Capítulo 9: Desenterrando el baúl de los recuerdos

Durmió otra noche más en el dormitorio de Inuyasha, abrazada a su torso desnudo y con la cesta de Buyo aún apostada sobre la cómoda, junto a la cama de Inuyasha. Cuando se acostaron por la noche, no continuaron con lo que habían comenzado el día anterior. Ambos estaban agotados, y deducía por el comportamiento excesivamente caballeroso y protector de Inuyasha, que debía creer que ella era presa de alguna clase de trauma por lo sucedido con Naraku. En verdad se asustó, pero Inuyasha la salvó, ya no tenía nada que temer.

A la mañana siguiente, desayunaron juntos en el comedor, leyeron el periódico, y cada uno siguió su camino. Inuyasha fue a su despacho, como de costumbre, para ocuparse de sus asuntos financieros, y ella volvió a ponerse su uniforme para trabajar. Otro día más libre le parecía abusar. Así fue como se lo dijo a Inuyasha; él aceptó a regañadientes. A juzgar por su comportamiento, dedujo que no quería que ella trabajara nunca más. Sinceramente, limpiar no era su sueño. Esperaba poder vivir de otra cosa más adelante, cuando decidiera cuál quería que fuera su carrera profesional. Por el momento, sería criada. Se negaba a ser una mantenida.

Realizó sus labores diarias, y también ayudó a Kagura, dándole indicaciones de cómo tenía que preparar la comida. Para cuando pudo volver a la cocina, el olor que desprendía la olla era realmente bueno. Felicitó a Kagura, y se sentó con los demás para tomar su bien merecida comida. Sin embargo, Inuyasha había ordenado que Kagome comiera con él. Se dirigió hacia el comedor con un mohín. Si Inuyasha le daba un trato especial, los otros empleados le cogerían manía.

A mitad de camino por el pasillo, escuchó algo caer en el suelo, muy cerca de ella. Al volverse, vio un álbum de fotografías en el suelo.

― ¿Hola? ― preguntó extrañada.

Estaba en el pasillo, sola, y no había ningún mueble del que pudiera haberse caído. Se arrodilló en el suelo, y cogió el álbum, preguntándose dónde estaría guardado, y cómo había llegado hasta allí. Ahora bien, la curiosidad por ver las fotografías que albergaba le pudo, y echó un vistazo. Lamentó haberlo hecho. La primera fotografía era una fotografía de una boda, de la boda de Inuyasha. Por primera vez, vio a Kikio Tama. Era preciosa, muy delicada y tan elegante. Se mordió el labio inferior solo de pensar en que Naraku tenía razón: ella no era nada en comparación con Kikio.

Inuyasha estaba guapísimo con su esmoquin y su cabello engominado. Se le veía más joven, no tenía ni una sola cana, y le faltaba ese atractivo que había ganado con la edad. Le gustaba más el Inuyasha de cuarenta años, cosa que no quitaba que el de treinta estuviera como un tren. Pasó página interesada. Se percató entonces de que fue una boda muy íntima. Solo ellos dos y los empleados de la casa con diez años menos. ¿Kikio no tenía familia?

― ¡Qué cosa más rara!

Pasó otra página. Vio a Kikio tumbada sobre el diván que se encontraba en el saloncito del té. Al ver la fecha, se quedó atónita. Volvió a la fecha de la boda, y se percató de que estaba en lo cierto. Desde el día de su boda hasta esa fotografía de Kikio habían transcurrido tres años enteros. ¿Qué habían hecho durante esos tres años? ¿Y la luna de miel? Pasó otra página sin entender nada. Vio entonces una fotografía de ella posando con un bonito vestido blanco. Reconoció el vestido al instante. Era el vestido que llevaba…

Dejó caer el álbum de fotografías al suelo, como si le acabara de quemar las manos. Había visto ese vestido antes. Había visto a una mujer en el bosque con ese vestido puesto. Había visto un cadáver con ese vestido. Había visto una figura traslúcida… ¿Cómo no se dio cuenta? Ese elegante y caro vestido, ese cabello largo negro, esos ojos marrones casi negros, su tez blanquecina, su expresión aparentemente inocente… La mujer espectral que intentaba echarla de allí y la difunta esposa de Inuyasha eran la misma persona.

