Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling . No hay ninguna intención de lucro ni de infringir el copyright. La trama es enteramente mía así como los personajes originales que puedan llegar a aparecer.


ADVERTENCIA: Sepan que no siempre apruebo lo que mis personajes hagan, son solo eso, personajes.


Los Límites de Hermione Granger

Capitulo 10:

— ¿Sr. Malfoy? — preguntó, con rostro sorprendido, a modo de saludo. Luego, desvió su mirada a mí y un brillo de curiosidad brotó en sus ojos azules. — Srta. Granger, pasen, pasen, ¿en qué puedo servirles?

— De hecho, profesor, ¿podría usted acompañarnos hasta las mazmorras?¿Por favor? — verbalizó el rubio, con una cortesía inesperada.

¿Desde cuándo Malfoy trata así a alguien que no sea un Slytherin?

¡No seas tonta, Hermione! Rompiste sus esquemas, quebraste una de sus tantas máscaras, conseguiste su confianza, lograste que te valore como mujer y persona… ¿Por qué te habría de extrañar que de pronto trate con un respeto sincero a todo el mundo?

— De acuerdo, vamos. — comentó mientras nos indicaba que comenzáramos a descender por las escaleras caracol.— ¿Puedo saber a qué se debe esta solicitud tan extraña? No es por ser prejuicioso, pero, ¿que podría estar sucediendo para que dos alumnos, ustedes en particular, me requieran en las mazmorras a la una y media de la madrugada?

— Ambos somos prefectos, profesor. — apunté, con la mera intención de retrasar nuestra respuesta. No es que quisiera ocultarle la verdad, pero era más divertido hacerlo esperar.

— Ah… sí, sí. Eso es correcto. Aunque tengo entendido que nunca comparten sus rondas, y que, en todo caso, estas terminan a las once de la noche. — rebatió pícaramente, como entrando en el juego.

— Bueno, nadie en el colegio lo sabe, profesor Dumbledore, pero entre Granger y yo se ha formado una tregua.

— Yo sí lo sabía. — contradijo con una sonrisita.

— Pero porque yo se lo dije, profesor. No se haga el omnipresente.— le corregí.

El viejo mago largó una carcajada que resonó en el pasillo.

— ¿Le dijiste al Director lo que estabas haciendo conmigo?— me preguntó el hurón algo indignado y sorprendido. — ¡Granger!

— ¡Malfoy! — le devolví. Entre tanto, Dumbledore tuvo otro brote de carcajadas. — No seas idiota, sólo le dije que te estaba ayudando a no cometer estupideces.

— También me dijo que estaban teniendo una relación romántica secreta a espaldas de todo el castillo. — comentó con inocencia el hombre.

— ¡¿Le dijiste, qué?!

— ¡YO NO DIJE ESO! — tanto mis mejillas como las de Malfoy se enrojecieron con furia. Claramente el profesor Dumbledore creía divertido molestarnos y hacernos pasar vergüenza. — ¡Profesor! ¡Eso no es verdad! — me quejé indignada. El rubio me miraba con recelo, mientras el viejo seguía caminando y riendo a nuestra costa.

Ya nos estábamos acercando al despacho del Maestro de, anteriormente, Pociones y, actualmente, Defensa contra las Artes Oscuras. El humor del director era jocoso, pero el slytherin y yo estábamos irritados.

¿Qué necesidad tiene todo el mundo de romantizar las cosas con Malfoy? Bueno, no todo el mundo, solo Harry y Dumbledore… pero aun así… ¡No es amor, es atracción!¿En qué cabeza cabe que una relación entre nosotros dos es posible?

Tocamos puerta y en cero segundos la puerta se abrió. Sentados alrededor de un escritorio, estaban Snape, quien apuntaba con su varita la puerta; y la Sra. Malfoy, la cual sujetaba una taza de té humeante en sus manos, y lucía una pálida, ojerosa y con el ceño profundamente fruncido. Eso sí, en cuanto vio a su hijo, una pequeña, pero cálida, sonrisa se asomó en la comisura de sus labios.

