Capítulo 10: Secuestro

Acababan de volver de su primer viaje al hospital. Kagome tuvo unas contracciones horribles y una gran pérdida de sangre a los cinco meses de embarazo y salieron corriendo. Una vez en el hospital la atendieron y recomendaron reposo absoluto durante el resto del embarazo o corría el riesgo de perder al bebé. Para ellos fue una terrible crisis ese suceso y volvían en silencio dentro del coche. Kagome no se había terminado de recuperar, parecía cansada y débil en el asiento de copiloto, blanca como una hoja. Él también estaba muy cansado después de pasar toda la noche sin dormir, esperando a que su mujer saliera de riesgo. Fue una bendición que le dieran el alta esa misma mañana y de camino se pararon a comprar en una farmacia todos los complementos vitamínicos que les recomendaron.

No necesitaba ser un genio para saber que Kagome se culpaba, pero no tenía por qué hacerlo. Esas cosas pasaban y no tenía por qué haber una causa concreta. Kagome cumplió desde el primer día todas las indicaciones del doctor y llevó un embarazo sano y adecuado. Aquel suceso fue inevitable, le podría haber pasado a cualquiera. Ahora bien, su mujer estuvo a punto de perder el bebé y seguía asustada. Intentó consolarla lo mejor que pudo, pero ella estaba muy cerrada.

Una vez que llegó a la mansión se sorprendió al ver a todos los empleados, a su familia, al hermano de Kagome y a Kikio con su pareja esperando a que regresaran. Todos estaban muy preocupados por Kagome y salieron a recibirlos en cuanto aparcaron. Le dieron abrazos, caricias, besos, preguntaron por su estado y se esmeraron al máximo en consolarla. A su mujer nunca le faltaría compañía y apoyo, todo el mundo parecía adorarla fuera a donde fuera. Entre todos la ayudaron a entrar y la colmaron de preguntas y recomendaciones. Además, todos se comprometieron a ayudar y empezaron a organizar un horario de visitas para no tener que dejarla sola nunca. Se vio a sí mismo compitiendo para poder ver a su esposa todos los días.

Sin embargo, Kagome estaba cansada, le pedía con la mirada que la sacara de allí. Él fue un marido obediente y se disculpó con los demás para llevarla a la cama. Al principio, hubo muchas quejas puesto que todos querían estar con ella, pero finalmente, cambiaron de opinión al ver su estado de debilidad y le dieron un beso para despedirla. Mientras subía las escaleras con su esposa entre los brazos, escuchó cómo volvían a organizar el calendario de visitas. Se negaba a respetar ese maldito calendario, él no tenía por qué hacer algo semejante para disfrutar de la compañía de su esposa.

Una criada corrió hacia él para ayudarlo cuando vio que tenía dificultades para abrir la puerta con Kagome entre sus brazos y él le sonrió cuando consiguió entrar. La criada cerró a su espalda y él se dirigió con su esposa hacia la cama. La sentó sobre el mullido colchón y buscó en un cajón ropa de dormir. Escogió un camisón blanco de tirantes que le llegaba hasta las rodillas y la ayudó a desvestirse y a volvérselo a poner. Él mismo la acostó en la cama, la arropó y comprobó que estuviera cómoda. Se tumbó junto a ella sobre el colchón y la vigiló hasta que se quedó profundamente dormida. Sólo entonces se atrevió a levantarse y dar vueltas por la habitación. Kagome le dio un susto de muerte el día anterior y la noche fue infernal. Nunca había tenido tanto miedo y se había dado cuenta de que quería decírselo. Quería que ella supiera que estaba perdonada, que la amaba. Él lo dio por supuesto ya que después de aquella fiesta, de escucharla cantar, su actitud cambió, su trato, todo. Pero cuando estaba en la sala de espera, dando vueltas de un lado a otro con los puños cerrados, se percató de que no estaba tan claro. Tenía que decírselo.

- Cuando despierte.- se prometió.

