo. Esa noche cuando llegaste a tu departamento escribiste sobre tu cuaderno negro: estoy comprometido.
Ahora estabas camino a buscar a Laureta.
Las cosas habían estado bien, demasiado bien después del cine. Ayer incluso habían estado juntos, Milo había estado drogado y habían bailado y reído, y le habías dicho por descuido (no estabas prestando demasiada atención a tus palabras) que eran novios. No fue algo premeditado, salió natural de tu boca y, por todos los dioses, ya habían cumplido un año. Obviamente pensabas a Milo en tu cabeza como tu novio, incluso si tus labios no lo habían reconocido en voz alta. Habían terminado en la cama ayer en la noche y habías dejado entrar a Milo… a lugares físicos que nunca nadie más había tenido acceso. Todo iba bien.
Fue una lástima que Milo no recordara hoy en la mañana nada de lo que había sucedido. Nada. Una verdadera pena.
No ibas a admitir que te dolió cuando Milo dijo no recordar, y era cierto, no te había dolido, era otra cosa lo que habías sentido. El dolor lo sentías al golpearte con algo, pero eso que habías sentido era más como… si te hubieran apagado algún órgano interno, como si hubieran apagado la luz de un lugar dentro de ti, como si Milo te hubiera arrebatado un sentido. No dolía, no era sufrimiento, era algo más complejo, más difícil de digerir, era algo como tristeza, desilusión, decepción, todo mezclado en una gran licuadora, algo muy espeso.
No habías hablado con Milo en todo el día después de eso. No sabías qué decirle, no sabías cómo hacerlo recordar.
En la tarde había salido la invitación para ir al club y decidieron ir con los iguales.
Al llegar al lugar cada quien tomó su rumbo, viste de reojo que Milo se dirigió al bar, tú fuiste al baño y, al salir, te quedaste a solas en las mesas por un rato. Kanon te encontró unos quince minutos después. Te dijo que si tenías algo, le contestaste que no y deseaste más que nunca no tener tantas barreras a tu alrededor y poder platicar con él, así, a corazón abierto, pero no podías decirle que habías dicho, por error o porque en realidad te había traicionado el subconsciente, que Milo era tu novio, o que habían tenido relaciones y que habías sido tú el receptor esta ocasión, no, era demasiada información para Kanon. No obstante, eso no te quitó las ganas que tenías de ser sincero con tu amigo. Al final no le comentaste nada, platicaron de trivialidades hasta que un chico invitó a Kanon a bailar.
Desgraciadamente minutos después, ahora lo veías de esa manera, te encontró un amigo de la infancia mientras veías a Kanon bailar a la distancia. Tenías años sin ver a Afrodita, así que cuando se acercó, no pudiste más que sonreír y abrazarlo, realmente te daba gusto verlo otra vez. Afrodita era uno de los seres más nobles que conocías, él había sido tu amigo de la infancia y te había ayudado muchas veces cuando tu padre perdía sus cabales.
Platicaron por un rato, incluso le habías dicho sobre Milo: le habías contado que acababas de comprometerte y que tu vida había cambiado al conocerlo. Afrodita estaba feliz de escuchar la noticia y te preguntó cosas sobre Milo. Te sentiste raro hablando de Milo con alguien más, pero era importante que Afrodita supiera, le tenías mucho aprecio. Afrodita también te contó de su vida. Era agradable su presencia, su energía, su vibra. En realidad estabas contento de encontrarlo.
Y en ese ánimo de camadería, el DJ puso una canción que Afrodita mencionó era su favorita para bailar. Insistió que la bailaran. Te negaste. Afrodita volvió a insistir. Volviste a negarte. Afrodita volvió a pedírtelo. Dijiste que odiabas bailar. Afrodita dijo que no aceptaría un no como respuesta. Volviste a negarte. Afrodita te rogó, literal, que bailaran sólo esa pieza.
Finalmente aceptaste.
Habías aceptado y… todo se fue al carajo.
Y se fue a la basura porque Milo los vio bailando juntos. Tenías que reconocer que te dejaste llevar por la emoción de ver a tu amigo y cuando Afrodita se te acercó en la pista de baile y recargó su frente sobre la tuya, no te opusiste, te sentías contento por haberlo visto, por lo que platicaron, y por haber olvidado por un segundo lo que había sucedido en la mañana con Milo.
—Compártelo con tu amigo —Milo te había dicho al acercarse a ustedes y darte un cigarro. Su voz se había enterrado en tus poros. Milo estaba furioso.
Te quedaste estupefacto.
Milo se marchó de inmediato de la pista y, al parecer, del lugar.
Te sentiste apenado cuando miraste de nuevo a Afrodita, éste te dijo que fueras tras Milo, Afrodita te ofreció una disculpa rápidamente, él no había querido que se malinterpretaran las cosas.