— De acuerdo, esto sí no me lo esperaba. — escuché al director decir con voz profunda. — Tomen asiento chicos,— cerró la puerta con firmeza. — y explíquense.

Batió su varita por el aire, recreando los hechizos de protección que previamente había conjurado Snape y consiguiendo imitar la sensación de asfixia que producía típicamente este tipo de magia.

— Bueno, como dije ayer en la noche, hace unos días me embarqué en un proyecto. Decidí, por motivos personales, intervenir en las misiones que Voldemort le encomendó a Malfoy y…

— ¡Hijo...!

— Mamá, no interrumpas por favor…

— ¡Sabes que no debes andar contando...!

— Señora Malfoy, si me permite, voy a explicar con el mayor detalle posible. — le pedí a la mujer, rogando internamente por no ser más cortada a media frase. El rubio me miraba con ojos ligeramente significativos.

¿Qué? No te entiendo esa mirada, Malfoy.

¿Qué me estas queriendo decir?

Ah… ahhh… claro. No quieres que cuente todos los detalles…

— Bien, como les estaba comentando, luego de que descubrí que Malfoy es un mortífago, quise convencerlo de desertar… más bien lo forcé... En verdad, he estado forzándolo todo el tiempo…— dije algo cohibida. Dumbledore se veía inmutable, demasiado concentrado como para que le importasen las conductas de una adolescente. Por otro lado, Severus Snape me miraba por primera vez en la vida con algo que no era asco, desdén, hastío o irritación en el rostro. De hecho, su sorpresa era muy evidente. — Le tendí una trampa y descubrí que planea usar un armario evanescente, no sé bien para qué. Pero el collar maldito que recibió a través de éste se veía letal. En fin…, escondí ambos objetos, collar y armario. Y… y luego… — miré al slytherin, buscando un poco de ayuda. Realmente, no sabía cómo resumir todo lo sucedido sin dejar en evidencia que habían vacíos temporales que no tenían explicación.

— Y, luego de eso, yo me cansé. Adiviné que era ella quien estaba jodiéndome la vida…

— ¡Cuida el lenguaje!

— ...lo siento, madre…, y me volví loco de preocupación. Porque, sin ese armario…, si no cumplía mi misión, quien estaba en riesgo eres tú. — dijo, tragando en seco mientras miraba a los grises ojos de su madre. — Las consecuencias hubieran sido terribles, pero Granger me convenció de que la rescataría y yo no le creí. Y la verdad es que se me pasó por la mente sacarle el paradero del armario a puro Crucio… — me miró fijo, con cierto reproche. — Pero ella estaba tan encaprichada con sabotear mis planes, que no pude más que rendirme y la dejé intentarlo. No perdería más que unos días…

— ¿Estás admitiendo que planeabas continuar con la misión de Voldemort? — le pregunté algo indignada.

— Sí, te lo dije de camino a Hogsmeade…

— ¿Hogsmeade? — preguntó el director.

— Sí. Fuimos en búsqueda de la Sra. Malfoy al pueblo.— respiré profundo y comencé a explicar cómo había logrado traerla hasta Hogwarts.— Claramente no podría hacerla aparecer dentro de los terrenos de Hogwarts, porque, como todos seguramente saben…

— Granger, no empieces a darnos clases de cómo funciona el colegio. — pidió rodando los ojos el rubio.— Termina de una vez que ya tengo sueño.

Lo miré molesta unos segundos, con los brazos cruzados en el pecho. Luego, proseguí intentando ignorar mis emociones.

— Pensé que hacer un traslador era una buena idea, podría enviarlo por correo y que al tocarlo apareciese por los alrededores… pero eso tenía grandes fallas. Primero, no tenía tiempo para desperdiciar y generar un anclaje con coordenadas no era algo fácil de hacer o entender, y el material en la biblioteca deja mucho que desear.— la serpiente rubia se rio por lo bajo. Lo ignoré. — Segundo, si el traslador era creado como uno que funcionara con Portus Tactus, corría el riesgo de que alguien más pudiese tocarlo.