Se detuvo frente a la pared en la que estaban colgados sus títulos y los repasó. Al día siguiente del maravilloso recital de Kagome, se puso a buscar con ella entre las cajas de su mudanza los títulos de la joven. Kikio no mintió, más bien se quedó corta. Su esposa era una auténtica intelectual y se lo había estado ocultando. ¿En serio pensó que le gustaría más si se hacía la tonta? Le gustaba mucho más saber que tenía cerebro. Su carrera universitaria no fue la elección más inteligente para una chica con tanto talento, pero comprendía que ella amaba la música. Nunca pensó que su esposa rivalizaría con él en cuanto al número de títulos, pero allí estaban colgados todos.

De repente, recordó algo de lo que hablaron ese día, algo que nunca debió olvidar.

- ¿Sólo tocabas cuando ibas al conservatorio?

- No.- sacudió la cabeza- Mi padre se gastó los ahorros de toda su vida en comprarme el mejor piano que había en la ciudad. Para mí ese piano era muy especial…

- ¿Y dónde está?

Kagome frunció el ceño al escucharlo y lo miró furiosa. ¿Qué había hecho mal?

- Está en mi antiguo apartamento, donde tú lo dejaste porque no me permitiste traerlo.

Inuyasha tragó hondo al escucharla y se sintió muy arrepentido de no haberle permitido llevar el piano. En ese momento no pensó que pudiera afectarle tanto, creyó que era solo un piano viejo y se equivocó.

- Puedo comprarte uno nuevo y…

- ¡No!- se levantó y se dirigió hacia otra caja- Para mí ese piano era importante… Tú nunca lo entenderías…

Ese día no lo entendió, pero ahora lo entendía. Era un regalo de su difunto padre, un regalo de uno de los hombres que más había amado en su vida y su valor sentimental era incalculable. Ningún otro piano podría sustituirlo. De la misma forma que para él, ninguna otra mujer podría sustituir a Kagome. Cerró los puños decidido a recuperar el piano de Kagome. Sabía que ella consiguió vender el piso y que el dueño tendría el piano. Él le compraría ese piano a cualquier precio.

Se acercó a ella y la observó dormir apaciblemente durante unos minutos. Después, se inclinó y le dio un beso en la frente antes de marcharse.

Al sentir el beso en su frente se despertó y frunció el ceño. Se fue despejando poco a poco y no fue hasta que escuchó el clic de la puerta cerrándose que fue capaz de despertarse. Inuyasha se había marchado y no tuvo oportunidad de verlo antes. Ojala se hubiera despertado un minuto antes.

Se incorporó en la cama y estiró los brazos para desperezarse. Estaba cansada, pero no tenía demasiado sueño, era el efecto de los calmantes lo que la hacía dormirse. Le pesaba todo el cuerpo y todavía estaba asustada. Temió perder a su hijo y pasó unas horas infernales hasta que le dijeron que ambos estaban fuera de peligro. Se abrazó la barriga de embarazada y suspiró aliviada. Aún no era muy grande pero cualquiera que la viera sabría con absoluta seguridad que estaba embarazada. Sintió una patada y sonrió. Después de todo, su bebé seguía vivo y se movía.

Tenía mucha sed. Se levantó de la cama y se dirigió hacia el cuarto de baño de su habitación para beber un poco de agua. Le pareció escuchar un ruido mientras llenaba el vaso, pero lo ignoró pensando que sería Inuyasha. Él vería la luz del baño encendida y acudiría en su busca en seguida. Levantó la cabeza y bebió el agua fresca, pero cuando volvió a bajarla y se miró en el espejo, se encontró con la silueta de un hombre que no conocía. Era un hombre vestido de negro por completo, un hombre que le sacaba cerca de dos cabezas de altura, muy musculado y con la cara cubierta por un pasamontañas. Lo único que se veía de su cara eran unos ojos azules que la observaban de forma fría, calculadora.

- ¿Quién es usted?

Se giró con el cuerpo tembloroso y lo encaró lo mejor que pudo. Era su dormitorio, fuera quien fuera no podía estar allí ya que Inuyasha prohibió específicamente que nadie entrara sin su permiso, exceptuándolo a él mismo.

