Capítulo 10: La primera vez que nos vimos
—Viktor… dime qué no lo hiciste. Por favor, dime qué no compraste eso —no estaba seguro, pero creía que su rostro no podía estar más rojo y acalorado.
—Yuuri, Yuuri, querido Yuuri —Víktor se paseó frente a su esposo, luciendo su nueva compra, que provocó en el japonés balancearse entre gritar de horror o sucumbir a una carcajada —Los pediatras recomiendan esto cuando la madre no puede alimentar a su bebé.
—¿Qué no para eso están los biberones?
—Es para qué los bebes sientan el proceso natural.
—Mis bebés vivieron el proceso natural.
—¿Y no podemos hacer que lo terminen?
—Víktor, no. No con eso.
El ruso hizo un puchero semejante al que sus pequeñas hacían cuando algo no les agradaba, pero contrario a lo que pasaba con ellas, Yuuri no iba a ceder. Pero claro que el japonés tenía razón, porque lo que traía Viktor puesto no era ni siquiera agradable y ya estaba dudando de a cualquiera de sus hijas le gustara.
—¿Puedo intentarlo? —Yuuri hizo una mueca de renuencia y al ruso solo se le ocurrió abrazarlo con fuerza y zarandearlo hasta que la creciente diversión o hartazgo ganaran en el japonés —¡Yuuri! ¡Yuuri! ¡Yuuri!
—¡Viktor! ¡Es horrible! —Yuuri lo tomó de los hombros, riendo en una mezcla de vergüenza por lo que su esposo seguía usando y diversión por lo muy en serio que se lo estaba tomando —¡Ninguna de las dos lo va a querer!
—¡Déjame intentar!
—No, Viktor. Solo mira… eso. Ni siquiera parecen reales —tuvo una leve tentación de querer tocar el objeto, pero solo de verlo se azoraba.
—¿Y tú que sabes de esto? —Viktor terminó por picar él mismo los senos postizos, con los que planeaba alimentar a sus hijas como si estuvieran amamantando de un seno femenino, mismo que había adquirido desde una página de Internet que aseguraba especializarse en objetos de maternidad, provocando una risa nerviosa en Yuuri.
—Lo suficiente como para saber que no se ven auténticas.
El recién estrenado papá, que además era un comprador compulsivo, había caído bajo la buena publicidad y adquirió toda una gama de productos que yacían en cajas recién entregadas y que esperaban ser aprobadas por su esposo. Viktor estaba seguro de no haber comprado nada demasiado extravagante, salvo por lo que ya llevaba puesto. Su mente le dijo que Yuuri entendería que era primerizo y que le emocionaba todo aquello que pudiera servir para sus pequeñas. Sin embargo, apenas se esperó la reacción de completo desprecio que el japonés tuvo para el sustituto del pecho materno. A Viktor no le parecían una abominación y esperaba que a sus hijas tampoco les pareciera así.
—Voy a decir que es cuestionable tu conocimiento, mi amor —Viktor trató de acercarse a Yuuri con cierto aire de coquetería, pero este huyó al otro lado de la barra —¡Yuuri!
—No. Primero te deshaces de eso y después vienes a buscarme.
—¿Qué no eres tú el que dice que no haga malas inversiones? —la ceja del japonés se arqueó por la confusión —Bueno… ya pagué esto. Sería un desperdicio que las niñas no lo probaran.
—Mis hijas no van a tomar su leche de eso.
—Yuuri, esto también puede servir.
—Lo que sirve es la docena de biberones que tenemos para cada una.
—Muchos hombres usan esto para ayudar a sus parejas. Por favor —Yuuri suspiró y mordió un poco sus labios, esforzándose por resistir la carcajada que llevaba un buen rato queriendo salir —Que ellas decidan.
—¿Por qué quieres hacerlo?
—Simplemente pensé que podía ser de ayuda, un poco —el japonés podía jurar que el corazón se le oprimió al ver lo ojos brillantes de su esposo, brillando en una súplica —Es que… a veces pienso que no ayudo mucho y que eres tú el que hace más por ellas.
—Eso no es cierto —espetó el pelinegro inmediatamente, regresando al lado de su ruso. Acunó la mejilla de Viktor en la palma de su mano, y el ruso tardó nada en acariciarla y cerrar los ojos ante el suave contacto de la piel de Viktor —Tú siempre estás cuidando de ellas. Y las consientes y consentirás, aunque yo te diga que no.
—Quiero hacer más que eso. ¡Tú las llevaste los casi nueve meses! Y yo me quedé observando.
—Claro que no. Estuviste ahí para todo lo que te pedía e incluso cuando no estaba de humor.
—Tampoco es que fueras muy exigente. Sigo creyendo que te reprimías.
—Sólo un poco —Yuuri terminó por soltar una risita y dejar un beso en la frente de Viktor —No vamos a llegar a ningún lado, ¿verdad?
—No si sigues siendo tan necio —refutó, dándole un rápido beso en los labios —¿Dejas que las niñas decidan? Quizás si les gusta. Aunque no quiero que pienses en ningún momento que quiero reemplazarte. Solo quiero ayudarte.