Alguien la tocó por la espalda. Asustada por lo que acababa de descubrir, gritó, saltó del sitio e incluso intentó huir. Sin embargo, la persona que la tocó, la sujetó firmemente, y le tapó la boca para evitar que continuara gritando. Kagome se asustó aún más e intentó patalear y morder para librarse el agarre. Tardó unos minutos en percatarse de que era Inuyasha quien la sostenía.

― ¡Cálmate, Kagome!

Al fin pudo respirar. Se volvió hacia él con la mirada confusa y su moño alto revuelto, dejando escapar algunos mechones rizados. ¡Qué susto se había llevado!

― Inuyasha…

― ¿Qué te sucede? ¿Pensabas que yo…?

Inuyasha parecía preocupado. Seguro que estaba pensando que ella lo había confundido con Naraku o algo así.

― ¡No! ― se apresuró a contestar antes de que terminara la pregunta ― Es que yo… bueno… verás…

¿Qué iba a decirle? Estaba cotilleando un álbum de fotografías privado que no debería haber llegado hasta sus manos. Se estaba preguntando por qué el maldito álbum solo tenía cuatro fotografías en cinco años de matrimonio. Estaba viendo a la misma mujer que casi la había matado de un ataque al corazón en el bosque. No podía decirle nada de eso.

― ¿Qué hace eso ahí?

Bien, acababa de ser descubierta. Lo vio inclinarse para recoger el álbum de fotografías. Intentó aparentar que estaba relajada cuando en realidad tenía los nervios a flor de piel.

― Esto estaba en la buhardilla. ― se levantó con él entre sus manos ― ¿Lo has cogido tú?

― No, te juro que no he sido yo. ― le juró ― Estaba en el suelo cuando yo…

Se calló cuando él le hizo una señal, y se encogió de hombros. No había cogido ese maldito álbum, pero tampoco podía decirle que había llegado misteriosamente hasta ella, que había caído en el suelo como si se hubiera tele transportado desde ahí arriba justo al lugar donde se encontraba ella. Seguro que pensaría que era una mujer celosa que estaba observando con rabia su álbum de bodas mientras le sacaba un fallo tras otro a Kikio, a una Kikio de apariencia perfecta.

― ¿Cómo habrá llegado hasta aquí? ― se preguntó entonces ― Puede que él…

Le echó un rápido vistazo preocupado. Entonces, se interrumpió como si creyera que acababa de decir algo que pudiera asustarla. Inuyasha era encantador, aunque tenía que darse cuenta de que ella no estaba traumatizada. Lo vio cerrar el álbum, y metérselo bajo el brazo con la clara intención de devolverlo a su lugar. Si ella fuera un poco menos curiosa y menos impulsiva, no habría preguntado.

― ¿Ese álbum…? ― cuando él la miró colérico, se calló abruptamente ― No, nada.

Inuyasha suspiró, demostrando que sabía muy bien de qué estaba pensando.

― Te preguntas si estas son todas las fotografías que tengo de mi matrimonio, ¿no? ― asintió con la cabeza avergonzada ― Sí, solo tengo cuatro fotografías de cinco años de matrimonio. Dos de mi boda y para sacar las otras dos casi tuve que suplicarle a Kikio que me lo permitiera.

Se contuvo de seguir preguntando. Estaba muy claro, a juzgar por el tono de voz de Inuyasha y su mirada perdida, que era un tema poco agradable para él. Así pues, decidió no meterse más, contener su lengua. Aunque Inuyasha debía tener otra opinión porque él no dejó de hablar.

― Kikio no tenía familia, y, según ella, su único amigo era Naraku. Solo Dios sabe por qué… ― gruñó.

Ella lo sabía e hizo amago de hablar, pero una vez más se reprimió. Lamentablemente, sucedió demasiado tarde como para que Inuyasha no se percatara de que ella conocía algún dato que él desconocía.

― ¿Qué ibas a decir? ― le preguntó ― ¿Qué sabes?