El hombre no dijo nada. Se quedó mirándola fijamente durante unos segundos que se le hicieron eternos y después avanzó, acercándose. Kagome buscó con la mirada algún arma que pudiera servirle pero las tijeras y todas esas cosas estaban en un armario bien lejos del lavabo. En un acto de puro instinto de supervivencia, intentó correr hacia el armario, pero el hombre la interceptó en menos de un segundo y la rodeó con uno de sus potentes brazos. Ella empezó a removerse, pero recordó a su bebé y se quedó quieta, como si estuviera paralizada. No podía arriesgarse a que le ocurriera algo al niño.

Cuando el hombre la empujó para que saliera del baño, ella accedió e intentó controlar los temblores. En su habitación había otros dos hombres vestidos como él. Todos tenían los ojos azules, ¿serían hermanos? Uno de ellos, el que parecía ser el líder se acercó a ella y la miró de pies a cabeza. ¿Quiénes eran esas personas?

- ¿Kagome Taisho?- preguntó con voz grave y un ligero acento ruso.

- S-Sí… - musitó en respuesta.

- Esposa de Inuyasha Taisho, ¿no?

Asintió con la cabeza y se encogió de hombros. ¿De qué iba todo eso?

- Lamento comunicarle que va a ser secuestrada por la mafia, pequeña.- el hombre se regodeaba en sus palabras- Le pediremos a su marido diez millones de dólares por su rescate y si él de verdad la aprecia, pagará.

- Él no…

- Pagará si no quiere que una cosita tan bonita como tú sufra la peor de las muertes.- tuvo la osadía de reírse en su cara- Si él se niega a la primera, te cortaré el cabello y se lo enviaré.- le explicó- Si se niega a la segunda te cortaré un dedo. Si se niega a la tercera te cortaré una mano… Y así hasta que me supliques la muerte o él pague.

Se le revolvió el estómago mientras lo escuchaba, la bilis le subió por el esófago y él pareció entenderlo puesto que la levantó en brazos y la arrastró hasta el baño para que vomitara. Kagome se dejó caer frente al retrete y echó lo poco que había comido en esa mañana. No podía estar pasándole eso…

- No tienes que ponerte nerviosa. Ese maridito tuyo debe quererte mucho para haberse casado con un bomboncito como tú que trabajaba de criada. Pagará.- le aseguró.

En ese momento, Kagome recordó que en la casa había alarmas de seguridad. No sabía cómo esos hombres podían haber esquivado el completo equipo de seguridad de Inuyasha, pero aún podía avisar a la policía. Inuyasha le enseñó todos y cada uno de los interruptores que había en la casa. En su dormitorio había dos: uno estaba en el cabecero de la cama, camuflado, y otro estaba en el escritorio. En ese mismo baño había otros dos: uno en la ducha y el otro en el armario. Se le ocurrió la idea perfecta para ir hasta él.

- Por favor,- le suplicó- deje que me lleve las pastillas… No aguantaré mucho sin ellas, las necesito…

- ¿Por qué las necesitas?

El hombre se mostró interesado y claro que lo estaba si tanto la necesitaba.

- Estoy enferma, el embarazo es peligroso… - le explicó- Necesito las vitaminas…

- No era del todo mentira.

- Cógelas.

Kagome se levantó con mucho esfuerzo del suelo y se dirigió hacia el armario. Tenía que hacerlo lo más disimuladamente posible. Agarró los tres botes de vitaminas que había comprado Inuyasha y pulsó el botón de la alarma camuflado sin que se diera cuenta. El hombre volvió a agarrarla y la empujó hacia el dormitorio una vez más.

- Tenemos que marcharnos, ya tenemos vía libre.

Los otros dos hombres asintieron y se dirigieron hacia el balcón.

- Señora Taisho, debo darle las gracias.- le quitó las vitaminas y las guardó en su chaleco- Sin su ayuda no nos sería posible escapar.

- ¿Cómo…?- no entendía nada.

- Gracias por pulsar la alarma, querida. ¿Creías que no lo sabía?- sonrió- Estaba esperando a que lo hicieras con ansias. Mientras todo el equipo de seguridad se concentra en llegar hasta esta habitación por las escaleras de servicio y las de la casa, nosotros saldremos saltando desde este balcón y nos iremos por la misma puerta principal. Siempre es un placer contar con mujeres tan amables como usted.

