Disclaimer: Severus y Harry son creaciones de J. K. Rowling. Yo les he hecho gritarse, pelear y discutir, pero aunque también lo hacían en los libros hay otras situaciones que jamás pasaron por la mente de su escritora, ¿o sí?
¡Ya estoy de vuelta! ¿Dónde nos habíamos quedado? Ah, sí… ya recuerdo, lo último fue una desagradable y algo escatológica escenita que… ¡bien! No hace falta que la recordemos, vayamos al siguiente momento. Este capítulo, como indica su título, es el despertar pero, ¿el despertar a un nuevo día? ¿A una nueva vida…? Puede tomar muchos significados. Os dejo con el capítulo para que opinéis por vosotros mismos. Nos vemos en la nota final.
Muchas gracias a todos los que estáis leyendo, y muy especialmente a Paladium, Lun Black, papillon69, ItrustIbelieve y Pandora0000, que me han regalado la luz de sus comentarios.
Por supuesto, gracias miles a mi beta, ItrustIbelieve.
Capítulo 10. Despertar
Harry se desperezó entre las frescas sábanas de su cama. Era la única cosa grande de su diminuto apartamento, pero lo había querido así. Había acabado harto de dormir en su pequeña cama con dosel de la torre Gryffindor, por no mencionar la que utilizaba en casa de los Dursley. Por eso, cuando se trasladó a ese barrio muggle de Londres, no quiso una cama normal y corriente sino una de tamaño extra grande. Por culpa de eso, en su habitación ni siquiera cabía una triste silla.
Y precisamente por eso, cuando abrió los ojos al tercer bostezo, tras desperezarse haciendo crujir los tendones de sus brazos y piernas, notando un leve pinchazo en el pie derecho al hacerlo, se extrañó de encontrar un borroso butacón junto a la cama. Por supuesto que aún le pareció más extraño todavía que esa butaca desconocida estuviera ocupada por la borrosa pero inconfundible silueta de Severus Snape.
—¿Qué coño está haciendo aquí? —preguntó Harry, sentándose de golpe y echándose un poco hacia atrás, sintiendo como si su cerebro fuera demasiado grande para su cabeza.
—Buenos días —el hombre se levantó y se acercó hasta él para alcanzarle un vaso lleno de un líquido verdoso—. Tenga, un zumo reconstituyente. Y tómese estas píldoras también.
Harry, sonrojado, se dio cuenta de que no llevaba ni su camisa ni sus pantalones y se subió la sábana para colocársela bajo las axilas, como había visto hacer a las estrellas de cine en las películas. Alargó la mano hacia la mesilla de noche, donde siempre dejaba sus gafas y se las puso sobre la nariz.
—No me ha contestado, ¿cómo ha entrado aquí?
—Usted me abrió la puerta —agitó el vaso frente al rostro del chico—. Tómeselo, le aliviará el dolor de cabeza y la resaca, y le tranquilizará el estómago.
—Vaya, ¿se ha dedicado a hacer pociones de las suyas en mi cocina? ¿Y qué quiere decir con que yo le abrí la puerta?
Pequeños flashes, como recuerdos en un pensadero, se abrieron paso en su cabeza dolorida y pulsante. Hugh y su invitación; él tirado en el suelo con el tobillo magullado; Snape frente a su puerta, enfadado y, en apariencia, preocupado; y, finalmente, él vomitándole en los zapatos.
—Oh, vaya… —se cubrió la boca con una mano y miró hacia el cuerpo del hombre en busca de los restos del cordero en salsa de menta, del pastel de carne o del risotto a la milanesa que habían formado parte de los platos de la cena en casa de los Greengrass pero, afortunadamente, no los halló—. Lo siento… siento haberle… vomitado… yo…
—Olvídelo —volvió a agitar el vaso y Harry se decidió a cogerlo. Snape dejó caer en su otra mano dos píldoras de color blanco inmaculado y regresó a su butacón, donde se sentó con elegancia, cruzando sus largas piernas.
Harry se tomó los analgésicos, que estaba seguro de que Snape había sacado de su botiquín, en el baño, y bebió a pequeños sorbos el batido de frutas que el hombre le había preparado, sin dejar un solo instante de mirarle.
