CAPÍTULO 10: ABNEY
Intentó abrir los ojos ante el cambio brusco de temperatura, pero los párpados le pesaban demasiado. Su cuerpo entero parecía hecho de plomo. Ser capaz de mover un solo brazo se asemejaba a un sueño demasiado lejano en esos momentos. Gruñó cuando fue consciente del profundo dolor que provenía de su cabeza. Era como si alguien le hubiera asestado un hachazo y se la hubiera partido en dos.
¿Qué había ocurrido?
En medio de la marea de dolor y confusión, intentó recordar los últimos acontecimientos. Esa mañana había tenido clase de transformaciones con McGonagall y... No. Eso fue ayer, porque estaba segura de haber estado en las Tres Escobas, discutiendo con Ron. Nunca entendería a ese proyecto de persona. Tenía ideas tan estúpidas... Y Harry. Harry también estaba allí, pidiendo cerveza. E Itachi. Pero, ¿qué pintaba Itachi en las Tres Escobas? Itachi era un shinobi, debería estar... Espera... los shinobis no existen. No. No. Sí existen. Itachi es uno. Si los shinobis no existieran él tampoco existiría.
—Niña, ¿estás despierta?
Hermione giró la cabeza hacia la fuente del sonido. O al menos esa era la intención, porque no se movió un solo centímetro. ¿Por qué no podía moverse?
¿Y si estoy muerta? ¿Y si de pronto abro los ojos y me encuentro mi propio cadáver?, pensó, asustada. Se había caído —más bien, la habían tirado— de un segundo piso, ¿y si no "despertaba" nunca?
—¿Hola?
Hola, estoy aquí. Te escucho.
—¿Puedes abrir los ojos?
No.
—¿Ha pasado algo? —preguntó una voz preocupada. Era una mujer.
—No, no —respondió la primera. Era un hombre, seguramente uno mayor—. Juraría que se había movido, pero ha sido solo mi imaginación.
¿Me he movido? ¿Cuándo? A lo mejor si lo sigo intentando...
—La chica tiene visita, puedes descansar un rato. Vamos a hacer un cambio de turno, me ocuparé de este ala del hospital.
Hospital.
La palabra rebotó en su cerebro como una molesta pelota de pin pón, aumentando el dolor de cabeza.
¿Estaba en San Mungo? ¿O en un hospital muggle? ¿Sus padres se habrían enterado? ¿La sacarían del colegio? ¿Cuánto tiempo estaría ingresada? ¡No podía perderse las clases! Y Harry y Ronald.¿Qué iban a hacer sin ella? ¿Qué iba a hacer ella sin ellos?
El hombre suspiró y alguien arrastró una silla.
Una puerta cerrándose.
. . .
—¿Cómo se encuentra la señorita Granger?
La enfermera miró preocupada al director del colegio y automáticamente después al séquito sentado en la sala de espera. Tres aurores, dos con cara de muy mala uva y una Tonks muy preocupada, cuyo cabello no paraba de cambiar de color y dos chicos que no paraban de gritar y discutir a pesar de que la profesora que los acompañaba les estaba regañando.
—¡Esto es culpa... !
Se aclaró la garganta, ignorando los gritos de ambos jóvenes y pensó en la mejor manera de explicarle la situación al hombre que tenía delante.
—¡Si tú no...!
—No le voy a engañar, señor, no tenemos demasiadas esperanzas por el momento —se detuvo un segundo para observar al director, quien la observaba muy serio con sus ojos azules—. Cuando recibimos a la señorita Granger pensamos que sería fácil, no hay caída que un movimiento de varita no pueda solucionar, pero hay algo más...
—¿Qué quiere decir? —interrumpió Dumbledore. Los dos alumnos se callaron en cuanto escucharon el tono de su profesor.
La enfermera se movió, incómoda ante tantas miradas.
—El problema es su mente. Su cuerpo se encuentra perfectamente, por lo que suponemos que debe estar dentro de algún tipo de ilusión o hechizo.
—¿Y por qué no lo solucionan? —preguntó Ron, muy enfadado, apareciendo de pronto junto al director— Son expertos en estas cosas, ¿no?
—No es tan fácil —explicó la mujer—. La verdad es que no tenemos ni idea de qué ocurre, nunca habíamos visto nada parecido.
—¿Podemos verla? —dijo Harry.
La enfermera asintió, sujetando con fuerza la carpeta entre sus manos y enfiló el pasillo contiguo a la recepción, que conducía al ala de las habitaciones. Se detuvo frente a la puerta con el número 324 grabado en la madera y les indicó con un gesto de la mano que era aquella.