— Muy coherente, ¿cómo lo resolvió Srta. Granger? — me preguntó el viejo mago.

— Fundé el traslador con la sangre de Malfoy. Lo vinculé con Ductae Sanguis.

— ¡Eso es impresionante!— exclamó el director, dando un aplauso en un tono alegre. — ¿Habías visto ese conjuro aplicado así alguna vez, Severus? ¿No es ingenioso?

— Si. Fan-tás-ti-co. — le respondió el profesor con su típico cinismo desbordante. — Debería darle puntos por ello.

— ¡Tienes razón! ¡Cincuenta, no, que sean cien puntos para Gryffindor!

— ¡¿Alguien podría explicarme?! ¡Yo no conozco ese conjuro! — reclamó Malfoy en extremo frustrado. — Siempre con los malditos puntos… — balbuceó para sus adentros.

Evité que se me escapara una carcajada. El rostro del muchacho en conjunto con el de su Jefe de Casa eran un poema, digno de ser mostrado en un pensadero proyectado para toda la Casa de Gryffindor.

Ductae Sanguis vincula a las personas que comparten sangre. Genera una especie de guía entre aquellos que tengan más compatibilidad. Con tu padre en Azkaban, no corríamos riesgos de traerlo a él. Y al invocarlo para crear el traslador, su poder se proyectó de forma que tu madre fue transportada a través del espacio hasta donde la sangre le guiaba, es decir, hasta ti. Por ello apenas ella tocó el sobre o la cinta atada a la pata de la lechuza, se activó el traslador, trayéndola hasta a Hogsmeade junto con el ave.

El asombro reflejado en los rostros de todos los presentes en el despacho, me produjo un nivel de satisfacción enorme, sobre todo por Malfoy y su mamá, personas que probablemente me considerarían inferior, incapaz e inútil. Pero, aparentemente, ya no más.

— Sr. Malfoy, ¿estoy en lo correcto al asumir que, gracias a la Señorita Granger, usted no se siente forzado a concluir con su tarea de asesinarme?— la pregunta tan directa nos tomó a todos tan por sorpresa, que el silencio rondó por un eterno minuto.

¿Asesinar al Director? ¿Esa era su misión? ¡Mierda!

Mi corazón palpitaba desbocado en mi garganta. Sí que esto era tremendo. Más serio y terrible de lo que me imaginaba.

— Se-señor...,— el rostro del rubio había perdido todo color. — ¿usted lo sabía? — preguntó incrédulo, mirando de soslayo a Snape, quien tenía sus labios bien apretados en una perfecta línea.

— Sí, estaba al tanto. Pero tenía planeado librarlo de esa carga.

— Albus.— dijo a modo de advertencia el Jefe de la Casa Slytherin.

— Tranquilo, Severus. Sólo quiero asegurarme de que los esfuerzos de la Srta. Granger no sean en vano. — volvió a mirar al muchacho, por encima de sus lentes de medialuna. — ¿Y bien?

— No tiene que preocuparse, señor.— tragó con dificultad. Se pasó las manos por el cabello en un gesto de abatimiento. — Nunca tuve la intención de unirme a las fuerzas de ese maniático. Lo único que me obligaba era la amenaza que hicieron con mi madre.

— Lo suponía. — le contestó Dumbledore.— Tendremos que prever cómo reaccionar si Voldemort hace alguna movida en contra de usted y su familia. Pero eso podremos discutirlo en otro momento.

Probablemente intentaría arremeter contra los Malfoy si entraba en conocimiento sobre su nueva condición de desertores. Lucius Malfoy sería un blanco fácil.

¿Me pregunto qué tanto le importará su padre?

