Capítulo IX

El reflejo de la perfección

Desde el exterior, la taberna tenía un aspecto sucio y deprimente; constituido por vigas gruesas de madera y pilares de piedra desgastada, situado en medio de la nada. Los hombres acudían a ese lugar para despejar su mente con alcohol, sin embargo, para Neji, era lo más cercano a un sitio de descanso.

Los cuatro hombres desmontaron, llevando los alazanes a las caballerizas pobremente improvisadas, asegurándose de atar bien las riendas y evitar que uno de los pencos los abandonara en el camino.

Sus fieles acompañantes le siguieron el paso. El castaño, empujo con fuerza la gruesa puerta de metal, desvelando el olor de ultratumba a alcohol y el ambiente gélido del establecimiento. Varios pares de ojos se posaron sobre ellos, pero a nadie parecía importarle, ni siquiera al barban, quien serbia una bebida para el destrozado cliente cerca de la barra. El heredero Hyuga tomó asiento en una mesa cercana a la entrada, apartó la tela que cubría la mitad del rostro y quitó la capucha de su capa, revelando su identidad, sus hombres emularon el gesto. Neji dudaba que alguno de los ahí presentes pudiera reconocerlos.

Examinó con cautela el panorama, algunas damas, reían y bebían, todas ellas tenían un aspecto deplorable, pero parecían contentas, charlaban y lanzaban bromas, los hombres aprovechaban para comprar sus caricias, adquiriendo ciertos servicios con tarros de cerveza o unas cuantas monedas de oro.

—Que elegante lugar— bromeó uno de sus acompañantes, atrayendo la atención de una de las doncellas que trabajaba en el establecimiento y avivando las risas en su propia mesa.

Neji ignoró por completo el comentario, no estaba en humor para soportar bromas o tal vez no estaba de humor para soportar nada en absoluto. Levaban cerca de dos meses siguiendo los rastros de la pelirosa, pero siempre que lograba aproximarse ella se alejaba y desaparecía como el humo.

Una chica cruzó la estancia con la misma gracia de una joven noble, mas su aspecto distaba de catalogarla como hija de un duque o del rey en persona. Era la más linda de todas las mujeres del lugar, y por supuesto, la más petimetra, llevaba un sencillo vestido azul, demasiado escotado para mostrar sus núbiles senos a duras penas ocultos tras los mechones de rebelde cabello que caían por su pecho. Esbozó una sonrisa al verlos a todos, tenía unos ojos verdes encantadores, similar al de las coronas de olivo, una nariz pequeña y respingona, labios gruesos, enmarcados, efímera representación de la tentación, y una melena rebelde de cabello rojizo que desembocaba en rizos apretados.

— ¿Puedo ayudarles en algo, caballeros?— arguyó, colocando una mano sobre la mesa y otra en su cadera, escrutando, entretenida, los rostros estupefactos de los nuevos comensales. Mordió su labio inferior al posar la mirada sobre el perfecto rostro de Neji. Aun cansado, mantenía ese perfil aristocrático y hermético. No era extraño que pronto se convirtiese en el centro de atención del público femenino.

—Cinco tarros de cerveza— murmuro Neji; la voz enervada.

Ella asintió con un sencillo gesto de cabeza, mas no estaba satisfecha. Con la frente en alto, se aproximó al castaño de forma peligrosa, como un depredador a su presa. Descaradamente, colocó el dedo índice sobre la barbilla, obligándolo a apartar los ojos argénteos de la mesa y posarlos sobre su linda faz. Esbozó una sonrisa seductora, y sin aguadar los reclamos del muchacho dejo caer sugerente su cuerpo sobre el regazo del caballero.

Los músculos de Neji se tensaron. No era la primera ni la última vez que una dama intentaba seducirlo; durante su existencia, había conocido a muchas mujeres, todas ellas encantadoras a su manera, cortejó y respondió a sus avances, manteniendo las interacciones dentro del término estipuladamente permitido, sin intención alguna de magullar su honor. No obstante, se sorprendió cuando en uno de sus sueños apareció la pelirosa, desnuda, sin inocentes telas blancas cubriendo su cuerpo, en aquella representación la observaba, memorizaba cada peca y cicatriz trazada en su nívea piel, tocaba cada curva con disimulada paciencia y degustaba lo más íntimo entre sus piernas.

Movió la cabeza de un lado a otro, tratando de desterrar los pensamientos obscenos respecto a su prometida.

—Creo que puedes necesitar una mano con esto— masculló, rozando la piel de su oído con la de sus labios al mismo tiempo que los finos dedos trazaban un camino azaroso con periplo a su entrepierna.

—Lo lamento— rebatió, notoriamente inquieto. Advirtió la mueca inquina diluyéndose a una de desencanto—.No estoy interesado— dijo, apartando la delicada mano con un firme agarre en torno a su muñeca

Azorada, envaró su cuerpo y dejó su asiento. En mutis, se inclinó hacia delante, mostrando la más torpe de las reverencias apreciadas por los caballeros, y tan rápido como le fue posible, encaminó el paso a la barra.

Neji acalló la nimia pretensión de vejamen con una deletérea mirada. Contrariado a forma parte del nuevo tema de conversación, cruzó los brazos y recargó la espalda contra el respaldo de la silla.

—Parece que la muerte de ese hijo de puta nos ha dejado mal parados.

Si bien no era una persona que disfrutase inmiscuirse en charlas ajenas, la que estaban teniendo esos mercenarios parecía más interesante que las mejores experiencias en burdeles. Los hombres estaban hablando de un desacuerdo con una especie de contrato, según las palabras de uno, la muerte del asentador le daba una mala reputación a su compañía.

—El desgraciado se hacía llamar a si mismo Dios y mira como termino, con un chuchillo enterrado en el pecho y el trasero de una puta extranjera en el trono— añadió otro.

—La misma puta de la que tú hablas ahora comanda un ejército hacia Kuzugakure, tiene una especie de espada maldita— vociferó el tercero, bebiendo de un trago el ultimo rastro de cerveza en su tarro—.Dicen que es una especie de Diosa, pero no de la fertilidad, sino de la guerra.

— ¿Vas a comenzar a creer en esas tonterías?— reclamó el primero, quien llevaba ya largo rato sin hablar, sin inmutarse en esconder su enojo.

—Aun así, Sasori murió como un hombre feliz. Daría mi vida entera por poder degustar ese pequeño coño rosado. — El ambiente entre los tres pareció aligerarse con la broma vulgar. Los mercenarios reían y golpeaban los tarros de madera uno contra otro.

—Su pedido— interrumpió la chica que minutos atrás había desairado, colocando las bebidas sobre la mesa y retirándose tan pronto finalizó la encomienda.

—Sasori era avaricioso, nunca habría permitido que pusieran un dedo sobre su nuevo botín de guerra— espetó el más sensato del trio, cortando de tajo las carcajadas—. Esa chica es una belleza— admitió—.No todos los días contemplas una belleza tan exótica como la que posee ella; hermosos ojos esmeralda, llamativo cabello color rosado.

— ¡Vaya, deberías ser poeta!— interrumpió alguno de ellos en tono burlón—.Quizás, si recitabas alguna charlatanería te habría permitido hurgar bajo su vestido.

Las risas brotaron nuevamente, pero a Neji no le hizo gracia. Tenía la mano sobre la empuñadura de su espada, el sonido de sus voces le rebotaba en las sienes. Repetía una y otra vez la serie de adjetivos con los que describieron a Sakura, si es que realmente se trataba de ella, no tenía la certeza y eso le molestaba todavía más. Podía levantarse y cortar sus lenguas, sin embargo, era más probable que terminara aniquilando a la única fuente de información que podía llevarlo a su prometida.

—Hey, Neji, mira quien acaba de ingresar— le dijo uno de sus hombres, golpeando con ligereza su brazo izquierdo para llamar su atención.

Había estado tan absorto en sus cavilaciones que no escuchó el momento en que las enormes puertas del establecimiento se abrieron para permitirles el paso a dos nuevos visitantes. Aun con las oscuras capas puestas y los rostros escondidos en el albornoz los reconoció de inmediato.

Siguió sus movimientos con la mirada; eligieron la única mesa en el rincón, alejados del pedestre bullicio. Su idea de acabar con los mercenarios acababa de desvanecerse al ver ingresar a Itachi y Shisui Uchiha.

Ninguno de los dos prestaba mucha atención, por lo que pudo ver Neji, no obstante, todos en el mundo sabían o habían escuchado sobre las magistrales habilidades de los Uchiha en el campo de batalla, sería ingenuo de su parte creer que ambos tenían la guardia baja. La atestada sala era un bullicio de personas que iban y venían, mas nadie más parecía reconocerlos.

Sin decir una palabra, se levantó y cruzó la estancia bajo la mirada atónita de sus acompañantes. Al plantarse frente a los recién llegados, dos pares de ojos color carbón se posaron sobre él, expectantes.

—Hyuga— saludó Itachi, presa del mutuo y frio reconocimiento.

—Uchiha— respondió, lanzándole una gélida mirada.