—Está bueno —comentó.
—Veo que le sorprende —dijo Snape con expresión de fastidio, pero a Harry le pareció apreciar un atisbo de complacencia.
Cuando se lo acabó, se relamió los labios y dejó el vaso sobre la única mesilla de noche de la habitación.
—Oiga, ¿para qué ha venido?
Snape carraspeó y se atusó la impecable túnica.
—Bueno, ayer estaba usted muy confundido y quise sacarlo de su error.
—Ah, ya, claro. Yo me equivoco, ¿no? Yo siempre me equivoco.
—No, siempre, no. Pero anoche sí.
—¿Y a usted qué más le da?
Harry le dio la espalda a su ex profesor, retiró las sábanas y puso los pies en el suelo de madera de la habitación, siseando de dolor por culpa de la punzada que atravesó su tobillo derecho. Confirmó visualmente que sólo llevaba sus calzoncillos ajustados de color negro. No tenía ni idea de si se había quitado él mismo la ropa o, por el contrario, había sido Snape, pero la segunda opción lo hizo ruborizarse y provocó que aleteantes mariposas se instalaran en su estómago, olvidando momentáneamente el dolor del pie.
—No me gusta que me acusen de cosas que no he hecho —dijo Snape en ese instante.
—¿Ah, no? —Harry siguió sentado, pero se giró casi completamente para mirarlo. Deseó que el rubor de sus mejillas fuera tomado como muestra de su irritación—. Entonces, pretende hacerme creer que no usó la Legeremancia conmigo mientras…
—No sea absurdo, Potter, para usar la Legeremancia se necesita contacto visual. Si estaba usted inconsciente, ¿cómo iba a poder adentrarme en su mente? Además, nunca haría eso sin su permiso.
—No, claro que no —se mofó Harry—. Por eso me pidió permiso durante las clases de Oclumancia de mi quinto curso.
—Entonces era distinto.
—¿Distinto? —Harry se levantó, olvidando su atuendo y procurando apoyar sólo el pie izquierdo—. ¿Por qué iba a ser distinto entonces?
—Porque yo… —Snape pareció recorrer su cuerpo durante un momento, pero Harry no pudo estar seguro del todo. Sus ojos eran demasiado oscuros, demasiado fríos. Y le provocaban demasiado calor—. Usted me lo contó, ¿de acuerdo? Me lo contó la última noche que nos vimos en mi casa.
No hizo falta que le aclarara a qué se refería, ambos lo sabían muy bien. Y lo absurdo del comentario le obligó a explotar.
—¡Y una mierda! Yo nunca le contaría eso.
—Bueno, sacado de contexto supongo que es lógico que piense así, pero…
—Y, de todos modos, ¿por qué no lo recuerdo? Ni siquiera había bebido una triste cerveza y…
—Porque le lancé un Obliviate —lo interrumpió, impaciente.
—¿Qué? ¿Por qué hizo eso?
—Para protegerle.
—¿Protegerme? —Se escandalizó Harry. Seguía de pie y anduvo alrededor de la cama, cojeando ostensiblemente y acercándose un poco al hombre—. ¿Protegerme de qué? Yo no necesito que usted me proteja.
—Sucedió algo que era conveniente que olvidara —lo informó Snape.
—¿Algo como qué? —preguntó Harry junto a la butaca, mirando a Snape desde arriba. El hombre, en respuesta, únicamente alzó una ceja de forma elocuente—. Está bien, ya lo pillo —Harry se pasó las manos por el pelo azabache—. Y supongo que tengo que fiarme de usted, ¿no?
—Haga lo que quiera, sólo quería dejarlo claro.
El hombre se levantó, y Harry y él quedaron muy cerca el uno del otro. El joven pudo ver cómo, con un grácil movimiento de su muñeca, Snape hizo desaparecer la butaca que había estado ocupando hasta el momento y se dirigió hacia la puerta abierta de la habitación. Pero Harry no quería que se marchara. No todavía.
—¿Y qué más dije?
—Nada importante —contestó sin detenerse.