—Intenten no hacer demasiado ruido, por favor.
Pero Ron ya había abierto la puerta de un empujón y Harry lo siguió, colándose en la habitación a la velocidad de la luz. Dumbledore sonrió levemente y McGonagall frunció el ceño. Obviamente aquellos dos no eran conscientes de la bronca que les iba a caer en cuanto salieran de aquel lugar.
. . .
—¡Hermione! Hermione, ¿puedes oírme?
La aludida abrió los ojos, sorprendida, y se puso de pie al instante, corriendo a abrazar a sus dos amigos, con lágrimas en los ojos. Todo ello en su imaginación, por supuesto. Llevaba una eternidad luchando por hacer algo que pudiera indicar al resto del mundo que sí, que podía oírles, pero sin resultado alguno.
—Hermione, lo siento mucho, y Harry también. No tendríamos que haberte dejado sola, deberíamos haber ido todos juntos. Él vendrá ahora, intentó entrar conmigo, pero McGonagall lo sacó de la habitación a empujones, algo de que hacíamos demasiado ruido y que debíamos pasar de uno en uno.
La chica escuchó atentamente, esperando a que Ron prosiguiera su discurso. Parecía haberse atascado.
—No sé si te lo habrán dicho, Hermione, pero tienes muy mala suerte. Tienes que dejar de quedarte en estas situaciones. Primero el basilisco de segundo y ahora esto... Aunque obviamente no es culpa tuya... No se que más decirte, sinceramente. Tampoco se si te enteras de algo, empiezo a sentirme un poco tonto hablando aquí solo. Despierta pronto, ¿vale? Me importas mucho.
Hermione notó como se le encogía el corazón en el pecho después de escuchar la última oración. Tú también me importas mucho, aunque eso no significa que no piense que eres la persona más tonta de todo el mundo mágico, le habría gustado responder. Pero se limitó a quedarse tumbada boca arriba en la cama, incapaz de hacer nada.
Tocaron a la puerta.
—Señor Weasley, espero no interrumpir nada serio, pero tenemos que irnos.
Hermione brincó mentalmente. ¿Dumbledore?
—¡Pero si acabamos de llegar!
—¡Weasley! No puede responderle así a un profesor, mucho menos al director del colegio.
—No se preocupe, Minerva. No importa, dada la situación. Los jóvenes están preocupados por su amiga, es comprensible. Sin embargo, me temo que hay un asunto en el colegio que requiere mi inmediata atención.
—Pero profesor, yo...
—Potter, no discuta.
No os vayáis.
. . .
—¡Ay!
Ron se dejó caer en la cama, sujetándose el dolorido pie con el que había pateado la mesita de noche.
Harry apenas le dedicó una mirada, tumbado sobre el estómago. Un pergamino de medio metro estaba desplegado sobre el suelo. Jamás terminaría la redacción de Snape sin Hermione. Mucho menos ahora, que no podía concentrarse.
—¿Quién crees que ha podido ser?
Se dio la vuelta, cansado.
—¿Quién? ¿Cómo sabes que ha sido un quién?
No tenía ganas de hablar con nadie, mucho menos con Ron.
Su amigo bufó, molesto.
—¿Es que no has escuchado nada de lo que he dicho?
—Has dicho muchas cosas —respondió, encogiéndose de hombros. Y era cierto. Desde que habían llegado a Hogwarts y McGonagall los había mandado a sus habitaciones, Ron no había dejado de gritar, indignado. Harry había decidido mantener la boca cerrada por primera vez en todo el día y no había dicho que el enfadado debería ser él. Ron al menos había podido ver a Hermione.
Él ni siquiera había podido pedirle perdón. Se sentía fatal. Fatal porque si él no hubiera estado tan empeñado en capturar a Itachi, Hermione estaría allí con ellos, tejiendo guantes y bufandas para esconderlos por todas partes.
—¡La parte de los aurores!
Ah, sí. Ron había dicho algo sobre los aurores. Algo de que el único que había actuado normal en Hogsmade era Acker. Dejó que el pelirrojo volviera a explicarlo todo y cuando terminó, se puso derecho y dejó pasar unos cuantos segundos antes de contar —otra vez—, los hechos que Ron seguramente había eliminado de su memoria.