— Muy bien. Visto y considerando que tenemos las explicaciones pertinentes dadas, y siendo casi las tres de la mañana, doy por concluida esta reunión inesperada.— anunció el director luego de un minuto. — Supongo que está de más recordarles que la presencia de la señora Malfoy en el castillo debe permanecer secreta.— su tono de voz tenía tintes de solemnidad y cansancio. Luego se giró para dirigirse directamente a la aludida.— La proveeré con unas habitaciones desocupadas que están justo al final del pasillo. Intentaré darle la mayor comodidad posible, Sra. Malfoy, y no me mal interprete, usted no es una prisionera, pero le ruego se mantenga oculta, por lo menos hasta que tengamos conocimiento de la reacción de Voldemort.

— Comprendo perfectamente, Sr. Dumbledore. — le contestó secamente. — Hijo,— le extendió su mano, él se la tomó ayudándola a ponerse de pie. — ven mañana a desayunar conmigo.

— Lo haré, madre.

— Trae a tu amiga. — le indicó, señalando en mi dirección con la cabeza.

— Ummm... — se lo veía incomodo, pero finalmente asintió.

— Descansa, hijo. — besó su mejilla y luego se volteó hacia el director. — Estoy lista para retirarme.

— Muy bien, le acompañaré hasta sus habitaciones. Y ustedes dos deberían irse a sus cuartos también.

Suspirando me puse de pie. Mi cabeza daba vueltas con tanta información nueva, además de que este había sido uno de los días más largos de mi vida en los últimos tiempos. Me despedí en voz baja de todos los presentes y salí por la puerta.

Cuando estaba terminando de subir el primer tramo de escaleras que salían de las mazmorras, escuché unos pasos veloces venir detrás de mí. Me volteé para encontrarme con el slytherin que había sido esta noche, por primera vez en la historia, mi compañero de aventuras en la escuela.

— ¿Qué ocurre? — le pregunté con mi ceño fruncido cuando llegó hasta mí.

— Nada… — contestó haciendo un gesto con la mano para que siguiéramos camino. — Mi madre sugirió que me asegurara de que llegaras bien a tu Sala Común.

— Debe haber sido una sugerencia del estilo que todas las mamás usan. — comenté riendo un poco. Él también se carcajeó.

— Sí…, dijo que ella no había dedicado tanto tiempo a mi educación para que yo le deshonrara cometiendo una falta de esta índole.

— Pff… ella no tiene ni idea de lo educado que has sido todos estos años en Hogwarts. — ironicé, dándole un codazo suave en las costillas.

— ¡Ouch!— se quejó. — Tampoco tiene idea de que tú no eres el tipo de chica que requiere un guardia que la proteja. — me empujó con su hombro.

Reímos un rato más mientras subíamos al primer piso. Me sentía cómoda y contenta jugando con Malfoy. La ausencia de resentimiento y malas intenciones entre nosotros era algo raro, pero que a lo largo de los últimos días se había estado gestando más y más.

Justo antes de dar la vuelta al próximo grupo de escaleras, vislumbramos a la Sra. Norris al pie de esta. La gata emitió un bufido amenazante y salió disparada escaleras arriba, seguramente en búsqueda de su dueño.

— ¡Maldición! — se quejó el rubio, quien me tomó de la muñeca y tiró de mí en el sentido contrario a la gata. — Vamos, Granger.

— Pero, Malfoy,— rezongué intentando zafarme, en vano, de su agarre.— Tranquilo, Filch nos reportará y no pasará nada. Seguro Dumbledore se inventará alguna excusa…

— Lo cual puede llevarnos toda la noche. — siguió jalándome tras él hasta llegar a una puerta. — Alohomora.— esta se abrió, me empujó dentro. Luego, se metió detrás de mí y volvió a trabar la cerradura con un hechizo.— La verdad es que tengo mucho sueño y lidiar con ese viejo gruñón será una tortura. — dijo en un susurro.

Estábamos a oscuras y, por lo que pude percibir a través del tacto, nuestro escondite era ni más ni menos que un armario de escobas. Sentí que daba un paso para posicionarse frente a mí. Nuestros pies se enredaron un poco, y entre no ver nada y el espacio reducido, terminamos los dos en el piso.