Sin embargo, ya no encontraste a Milo por ningún lado.
Fuiste con los iguales y les preguntaste por Milo, ellos lo habían visto hacía diez minutos, pero después ya no supieron de él. Te preguntaron qué pasaba, les dijiste que después les explicabas.
Después de recorrer de nuevo el bar, lo único que se te ocurrió fue salir del lugar y buscar a Laureta, quien seguramente iba a estar en el bar.
o-x-o
Estabas nervioso al estacionarte afuera del bar. Antes de bajar del coche, te viste en el espejo retrovisor y notaste que estabas pálido. Tenías que encontrar a Milo, había una diminuta probabilidad de que él hubiera venido con ella a contarle como eras un maldito traidor. Ojalá estuviera con ella.
o-x-o
Laureta, efectivamente, estaba en el bar. Y, para tu mala suerte, Milo no estaba con ella.
El bar estaba lleno, pero aún había mesas vacías, debían ser como las tres de la madrugada. Laureta estaba sentada en una mesa en compañía de dos amigos y una amiga. Ella se reía mucho mientras caminabas hacia la mesa. Esperaste que no estuviera demasiado tomada.
—Hola —llamaste al llegar a la mesa. La conversación en la mesa se detuvo y todos voltearon a verte—. ¿Puedo hablar contigo? —Te dirigiste a Laureta.
Laureta te miró con ojos grandes. Su semblante blanco, ella no entendía nada, sí estaba sorprendida de verte. Tardó un momento más y finalmente limpió su garganta y les dijo a los demás:
—Vuelvo en un momento.
Suspiraste, agradeciste internamente que ella accediera a hablar contigo.
Laureta se levantó y le extendiste la mano para dejarla pasar, indicándole que pasara primero. Caminaron entre varias mesas y fueron a sentarse a una mesa vacía que estaba en las orillas del bar.
—¿A qué debo el honor de tu presencia? —dijo Laureta. Claramente estaba intoxicada, pero su mirada no estaba perdida por completo. Se veía atenta, aún en sus cinco sentidos.
Entrelazaste los dedos sobre la mesa.
—Escucha. Sé que no tenemos la mejor relación…
—Me odias —Laureta te interrumpió.
La miraste. Asentiste con la cabeza.
—Así es —dijiste.
—¿Por qué? ¿Por qué conozco a Milo desde hace… como mil años? —Laureta dijo divertida, su tono sarcástico no te sorprendió, ella tenía buenas armas para atacarte.
Te encogiste de hombros.
—Me llevas mucha ventaja. ¿No crees que es lógico que te odie?
Laureta se quedó pensando.
—Entiendo que te mueras de la envidia porque yo estuve con Milo desde que era un niño y lo vi crecer y, obviamente, él me ama con locura, pero yo creo que tu odio lógico no nos va a llevar a ningún lado.
—No me voy a convertir en tu amigo, Sahori. —Fuiste tajante en tu respuesta, y la llamaste Sahori porque sabías que ése era su nombre, Milo te lo había dicho, y se te hacía absurdo que ella se lo hubiera cambiado por rebeldía.
—Lo sé — dijo Laureta con la misma certeza. —No me interesa tu amistad. Sólo me interesa Milo, y sé que si tú y yo estamos mal, él será el perjudicado.
—Escucha. No me dejaste terminar hace rato —retomaste—, pretendía decir que no tenemos la mejor relación, pero estoy dispuesto a… sobrellevarte, por Milo.
Laureta resopló.
—¿Sobrellevarme? Qué amable eres.
—Quiero poder tener conversaciones contigo, hoy necesito de tu ayuda y seguramente la voy a seguir necesitando en el futuro.
—¿Eso quiere decir que sí vas a quedarte con Milo para siempre? —Sus ojos se entrecerraron, cuestionándote—. ¿Lo amas, verdad?
En tu opinión, Laureta era bastante ágil a pesar del alcohol en su sistema. Afirmaste con la cabeza.
—¿No es obvio? —respondiste.
Laureta se hizo para adelante en la silla.
—Dilo.
La miraste intensamente, te sentías acorralado de pronto.
—Si tanto necesitas oírlo, sí, sí quiero estar con Milo a largo plazo, por mucho tiempo.
—¿Lo amas? —Laureta insistió, ella no iba a ceder.
—Sahori —le advertiste.
—¿Lo amas, Camus? —preguntó decidida.
—Sí.
—¿Cuánto?
—¿Qué te importa?
—Dije cuánto.
Volteaste los ojos y suspiraste. Tenías que rendirte ante ella, no iban a llegar a ningún lado si no lo hacías. La miraste y dijiste:
—Más de lo que jamás podré explicar y más de lo que tú podrías entender.