—Eso debería juzgarlo yo, ¿no cree? —Harry salió cojeando detrás de él, pero el maldito profesor era muy rápido y casi había alcanzado la puerta del apartamento, así que el Gryffindor actuó a la desesperada—. ¿Sabe la verdadera razón por la que fui a esa maldita fiesta?
Snape pareció suspirar y antes de agarrar la manija de la puerta se giró hacia Harry, que lo miraba ansioso.
—Fui porque sabía que usted estaría allí.
—Potter, no siga —le advirtió.
—Y lo sabía porque Draco me lo dijo. Me aseguró que lo convencería.
Harry vio que el ex profesor tragaba saliva y eso le hizo acercarse un poco más a la puerta, cojeando.
—También me dijo otras cosas, cosas sobre usted y sobre mí. Me dijo que me apreciaba más de lo que quería dar a entender, pero… ayer me di cuenta de que era todo mentira. Porque usted me odia, me ha odiado siempre, desde el primer día. Y no se lo reprocho, sé que no puede evitar ver a mi padre cada vez que me mira. —Harry bajó el rostro hacia el suelo, percatándose por primera vez de que llevaba un apretado vendaje en su pie derecho—. Pero a pesar de eso me salvó muchas veces en mis años en Hogwarts…
—No lo hice por usted, lo hice por Lily.
Harry alzó bruscamente la cabeza para perder la mirada en la profundidad negra de los ojos de Snape. Le pareció que estaba enfadado y, probablemente, más que harto de escuchar su perorata inacabable.
—Lo sé. —El Gryffindor parpadeó con rapidez y bajó los ojos, soltando un profundo suspiro—. Sé que todo lo hizo porque está enamorado de mi madre, y que...
—Qué manía con que estoy… ¿por qué cree eso?
—¿Cómo dice? —preguntó Harry, alzando el rostro de nuevo.
—Yo no estoy enamorado de Lily —Snape había suavizado un poco su expresión, aunque muy poco—. Nunca lo estuve. Sólo éramos amigos.
—Pero yo creí…
—¿Acaso me lo preguntó? —Le dijo Snape, feroz.
Harry negó lentamente con la cabeza.
—Dumbledore dijo que usted la quería…
—Y era cierto. ¿Usted no quiere a la señorita Granger, por ejemplo?
—Sí, aunque es distinto…
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Pues, porque… —Harry dudó sobre cómo continuar—… porque usted ha tenido que hacer muchos sacrificios por…
—¿Y usted no? ¿No se sacrificó ante Lord Voldemort por Granger? ¿No lo hizo por todos?
—Sí, pero…
—Lily murió por mi culpa. Era mi mejor amiga, mi amiga más querida, aunque ella hubiera dejado de apreciarme, y murió por mi culpa.
—Eso no es así…
—¡Sí! ¡Sí lo es! —gritó Snape, haciendo respingar a Harry, que lo miraba con sus ojos verdes brillantes de lágrimas acumuladas—. Si yo no hubiera espiado a Dumbledore…
—¡Lo habría hecho cualquier otro mortífago!
—Si yo no le hubiera hablado de la profecía…
—¡Lo habría hecho otro! —gritó Harry, acercándose a él y agarrándolo de la túnica—. Y ese otro no habría acudido a Dumbledore para pedirle ayuda. No le habría pedido clemencia para mi madre a Voldemort…
Un relámpago de culpabilidad cruzó por el rostro adusto de Snape y a Harry se le rompió el alma. Había sido testigo de la rabia y el odio que acumulaban las palabras que Dumbledore le había escupido a la cara en aquella oscura montaña azotada por el viento. Casi sin percatarse de lo que hacía acarició el rostro del hombre con su mano derecha, y le pareció que, por una milésima de segundo, Snape cerraba sus profundos y cansados ojos negros y se apoyaba en su caricia. Pero sólo fue un segundo, porque al instante siguiente el hombre se apartó bruscamente de él.
—Suélteme —le dijo, mientras se atusaba la túnica—. Será mejor que me vaya…
Harry vio, impotente, cómo se acercaba de nuevo a la puerta, agarraba la manija con su mano de largos dedos y estaba a punto de accionarla cuando al fin reaccionó y detuvo su movimiento poniendo su mano sobre la de Snape. Éste lo miró de modo penetrante. Volvían a estar muy cerca, y su mano izquierda, posada sobre la del hombre, vibraba con una intensa y placentera electricidad que le recorría todo el cuerpo.