—Lo sé, mi amor —un quejido se escuchó a través de uno de los parlantes para niños que estaban repartidos por toda la casa y que se conectaban al que estaba en cada una de las cunas de las bebés, todo a petición de Viktor —¿Escuchaste? Creo que ya hay una voluntaria.
—¿De verdad?
—De cualquier forma, no tenías que pedirme permiso —un nuevo beso fue dado, un poco más apasionado y agradecido, antes de que Viktor tomara de la mano a su esposo y corrieran juntos a su habitación.
Viktoria era la pequeña que estaba despierta, moviendo sus piernas regordetas tanto como su creciente fuerza le permitía. Un puchero se asomaba a sus labios, pero fue suplantado por un sollozo en cuanto vio los rostros de sus padres. Yuuri fue quien se ocupó de sacarla de la cuna, en tanto que Viktor llenaba su artefacto con la comida ya preparada por su esposo. Para sorpresa del japonés, su bebé lloró más cuando él la sostuvo, y casi podía asegurar que la pequeña gimoteaba en dirección de Viktor.
"Pequeña consentida, ¿lo prefieres a él?", pensó, dando por sentado lo obvio. Pero era lógico que la pequeña que más reflejaba la sangre rusa prefiriera el regazo de Viktor, pues fue ahí donde estuvo la mayor parte de su estadía en el hospital, y claro que iba a reconocer más esos brazos. No le molestaba, pero le dejaba una especie de desazón que así fuera. En su interior, pensaba que era una especie de karma por haber ignorado su existencia, siendo que estaba dentro de él.
—¡Listo! —un escalofrío recorrió la espalda de Yuuri cuando vio a Viktor con todo listo. En silencio, le pidió a Viktoria que no fuera demasiado cruel con su padre.
—Por lo menos los limpiaste, ¿verdad? —inquirió, mientras pasaba a los brazos de Viktor a su pequeña.
—Claro que sí. Tampoco soy tan descuidado.
El ruso fue a sentarse a la cama, bajo la atenta y sarcástica mirada de Yuuri. Estaba seguro de que el ruso había visto uno que otro video tutorial, pues parecía que había aprendido lo suficiente para acomodar él solo a la pequeña. Estaba seguro de que Viktor había susurrado un "Ayúdame" a la niña. Pero no iba a negar que se estaba esperando lo que pasó.
Nikiforov, que enrojeció de repente al darse cuenta de la peculiar escena que estaba protagonizando, acercó el pezón artificial del seno de plástico a la boca de su pequeña. No iba a decir que Viktoria no le dio la oportunidad. La bebé si sujetó eso que su papá había comprado para su alimentación, incluso lo aprisionó entre sus labios, pero ni siquiera tomó una gota de leche. El gesto de completo desagrado, el llanto inmediato y la posterior escandalosa risa de Yuuri lo regresaron a la realidad. Viktoria alejó con sus manitas lo que el ruso había puesto en su boca, su expresión se contrajo en molestia y los espasmos del lloriqueo en su cuerpo fueron suficiente señal para que su padre entendiera que, aunque su intención era la mejor, había sido una pésima idea.
—¡No! ¡No! ¡Perdóname, mi amor! ¡Lo siento mucho! —Viktor no tardó ni cinco segundos para desatarse los senos postizos y arrojarlos a la cama, para después ponerse de pie y llevar la cabeza de Viktoria a la altura de su pecho, mientras sus grandes manos le sostenían la nuca y la espalda baja. Unos arrullos constantes y algo desesperados se dejaron oír, en tanto que los sollozos se convertían en gimoteos desacompasados —Tranquila, mi niña. Ya se fue, te prometo que no lo usaré de nuevo.
Apenas cruzaron una mirada, Viktor dejó claro que Yuuri había ganado, y lejos de estar fastidiado, lo estaba tomando como una lección. El japonés se abstuvo de hacer algún comentario y salió unos segundos de la habitación, solo para volver con un biberón con leche tibia y listo para ser consumido.
Viktor lo tomó con una expresión algo dolida, pero que Yuuri le conocía como fingida. Volvió a acomodar a la pequeña en sus brazos y le puso el chupón en la boca, a lo que Viktoria no tardó ni un segundo en tomarlo y comenzar a beber de él, en tanto que sus pequeños ojos dejaban soltar las últimas lágrimas.
—Nunca le digas que intenté esto con ella —pidió Viktor, mientras recorría la habitación, haciendo que su cuerpo se moviera en brinquitos que eran un arrullo para su hija. Además, fue a darle un rápido vistazo a Yukie, que seguía completamente dormida y ajena al pequeño melodrama que había armado su familia —Vamos a fingir que eso no pasó.
—Trabajaré toda mi vida en olvidar tu imagen con… —el rostro de Yuuri enrojeció antes de decir cualquier palabra, aun más cuando su esposo lo miró con un poco de burla —… con eso.
—¿Qué es eso, mi vida?
—Eso. Suficiente, Nikiforov.
—¿Por eso te refieres a los pechos?
