Anteriormente.
… Era una escena bastante incómoda para sus amigos, por lo que el pelirrojo se dio media vuelta y entró en la casa, seguido por el ojiverde. Se miraron un par de segundos, y eso fue suficiente como para llegar ambos a la misma conclusión: Jamás entenderían porqué Hermione prefirió a ese hurón botador sin pizca de sentimientos, teniendo Ron un camión de vida y de amor para regalarle. Dejando ese sentimiento de lado, Harry tomó un hombro de Ron y lo invitó a que lo siguiera al cuarto de Ginny, advirtiéndole en voz baja que todo lo que había visto en esos pocos cinco minutos pronto tendrían algún orden lógico…
Capítulo 10
Rapto.
Era una noche particularmente fría. No lo suficientemente fría como para que la gente se limitara a no salir de casa, pero sí como para retener a unos cuantos. Aun así, poco era lo que le importaba a Ron en ese momento. Huir era lo importante, así que nada como desandar lo andado y parar en un pub de muerte en Australia. Ese país era como el refugio que lo recibía cuando sentía que el caos se apoderaba de Inglaterra.
A ver, ¿qué era precisamente lo que le faltaba como para declararse en bancarrota moral? Su mente, aún en blanco, se negaba rotundamente a asumir que las desgracias tienen un complejo de soledad inmenso, por lo que siempre andan juntas. Sabía que más había tardado en llegar a casa de Harry, que en marcharse, con todo revuelto por dentro. No se permitiría llorar, eso no era de hombres. Bastante bien que lo había aprendido. Pero costaba, cuando sentía de nuevo un peso que le apretaba el pecho, asfixiándolo.
No tenía ningún motivo por el cual buscar esperanza en algún recoveco del mundo. La mujer que amaba "táctilmente" le había pateado el trasero, trabajaba a escondidas, como un furtivo, y su hermana moriría en ocho meses, por supuesto. Su linda, pequeña, testaruda, malhumorada y graciosa Ginny moriría en ocho meses.
Habría sido más fácil lanzarle un Avada, pensó. Le habrían ahorrado el sufrimiento y las ganas descomunales de arremeter contra el mundo entero. Se preguntaba, en esos momentos, qué rayos había hecho en otra ocasión, otra vida, otro momento del tiempo, para que las cosas le salieran tan recondenadamente al revés. Estaba claro, por supuesto, él no tenía nada que ver con la maldición que le absorbía la vida a Ginny, pero el que no pudiera hacer nada al respecto era lo que lo cabreaba exponencialmente.
Tenía un par de cartas al lado de la mesa en la que tenía varias copas vacías, las dos del hombre mi-vida-es-un-bombón, interpelándolo a que le diera alguna respuesta sobre la investigación que llevaba en esos momentos. ¿Le interesaban en lo más mínimo? En absoluto. Después utilizaría cualquier método para encontrar a la arpía de Parkinson, porque se lo había advertido.
Le dijo, claramente, que si se atrevía a cagarla, la perseguiría hasta el fin del mundo, para hundirla en la celda más repugnante que encontrase de Azkaban, y lo haría. A él no le tocaba juzgarla, oh no, claro que no, pero sí recabar todas y cada una de las fichas que armarían el rompecabezas del infierno que le haría pasar. Le agradecía en el fondo haber despachado a Zabinni, sin importar los alegatos de Hermione a favor de esa mujer, pero no le permitiría joderle el trabajo.
Eso no. Eso era lo que medianamente quedaba estable en su vida, hasta que sus jefes decidieran que Robert cara-de-cama-desenfrenada se veía mejor en las entrevistas que se suponía llevaba a cabo el pelirrojo, y lo botaran, o relegaran a su secretario.
La idea fue tan repugnante que se echó a reír un par de minutos.