—Yo no quiero que se marche —susurró, después de tragar saliva.
—Potter… —lo pronunció con una extraña mezcla de advertencia y súplica.
Harry conocía lo suficiente a Snape como para saber que si ahora lo disculpaba, lo perdonaba por lo que le había hecho a su familia, le malinterpretaría. Se cerraría en banda, orgulloso como era, y se marcharía para no volver.
Apretó con más firmeza su mano sobre la del hombre y se acercó un paso a él. Su cuerpo, electrizado y medio desnudo, estaba deseando algo más de contacto.
—Ha muerto tantísima gente por mi culpa… —Snape abrió la boca, pero Harry colocó la yema de su dedo índice sobre los finos labios, y le obligó a cerrarlos de nuevo—. Es cierto. Por mi culpa, por mi causa, llámelo como quiera… Cedric Diggory, el profesor Lupin, Tonks, Colin Creevey… Fred Weasley… todos están muertos.
—¿Está tratando de competir conmigo para ver quién ha conseguido que muriera más gente? —Le preguntó de mal talante.
—Estoy tratando de decirle que lo admiro mucho, Snape.
—Pues no debería —bufó.
—Pues lo hago. Es usted un hombre de honor, el más valiente que he conocido en mi vida…
—Su vida es decididamente corta.
—¡Maldito sea, Snape! —dijo Harry, enfadado—. ¿Cuántos años lleva sacrificándose? Y no me diga que lo hace por mi madre. ¿O es que se ha pasado la noche entera sentado en una butaca, vigilándome, por mi madre?
—Estaba al borde de un colapso, Potter, yo…
—Sigue protegiéndome, sigue ayudándome, y ahora ya no tiene por qué hacerlo.
—No se preocupe, no volverá a suceder. —Snape hizo un nuevo intento por marcharse, pero Harry se lo impidió apretando más fuerte su mano.
—No me ha entendido. Para ser tan inteligente, no se da cuenta de que yo quiero que se quede conmigo, yo quiero seguir viéndole. ¡Dios! Desearía verle todo el tiempo.
—No sabe lo que dice.
—Es posible, pero ¿cree… cree que podríamos ser amigos al menos? ¿Cree que podríamos mantener una relación amistosa… sin necesidad de herirnos el uno al otro mutuamente? Yo… a mí… me gustaría mucho.
Snape se quedó en silencio, mirándolo fijamente. Su expresión era indescifrable y su postura tan rígida que parecía que en cualquier momento le crujiría la columna vertebral.
—¿De veras quiere eso? —preguntó al cabo de mucho rato—. ¿Ser amigo mío?
Harry buscó la burla en las palabras de Snape, pero no pudo hallarla. Simplemente lo miraba expectante, marcando el ceño, y esperando una respuesta. Su corazón le gritaba que no deseaba ser amigo de Snape en absoluto. No era eso lo que quería. Él deseaba mucho más. Lo quería todo de aquel hombre: su mente, su cuerpo, su corazón. Pero su cerebro sabía que no le concedería nada de eso, que Snape era un hombre solitario, y aunque hubiera admitido que no estaba enamorado de su madre, era evidente que le gustaban las mujeres, sino…
Aunque Draco le había dicho otra cosa, Draco le había dicho que…
—No —la palabra salió sin pensar, casi sin querer, aunque una vez dicha ésta, el resto salió con más facilidad de lo que jamás hubiera creído—. No quiero eso, quiero mucho más. Lo quiero todo. Todo.
Para su sorpresa, Snape sonrió. No aquella estúpida mueca que él había confundido durante sus años de colegio con una sonrisa. En absoluto. Aquella elevación de las comisuras de los finos y sonrosados labios del hombre -que se extendía a través de su rostro pétreo hasta sus profundos ojos negros, que brillaron con un destello de interés- era una verdadera sonrisa. Como aquella que le había regalado bajo la lluvia.