La caída armó un alboroto de cosas golpeando contra nosotros y el suelo. Los dos nos quejamos por el dolor mientras intentábamos acomodar nuestras torpes extremidades.

— ¡¿Quién anda ahí?!— oímos al conserje gritar.— ¡Mocosos sinvergüenza! ¡No pueden andar por los pasillos a esta hora!

Contuvimos la respiración. El hombre llegó hasta la altura de la puerta del armario. Intentó abrirla, pero el picaporte no cedió. Pareció desistir, porque, segundos después, oímos sus pasos alejarse. Permanecimos inmóviles un minuto más mientras recuperábamos la respiración. Malfoy se puso de pie y a tientas buscó mis manos para poder ayudarme. Pero no me soltó. De hecho solo se acercó más a mí.

— Creo que me debes algo, Granger. — susurró en mi oído. Acto que envió una corriente eléctrica a mi columna. — En el túnel dijiste que luego me recompensarías.

— Sí, y también te dije que te debía un castigo por dudar de mis capacidades. — refuté apoyando mis manos en su pecho.

— Es cierto. Compénsame hoy y castígame mañana. — ronroneó en mi cuello, rozándolo suavemente con la punta de su nariz. Mis piernas se aflojaron un poco.

Este chico será tu perdición, Hermione.

— ¿En un armario de escobas, Malfoy? Muy cliché de tu parte. — me burlé jugueteando con su corbata.

Lo sentí aspirar profundamente con su rostro enterrado en mi cabello, y largó una risita tan profunda y gutural que disparó otra corriente eléctrica por mi cuerpo, esta vez directo hasta mi vientre.

— Lo lamente, no tuve tiempo de preparar algo mejor. — sus manos rodearon mi cintura, pero aun así no avanzaba. Era como si esperara mi permiso o rechazo para actuar acorde a ello. — Te prometo que mañana le pediré a La Sala de los Menesteres lo que tú quieras para castigarme.

Y con eso último que dijo, lo consiguió; consiguió mi permiso y también mi respuesta. Mis manos saltaron a su cuello y lo atraje desde la nuca. Nuestros labios impactaron violenta pero pasionalmente, y sus manos siguieron el ejemplo, tomándome con sus dedos en garra, una en la cintura y la otra entre mis omoplatos.

Pronto nos agitamos, y abrimos nuestras bocas para respirar pero también para devorarnos. Su lengua acarició mi labio inferior, generando un gemido de mi parte. Luego comenzaron los mordiscos, y más lengua y más agarre.

No había nada de cariñoso en nuestro encuentro, sólo puro fuego que nos consumía de manera acelerada la capacidad de pensar.

Tiré de sus pelos para inclinar su cabeza hacia atrás, exponiendo así todo su cuello, el cual lamí y besé con muchas ganas. Gruñó de gusto y una de sus manos descendió hasta mi trasero, acariciándolo. Mi respuesta vibró en su cuello, y sus caderas se pegaron a las mías. Pude sentir su erección contra mi pelvis, lo cual trajo a mi memoria la imagen de un Malfoy todo excitado noches atrás.

Gemí por el recuerdo, gemí por el roce de nuestras pelvis, gemí cuando sus labios volvieron a acariciar los míos.

Su mano en mi trasero me atrajo más a él, mientras la otra ascendía por mis caderas hasta las costillas. Rozó con su pulgar el costado de mi seno, enviando más de esas deliciosas corrientes eléctricas por todo mi cuerpo.

¿Será posible que él recuerde que así es como me gusta empezar?

Seguimos besándonos pero de manera más acompasada. Mis dedos estaban enredados en sus cabellos, y nuestros alientos parecían que nunca se iban a calmar. Sus caricias por mis costados siguieron siendo sutiles, casi tortuosas. Hasta que por fin llegaron al centro de ellos. Pasó el pulgar por mi pezón, que se sentía tenso y duro. Respondí succionando su labio inferior entre mis dientes. Gruñimos de placer a la par.