Ningún auror podía haber empujado a Hermione del tejado porque se habían reunido todos —Abney, Acker, Hawking, Yap, Gardner, Baines, Chamberlain y Gushiken— en la plaza de Hogsmade y habían estado buscando a Hermione como locos junto a ellos. Por no mencionar que los médicos de San Mungo habían dejado claro que debió darse el golpe aproximadamente en esos momentos.
Ron cruzó las piernas, furioso.
—¿Entonces? Porque desde luego no se tropezó y se cayó por accidente. Alguien se llevó su varita.
Harry cerró los ojos. Necesitaba tomarse algo para el dolor de cabeza.
Ron tenía razón. Alguien le había robado la varita a Hermione, probablemente antes de empujarla —como amablemente sugería Ron—. Y si no había sido ninguno de los aurores y ella no había resbalado con la nieve ni tropezado con una simpática teja, les quedaba...
—¡Itachi! —exclamó Ron, adelantándose a sus pensamientos— Cuando pille a ese cabrón... Ya verás.
A pesar de pensar lo mismo que su mejor amigo, dudaba seriamente que ninguno de los dos fuera capaz de ponerle la mano encima a Itachi, por motivos obvios: él era un súper guerrero entrenado para matar desde que nació y ellos eran dos simples estudiantes. Dos estudiantes que habían visto demasiadas veces la muerte y habían salido semi ilesos, sí, pero dos estudiantes de quinto curso al fin y al cabo. No movimientos guays, no súper velocidad, no súper fuerza. No kekkai genkai. No llamaradas de fuego. ¿Qué oportunidad tenían?
Al día siguiente todo Hogwarts se enteró de la situación en la que se encontraba Hermione Granger cuando el director la hizo pública durante el desayuno y Umbridge, tan atenta como siempre, añadió que había sido obra de Itachi Uchiha. Dumbledore y el resto de profesores le dedicaron una mirada a la profesora de defensa que indicaba que aquella información jamás debería haber salido de su boca.
La reacción había sido inmediata y rápidamente el nombre del shinobi se coló en todas y cada una de las conversaciones del Gran Comedor y estas se extendieron a lo largo de la semana. Los estudiantes de Gryffindor estaban furiosos, los de Hufflepuff y Ravenclaw genuinamente preocupados por la situación de su compañera, además de muertos de miedo y los de Slytherin estaban más felices que nunca. A uno de ellos, un estudiante de sexto curso, se le había ocurrido la idea de difundir que Uchiha solo atacaría a los sangre sucias y el resto de la Casa la había acogido con agrado. El único que no se reía era Draco, que estaba demasiado preocupado con sus propios problemas. Si lo que decía la carta era verdad y todo salía mal su padre podría estar en grave peligro y él no tenía nadie a quien contárselo en busca de ayuda. Directamente, si decía algo todo empeoraría. Pero si todo salía bien y la otra parte descubría que él ya sabía lo que iba a ocurrir... Todo iría en picado, y no solo para su padre. Su vida y la de su madre también correrían peligro.
Aquella información era el único motivo por el que se sentía aliviado de que Itachi rondara cada vez menos tiempo a su alrededor. Tenía demasiado miedo de que el shinobi le mirara a los ojos y descubriera algo. Seguramente lo haría, si es que no lo sabía ya. Itachi, de alguna manera, siempre parecía saberlo todo. Era como una especie de ser omnisciente.
Pasó por todas las clases del día como un verdadero muerto viviente y se las arregló para llegar a la cena. Buscó disimuladamente a Snape en la mesa de los profesores y lo encontró discutiendo con Dumbledore. No le habían pasado desapercibidas las miraditas que le había echado el profesor durante la clase de pociones, como si supiera algo. Como si lo supiera todo. Absolutamente todo. Que su padre estaba preso en una fortaleza repleta de shinobis en guerra con su antigua aldea debido a un fallo en una misión. Que había introducido un ninja buscado por los dos mundos en el castillo. Que por su culpa —supuestamente— la sangre sucia Granger, la amiga de Potter, tal vez no volvería a ser nunca la misma. Que el Señor Oscuro pensaba utilizar la situación de su padre a su favor. Que fuera cual fuera el resultado de los planes del Señor Tenebroso, él tendría algo que lamentar.
Se obligó a comer, masticando el pavo como un autómata y no bebió un solo trago de zumo de calabaza hasta que el plato estuvo totalmente vacío.