Una pausa.
—Bien —Laureta dijo, satisfecha.
En ese instante se acercó un mesero a ofrecerles algo. Laureta pidió una cerveza, tu pediste un cosmo.
—Entonces acepto hablar contigo. ¿A qué debo el honor de tu presencia? —Laureta repitió. Su actitud más calmada, sin estar a la defensiva.
Tal vez ella no era tan mala después de todo. Tomaste aire, tus hombros se destensaron. También tendrías que bajar la guardia, era lo justo.
—Vine a verte porque pensé que quizá Milo estaría contigo. Hubo un malentendido.
Laureta se llevó una mano a la barbilla.
—No lo he visto desde ayer o antier, no recuerdo. Yo pensé que estaba contigo. Ahora siempre está contigo.
Te quedaste pensando, no habías visto hasta ese momento las cosas desde esa perspectiva: le habías quitado Milo a Laureta, ellos eran una mancuerna irrompible antes de que tú llegaras. Tuvo que haber sido doloroso para Laureta que su amistad se quebrantara de esa manera.
—Lo siento —dijiste sinceramente—. No fue mi intención… apartarlo de tu lado.
Laureta miró la mesa. Después te miró.
—No es fácil. Ahora tomo más que antes para no sentir su ausencia, ¿sabes? Pero era obvio, como tú dices, algún día tenías que llegar. Y él está completamente idiotizado contigo, eres su vida entera, su alegría —Laureta sonrió—, así que todo vale la pena. Estoy feliz de verlo así. El día que fuimos a comprar tu anillo, él estaba…
—¿Fuiste con él? —la interrumpiste.
—Claro. ¿Quién más lo iba a acompañar? Fuimos a decenas de tiendas y ningún anillo era lo suficientemente bueno para su gusto. Vimos dos mil millones de anillos; hasta el día de hoy tengo ampollas en los pies gracias a ti. Cuando al fin se decidió por uno, estaba feliz, fuimos a comprarlo y Milo no dejaba de sonreír al pagarlo.
Te mordiste el labio. Tampoco habías pensando en cómo le había hecho Milo para conseguir el anillo.
—No sabía esa historia —dijiste.
—Un día antes de dártelo, no pudo ni dormir, estaba demasiado nervioso, tenía miedo que lo rechazaras. Me dijo que te iba a llevar al cine y que enfrente de todos iba a declararse, que iba a interrumpir la película y gritar a los cuatro vientos que te amaba y que eras suyo y no sé qué tantas tonterías. Así que me da gusto que lo traigas puesto hoy, no lo pierdas.
Miraste tu mano izquierda, tu pecho se sentía caliente, tenías un sentimiento cálido en el centro de tus costillas. Milo no acabó en medio de la sala del cine gritando su amor, gracias a los dioses, había sido algo más especial, un momento que sólo sería de ustedes dos para la eternidad. Estabas comprometido con Milo, aún te sorprendía pensarlo.
—No lo haré —aseguraste.
El mesero les llevó sus tragos.
Los dos le dieron un sorbo a sus respectivas bebidas.
—Entonces qué pasó. —Laureta prosiguió con la conversación.
Era momento de arreglar lo que habías descompuesto. No pudiste evitar lamentarte, las cosas habían estado tan bien.
—Milo me vio bailando con un amigo de la infancia. Seguramente pensó que era algo más —le explicaste.
—No le veo nada de malo. ¿Lo estabas besando o algo? — dijo Laureta extrañada.
—Claro que no lo besé. Quizá estábamos bailando muy… pegados, se malinterpretó.
—Pegados, ¿cómo?
—Su frente sobre la mía.
Laureta hizo una mueca de desaprobación.
—Mhn. Mal hecho.
—Lo sé. Estuvo mal, aunque no significó nada. Le voy a pedir una disculpa a Milo.
Laureta afirmó con la cabeza.
—Opino que le pidas una disculpa, le compres chocolates, tengan sexo loco y le presentes a tu amigo para que se aclaren las cosas y él vea que tu amigo no es una amenaza.
—No voy a darle chocolates —te opusiste.
Laureta te dio un golpe en el brazo, como si llevaran años de conocerse, como si Laureta y tú fueran grandes amigos.
—¿Podrías dejar de ser un cretino con él?
Te frotaste el brazo, Laureta tenía la mano dura.
—No soy un cretino, solamente no acostumbro regalar ese tipo de cursilerías.
—Te acaba de dar un anillo de compromiso y te ve bailando sexosamente con alguien más, ¿no crees que merece los chocolates?
—No estábamos bailando sexosamente— le aseguraste.
—Bueno, íntimamente.