- ¿Lo sabía? ¿Tenía todo eso planeado?

- Pero las alarmas…

Tenía un plano. Fue muy fácil conseguir uno, se lo quité a uno de los guardias cuando le rebané el cuello y aunque agradezco su ayuda, espero que un futuro no se muestre tan temeraria.- le advirtió- Puede que la próxima vez no me muestre tan satisfecho.

Kagome se sintió atrapada en ese momento. Aquel hombre la leía como si fuera un libro abierto, predecía todos sus movimientos y los utilizaba en su contra. ¿Dónde estaba Inuyasha? Escuchó el sonido de pisadas en el corredor, pero el líder la levantó y saltó con ella en brazos. Cayeron suave, ligeros, gracias a una cuerda y se apresuraron a montarse en un Cadillac negro que ella nunca había visto. Se estremeció cuando la empujaron a entrar en el asiento trasero y se encogió a un lado. El líder parecía querer vigilarla personalmente ya que se sentó junto a ella y le ató el cinturón como si le preocupara que le ocurriera algo. ¡Claro que le preocupaba! La necesitaba enterita para Inuyasha.

El coche aceleró y ella volvió la vista atrás para ver al equipo de seguridad gritando desde su balcón. Los habían visto, era imposible no verlos. Los seguirían. Cuando llegaron a la verja, uno de ellos pulsó el botón de un mando y las abrió. ¿De dónde había sacado ese mando? La respuesta llegó cuando vio unos agujeros de bala en la cabina del vigilante y sangre manchando la pared. ¿Cómo habían podido hacer toda esa carnicería sin que nadie se diera cuenta?

El equipo de seguridad los perseguía de cerca. El conductor aceleró y los despistó hasta meterse en otra calle. Entonces, todo ocurrió muy de prisa. Los dos hombres salieron mientras el líder la vigilaba a ella apuntándola con una pistola y arrancaron la pintura del coche. ¡No era pintura! Habían puesto plástico adhesivo similar al forro de los libros sobre el coche que en realidad no era negro, sino rojo. También cambiaron la matrícula, cuando entraron en el coche, tiraron la falsa al asiento trasero. Los tres se quitaron el pasamontañas y los jerséis negros, mostrando diferentes camisetas. Daba la impresión de que fueran turistas europeos. Los tres rubios, blancos y de ojos azules. No parecía que acabaran de secuestrar a nadie.

- Túmbate apoyando la cabeza sobre mi regazo,- le ordenó el líder- y te recomiendo que no intentes ninguna estupidez cuando el coche de tus guardaespaldas pase a nuestro lado.

Ella no quiso obedecer y se ganó la punta de la pistola bajo su barbilla, presionándola.

- Túmbate por las buenas o lo harás por las manos y entonces, puede que te haga usar esa boca tan tentadora para otras cosas.

En esa ocasión aceptó su trato y obedeció sin rechistar. Se tumbó con la cabeza contra su regazo y se sorbió los mocos mientras unas lágrimas le empapaban el rostro. Nunca había estado tan atemorizada.

Llamó a al timbre y esperó impacientemente a que le abrieran. Estaba deseando recuperar el piano de Kagome para hacerla feliz, para que se diera cuenta de lo mucho que la amaba. Esperó y esperó durante largos minutos y volvió a llamar. En esa segunda ocasión escuchó un ruido, alguien moviéndose, maldiciendo en voz alta y tirando cosas por su camino.

Cuando el hombre abrió la puerta, sintió ganas de vomitar. Los vagabundos que veía por la calle olían cien veces mejor y tenían mejor aspecto. ¡Menudo cerdo era el que había comprado el apartamento! Pudo ver la basura desde fuera y recordó con nostalgia los brillantes muebles y el perfecto orden que reinaba cuando Kagome vivía allí. Ese desgraciado lo había echado todo a perder y le daba la sensación de que no limpió ni una sola vez desde que se mudó. A juzgar por la enorme barriga cervecera del hombre, se imaginó que sería mucho más cerdo de lo que aparentaba.

