Hola chicas, vengo con nueva historia. Espero que les guste ;)
Los personajes son propiedad de S. Meyer. La historia original es de Debbie Macomber y tiene el mismo nombre.
Azúcar y pimienta
Debbie Macomber
Capítulo 9
El teniente Hal Powers le llevó a Bella una taza de café y se sentó al otro lado de la mesa, frente a ella. Debían usar aquella habitación para los interrogatorios, y ella se sentía como un criminal por estar incriminando al hombre que amaba.
—Y bien, señorita Swan, ¿quiere volver a empezar?
—Lo siento —murmuró, secándose las lágrimas—. Me había jurado a mí misma que no iba a llorar y he terminado gimoteando como una idiota.
El teniente Powers sonrió para animarla. A Bella le había gustado aquel hombre nada más verle. Parecía una persona sensible, y no había esperado encontrarse con alguien así. En los libros que había leído, los policías terminaban siendo personas cínicas y callosas, pero aquel hombre le había hecho cambiar de opinión.
Cogió con ambas manos la taza de plástico y clavó los ojos en su contenido.
—Vivo en los apartamentos Marlia y tengo... un vecino que me da la impresión de que está metido en algo que podría causarle muchos problemas.
—¿Qué ha estado haciendo su vecino para hacerla pensar así?
—Tengo una opinión muy buena de él y... y no quisiera decir nada hasta no saber qué podría pasarle.
El teniente Powers frunció el ceño.
—Eso depende del delito que haya cometido.
Bella tomó un sorbo de café para intentar aclararse las ideas.
—Para serle sincero, no puedo decir que... que mi vecino haya hecho algo contra la ley... todavía. Pero tiene en su poder algo que no debería tener, algo muy valioso.
—¿Es de su pertenencia?
—No exactamente.
—¿Sabe usted a quién pertenece?
Bella asintió. Las palabras ya no le salían.
—¿A quién?
Bella jamás se había enfrentado a un momento más duro en toda su vida.
—¿Señorita Swan?
—Lo que he encontrado —contestó, y las lágrimas volvieron a desbordarla—, pertenece al senador Marcus Vulturi.
El teniente se quedó quieto.
—¿Y sabe usted cómo ha llegado a tener su vecino algo...?
—Es un maletín con una lista de llamadas telefónicas hechas por el senador y copias de cartas que podrían incriminarle.
Ahora que lo había dicho todo, se sentía como si acabasen de concederle el perdón presidencial, pero no se sentía mejor, sino todo lo contrario. Mucho peor.
—¿Cómo ha llegado ese maletín a manos de su vecino?
—Yo vi cómo el senador se lo daba a Ed…a mi vecino. Él no sabe que yo le vi hacer el intercambio.
—¿Y cómo sabe usted lo que hay dentro?
—Porque lo he abierto —contestó, mirando a los ojos del teniente.
—Ya —el teniente se levantó y caminó hasta el otro extremo del cubículo—. Señorita Swan...
—¿Podría decirme que le va a pasar?
—No estoy seguro —contestó, con una sonrisa de medio lado—. Eso depende. ¿Me disculpa un instante?
—Por supuesto.
El teniente Powers salió de la habitación y Bella se cubrió la cara con las manos. Aquello estaba resultando muchísimo peor de lo que se había imaginado, pero lo que más temía era que la policía insistiera en que les llevase hasta Edward. Si al menos hubiese podido hablar con él, contárselo todo... pero había sido imposible. Queriéndole de la forma que ella le quería, habría estado dispuesta a creerse cualquier explicación que él le hubiera querido dar, y eso le había empujado a hacer lo impensable: acudir a la policía a delatar al único hombre que había amado en toda su vida.
La puerta volvió a abrirse y el teniente Powers apareció de nuevo.
—Creo que ustedes dos tienen algo de qué hablar —por primera vez, Bella se dio cuenta de que el teniente no estaba solo. Detrás de él estaba Edward—. Esperaré fuera —añadió.
—Gracias, Hal —dijo Edward.
—Edward... —Bella se puso de pie, boquiabierta—. ¡Siento haber tenido que hacer esto! —dijo entre sollozos.
—Bella...
—No —le interrumpió, extendiendo una mano para detenerle—. Por favor, no digas nada. Sólo escúchame. Esta mañana te dije que te quería, y te lo dije con todo mi corazón. Vamos a pasar por esto juntos. Te prometo que estaré a tu lado por mucho tiempo que tengas que estar en la cárcel. Iré a verte y te escribiré todos los días hasta... hasta que vuelvas a estar en libertad. Puedes cambiar de vida si te lo propones. Yo creo en ti.