- Hay algo en lo que pueda ayudarte, ¿cariño? – le preguntó una mujer despampanante, al tiempo que le colocaba otra copa de vino barato en la mugrienta mesa. Él la miró por unos segundos, no muy seguro de haberle entendido bien. Él sabía que los años le habían sentado bien. Su musculatura había aumentado y ya no tenía cara de imbécil, pero aún así no consideraba posible que una mujer de un metro setenta, cabello oscuro, y más curvas que cualquier otra cosa le hablase. Menos si mostraba más de lo que podía cubrir él con sus brazos – me preocupas – confesó ella, acercándosele – yo puedo hacer que olvides lo que sea que te perturba, y más – aseguró, acariciando accidentalmente su entrepierna derecha con una de las copas de vino vacías.
- No sabes lo que dices – le respondió, tratando de olvidar que sus orejas comenzaban a colorearse. No había alma en el mundo capaz de hacerle olvidar que, en algún momento angular, su vida ideal, su casa ideal, su familia ideal y su trabajo ideal se habían perdido por el camino, dejándole una pseudo vida, una casa prestada, una familia fragmentada y un trabajo más real que nada.
- Claro que sí, ¿apuestas? – le susurró en el lóbulo izquierdo, sentándose en sus piernas repentinamente. Llevaba un vestido celeste que dejaba entrever sus atributos a la perfección, y que tenía una asombrosa facilidad para arremangarse en las curvas más críticas de su cuerpo. Tendría, con facilidad, unos veinte años. Dos menos que yo, pensó él. No pretendía acostarse con una mujer que no conocía pero, por Merlín, si seguía rozándolo de esa manera, no respondía.
- Levántate, cariño – Le pidió gentilmente, haciendo de tripas corazón. Ella rió traviesamente y le guiñó un ojo al hombre de la barra, que ponía música ruidosa y por completo incomprensible. Trenzó sus brazos detrás de su cuello y comenzó a besarlo lentamente, en la clavícula, como hacía mucho tiempo nadie hacía. Su cuerpo se erizó por completo y notó cómo al instante su miembro reaccionaba. Ella volvió a reír, segura de su victoria.
- No quieres hacer esto – le aseguró, luchando fieramente contra sí mismo. Lo que le faltaba, tirarse a una mujer de la mala vida. El pensar en qué diría su madre le dio fuerza de voluntad para tomarla de la cintura e intentar apartarla de sí, pero ella le dio la vuelta al gesto y se dirigió en el acto a su boca. Su lengua se deslizó ferozmente, azuzándolo a responder. Sus manos, grandes, se relajaron y la acomodaron en la posición, de manera que quedara encima de su miembro. Hacía tanto que no hacía eso con una mujer, que podría terminar allí mismo.
Un grito descarnado lo sacó de los pocos segundos de locura que lo habían dominado. Pestañeó un par de veces y notó cómo los ojos marrones de la chica brillaban, mirándolo como si hubiese descubierto un diamante en el desierto.
- Me encantan tus labios – habló pausadamente, intentando sacarle la camisa. Sus orejas definitivamente estaban rojas y si seguía así, no podría controlarse. Una cabellera negra, larga, pasó por una de las ventanas de aquél bar de mala muerte, y llegó a la conclusión de que efectivamente la vida era una perra.
- ¡Parkinson! – gritó, provocando que la chica lo observase con el reproche tatuado en el rostro. El hombre de la barra gritó un par de obscenidades y señaló un rótulo que ponía "no se aceptan gritos" con una imagen que explotaba cada tanto. Los ojos del pelirrojo se entrecerraron, y de un golpe sentó a la morena en donde había estado él – lo lamento, pero en verdad no habrías querido hacerlo – le repitió, y sacó un poco de dinero, arrojándolo encima de la mesa.
Corrió unos metros hasta llegar a la salida, puta noche que congelaba huesos a los que se atrevían a salir. Pansy cruzó la calle unas cuadras más allá, así que optó por perseguirla. Corría desaforadamente, y no entendía porqué. Aún así, tenía la oportunidad de explicarle qué demonios había visto en la casa de aquella anciana prejuiciosa, y de paso, descargar su ira contra ella. Lo hizo en sus tiempos de estudiante, no le veía diferencia alguna. ¿Era una actitud inmadura? Sí. ¿Le importaba? En lo más mínimo.