—¡Viktor! ¡No digas eso en frente de las niñas!
—No tienen idea de que estamos hablando, Yuuri. Y es mejor así, porque al parecer, acabo de descubrir que "eso" te pone nervioso.
—No me pone nervioso —se defendió, mientras simulaba guardar ropa de las bebés en uno de los cajones destinados a ello.
—Entonces… ¿te sonrojas solo porque sí? ¿Quieres que me los ponga de nuevo?
—¡No!
—¿Por qué? Quizás a Viktoria no, pero a ti sí.
—¡No me gustan los pechos de mujer, Viktor! ¡Tengo suficiente con los tuyos!
—¿Pero de qué demonios están hablando?
Una fuerte risotada estalló de los labios de Viktor, en tanto que el color rojo en el rostro de Yuuri compitió con el de un tomate apenas vieron la figura alta de Yurio asomarse al cuarto, claramente sorprendido y hasta asqueado.
—De senos, creo —un tic asaltó el ojo de rubio, que casi no podía creer la naturalidad de Viktor en contraste con lo avergonzado de Yuuri.
—¿Por qué?
—¡No! ¡No te atrevas! —el japonés cubrió la boa de su esposo antes de que dijera algo. Seguido de eso, se dirigió al joven ruso, que seguía debatiéndose entre las ganas de salir asqueado de ahí o preguntar por la extraña cosa que había en una orilla de la cama —Yurio, ¿ya comiste? ¿Quieres algo?
—Sí, pero… yo lo hago —Yuri optó por no decir nada acerca del objeto que estaba ahí. Tenía muchas preguntas, pero no estaba seguro de que quisiera que se les contestaran.
Cuando se vieron solos, el japonés tuvo el reflejo de darle una leve palmada en la nuca a su esposo, en reprimenda por dejarlo en una situación tan embarazosa. Cuando Viktor le increpó, diciéndole que no era su culpa que Yuri hubiera aparecido de la nada. El pelinegro pensó que debía ponerle un cascabel a la puerta o algo que hiciera ruido, porque no era la primera vez que Yurio llegaba de improviso en medio de una situación no tan agradable, y algo le decía que no sería la última. Salió de la habitación para ayudar al rubio, no sin antes pedirle a Viktor que se deshiciera como sea del horrible par que seguía sobre su cama.
—Que bueno que no oíste a tu padre decir que prefiere mis pechos —le dijo a Viktoria, que ya había soltado el biberón y estaba esperando a que su padre le diera palmaditas para eliminar el ruidoso aire que se alojaba en su interior.
Cuando estuvo en la sala, y una vez que dejó a Viktoria recostada en su portabebé, entretenida con un móvil de pequeños animales, se percató de que Yuri comía con avidez un sándwich mientras le enseñaba una especie de catálogo de ropa.
—… y Otabek ya sabe que es lo que quiere usar, pero yo no tengo la menor idea. Y si le digo a Lilia no me va a dejar escoger lo que más me guste, estoy seguro.
—¿Qué están viendo? —Viktor abrazó a Yuuri a la altura de sus hombros, y este se abstuvo de quejarse al sentir un ligero beso en su sien.
—Yuri está buscando su traje para la ceremonia —contestó el japonés, quien seguía sin asimilar por completo que el pequeño se iba a casar en casi un año.
—¿No es un poco apresurado? Tenemos mucho tiempo para eso.
—¡Tú tienes mucho tiempo! Ninguno de los dos compite, pero yo sí —el rubio chasqueó la lengua, enfadado y nuevamente decepcionado de la abrupta decisión de ambos en dejar la pista —No tendré tiempo con las Olimpiadas, el Mundial y el Grand Prix. ¿A qué hora se supone que haga todo eso?
—Claro que no tengo el tiempo. Llevaré a muchos niños a competencias Novel y Junior —respondió con orgullo —Además, nadie dijo que Yuuri no va a regresar. Él dijo que tal vez compita de nuevo.
—No, yo dije que me gustaría cerrar formalmente mi carrera. Pero no puedo dejar a las niñas y mi condición física aún no es buena.
—No voy a discutir eso de nuevo —sentenció Viktor, y Yuuri lo agradeció, porque los argumentos del ruso eran bastante válidos y le hacían querer hacer sus últimas apariciones en el hielo —Volviendo a tu boda.
—No sé que carajos ponerme —resopló el chico, atacando el último bocado de su improvisado almuerzo.
—¿Y si vamos a la tienda donde escogimos los nuestros? —sugirió el mayor, cerrando la revista que ambos Yuris estaban viendo.
—No todos nadamos en dinero, anciano. Te recuerdo que mi abuelo ha estado en el hospital.
Una mirada cómplice corrió entre los esposos, pues habían jurado que mantendrían en secreto que ellos también aportaban a las cuentas médicas del señor Nikolai, bajo riesgo de hacer enojar a Yuri por eso, no porque no le gustara o le incomodara, sino porque sentiría que aun no tenía la capacidad de ser responsable de su abuelo, aunque fuera todo lo contrario.