Besó mi mandíbula hasta llegar al lóbulo de mi oreja, deteniéndose solo para lamerlo suavemente y susurrarme:

— Déjame tocarte. — su voz era tan profunda, que si no fuese porque estaba segura de que se trataba de Malfoy, no la habría reconocido.— Déjame enseñarte cuánto aprendí de ti la otra noche.

Entonces, ¿si me prestaste atención?¿Será que me puedes llevar a un orgasmo, Malfoy?

Mi cuerpo ardía de incertidumbre y deseo. No podía negarle este placer que sería mío. Ya lo pensé así una vez, ¿por qué habría de ser diferente esta vez?

Asentí.

Y me dejé sentir.

Su boca volvió a la mía, esta vez con una cadencia digna de ser llamada cariñosa. Poco a poco sus manos y dedos exploraban mi cuerpo, deshaciendo botones, corriendo tela, rozando piel. Parecía inverosímil, pero, para cuando sus dedos llegaron a acariciar la parte interna de mis pierna, ya no me cabía duda de que Malfoy recordaba a la perfección la forma en que yo misma me había tocado.

La ausencia de ansiedad y premura era lo que más me gustaba. Generar calor despacito, quemarme poco a poco, para después no requerir más que un chispazo para sentirme arder enteramente hasta llegar a la cúspide del placer.

Y así lo hizo conmigo. Fue cuidadoso debajo de mi falda, precavido de no tocar mi centro muy pronto, acompañando cada instancia con besos derretidores y caricias devotas en mis pechos. Sus dedos se movieron con delicadeza y dedicación alrededor de mi ropa interior inferior, corriendo la tela a un costado para acceder a mi parte más íntima. Tanteó terreno con cuidado, provocando suaves gemido salir de mis labios contra mi propia voluntad.

Pronto sentí como usaba mi propia humedad para perfeccionar su paso hasta mi clítoris, al cual le dio suaves toques que terminaron por destruir mi estabilidad. Su otra mano rodeó mi cintura, sujetándome con firmeza entre su cuerpo y la pared.

— Shh, te tengo, Granger.— murmuró contra mis labios antes de lamerlos sutilmente e imitando el movimiento con su dedo contra mi clítoris.

Sentía su erección presionar contra una de mis piernas, y me vi tentada a querer tocarlo. Llevé mis manos hasta el borde de su pantalón, metiendo mis dedos para acariciar la piel de su vientre. Lo oí emitir un pequeño quejido. Comencé a deshacer su cinturón con cuidado mientras él continuaba besándome de manera abrazante y rozando los labios húmedos de mi centro de forma parsimoniosa.

Cuando conseguí abrirme paso hasta su ropa interior, la propia tensión de su pene hizo que este se desplazará hacia arriba, encontrándose con mi mano. Malfoy largó un siseo y presionó con firmeza uno de sus dedos contra mi clítoris, moviéndolo de manera lateral. Eso me sacó un poco de mi eje, y me sostuve de su hombro con una mano, mientras la otra tomaba su miembro.

Ambos gemimos, y lo seguimos haciendo, puesto que con mi pulgar encontré la humedad que brotaba de la punta de su pene y lo esparcí deliciosamente, y él decidió que ya era momento de comenzar a abrirse paso a mi interior.

Los dos nos acariciamos con sutileza por unos eternos minutos, pero la impaciencia comenzaba a volverse demasiado presente. Por eso decidí agarrarlo con más firmeza, moviendo mi mano de manera vertical por su longitud. Él imitó mi conducta, penetrándome hasta el fondo con uno de sus dedos, al cual le sumó un segundo luego de oírme gemir desesperada.

— Maldición, Granger. Si sigues así no aguantaré mucho más. — me gruñó antes de morder mi cuello.