- ¡PARKINSON! – volvió a llamar, esquivando un par de coches que lo inmolaron a que moviera su trasero de la calle con unos cuantos cornetazos mal educados. A uno de los conductores le hizo una seña obscena, pero no se detuvo a escuchar la sarta de improperios que comenzó a dedicarle porque en ese momento Pansy se detuvo, como si una pared se hubiese interpuesto entre ella y la callecita de casas que se presentaba ante ambos. Respiraba entrecortadamente, y aunque estaba alejado de ella, pudo notar que la razón por la que se detuvo no fue precisamente su voluntad.
- Vaya, vaya – habló un hombre a sus espaldas, voz que se le hacía medianamente familiar – mira que ver a un pobretón pelirrojo detrás de mi Pansy – comentó irónicamente, en siseos. Negó un par de veces con la cabeza, mostrando su desaprobación a la situación. Ron se dio media vuelta para encararlo, y no se sorprendió al dar de lleno con Ethan Mazzini.
- Tienes que estar de broma – dijo el pelirrojo más para sí mismo que para él. El hombre que estaba parado frente a él tenía la varita en ristre y le apuntaba directamente en el pecho. Su varita, por el contrario, reposaba en el bolsillo derecho de los vaqueros que llevaba ese día. Ese eterno día.
- No, no lo estoy – le contestó con una media sonrisa en los labios – yo sólo cumplo órdenes. Mi madre no está satisfecha con la pobre presentación de la que parece ser protagonista nuestra amiga en común – señaló con los labios a Pansy, que no había dado señales de movilidad corporal.
- ¿Disculpa? – preguntó entonces Ron, sin saber qué significaba todo aquello. ¿Habrían descubierto la farsa de ese día? Imposible. Él se había transformado mucho después. Antes de ir y volver de Londres (con el infierno de suelo), ciertamente, pero después de desaparecer de aquella enfermiza y gigante mansión.
- Encontramos al supuesto prometido de Pansy – confesó, y de buenas a primeras Ron sintió que unas cuerdas invisibles se adherían a su cuerpo, aprisionándolo. Siempre se reprocharía a sí mismo lo torpe que podía ser en situaciones como esa, al olvidar lo que tanto le decía a Hermione: "¡Eres una bruja! ¡Usa tu varita!". Él comenzó a caminar y lo levantó del suelo con un movimiento de la varita, sin perder la sonrisa estúpida que cargaba – y resulta que ni en sus más remotos recuerdos se encuentra esa hermosa morena – le contó, como si realmente lamentara aquella situación – silencius – le ordenó entonces a la varita, sin dejar de apuntarlo, con lo que hizo que Ron perdiera la capacidad de hablar, justo en el momento que iba a preguntar de qué le hablaba a ese hombre. Era imposible establecer un nexo entre él y Pansy Parkinson, porque eran enemigos declarados después de la post guerra, y aún más atrás. Ella era la perdidosa y él parte integrante de los vencedores. Los medios mágicos bien que se habían encargado de hacer esa clarísima distinción.
- No nos creas tan estúpidos, Weasley – le reprochó de repente, haciéndolo reflexionar: No era la primera vez que le decían eso en menos de una semana. Acercándolo más a Pansy, no le quitaba la mirada de encima. Ella, que parecía estar en una especie de letargo – sabemos perfectamente que eres un inefable, y que técnicamente eres uno de los sabuesos de los aurores, así que el que de buenas a primeras te hayas relacionado con Pansy en un ínfimo pueblo de Sídney atrae la atención a más de uno, y más si sales en un artículo que, si bien sólo leerá un dos porciento de la población mágica, llamaría la atención a una mente privilegiada como la de mi madre.