Y sí, justo eso había sido, un baile íntimo, por eso Milo había estado tan enojado. No ibas a comprarle chocolates, mejor lo llevarías a cenar o irían a ver una película, claro, si Milo te disculpaba algún día.
—¿En dónde crees que esté? —preguntaste.
—¿Fuiste a buscarlo a su departamento? —Laureta tomó un gran trago a su cerveza, tomó casi más de la mitad.
—No tengo su dirección.
Laureta casi escupe la cerveza, dejó la botella y volvió a golpear te en el brazo.
—¿Llevas un año con Milo y no sabes dónde vive?
Te sobaste de nuevo.
—Siempre va él a mi departamento.
Laureta negó con la cabeza y le hizo una señal al mesero de que se acercara. Le pidió una pluma. Laureta te tomó el brazo y escribió con letras temblorosas una dirección. Tuviste de inmediato flashbacks de Milo haciendo lo mismo los primeros días que se conocieron; la segunda vez que se vieron (no que estuvieras contando), Milo fue a tu mesa en este mismo bar, enojado, y te escribió su número telefónico para que le hablaras y no lo olvidaras.
—Calle moras, número 35 —leíste cuando Laureta dejó de escribir.
—Departamento 101 —Laureta agregó—. Ve mañana a verlo.
Asentiste con la cabeza.
—Seguro.
—Y deja de ser un cretino.
—No lo soy.
—¿Y la vez que fuiste un cretino en el parque de la 38?
—¿De qué hablas?
—Cuando Milo te dijo que quería ir al espacio y compartirlo contigo, y tú le saliste con la estupidez de que no querías ir a ver el universo con él.
La miraste con ojos grandes. No te tendría que causar tanta sorpresa que Laureta supiera cada pequeño detalle de ustedes, ella era la mejor amiga de Milo, claro que iba a saber, pero era extraño sentirse tan expuesto ante ella, quizá por eso te trataba como un viejo amigo. La cosa del espacio no fue de esa manera, no es que no quisieras ir con Milo a conocer galaxias y fueras un desgraciado, más bien quisiste decirle a Milo que debía realizar sus sueños independientemente si estabas tú ahí o no. Aún así no ibas a justificarse frente a ella.
—Espero que también te cuente lo bueno —le dijiste.
—Sí, ya me tiene mareada con lo bueno que eres en la cama — dijo Laureta—. Y llega todo emocionado cuando te pintas los ojos cuando cumplen meses. Eres un cretino la mayoría del tiempo, pero de pronto tienes tus destellos de lucidez y tienes buenos detalles.
Te sonrojaste, por primera vez en tu vida tal vez. No viste venir el comentario sexual en ningún momento (no que Laureta estuviera mintiendo). Además, otra vez sentiste una calidez interna al darte cuenta que Milo había entendido el mensaje cuando usabas delineador en los ojos.
—¿Qué más sabes de mí?
—Demasiado. Más de lo que me gustaría saber —Laureta confesó.
—Ya que me conoces tanto, deberíamos tener más conversaciones de este tipo.
—Me parece buena idea. —Laureta alzó su botella para brindar.
Estrellaste tu copa contra la botella de cerveza.
—Salud por eso —dijiste.
Los dos tomaron otro sorbo a sus bebidas, con lo cual Laureta terminó lo que quedaba de su cerveza. Hubo unos instantes de silencio, de pura compañía, hasta que Laureta dijo:
—Pues fue un gusto hablar contigo.
Afirmaste con la cabeza. Ya le habías quitado mucho tiempo. Tomaste tu copa de nuevo e ingeriste todo el trago de una sola vez, tenías que armarte de valor para lo que ibas a decir.
—Sahori, gracias —comenzaste—, ahora entiendo por qué eres tan importante para Milo. Eres más agradable de lo que pensé… gracias por escucharme.
Laureta sonrió de oreja a oreja.
—Mientras sigas haciendo feliz a Milo, no tendremos problemas, créeme. Voy a explicarle a Milo que lo de hoy fue una tontería, que él tiene que entender que sólo era tu amigo. Abogaré para que no te castigue demasiado. —Hizo una pausa—. Y tú tampoco eres tan desagradable.—
Sonreíste.
—Te dejo regresar con tus amigos.
Los dos voltearon a la mesa donde Laureta había estado y ya no había nadie sentado ahí.
—Bastardos — dijo Laureta en un susurro.
Te sentiste mal, no ibas a dejarla sola ahí en el bar.
—Te llevaré a tu casa —ofreciste.
Laureta negó con la cabeza.
—Estoy bien.
Sacaste tu billetera del pantalón y dejaste varios billetes sobre la mesa, Laureta también empezó a buscar dinero en el bolsillo de su pantalón de cuero, pero la detuviste con un gesto.
—Claro que te voy a llevar —no le estabas preguntado, era un hecho.