— No me importa...ahh.. no quiero que te aguantes... — le respondí entre gemidos.— A mi tamp...ahh, Malfoy… tampoco me falta… mucho.

Y era verdad, mi cabeza se sentía perdida, inútil. Ya no podía pensar con claridad. Era claramente ese estado previo al orgasmo donde comienzas a sentirte ebria de deseo.

Mis caderas acompañaban el ritmo de sus dedos plenamente lubricados, y las suyas, el de mi mano que ardía abrazando su longitud.

Él empezó a gruñir y suspirar con firmeza en mis labios. Parecía perder su concentración. Apretó su palma contra mi clítoris generando la perfecta fricción conjugada con el nuevo ángulo de penetración de sus dedos, que parecían llegar más al fondo.

Y, con ese pequeño cambio, logró llevarme al borde del placer más extremo. Mis músculos internos se apretaron tanto que se le dificultaba moverse dentro mío. Y mis manos también se apretaron con fuerza, en un acto reflejo de buscar de donde sostenerme. Sentía que me caía en un abismo. Sentía que la gravedad era la fuerza que me tiraba del centro de mi vientre. Tanta tensión, tanto calor.

Lo sentí sujetarme más fuerte de la cintura, y su rostro se enterró entre mi hombro y cuello, donde las vibraciones de sus gemidos resonaban por todo mi cuerpo.

Al parecer, él estaba tan al límite como yo, y darme cuenta de ello fue la gota que colmó el vaso.

Me agité entre sus brazos, contra su cuerpo, buscando la mayor fricción posible para extender esa oleada de energía que recorría todo mi ser de arriba a abajo. Mi espalda se arqueó mi boca abriéndose en un grito silencioso.

— Sí... Granger... sí...Yo te tengo… — me susurró entrecortado.

Lo sentí encorvarse sobre mí, como si quisiera rodear todo mi cuerpo, mientras gemidos agitados pulsaban en mi garganta, donde se apoyaba su boca, al ritmo de su propio orgasmo. No dejé de mover mi mano, para extender su propio placer, con la facilidad que me proveía la humedad de su semen.

Lo sentí vibrar, y vibrar en respuesta.

Mi mente daba vueltas y vueltas sobre el mar de sensaciones que acababa de experimentar. La mano que rodeaba mi cintura se sentía más relajada y poco a poco acariciaba mi piel por debajo de la tela de mi camisa.

Sin soltarnos, sin sacar nuestras manos de nuestras partes íntimas nos deslizamos hasta el suelo, donde reposamos el uno contra el otro, abatidos, sin aliento, sintiéndonos absolutamente en otro plano.

Así, por largos minutos, esperamos que la realidad volviese a nosotros, lentamente, de manera gentil. Por suerte, no vivenciamos ningún tipo de shock o emociones de terror, asco o rechazo. Por suerte. Habíamos comenzado esto de forma consciente, habiendo hecho las paces. Sin resentimientos infantiles por nuestra vieja enemistad. Sincerándonos en nuestra atracción de uno por el otro. Y ahora, por suerte, habíamos resuelto esa bendita e innegable tensión sexual.

— Esto fue increíble. — comenté lánguidamente.

— Concuerdo.

— No creo poder moverme, mi cuerpo está muerto.

— Concuerdo.

— Sí que sabes dar placer, Malfoy.

— Concuerdo.

Reí golpeándolo muy débilmente con mi mano en su hombro.

— Oh… mira, pudiste moverte.— se burló.

— Cállate, Malfoy. Todavía no recupero mi mente.

— Siempre tan mandona. — comenzó a estirarse, removiendo su mano toda húmeda de entre mis piernas. — Creo que si intento hacer un Scourgify en este instante, me cortaré la mano.

— Umm… de todos modos tendrás que hacerlo tú. — Me incorporé un poco, retirando mi mano de su pantalón, y levantándola para dejarla alejada de toda tela. — Puesto que la mano hábil para la varita se encuentra temporalmente clausurada debido a estar bañada en esencia de Malfoy.