Ethan extrajo de la túnica azul que llevaba un recorte de periódico de él junto a Pansy Parkinson, firmando un infame autógrafo a una mujer que vagamente recordaba. Detrás de ellos, estaba uno de los animalejos esos a los que llamaban hipogrifos acuáticos. De verdad, tenía que estar de broma todo ese día. Sus ojos debieron mostrar un algo de sorpresa, porque el otro se echó a reír.
- No fue fácil lograr conectarlos, no después de tanto tiempo de la caída del Lord. Pero como estamos en un proyecto que le brindará un poco más de seguridad y pureza a la comunidad mágica, consideramos pertinentes todos los esfuerzos que realizamos en día de hoy, y ¡tah dah! Logramos establecer una conexión entre tú y mi querida Pansy, y el hombre por el que te hiciste pasar en nuestro honorable hogar. ¿Te parece de caballeros entrar en un recinto que no es tuyo falseando una identidad? En particular a mi no, Weasley – sus ojos apartaron la fijeza que tenían sembrada en el pelirrojo, silente e impotente. Justamente tenía que dejar de aprender cómo hacer hechizos y contra maldiciones sin emitir palabra alguna - ¡Cariño! – escuchó, y vio cómo Ethan tomaba por la cintura a Pansy, que parecía sinceramente perdida.
- No te fuerces, ya pronto nos vamos – le dijo cariñosamente, posando un beso brusco en los labios de ella. Esa acción hizo que la sangre del pelirrojo hirviese. ¿Cómo se atrevía a abusar así de la imposibilidad de aquella serpiente de defenderse? Era una de las personas más repugnantes que conocía, y no habría ser humano que lo hiciera cambiar de opinión, pero no por eso merecía ser humillada con el impedimento de resguardo. Los ojos de ella, azules, estaban irritados, y unas lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas. Él le limpió un par con las manos sucias, con lo que sólo consiguió que dos feas manchas se posaran en ellas. Pansy no lo observaba, sólo fulminaba con la mirada a Ron, como reprochándole todo por lo que estaba pasando. Él le devolvió el gesto, pues estaba tan desconcertado y enfadado como ella.
- Pues bien, ya no hay mucho qué hacer aquí – dijo Ethan para sí mismo, aparentemente feliz. Miró a los alrededores, y sacudió la varita unas cuantas veces. Al terminar, Pansy y Ron estaban nariz con nariz, atados por el mismo hechizo que los había paralizado con anterioridad, sólo que en esta oportunidad doblegaba cualquier intento de rebelo por parte de cualquiera de ellos. Intentaban no tener contacto alguno con el cuerpo del otro, pero era imposible. Los ojos de ella y los de él, en ese momento, tenían la misma tonalidad. Oscuros.
- A mi madre le encantará esta visión – canturreó, y acto seguido los tres desaparecieron de la oscura y silenciosa calle. Una sensación desagradable los embargó por unos pocos segundos, como si un tubo los succionase de repente. No habían empezado a sentir mareos cuando todo cesó. Estaban en los jardines que habían visitado esa misma tarde.
- Bienvenidos, de nuevo – les dijo de nuevo, guiñándoles un ojo – a pesar de que son unos mentirosos y unos entrometidos, creo que mi madre les tiene un recibimiento apropiado, digno de una persona de su estirpe – Los miró a ambos significativamente, como si evaluase algo, sopesando una decisión – te liberaré, Weasley, pero antes me aseguraré de un par de cosas que podrían entorpecer la linda velada que nos espera. ¡Expelliarmus! – vociferó. La varita de Ron, incólume, salió volando de su bolsillo y aterrizó limpiamente en la palma izquierda de Ethan. Él sonrió tórridamente y abrió su túnica, colocándola al lado de otra varita, que presumiblemente era la de la pelinegra. Era de un color verdoso brillante, con una serpiente encabezándola. Típico de la pelinegra. Ron pensó que la reconocería en cualquier sitio, y no sólo porque tenía puestas sus iniciales. "Arrogante".