Entonces Dumbledore se puso de pie y dio una palmada, indicando que tenía que dedicarles unas palabras. Y todo el mundo se calló de golpe. Alumnos y profesores, nadie se atrevió a interrumpir el silencio. Porque el director estaba más serio que nunca. Más incluso que durante su segundo curso, cuando tuvo que explicar que el colegio estaba a punto de cerrar. Harry tiró de la túnica de Ron, nervioso, pensando que diría algo sobre Hermione.
Pero Dumbledore no habló, sino que volvió a tomar asiento. Fue Umbridge la que tomó la iniciativa y soltó la bomba a todos los asistentes.
Hogwarts cambiaba de director esa misma noche.
. . .
Al término de la cena Harry y Ron corrieron detrás del director. Su director, el único al que pensaban aceptar, pero Dumbledore los ignoró.
Dos horas después, cuando todo el mundo debería estar durmiendo, se deshicieron de los pijamas y, vestidos de negro de los pies a la cabeza, salieron de la torre de Gryffindor y se dirigieron al despacho de Dumbledore, rezando por el camino para que siguiera siendo su despacho y no estuviera ocupado por Dolores Umbridge. Tocaron insistentemente a la puerta y les abrió un somnoliento profesor.
Habrían pensado que lo habían despertado si no fuera porque a pesar de que intentaba taparles la vista a sus dos alumnos, estos podían ver claramente que no estaba solo. Harry divisó desde allí a su padrino acomodado en la silla del rector.
—¿Podemos pasar, profesor? Tenemos que hablar.
Dumbledore asintió casi imperceptiblemente y terminó de abrir la puerta para dejarles paso. La orden al completo estaba allí. Tonks, Ojoloco, Sirius... Snape.
Sirius sonrió cuando los vio, pero Harry no se sentía capaz de alegrarse por su presencia. No después de saber que su mejor amiga estaba encerrada en una especie de jutsu irrompible por la magia y del cambio en la dirección del colegio.
—¿Qué significa esto? —preguntó, sin tener muy claro qué decir. Lo único que sabia era que estaba Harto, con mayúsculas, de que les ocultaran todos lo que ocurría— ¿Qué ha sido eso del Gran Comedor? Era una broma de mal gusto, ¿verdad?
Pero no se trataba de eso. Las estanterías a medio vaciar y los baúles situados en el centro de la estancia, sirviendo de asiento a los presentes, era la prueba definitiva.
—Significa, Harry —explicó Tonks, con la cara apoyada sobre la palma de la mano—, que el Ministerio ha tomado el control de Hogwarts. Total y completamente. Prácticamente Fudge se ha convertido en el director del colegio.
—Exactamente —continuó Ojoloco—, y eso es lo peor que podría haber pasado. Fudge no está en sus cabales. ¡Já! Probablemente no sepa ni de que color es el sombrero que se pone por las mañanas.
—¿Qué tiene que ver en todo esto el mal gusto del ministro? —interrumpió Ron, frunciendo el ceño.
—Tiene mucho que ver —respondió Ojoloco, golpeando el suelo con su bastón—, porque probablemente Cornelius Fudge está siendo controlado por otra persona.
—¿Probablemente, Ojoloco? —inquirió Sirius— Creía que ya habíamos confirmado esa cuestión. No es precisamente un "probablemente", ni un "suponemos". Es una certeza.
La Orden guardó silencio, dejando que los recién llegados asimilaran las noticias.
—¿Y qué vamos a hacer?
Todos miraron a Harry como si le hubiera salido otra cabeza.
—¿Vamos, Harry? —dijo Dumbledore.
Harry tragó saliva. Intentaban dejarlos fuera otra vez. Lo iban a dejar fuera otra vez. O eso creían ellos. Estaban soñando si se pensaban que lo iban a dejar en la estacada una vez más. Mucho menos ahora que su mejor amiga estaba ingresada en San Mungo. La idea de perseguir a Itachi fue idea suya, sí, pero nunca se le habría ocurrido si Dumbledore, o Sirius, o cualquier persona, se hubiera dignado a contarles algo, por mínimo que fuera. Porque estaba seguro al cien por cien de que Albus Dumbledore sabía más sobre Itachi de lo que les había dejado saber el año anterior.
Sorprendentemente para todos, fue Snape, colocado junto a la ventana, el que respondió en lugar de Harry.
—Está preocupado por la señorita Granger, señor.
La mirada de Dumbledore se suavizó cuando volvió a dirigirse a los dos jóvenes.
—Estamos intentando encontrar una solución. Me pondré en contacto con la antigua aldea del señor Uchiha e intentaré contratar a alguien para sacar a vuestra amiga del genjutsu.