—Yo soy un viejo, señor Potter. Un viejo huraño, amargado y solitario. Tengo muy mal carácter, soy cínico y sarcástico. Soy reservado, adoro el silencio y la tranquilidad. Me gusta trabajar en mis pociones sin que nadie me moleste. No soy una buena persona, tengo secretos que quiero que sigan siendo secretos, y…
—No me importa —dijo Harry, casi sin poder evitar sonreír él también.
—¿Qué dice?
—Que no me importa. Sé todo eso, lo conozco desde hace años, no es ninguna novedad. No me importa que usted crea que es viejo para mí.
—No lo creo, lo soy, tengo la edad de su padre y…
—Pero no es mi padre.
—No, pero…
—Conozco su mal carácter de primera mano, y su cinismo, y cuando no va dirigido a mí, o a alguien a quien quiero, puede llegar a resultarme divertido y chispeante. Me gusta observarle concentrado en un libro, o tomando el té o una cerveza. Adoro mirarle mientras trabaja en su laboratorio, estudiar cada uno de sus movimientos mientras se pasea entre los calderos en ebullición con esa extraña gracilidad suya, y prometo no molestar mientras realiza…
—Oh, cállese de una vez.
Snape se inclinó levemente, acogió en sus manos el rostro de Harry y lo besó en la boca. El joven Gryffindor sintió que el corazón se le salía del pecho, galopando desbocado, justo antes de reaccionar y abrir sus labios para permitir que Snape profundizara el beso, que sus lenguas danzaran, entrelazadas, un aterciopelado baile sensual. Cuando el hombre lo soltó, Harry estaba sin aliento.
—¡Diosssss! —dijo, mientras notaba cómo su palpitante entrepierna empezaba a presionar la lycra de sus calzoncillos negros—. Besas de puta madre, Snape.
—Como dice usted en su absurdo lenguaje adolescente, yo hago muchas cosas de puta madre —contestó el hombre. Alzando una ceja, añadió—: ¿Quiere comprobarlo?
—¡Joder, sí!
En esa ocasión fue Harry quien se lanzó a comerle la boca al otro hombre, mientras sus manos se movían, rápidas y temblorosas, sobre el pecho de Snape, apartando capas de tela negra y abriéndose camino a través del impedimento de los mil botones que lo separaban de la colina que pretendía conquistar.
Cuando la túnica negra del hombre cayó a sus pies, dejándolo en las mismas condiciones que a Harry, el chico empezó a besar y acariciar el pecho velludo y viril de Snape. Estaba tan concentrado que ni siquiera se percató de que iban caminando hacia atrás, en dirección a su habitación y a su gran cama.
—¡Dios, Snape! Hace tanto tiempo que esperaba hacer esto… —y como para demostrárselo se apoderó de un oscuro pezón, que colmó de atenciones con su lengua y sus labios, enrojecidos e hinchados.
Un siseo por parte del hombre hizo que Harry abandonara su actividad y le miró con las pupilas dilatadas por el deseo justo antes de verse lanzado hacia atrás, de espaldas, hasta que rebotó contra el mullido colchón. Una absurda idea le vino a la mente.
—¿Sabes que estuve a punto de comprarme un colchón de agua?
El cuerpo que deseaba tocar estaba demasiado lejos, a los pies de la cama, observándolo con una mirada de negro ardor.
—¿Y yo no le acabo de decir que me gusta el silencio? —contestó Snape, con una sonrisa ladeada en sus labios.
Nunca supo si fueron sus palabras, el tono burlón en ellas, o la suavidad de las notas de la voz profunda de Snape, pero la entrepierna de Harry volvió a pulsar con fuerza, haciendo casi imposible el no tocarse, así que lo hizo. Se acarició por encima de la tela del calzoncillo, bajo la atenta mirada de su ex profesor.
—Mmmmm… —su mano marcó círculos con la palma mientras entrecerraba sus ojos, de un verde brillante y oscuro por el deseo—. Lo siento, es que yo… estoy algo… nervioso. Y entonces me da por hablar y por…
Harry se quedó con la boca abierta. Apoyado sobre uno de sus codos, pudo contemplar como Snape se quitaba los calzoncillos, deslizándolos por sus largas piernas. Pero el chico no tenía ojos para otra cosa más que para el miembro erecto de su profesor que se alzaba orgulloso hacia el cielo.