—Puedo cuidarme sola —Laureta te aseguró.
—No me queda duda. Pegas duro. —Guardaste tu billetera y te levantaste de tu silla. Le extendiste la mano a Laureta para que la tomara.
Laureta miró tu mano y luego tus ojos. Laureta tomó finalmente tu mano. Los dos salieron del bar tomados de la mano.
o-x-o
No supiste si fue el repentino aire que le dio a Laureta o si esa última cerveza fue la gota que derramó el vaso, literalmente, porque al subir al coche, Laureta dijo que se sentía muy mareada.
Le preguntaste su dirección y Laureta alcanzó a decirte dónde vivía.
Diez minutos en el camino y Laureta te pidió que se orillaran. Volvió el estómago una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, de ahí perdiste la cuenta. Le sujetabas el cabello mientras ella se asomaba por la ventana del auto. A la menor provocación de movimiento, Laureta te decía que te detuvieras. Cualquier movimiento del coche la hacía sentir mal.
Finalmente dejaste a Laureta en su casa casi a las cinco de la mañana. En el camino hacia casa de ella, por tu cabeza cruzó la idea de ir al departamento de Milo, pero pensaste que si Milo había regresado a su casa, sería mejor dejarlo descansar, probablemente seguiría enojado y no podrían siquiera hablar. Era importante que te disculparas y mejor era esperar a que las cosas estuvieran más tranquilas.
Cuando al fin llegaste a tu departamento, te fuiste directo a la cama, no podías esperar a que las horas pasaran. Mañana al abrir los ojos irías a la calle de moras.
o-x-o
Al día siguiente, fuiste al departamento de Milo, pero se toparon en la calle antes de que llegaras al lugar, había una lluvia torrencial cayendo sobre ustedes.
Te disculpaste con Milo, quien estaba más que furioso de verte, te disculpaste como lo habías platicado con Laureta porque no había estado bien lo que habías hecho. Sin embargo, jamás esperaste que Milo te respondiera con una confesión: Milo te dijo que había ido al Callejón de la Izquierda.
El mundo se congeló.
—Sé lo que pasa en el Callejón —le habías dicho. El Callejón era el lugar para desfogarse, para ser atendido sexualmente, entrar ahí era sinónimo de vender tu cuerpo sin monedas de por medio. Milo había ido al Callejón después de verte con Afrodita, Milo había estado con alguien más.
—No voy a pedirte perdón —Milo te respondió.
Sentencia. Desconexión.
—Y no te pido que lo hagas, Milo. Odio cuando la gente se disculpa —le informaste—. Si estás a mi lado, es porque quieres estarlo, y si yo estoy a tu lado, es porque también quiero hacerlo, nadie me está obligando.
¿Qué más podías decirle? ¿Reprocharle? ¿Golpearlo? En su lugar, sólo te acercaste y dejaste un beso en su mejilla antes de marcharte.
o-x-o
La traición efectivamente sí dolía.
Después de dejar a Milo en la calle, caminaste por muchas horas sin algún rumbo fijo. La lluvia torrencial te bañó completamente de pies a cabeza.
Todo había estado tan bien estos últimos días, pero las cosas habían cambiado abruptamente.
Milo había ido al Callejón.
Dolía. Dolía como un centenar de golpes continuos en la cara. Dolía en el cuerpo, dolía como si con un cuchillo te hubieran rasguñado todas las vísceras por dentro. ¿Por qué había decidido Milo ir al Callejón? ¿Por qué no se te ocurrió asomarte al Callejón y buscarlo ahí? Quizá lo hubieras detenido, quizá hubieras prevenido el engaño.
Te sentías roto.
No fuiste esa noche a tu departamento. No dormiste nada. Cuando te diste cuenta, el amanecer ya te había encontrado sentado en una banqueta.
Fuiste a la biblioteca central y permaneciste ahí todo el día, tenías que leer un libro, perderte en otro mundo, sino la cabeza iba a explotarte.
Saliendo de la biblioteca te fuiste directo al bar. Los libros habían sido buena medicina para engañar a tu mente por unas horas, pero necesitabas algo que te sedara para pasar la noche y ahora sí poder dormir.
Perdiste la cuenta de cuántas cervezas tomaste: ocho, diez, doce. No estabas seguro.
En algún momento un tipo se te acercó y empezó a comprarte tragos. Aceptaste.
De ahí empezaste a perder la consciencia.
En algún momento fuiste al baño por necesidad y, de pronto, ya tenías a un chico acariciándote y moviéndote a uno de los espacios donde estaban los sanitarios, tocándote como quizá habían tocado a Milo, después sentiste unos labios devorando tu boca, labios que te besaban como tal vez habían besado a Milo hacía dos noches.