- Bien, ahora sí. No intentes nada estúpido, por favor – le pidió a Ron – quitaré la maldición para que puedas moverte a tu libertad, pero a ella no, hará lo que hagas tu. A la más mínima acción, te juro que le vuelo la cabeza. Que sería una pérdida terrible, debo decirte, porque en verdad es una belleza, mi linda Pansy.
Los ojos de ella se precipitaron, pues estaba completamente segura que a Weasley le importaba un real rábano su seguridad. ¿Es que Ethan se había vuelto loco?
- Y por cierto, no podrán hablar en un buen tiempo. Les pido disculpas de una vez, puede que mi madre pierda los estribos, es que el Ministerio en verdad es una piedrilla en el zapato, y para muestra un botón – sus ojos se posaron significativamente en él - nuestro querido invitado de la noche – Finalizó. Un par de florituras permitieron a Ron recobrar el control sobre su cuerpo. Lo primero que intentó fue írsele encima a Ethan, pero no pudo, pues sus músculos no respondían – no me creas tan tarado, en serio pobretón – le advirtió él. Tenía una mueca de desagrado en el rostro – no soy tan necio como para permitirte acercarte a mí o a alguien que no sea Pansy. Conozco del desagrado mutuo que se tienen, así que considéralo una especie de… ¿condonación? Por lo menos hasta que decidamos qué hacer contigo, porque sé perfectamente qué haré con ella – comentó lascivamente, mirándola de arriba abajo.
Ron no lo soportó y se puso delante de ella, cubriéndola con su espalda. El acto causó verdadera gracia a Ethan.
- Vaya, parece que después de todo la pureza de tu sangre se reactiva de vez en cuando y te hace actuar como un verdadero mago… ya veremos cuánto dura eso – se mofó, y digirió su cuerpo hacia la fachada de la mansión, lúgubre. – Sonorus – indicó, posando la varita sobre su garganta – Madre, he llegado con nuestros invitados – dijo, con el vozarrón unas diez veces más ponente. Esperó respuesta por unos instantes, hasta que se escuchó una voz suave de mujer.
- Hazlos llegar hasta la entrada, saldré a buscarlos. La cena está lista – fueron sus instrucciones, y un brillo en los ojos de Ethan Mazzini hizo sacudir ligeramente a Pansy, sensación que fue percibida por Ron, al estar protegiéndola de las miradas de aquél. Esa reacción de la serpiente lo preocupó. ¿Qué podía ser tan malo como para hacerla temblar?
Caminamos aproximadamente unos veinte minutos. Weasley no tenía idea, y vaya que no la tenía, del lío en el que creí que nos habíamos metido. Por supuesto, eran problemas que superaban mis expectativas pero, ¿qué iba a suponer yo que todo acabaría de aquella manera? Ni en mis más remotas pesadillas, aún con todo lo que viví. Ese pobretón no se me despegaba. Parecía decidido a evitar que una piedra enorme se estrellara con mi cuerpo. Aún me da gracia pensar en aquello. Ethan parloteaba, como siempre, de las ventajas de vivir en su posición social, de lo maravillosa que era su madre, y de lo mucho que extrañaba perderse en esos bosques del infierno que tienen como jardines, de lo increíble que era su madre, de lo poderosos que serían al concretar sus planes, de lo imbécil que era Weasley. Estoy completamente segura de que, de internarme en sus jardines o en su mente, salgo con un estreguto de cola explosiva de la mano derecha. Bichos detestables.
Pasamos alrededor de dos pequeñas veredas. Ahora, más que nunca, entiendo porqué mis padres se limitaban a aparecerse en la entrada de la Mansión de los Mazzini. Quedaba recondenadamente lejos de los benditos jardines. Weasley parecía cansado, o sumamente preocupado. No tenía que preocuparme de aquello sino de mi propio bienestar, pero, ¿qué hacer? Por alguna extraña razón, me perturbaba su estado.