— ¿Vas a quedarte de pie toda la noche?— preguntó con neutralidad Shisui.

Neji echó un vistazo a la silla desocupada y después a los hombres en su mesa, quienes parecían sumamente intrigados. De su boca brotó un sonoro suspiro, y sin otra alternativa, tomó asiento frente a ellos, negándose a romper la barrera de afonía impuesta por los años de rivalidad.

— ¿Qué están haciendo ambos aquí?— cuestionó, directo. Gracias a las cartas que Hinata le enviaba, Neji tenía la ligera sospecha que su propósito era el mismo, si mal no recordaba, se decía que Sakura había escapado con Sasuke y Naruto, un punto que no le agradaba en lo absoluto.

—Creo que quien debería hacer esa pregunta soy yo— rebatió Itachi, contemplando con displicencia al castaño.

El heredero Hyuga, bastante orgulloso de su habilidad observaría, notó los aros de hierro bajo la manga de seda de la capa. Esbozó una sonrisa irónica, ambos portaban armaduras, una cota de malla para ser más preciso. Cabalgaban con protección por si se adentraban en una batalla.

—Supongo que estás buscando a tu prometida, ¿no es así?— Shisui era objetivo. Antes de que pudiese formular una respuesta, una doncella arribó, colocando los tarros de cerveza solicitados por los Uchiha frente a ellos.

Shisui fue el primero en dar un largo y aristocrático trago mientras Itachi solo se limitaba a contemplar su bebida.

— ¿Acaso tienes noticias sobre ella?— dijo Neji, con un deje de indolencia tan propio como los de su sangre.

Ambos Uchihas se sumergieron en un silencio que parecía eterno. Neji comenzaba a perder los estribos. Conforme seguía el rastro que encontraba aparecía una ruta nueva, otra historia y un montón de rumores.

—Se nos ha ordenado localizar a Sasuke— confesó Itachi. Shisui le lanzó una mirada atiborrada de reproche, ¿y cómo no? Si al igual que Neji trataban de realizar la misión en secreto—.Un cuervo arribó desde Sunagakure informando que el imperio de Sasori había caído y que una mujer se proclamaba emperatriz.

La explicación de Itachi coincidía con la discusión de los mercenarios. Si todos esos hombres decían la verdad, estaba enfrentándose a algo mucho más grande de lo que había visualizado. Cuando inicio su búsqueda iba detrás de una doncella inofensiva, pero ahora, la efigie se había transfigurado y Sakura era distinta; ya no una dama en problemas, sino una guerrera que comandaba su propio ejército.

—Escuche a los mercenarios de allá mencionar algo al respecto— compensó Neji, señalando a los implicados con un sutil ademan—.Eso quiere decir que Sakura se encuentra con tu hermano– señaló.

Itachi asintió.

—Conocí a Sasori hace algunos años, era un soldado valiente y temido, no obstante, tu prometida se las arregló para clavarle un puñal en el pecho.

La mirada argéntea de Neji fue a parar en el rostro sardónico del otro Uchiha. Parecía que lo que tenía mayor relevancia sobre la muerte del emperador no era su misma partida, sino la manera en que una dama había conseguido en una noche lo que muchos intentaron durante años.

— ¿Cómo sabes que se trata de Sakura?

Itachi y Shisui se adentraron en un silencio consternado. Ahora, Neji tenía la ubicación exacta de la pelirosa, más lo que generaba una gresca era como ellos lo sabían.

—No importa la forma— se negó Itachi, sorbiendo un poco de cerveza.

— ¿Y por qué están interesados en ella? ¿Cómo es que saben que la estoy buscando? —indagó, pretendiendo no sonar desesperado.

—No se necesita ser un genio para notar que vas detrás de ella, es tu prometida, tu futura esposa, ¿Cómo permitirías que la madre de tus hijos viajara con un traidor?— respondió Itachi, sagaz. La sonrisa triunfante que curvó la comisura de sus labios solo hacía sentir peor al castaño.

Le molestaba admitirlo, pero tenía razón. Quizás no era un acto motivado por el romanticismo, sino por el orgullo. La noche antes de su partida, Hinata, en una acción de confesarse a sí misma sin notarlo le habló sobre la relación que la pelirosa tenía con Sasuke, todos en Konohagakure tenían la sospecha que algo sucedía entre los dos, incluso, muchos apostaban que la heredera de los Haruno y el hijo de Fugaku terminarían casándose. Tal relato lo llevó a poner su fidelidad a prueba, un acto egoísta, retorcido y malvado, anunciándole que podía romper el compromiso, pero recordándole el trato que tenían al obligarla a portar un collar.

—No respondiste mi primera pregunta, Uchiha.

El aludido liberó un suspiro, cansado.

—Particularmente con Sakura, ninguno— Itachi tensó el gesto—.Sin embargo, mi hermano tiene una especie de lealtad ciega hacia ella, a donde vaya Haruno ira él con tal de protegerla, es una expiación.

Neji sonrió, irónico, no daba crédito que Sasuke fuera de esa forma.

—La sangre llama, Hyuga, necesitamos encontrarlo, por eso nos dirigimos a Sunagakure— sentencio Shisui sin despegar los ojos del rostro indolente de Neji.

—No los encontraremos en Suna— murmuró el mancebo de guedeja parda. Itachi y Shisui lo contemplaron; uno interesado, el otro sorprendido—. Tienen un ejército, van a reunirse con esté en Uzushiogakure

: : : : : : : :

El fino y álgido vendaval sacudió los gráciles cadejos de la pelirosa. El firmamento, despejado, se encubría con el ramaje de los solemnes árboles, encubriendo las exiguas refulgencias del día.

Habían abandonado Sunagakure hace tres días. Sasuke le suplicó que se quedara, estaría a salvo bajo el cuidado de Gaara, quien amablemente, ofreció el palacio para convertirlo en su nuevo hogar, sin embargo, el orgullo que le inflaba el pecho y atacaba la mente la empujó a negarse, abdicando sus responsabilidades como emperatriz, posando la corona y el trono en manos competentes.

Sin embargo, se percató que la conducta de Sasuke era distinta; en un comienzo, asoció el momentáneo renuevo a la contrariedad que el azabache sufría gracias a sus ideales obstinados, no obstante, cuando empezó a evitarla llegó a la raíz del problema, concluyendo que el Uchiha intentaba mantenerse alejado de ella dado el acontecimiento de hace varias noches en la biblioteca del palacio. Limitaba las interacciones, y en ocasiones, ni se inmutaba a pasar tiempo a su lado.

Por supuesto, eso la ofuscaba. Era egoísta, se lo dijo a sí misma en muchas ocasiones, pero no podía evitar sentir lo que sentía.

A causa de esto se estaba volviendo imprudente, realizaba elecciones estúpidas. Neji era su prometido, Sasuke la historia del pasado. El castaño comenzaba a desvanecerse de su memoria, le tomaba más minutos recordar su rostro, su aroma, sus fuertes manos rodeándole la cintura, y por más que intentase quererlo terminaba en el mismo punto. No podía ocultar lo que sentía por el azabache, lo amaba y eso le molestaba, odiaba no tener el poder de despojarse de tales sentimientos y proseguir, lo había convertido en un ídolo.

En un gesto casi reflejo, dio un respingo asustado al escuchar el sonido de la puerta abrirse. Rápidamente, apartó la mirada del paisaje pétreo para posarla sobre la faz del recién llegado; Sasuke cruzó el umbral de la puerta y cerró la mampara tras de sí. Los dos se contemplaron en reconocido silencio, cada uno al extremo de la sala. Ella, se tomó el tiempo para examinarlo; las marcas cerúleas bajo sus ojos solo indicaban la falta de descanso, la capa atada al cuello cubría su cuerpo, había pasado las últimas horas tratando de conseguir un guía que los ayudara a cruzar los extrínsecos caminos de la montaña.

Sin decir nada, el azabache reaccionó, apartando la mirada y disponiéndose a despojarse del pesado material oculto bajo la capa. La madera crepitaba al dilapidarse con el fuego. Ella lo observaba como algo irreal, un ser fuera de ese mundo, parecía tan irreconocible, pero cercano a la vez.

—Debemos hablar— expresó Sakura, armándose de valor para enfrentar al enemigo que solo la evadía.

— ¿Debemos? — Preguntó Sasuke en respuesta, sin contemplarla, desatando el cintillo de la espada y situándola sobre la cama. — ¿Sobre qué, Sakura?

Dejo pasar desapercibido el nulo tono de inflexión en su voz. Sus preguntas lo irritaban, pero esta vez estaba preocupado, lo conocía a la perfección para notar cuando algo perturbaba al azabache, había aprendido a leer sus gestos. Si bien, no era muy expresivo, su abuelo le había dicho que todo estaba en la mirada; para su fortuna, Sasuke proyectaba tantas emociones en esos ojos negros que anhelaba sumergirse en ellos.

Acortó la distancia entre los dos con tres firmes pasos, debía evitar que se marchara, no soportaba más ese tormento.