Jamás te percataste que Milo fue a buscarte y presenció esa escena desde la puerta del baño.
o-x-o
Amaneciste en la casa de alguien. No supiste de quién ni por qué ni cuántas horas llevabas ahí. Sólo tomaste tu ropa y saliste de ese cuarto y de ese departamento lo más rápido que pudiste. Te acabaste de medio vestir al bajar las escaleras.
Tu cabeza daba vueltas, tenías un intenso dolor estomacal y sentías el cuerpo cortado. Ibas a desmayarte en cualquier momento al parecer.
Saliste a la calle y notaste que era medio día. El sol estaba resplandeciente, brilloso. Por un segundo, te sentiste desconcertado, perdido, con miedo. ¿En dónde demonios estabas?
Empezaste a caminar hacia la esquina, a lo lejos escuchabas coches, tenías que llegar a alguna avenida.
En efecto, llegaste a una avenida vial, te ubicaste… y decidiste que tenías que ver a Milo.
o-x-o
Tocaste la puerta tres veces. Estabas en la calle moras, en el número 35, departamento 101. La puerta del departamento de Milo era negra.
—¿Quién es? —Escuchaste del otro lado de la puerta.
Limpiaste tu garganta.
—Camus.
Pasaron dos segundos. La puerta se abrió. Los ojos de Milo estaban rojos, hinchados, preciosos, había estado llorando quizá.
—¿Qué te pasó? —dijo Milo en confusión, su voz ahogada en tristeza y confusión.
Imaginaste que te veías fatal.
—¿Puedo pasar?
Milo te vio de arriba a abajo.
—¿En dónde estuviste?
—¿Importa? —le dijiste, cansado.
Milo se cruzó de brazos.
—Si hago una pregunta es porque quiero una respuesta. —Su voz también se escuchaba cansada, apagada.
Suspiraste.
—Ya estamos a mano. —Lo tenías que decir aunque te desgarraba las entrañas la confesión. Querías acabar de una vez con esto.
Milo no se movió por unos instantes, después cerró los ojos un instante, tensó su mandíbula. Asintió con resignación.
—¿Y te sientes mejor? —te cuestionó en voz baja.
—No. —La respuesta fue inmediata.
—Bien. Si ésa es la manera en que resuelves las cosas, está bien.
—¿Qué querías que hiciera? —dijiste sin enojo, no sonaba ni siquiera a reclamo, era una declaración simple, sólo se escuchaba tu tristeza.
Milo bajó la mirada, vio el piso por varios minutos.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó.
Te encogiste de hombros, te sentías tan cansado, tan muerto.
—No lo sé. Eso venía a preguntarte.
Milo descruzó sus brazos, metió las manos a las bolsas de su pantalón.
—No tengo ni la menor idea.
Tenías unas ganas inmensas de volver el estómago, estabas al borde de… llorar. No sabías qué más decir, cómo arreglar este desastre. Lo único de lo que estabas seguro es que no te querías ir, no todavía.
—¿Puedo pasar? —Volviste a decir, estabas exhausto, y con eso estabas diciendo todo. Querías pasar, querías seguir, necesitabas a Milo, querías arreglar las cosas, querías que Milo te volviera a reconstruir, que Milo te abrazara, no querías quedarte sin verlo.
Milo tomó una gran bocana de aire.
Esperaste.
Milo finalmente se movió a un lado para dejarte pasar.
Así se debía sentir resucitar. Mordiste tu labio y caminaste hacia dentro del departamento.
o-x-o
Había sido como entrar al paraíso, pensaste. Todo el departamento de Milo era tan… Milo. Los colores, los muebles, los espacios eran tan Milo, que te sentiste mareado de nuevo. Jamás querías salir de ahí, cada célula de tu cuerpo absorbió el ambiente, era exquisito. Te preguntaste si Milo tenía esa misma sensación cuando iba a verte a tu departamento; alguna vez te comentó que ir a tu departamento era como morir, ahora más que nunca entendiste lo que quiso decir.
De hecho, al morir, querías que tu tumba fuera este lugar. Descansar la eternidad rodeado de Milo. Estabas enamorado de las paredes, el piso, el techo. Estar ahí era sofocador.
—Todo lo que te hicieron lo traes en la piel. Báñate —Milo te dijo, sacándote del trance.
Tardaste unos segundos en entender y decodificar lo que te había dicho. Afirmaste. Ibas a seguir cada una de sus órdenes.
—Sí —murmuraste.
Milo pasó frente a ti y te guió hacia el pasillo al fondo del departamento. Ese pasillo tenía tres puertas sobre el lado izquierdo. Milo caminó hasta la última puerta del fondo y la abrió.
—Éste es el baño. Hay una toalla en el cesto debajo del lavabo. La puerta que pasamos es el cuarto de visitas, ahí te dejaré ropa para cuando salgas.