Edward apretó los labios.
—Una vez me dijiste que querías cambiar —le recordó ella—. Déjame ayudarte. Quiero hacer todo lo que pueda.
—Bella...
—Edward, por favor, cuéntaselo todo —volvió a interrumpirle, cogiéndole las manos—. Puedes volver a empezar.
—¡Bella, por amor de Dios! ¿Quieres dejar de ponerte tan melodramática? —le gritó, soltándose. ¿Melodramática?
—¿Qué quieres decir?
—No hay necesidad de que me escribas cartas a Leavenworth.
—Pero...
—Bella, llevo seis meses trabajando en una operación encubierta del FBI.
Edward se maldijo por no habérselo dicho antes, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que no podía haberlo hecho, porque habría puesto toda la operación en peligro.
—Cariño, no podía decírtelo.
Bella no pudo articular palabra así que asintió.
—Te habría puesto en peligro.
Siguió mirándole sin decir nada. Edward, su Edward trabajaba para el FBI. Esperó sentirse aliviada, pero no fue así.
—¿Por qué tienes tú las pruebas para condenar al senador Vulturi? —le preguntó, casi sin voz.
—Estoy trabajando de topo, Bella. Tengo mis razones.
Bella no entendía nada. Había leído todos los libros de Robert Ludlum y John , pero aún así, seguía sin entender. Hasta que de pronto...
—Quieres pescar a alguien más.
Edward asintió.
—¿Y eso no va a ponerte en una situación muy peligrosa?
Él se encogió de hombros sin darle importancia.
—Podría ser.
Hal Powers asomó la cabeza por la puerta entreabierta.
—¿Lo habéis aclarado ya todo?
—Todavía no —contestó Edward.
—¿Quiere usted otra taza de café, señorita Swan?
—No, gracias —contestó Bella.
—¿Y tú, Edward?
Edward dijo que no con la cabeza, pero Bella se dio cuenta de la mirada de respeto y admiración que el otro hombre le dirigió a Edward.
—Esta no es la primera vez que haces algo así, ¿verdad? —le preguntó.
—¿No le has contado lo de Boston? —preguntó Hal, entrando en la habitación. Parecía entusiasmado—. Tiene usted un vecino muy famoso, señorita Swan. Las noticias de ese caso nos han llegado hasta aquí. La gente dice que una segunda French Connection.
Edward no parecía demasiado complacido de que el teniente estuviese revelando cosas de su pasado. Él mismo se las contaría a Bella, pero en su momento.
—Si estás trabajando encubierto, ¿qué haces aquí, en la comisaría? —preguntó Bella.
—Ha venido para hablar con usted —intervino Powers.
—He dicho que no quería otro café —espetó Edward, mirando al teniente.
—Bien. Si me necesitas para algo, llámame.
—De acuerdo.
Edward se acercó a la puerta, y la cerró cuando Powers hubo salido.
Bella se sonó la nariz y guardó el pañuelo en el bolso que cerró con mano temblorosa. Había hecho un espantoso ridículo.
—¿Cómo has sabido lo del maletín? —preguntó Edward.
—Por un descuido tuyo —contestó ella en voz baja—. La esquina del maletín asomaba debajo de la televisión.
Edward no se molestó en corregirla. El maletín estaba exactamente dónde debía estar.
—¿Y qué te hizo mirar dentro?
Bella no era entrometida. Debía haber sospechado algo.
—Vi cómo Marcus Vulturi te lo daba hace unas semanas... antes de conocerte. Fue un sábado por la tarde, en el aparcamiento.
Edward frunció el ceño. No se había imaginado que supiera tanto.
—Ya que pareces haber llegado tan lejos, supongo que sabrás que lo de la pesca...
—Lo sé. No tienes que explicarme.
Edward dudaba de que de verdad lo supiera, pero era mejor no revelarle más.
—No quería mentirte. Cuando todo esto termine, no volveré a hacerlo.
Bella se levantó de la mesa y se frotó las palmas de las manos. Ahora todo lo que quería era escapar de allí.
—He sido una idiota de marca mayor. Si no hubiera sido tan melodramática, lo habría imaginado todo antes.
Edward había acertado al usar esa palabra. Se había desbordado.
—Hiciste lo correcto. Sé que para ti ha debido ser muy difícil venir aquí.
Bella no se molestó en negarlo. Dudaba que hubiese algo más horroroso, física o mentalmente... excepto decirle adiós.
—Yo...