—De tus sentimientos— murmuró, apagando el tono para esconder el temblor—.Sé que todavía sientes algo por mí, esa noche en el palacio…— un ligero rubor coloreo sus mejillas mientras la sangre se le precipitaba al rostro al evocar el sucesos—.Sé que tengo un el lugar en tu corazón, y que de verdad me amas. — espetó en un tono estridente, cercano a un alarido.

Sasuke apretó la mandíbula férreamente; endureció su expresión a la par que adoptaba un semblante de represión. Sakura desplegó la trémula mano para tocarlo, pero no lo hizo. Arrepentida, la apartó, aferrando sus finos dedos a la falda de su vestido.

—No puedo hacerlo, Sakura— confesó, todavía sin mirarla, no tenía las fuerzas suficientes para enfrentarse al desastre que había provocado.

—Sasuke…— masculló: la vehemencia contenida en forma de lágrimas.

El azabache se alejó, cada vez que estaba cerca de ella las fuerzas le fallaban.

— ¿Qué es lo que quieres de mí, Sakura?— cuestionó, dolido. No podía comprenderla, era un enigma. Nuevamente se adentraba en un dilema, lo último que deseaba era arruinarle la existencia, con él, la vida le resguardaba un sendero de sufrimiento, pero con Neji… con Hyuga todo sería distinto.

—Debemos trabajar juntos, Sasuke— vociferó, realizando valientes esfuerzos por no sonar quebrantad—.Dime que no sientes nada por mí, que todo lo que ha sucedido entre nosotros dos no significa nada, dímelo por favor, y no volveré a mencionarlo.

Las extremidades le temblaban, tenía la impresión de que el tiempo, cruel y despiadado, transcurría lento. Podía escuchar el desbocado latir de su corazón taladrándole los oídos, como quien despierta de una pesadilla, el aire abandonaba sus pulmones y la estreches de su pecho tornaba doloroso cualquier movimiento.

—Sakura, es más complicado de lo que imaginas— espetó, presionando el puente de la nariz con dos dedos, intentando sosegar su fuero interno.

Nunca iba a perdonarle que no la hubiese llevado con él; ahora, por incontable ocasión, la sometía a la zozobra de la espera. Era cruento, inclemente, se comportaba de esa forma porque bien sabía, por dios que lo sabía, que podía romperle el corazón.

—Mis sentimientos por ti no han cambiado, aun cuando me convierta en la esposa de Neji, pertenecerán a ti— dijo en una trémula confesión.

Él la miro con ansiedad, intentando adivinar lo que estaba sintiendo. Tenía la expresión desgarradora de un náufrago que lanza señales de socorro al navío que navega a lo lejos.

Necesitaba abrazarla, hundir los dedos en su blanda carne, sumergir la nariz en el espacio que formaban su cuello y hombro, inhalar su aroma hasta embriagarse, degustar sus labios, marcarla egoístamente para asegurarse que nunca lo condenara al olvido.

Formulada la respuesta, abrió los labios para emitir una sentencia; dos firmes golpes a la puerta capturaron la atención de ambos. Ella, secó las lágrimas con el dorso de la mano y dio media vuelta, evitando que la mirada inquisitiva del recién llegado dedujera que estaba llorando. Frustrado, lanzó el suspiro cautivo y sin más remedio, abrió, contemplando con displicencia al temeroso y robusto hombre que se presentaba ante ellos.

—Mi señor, los caballos están ensillados y preparados para el viaje— anunció, boicoteando la mirada inquisitiva del azabache. Curioso, trató atisbar un bosquejo de la bella dama que yacía día y noche confinada en la habitación desde su arribo a la posada, pero el cuerpo y aura intimidante de Sasuke se lo impidió.

Él ratificó con un gesto de gratitud, cerrando la puerta.

—Hablaremos de esto más tarde— espetó con voz firme, como el acero. Alcanzó la espada de la cama, atando el cintillo a su cadera.

Enmudecida, la pelirosa viró sobre sus tobillos, pero esta vez no para encararlo, sino para enfilar sus pasos hacia la salida de la habitación, otorgándole como respuesta un estrepitoso portazo.

: : : : : : : :

Circulaban por el cordel de légamo y pecíolos exánimes, a lomos de dos antediluvianos alazanes, que a duras penas tenían fuerzas para marchar. El galope era roncero, a ese paso alcanzarían las murallas de la ciudad al ángelus.

Asía los ronzales con reciedumbre, la vereda era escabrosa. Apartó la mirada del sendero, aquello solo lo hacía pensar en el doloroso final que tendrían si los alazanes resbalaban; contempló delante, notando la pequeña espalda de la pelirosa, cubierta por la capa cerúlea y la cascada de cabellos rosados.

Que miserables eran. No podía evitar cuestionarse como proseguiría la vida una vez que Sakura dejara atrás su apellido de soltera para convertirse en la esposa de un Hyuga. Pensar que ella podría entregarse a Neji con el mismo abandono que le prodigaba le removía las entrañas. Deseaba ver todo lo que pudiera de ella, memorizarla, guardarla en la memoria para poder sobrevivir después con su imagen: las líneas curvas de su cuerpo, la su avidez de su piel, su hermoso rostro.

Salió de sus cavilaciones cuando notó que la pelirosa aminoraba el trote. Frente a ellos se alzaba la melena rubia y los escandalosos ojos azules tan característicos de Naruto; se encontraba en los lomos de su rocín, ataviado con las ropas de príncipe que había traído de su hogar. Esbozó una enorme sonrisa al verlos, y sin preámbulos, desmontó, poniendo ambos pies en el suelo con firmeza.

Sakura emuló la acción, y tan rápido como descendió, corrió a su encuentro, lanzándose a sus brazos y correspondiendo el abrazo con el mismo afecto. Una vez que dispuso la grácil figura de la chica en el suelo, posó los ojos en él, inquisitivo, tratando de averiguar sus más oscuros secretos.

— ¿Por qué demoraron tanto?— inquirió, intercalando la mirada entre Sasuke y Sakura.

—Surgieron algunas complicaciones. — rebatió Sasuke, indispuesto a desvelar la verdad sobre esos altercados.

Sakura clavó en él una mirada penetrante. Los dos habían acordado no mencionarle nada a Naruto sobre la emboscada y los efectos de está. Todo por la integridad del Uchiha, y la salud mental de la pelirosa. Era mejor que el rubio ignorara los detalles.

Descontentó, Naruto asintió al mismo tiempo que lanzaba un suspiro de genuino alivio.

—Sakura— llamó Uzumaki—tienes la espada, y ¡tus manos! ¡Tienen tatuajes!— puntualizó entusiasmado, tomando las manos de la pelirosa y examinando detenidamente los patrones oscuros trazados en el lienzo porcelana. — Ahora eres una verdadera guerrera.

—Siempre lo fui— rebatió con una sonrisa de autosuficiencia.

—Debemos apresurarnos si queremos zanjar este asunto cuanto antes— enervó el azabache, pasando a un costado de ellos con la intención de ubicarse en la vanguardia, lejos de Sakura y de sus pensamientos.

: : : : : : : :

Cuando llegaron a Kumogakure el cielo había adquirido el inconfundible aspecto arrebol del atardecer. Las puertas del reino se cerraban antes de que la noche cayera; los guardias se mostraban pacientes, vigilando con la misma pericia de un halcón el perímetro a las afueras de las defensas.

Sasuke arrugó el entrecejo. Estar en territorio enemigo no era la idea más prudente que hubiese iluminado su mente. Ante los ojos del rey A, era un traidor, un adversario que hace algunos años había intentado asesinarlo, en medio del fulgor de la batalla, en su defensa, podía argumentar que solo se defendía y que detrás de tales acciones su propósito no era matarlo, sin embargo, estaría mintiendo.

Se pusieron en la cola detrás de un hombre con su carreta cargado de telas y otros artilugios de confección, los soldados que resguardaban la puerta principal, echaron un vistazo a las pertenencias, otorgándole el paso al comerciante después de un rápido escrutinio. Naruto fue el primero en desmontar; reveló su identidad al quitarse la capucha de la cabeza. Mientras esté intercambiaba unas palabras con lo que parecía ser el capitán, Sasuke albergaba una extraña sensación en el pecho.

Transcurrieron algunos segundos cuando el rubio regresó a su montura indicándoles el camino que seguirán hasta llegar al castillo. Las voces dentro de su cabeza le pedían a gritos que diera media vuelta y se marchaba, si poseía un ápice de sentido común no se adentraría a las fauces del lobo, pero Naruto y Sakura precisaban su ayuda, pero en especial necesitaba llevarse la reliquia faltante.

Reprendieron la marcha para cruzar la puerta y atravesar la enorme muralla de la ciudad. Pasaron a caballo junto a discretas casas de piedra, todas erguidas con el material que las montañas les otorgaban, había mercados, prostíbulos, casas de baño, los establecimientos comunes dentro de una gran metrópoli. Debían encontrarse en el sector más bajo, donde los nobles nunca ponían un pie y los esclavos deambulaban libres. En el centro de la amplia plaza, las fuentes cantarinas encantaban a los niños que jugaban con sus cristalinas aguas, mientras las madres lavaban sus prendas a la orilla del rio y los soldados encendían faroles para mantener a raya a la oscuridad.