Lo miraste a los ojos.
—Gracias. —No sólo por ofrecerte su baño, por todo.
o-x-o
Te quitaste la ropa sucia y te metiste a bañar.
A pesar del letargo en el que te sentías, no pudiste evitar sentir que tu cuerpo despertaba con el agua caliente cayendo sobre tus hombros. En algún momento te sentiste hipnotizado al estar en la regadera, tenías el jabón para lavarte el cuerpo entre las manos y no pudiste evitar pensar que ése era el mismo jabón que Milo utilizaba para lavar su piel también. Te invadió una excitación extraña. También habías tenido una sensación de placer cuando esparciste el champú de Milo sobre tu propio cabello, la fragancia entró por tu nariz y te embriagó por completo.
Fue uno de los baños más gratos de tu vida.
o-x-o
Al salir del baño, te dirigiste a la habitación que Milo te había indicado, escuchaste ruido en la parte donde Milo estaba, se escuchaba una televisión prendida.
En el cuarto de visitas había una cama individual con una colcha rosa, un escritorio pegado a la ventana con mucho maquillaje encima, y sobre el mismo escritorio había una bolsa roja, no dudaste que ésta era más bien la habitación de Laureta, quien usaba esa habitación cada que se quedaba en casa de Milo. La odiaste un poco más.
Sobre la cama, Milo te había dejado un pantalón y una playera azules, las dos de tipo deportivo, para correr. Agradeciste que fuera ropa cómoda.
Te pusiste la ropa y terminaste de secar tu cabello con la toalla.
o-x-o
Cuando saliste de la habitación no esperaste que Milo estuviera cocinando.
Milo estaba en el espacio de la pequeña cocina, moviendo con un cucharón el contenido de una gran cazuela que descansaba sobre la estufa.
—Te puse fresas y melón en ese plato; estás deshidratado, tómate ese vaso de agua —Milo te dijo al verte, señaló hacia la barra del desayunador que separaba la cocina del comedor principal.
Sobre el desayunador efectivamente había un gran plato hondo y un gran vaso de agua, como de un litro de capacidad. Caminaste hasta ahí y te sentaste en un banquillo del desayunador. Tomaste el agua y la bebiste toda. Estabas sediento.
Después tomaste con la mano una de las fresas y la comiste.
Seguiste comiendo en silencio.
o-x-o
Milo sacó dos platos más y sirvió el estofado.
Se sentó a comer del otro lado de la barra, enfrente tuyo.
—¿Lo hiciste tú? —preguntaste después de probar el primer bocado. Sabía delicioso. Sabía a comida casera, a hogar, y curiosamente sabía a Milo. Era complicado de explicar.
Milo asintió.
—Hay más si quieres —Su tono seguía siendo triste.
Te sentiste fatal, querías tener de nuevo a tu Milo contento, alegre, juguetón. Sentiste pavor que las cosas no volvieran a ser igual entre ustedes.
—¿Milo? —Llamaste suavemente—. Quiero que estés bien. —Fue una súplica sincera, un deseo que provenía desde lo más hondo de tu ser.
Milo dejó la cuchara con la que estaba comiendo sobre la mesa y se quedó viendo el plato frente a él.
Lo viste tan bello, tan herido. ¿Se había acabado todo entre ustedes? ¿Así se sentía el final?
Dejaste también tu cuchara sobre la mesa y te levantaste de tu silla. Rodeaste la pequeña barra del desayunador para llegar a donde Milo estaba sentado. Abrazaste el cuerpo de Milo aunque éste no giró sobre su silla para abrazarte, recargaste tu barbilla sobre la cabeza de Milo, quien te quedaba más abajo por estar sentado.
Después de un momento, Milo desde la misma posición movió su brazo y tomó con su mano tu antebrazo, el cual le quedaba a la altura de su pecho.
Dejaste un beso sobre el cabello de Milo.
Milo finalmente se giró sobre la silla y abrazó tu cuerpo, un abrazo ligero, suave. No lo bastante reconciliador para tu gusto.
Estuvieron abrazados un buen rato.
Milo fue el primero en separarse y dijo:
—Terminemos de comer. No quiero que se enfríe.
Afirmaste y regresaste a tu lugar.
Terminaron de comer en silencio.
o-x-o
Te ofreciste a lavar los platos mientras Milo acomodó el estofado en un recipiente más pequeño para después guardarlo en la nevera.
o-x-o
—Estoy muy cansado —Milo te dijo cuando por fin terminaron de juntar—. Quiero recostarme un rato.
—Adelante —contestaste. No sabías si Milo pretendía que lo acompañaras o no.
—Vamos. —Milo empezó a caminar hacia su habitación.
Lo seguiste.