Sacudió la cabeza en una negativa. Inuyasha dejó caer el álbum al suelo, le puso las manos sobre los hombros, y le lanzó una mirada de súplica.

― Dímelo, por favor.

No tenía certezas. Podía decirle lo que había visto y lo que ella creía que era el resultado. Nada más.

― Ayer, cuando subí a la buhardilla, vi a Naraku abrazando un vestido y llorando. Supuse que como allí estaban las cosas de Kikio, abrazaba un vestido de ella. Parecía totalmente desgarrado, desolado, deprimido… Al principio, me inspiró pena, luego me pareció un auténtico psicópata.

Inuyasha se quedó callado sin decir una sola palabra tras su confesión. El día anterior, salieron de la buhardilla sin mirar atrás, ni comprobar absolutamente nada, y sabía que Inuyasha no había vuelto a subir allí desde entonces. No tenía ni idea de lo que Naraku había estado haciendo, de cómo lo encontró ella. A juzgar por su semblante, sus palabras lo afectaron en lo más profundo de su ser.

― ¿Inuyasha?

― Tú… ¿Por qué crees que hacía eso? ― preguntó.

Inuyasha temblaba, pero no de miedo, ni de frío. Ella sabía que estaba nervioso, totalmente descontrolado. Decirle lo que ella pensaba que había sucedido, no era una buena opción.

― No lo sé…

― Mientes.

Ahora se había enfadado con ella. ¡Cómo odiaba a Kikio! Su fantasma, nunca mejor dicho, no hacía más que meterse entre ellos y estropearlo absolutamente todo. No era justo que ella hubiera tenido que sufrir un ataque de Naraku por su culpa. No era justo que ese espectro la persiguiera como si ella fuera una criminal. Y, sobre todo, no era justo que Inuyasha se estuviera enfadando con ella cada dos por tres por culpa del recuerdo de su esposa. Si tanto la quería, no sabía qué narices estaba haciendo con ella. Fue una estúpida al pensar que se centraría solamente en ella. Kikio siempre estaría allí, interponiéndose.

― Creo que será mejor que comas solo.

Kagome lo dejó en medio del pasillo con la palabra en la boca. Se había enfadado con él, y tenía razones para hacerlo. No quiso sonar enfadado, ni parecer tan obsesionado con el asunto, pero necesitaba saber qué había sucedido. Llevaba todos esos años intentando entender qué salió mal en su matrimonio con Kikio, por qué ella desapareció. Quería poder subsanar sus errores para poder escapar de una maldita vez de ese matrimonio y ser el hombre que Kagome merecía. No obstante, sentía que no estaba haciendo nada bien.

Comió solo. Tuvo el fuerte impulso de seguir a Kagome por el pasillo con el fin de suplicarle que lo perdonara. Él no era un hombre impulsivo por naturaleza. Por eso, lo pensó primero en frío, y decidió que Kagome necesitaba un tiempo a solas. Ella estaba enfadada, y tenía lágrimas en los ojos. Decidió no molestarla, darle tiempo para que pudiera calmarse ella sola mientras pensaba en cómo solucionarlo todo. Bien, tenía que conseguir el perdón de Kagome, su ayuda y resolver todo el entuerto para poder seguir con su vida. Era tan sencillo de decir y tan sumamente difícil de realizar.

Desvió la mirada hacia el álbum de fotografías, preguntándose una vez más cómo había llegado hasta allí. Sabía a la perfección que Kagome no lo cogió, y no se le ocurría nadie más que pudiera haberlo hecho. Naraku era el único empleado que subía al segundo piso sin su permiso. ¡Pero Naraku ya no estaba allí!

Después de comer, estuvo dando vueltas por su despacho como un animal enjaulado, buscando la forma de resolverlo todo. No podía apartar la mirada de ese álbum de fotografías que lo perseguía. De repente, centrado como estaba en el extraño suceso del álbum, dio con la solución. Tenía que subir a la buhardilla y buscar entre las cosas de Kikio para encontrar alguna pista. Sin embargo, tenía ya bien comprobado que él estaba ciego en cuanto a lo que Kikio respecta. Necesitaba ayuda. Necesitaba la ayuda de Kagome, y ella no quería saber nada de Kikio. Tendría que convencerla para que ambos pudieran olvidarse del pasado.