—Dije que vamos, no que tú lo vas a pagar —soltó Viktor, y a Yuuri le provocó una gran ternura ver el sonrojo en las mejillas del rubio.
—¡Por supuesto que no! ¡No te pediría eso!
—No estaba pidiéndote permiso.
—Eso no te corresponde.
—Entonces tómalo como un regalo de bodas adelantado —Yurio torció el gesto, buscando la manera en contradecir a Viktor. Aunque, en el fondo, si quería recibir ese presente, no tanto por el objeto en sí, sino porque tenerlo de las manos de ese matrimonio lo haría especial de alguna manera.
—Ya veremos —se fijó en la hora de su reloj y suspiró, cansino —Tengo que irme, cerdo y anciano. Mañana hay exámenes.
—¿Y es un examen de gatos? —preguntaron ambos, riéndose de la expresión de fastidio que dibujaron en el rubio.
—Ese ya lo hice. Y tuve un sobresaliente, por cierto. Par de idiotas.
Yurio regresó todo lo que había sacado a la mochila, ignorando por completo las miradas burlonas que el matrimonio tenía sobre él. Dirigió sus pasos hasta la sala, para darle un suave pellizco en las mejillas a Viktoria, quien siempre reservaba sus más divertidas sonrisas para su tío Yurio. Discretamente, el menor de los rusos dejó en las manos de la pequeña un diminuto peluche de un gatito blanco. Le tocó la nariz y se fue a la recámara del matrimonio a buscar a Yukie. Segundos después, justo cuando Yuuri pensó que Yuri no tuvo porque haber entrado a la habitación si no se habían deshecho de la evidencia.
—¿Qué carajos es esto? ¡Son unos asquerosos y pervertidos! ¡Qué asco! —Viktor tuvo que correr hasta donde estaba su compatriota, solo para verlo correr hacia la salida de la casa con los ojos tapados y sonoras arcadas —Por lo menos que una de ellas no esté en la misma habitación, joder.
La puerta se azotó, y a pesar de que Yuuri se quedó avergonzado y rojo a mitad de la sala, por algo que él no había hecho ni dicho, Víktor estalló en la más sincera carcajada que le nació en todo el día; y aunque trató de hacer que a Yuuri se le pasara el sonrojo, solo recibió una mirada que podría matarlo si quisiera y la promesa de abstinencia obligada hasta que él lo decidiera.
Por supuesto, el enojo nunca duraba más allá de la primera caricia, terminando ambos en el cuarto de visitas, el sofá o el piso del recibidor, la encimera en la cocina o hasta en la tapa del pianoforte, porque sus pequeñas no tenían que escuchar como sus papás practicaban hacer hermanitos.
Quizás si hubiera pasado que la condescendencia de Yuuri hiciera acto de presencia por la noche, sin que su inocente molestia afectara sus muestras de cariño, sino fuera porque los usuales olvidos de Viktor hicieron que su adquisición despreciada por quienes la vieron se quedara relegada sobre la cama del matrimonio.
Un par de horas después, cuando la noche ya comenzaba a hacerse presente y Viktor había regresado de hacer las compras de provisiones para la semana, la pareja estaba acomodada en su sala, con Viktoria estando despierta en los brazos de su padre ruso, quien jugaba con sus manos y pies para hacer pequeños ejercicios que habían sido recomendados por el doctor Usmanov; a su lado, divertido por las tiernas sonrisas de su hija, Yuuri practicaba con su recién adquirida manía. Había encontrado en algún puesto de revistas una que se especializaba en el tejido de prendas para bebés. No sabría decir porqué, pero la compró sin más junto a una buena provisión de estambres, y después de que había terminado con sus quehaceres diarios, se dio a la tarea de hacer cuanto pudiera. Dos semanas después, ya tenía unos pequeños zapatos, un gorro y ese día estaba completando la creación de una manta, misma que Viktor ya estaba reclamando para él. Y en su cuna, durmiendo su larga siesta, el sueño de Yukie se mantenía imperturbable y vigilado por sus padres.
—Yuuri, mi amor, ¿quieres que caliente la cena? —preguntó Viktor, dejando a su agotada pequeña en una cesta que llevaba a todas partes en la casa, acolchonada con mantas esponjosas.
—Por favor, y creo que deberíamos despertar a Yukie para darle su cena —Viktor asintió y le dio un beso en la frente a su esposo y luego a su bebé.
Estaba estirando sus brazos hacia el techo para destensar sus músculos y luego dirigirse a la cocina, cuando el agudo tintineo del timbre del departamento resonó en la sala. Aunque Yuuri hizo ademán de levantarse, el ruso fue el primero en ir a atender al llamado.
—¡Vladya! —Viktor estuvo a punto de abrazar a su hermano para darle la bienvenida, pero se detuvo al instante. Solo unos segundos bastaron para que se diera cuenta de que una niña de cabello azul estaba en los brazos del general y abrazada con fuerza a su cuello.
—¿Quién es? —Yuuri se unió rápidamente a los hermanos, y también se llevó una sorpresa al ver a la pequeña, que tenía oculta su mirada en el hombro del ruso mayor.