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Una cama matrimonial pegada a la ventana. Paredes blancas. Un closet con puertas blancas también a lo largo de una de las paredes. Un cuadro pequeño enfrente de la cama con un escorpión dibujado a mano, muy elegante. Del otro lado del cuarto, un escritorio con una silla para sentarse (con una foto enmarcada de ustedes sobre dicho escritorio). A un lado, un estante de madera con muñecos de peluche, libros, tazas. La habitación era sencilla, lo único de color intenso eran las cortinas translúcidas de color azul marino de la ventana. Tan Milo. Era como meterse debajo de su piel.
Milo caminó hacia la cama y se sentó sobre el colchón, recargando su espalda sobre la cabecera color blanco y estirando sus piernas sobre la colcha blanca.
Caminaste hacia la orilla de la cama, sentándote a un lado de los pies de Milo.
—Me confirmó Laureta que fuiste al bar a verla —Milo te dijo de pronto.
Alzaste la mirada. Asentiste. ¿Qué tanto le habría dicho ella? ¿Sería por eso que Milo lo había dejado pasar a su departamento?
—Pensé que te encontraría con ella.
Milo suspiró.
—Te agradezco que la llevaste a su casa. —No dijiste nada, no te había agradecido en la última conversación que habían tenido bajo la lluvia, te tomó por sorpresa. Milo prosiguió—: Me dijo que no habías hecho nada malo.
No sabías qué decir. ¿Tenía algún caso ya? No habías hecho nada malo, pero Milo sí y tú no pudiste soportarlo, así que hiciste lo mismo. Ecuación fácil, aunque fuera lo más difícil que te había pasado en la vida.
—Dejémoslo así.
Hubo un silencio sepulcral, los dos pensando.
—¿Era necesario que pasáramos por todo esto? —Milo te preguntó, su tono dolido.
Te costó trabajo respirar.
—No tengo todas las respuestas —le dijiste. El sonido de tu voz era tan bajo que dudaste que te escuchara. No tenías más fuerzas en tus células, ni en tu cuerpo.
Milo recargó su nuca en la cabecera de la cama, rendido.
—Nunca tienes respuestas.
—Milo. —Tomaste el tobillo de Milo para que volteara a verte. Claro que tenías respuestas, y esas respuestas tenían que ver con él, siempre con él—. Mi lugar es aquí. ¿Quieres respuestas? Quiero esto, a ti, quiero seguir contigo. Estoy enajenado con tu departamento, de lo que eres. Quiero esto en mi casa. Quiero llegar y que huela a ti, quiero voltear alrededor y ver tus cosas en todos lados. Quiero tenerte presente todo el tiempo, que todo lo que me rodee tenga que ver contigo. Quiero que vivamos juntos en mi departamento.
Los ojos de Milo se pusieron rojos.
—¿Acabamos de engañarnos el uno al otro y me pides que viva contigo?
—Sí —contestaste de inmediato. No tenía lógica, sonaba estúpido, pero era lo que querías, necesitabas. Ahora más que nunca—. Múdate conmigo.
Milo miró por la ventana.
—¿Fue cierto lo que le dijiste a Laureta, que me amabas y que querías estar mucho tiempo a mi lado?
—Sabes que no hablo por hablar —respondiste.
Milo se quedó en silencio, contemplando el cielo afuera de la ventana.
No sabías qué más decir, estabas al borde de perderlo todo, de perder completamente a Milo. Tenías que decir algo, hacer algo para que Milo quisiera seguir a tu lado, seguir adelante a pesar de lo grave que había sucedido. Le estabas pidiendo a Milo que se mudara contigo, jamás le habías pedido algo tan serio a alguien en tu maldita vida.
Sólo te quedaba hincarte y rogar. Estabas dispuesto a hacerlo. Te moviste de la cama y te hincaste en una rodilla.
—Milo, te lo ruego.
Milo volteó a verte de inmediato. Te jaló del brazo para levantarte y te sentaste de nuevo sobre el colchón.
—No vuelvas a hacer eso — dijo Milo asustado.
—Lo que sea por mi prometido.
—¿Me acabas de llamar mi prometido?
—No.
Una sonrisa diminuta, casi invisible, apareció en los labios de Milo.
Sentiste que el alma te regresó al cuerpo. Tenías que jugarte todas las cartas, arriesgarlo todo, y al parecer había funcionado. Negarías por siempre que lo habías llamado así, pero al menos en ese instante tan crucial lo habías hecho sonreír, fue el reto más importante de los últimos años de tu existencia.
—¿Entonces? —preguntaste.
Milo suspiró. Sus ojos mirándote, sus facciones endemoniadamente suaves, su piel blanca y su rostro perfecto. Estabas cautivado.
—Lo pensaré.