—Salgamos de aquí —dijo él, y le cogió la mano para besársela—. Siento mucho haberte hecho pasar por todo esto.
—No has sido tú. He sido yo.
—Ya hemos terminado —le dijo al teniente Powers cuando salían ya—. ¿Dónde quieres que te lleve? —le preguntó Bella, rodeándola por la cintura.
—No deberían verte salir de aquí —dijo, asustada.
—Salir contigo me ayudará a tener una explicación.
Bella asintió.
—Llévame a casa. Anoche no dormí bien.
Edward volvió a tener un sabor amargo en la boca. Inconscientemente había arrastrado a Bella a aquella situación y le había hecho sufrir sin merecerlo. Una vez hubiera terminado con aquel caso, estaba decidido a aceptar un bonito puesto como director de una de las oficinas del FBI y a vivir de sus laureles. Ya había tenido suficiente, más que suficiente. Quería que Bella fuese su esposa y quería tener hijos. Los hijos de Bella. Aquella idea le hizo sentir una emoción tan fuerte que le dio la impresión de que el corazón se le encogía literalmente. Bella era todo lo bueno y limpio de la vida y él necesitaba desesperadamente tener esa pureza en la suya.
Volvieron a casa en silencio. Aunque se había pasado toda la noche despierta, Bella dudaba que fuese capaz de dormir, y cuando Edward aparcó el coche y la acompañó hasta su casa, se sorprendió. No había esperado esa reacción de él.
Por ahora todo lo que quería era estar sola.
—Estoy bien, de verdad —le dijo en la puerta de su apartamento.
Pues su aspecto no era de estar bien; en realidad, nunca la había visto tan pálida.
—¿Necesitas alguna aspirina? —le preguntó, entrando detrás de ella.
—No.
Bella no podía creer que no percibiera su rechazo. Habían ocurrido demasiadas cosas, y necesitaba estar sola para ordenarlo todo, si es que eso era posible. Nada en su relación con Edward volvería a ser igual.
—Tengo aspirinas en casa si las necesitas.
—Estoy bien, Edward. De verdad.
Le ayudó a quitarse el abrigo y vio el montón de pañuelos de papel que había sobre la mesa. La evidencia de que Bella se había pasado la noche llorando estaba frente a sus ojos.
—Cariño, ¿por qué no me dijiste nada cuando encontraste el maletín?
Ella se encogió de hombros y no contestó.
—Has debido pasarlo fatal.
Edward cogió los pañuelos usados y los llevó a la cocina para tirarlos a la basura. El hecho de que Bella tuviese su pequeño apartamento desordenado era signo de lo mucho que había pasado, y sintió ganas de darse con la cabeza contra la pared por haberle hecho pasar por todo eso.
—Estaba un poco preocupada —fue lo único que admitió, mirando hacia otro lado.
—No entiendo por qué no viniste a mí con todo lo que sabías —dijo, irritado, pero más consigo mismo que con ella.
—No podía.
Edward frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Es evidente que no sabes nada de amor —espetó—. Cuando quieres a alguien, resulta tan fácil creerte todas sus excusas. Deseas con todo tu corazón creer a esa persona... Tú me has mentido varias veces, Edward. Ahora entiendo que tenías que hacerlo, pero... pero —hizo una pausa para inspirar aire profundamente—...no podía confiar en que fueses a decirme la verdad, y aún peor: no podía confiar en mí misma.
—Bella...
Edward la abrazó con ternura; por primera vez comprendía completamente su dilema.
Sentir los labios de Edward despejó por primera vez el frío que había estado sintiendo en el fondo del corazón durante todos aquellos días, y cuando el beso terminó, tuvo que sujetarse contra su pecho.
—Ahora tengo que marcharme —dijo él.
Bella retrocedió para no tocarle. Era demasiado fácil rendirse a sus brazos y aceptar el consuelo de sus besos.
—Lo comprendo. No te preocupes por mí, de verdad. Me voy a meter en la cama y seguro que me paso el resto del día durmiendo.
—Te llamaré esta tarde.
—De acuerdo —dijo ella mientras le acompañaba hasta la puerta, y tras besarla brevemente, Edward desapareció.
De nuevo en su apartamento, Bella se acercó a la ventana y vio como Edward, con el maletín en la mano, se subía a su coche y salía del aparcamiento. Inmediatamente después, otro coche salió también del aparcamiento y le siguió, y aún pudo verle girar en la misma dirección que él.
Con el corazón en un puño, se quedó en la ventana sin saber qué hacer. No tenía forma de contactar con Edward, pero entró corriendo en la cocina, llamó a la comisaría y preguntó por el teniente Powers.