La buscó en las cocinas sin éxito. Se encontraba en su hora libre según el calendario colgado en el tablón de los empleados. Le indicaron que había regresado a su dormitorio. Al parecer, tampoco había comido nada. Se llevó con él un vaso de zumo de naranja que el mismo exprimió y un plato de estofado. Llamó a la puerta, y esperó.

― Adelante.

Estaba abierto. En ese instante, se guardó para sí mismo lo que pensaba sobre que Kagome estuviera en una habitación sola con la puerta abierta para evitar más discusiones con ella. Con el tiempo, podría ir entrándole sobre ese asunto. No quería que otro episodio como el transcurrido con Naraku se repitiera.

Buyo fue el primero en recibirlo. El gato ya se movía a sus anchas por el dormitorio. Ronroneó mientras se restregaba contra el pantalón por la zona de los tobillos. Tuvo que empujarlo con la punta del pie, con cuidado de no hacerle daño, para cerrar la puerta y que no se le ocurriera la idea de salir de la habitación. Al levantar la vista, vio a Kagome sentada en un sillón junto a la ventana del salón. Tenía sobre su regazo el vestido que le compró; lo estaba cosiendo. También vio que había usado una tijera para quitar la tela que le sobraba.

― ¿Kagome?

Ella apenas alzó la mirada de su labor para echarle un rápido vistazo.

― Te he traído algo de comer. Me han dicho en la cocina que no has comido nada.

― No tengo hambre…

Respiró hondo, y se dirigió hacia donde ella se encontraba. Cuando le tapó la luz, a Kagome no le quedó más remedio que alzar de nuevo la vista para mirarlo.

― Lo siento, Kagome. ― se disculpó ― No quería tratarte así…

― Lo único que realmente me ha molestado es que, como de costumbre, pongas a Kikio entre nosotros…

Sí, tenía razón. Puso a Kikio entre ellos dos, y le dio a la difunta más importancia que a lo que ellos compartían.

― Tienes razón, perdóname.

― No es tan sencillo… ― musitó ― Lo repetirás.

― Por eso venía a pedirte ayuda. Quiero que subas a la buhardilla y me ayudes a registrar las cosas de Kikio.

― ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?

Se levantó tan bruscamente del sillón que a punto estuvo de tirar la bandeja que él tenía entre sus manso. Bien, estaba enfadada.

― Sí, pero creo que yo no podré dejar el pasado atrás hasta saber qué sucedió. También creo que tú no podrás quedarte tranquila hasta saberlo todo.

Kagome se cruzó de brazos al escucharlo, y supo que estaba meditando sobre lo que acababa de decirle. Todavía tenía la esperanza de poder convencerla para que lo ayudara. Se apartó de él, y empezó a dar vueltas por el salón, tal y como él mismo hizo minutos antes en su despacho. Finalmente, suspiró derrotada, y se volvió hacia él. Iba a ayudarlo.

― ¿Me prometes que si te ayudo, ella no volverá a estar entre nosotros?

― Te lo prometo, Kagome. Solo necesito saber para poder enterrarlo.

Ella accedió finalmente. Dejó su labor, y se dirigió hacia la puerta para empezar. No obstante, él la interceptó, y le obligó a comer antes de subir a la buhardilla. Cuando Kagome al fin terminó, agarró su mano, y tiró de ella hacia las escaleras. Kagome se mostraba reticente a subir aunque había estado de acuerdo con el plan previamente. Tuvo que empujarla por las escaleras. Era encantador saber que una mujer como ella se ponía celosa de imaginarlo con otra, pero la prefería sin interferencias. Cuando llegaron a la trampilla de la buhardilla, se planteó que tal vez le trajera malos recuerdos ese lugar. Al fin y al cabo, el mal nacido de Naraku intentó violarla allí arriba.

― Creo que esto no ha sido tan buena idea… ― admitió.