En más de una ocasión volteaba a verme. Creo que se aseguraba de que no hubiese caído en el suelo durante la caminata. Pensamiento estúpido, porque me mueve más el orgullo y la arrogancia que cualquier otra circunstancia, y el soso de Mazzini no me doblegaría, mucho menos con esas frases prefabricadas de baboso que tanto me repetía Theo, en forma de burla. Theo, cuánto te extraño.
Al llegar a las puertas principales, Ethan se detuvo y nos miró a ambos. Weasley, una vez más, me cubrió con su cuerpo, protegiéndome de él. Recuerdo que reí por lo bajo, completamente segura de que había perdido el raciocinio. Sencillamente, le haría falta dormir. Yo era (y soy) lo suficientemente poderosa como para liberarme de cualquier ataque de esa sabandija, sólo que en ese momento no tenía mi varita, y no pretendía hacer uso de la magia negra. ¿Para que cayera el Ministerio sobre mi cabeza al salir de ese aprieto? (que en ese momento consideré pequeño) Pasé en su momento, y lo volvería a hacer.
- Por favor, Weasley, aléjate de Pansy, o le dejarás tu asqueroso aroma pegado al cuerpo, y no podré cumplir lo que deseo con ella – le escupió él, con asco en el rostro. Las orejas de él se pusieron sumamente rojas, y me pregunté porqué tomaban esa tonalidad tan a menudo. Con sus ojos le respondió la cantidad de obscenidades que puede crear la mente humana en unos pocos segundos, por lo que él se echó a reír otra vez – adoro tener el poder – disfrutó, apartándolo violentamente de mí. Él luchó corporalmente contra Weasley, que permanecía empeñado en no separarse de mí. Una fiereza lo obligaba a protegerme. Menudo pelirrojo – voy a empezar a creer que la escenita de unas horas es completamente cierta, Ronald – razonó Ethan, mirándonos como si un grano apoteósico se hubiese posado en nuestras frentes. Ese pensamiento hizo que en verdad me carcajeara. Estaba completamente desquiciado ese hombre.
Tuve que dejar de mofarme de las estupideces que salían de su boca, porque escuché un sonido que me es completamente familiar. El roce de una túnica fina contra el suelo, junto a pisadas de tacón sucesivas. Supe, en ese momento, que tenía que hacer reaccionar a Weasley de una manera adecuada. Por lo menos, si pretendía que ambos saliésemos con vida de allí. Alcé mi rostro hacia ella, esa mujer despiadada. La conozco desde que nací, porque ella, junto a los Malfoy y los Nott, eran de los preferidos de mis padres. Que la tierra se los trague a ambos. Su cabello, espeso, cuidado, caía suavemente hasta su cuello, en ondas oscuras. Su semblante, regio, no perdía jamás el gesto de desagrado. Estaba escandalosamente maquillada, como siempre. Sus tacones, negros, eran precedidos por un vestido vinotinto pomposo, como si fuese la mismísima reina de Inglaterra. No sé cómo el mismísimo Lord no se iba en vómito sólo con verla. Me recordaba al espanto de Umbridge, sólo que Angela Mazzini sí tenía todo el poder que le pueden brindar la magia negra, el conocimiento y el dinero a un mago común.
- Disculpen por la tardanza – se excusó, colocándose frente a nosotros. Debía llegarle por los hombros, o poco más arriba. Era alta, regordeta, y fea. La pobre. Con razón conservaba ese gesto – podemos proceder a cenar, tenemos a una persona esperando por ustedes – anunció, sin apartar los ojos de Weasley. Él parecía haber entendido mi conducta, porque jamás bajó la mirada, ni se dejó doblegar. Muy bien, por lo menos no era un mono.
- ¿Comeremos con él presente, madre? – quiso saber entonces el hijo pródigo, pero en ese instante no entendí la pregunta.