Harry mantuvo la mirada del profesor unos instantes, sin sentirse demasiado seguro de la solución, pero finalmente bajó la vista al suelo. Era su única esperanza. Jamás serían capaces de obligar a Itachi a arreglar lo que había hecho.
—¿Y si sale mal?
Harry se giró hacia la voz que había hablado y se encontró frente a frente con Abney. Estaba allí, apoyado con toda la elegancia del mundo contra una de las estanterías vacías en las que solía haber mil trastos aparentemente inútiles. Había estado tan callado y se había movido tan poco, que ni Harry ni Ron se habían percatado antes de su presencia.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Snape, caminando hasta el centro de la habitación.
Ron estaba seguro de que si Snape lo hubiera mirado a él de aquella forma, habría salido huyendo y ya iría montado en el tren de camino a la Madriguera.
—Quiero decir —respondió el auror, sin dejarse intimidar ni apartar la mirada—, que no creo que llamar a otro shinobi sea precisamente nuestra mejor opción. Solo dan problemas. Ya tenemos suficientes con los que hay en el castillo y ahí fuera.
Tonks miró fijamente al suelo, sintiéndose aludida con el "ahí fuera".
—¿Los que hay en el castillo? —dijo Harry, desorientado. ¿Los? ¿En plural?— ¿Hay alguien más a parte de Itachi?
¿Habían estado en lo cierto con el señor Gushiken?
Pero nadie le respondió, como de costumbre.
—También tenemos suficiente contigo —añadió Ojoloco con desprecio—. Crees que no se de qué parte estabas en la guerra, ¿verdad?
El mago se acercó cojeando hasta el auror y le subió la manga izquierda de un tirón. Allí, negra e implacable, estaba la marca oscura.
Harry apretó los puños y a Ron se le cayó el alma al suelo.
—Eran otros tiempos, Alastor —inquirió Abney—. No soy el único en esa situación entre estas cuatro paredes.
—Estoy seguro de que no es la misma situación, ni por asomo.
—Caballeros, por favor —interrumpió Dumbledore—, dejen de comportarse como críos.
Abney y Ojoloco dejaron de moverse, como si el tiempo se hubiera congelado en ese mismo instante. Hasta que, sin previo aviso, sin un solo gesto ni una sola palabra, un potente rayo de luz amarilla salió de la varita de Alastor Moody y golpeó al auror en el pecho.
Dumbledore alzó la voz, más enfadado que nunca, y se cortó él mismo cuando, un segundo después, la víctima del hechizo estalló, literalmente, dejando tras de sí una maraña de plumas negras que flotaron hasta quedar esparcidas por toda la habitación.
Tonks se quitó una pluma del pelo, con los ojos como platos, y Ojoloco se dio la vuelta con la misma expresión de no-entiendo-qué-narices-acaba-de-ocurrir y el brazo que momentos antes sujetaba al otro mago todavía en alto.
Y el mundo entero explotó.
. . .
Solo en caso de que alguien se haya perdido y no entienda nada, quiero recordar que uno de los capítulos —no recuerdo cual era y soy demasiado vaga como para ir a comprobarlo— acababa cuando Itachi deja inconsciente a Abney de un golpe y le quita la varita.
Ala, ya os podéis comer la cabeza a gusto XD
La verdad es que no tenía pensado volver a publicar (no porque me haya cansado del fic, sino porque no tengo tiempo ni para comer últimamente), pero la semana pasada me dio por pasarme por aquí y me encontré bastantes comentarios muy bonitos. Y quejas de que había abandonado la historia sooo... me sentí un poco culpable. Y encendí el portátil en el que escribo el fic (ese que el gobierno decidió darnos a todos los estudiantes... los de España entenderán de que ordenador hablo y por qué escribir esto es el único uso que le encuentro XD). Resulta que ya tenía escrito este capítulo, peeeeeero... Lo perdí. Bien. Otra alegría para la vida. Y me encontré con que tenía medio capítulo 11, pero no tenía este. Así que lo he reescrito y no se parece en nada al que había antes. Pero bue... me gusta más este.
Ahora, el tema de la publicación. Creo recordar que dije que prometía terminar este fic, y lo voy a hacer, pero no precisamente rápido. Como ya he dicho antes, me falta tiempo por todos lados, debería haber estado haciendo mil cosas en el tiempo en el que he escrito este capítulo.
Subiré el capítulo 11 antes de Semana Santa. Lo prometo.