― ¿No irás a echarte atrás después de haberme empujado hasta aquí? ― le recriminó ― No tengo ningún trauma, ¿sabes?

― Pero…

― Estoy bien Inuyasha, ¿vale? Ayer me llevé un susto tremendo, lo pasé realmente mal, y, por un momento, temí lo peor, es la verdad, pero no sucedió nada. Me salvaste y ese tío no volverá a acercarse a mí. Ya no tengo nada que temer.

Bien, tendría que aceptar que Kagome no era una de esas frágiles mujeres que se pasaban años llorando por una mala experiencia. Debía admitir que esa férrea voluntad suya le encantaba. Abrió la trampilla, y bajó la escalera. La subió a ella en la escalera, y la ayudó como todo un caballero hasta llegar arriba. Una vez allí, no supo por dónde empezar. Kagome tuvo que guiarlo. Lo primero que hizo fue mostrarle el vestido que Naraku abrazaba. Ese vestido pertenecía a Kikio antes de que se conocieran. Le explicó dónde encontró exactamente a Naraku, en qué posición y haciendo qué.

Después, empezaron a abrir cajas. Las cajas de ropa las desecharon en seguida porque no había nada en ellas que les diera ni la menor pista sobre el pasado. Pasaron entonces a los objetos personales de Kikio. La mayoría de todas esas cosas solo pudo verlas cuando empaquetó. Kikio apenas le dejaba entrar en su dormitorio, temerosa de que él se le echara encima. Siempre le tuvo miedo.

― Kikio era estéril… ― comentó entonces ― O eso me dijo ella…

Kagome no hizo ningún comentario, pero lo miró interesada.

― Verás, yo quería tener hijos, y ella no me dejaba tocarla. Le propuse mi idea, y, entonces, me dijo que era estéril, que estaba muy traumatizada por eso, y que esa era la razón por la que evitaba mi contacto.

En ese momento, pudo comprender por qué Inuyasha estaba tan empeñado en que ella tuviera que estar traumatizada de por vida por una mala experiencia. Kikio era extra sensible al parecer. ¿Cómo Inuyasha no iba a meterla siempre en su relación? Esa mujer lo había dejado muy marcado.

― La llevé a un psicólogo. Tras dos años de tratamiento, me dijo que era una mentirosa compulsiva, que lo mejor que podía hacer era divorciarme de ella.

Nunca le había contado eso a nadie. Intentó ocultarlo, pero ese recuerdo volvía a florecer en él con fuerza…

Señor Taisho, no va a gustarle la evaluación que he hecho de su esposa. Debe ser paciente al escuchar y…

Hable, doctor. contestó cortante.

Verá, no sé si su mujer es estéril o no, se niega a hacerse la prueba. Pero creo que eso ya debería indicarle algo.

No le sigo.

No entendía por qué ese doctor daba tantas vueltas. Solo necesitaba que le dijera de una maldita vez qué podía hacer para ayudar a su esposa. Tres años de matrimonio y no se habían acostado ni una sola vez. Y no es que la llevara allí solo por eso. Solo quería que Kikio estuviera bien, que superara sus traumas.

Si tuviera que dar mi opinión sobre su esposa, y, es el caso, le diría que es una mentirosa compulsiva.

¿Qué cree que está diciendo?

Sus palabras lo enfurecieron. Se puso en pie bruscamente, haciendo que el escritorio del doctor se tambaleara por su violencia.

¡Mi mujer es una santa!

Eso es lo que le ha hecho creer. Su mujer es una caza fortunas, señor Taisho.

¡Lo denunciaré! le amenazó Nunca en mi vida me habían tratado tan deplorablemente. ¡Lo denunciaré por calumnias!

¡Señor Taisho, espere…!

Se quedó petrificada por la impresión de lo que acababa de escuchar. Inuyasha parecía muy afectado de haber recordado aquel momento de su vida. Reaccionó como un hombre enamorado que no podía entender que se dijeran cosas tan horribles de su esposa. Ella podía entender su reacción. Probablemente, habría hecho lo mismo por él.