A medida que los alazanes se dirigían a la colina del castillo, los comercios y las casas fueron haciéndose más pequeños, casi inexistentes, sustituyéndolos por enormes cedros y pinos que ornamentaban las orillas del camino. Bajo los cascos de los rocines, el empedrado desapareció abriendo paso a la tierra seca, y eventualmente, al lodo blando y húmedo color naranja.

Kumogakure era una ciudad sin dioses, oculta para los ojos pecadores y las manos avariciosas, resguardada bajo las faldas de las impenetrables cordilleras, donde las montañas tocan el cielo, pero distan de hacerlo un paraíso. Años de guerra habían acabado con gran parte de la población, a esto se le sumaba las enormes deudas del reino y su incapacidad por otorgar una mejor calidad de vida a los desprotegidos que habitaban las calles.

Las miradas curiosas se posaban sobre ellos; las mujeres jóvenes esbozaban tímidas sonrisas, los más pequeños admiraban con encanto las espadas que colgaban de su cuerpo, los paranoicos mantenían la mano afianzada a las empuñaduras de sus dagas o espadas y los más optimistas los catalogaban como los nuevos salvadores que eran enviados por los dioses muertos.

Al testuz de ellos se envanecían catorce torres delgadas y cuadras que atravesaban el cielo, conectadas por enormes y solidas paredes hechas de piedra de plata. Pudo escuchar a Sakura susurrar una maldición al contemplar la magnificencia de la arquitectura, así como el poderío de la familia real.

Cruzaron el pequeño puente que enlazaba el camino principal del bosque y la enorme puerta de madera del casillo, el cual crujió de manera alarmante. Bajo el cigoñal de maderamen podrida discurría un arroyo hediondo; el aroma que desprendía evocaba las cloacas de Konohagakure y las esencias del mercado de esclavos en Suna.

Las enormes puertas se abrieron bajo el comando del capitán. Llegaron a un jardín atiborrado con flores fragantes, hermosos árboles y un sinfín de arbustos que decoraban la plaza principal de la fortaleza. Los tres descendieron de los caballos al mismo paso, intercambiando el miedo en miradas silenciosas.

—Por aquí— indicó el capitán, llevándolos a la sala del trono, donde el rey los recibiría. No obstante, antes de cruzar el umbral detuvo el andar. Habló algunos segundos con los guardias reales, y sin rechistar, viró sobre sus tobillos, recitando en tono hastiado la orden otorgada por los superiores. —Caballeros, entreguen sus armas.

Sasuke frunció el ceño. No era extraño que después de la muerte de Sasori los gobernantes adquirieran medidas extremas por el bien de su integridad física, hoy en día los reyes caían como moscas, era inadmisible que cometieran el mismo error que el pelirrojo había pagado con su vida. Sin embargo, el azabache conocía al monarca a la perfección, no era propio de él resguardarse tras las murallas y desarmar a sus invitados, A era un hombre orgulloso, poderoso e intimidante, un guerrero reconocido y maravilloso estratega, por tal motivo, suponía que Naruto tergiverso la invitación a una audiencia y omitió el hecho que caminaban a una muerte segura.

Lejos de reprochar, colocó las dos espadas que llevaba consigo en las manos del sonriente capitán, no precisaba de las dagas para protegerse, mucho menos de un arco. Naruto asintió con desgana, mas resguardo sus réplicas, otorgando la vieja espada de los Uzumaki.

Sasuke agradeció en silencio que la pelirosa fuese la más sensata entre los tres, y que apegándose al sentido común que la caracterizaba omitiera la orden, manteniendo el arma oculta bajo la tela de su capa.

—No porque usted sea una dama quiere decir que no lleve armas consigo— vociferó el capitán, hilvanando una mueca burlona.

Los fanales esmeralda de Sakura, condecorados por el terror fueron a posar sobre los suyos, buscando una respuesta.

—Anda, Sakura, solo estaremos aquí un momento— farfulló.

La aludida desató el nudo de su capa, revelando el sencillo vestido azul y la prominencia de sus curvas. Sus dedos agiles apartaron el talabarte de cuero, cediendo el arma maldita al ingenuo conscripto.

Tras el intercambio, el caballero se echó al hombro las espadas y dirigió sus pasos hacia las caballerizas, dejándolos a merced de la guardia real. Los hombres portaban armaduras, llevaban yelmos con la forma de la cabeza de un dragón y una enorme capa negra que arrastraban por el suelo.

—Debemos ser más temibles de lo que imaginábamos— susurró Naruto mientras caminaban detrás de los vigías.

Los modestos braseros rodeaban cada una de las dieciséis columnas de obsidiana, proporcionándole luz a la mayor parte de la sala del trono, cubriendo las paredes con danzantes y cálidas sombras naranjas. Innumerables gemas en el techo adosado brillaban, parpadeantes, como las estrellas del firmamento mientras que las imágenes talladas y los monumentos de los reyes contemplaban al suelo de madera gris, con expresiones pétreas casi grotescas.

La alfombra de berilo que corría desde el trono hacia abajo por el centro amortiguaba el sonido de sus pasos. Los estandartes de la familia colgaban de las paredes, ocultando los murales de los seres divinos que hoy en día no eran más que desconocidos.

Postrado en el majestuoso trono de roble, el soberano de cabellos blancos y talente conminatorio los observaba con deje hostil. El intrincado tocado de cobre caía justo a la altura de sus pobladas cejas lúcidas; engastadas con gemas oscuras, de un diseño anguloso como el de las torres que acariciaban las nubes. Llevaba la piel de un león a manera de abrigo y un enorme medallón dorado colgándole del cuello. Todo en él parecía excesivo, demasiado intimidante.

A sus costados podían apreciarse dos desmedidos guardias; su armadura era distinta a la del resto, puesto que el yelmo que cubría sus rostros tenía la forma de una calavera, adjunto a la parte superior muchos picos pequeños en círculo, dando la impresión de portar una corona.

La triada perpetró una refinada genuflexión, digna de los principios imbuidos en el seno de sus aristocráticas raleas.

—De pie— concretó. El brioso voquible estalló con la misma potencia de un estruendo. Guardó silencio durante algunos minutos, repasando los frontispicios de los recién llegados. — Uchiha Sasuke— enhebró, embebiendo una descarada inflexión de repudio—. No sé si considerar tu acto de presencia valiente o tonto.

Los músculos del azabache se astringieron hasta formar una protuberancia en torno a la comisura de sus labios, mostrando una sonrisa desdeñosa.

—Debe sentirse paranoico para ordenar que despojen a sus invitados de sus armas— expresó al mismo tiempo que el aspaviento de fruición le encantaba el rostro.

—Su majestad— llamó Naruto, tratando de alejar la atención del rey a lo que sería una discusión segura—.He de suponer que recibió mi pergamino— dijo el rubio, viéndose en la necesidad de recordar el motivo de su visita.

—Por supuesto— afirmó, realizando un mohín con las manos a uno de sus soldados, quien depositó la carta redactada por el azabache en su enorme y callosa mano. Tenía los dedos cubiertos de anillos, todos estos llamativos, de enorme tamaño que en comparación al talente de sus prolongaciones lucían pequeños, casi inexistentes. — Es una desgracia lo que ha ocurrido, son tiempos difíciles para el Reino del Fuego, sin embargo, ¿Por qué debería intervenir?

Sakura noto como las inserciones del heredero de Uzushiogakure se atiesaban, tan ceñidos como una sirga.

—No solicitó su intervención en la guerra, los hijos del fuego sabemos cómo librar nuestras propias batallas— arguyó, imperioso—.Lo que precisamos de usted es una reliquia.

Inquieto, A se removió en su asiento acojinado, inclinando el cuerpo hacia delante para poder contemplar con mayor libertad a los forasteros que osaban arrebatar el artefacto más sagrado de su pueblo.

—Veo que los dos han crecido desde la última vez que nuestros caminos se cruzaron en el campo de batalla. No obstante, les falta demasiado para pensar y actuar como hombres, todavía son muchachos que huelen a orines y maman del pecho de sus madres— dijo el rey, soltando una carcajada gutural que helo la sangre de la pelirosa.

—Los insultos no harán que su brazo reaparezca— intervino Sasuke, expresándose con la preeminencia digna de los de su estirpe.

La pelirosa echó un vistazo al extremo derecho de su fisionomía, advirtiendo la omisión de extremidad, suplantada por una prótesis dorada, acicalada con hermosos inscritos divinos.

La risa de A se diluyó en una mueca mortalmente seria.

—Mi señor, le suplicó que dejemos los antiguos rencores al lugar donde pertenecen; el pasado. — insinuó el muchacho de mirada cerúlea, dando tres pasos hacia el frente, desafiante.

—Lo que tú exiges, niño, es tan quimérico como que el sol salga por el oeste— declaró, haciendo claros sus deseos y pretensiones.