— Si que es hábil con varitas… — siseó juguetonamente. Los dos reímos por su chiste picante.

Levantó su trasero levemente del suelo para rebuscar en su pantalón. Segundos después un suavecito Lumos nos iluminaba desde el techo. Evidentemente mi mano estaba hecha un desastre, y con un veloz hechizo se deshizo de toda la evidencia. Creí verle ese pequeño gesto que hacía con la comisura de su boca cuando algo le daba vergüenza, pero no podía comprobar si se había puesto colorado, porque la luz era demasiado tenue.

Alistarnos fue un proceso lento pero agradable. Nos ayudamos mutuamente, abrochando botones y enderezando telas. Nos reíamos de nuestros movimientos torpes y nos hacíamos burla pero con ausencia de malicia. Cualquiera que no nos conociese, diría que éramos amigos desde hacía años.

Antes de salir del armario, Malfoy me detuvo y pasó sus dedos por mi cabello, el cual seguramente era un desastre, y yo lo había olvidado por completo. Se dedicó a acomodar mechones de un lado para el otro, sujetando algunos detrás de mis orejas. Cuando se sintió medianamente satisfecho, deslizó sus manos por mis mejillas, atrayendo nuestros rostros entre sí. Depositó un casto beso en mis labios, y se separó para mirarme a los ojos con gran intensidad y una pequeña sonrisa en sus comisuras.

No supe qué significó ese gesto, pero tampoco me atreví a preguntar. Sólo sé que me cosquillearon las tripas, y mi corazón se agitó un poco. No tenía sentido darle vueltas al asunto, no ahora, no cuando mi ser se sentía por las nubes gracias a la marea de hormonas y placer que había vivido.

Ya habría tiempo mañana. Ya podríamos hablar. O no, ¿quién sabe?


N/A: Lo prometido, es deuda... Que opinan de ese lemon? Califica como lemon?

Realmente no tengo mucho para decirles, solo que estoy muy orgullosa de estar cumpliendo junto con Mary, 2 meses de aniversario de este fic, y llevar 10 capítulos con tantas lectoras acompañando. Su apoyo ha sido inigualable, amo sus comentarios, como ya saben ese es el alimento del escritor de fanfic.

En fin, les dejaré a continuación los fragmentos del capitulo en los que Mary me deja comentarios cuando edita, realmente me muero de amor y de risa… la verdad es que me deja muchos más, pero esos son más bien muy personales (si, me pongo egoísta, hahahaha Mary es mi amia mia mi preciosa! Ya está bien, perdí la cordura)

FELIZ AÑO NUEVO!
LES DESEO UN 2019 LLENO DE AMOR Y FELICIDAD!


¿Qué necesidad tiene todo el mundo de romantizar las cosas con Malfoy? Bueno, no todo el mundo, solo Harry y Dumbledore… pero aun así… ¡No es amor, es atracción!¿En qué cabeza cabe que una relación entre nosotros dos es posible?

N/E: Si supieras, Hermione, si supieras…

Pff… ella no tiene ni idea de lo educado que has sido todos estos años en Hogwarts. — ironicé, dándole un codazo suave en las costillas.

— ¡Ouch!— se quejó. — Tampoco tiene idea de que tú no eres el tipo de chica que requiere un guardia que la proteja. — me empujó con su hombro.

N/E: Explícame por qué me muero de amor por unos empujones, plz.

— Pero, Malfoy,— rezongué intentando zafarme, en vano, de su agarre.— Tranquilo, Filch nos reportará y no pasará nada. Seguro Dumbledore se inventará alguna excusa…

N/E: ¡Deja de alegar, maldita sea, y ándate con él!


N/A: Mary esta tan desesperada como todas por que suceda algo. Desde hace cinco capítulos que me viene pidiendo al menos un besito. Jijijiji


Sus críticas y opiniones son bienvenidas,

no nos abandonemos,

ya les amo!

Abrazos Cósmicos!