—Dioss… es… grande, Snape. Eres muy grande.
—¿Preocupado, mi joven promiscuo? —Se mofó el hombre, inclinándose hacia delante para poder agarrar la goma de los calzoncillos de Harry y quitárselos.
El chico levantó su pelvis para ayudarlo con la tarea, regodeándose en el roce de los largos dedos huesudos del hombre por su cadera y sus piernas, y gimiendo inconscientemente.
Snape se colocó sobre él y volvió a besarle, apoyándose en un brazo, mientras con la mano izquierda recorría el juvenil cuerpo desde el cuello hasta los negros rizos del pubis, poniendo especial esmero en no tocar a Harry justo en el lugar en que deseaba ser tocado.
—Me pones duro con sólo mirarme, Snape.
—Yo llevo duro toda la noche, maldito Gryffindor —le confesó el hombre—, no paras de hacer ruiditos y gemidos cada vez que te mueves en sueños. Y no sabes lo mucho que te mueves.
—¿De veras? —preguntó Harry, no sabía si por haberse enterado de que hacía ruidos en sueños o por descubrir que el hombre lo había estado espiando en un desaprovechado estado de excitación—. Deja que te mida…
Harry se acurrucó contra Snape, ladeándose ligeramente y deslizando su mano derecha por la cintura y su suave glúteo izquierdo, para luego enredar las yemas de sus dedos en la mata de vello púbico y deslizar la palma por toda la extensión de su miembro.
—Mmmmm… —gimió al notarlo firme como el hierro—. Sn… Severus, tienes una polla enorme y preciosa, ¿lo sabías? Me gusta. —Lo acarició con insistencia, mientras Snape lo contemplaba con una sonrisa y una mirada encendida—. Me gusta muchísimo…
—Tú también me gustas, Harry.
El chico lo miró complacido al oírle pronunciar su nombre.
—Entonces, ¿se supone que ya hemos roto el hielo? Nos hemos besado, nos hemos tuteado, estamos desnudos y yo tengo tu polla en mi mano. ¿Qué más podríamos pedir?
—A mí se me ocurre algo muy concreto. ¿Dónde tienes la vaselina? —preguntó Snape, mientras se tendía sobre el chico y alargaba una mano hacia la mesilla de noche.
El cuerpo de Harry, bajo el peso del más alto y fuerte de Snape, se quedó paralizado. ¿Vaselina? Su cerebro no parecía capaz de reaccionar ante tal palabra. Por supuesto sabía lo que significaba, y aún más, sabía para lo que servía y para lo que la estaba pidiendo el hombre, pero él nunca había comprado semejante cosa.
—¿Qué? —preguntó. Era absurdo intentar ganar tiempo, eso sólo haría que el momento se retrasara inútilmente.
Snape ya había abierto el primer cajón y rebuscado en su interior, e iba a abrir el segundo cuando Harry volvió a hablar.
—No, no tengo vaselina.
El hombre abandonó su tarea y lo miró a los ojos, sorprendido.
—¿No tienes?
Harry negó con la cabeza.
—¿Y aceite? ¿Aceite corporal?
Otra negación de cabeza.
—¿Y crema hidratante?
Ante la tercera negación de Harry, se hizo evidente que por la mente de Snape pasaban dos pensamientos muy claros: uno, Harry Potter era idiota; y dos, Severus Snape era aún más idiota que Harry Potter.
—¿Y entonces cómo coño lo haces con… ? ¿A palo seco? —Casi gritó.
—Yo… yo nunca he traído a nadie aquí. Siempre voy a casa de ellos.
—¡Joder, Potter! —gritó Snape—. ¿Cómo se supone que vamos a follar entonces?
Nota final: En resumidas cuentas, nada nunca es perfecto, ¿no os parece? Aunque Severus es muy listo, y para las fans de Harry habrá que admitir que el chico no es tonto tampoco, así que esperemos que se les ocurra alguna solución a su «problemilla». Hasta entonces, os mando un fuerte abrazo.