Los dos chicos condenaron sus reproches al silencio, ambos habían fallado en su cometido, era su momento de actuar. Determinada, se armó de valor y dirigió sus pasos hacia los peldaños de piedra, pasando por alto la postura de defensa acatada por los guardias, quienes estaban preparados para atacarla; sonrió, ¿Cómo podían temerle a una chica indefensa?, era irónico y un tanto hipócrita que después de sus hazañas se catalogara a sí misma como una doncella en peligro, pero eventualmente comprendió que podía utilizar esa distracción a su favor, ya había funcionado con Sasori, ¿Por qué un rey estaba exento de engaños?

— ¿Quiere saber qué es lo que opino?— preguntó, ocultando el temblor en su voz. Su hermosa faz se tornaba inexpresiva, aviesa. Durante su travesía había aprendido a hablar como una guerrera y conocía los tetras de los señores y los peones—. Es un hombre minúsculo. Se recubre de empuesta a las barbacanas de su castillo mientras su gente sufre allá fuera y usted juega a la guerra. El tirano que ahora se sienta en el trono del Fuego vendrá por usted, su ambición es tan grande que no va a conformarse con un solo reino, estará satisfecho hasta tener un imperio entero.

Si bien, desconocía el manejo del arco, la maza o las lanzas, Sakura sabía que las palabras cortaban más que las espadas, sobre todo si brotaban de los blasfemos labios de una dama. Sonrió, triunfal, al atisbar el rictus de tensión en el rostro acanalado del monarca. Había derramado la primera sangre de la batalla.

—Los hombres de Madara ofrecen quince mil denarios por los tres— le dijo uno de sus guardias— ¿Que vale más para usted, su excelencia? ¿Quince mil denarios o entregar la reliquia a estos niños?— cuestionó.

A volvió a vislumbrarlos. Tras supeditarse a unos segundos de afonía absoluta, se resolvió a lanzar un suspiro de genuino alivio, echando el cuerpo hacia atrás. Elevó la mano y con un insípido mohín los guardias se aproximaron, apresando a los invitados sin un ápice de delicadeza.

— ¡¿Se ha vuelto loco?!— exclamó Naruto, forcejeando con dos soldados, quienes intentaban, sin mucho éxito, apresarlo con brazaletes de cobre y cadenas oxidadas.

— ¡Eres un maldito traidor!— espetó Sasuke, lanzando un escupitajo a sus pies.

El rey de Kumogakure había violado las inquebrantables leyes divinas de la convivencia. Estaba estrictamente prohíbo convertir una audiencia en una masacre o encarcelar a los invitados bajo la estela del debate.

—Cuida tus palabras, Uchiha, no querrás morderte la lengua— la carcajada volvió a retumbar sobre las maldiciones de los chicos.

— ¡Podemos llegar a un acuerdo!— sugirió Naruto, asestando un golpe a la mandíbula del soldado.

Sakura observó como uno de los guardias más cercanos al soberano rodeaba la empuñadura de su espada, buscando implementar medidas drásticas.

—No desperdicies fuerzas, C, no será necesario— terció el rey, elevando una mano para comandarle a sus hombres que le permitieran hablar la muchacho, deteniendo la brega—.Te escuchó, muchacho, soy fanático de los buenos tratos.

—Usted nos entregara la reliquia, el espejo de los dioses, le daremos cualquier cosa a cambio– espetó, poniendo el ultimátum sobre la mesa.

— ¿Cualquier cosa?— preguntó, tentado por la osada propuesta. Ha, posó la mirada lóbrega sobre la pelirosa, sonriendo para sus adentros.

—Cualquier cosa— reiteró Naruto sin dejar pasar desapercibida la manera en la que el soberano admiraba a su compañera.

—Está bien— accedió, poniéndose de pie—. Les entregare el espejo, pero la joven se queda.

—Sakura no está dentro del trato— colerizó el Uchiha, oponiéndose rotundamente a la sugerencia de utilizar a la pelirosa como moneda de cambio.

— ¡Acepto!— gritó la aludida, librándose del agarre de sus captores.

—Sakura, no. — Estaba perdiendo el juicio si la dejaba en ese lugar. Conocía las mentes retorcidas de los hombres, por más intachables que lucieran, albergaban los mismos deseos carnales. La pelirosa era una joven de indudable belleza, era prácticamente imposible no darse cuenta de su presencia, a esto se le sumaba la actitud desafiante, burlona, temeraria, era el reto perfecto para A.

—Necesitamos ese maldito collar, Sasuke— dijo ella, estrujando los dientes.

—Darui, ve a las mazmorras y trae el espejo de mi madre— ordenó A. El moreno asintió, y sin más preámbulos, dirigió sus pasos hacia la puerta ubicada detrás del trono.

— ¡Solicitó la reliquia por combate!— bravo Sasuke, atrayendo la mirada divertida del peliblanco.

A parecía más encantado con esa idea. Relajado, retomo su asiento en el trono y con el aire de supremacía, estableció:

—Bien, si tú ganas, te entregare el collar y la libertad de tus amigos— dispuso—.Pero si tú pierdes, los colgare a los tres, mas tú serás el último puesto que contemplaras.

: : : : : : : :

Yacía perdida en la turbiedad, inhumada, enclaustrada. Gélida como la noche, como la muerte y la desgracia, sin ningún ruido humano, sin ningún rayo de luz, atrapada por el peso de las cadenas que rodeaban sus muñecas y tobillos. Podía sentir el peso del metal, acurrucada en el rincón más oscuro, echada sobre un montón de paja con un charco de agua formado bajo sus pies.

Había perdido la noción del tiempo, la oscuridad era cruel, no podía deducir si los rayos del sol brillaban en lo más alto del firmamento o si la pálida luz de la luna bañaba las colinas al tiempo que las estrellas tintineantes decoraban el cielo. No concilio el sueño, no era capaz de distinguir el desvelo del sueño, así como el día de la noche.

Todo flotaba confusamente en su cabeza. Estaba sumida en la nada. Uno de los guardias reales la había llevado a la mazmorra, las argollas magullaban la carne de sus tobillos y el sonido de la cadena era ensordecedor. Transcurridas las horas, el mismo hombre que la delegó al calabozo regresó con un pedazo de pan y una jarra de agua, indicándole que si era lo suficientemente inteligente, guardaría alimento. Ella, en cambio, se negó a probar una migaja o gota de agua, tenía las entrañas revueltas, quizás por el olor nauseabundo del fango o por los acontecimientos desafortunados.

No pudo dormir al pensar en Naruto y Sasuke, sobre todo en el azabache. Nuevamente, el comportamiento impulsivo del Uchiha los llevaba a poner sus vidas como garantía, poco le importaba si le arrancaban la cabeza del cuello o su cuerpo pendía de una soga, lo que no dejaba de agobiarla era la seguridad de ambos muchachos, y si lograrían su cometido.

En un gesto casi reflejo, se removió en su incomodo asiento, moviendo las cadenas consigo. Levantó la cabeza y vio cómo se filtraba una estela rojiza a través del hueco de la portezuela de la mazmorra. La pesada cerradura rechinó al girar sobre sus oxidadas articulaciones, abriéndose, permitiéndole apreciar la luz y la sombra de dos hombres. Aquel destelló lastimo su mirada recién habituada a la oscuridad, impidiéndole apreciar el rostro del extraño visitante.

Cuando escuchó la puerta cerrarse, contempló que su celda estaba iluminada; la antorcha colgaba de la pared de granito, desvelando la intimidad del reducido y pérfido espacio. Solo unos segundos después se percató que no estaba sola, sino que había un hombre, uno solo, de pie delante de ella. Era imposible ver algo de su persona, pero siguió cada uno de sus movimientos con sus fanales esmeraldas.

—Come– susurró; no era una sugerencia, sino una orden directa. Acercó a ella un cuenco con algunos trozos de cordero guisados en una salsa de cerveza y cebollas, acompañado por un pan de centeno. El olor era embriagante, tanto que abrió su apetito. No obstante, la pelirosa elevó la mirada solo para atisbar el rostro de aquel extraño, quien se las arregló para hilvanar una sonrisa afable—. No voy a envenenarte— le aseguró—. Conseguí algunas sobras de la cocina, supuse que te gustaría probar algo más que pan y agua.

Vacilante asió el tazón de madera, colocándolo sobre su regazo. Las esposas de hierro pesaban cerca de dos libras, limitando sus movimientos. Torpemente, llevó una cucharada del estofado a la altura de sus labios, degustando el perfecto sabor de la carne y los vegetales. Imaginaba que aquella era la última comida, en caso de que Sasuke perdiera la batalla, y por tanto, se le otorgaba un platillo decente antes de la condena.

— ¿Por qué está haciendo todo esto, mi señor?— preguntó con toda inocencia.

La luz con premura la mitad de su rostro; delgado, ojos inexpresivos, nariz recta y labios herméticos. Sin el aterrador yelmo lucia menos amenazante. Al cabo de unos segundos llegó a la realización que era uno de los guardias más cercanos al rey.