—Buenas noches a ambos —saludó Vladya, sin entrar a la casa, acomodando a la niña sobre su cadera. El pequeño cuerpo estaba cubierto por completo en un abrigo negro y solo se veían sus pies enfundados en mallas rojas y zapatos blancos —Sé que ustedes me dijeron que podía hacerlo, pero lamento no haber avisado antes.
—Oh… ella es… —Viktor sonrió tanto como sus labios se lo permitían, tanto por la sorpresa de su pequeña visitante.
—Sí, es Katerina, la hija de Gregori —el menos de los Nikiforov creyó percibir un tono especial en la voz de su hermano al pronunciar ese nombre, como si le supiera diferente, quizás más dulce. El general se giró hacia la pequeña para hablarle —Katerina… vamos, tienes que saludar. Ellos son los papás de las bebés que te dije.
El matrimonio notó que la niña se abrazaba más del cuello de Vladya, así que lo hicieron entrar a la sala. El general no dudó en entrar y llegó hasta el sofá, cerca de donde Viktoria estaba acostada, babeando el peluche que le había regalado su tío Yurio. En silencio, vieron como dejaba a la pequeña en el suelo, que una vez que se vio descubierta del abrazo protector de Nikiforov y de su abrigo, clavó su vista en el juego que mantenía con sus dedos. Los nuevos padres se enternecieron con solo ver sus mejillas pintadas de un suave color rojo, pero no la presionaron.
—Vamos, Katerina. Si quieres conocer a las pequeñas, tienes que hablarles a sus papás y pedirles permiso—la pequeña hizo un puchero quien bien pudo hacer gritar a Viktor de ternura. Sin embargo, solo bastó que Katerina viera de reojo a una bebé haciendo ruiditos para que hiciera su mejor esfuerzo por superar su momentánea timidez.
—¡Hola! ¡Me llamo Katerina! —dijo, casi gritó, haciendo una profunda reverencia, que sirvió para ganarse por completo el corazón de Yuuri.
—Hola, mucho gusto —el japonés fue el primero en responder, también con una suave reverencia, misma que a la que la niña sonrió —Me llamó Yuuri.
—Y yo me llamo Viktor. Es un placer, Katerina.
Vladya sonrió satisfecho cuando se hermano se arrodilló frente a la niña para saludarla, y esta le devolvió una sonrisa que comenzaba a verse confiada.
—¿Quería ver a las niñas? —preguntó Yuuri a su cuñado cuando lo tuvo a un lado, ambos observando la breve conversación para presentarse que mantenían Viktor y Katerina.
—Me tuvo con lo mismo todo el día —contó el general, masajeando el puente de su nariz —Quise sacarla a pasear porque pasa todo el día en la Academia y hasta yo tengo que aceptar que es estresante. Fuimos a algunos parques y mientras almorzábamos, no sé como le llegué a comentar que tengo un hermano y que era papá de unas mellizas. Desde ese momento, no me ha dejado en paz y solo ha querido venir a verlas. No pude decirle que no.
—Es muy adorable de tu parte, Vladya —ironizó Yuuri, causándole un suspiro al general —Creo que le sentará bien que ambos salgan juntos… por la ausencia de su padre, ¿no? Tiene que ser difícil para los dos.
—Katsuki, no me hables desde tu instinto maternal, eso no me va —le contestó, tratando de desviar el tema de lo evidente —En fin, prácticamente me obligó a traerla, pero justo cuando estábamos por llegar empezó a sentirse apenada. Me exigió que la cargara. Creo que tenía miedo de que no la dejarán verlas.
—Así que al final, resultaste ser de esos tíos que presumen —escucharon decir a Viktor, quien ya había tomado de la mano a la pequeña, quien se movía con muchísimo más seguridad, meciendo su cuerpo de un lado a otro para que su vestido azul estampado de rosas rojas se ondulara. El menor de los hermanos le sonrió cómplice a Katerina y luego levantó la mirada su esposo —Yuuri, mi amor, quieren preguntarte algo.
Yuuri también se arrodilló frente a la niña, quien dejó relucir sus blancos dientes en una sonrisa que a todas luces gritaba una diversión pícara.
—¿Me quieres decir algo, Katerina? —preguntó Yuuri, divertido. Por un momento, se preguntó si sus hijas serían igual de adorables cuando tuvieran la edad de la niña frente a él. Con una sola ojeada a su esposo, se dio cuenta que sí, sus hijas serían ternura, travesura y lindura, más por Viktor que por él, aunque esperaba que tuvieran la necedad de los japoneses, pues sabía que eso las llevaría a ser persistentes.
—Sí —la niña parecía no poder contener su risa, y el adulto que la sostenía de la mano no estaba mejor que ella —Dice Viktor que, si me das permiso, te va a pagar con diez besos por cada una de sus hijas.
Katerina explotó de risa cuando el rostro del adulto que la observaba se pintó de completo rojo, y tuvo que levantarse para esconder la cara, pues parecía que estaba a punto de explotar. Viktor aumentó la diversión que ya tenía al observar que, aunque Vladya trató de llamar la atención a la niña con una severa mirada, esta lo retó riéndose a más y mejor.