- ¿Qué coño quiere?- masculló.

Mal oliente y desagradable, justo lo que necesitaba.

- ¿Recuerda a la antigua dueña de este piso?

- ¿La de las tetas como melones?- se carcajeó- Estaba muy buena. Lástima que la zorra se iba con un niño rico y no quería rebajarse a levantar los talones conmigo.

Aquellas palabras lo llevaron a tal estado de furia que sintió el impulso asesino de lanzarse sobre él y hacerle tragar cada una de sus palabras a puñetazos. Se contuvo, pero no lo dejaría pasar tan fácilmente.

- Me llamo Inuyasha Taisho.- el hombre pareció atragantarse- Esa zorra de grandes melones como usted la ha llamado es mi esposa y si vuelvo a oírle decir algo sobre ella… - bajó el tono de voz- No tendrá suficiente familia para que termine de pagar por ello…

El hombre asintió con la cabeza y cambió su actitud radicalmente. El poder del dinero le seguía asombrando después de tanto tiempo.

- Ella le vendió el piso con un piano. ¿Dónde está?

El hombre se apartó de la puerta y lo señaló. Estaba sucio, sobre él había basura. No podía llevarle eso a Kagome.

- ¡Límpielo a conciencia!- le ordenó- Vendrán a recogerlo esta misma tarde, ya he dado la orden a un equipo de mudanzas.

Se dio media vuelta, pero la voz del mismo hombre le hizo detenerse.

- ¿Es valioso?- quiso saber- Me vendió el piso con el piano incluido. Ahora es mío.

Inuyasha apretó los puños y se volvió hacia él intentando contener la rabia.

- Es de mi esposa y no hay más que decir.

- Tendrá que pagarme por él. Legalmente me pertenece.

Le daba rabia pero así era, el contrato de venta del apartamento lo dejaba muy claro. Tendría que pagar por él.

- Le doy medio millón de dólares por ese piano.

El hombre hizo amago de pedir más, pero eso era algo que no iba a tolerar.

- ¡No hay nada que regatear!- le advirtió- No pienso darle ni un solo dólar más y si el piano ha sufrido el menor desperfecto prepárese porque le haré la vida imposible y Dios sabe que tengo medios suficientes para hacerle pasar por un verdadero infierno.

Esas últimas palabras debieron hacer entrar en razón al grandullón puesto que asintió con la cabeza y volvió a meterse a su casa. Él preparó un cheque y lo metió en su buzón al salir del edificio. Kagome estaría feliz de recuperar su piano y era lo único que le importaba.

- ¿No vas a comprarte nada nunca? Algún día necesitarás ropa nueva aunque sea porque ésa te quede pequeña, se te rompa…

- Pero ahora no la necesito.- se encogió de hombros- ¿Tan importante es para ti que yo parezca una niña rica?

Para él no era nada importante. Prefería mil veces a esa Kagome vestida a su manera y que se comportaba con toda la naturalidad del mundo a la Kagome vestida de marca y tímida con la que salió meses antes. Kagome ya le gustaba cuando simulaba ser rica pero siendo como en verdad era, le gustaba más aún.

- No, no es tan importante, pero me gustaría que disfrutaras un poco del dinero que gano.

- No necesito dinero para ser feliz…

- ¿Y qué necesitas para ser feliz?

La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera evitarlo.

- Necesito saber que mi marido me quiere y me perdona…

Si su esposa supiera que acababa de gastarse medio millón de dólares en hacerla feliz… Por supuesto que lo había hecho porque la amaba y porque le importaban sus sentimientos, pero no intentaba comprar su amor. Nunca le diría cómo lo consiguió, se limitaría a devolvérselo para que ella le sonriera como tanto le gustaba. Seguro que tocar el piano la ayudaría a relajarse y a distraerse en los próximos meses de reposo. Nunca había escuchado una melodía de piano tocada por ella y estaba deseando hacerlo. Sí que había tenido la suerte de escucharla tocar el violín y era realmente fabulosa, al igual que cantando. Kagome tenía muchísimo talento para la música.