—Lo que hiciste allá fue valiente— respondió, evadiendo la pregunta de la pelirosa—.Deben desear tanto esas reliquias para sacrificarte a ti misma.

De repente el apetito voraz se desvaneció. Solo ellos comprendían el valor de los artilugios y las consecuencias que traerían si caían en las manos equivocadas.

—Lo son— afirmó.

—No hace mucho tiempo recibimos a un invitado de Konoha— relató el muchacho, entrelazando sus manos e inclinándose hacia delante.

—Supongo que no lo recibieron con una cálida bienvenida como la nuestra— bromeó, notando el trémulo asomo de una sonrisa en el muchacho.

—Por supuesto que no— negó con la cabeza, moviendo la melena ambarina. — ¿Puedo preguntar cómo es que una joven como usted termino en esta desafortunada situación?– indagó.

—Acaba de hacerlo— dijo ella, mordaz—. Y por favor defina "una joven como usted".

El rubio esbozó una genuina sonrisa.

—Una doncella noble. No es común verlas fuera de sus castillos, mucho menos viajando por el mundo en compañía de dos hombres.

Sakura le lanzó una mirada deletérea. Los hombres podían errar en su juicio tratándose de ella. Su abuelo había pasado los últimos años de su vida educándola, deseaba que su nieta fuera "un ser humano perfecto". Recibió así una educación científica, cultivando varias disciplinas: filosofía, matemáticas, astronomía, música. No obstante, sus talentos se verían mermados al casarse con Neji; su única obligación seria traer príncipes y princesas al mundo.

—Puede ver que no soy como las otras damas— dijo en su defensa, encogiéndose de hombros.

—Claro que no. — tras una breve pausa, volvió a hablar—. Por tal motivo, vengo a ofrecerle asilo en Kumogakure, pero…

—Mi abuelo siempre decía que todo lo que viene después de un "pero" es mierda— interrumpió Sakura, colocando el cuenco de comida en el suelo húmedo, cerca de charco que había creado la gotera del techo. — ¿Qué solicitaran a cambio?

—Su ejército. Sabemos que posee un gran contingente, el más poderoso del mundo.

— ¿Qué pasara si me rehusó?— preguntó, clavando en él una mirada penetrante.

—Su majestad, el rey, acepto amablemente protegerla— comunicó C, poniéndose de pie, dejándole ver a la pelirosa su bien formada fisionomía de guerrero—.Y si usted es una buena doncella puede que extienda su invitación a quedarse.— dijo con tono glacial—. Verá, Sakura permanecerá encadenada a este calabozo hasta que termine el juicio, y después será ejecutada, en cambio, la sabia guerrera en su interior tiene otra oportunidad, será lo mejor para usted.

— ¿De verdad cree que traicionaría a mis amigos a cambio de mi vida?— indagó la pelirosa al mismo tiempo que se ponía de pie.

—Ya traicionó a su pueblo al abandonarlo.

El soldado asió la antorcha y subió lentamente los escalones que llevaban a la puerta; la abrió, y salió del calabozo.

Ella cayó de bruces, sumergiéndose en la pérfida oscuridad y el chapoteo monótono que contaba los minutos que le restaban de vida.

: : : : : : : :

La celda estaba sutilmente fulgurada. El chisporroteo de la tea y la eufonía de la armadura eran las únicas asonancias que llegaban a sus oídos. Yacía postrado en uno de los peldaños de granito; minutos atrás el carcelero le entregó una de las panoplias de entrenamiento y una liviana espada por órdenes del rey.

Esto no le hacía gracia al azabache; la armadura cubría partes vitales, pero el cuero no lo libraría de sufrir algunas heridas, era delgado, estaba gastado, su arma no suponía más que una endeble espada de hoja delgada, casi sin filo y un poco oxidada. Tenía la certeza de que aquello era una tetra del monarca para ponerlo en desventaja.

Se colocó los brazales de guardia, asegurándose de ajustarlos lo suficiente en torno al antebrazo, contempló los tachones desgastados que la ornamentaban y después prosiguió a vestir el peto de fauls; se ajustaba de forma flexible a su torso, bajo este llevaba el cinturón ancho del cual descendían correas decorativas que rozaban la cadera. No iba a negar que el diseño de la armadura permitía al usuario moverse con libertad, era mejor que portar la cota de malla y el hierro de su coraza habitual.

Soltó un sonoro suspiro al mismo tiempo que cogía el yelmo; era un casco cerrado con cuero. La máscara facial poseía amplios agujeros para los ojos y una nariz puntiaguda que permitía una excelente visión. Sobre los ojos la máscara facial se unía a bandas de cuero superpuestas con una pieza hexagonal, dándole una forma de calavera alargada. Ajustó, con sus finos dedos las cintas anudadas bajo la barbilla, cerciorándose que protegiera su rostro y no resbalase en medio de la batalla.

El fuerte rumor de las llaves ingresando a la cerradura capturo su atención. Era el reconocido llamado a la batalla. Sin más preámbulos, rodeo la empuñadura de la espada y salió del calabozo, siendo custodiado por un verdugo de mayor tamaño, obeso, similar a un gigante. Recorrió un amplio y oscuro pasillo, notando la luz que ingresaba por el enorme arco al final.

Había logrado abrirse camino hasta la majestuosa arena. Levantó la cabeza para observar a los invitados al espectáculo, como era de esperarse, A se ubicaba en el palco real, acompañado por algunos nobles y sus fieles guardias, quienes permanecían de pie como estatuas, atentos para responder ante cualquier amenaza.

Su corazón dio un vuelco al atisbar el patíbulo bajo el palco; otro verdugo yacía de pie, con la cabeza cubierta por una capucha negra y con la punta de la espada clavada al suelo. Naruto y Sakura arribaron en medio de empujones, tenían las manos atadas con una soga y una máscara les cubría la mitad del rostro, apagando sus suplicas. Era capaz de vislumbrar la viva imagen del miedo en sus miradas; la pelirosa estrujó los ojos al sentir la tralla rodearle el cuello. No solo estaba luchando por una reliquia, sino también por la vida de su mejor amigo y la mujer que amaba. Cualquier error podía costarle caro.

Los tambores resonaron al ritmo del latir de su corazón, llamando a sus honorables oponentes a congregarse en el nuevo campo de batalla. Sí estaba asustado no lo demostró, sus ojos negros oteaban con intensidad a los cinco soldados que lo rodeaban, formulando, en afonía un plan te ataque certero.

Podía escuchar a los hombres cuchichear. Las mejillas le ardían, tenía un nudo en la garganta y otro montón en el estómago. La gradilla rugió bajo las sandalias del primer oponente; se aproximaba a toda velocidad, con la espada corta en alto, dispuesto a asestarle un golpe en la cabeza. Los reflejos perfeccionados durante años en el campo de batalla lo obligaron a esquivar la estocada, respondiendo con un cate directo al tercio inferior de la yugar; la sangre comenzó a brotar como los chorros danzantes de las fuentes que habían contemplado a su llegada, el líquido carmín salía por su boca, aquel muchacho en un intento desesperado cubrió la herida con ambas manos, pero era imposible aferrarse a la vida en tal estado. Cayó de rodillas y el impacto su cuerpo levanto una estela de polvo.

Los espectadores contuvieron la respiración en un mortífero silencio, pero Sasuke sabía que aquello era el comienzo. Limpió la hoja de su espada en las ropas del enemigo caído, y tan rápido como tomo el escudo los cuatro hombres restantes acudieron a él, en medio de gritos y gruñidos, una sonata típica de la lid.

Cubrió los funestos sablazos con el escudo y otros tantos más con la espada. El sudor resbalaba por su frente y le nublaba la mirada. Podía sentir el sabor agrio de la sangre fresca en la boca. Aquella era la viva imagen de una carnicería; miembros esparcidos por la tierra, las entrañas abandonando los cuerpos, acompañados de coagulados caudales escarlata que manaban de las heridas.

Estaba hiperventilando, tenía el cuerpo cubierto por una mezcla de sangre y sudor. La prueba había sido sencilla, le parecía un insulto que A hubiese elegido a los soldados menos versados como sus adversarios, no obstante, algo en su interior le decía que la contienda todavía no llegaba a su fin. Se sentía cansado, tenía el cuerpo magullado por los días de viaje y la falta de descanso; la herida en su espalda volvió a abrirse, lo supo cuando sintió el latigazo de dolor desde la articulación del hombro hasta la punta de los dedos.

Volvió a echar un vistazo al palco, los congregados intercambiaban miradas conmocionadas, sin embargo, A sonreía, victorioso. Sus ojos negros descendieron al patíbulo, tanto Naruto como Sakura parecían haber reencontrado la calma, pero estaban tan confundidos como los otros nobles, la orden aún no se ejecutaba.