—¿Eso es un sí? —se atrevió a preguntar Viktor, dando un suave toque en el hombro a su esposo.
—Tú no vas a obtener nada de mí —sentenció Yuuri, después de dar un suspiro y darse la vuelta. Inmediatamente se dirigió a la niña —Claro que puedes ir a verla, pero no vuelvas a recurrir a Viktor, yo mando aquí.
—¡Yuuri!
—Si, eso se nota —increpó el general, yendo hacia donde estaba Viktoria y siendo seguido por Katerina.
Apenas prestó atención al débil "Tú y yo nos arreglamos después" que le dirigió su hermano a Yuuri, y se avocó por completo en, estaba seguro, la sobrina más preciosa del mundo, sin contar a Yukie, porque ella era igual de hermosa. Solo en lo profundo de su ser iba a admitir que se emocionó mucho cuando Katerina se asomó al portabebé para ver a la niña.
—Está muy bonita —le comentó la joven Koslova —¿Cómo se llama?
—Viktoria, nació hace dos meses —le indicó Vladya, pasando las manos por debajo del cuerpo de la pequeña para levantarlos en brazos. A un lado de ellos, Viktor y Yuuri tomaron asiento, y aunque iban de la mano, no paraban de murmurar y hasta replicar con el otro. Vladya se sentó en uno de los sofás con la bebé en su regazó, quien ya se había apoderado de uno de los mechones rebeldes en la coleta del militar.
—¡Yo quiero! ¿Puedo cargarla? —la pregunta iba dirigida a los padres de Viktoria, quienes asintieron inmediatamente, sabiendo que había completa seguridad en las manos del general Nikiforov.
Hasta que Katerina estuvo sentada en forma y tranquila, Vladya la dejó sostener en brazos a Viktoria, quien no se quejó ni un poco de la desconocida, sino todo lo contrario. Le regaló de una sonrisa y trató de tocar sus mejillas.
—Ten mucho cuidado, es una bebé muy frágil.
—¿Por qué se ríe mucho? —preguntó la niña a los padres, manteniendo un firme abrazo alrededor del diminuto cuerpo. Se divertía de tocar con su dedo partes de la bebé en donde era muy suave y rellenita, como sus mejillas o estómago esponjoso.
—Porque le agradas. Ambas solo se ríen con las personas que les agradan —explicó Yuuri, orgulloso de sus bebés. Si algo tenía que presumir, es que eran perfectas.
Katerina iba a preguntar por la melliza de la niña que estaba en sus brazos, cuando un lloriqueo se dejó oír por el parlante sobre una repisa el lloriqueo escandaloso de Yukie. Aunque Viktor hizo ademán de pararse para ir por ella, pero Vladya fue más rápido y se dirigió a la cuna de la bebé japonesa, no sin antes pedirles que vigilaran a Katerina, quien le hacía muecas y sonidos graciosos a su protegida momentánea.
Viktor y Yuuri se dedicaron a observar el juego, y aunque no lo dijeron, en ambos nació la misma idea que, aunque bella, tenía que esperar a un futuro. Quizás, solo quizás, la familia Nikiforov-Katsuki estaba hecha para ser más amplia.
Vladya llegó segundos después, murmurando para la pequeña y meciéndola a un extraño ritmo para calmarla. Aunque la niña había dejado de llorar, seguía quejándose y haciendo sudar frío a su tío.
—Quiere su biberón, voy por él —Viktor no tardó casi nada en regresar con el alimento de su hija y tendérselo a su hermano.
A esas alturas, teniendo dos meses de haberse convertido en padre, seguía hinchándose de gusto cada vez que hacía algo bien y Yuuri le sonreía en agradecimiento. Ni su japonés favorito sabía cuanto temía no hacerlo bien, como eran sus hijas el único quiebre a su seguridad. Ellas y el mismo Yuuri.
Mientras le daba de comer, y con el mismo entusiasmo que empleó con Viktoria, presentó a Yukie, y la curiosidad de Katerina al comparar a ambas bebés se avocó en un solo sentido.
—¿De verdad son hermanas?
—Sí, nacieron al mismo tiempo. Yukie es la mayor por unos minutos —le explicó el general, asombrándose por la avidez de su sobrina para consumir su alimento.
—No se parecen mucho.
—Recuerda que te dije que son mitad de Rusia y mitad de Japón. Cada una se parece a uno de esos países.
—Viktoria es rusa —afirmó casi sin pensar Katerina —Se parece a su papá Viktor. ¿Yukie es japonesa? Es igual a su papá Yuuri.
—Eso es muy cierto, es igual de bella que Yuuri —comentó Viktor, avergonzando un tanto a su esposo.
—Yo me parezco a mi papá. Mamá decía que no era ni un poquito como ella —aunque la afirmación de la niña paralizó momentáneamente a Vladya, y dejó en vilo a la pareja de padres, lo siguiente que dijo, aunque fue con total inocencia, removió un tanto los sentimientos de Viktor y Yuuri —¿Se parecen a su mamá?