― No hice caso del doctor, pero nunca dejé de pensar en ello. Mi último año de matrimonio estuvo marcado por ese momento. Yo no dejaba de recordar lo que él me dijo mientras que Kikio estaba cada vez más melosa. Durante los primeros cuatro años estuvo muy distante, y, de repente, no se despegaba de mí. Yo sospechaba que supiera lo que el doctor me dijo…

― ¿Crees que actuaba? ― se atrevió a preguntarle.

― No lo sé. Quiero descubrir qué había entre Kikio y Naraku, y quiero saber si fui presa de un engaño. Solo podré estar en paz cuando sepa todo eso.

Pudo comprender entonces más que nunca que necesitara saber la verdad a toda costa. Ahora bien, cuando llegó, él se comportaba como si su difunta esposa fuera el ser más perfecto del universo. De repente, le contaba que había vivido torturado por todas esas preguntas. ¿Por qué ese cambio en su comportamiento?

― ¿Inuyasha? ― lo llamó ― ¿Tú amas a tu difunta esposa?

Temía la respuesta a esa pregunta, pero temía aún más vivir con la incertidumbre. Él se sentó sobre una silla, y suspiró como si acabara de hacerle la pregunta del millón de dólares. En verdad lo era. Con esa pregunta se estaban jugando mucho los dos. Se peinó el pelo hacia atrás, y pudo ver, a juzgar por su expresión, que estaba muy estresado por todo lo que estaba sucediendo en su hogar. Tal vez, ese no fuera un buen momento para plantearle una pregunta tan seria como aquella.

― Ya no la amo… ― mustió ― Pero una vez la amé más que a nada en el mundo, y me hizo pedazos.

Ya no la amaba. Aun así, le dolía saber que él la había amado. Le ponía celosa el solo pensar que le hubiera entregado su corazón a esa mala mujer que jugó con él.

― Yo antes… creía que todavía la amabas… — admitió — Cuando llegué, no hacías más que compararme con ella y…

Inuyasha estiró el brazo, y le ofreció una mano para que se acercara. Dejó de lado la caja que estaba registrando, y, sin dudarlo, se acercó a él. Cogió su mano, y dejó que tirara de ella para sentarla sobre su regazo y estrecharla entre sus brazos. Respiró maravillada por la sensación, dejándose mimar.

― Era una armadura. La única defensa que he tenido ante todas las mujeres que Kaede ha metido en casa, ha sido Kikio y la esperanza de que ese doctor estuviera equivocado. Ninguna de ellas pudo derribar esa armadura, solo tú…

Solo ella. Se sentía muy especial escuchando esas palabras.

― Me abriste los ojos. ― le aseguró― Ojalá te hubiera conocido antes que a Kikio.

― Creo que eso se consideraría corrupción de menores… ― quiso gastarle una broma.

― ¡No, por Dios! ― él no se lo tomó como una broma ― El fantasma de la edad me persigue contigo…

Por lo visto, ambos tenían sus problemas. A ella le preocupaba que una mujer muerta se interpusiera entre ellos dos, y a él le preocupaba su marcada diferencia de edad. Bueno, a ella no. Se giró para poder mirarlo a los ojos, y le sonrió para mostrarle lo poco que a ella le importaba su edad.

― Lo único que me importa es esto… ― colocó la mano en su pecho, sobre su corazón ― Me da igual que tengas canas o que te salgan arrugas algún día…

Inuyasha puso una mano sobre la suya, calentándole la piel.

― Quiero que sepas que yo no estoy interesado en ti solo por tu físico. No soy un cuarentón buscando muchachitas de veinte años. ― se sonrojó mientras hablaba ― Tú me gustas mucho más que cualquier otra…

No era una confesión de amor eterno bajo la luna, pero era un buen comienzo, un comienzo que prometía mucho entre ellos dos. Se sonrieron por haberse sincerado el uno con el otro y haber encontrado la forma de superar sus temores, y se dieron un tierno beso, ignorando por completo que estuvieran sentados entre las cosas de la difunta. Estaba más que decidido. Le daba exactamente igual que una parte de Kikio aún permaneciera en ese mundo. No iba a asustarla, no conseguiría echarla de allí. ¡No la amedrantaría! Se iba a quedar justamente donde estaba para demostrarle que con ella estaba muy equivocada.