Cuando estaba llegando a su mansión, se percató de que la verja estaba abierta de par en par y un mal presentimiento lo asaltó. Al pasar con el coche, estaban sacando el cadáver del guardia de su cabina. Le hirvió la sangre en ese momento y aceleró el coche hasta llegar a la entrada. Salió de un salto sin apagar el motor y corrió al interior de la mansión rodeada de ambulancias y coches de policía. Había más muertos y todos miembros del equipo de seguridad. Ocho muertos en total y dos heridos de gravedad. ¿Qué había pasado?

Algunos de sus empleados estaban declarando, su familia había sido confinada en el salón por su seguridad. Él echó a correr escaleras arriba, ignorando los gritos de algunos policías, y no se detuvo hasta llegar a su dormitorio. Las puertas dobles estaban abiertas de par en par y había un cordón policial para impedir el paso mientras que unos cuantos policías y miembros de su equipo registraban la zona. Él pasó por debajo del cordón policial y empezó a buscar a su esposa con la mirada.

- ¡Kagome!- gritó.

- Señor Taisho,- su jefe de seguridad se acercó a él- no debería estar aquí, su esposa…

- ¿Dónde está mi esposa?

No le dio ni un segundo de tiempo para contestar y salió en su busca. En el dormitorio no estaba así que revisó el vestidor y el baño, pero tampoco estaba allí. ¿La habrían llevado con su familia? Dio media vuelta y se dirigió hacia el pasillo para ir en su busca.

- ¡Señor!- le volvió a llamar el jefe de seguridad- Han secuestrado a su esposa…

Al escuchar esas palabras se detuvo. Masculló una maldición y se llevó las manos a la cabeza mientras lloraba desconsoladamente, como un niño pequeño. Él tendría que haber estado en la casa para evitarlo, tendría que haber estado junto a ella, protegerla. Se lanzó sobre su jefe de seguridad como una fiera y lo estampó contra una pared mientras usaba sus manos para intentar estrangularlo.

- ¡Su deber era evitar que esto ocurriera!- gritó- ¡Hoy ha muerto gente inocente por su culpa!- le espetó- ¡Mi mujer! ¡Se han llevado a mi mujer!

Unos policías lo apartaron de su jefe de seguridad y lo sostuvieron mientras que él se rebatía violentamente y gritaba su nombre una y otra vez entre sollozos.

- Su jefe de seguridad no tiene la culpa señor Taisho.

- ¿Quién es usted?- se volvió,

El hombre en cuestión se acercó y se presentó como Miroku Ishida, detective de homicidios. Le explicó que los secuestradores se trataban de una banda de mafia rusa a la que llevaba siguiendo la pista desde hacía un año. Al parecer, se las apañaron para conseguir un plano de la casa y el horario de cambio de turno de los guardias. Tenían armas muy sofisticadas y todos ellos estaban entrenados para matar de forma rápida y silenciosa. Una vez dentro, fueron escalando poco a poco hasta llegar a su esposa. El detective sospechaba que podrían haber pulsado la alarma ellos mismos para buscar una válvula de escape. También sospechaba que se hubieran cambiado de coche en mitad de la persecución.

- Lo que no tengo claro es por qué han hecho esto… - pensó en voz alta- Normalmente, no hacen estas cosas. Es extraño.

A él no le pareció tan extraño. ¡Souta! Se levantó de un salto y le indicó al detective que lo siguiera en busca de su cuñado. Bajaron al primer piso y entraron en el salón donde esperaba la familia. Souta estaba en un rincón pálido y encogido como si supiera muy bien lo que estaba sucediendo. Él atravesó todo el salón, agarró las solapas de su chaqueta y lo alzó.

- ¡Esto ha sucedido por tu culpa!- le sacudió- ¿Recuerdas nuestra charla?

Él la recordaba con exactitud y se la hizo recordar.

- Por lo que sé andas metido en problemas con la mafia.- tuvo la reacción que él esperaba- Yo que tú tendría cuidado.

- No sabes de lo que hablas… Ni te imaginas de lo que son capaces…

- Pero tú sí y seguro que le has pedido dinero a Kagome en más de una ocasión para salvarte.

Había acertado en todo a juzgar por su expresión.