Abandonó la telaraña de pensamientos al notar como el suelo bajo sus pies retumbaba. Eran pasos, firmes, cada uno emulaba el vertiginoso tenor del tambor ocasionando que la firme calzada transmutara en piso tembleque. Los vítores de éxtasis emergieron a la par del nuevo guerrero. Era una bestia, no había vestigios de su vida humana tras las cicatrices disgregadas en el lienzo cobrizo de su piel. Rebasaba los dos metros de altura, sus ojos eran rojizos, no portaba armadura, su mismo cuerpo parecía forjado de hierro impenetrable. Alzó ambos brazos, avivando los gritos de sus admiradores. Desde el palco, el rey de Kumogakure contemplaba complacido la escena, solicitando que se rellenara la copa de vino mientras retomaba su asiento.

Por primera vez en mucho tiempo, Sasuke activó el poder milenario de su familia. No iba a prescindir del mucho tiempo, estaba agotado, podía notar la extenuación en sus trémulas extremidades.

—Nunca había combatido con un Uchiha— dijo aquel hombre, jugueteando con las enormes gladios que llevaba con ambas manos.— Y tampoco he matado a uno, será un placer cambiar eso hoy.

El leviatán corrió en dirección a él, Sasuke dobló las rodillas y echó el cuerpo hacia atrás como primer impulso para mantener su cabeza unida al cuello, bloqueó la estocada con el pesado escudo, mordiendo su labio inferior al recibir toda la fuerza del golpe en el brazo lastimado. Podía utilizar la diferencia de tamaños a su favor, dada la fisionomía de ambos, el Uchiha tenía la prelación de la rapidez. Lejos de detenerse a analizar sus movimientos, comenzó a rodearlo, pasando la hoja de la espada por la prepatellar bursa.

Aquel ataque había sido como el rasguño de una mosca, tenía resistencia al dolor y eso solo desesperaba aún más al azabache. Empujaba su cuerpo con cada brutal asesto de las espadas al escudo, si continuaba así terminaría por fracturarle el brazo. En ipso facto, aprovecho el corto lapso que precisaba para remudad el ataque, realizando un corte transversal en los planos de su abdomen.

Sasuke lo vio tambalear, era la oportunidad perfecta para generar el mayor daño posible; pateó con fuerza la misma zona de la que ahora brotaba la sangre, pasando una vez más el mortífero filo de su arma por el pectoral derecho, abriendo desde el hombro, surcándole la mitad del pecho.

Maravillado, fue incapaz de contener una sonrisa al ver como su imponente adversario caía con todo su peso al suelo, donde los demás cadáveres reposaban. Había sido más sencillo de lo que imagino, pero su cuerpo no pensaba lo mismo.

Se despojó del yelmo delegándolo al suelo, un punzante dolor de cabeza torno borrosa su mirada, eran los efectos colaterales del sharingan y la advertencia necesaria para obligarlo a ocultar las aspas oscuras tras la cortina carbón heredada por sus padres. Necesitaba recobrar el aliento, el brazo derecho le dolía, y podía imaginar los cardenales que aparecerían la mañana siguiente del enfrentamiento, no se sorprendería si tenía algún hueso hecho pedazos o fuera de lugar, los golpes del hombre eran brutales, lo suficientemente deletéreos para destrozar un cuerpo entero.

—Supongo que la victoria es mía— dijo el azabache, casi sin aliento.

—Supones mal, muchacho.

Se le corto la respiración como si se hubiese solidificado en sus pulmones. El pánico de saberse desprotegido y de la resurrección de su enemigo enturbio sus procesos mentales.

—Mierda— masculló, virándose sobre sus tobillos para alcanzar el yelmo, pero era demasiado tarde.

El característico sonido del silbido del acero explosionó en sus tímpanos, era la segunda vez que aquel hombre intentaba arrancarle la cabeza, pero había fallado monumentalmente. Golpeó tres veces contra su escudo, una, dos, Sasuke apretaba los dientes, no podía resistirlo, era demasiado. La primera herida de la batalla llegó: la punta de la tizona de la bestia rasgo su frente, era una línea fina que terminaba justo encima del hueso de la ceja. El líquido orgánico chorreaba, empapándole la mitad de la faz, descendiendo por el cuello.

Mientras contenía el fatal brazo del bárbaro, clavó su propia espada, traspasando la piel, el tejido y la carne. Empujó con fuerza, el torso era tan duro como una roca, casi imposible de penetrar. Su oponente gruñó y lo miro a los ojos. Podía notar como los dedos de esté se hundían en la carne de sus brazos, soportando el suplicio de verse ultrajado por un muchacho.

La respuesta demoró en llegar; antes de que pudiera reaccionar, notó el lapo del enorme cráneo contra el puente de su nariz y parte de la frente, delegándolo al suelo. El azabache sentía que todo a su alrededor daba vueltas, la cabeza le dolía, era un completo hecatombe.

Con la misma facilidad que alguien remueve una astilla, el enemigo aparto la espada de su cuerpo. Todos admiraban deleitados el sangriento espectáculo. Aquella era una batalla digna de los dioses.

Giró sobre su cuerpo, restregándose en la tierra y la sangre coagulada de sus oponentes abatidos. Aferró sus manos a una espada, y tan rápido como su fisionomía se lo permitió, rasgó el abdomen, coaccionando a su enemigo caer de rodillas. Volvió a atravesar el mismo punto, extrayendo el arma y dirigiendo el filo al espacio entre su cuello y hombro, batiendo en cuatro ocasiones. El hombre estaba medio muerto, pero Sasuke no podía darse el lujo de cometer el mismo error. Tomó otra espada, y sin contemplaciones, decapitó al monstruo.

Las espadas resbalaron de sus manos; triunfante, dio media vuelta para encarar al público crispado. Había cumplido su parte del trato, ahora era turno de A.

El verdugo despojo a sus víctimas de las máscaras y las ataduras.

Concebía que no demoraría en desvanecerse, las piernas le temblaban. El rey cruzó la extensión de su palco, los fieles guardias le seguían el paso casi pisándole los talones. Le tomó unos cuantos minutos descender los peldaños de la construcción, apareciendo, derrotado bajo la luz del umbral.

Sin inmutarse por el título de superioridad de aquel hombre, Sakura corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Las lágrimas afloraron en sus ojos, resbalaron por sus mejillas, cayeron en grandes gotas robre su pecho, el llanto fue imparable. Sollozaba con desesperación. Alargó sus manos, posándolas sobre sus hombros lastimados, pero que esta vez no dolía, sino que era un tacto reconfortante, sanador. En un gesto casi reflejo la atrajo hacia él. Prosiguió llorando en silencio, temblando en sus brazos. Humedeció la piel desnuda de su hombro, empapada por la sangre, el agua solada y su cálido aliento. Los finos dedos de la pelirosa recorrían su espalda como si buscaran algo. Mientras la sostenía, con la mano izquierda, acariciaba los sedosos mechones de su melena, dejando un rastro carmín.

Cuando se alejó, reticente, tenía rastros de sangre en el rostro, sobre la mejilla, la frente y la comisura de sus labios. Un bonito sonrojo le decoró la faz y volviendo a la realidad, secó el rastro de las lágrimas con el dorso de su mano aunque era imposible acallar los violentos sollozos que escapaban de lo más hondo de su pecho.

–Ustedes, Uchihas, son difíciles de aplastar— espetó A. No tenía mala voz aunque el vino hacia que sonara más fuerte de lo que ya era, mas inflexible. Colocó en la mano del rubio el anhelado espejo—.Como lo dije, no hay valentía en los actos estúpidos, vayan en paz y que tengan una larga vida.

El soberano dio media vuelta y dirigió sus pasos hacia la misma puerta por la que había ingresado.

Sakura debió deducir las dificultades que tenía Sasuke para ponerse de pie puesto que, pasó uno de sus brazos sobre sus pequeños hombros, al tiempo que rodeaba su cintura, incitándolo a caminar.

—Larguémonos de aquí– vociferó, Naruto. — Estas hecho mierda, debemos conseguirte un sanador.

: : : : : : : :

Las velas estaban casi consumidas; su luz se extinguiría pronto en el charco de cera derretida. Habían arribado a la única posada presentable de la ciudad, contaba con una pequeña casa de baño y un piso disponible para los cansados viajeros. Cuando estuvieron instalados, el trio se dirigió a las enormes pilas de mármol con agua perfumada para lavar sus cuerpos, Sasuke precisaría de ayuda extra, mas Naruto casi muere de la impresión cuando escuchó a Sakura ofrecer su ayuda.

Una vez aliñados, el Uzumaki solicitó la cena en la habitación; una tarta de ternera y panceta, acompañado de una ensalada de garbanzos, zanahorias salteadas con manteca a lo romano y un tarro de cerveza negra. En medio de la conversación y las risas, el heredero de Uzushiogakure había devorado si porción en un abrir y cerrar de ojos, sin embargo, tanto Sakura como Sasuke se negaron a probar bocado, el olor agrio de la sangre y la imagen de las entrañas esparcidas por el suelo todavía estaban presentes en la nariz y mente de ambos, decantándose a degustar solamente algunos tragos de cerveza.