Cuando sus labios al fin se separaron, se levantó del regazo de Inuyasha con la intención de continuar. Revisó algunas joyas, cintas para el pelo, broches y peines de diseño, pero nada que pudiera darles alguna pista. Entonces, abrió otra pesada caja, y se encontró con un montón de cuadernos forrados con terciopelo. En el lomo de cada libro estaba escrito un año diferente hasta el año 2005.

― ¿Qué es esto? ― se preguntó en voz alta.

Inuyasha se acercó interesado hasta que vio lo que era.

― Son los diarios de Kikio…

¿Kikio escribía diarios? Había montones de ellos, desde el año 1985. Kikio debía de haber empezado a relatar su día a día desde que aprendió a escribir.

― Aquí dentro podría…

― No podemos leerlos. ― dictaminó y le arrebató el diario que sostenía ― Esto es muy privado, Kagome. No estoy dispuesto a invadir algo tan íntimo de una persona aunque esté muerta.

Lo respetó por ello, aunque no pudo apartar su mirada curiosa de la caja que él precintaba. Se estaba cerrando una puerta al precintar esa caja. En esos diarios, Kikio podría haber escrito un millón de tonterías. Entre ellas, lo que él necesitaba saber. Ella sí que los leería sin dudarlo un solo instante. Algo tan privado podía revelar la auténtica naturaleza de Kikio, podía abrirle los ojos.

― Creo que no encontraremos nada aquí. Mejor vamos a dejarlo. Encontraremos alguna otra forma de indagar en el pasado.

Kagome no dijo nada en respuesta, y se dejó arrastrar hacia las escaleras, sin apartar la mirada de la caja en la que Inuyasha había vuelto a guardar aquellos suculentos y tentadores diarios. Memorizó mentalmente dónde habían sido colocados por si algún día necesitaba desesperadamente buscarlos. Estaba segura de que Kikio ocultaba su verdadero yo ahí adentro. Tarde o temprano, Inuyasha también podría entenderlo si encontraba la forma de convencerlo de que no estaba invadiendo su intimidad. Bueno, sí, lo estaba haciendo, pero Kikio también invadió la de él. ¿Qué había peor que envenenar la mente de Inuyasha tal y como lo hizo?

Una vez que Inuyasha volvió a recoger las escaleras y cerrar la trampilla, agarró su mano, y tiró de ella en dirección contraria. ¿No se suponía que iban a volver abajo? Lo siguió en silencio hasta que llegaron a la última habitación, el dormitorio de su madre. ¿Por qué Inuyasha la llevaba allí? ¿Acaso Kikio también había invadido el dormitorio de su madre?

― La verdadera razón por la que prohíbo la subida al segundo piso es mi madre, no Kikio. No quiero que nadie mueva, ni estropee nada de su habitación. Me gusta conservarla tal y como ella la dejó.

Le pareció tan tierno. Sabía que Inuyasha adoraba a su difunta madre, pero no imaginó que su amor hacia ella fuera tan grande. Abrió la puerta, y se hizo a un lado para que ella entrara la primera. Ya estuvo ahí cuando registraron la casa. Al escucharlo hablar con tanto cariño de esa estancia, se lamentó de haber registrado también esa habitación. Ojalá no hubiera movido nada de sitio sin querer.

Inuyasha se acercó a las ventanas y abrió las cortinas para dejar pasar el sol en todo su esplendor. Una por una, fue levantando cada sábana hasta dejar todo el dormitorio al descubierto. No lo había visto así cuando lo registró. Ella solo movía un poco las sábanas para encontrar al gato. No vio lo bonitos y esplendorosos que eran esos muebles hechos a mano. No pudo contemplar los preciosos cuadros de paisajes y aves, todos firmados por Izayoi Taisho. No pudo maravillarse con la colcha hecha a mano que cubría la cama. Una fotografía en una mesilla de noche llamó su atención.