- Por supuesto, él es la pieza clave para que ellos presencien la magnificencia de haber sido parte de un movimiento que creyeron extintos, uno por traidor a la sangre y la otra por traidora a las costumbres y a la familia – sentenció, con los ojos en fuego. Su mirada coralina parecía encendida, aunque su rostro permanecía pulcro, libre de cualquier esbozo de sentimiento. ¿Todos los sangre limpia, slytherins, lucíamos así? Porque hacía tiempo que yo me había hartado de andar con una faz que no era la mía, simplemente para aparentar más de lo que era. Claro, eso no tenía porqué saberlo nadie.
Weasley se sacudió, con el ceño fruncido. Se notaba a leguas que no le gustaba sentirse prisionero, y mucho menos no entender de qué hablaba toda la gente a su alrededor. A pesar de tu tamaño, en ese momento se me asemejó a un cachorro indefenso. La idea me hizo gracia. Una mole de casi metro noventa un cachorro indefenso. El aroma de la comida hecha por los elfos domésticos debía estar afectándome gravemente.
Seguimos nuestro camino, esta vez precedida por Ángela, silente, y sucedidos por Ethan, que en verdad sabía cómo hablar hasta el cansancio. Su madre parecía acostumbrada, porque de vez en cuando asentía con la cabeza, como para instarlo a seguir conversando. Como para matarla. Me habría gustado pensar en ese momento lo que pienso ahora, al tiempo de entrar en aquella endemoniada mansión. Sospechar como lo hago ahora, y no haberme sentido en un lugar conocido. Lo había recorrido sola y acompañada de niña, pero no me atreví jamás a pensar que podrían fraguarse tamañas artimañas en él. Ahora que lo pienso, fui estúpida. Al llegar al vestíbulo, vimos que una enorme mesa de madera, antigua, lo adornaba. Velas pendían de candelabros suspendidos, dándole un toque tenue a la iluminación, opacándola al resto de la casa, aparentemente más vivaz. Había diez sillas de espaldar alto, tan antiguas como la mesa, en caoba, brillantes y adornadas con cobre. Todas tenían el símbolo de la familia. Un árbol enlazado a una serpiente y a una espada.
- Como sabrán, me sentí terriblemente burlada por ustedes esta tarde, sobre todo por mi querida Pansy – anticipó Angela, antes de indicarnos que tomásemos asiento. Mostraba señales de decepción, y no me extrañaba ya que Weasley se sacudiera. Pensé que era porque ella no dejaba de observarlo, pero al dirigir mi mirada hasta donde estaba clavada la suya, comprendí.
El moreno que había sido mí prometido esa misma tarde, estaba sentado en una de las sillas de la mesa, en la última, encabezándola. Parecía haber corrido los trescientos metros planos, contra un dragón enfurecido. Tenía la ropa rasgada, y aún así, parecía feliz de ingerir un líquido amarillo que salía de un plato sopero. Había un elfo doméstico, joven, a su lado. Parecía estarlo vigilando. Estaba completamente ido. Sus ojos, desenfocados, lucían perdidos en un limbo. Verlo así, sin conocerlo, me hizo sentir el mismo escalofrío que Weasley. ¿Quién era él? Su cabello estaba sucio y él mismo estaba sudoroso. Se notaba, a leguas, que estaba mal herido, porque había sangre seca en la ropa. ¿Lo habrían torturado? No lo creí en su oportunidad. El Ministerio se había puesto paranoico y fácilmente podía detectar cuándo se utilizaba una maldición contra un mago, más aún contra un muggle. Porque el hombre que teníamos frente a nosotros, tenía que ser muggle, pues o no se percataba de la presencia del elfo, o sencillamente no lo veía. Desvié mi atención hacia Weasley. Sus ojos estaban desorbitados, y muy irritados. Perfecto, lo que faltaba para la guinda de la noche. Que mi auto nombrado protector se echara a llorar de impotencia.
¿Quién sería ese muggle?
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¡Listo! Ha empezado oficialmente la trama de la historia. Gracias, Vic Black, por tu Review. Lo aprecié, por lo que te dedico el capítulo ;)
Espero actualizar lo más pronto posible.
Gracias a los que leen en silencio
Cambio y Fuera
Hatshe W.
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