La pelirosa no podía dormir, necesitaba curar las heridas del azabache. La noche parecía prolongarse para siempre. En una de las esquinas de la habitación, Naruto dormía con la placidez de un recién nacido, no iba a despertar hasta que los primeros rayos del sol aparecieran detrás de las montañas, lo que daba tiempo suficiente para retomar la conversación inconclusa un día atrás.

—Tu hombro esta dislocado— concluyó después de algunos minutos de análisis. Era casi un milagro que los huesos del brazo no estuviesen destrozados.

—Son las consecuencias de la batalla— murmuró el Uchiha, posando sus orbes color ónix sobre la hermosa faz de la pelirosa.

Había aprisionado una parte de su cabello detrás de la oreja, los mechones caían como discretos espirales. En esa posición podía apreciar el fino perfil de Sakura; sus facciones habían transmutado, ya no eran las de una niña, las largas pestañas acariciaban sus delgas cejadas, algunas pecas ornamentaban su nariz y mejillas, tenía los carnosos labios entreabiertos, sabía que mordía su labio cuando ponía su concentración en algo, que fruncía ligeramente la nariz al atisbar las pequeñas arrugas que se formaban de vez en cuando, la conocía desde que eran niños y no podía evitar sentirse abrumado por su presencia.

—No tienes que ser valiente conmigo, ¿sabes?— dijo ella, curvando la comisura de sus labios en una tímida sonrisa—.Esto puede doler un poco— advirtió, ejerciendo presión en la protuberancia localizada. Sasuke tomó una gran bocanada de aire y asintió. Con el permiso en mano, tiró con vehemencia; una expresión pletórica inundo su rostro al escuchar el característico estrepito de los huesos al reacomodarse, en cambio, para el Uchiha la acción distaba de placentera, estrujó los ojos y respingo, soportando el latigazo de dolor que el movimiento enviaba por toda la extensión.

La pelirosa sumergió las manos en el cuenco de agua de pétalos de rosa y las restregó en el delantal atado a su cintura. Llevaba cerca de una hora remendando las heridas del pelinegro, había preparado un ungüento para evitar infecciones y preparado un brebaje para apaciguar el suplicio.

—Déjame revisar tu ojo— solicitó, trepando al lecho de paja tapado por las pieles.

—Necesitas dormir, Sakura— se negó el azabache, colocando la camisa de algodón sobre su regazo.

—Tu también lo necesitas— protestó, frunciendo el ceño y cruzando los brazos a la altura de su pecho—.Debo asegurarme que el corte no haya ocasionado un daño severo, pudiste perder tu ojo.

"Y la vida también" pensó el Uchiha.

Enfrentarse a Sakura era una batalla perdida, por lo tanto, suspiro resignado. No iba a dejarlo tranquilo hasta que sosegara sus inquietudes. El azabache recargó su espalda contra la fría pared de adobe, ella, inocente, trepó por sus piernas hasta posar todo el peso de su cuerpo sobre su regazo, estremeciéndolo.

La relación que los unía desde casi una vida permitía el contacto entre los dos, era habitual la cercanía, los roces castos y accidentales. No obstante, aquello se consideraba permitido con base a la proporción de la situación. Ahora, sus cuerpos reaccionaban a esos estímulos de una manera totalmente distinta. Sasuke era un hombre con anhelos y debilidades al igual que la pelirosa.

Ella pareció percatarse de la problemática de la coyuntura, la sangre se le precipito al rostro. La tensión volvió, el aire se tornó mucho más espeso de lo que recordaba. El ligero y frio vendaval había desaparecido, transformando la corriente de aire en un susurro estival digno del verano.

Ninguno de los dos habló, y al instante, la hermosa joven comenzó a revisar la herida. Pasó la suave yema de sus dedos por la corta longitud. No existía daño en el parpado y eso la tranquilizaba. Por un momento llegó a imaginar que terminaría tuerto, fue su primera impresión al verlo cubierto de sangre, no obstante, era similar a un rasguño, sanaría rápido y no dejaría rastro. Sumergió los dedos en la pomada de hierbas, tratando de ignorar el aroma tan varonil; una mezcla de madera y lavanda. Intentaba no prestarle atención a la forma que su cálido aliento pasaba sobre el costado de su cuello o como su corazón latía más y más fuerte contra su pecho a medida que el tiempo transcurría.

— ¿Tuviste miedo?— cuestionó, haciendo un esfuerzo sobrehumano por esconder el temblor en su voz.

—Estaba aterrado— confesó el Uchiha. Sabía que Sakura no iba a juzgarlo, su alma era tan pura y cristalina que no abría paso a los malos pensamientos, sobre todo si eran entorno a él.

—He llegado a una conclusión— susurró. Procuró ignorar el calor que se había encendido en su vientre, eran llamas abrasadoras, insistentes. Tenía los ojos fijos en la herida. Sasuke la contemplaba de manera extraña, un gesto que nunca había apreciado en su vida.

— ¿Cuál es?— curioso, el azabache se removió. Los muslos de Sakura aprisionaban los suyos, necesitaba mantener el flujo sanguíneo en su cabeza y no en su entrepierna.

—Ustedes los héroes tienen un instintito de estupidez que de verdad me abruma.

—Debo recordarte, Sakura, que tu también eres una heroína, cumples con los requisitos para formar parte de esa categoría— levantó una ceja y sonrió, juguetón.

La aludida pasó saliva al atisbar el brillo predatorio ornamentando la mirada lóbrega del azabache. A pesar de haber finalizado, no podía alejarse de él, no cuando su calidez y olor eran tan embriagantes.

Notó como los ojos del Uchiha descendían por su rostro, deteniéndose en sus labios. Se encontraba atrapada en otra especie de batalla, una demasiado tortuosa, su corazón latía desbocado, sentía la impetuosa necesidad de aferrarse a su cuerpo y desgastar el sabor de su boca. Pero al parecer, sus intenciones coincidían; él, pasó una mano por su larga melena, colocándola sobre la nuca, atrayéndola hacia sí; sus labios apretados tentativamente contra los suyos, cálidos y suaves.

En un inicio, el contacto fue vacilante. Sakura reaccionó de inmediato, sorprendiéndose a si misma de lo indulgente que podía ser cuando se trataba de Sasuke. El fuego incrementaba con cada segundo. Bajó la mano que acunaba su mejilla y la pasó a la espalda desnuda, acariciando los nudos, las cicatrices saltonas, leyendo el braille cada surco de su piel.

Sasuke allanó sus dedos en la carne de su cadera, cerrando el pequeño espacio entre los dos. El beso se quebrantó por un momento, sus pechos se alzaban al compás de las respiraciones entrecortadas, sin embargo, precisaba más, inclinados contra la pelirosa una vez más.

Su boca era insistente, parecía que esparcía pequeños mordiscos, pero la caricia de sus labios era más tersa de lo que ella podría haber imaginado. El mundo que los rodeaba no era más que otra parte de su infructuoso pasado, la guerra no existía, tampoco sus problemas, todo se había desvanecido en un beso. Todo en lo que podía pensar era en Sasuke y lo increíble que sabía, el calor que emanaba su piel y el deseo acumulado dentro de sí misma. Temía entrar en combustión instantánea, nunca había experimentado algo así, era esclava de la oleada de emociones que la golpeaba.

El Uchiha atrajo a Sakura contra su torso desnudo. Aprisionó delicadamente su labio inferior entre sus dientes, escuchando con deleite el profanó gemido que brotaba de su boca pura. La fricción contra sus pantalones era insoportable, podía sentir como el dulce néctar que manaba de la intimidad de la pelirosa atravesaba la tela; era un aroma femenino, dulce como el almizcle.

Presa de una divina revelación, salió de su trance. Acunó ambas mejillas con sus manos, pasando el pulgar por aquellos labios hinchados. Necesitaba romper con el orgullo que se galopaba en su pecho, no soportaría perderla, la amaba demasiado para rendirse tan fácilmente.

—Sakura— dijo en un susurro doloroso—.Si me amas, no te cases con Neji.

Ella tenía el alma en vilo y la respiración hendida en un montón de nudos prietos. Sasuke acababa de aclararse en un ultimátum tan real para marcarle el alma. Aquello era todo lo que necesitaba para soltar sus ataduras y ser libre. Pero el hueco en su pecho le decía que cometería el peor error de su vida, y estaba dispuesta a sufrir la condena del infierno.

Continuara

¡Bien dicen que más vale tarde que nunca! Me he percatado del ritmo lento que lleva la historia y uno de mis propósitos es llevarla a su final dentro de los próximos meses. Lamento que los capítulos sean tan extensos, en serio, me atribuyo los daños a la vista que genere.

Los caminos y las resoluciones de todos nuestros personajes aparecerán en los próximos capítulos, asi que prepárense para más drama.

Una vez más, mil gracias por seguir esta historia y por leer, en verdad, su apoyo me motiva a seguir escribiendo y postear actualizaciones tan rápido como sea posible.

Sin nada más que añadir, espero que tengan un bonito inicio de semana, les mando un fuerte abrazo y un enorme beso y ¡nos leemos hasta la próxima! ¡Chao!