¡La madre de Inuyasha era bellísima! Ni ella, ni Kikio eran nada en comparación con esa fabulosa mujer. Nunca había visto unos ojos azules tan transparentes y tan inocentes. Su larga melena negra le llegaba hasta las caderas, cuidadosamente peinada. Su piel parecía de porcelana, más blanca incluso que el precioso vestido de novia. Inuyasha era clavado a su padre.

― ¡Dios mío! Tu padre y tú…

― ¡No nos parecemos! ― gritó a su espalda.

Su voz sonó enfadada. Dejó la fotografía sobre la mesilla, y se volvió hacia él sin entender qué era lo que lo puso tan furioso.

― ¿Inuyasha?

― Lo siento… ― masculló una disculpa ― Puede que tengamos el mismo físico, pero no nos parecemos en nada. Puedes creerme. Mi padre engañaba a mi madre, continuamente. Utilizaba una cabaña que hay en el bosque para llevar a sus conquistas…

Al escuchar mencionar esa cabaña, sintió ganas de vomitar. Al parecer, a ambos le traían malos recuerdos ese lugar oculto en lo más profundo del bosque. A Kikio no pudo matarla el padre de Inuyasha porque murió mucho antes de que ellos se casaran. Pero, al parecer, alguien más sabía de la existencia de ese lugar. Sentía deseos de decirle a Inuyasha lo que había visto, mas no estaba segura de que fuera el mejor momento, de que estuviera preparado para ver aquello. Además, por más que odiara admitirlo, ella estaba asustada todavía.

Lo vio deslizar la puerta de un armario empotrado con puertas correderas decoradas con preciosas formas hechas con espejos y bonitas vidrieras. Ya había visto la hermosa ropa de la madre de Inuyasha cuando buscaba a Buyo. Inuyasha buscaba algo ahí adentro. Fue moviendo una percha tras otra hasta que dio con unas cuantas que estaban cubiertas por fundas. Eran vestidos de noche. Sonrió satisfecho al encontrar lo que buscaba.

― Mi madre y tú erais más o menos de la misma talla.

Inuyasha abrió la funda que cubría el vestido que había cogido, y le mostró un elegante vestido de noche negro. Era de seda; debía de ser carísimo. La dejó sin respiración.

― Vamos a cenar juntos esta noche.

No le hizo falta preguntárselo, sabía muy bien que ella aceptaría.

― ¿A dónde?

Si decía al restaurante francés, le haría tragarse el vestido con percha incluida.

― Mmm… ― lo meditó unos instantes ― ¿Te gustan los italianos?

Sonrió al escucharlo.

― Me encantan.

― Entonces, no hay más que decir. Ponte este vestido y vámonos.

Asintió con la cabeza emocionada, y tomó entre sus manos el precioso vestido de noche de la difunta madre de Inuyasha. Al cogerlo entre sus manos, la inundó una fuerte oleada de paz y tranquilidad. Sintió cómo se le calentaba el corazón en el pecho. Fue… Fue como si la mismísima madre de Inuyasha se lo estuviera ofreciendo.


12 de octubre del año 2002

El psicólogo sabe que miento. Todavía no ha hablado con Inuyasha, pero sabe que le estoy mintiendo. He usado mis mejores tácticas y nada. No ha habido forma de engañarlo. No me lo ha dicho directamente, claro. He tenido que leer uno de sus informes aprovechando que él atendía fuera una llamada muy importante.

Por otra parte, Naraku va de mal en peor. Pensé que mi matrimonio con Inuyasha nos salvaría a los dos, pero él parece estar enfadado las veinticuatro horas del día. Intento ser la perfecta novia que siempre fui para él. Ya nada funciona. Se está volviendo muy agresivo, y no sé cuántos moratones más podré perdonarle. Además, aunque puedo ocultarle a Inuyasha los moratones de mi cuerpo, si un día osa golpear mi rostro, lo sabrá todo.

Intento vivir con normalidad mientras llevo adelante la mentira, pero cada vez me siento más incapaz. Naraku no sabe agradecer mi sacrificio, Inuyasha vive engañado, y yo no hago más que arrepentirme de todo esto. ¿Por qué me metí en esta historia? Debí dejar en paz a Inuyasha Taisho.

Continuará…