El silencio asustó un tanto a la niña, y el semblante de todos ahí se tornó tan pálido, que Katerina también se puso seria, temiendo haber dicho algo malo. Por otra parte, Viktor sintió inmediatamente la tensión que se generó en el cuerpo de Yuuri, y aunque buscó su mirada, no la encontró pues la había apartado. Casi juraba que lo había escuchado suspirar con pesadez. No era para menos, y Viktor aun buscaba con desespero como hacerle entender que no había nada en su milagro de vida por lo cual avergonzarse. Si, muchas personas seguirían preguntando por la madre de sus hijas, pero debía aprender a decir con sinceridad y orgullo que no había una mujer en la ecuación de la concepción, sino que era su vientre el que había hecho casi magia, que era igual de fuerte y capaz que una fémina para traer vida al mundo. Eso solo lo hacía brillar más de lo que ya lo hacía, como la brillante estrella en el cielo oscuro de Viktor.
—No hay mamá, Katerina —Yuuri dio un respingo cuando escuchó la voz de su esposo y lo sintió alejarse de su lado. En un momento, lo vio colocarse junto a Katerina, acariciar el cabello de la niña para después hacerlo con Viktoria —Yuuri fue quien llevó a las niñas dentro suyo.
—¿Eh? —la pequeña rusa se conmocionó un tanto. Sus ojos, azules como un mar profundo, se fijaron en la persona del japonés, ladeando un poco su cabeza —¿Cómo?
—Porque Yuuri es especial —respondió sencillamente Viktor, observando a su esposo morderse el labio y acumular un poco de agua en sus ojos —Yuuri es como una mamá, pero en papá.
—¿Eso se puede? Yo no sabía. Mi mamá me dijo hombres son los que ponen la semilla dentro de las mujeres para hacer un bebé.
Los colores se subieron de inmediato al rostro de Vladya, y los otros dos adultos soltaron una risita, lo cual sirvió un poco para relajar lo tenso que se había apoderado del cuerpo de Yuuri.
—Ignoren eso —casi suplicó Vladya, fingiendo que su atención estaba completamente en sacar el aire acumulado en el estómago de Yukie.
—Vamos a decir que Yuuri también puede recibir una semilla —terció Viktor para Katerina que, aún confundida, asintió.
—¿Estaban en tu pancita? —le preguntó a Yuuri, a quien le fue imposible no sonreír ante la inocencia de la pregunta.
—Sí, aquí adentro las estaba cuidando —respondió, pasando con suavidad su mano a la altura de la cicatriz cada vez menos visible. De alguna forma, añoraba sentir que compartía su existencia y los movimientos de sus pequeñas dentro de él. Era complicado explicarlo, pero cada paso con ellas viviendo de él, era mágico.
—¿Y no te dolió?
—Mucho, pero vale la pena por esas bebés bonitas, ¿no crees?
Katerina asintió inmediatamente, regresando la vista a Viktoria, quien ya comenzaba a dormitarse. Sin embargo, antes de que Viktor decidiera llevársela a dormir, ambos rusos distinguieron un olor particular uno que al que Yuuri, aprovechando la oportunidad, huyó de inmediato.
—Katerina, puedes pasar a Viktoria a los brazos de su papá. ¿Has probado el katsudon? —la niña hizo lo que Yuuri le dijo, atendiendo al guiño que le hizo y a la impresión que le daba las acciones de la bebé que estuvo sosteniendo. Se afianzó de la mano de Yuuri y juntos caminaron a la cocina. Justo cuando escucharon un quejido de Viktor, japonés y rusa rieron, cómplices —Muy bien, Katerina. Ahora ayúdame con esto.
En la sala, los hermanos se observaron con diversión, ya sabiendo cuál era su destino.
—Son tus hijas, Viktor —alegó Vladya, como último recurso.
—No, Vladya. Tú eres el que quería ser el tío responsable. Sus pañales vienen dentro del paquete de "tengo sobrinas".
Vladya suspiró y antes de que huyera, Viktor lo empujó hasta una de las habitaciones que estaban destinadas a ambas para cuando pudieran dormir solas. Hicieron un escándalo exagerado, aunque sus niñas solo reían a cada expresión extraña de los hombres que cubrían sus necesidades.
Una vez que terminaron de eso y se ocuparon de hacer que las niñas durmieran, solo lográndolo con Viktoria, todos se dirigieron a disfrutar del delicioso katsudon que Yuuri había preparado con asistencia de Katerina. La comida fue del todo amena y todos terminaron con el mejor humor posible, como Vladya no se había sentido desde que Gregori había partido. Katerina no desaprovechó la oportunidad de preguntar tanto como se le ocurría, y aunque era demasiado, Viktor y Yuuri repararon en que nunca cuestionó que dos hombres estuvieran juntos, como una pareja amorosa. Eso los dejó con más dudas acerca de la relación que había del general con la niña, su padre y hasta su madre.