- Por eso has venido, ¿no?- insistió- Has visto que tu hermana se casaba con un hombre muy rico y has pensado que podría sacarte de otro de tus líos porque necesitas dinero, ¿verdad?

- Sí que lo necesito pero no he venido por eso… Me juré no volver a pedirle dinero.- tragó hondo- He venido porque ella me importa y quería compartir con ella su gran día pero entonces, me he encontrado con que se casaba con un auténtico capullo.

- No debe importarte tanto si has venido aquí aún a riesgo de ponerla en peligro.- cerró los puños a sus costados- Mañana saldrás en las revistas gracias a tu numerito en la iglesia y la mafia sabrá de ella. ¿Qué crees que harán cuando sepan que tienes una hermanita casada con el hombre más rico del continente? Te meterán presión para que les pagues, te pedirán más dinero y te amenazarán con su vida.- todo lo que decía era sacado de la experiencia- Has condenado a Kagome al aparecer por aquí de esa forma.

- Yo sólo quería verla… No pensé…

- ¡Está claro que no pensaste!- los invitados empezaban a mirarles pero le daba igual- Tendré que doblar mi equipo de seguridad y tendré que mantenerla vigilada las veinticuatro horas del día para estar seguro de que nadie surja de la nada y le corte el cuello.

Souta palideció más aún si era posible y murmuró una disculpa entre sollozos a la vez que repetía lo mucho que quería a su hermana y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudarles a recuperarla.

- Taisho, suéltelo.- le pidió el detective- Él los conoce, nos puede ayudar mucho en la investigación.

Lo dejó caer al suelo y en ese momento sonó el teléfono móvil que Souta llevaba en su chaqueta. Éste tembló y lo sacó. A juzgar por su mirada, la llamada lo pillaba totalmente por sorpresa.

- Es Sergey.

Inuyasha le arrebató el móvil de las manos y contestó.

- ¿Qué ha hecho con mi esposa?- preguntó nada más descolgar.

- Un verdadero gusto conocerle, Taisho.- hablaba un inglés con acento europeo- Debo expresarle mi admiración por una esposa tan bella. Nunca pensé que Souta Higurashi tuviera una hermana tan deliciosa.

- ¡Como le ponga una mano encima…!- amenazó.

- ¿Qué hará?- le interrumpió- Ahora está en mis manos y si no obedece, ella y su hijo no nato sufrirán mucho.

Tenía razón, no tenía nada con lo que amenazarlo.

- ¿Qué quiere?- intentó mostrarse más complaciente.

- Dinero, ¿no es obvio? Para ser exactos, quiero diez millones de dólares por su bonita esposa y otros cinco por el niño que están esperando. No sabía que estaba embarazada, pero aquí pedimos rescates por cabeza y le he hecho una rebaja por la tarifa infantil.

Inuyasha gruñó asqueado al escucharlo, pero a la vez no pudo evitar preguntarse por qué le pedía tan poco dinero. El tenía billones en el banco. Esa suma de dinero era minúscula para él. ¿Acaso no sabía nada de su patrimonio? ¿Pensaría que iba a dejarlo en la ruina por tan mísera cantidad? Su esposa bien valía hasta el último centavo que poseía.

- Pero ahora no hablaremos de eso. Dejaré ese asunto para mañana así que no se despegue de su cuñado.

- ¡Espere!- gritó- ¡No pagaré ni un centavo si no me deja hablar con ella ahora mismo!- él también jugaría duro- Quiero que ella misma me asegure que se encuentra bien.

Hubo un minuto de silencio y después la voz de Kagome le aceleró el corazón.

- ¿Inuyasha? Lo siento, he sido una estúpida. Yo debería…- la escuchó llorar.

- No te disculpes, mi amor.- le suplicó- ¿Estás bien?

- Sí pero estoy asustada y…

La apartaron del teléfono sin permitirle que le dijera lo mucho que la amaba. ¿Es que nunca tendría oportunidad de hacerlo?

- Ya sabe que está bien, ¿no?- se rió- Descanse, porque mañana le espera un largo día.

Y con esas palabras se cortó la conexión y él quedó destrozado.

Continuará…