—Powers al habla.
—Teniente —dijo, intentando no parecer lo asustada que estaba—. Soy Bella Swan. Edward ha venido a traerme a casa y he visto que alguien le seguía al salir de aquí.
—Mire, señorita Swan, yo no me preocuparía. Edward lleva años trabajando encubierto y sabe cuidar bien de sí mismo.
—Pero...
—No puedo imaginarme que alguien esté siguiendo a Edward Cullen sin que él se haya dado cuenta, así que no se preocupe.
—Pero es que en este momento está preocupado por mí y puede que no esté prestando la atención que debiera. ¿Podría ponerse en contacto con él y hacérselo saber?
—Señorita Swan, por favor, sea razonable.
—¡Lo estoy siendo, maldita sea! Es la vida de Edward lo que está en juego.
Al otro lado del teléfono oyó el suspiro de resignación del teniente.
—Si así se queda más tranquila, me pondré en contacto con él.
—Gracias. Se lo agradezco mucho.
Pero quizás Edward no agradecería su aviso. Puede que hasta se sintiera insultado. Como Powers había dicho, llevaba años haciendo esa clase de trabajo y sabía cómo cuidarse.
Se sentó en el sofá con las rodillas temblándole y con imágenes de Edward en una trampa de la que no podía escapar, pero haciendo un tremendo esfuerzo, se obligó a desecharlas. Aquel no era el primer caso de Edward y probablemente tampoco el último; y no es que esa idea la consolase. Querer a Edward Cullen no iba a funcionar. ¿De verdad podría cambiar su forma de vida? Había probado la aventura, el riesgo, y una casa con una vallita de madera resultaría aburrida para alguien tan mundano como él.
Bella se despertó varias horas más tarde, sorprendida de haber conseguido dormir. Le dolía el cuello de haberse quedado dormida apoyada en el brazo del sofá. Entraba un sol brillante por la ventana y el reloj le confirmó que eran las cinco de la tarde. Edward estaría a punto de pasar por su casa y... Dios mío, le había prometido que la llamaría y no lo había hecho.
Se apartó el pelo de la cara e intentó controlar el pánico que amenazaba con apoderarse de ella y se preguntó si Powers le habría advertido lo del sedán azul. La verdad es que lo dudaba. Era obvio que le parecía que exageraba, y quizás fuese cierto. Quizás ella no estaba hecha para aquella clase de intriga.
Intentando calmar sus nervios, se acercó a mirar por la ventana. Su plaza de aparcamiento estaba vacía, pero en ese mismo instante vio aparecer su Peugeot negro por la esquina y suspiró aliviada. Además, no parecía haber ningún coche azul cerca.
Pero su alivio desapareció pronto cuando vio otro sedán del mismo color aparcado al otro lado de la calle. Puede que no fuese el mismo, pero el parecido era tremendo. Bella no supo qué hacer hasta que vio bajarse del coche a un hombre que miró hacia ambos lados de la calle antes de cruzar en dirección a Edward. Podía estar pensando en asaltar a Edward... En aquel mismo instante lo sintió en sus huesos: eso era lo que iba a ocurrir. Tenía que acercarse a Edward y advertirle.
Sin pensar en nada más, salió corriendo de su apartamento y cogió el ascensor, retorciéndose las manos mientras bajaba. En cuanto las puertas se abrieron en la planta baja, salió a todo correr hasta la puerta de cristal y allí se detuvo. No podía ir corriendo hasta Edward. Sus intenciones podían ser buenas, pero podía ponerle en un peligro aún mayor si intervenía en aquel momento. Tenía que mantener la calma y ver qué pensaba hacer aquel nombre.
Caminó despacio por el aparcamiento y vio a Edward junto a su coche con el maletín. No se movía. Aquel tipo estaba vuelto hacia Edward y de espaldas a ella, y al acercarse un poco más, vio que algo metálico brillaba en la mano de aquel hombre: estaba apuntando a Edward con un arma.
La tensión la paralizó un instante, pero enseguida supo lo que tenía que hacer, y echó a correr.
Edward la vio moverse y el terror hizo presa en él, y miró primero a Vulturi y luego a Bella antes de gritar:
—¡Bella... no!
Siento haber tardado tanto, pero hay cosas que se nos escapan de las nuevo la vida real me reclama :/
Gracias por todos sus comentarios,todos y cada uno de ellos me hacen muy feliz, de verdad.
Espero que disfruten de ella, no olviden pasar por mi perfil de facebook ya que allá es donde soy cualquier noticia :)
Besos: K. O'Shea