Ya era de noche, y Katerina se había quedado dormida en la cama del matrimonio mientras observaba a Viktoria, cuando Vladya decidió que era momento de retirarse. Tomó a la niña en sus brazos, que se volvió a abrazar a su cuello después de dejar un beso en las frentes de sus sobrinas. Se despidió de Yuuri y de Viktor, pero antes de salir de la casa, tuvo que regresar sobre sus pasos. El matrimonio se sorprendió de verlo un tanto sonrojado y otro tanto divertido.
—No me hagan volver a tocar nunca uno de sus… artefactos —Yuuri sintió que se atragantaba con su propia saliva cuando Vladya sacó de una bolsa interior de su saco los senos artificiales de Viktor —No tengo la menor idea de para que lo quieran ni me interesa, pero, por amor de Dios, no hagan esto ni dejen su evidencia en la misma habitación de las niñas.
—¡No! ¡No es lo que piensas! ¡Déjame explicarte! ¡Tu hermano…!
—Yuuri, no. Yo pensé que tenían sus gustos definidos, pero ya me quedo claro.
Aun riéndose por dejar completamente azorado a su hermano y a Yuuri, y por distinguir un claro "Te odio, Viktor", Vladya salió a la calla. Abrió la camioneta que llevaba y depositó a la niña con cuidado en el asiento trasero. Mientras manejaba hacia la zona militar, pensó en lo mucho que le gustaba estar en ese hogar. Acogedor, amoroso, lleno de una calidez que solo había sentido cuando era niño, cuando su familia estaba junta y no dividida por prejuicios. De verdad que detestaba esos pensamientos insulsos y que se hubiera aferrado tanto a él, que lo acorralaron tanto hasta que hizo daño a las personas que más quería. Y lo peor es que no hallaba una manera de remediarlo. Aunque, solo quizás…
—Vladya… —escuchó la voz adormilada de Katerina desde el fondo de la camioneta —¿Y Viktor y Yuuri?
—En su casa. Te quedaste dormida y no quisieron despertarte para despedirse.
El corazón de la niña se entristeció un tanto, porque de verdad quería decirle que eran grandiosos. Suspiró al darse cuenta de que se estaban enfilando a la vereda de abedules que conducía a la gran cada de Vladya, esa donde no había muchas sonrisas, donde alguna vez hubo muchos gritos.
—¿Podemos volver después? Me gusta estar con ellos y con las bebés.
—Ah, ¿sí? ¿Te gustaron las bebés?
—Yukie llora mucho —comentó, ignorando la regla de Vladya de no trepar por los asientos y acomodándose en la posición de copiloto —Pero Viktoria siempre me sonreía.
—Son lindas, ¿no?
—Son muy graciosas. Quiero verlas de nuevo.
—Le preguntaré a Yuuri y a Viktor si no hay problema en que los veamos otra vez.
—Yo pienso que no —intervino la niña, sonriendo para sus adentros y sonrojándose un poco —Yuuri me dijo que, si quería, le podía decir tío Yuuri.
—¿En serio? —no lo sorprendía, no cuando sabía que el corazón de Katsuki era gigantesco y que su alma era bondadosa y noble.
—¡Y Viktor también! Cuando los vea, les diré tío Yuuri y tío Viktor.
—Creo que está bien si ellos no tienen problema —Vladya aparcó junto a la casa militar, bajó del auto para ayudar a descender a Katerina —Te gusta eso, ¿no? Que te quieran.
—Vladya tonto —se rió la niña —A todos nos gusta que nos quieran.
—Sí, supongo. Tanto que ya te conseguiste tíos nuevos —la tomó de la mano, o más bien ella lo sujetó, como siempre lo hacían cuando salían juntos —A todo esto, Katerina, ¿Qué otros familiares te has conseguido?
—Nada más a ti.
—¿Y yo qué soy?
Katerina lo pensó un momento, pero no porque no supiera que hacerlo, sino porque de verdad dudaba que Vladya no lo supiera. Gregori se lo había dejado claro, así que ese militar ya lo debía haber sabido. Vladya tonto.
—Eres mi papá Vladya, tontito.
Si el general Nikiforov no se desmoronó en ese momento, presa de un sentimiento que lo invadió tan fuerte que dolía, fue porque llegó un mensaje desesperado de su hermano.
«¡Yuuri me hizo dormir en el sofá!»
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¡Hola! Ya tenía esta historia algo abandonada, pero para el punto en el que va el fic principal, creí necesario poner esto con un toque humorístico (soy pésima para eso, perdón). Quienes lo lean, se darán cuenta de algunos detalles que, si bien no son relevantes en la trama, si aportan información. Ojalá que les haya gustado, a mí me divirtió mucho hacerlo. ¡Los amo!
Zryvanierkic: Ojalá que haya gustado un poco más de la faceta de Vladya y un poco de Katerina, que ya viste que tiene muchos matices. Estaba pensando en lo que dijiste, y creo que sí. Viktor no le tendría recelo a Brendan si no supiera que es sexy y atractivo. Ay… esos pensamientos pecaminosos. ¡Es un placer que me leas! Te quiero mucho. Por cierto… ¡mes y medio!
